domingo, 23 de agosto de 2020

Tratado de lo que ignoro (el libro)

           

        Trabajar sobre lo que uno guarda dentro de sí para desenredarlo y comprenderlo es hacerlo sobre lo que guardan los otros, ya que nadie es esencialmente distinto del resto, y es trabajar sobre la esencia de lo supremo, se llame esa esencia Naturaleza, Dios o se llame Gran Hacedor del Universo, pues sabido es que todas las naturalezas y todos los dioses piensan y sienten como los seres humanos, aunque para los creyentes el proceso sea inverso.

            Yo trabajé durante los años escribiendo entradas para el blog que titulé Tratado de lo que ignoro sin otra intención que calmar la necesidad de conocer. Lo hice, por lo general, a partir de una idea que me venía en aquel mismo momento y sin proyecto alguno, de modo que el producto final casi siempre me parecía sorprendente.

            Escribí sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba: sobre mi familia, sobre mis amigos, sobre mi trabajo, sobre la sociedad en que vivía y sobre la política en general. Escribí con el afán del que explora, un punto desconcertado y con cierto respeto por lo que podía descubrir. Lo que se recoge aquí es una parte de ese trabajo, la que ahora me parece más grata y es lo suficientemente representativa.

Foto original para la portada: Pablo y José Luis caminando una mañana de invierno por la sierra de Los Pedroches

            He agrupado esos escritos en temas que en buena parte coinciden con los que tenía en el blog. En «Seres humanos» hay menciones expresas a personas concretas y las hay en abstracto o a la sociedad. Pero también las hay en «Lugares», en «Senderos», en «En el Camino de Santiago» y, especialmente, en «Viviendo en la distopía», que escribí durante el aislamiento por la pandemia del COVID-19, pues todos mis escritos están impregnados de caos, de reflexión y  de asombro, por ese orden. Aunque en el blog había muchas entradas sobre política general, en este libro solo se recoge una, a modo de resumen, pues la actuación política me descorazona y no quería transmitir esa sensación en una recopilación en la que aparecen con sus nombres mi mujer, mis hijos y mis padres, entre otros seres que amo o he amado.

Ya aviso al paciente lector que el resultado es muy asequible y que, tal vez, le parezca un punto tibio, o incluso cándido. Quizá eso se derive de mi pretensión de acércame a la realidad como lo haría un testigo en un juicio, al que se le pide toda la verdad, y no como suelen hacerlo los comentaristas políticos o las líneas editoriales de los periódicos, para quienes la verdad tiene muchas caras, lo que suele servirles de disculpa para ofrecer solo una, la que ellos ven desde el lugar en que los ha ubicado su ideología, que no por casualidad es también la ideología de sus seguidores. O quizá se derive de mi repulsa al modo en que se crea la opinión en las redes sociales, muchas veces con carácter impostado o anónimo, esto es, sin que pueda apreciarse la coherencia entre la actuación del opinante y su opinión y sin que nadie se haga responsable de ella, con lo que el buen juicio reniega de su esencia, pues no creo que haya opinión válida sin responsabilidad. Opinión que, luego, cargada de odio, estupidez y mentira, circula por esas redes a la velocidad de la luz, en un proceso de retroalimentación permanente de los prejuicios y anulación del libre discernimiento.


En realidad, lo que encontrará aquí es un continuo viaje por lo más teórico de la naturaleza humana, que no siempre es lo más obvio. No hay aquí pretensiones didácticas ni científicas y su fondo tiene más que ver con la Lírica que con la Sociología o la Ciencia Política. Por eso, me gustan  más las entradas que dedico a la familia y los amigos y las más abstractas y especulativas, como las que llevan por título O Pedrouzo, La trama del olivo y la luz. Pero nunca se sabe qué le gustará al lector, pues en todo placer ajeno hay un misterio.

Si este libro tuviera alguna pretensión, esa sería la de sacar al lector del grupo para convertirlo en unidad consciente. Pero como reconozco lo arduo del empeño, me conformaría con que el lector reconociera como propias algunas de las emociones que aquí se expresan. Comulgar con quien lee su obra es el mayor premio para el escritor, y lo es especialmente para mí en un libro como este, donde hay recogidas tantas de mis emociones y mis sentimientos, tanto de mí mismo, en definitiva.


Portada del libro en papel

jueves, 21 de mayo de 2020

Los cardos


Ayer por la tarde, poco antes del anochecer, fui por un camino cercano al pueblo y corté bastantes cardos. Eran del tipo mariano, de esos que tienen una corola púrpura con unas puntitas blancas sobre como una pelota de la que salen unas púas enormes, de esos que tienen unas hojas y unos tallos muy pinchosos y no mira nadie, aunque son muy bonitos.

Los cogí con unas tijeras y unos guantes gruesos y me los traje sin atar ni formar con ellos un pequeño haz, enganchados unos en las espinas de los otros sobre la mano abierta, el brazo doblado por el codo, el antebrazo extendido al frente, en una posición ciertamente incómoda que me obligaba a cambiar de mano de vez en cuando. Iba llamando la atención, me di cuenta, por poca curiosidad que tuvieran y comprensivos que fueran los paseantes con los que me crucé, que fueron bastantes. ¿Para qué querrá ese hombre esa maraña de cardos?, habría dicho yo, y yo soy una persona corriente, así que eso debió de pensar cualquiera.

