lunes, 27 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 44. La empatía


27-4-2020


Si tengo aire acondicionado en mi casa, en mi trabajo y en mi coche, sé poco del calor. O dicho de otra forma, el calor es para mí una referencia vaga, como lo es el frío para el que toca una barra de hielo.

Porque el calor no es estar un rato al sol o un poco a una temperatura alta. Ni siquiera es hacer un viaje largo a la hora de la siesta en pleno verano por Andalucía. El calor es más que eso: el calor de verdad es no tener aire acondicionado en el pequeño piso de Sevilla en que te ves obligado a vivir o pasarse un verano detrás de otro en lo alto de un andamio.

Ahora se ha puesto de moda una especie de turismo antropológico que pretende hacer sentir al turista lo que siente el currante en el tajo. Para ello, llevan al turista a un cortijo de la sierra perfectamente equipado, por ejemplo, le ofrecen un desayuno molinero con toda clase de productos supuestamente típicos, le dan una charlita, lo montan en un todoterreno y lo ponen en la falda de la sierra a coger aceitunas, a fin de que el turista se haga cargo de lo que siente el aceitunero. "Como esto, pero tres meses", le dicen al turista al cabo de un rato, cuando ven que empieza a farfullar palabras de cansancio.

Y no: eso que siente el turista no es lo que siente el aceitunero. No es ni parecido. Y no solo porque la acumulación de tiempo produce un salto cualitativo, sino porque las condiciones de uno y de otro son muy distintas: ni es lo mismo el lugar de descanso, ni es igual la comida, ni, en general, es igual el trato al turista que paga que al jornalero que cobra.

Y quien habla del aceitunero habla del médico o del secretario del Ayuntamiento. O del alcalde de un pequeño pueblo. Es casi imposible ponerse en lugar del otro. Como mucho, nos ponemos en el lugar del otro que está a nuestro lado, que generalmente tiene un modo de vida muy parecido al nuestro, con el que acabamos sintonizando en intereses y, en consecuencia, en ideas que justifican esos intereses.

Yo, por ejemplo, me muevo en un círculo de profesionales, funcionarios y pequeños empresarios con un nivel cultural alto, con los que intercambio información y comparto intereses. Puesto a enjuiciar el mundo, puesto a opinar, mis opiniones estas sesgadas por el lugar de donde vienen y me resulta difícil entender otras, otros intereses, y más si son totalmente contrarios a los de mi círculo.

Pero lo cierto es que hay otras opiniones y otros intereses. ¿Opiniones equivocadas? ¿Intereses nocivos? Puede. O no. Lo que debe quedarme claro es que son tan respetables o más que los míos. Y el respeto no es acatar a regañadientes, sino algo mucho más positivo, que puede verse cuando me respondo a esta pregunta: ¿Qué espero yo del otro? Pues eso que espero, eso, es el respeto.