Los dejé en el patio y Carmen, luego, hizo un ramo con los más vistosos, que puso sobre la mesa del comedor. Tampoco es frecuente un ramo de cardos. «Es original», dijo ella.

Y hermoso, añado yo. Es hermoso porque las flores se abren en cepillitos de un color blanco y púrpura muy llamativo, por la increíble forma esférica que toma su capítulo de púas gigantescas y porque son bonitos su tallo, sus hojas y sus agudísimas espinas.

Y es hermoso por lo que representa. En tiempos, los cardos marianos tuvieron muchos usos medicinales y hasta se dice que fueron cobijo para la Virgen en su huida a Egipto (de ahí su nombre), pero hoy, al menos aquí, no son nada, no sirven para nada. No se les considera ni siquiera hermosos. Pasan totalmente inadvertidos, aunque son fundamentales para la armonía del paisaje. Con los cardos ocurre lo que con esas personas que están ahí, ayudándonos, dando todo lo que tienen dentro de sí, y es como si no estuvieran. De esas que hermosean el paisaje pero nadie repara en ellas. De las que tienen cualidades que nadie explota, que nadie quiere.

Los cardos viven en los bordes de los caminos, en las cunetas, donde hay toda clase de animales que los devorarían si no se protegieran, expuestos a todos los peligros del que se halla sumamente a la vista. Los cardos son callados y humildes y, entre tantos enemigos, no han tenido otra forma de salir adelante que volviéndose ásperos y pinchudos, como les ocurre a muchas personas calladas y humildes que viven rodeadas de enemigos. Esas personas, aparentemente rudas, aparentemente ariscas, son en realidad sumamente tiernas y, como los cardos, guardan dentro de sí un tesoro que a nadie aprovecha.

domingo, 10 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 57. Hasta pronto


10-5-2020

Los 56 días pasados han sido muy especiales para todos. Muchas personas han muerto, con lo que eso supone de desolación en una civilización como la nuestra, que ha vivido tan de espaldas a la muerte. Han muerto y no hemos podido ni despedirlas: se ha añadido dolor al dolor y se ha dejado pendiente la reconstrucción de las vidas afectadas por las ausencias.

Muchas personas han trabajado en condiciones penosas, arriesgando sus vidas para salvar las de otras, con lo que se ha demostrado, una vez más, que el espíritu humano puede ser tan sublime y hermoso como el de que aquel hombre ideal que fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Muchas personas han perdido su trabajo o se han visto obligadas a dejar en suspenso sus empresas y están sufriendo, bastantes de ellas en condiciones que no se puede permitir una sociedad mínimamente justa.

Ha cerrado los colegios, los bares, los comercios… Ha cerrado casi todo y nos hemos recluido en nuestras casas, pendientes de un montón de medios de comunicación que nos traían a la par noticias y bulos y de las decisiones de quienes debían representarnos, todas ellas difíciles por lo inaudito del caso, decisiones para que las esperábamos una unidad que no siempre se ha producido.

Y mientras ese mundo distópico se hacía realidad, yo escribía. Durante un mes lo hice con mi mujer en el hospital o encerrada en su habitación. Yo escribía porque había gente que me leía y, leyéndome, me acompañaba. Te he sentido, paciente lector anónimo en el que pienso ahora, a las 6:50 del día 10 de mayo de 2020, y aunque tú no lo sepas, me has hecho mucho bien.

Pero el mundo va recobrando su normalidad y ya va siendo hora de que la recobre esta página, que no tiene vocación de diario. A partir de ahora escribiré en ella como antes, cuando me apetezca, con la libertad y las limitaciones que lo he hecho siempre.

«Es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz», decía aquella admirable canción del maestro Serrat. Sería bonito marcharse sin despedirse, en efecto, pero yo no puedo hacerlo porque soy una persona educada y porque todavía no me he cansado de preguntarle al mundo «por qué y por qué», porque esto, en fin, no es una despedida, sino un cordial y sencillo «hasta pronto».



sábado, 9 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 56. Las alas


9-5-2020

Esta noche he soñado que Carmen y yo volábamos sobre el mar. Casi nunca me acuerdo de los sueños, pero al despertarme me lo ha recordado el piar de unos pájaros, tal vez porque los pájaros tienen alas, tal vez –he pensado con los ojos fijos en el techo–, porque entre los pájaros y yo ha habido esta noche una suerte de comunidad, como debe de haberla entre los ángeles y ellos.

En el sueño, yo era feliz. Era feliz sin hacer nada, sin tener nada, sin pensar nada, solo volando.

Algunas veces me pregunto qué habría sido de los hombres si hubieran nacido con alas. ¿Se las habrían recortado de niños? ¿Se las habrían quitado unos a otros? ¿Habrían ido perdiendo poco a poco la capacidad de volar a fuerza de vivir en el suelo, como les ha ocurrido a las gallinas?

Los seres humanos no tenemos alas físicas, pero tenemos otras alas, el pensamiento, y no lo utilizamos como es debido. Yo fui educado para el miedo, por ejemplo, como era habitual en mi generación. El miedo es una emoción que sirve para avisarnos del peligro, pero también es un instrumento para limitarnos, y puede llevarnos a una seguridad obsesiva, como a esos pájaros que a fuerza vivir en una jaula no saben buscarse la vida fuera de ella. 

No lo utilizamos como es debido porque no nos enseñan a pensar, sino lo que tenemos que pensar. Lo hacemos incluso con nuestros hijos, especialmente con ellos: nada más nacer, les inculcamos una religión, la verdadera, que casualmente es la nuestra, les inculcamos una filosofía de vida, la que va a hacerlos más felices, que casualmente es la que nos habría hecho más felices a nosotros, y los damos de alta en la asociación que nos encanta o le compramos la camiseta de nuestro equipo favorito. Todo lo hacemos por mejor sin darnos cuenta de que, en realidad, estamos considerando que son una extensión de nuestra vida en lugar de que ellos tienen la suya propia.

No utilizamos el pensamiento como es debido porque se lo entregamos a otros. Vengo diciéndolo en esta página y no quiero ponerme pesado, pero me gustaría que los pacientes lectores se preguntaran por unos momentos cuánto de su pensamiento es de verdad de ellos y cuánto les ha sido inculcado. Y, luego, que se preguntaran con qué fines. ¿No han pensado nunca que los pensamientos libres, como los pájaros, no forman rebaños?

¿Las alas o el pensamiento? Ahora que sé lo que sé, si al nacer me hubieran dado a escoger entre tener alas y tener pensamiento, no sé por cuál me habría decidido.

viernes, 8 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 55. La alergia primaveral


8-5-2020

Soy alérgico a no sé muy bien qué que viene en primavera. Tengo moquillo, estornudo. Estoy ahora sí y ahora no llevándome las manos a la nariz y gasto pañuelos de papel a mansalva. No es grave, estoy bien, no me duele nada. Es un poco molesto, eso es todo, y la mayor parte del tiempo ni siquiera me doy cuenta. Además, me tomo unas pastillas que moderan bastante los síntomas.

Cuando era joven no tenía alergia, o eso creía. La alergia me ha venido con los años, como otros males que en mi casa llamaban «dolamas» cuando, como es el caso, eran crónicos y débiles. Ahora que con esto del coronavirus tanto se habla de curvas, yo, que hice la mili en artillería, podría decir que la alergia me ha llegado cuando la curva trazada por la bala ha sobrepasado el punto más alto, que allí llamaban «el vértice de la trayectoria», y se halla en franca bajada, que es tanto como decir en un claro declive. Pero me gusta más pensar que la alergia me ha llegado con un cuerpo más experimentado y, en consecuencia, más instruido sobre lo que le conviene y lo que no, más sabio. Si el cuerpo responde así a un elemento exterior, por algo será: tal vez se esté defendiendo. Tal vez, detrás de esa explosión de vida que anida en la primavera haya venenos ocultos, virus malísimos, millones de ácaros…

Tengo, además, la experiencia de la mente, que también tiene sus alergias, aunque no son primaverales, sino mucho más constantes. Resulta que con los años he ido notando una mayor sensibilidad contra ciertas cosas que antes me pasaban inadvertidas. No es nada grave, no me impiden conciliar el sueño ni me quitan el apetito, pero de vez en cuando me molestan. Yo las llamo «los afanes». Vienen de todas partes, pero sobre todo de los que están muy pero que muy seguros de algo y se afanan para que todos estemos tan seguros como ellos. Esos afanes me incomodan un poco, como cuando los testigos de Jehová tocan el timbre a horas impropias y me veo obligado a pedirles amablemente que se vayan.

Ahora, los afanes son fundamentalmente políticos y también tienden al apostolado. Las redes sociales les han dado unas alillas enormes. Un afán por convencerte de algo se multiplica enseguida al ritmo que le dan aire sus creyentes mensajeros y te llega de improviso por la persona o el grupo más inesperado. Cuando lo descubro, noto el afán de quien lo ha mandado y moqueo (en sentido figurado, claro), como si la mente se defendiera con una mansa alergia primaveral.

jueves, 7 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 54. La ideología


7-5-2020

Dentro de una ideología vamos entre una multitud como nosotros, con mucha gente que nos reconoce y a la que reconocemos. Vamos por el mismo camino, en la misma dirección, en grupo. Cuando alguien pone una emisora de radio, pueden oírla los demás sin problemas, porque es la misma emisora que oye todo el mundo. Cuando alguien compra un periódico, puede pasarlo luego para que lo lean los demás, porque es el periódico que lee todo el mundo. Cuando alguien saca un tema de conversación, puede seguirlo cualquiera y opinar lo que más le plazca, porque su criterio no va a ser muy discordante con el criterio de los demás. Dentro de una ideología, uno se siente amparado por los otros, comprendido, acompañado, y el camino se hace mucho más agradable, placentero incluso.

Caminando dentro de una ideología no nos preguntamos a dónde vamos, porque nos han dicho que nuestro destino es el mejor de los posibles y nosotros nos fiamos de lo que nos dicen. Nos hicimos esa pregunta antes de entrar, pero eso fue hace mucho tiempo y ya a nadie se le ocurre cuestionar decisiones tan esenciales como esa. En realidad, no tenemos por qué hacernos pregunta alguna, pues casi todas las respuestas posibles las tiene el catecismo de la organización y, si no hay respuestas preparadas, responde sobre la marcha la mayor lucidez del líder, al que nunca se tiene por pastor, aunque lo que haga sea pastorear al colectivo.

Dentro de la ideología podemos pensar lo que queramos, claro, pero no nos podemos apartar demasiado del sentir oficial si no queremos que se nos vea como a tipos extraños, que es como se define a los disidentes de primer nivel. Si uno empieza a tener ideas propias, si uno empieza a formar grupitos rezagados o hacer repreguntas inconvenientes, es muy posible que se le amoneste y, de persistir, se le señale el camino por el que transitan los enemigos, que es también ancho, cómodo y muy concurrido, y donde rigen reglas muy parecidas, aunque se oyen otras emisoras y se leen otros periódicos, aunque se tiene otro catecismo, en fin.

O, aún peor, de persistir en la falta, es posible que señalen al disidente los múltiples caminos por los que transitan expuestos al frío de las ideas propias los que van por libre, todos ellos estrechos y empinados, todos llenos de abrojos, charcos y alimañas.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 53. El efecto sumidero


6-5-2020


Nada mejor que adentrarte en el estudio de una materia para que el tiempo se te pase volando. El estudio abre campo, y ese campo abre más campo, que a su vez abre más campo todavía, de manera que a cada paso que das te encuentras con más dudas y con más necesidad de aprender. Como ya he apuntado aquí, nadie hay tan necio como el que cree tener todas las respuestas ni tan sabio como el que tiene un montón de preguntas que se afana en responder.

Viene al caso lo dicho porque yo he llenado mis numerosas (e inquietantes) horas de aislamiento dedicándome al estudio del inglés, una materia a la que a lo largo de los años le he ofrecido mucho tiempo con pésima fortuna, pues siempre me he dejado arrastrar por el efecto sumidero.

Verán: el olvido es el sumidero del lavabo y tiene una función esencial de limpieza. En el lavabo aún está dónde hemos dejado el coche hace un rato, pero por el sumidero del olvido ya se ha ido dónde lo dejamos hace una semana, por ejemplo. En lavabo están los traumas, flotando como si fueran corchos, todas aquellas cosas que agarramos con recuerdos especiales para tenerlas siempre presentes y las que el cerebro considera necesarias, porque le prestamos atención continuada. Casi todo lo demás se va, con una velocidad que depende del grado de su densidad o consistencia y de lo frágil que sea la memoria, es decir, del diámetro del desagüe, que en mi caso es muy grande.

Cuando queremos aprender algo, por ejemplo inglés, sale información por el grifo, que luego tiende a irse por el sumidero. Yo he estado mucho tiempo aprendiendo inglés, pero lo he hecho de una forma poco sistemática, a salto mata como quien dice, y mi información era escasa y muy fluida, de manera que se iba muy pronto hacia la nada de la alcantarilla. Ahora, en cambio, la información que entra es mayor que la que se va, y además el material es más consistente, de forma que estoy empezando a vislumbrar el sistema que hay en la arquitectura del idioma.

El inglés no se aprende con mil palabras, sino con esfuerzo, como dice Richard Vaughan, que ahora es mi maestro en la distancia. Y es así: el esfuerzo, la constancia y una base compacta es la mejor forma de luchar contra el efecto sumidero. 

martes, 5 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 52. Un ramo de flores


5-5-2020

Ayer le regalaron a Carmen un ramo de lirios de agua o calas, que aquí llamamos jarros. Ella los ordenó, cortó sus tallos a medidas distintas y los puso, junto a unas cuantas hojas de la misma planta, en un florero de cristal con agua, que colocó luego sobre la mesa que hay en el patio interior.

Yo la estuve observando y vi que daba unos pasos hacia atrás, que examinaba el ramo con el ceño un poco fruncido y se acercaba, que retocaba la distribución y volvía a alejarse y a mirar. En algún momento, sin abandonar esa labor sutil, Carmen se acordó del patio de su casa y de su madre, como si se le escapara un pensamiento, y yo me acordé del patio de mi casa y de la mía. Ella lo dijo y yo me limité a no interrumpirla y a preguntarme qué andaría rondando por su cabeza.

Cuando terminó, me miró sonriendo, me preguntó si me gustaba y le hizo una foto, que mandó por WhatsApp a sus hijos, para compartir con ellos su felicidad.

Veo el ramo desde donde estoy escribiendo ahora y me acuerdo de todo eso. ¡La vida parece tan sencilla, aquí, ahora! No lo es, ya lo sé. Hay quien no tiene patio, ni casa, ni trabajo, ni nadie que le regale flores. Hay quien no tiene nada, en fin, pero hasta quien no tiene nada puede tener mayor inclinación por lo positivo que por lo negativo.

Lo positivo y lo negativo: esta noche, como no me podía dormir, he terminado de leer «La misericordia», de Benito Pérez Galdós, una obra maestra que asocia la infelicidad a la miseria moral más que a la miseria económica.   

Lo positivo y lo negativo: hace un rato he leído unos cuantos periódicos y he oído la radio. Políticos, comentaristas, una olla de grillos cantando a la luna desde sus madrigueras, todos con sus grandilocuentes cricrís, con sus intereses ocultos, con sus aspiraciones de máximos, con su diminuto sentido de lo común. La gente esperando a ver qué dicen y lo que dicen es que la culpa es del otro. Que la culpa es del otro.

Que la culpa es del otro.

Hay que dedicarse a ordenar las flores y a mirar los ramos. Hay que leer obras como "La misericordia" y hay que dejar de leer periódicos y de oír la radio. Esa es la conclusión.



lunes, 4 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 51. La pintura


4-5-2020

Yo soy narrador y reconozco mucha dificultad para expresarme. Los narradores usamos las palabras y las palabras están llenas de contenido, no siempre igual para todos. Hay que tomar las palabras adecuadas e hilarlas de tal forma que dejen en los lectores una emoción o una idea y los hagan disfrutar. Hay mucho proceso en todo esto, mucha pérdida de eficacia en la comunicación, pues no siempre se toman las palabras adecuadas, no siempre se hilan de forma que expresen lo que tú quieres, no siempre lo que has expresado es lo que le ha llegado al lector y no siempre lo que le ha llegado al lector es hermoso.

Si el arte es el instrumento que lleva el alma del artista al alma del observador, la Literatura (con la excepción de la poesía) es un medio que necesita codificar y descodificar y en el que hay mucha pérdida de información. En eso sale perdiendo con la Música, que solo tiene forma y va directamente del alma al alma, hasta el punto de que una melodía no se puede describir con palabras, por muy bien hiladas que estén. Sale perdiendo con la Danza, con la Arquitectura, con la Escultura y con la Pintura, todas ellas artes que hacen sentir de inmediato, sin necesidad de más proceso comprensivo, sin necesidad de más explicaciones, incluso sin necesidad de entender: te gusta lo que has visto, llega a lo más adentro de ti, y ya está.

Uno no tiene vocación por la escritura, sino por la expresión, por el arte, en fin. Si tuviera que volver a empezar, probablemente no sería narrador e intentaría llegar a los demás utilizando una modalidad artística más directa. No tengo oído para la música ni cuerpo para la danza, pero bien podía haber tenido habilidades para alguna de las otras artes que he mencionado. Y, en todo caso, me habría formado en ellas de la mano de profesores insignes y disfrutado mucho aprendiendo.

Mari Cruz Sanz, compañera de trabajo y amiga, me ha invitado a que continúe en Facebook una cadena de amistad y arte, tras referirse a mí con unos elogios evidentemente exagerados. Yo podría corresponderle en los elogios, e incluso hacerlos más nobles y elevados, porque virtudes la adornan como para eso, pero sé que a su natural sencillo no le gustaría. No puedo dejar de decir, sin embargo, que Mari Cruz ha encontrado en la pintura lo que yo ando buscando en la literatura desde que era un adolescente y componía historias en el patio de la casa de mis padres, la forma ideal para expresarse.

Los pintores sois artistas afortunados, Mari Cruz, a poco que abandonéis la artesanía y os dejéis llevar por la creación. La pintura es un arte divino. El Dios Hacedor, el que creó el mundo, era pintor, y escultor, y arquitecto, no narrador. Luego, vinieron los literatos y contaron lo que había hecho Dios o se limitaron a imitarlo creando mundos ficticios semejantes a este, solo eso.

domingo, 3 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 50. Las normas


3-5-2020

Me gusta que los niños hagan deporte de grupo, que formen parte de un equipo y se sometan a unos entrenamientos y una competición, porque el deporte enseña mucho. Enseña que si te esfuerzas, que si entrenas, mejoras. Enseña que tu éxito es el éxito del equipo y al revés, de manera que tu aportación es determinante para el conjunto, igual que lo es la de tus compañeros. Enseña que no siempre puedes jugar, porque hay otros que seguramente lo hacen mejor que tú, y así continuará siendo mientras no mejores. Enseña que si esos que juegan mientras tú estás en el banquillo no lo hacen mejor que tú, te jodes y te aguantas, porque hay una voluntad superior a la tuya, que es a la que se le ha atribuido la autoridad. Enseña que te debes ajustar a las normas del juego, que son iguales para todos. Enseña que hay un adversario al que debes respetar y, si es mejor que tú, admirar e imitar. Y, entre otras cosas más, enseña que hay una voluntad superior (arbitraria, si se quiere) a la cual se le atribuye en exclusiva la potestad de interpretar que los hechos se ajustan a las reglas, porque siempre es mejor una voluntad arbitraria que (en el fútbol, por ejemplo) 22 voluntades perfectamente justificadas, cada una con sus intereses, sus razones y sus excusas.

Es bueno que los niños hagan deporte de competición especialmente en sociedades como la nuestra, que han renegado de la autoridad paterna, de la autoridad del maestro y de las demás autoridades, incluida la autoridad política, con ese cuento de que en toda autoridad anida un autócrata, por muy bien ejercida que esté, producto seguramente de un complejo colectivo de culpabilidad, consecuencia de muchos años de dictadura.

Es bueno porque nunca disfrutamos en grupo de las victorias y nunca sufrimos en grupo las derrotas, ya que tenemos, en general, poco espíritu de unidad (ni por territorios, ni por ideas, ni por casi nada), de manera que siempre acabamos atribuyéndonos el triunfo y culpando a los otros de las derrotas, porque siempre acabamos confundiendo los enemigos con los simples adversarios y viendo adversarios y enemigos incluso entre los nuestros. Porque siempre hay alguien que saca una bandera que diferencia, o una consigna que diferencia, o un himno que diferencia, porque saca una flauta y toca una melodía mágica, y hay un montón de gente que lo sigue como idiotizada.

Es bueno porque siempre hay voces que ahondan desde un escaño o una tribuna en la tremenda injusticia que se está cometiendo contigo, contigo y con nadie más, tú, que te merecerías un equipo para ti solo, unas normas para ti solo y hasta un árbitro para ti solo. Porque siempre hay un líder que reparte folletos con una idea difícil de rebatir: que tú eres lo más grande; que tú eres el hijo y el Estado, tu padre; que tú tienes los derechos y el Estado, las obligaciones. Porque tenemos muy poca tolerancia a la frustración.

El deporte de equipo y la música orquestal enseñan mucho, yo creo. Hay entrenamiento o ensayo, normas, autoridad y un resultado común. A la vista de lo que pasa, quizá deberían federarnos todos en algún deporte o ponernos en alguna orquesta bajo la batuta de un director. Y cuando digo todos digo todos, sin excepción.

sábado, 2 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 49. Un mundo recién hecho


2-5-2020

El día, como recién hecho, de esos que debía haber en el Génesis para mayor gloria de quien, solo unos días más tarde, tuvo la santa ocurrencia de crear a los hombres y a las mujeres, esos seres desagradecidos que acabaron estropeándoselo todo. El sol, en el sitio de siempre, que es el mejor de los posibles, brillando como es maravilla, dando una luz tan diáfana que parecía pasada por una depuradora y una calidez mansa, que alegraba la cara sin provocar calor. Una nubecillas blancas de adorno con formas sugerentes. Una temperatura que era la ideal para todos, algo que de tan increíble parecería milagroso incluso para personas como yo, que soy muy dado a la incredulidad: para los que les gusta más alta, más alta, para los que les gusta más baja, pues más baja. Como a gusto del consumidor. Y así todo.

Las cosas, como del escaparate de una pastelería, todas diciendo cómeme, de puro seductoras, exuberantes y cremosas. Las tejas, por ejemplo, sin máculas de suciedades ni humedad, de un «rojerío» rojo que era digno de llamar a asombro. Las paredes blancas de un blanco nuclear, como las de aquel anuncio en el que una señora mayor decía que la ropa de sus nietecitos quedaba blanca como la naca utilizando ahora no recuerdo qué detergente. Y así todos los colores. Y todos perfectamente conjugados, en una armonía que llenaba el alma de blandura y felicidad. Y otro tanto podría decir de las formas, de manera que donde debía haber una línea curva, había una línea curva, y donde una línea recta, había una línea recta. Y podría decirlo de las texturas: la de ladrillo, la de madera, la de granito, que por aquí se lleva mucho, y todas las demás, que se podían palpar con la mirada y era como si se hubiera puesto uno un guante de seda en los ojos.

La vegetación enorme, disparatada, como la que recuerdo de aquella Historia Sagrada que venía en la enciclopedia Álvarez Pérez, donde yo estudiaba cuando era chico. Eso que aquí llamamos «avenas locas», por ejemplo, casi tan altas como yo. ¡Qué digo casi, como yo! O no, más altas, sí, mucho más altas que yo. Los jaramagos no demasiado grandes, que a esas hierbas parece que le sienta mejor el mal tiempo que el bueno, pero grandes de todas formas. Las malvas, impresionantemente hermosas, todas con unas flores tan vistosas como no se han visto nunca. Las amapolas a millones, en los bordes de la calzada y en la lejanía, donde formaban manchas compactas entre los distintos tonos de hierba, formando una imagen que a buen seguro guardarán en la memoria los pintores para llevarla a esos cuadros que idealizan la primavera. Y había más, que no nombro porque estoy viendo que de puro júbilo la crónica se me está yendo de las manos.

¿Y la gente? Lo que cuento era por el borde norte de Pozoblanco, avenida Carlos Cano, en el tramo nuevo del camino del «Colesterol» tal día como hoy, hace un rato. Desde ahí se puede ver la línea de montañas de la sierra de Santa Eufemia, el pueblo de Añora, un sinnúmero de casitas de campo y el campo mismo, que está como no se recuerda, de lo mucho que ha llovido en abril. El alma, en fin, se regocija siempre paseando por esos lares, pero más con las trazas que tiene ahora todo, como vengo diciendo. Así que la gente estaba contenta. Eso se veía enseguida. Le ha sentado bien salir un rato y andar por donde solía.

Yo creo que hasta le ha sentado bien el confinamiento a sus cuerpos, por mucho que digan lo contrario sus dolientes. Los he visto a todos más lozanos, a ellos y a ellas. Más «tiposos», incluso, como más en su ser natural, que es el más agradecido. A los que les sientan bien los kilos, por ejemplo, los he visto un poco más gorditos. Y a los que les sienta mejor la delgadez, con menos kilos que antes. Las mujeres, en particular, iban de una belleza subida. ¡Qué talles más tentadores, qué ojos por encima de esas mascarillas, con qué finura me han obsequiado aquellas con las que he hablado, qué extremosa delicadeza verlas venir desde lejos o verlas irse a su paso, con esa gracia de movimientos que parecía obra de la brisa!

Dirán que exagero, pero no, no exagero ni un ápice. Hoy todo era así. Yo soy fedatario público y no puedo ni exagerar ni echar mentiras.

viernes, 1 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 48. Torrecampo

1-5-2020

Una noche de hace muchos años, hallándonos al fondo de la barra del «pub» Almogábar, expresé a Justo Romero, a la sazón alcalde de Torrecampo, mi admiración por la cantidad de gente especial que había en aquel pueblo. ¿Gente especial?, se extrañó él. Para razonarle lo que yo había dicho, fui nombrando uno a uno a quienes nos encontrábamos allí al tiempo que citaba algunos de los rasgos de su personalidad, que a mí se me antojaban singulares, y recuerdo que, al llegar a nosotros mismos, los últimos que me quedaban por nombrar, concluí la relación diciendo: «Quedamos tú y yo, Justo, y no nos engañemos, ni tú ni yo somos personas corrientes».

Torrecampo no solo conservaba en aquel tiempo una prolija relación de gente singular, sino un espíritu colectivo singular que a mí me había llamado la atención cuando en 1984, con solo 25 años, llegué a él para hacerme cargo de la Secretaría-Intervención del Ayuntamiento. Torrecampo era un pueblo situado en la periferia de Andalucía, lejos de casi todo y supuestamente aislado, pero sus habitantes habían tenido mucho contacto con Madrid, Benidorm y otras ciudades de la costa, lo que había imbuido de modernidad la ya ancestral singularidad del espíritu torrecampeño.

Desde aquel lejano 1984 hasta hoy el pueblo ha cambiado mucho. Torrecampo, como Los Pedroches en general, se ha ido vaciando y es hoy bastante más pequeño. Casi todas las personas con rasgos de personaje de novela que habitaban en él se murieron y su población en general se parece mucho más a la de sus vecinos de la comarca, que a su vez se parece más a la de cualquier vecino de cualquier pueblo de España.

El pueblo se ha ido vaciando y moderando su singularidad al ritmo que yo me he ido llenando de Torrecampo y de su forma de ser, de tal modo que si yo soy así es, en buena parte, porque Torrecampo era así y es así. No podía ser de otra manera después de rozarme con tanta gente del pueblo y de tantos años de observar desde el mirador de mi despacho cómo palpitaba el alma de sus vecinos, de sentir sus alegrías y sus sufrimientos. Uno es lo que ha vivido y yo he vivido lo mejor y lo peor de Torrecampo de los últimos 36 años. Yo soy tan de mi pueblo de nacimiento como de Torrecampo, donde he dejado lo mejor de mí y, tal vez, también lo peor de mí. Yo soy tan torrecampeño como el que más, tanto como la iglesia de San Sebastián o la Virgen de Veredas, a la que hoy, por cierto, los torrecampeños se ven obligados a honrar confinados en sus casas, hoy, primero de mayo, que es el día de su romería y es el día más grande del pueblo.  

jueves, 30 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 47. Justicia de aluvión


30-4-2020

Siempre que voy a hacer de jurado a un concurso u oposición relacionado con mi profesión me acuerdo de un profesor de universidad que nos decía: «Disfrutad ahora que podéis, aquí, donde todavía el mal de unos no es el bien de otros». En la universidad, en efecto, todos podíamos aprobar y ser felices, en tanto que afuera la competencia sería encarnizada, algo que se aprecia enseguida en casi todos los ámbitos profesionales, pero especialmente bien en las oposiciones.

Me acuerdo de aquellas palabras y siento una sensación de vértigo. Ser justo no es nada fácil. La justicia requiere de una mezcla de distancia y de proximidad, de rigor y de comprensión, de determinación y de temor. La evaluación del justo tiene que ser tan flexible como implacable. El justo tiene que tener tanto valor como conciencia y, luego, tanta facilidad para la memoria como para el olvido. Y más si se piensa que quien va de jurado a un tribunal no tiene entre sus manos el suspenso del alumno, que puede volver en la próxima convocatoria, sino un trabajo para toda la vida, esto es, el soporte del proyecto vital de una persona.

Tengo comprobado, además, que quienes van a examinarse ante el tribunal del que yo formo parte saben por lo general más que yo de la materia, pues ellos han estudiado y yo no. Yo tengo un conocimiento distinto. Mi conocimiento es de experiencia y de saber estar, y es de sedimento, es decir, yo tengo eso que queda cuando olvidas lo que no necesitas y aprendes lo que necesitas. Pero eso no es lo que se evalúa en las oposiciones a la Administración, ni siquiera se evalúa quién es el mejor para el puesto, sino quién es el que tiene mayores conocimientos relacionados con un temario amplio.

Los opositores saben más que yo, en fin, y yo debo evaluarlos con Justicia. Y si he escrito todo esto aquí es porque eso mismo es lo que nos ocurre a diario con casi todo, pues casi todo está sometido a nuestro juicio y casi todo está hecho por gente que sabe más que nosotros. Nosotros debemos evaluar a médicos, albañiles, fontaneros, entrenadores… y, ahora, a científicos, estadísticos y epidemiólogos. Debemos evaluarlos porque la vida nos empuja a ello, y nuestra obligación es hacerlo con justicia desde ese conocimiento «de sedimento» que tenemos.

miércoles, 29 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 46. Un galimatías de medias verdades


29-4-2020


Ayer por la tarde, los vecinos de mi calle hablamos de puerta a puerta de lo que haríamos cuando empezara la «desescalada». Lo hicimos con alegría, incluso con optimismo, como si la esperanza ya hubiera empezado a cuajar en una realidad que se aventuraba un poco más hermosa que la actual. Luego, tuve dos videoconferencias con familiares y amigos y se habló de lo mismo en unos términos similares, bastante positivos, incluso llegamos a hacer algunos pequeños planes, medio en serio medio en broma.

Esta mañana, sin embargo, los medios de comunicación me han dejado una impresión distinta. ¿Será verdad eso de que «un pesimista sólo es un optimista bien informado»? Porque ayer yo estaba mal informado y estaba alegre, en tanto que hoy, que me hallo mejor informado, estoy mucho menos alegre y hasta tengo un punto de cabreo.

Cuando repaso la prensa, sin embargo, observo que casi todas las noticias sobre la «desescalada» llevan un juicio de valor negativo, y que son negativas casi todas las opiniones, pues inciden casi exclusivamente sobre las carencias y los fallos de los planes del Gobierno. ¿Es esa la realidad? ¿Estoy ahora mejor informado que ayer, que solo conocía los planes del Gobierno, evidentemente carentes de autocrítica?

O dicho de otra forma, ¿puedo sacar de esa lucha entre la verdad del Gobierno y la verdad de la prensa la Verdad con mayúsculas? Porque si la verdad del Gobierno es interesada, no es menos interesada la verdad de casi todos los medios de comunicación y de muchos de los comentaristas, tertulianos y opinantes en general.

¿Puedo sacar de ese galimatías de verdades interesadas las Verdad de verdad, la Verdad de la buena? Mejor es eso que nada, desde luego, pero los ciudadanos agradeceríamos un esfuerzo por la verdad negativa de los gobiernos (la autocrítica) y por la verdad positiva de los partidos de la oposición y de los medios de comunicación en general (algo harán bien los gobiernos, digo yo).

Los que emiten información no deberían obligarnos a leer todos los periódicos ni pueden pretender que de ese fárrago de noticias interesadas que nos llega saquemos algo en limpio. El esfuerzo por extraer la Verdad de la buena no tendríamos que hacerlo nosotros, sino ellos, los que están en el gobierno, los que no gobiernan y quieren hacerlo y, sobre todo, esos que se dan a sí mismos el título de periodistas. 

martes, 28 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 45. Un regalo


28-4-2020


Al principio de todo esto, Carmen y yo nos fuimos cada uno a una habitación. Ella es médico y estaba muy expuesta al contagio y no quería que yo me infectara. No compartíamos cuarto de baño, ni la mesa de la comida, ni nada y, cuando nos cruzábamos por la casa, guardábamos un metro de distancia.

A los pocos días, Carmen empezó a toser y le dio fiebre. Cuando le hicieron las pruebas, dio positivo en COVID-19, así que se recluyó en nuestra habitación, cerró la puerta y dispuso una mesita en el pasillo, que serviría para dejar la bandeja con la comida, y un cubo para el intercambio de ropa. Aunque nos hablábamos por teléfono, como si estuviéramos en dos continentes distintos, seguíamos a unos cuantos metros de distancia, y yo podía oír sus toses a través de la puerta.

Como no mejoraba, sino más bien al contrario, casi una semana más tarde fuimos al hospital de Los Pedroches, donde le diagnosticaron una neumonía bilateral. Yo no pude verla. Ni pude verla cuando le llevé las cosas que ella me indicó. Ni pude verla luego. Ella se quedó en el hospital y yo me volví a mi casa, donde me quedé solo y como chocado, rodeado de noticias que hablaban de enfermedad y de muerte.

Carmen me ha dicho que lo pasó mal al principio. Me lo ha dicho ahora. Entonces, cuando estaba en el hospital, siempre se mostró muy animosa conmigo en las numerosas videoconferencias que mantuvimos y nunca me transmitió mensajes negativos, así que pronto recuperé el ánimo.  

Carmen estuvo nueve días en el hospital, al cabo de los cuales volvió a nuestra habitación y al sistema de bandeja para la comida y cubo para el intercambio de ropa, en el que ha permanecido otros catorce días. En total, casi un mes de enfermedad y encierro en el que no ha emitido ni una sola queja ni ha dicho una palabra que no fuera de agradecimiento hacia mí, y en el que ha estado más pendiente de sus enfermos de Torrecampo que de ella misma.

La Naturaleza, en fin, esa que manda la enfermedad y la muerte, tiene a veces preciosos detalles con nosotros. Conmigo tuvo el mejor de los posibles el día que puso en mi vida a Carmen.

lunes, 27 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 44. La empatía


27-4-2020


Si tengo aire acondicionado en mi casa, en mi trabajo y en mi coche, sé poco del calor. O dicho de otra forma, el calor es para mí una referencia vaga, como lo es el frío para el que toca una barra de hielo.

Porque el calor no es estar un rato al sol o un poco a una temperatura alta. Ni siquiera es hacer un viaje largo a la hora de la siesta en pleno verano por Andalucía. El calor es más que eso: el calor de verdad es no tener aire acondicionado en el pequeño piso de Sevilla en que te ves obligado a vivir o pasarse un verano detrás de otro en lo alto de un andamio.

Ahora se ha puesto de moda una especie de turismo antropológico que pretende hacer sentir al turista lo que siente el currante en el tajo. Para ello, llevan al turista a un cortijo de la sierra perfectamente equipado, por ejemplo, le ofrecen un desayuno molinero con toda clase de productos supuestamente típicos, le dan una charlita, lo montan en un todoterreno y lo ponen en la falda de la sierra a coger aceitunas, a fin de que el turista se haga cargo de lo que siente el aceitunero. "Como esto, pero tres meses", le dicen al turista al cabo de un rato, cuando ven que empieza a farfullar palabras de cansancio.

Y no: eso que siente el turista no es lo que siente el aceitunero. No es ni parecido. Y no solo porque la acumulación de tiempo produce un salto cualitativo, sino porque las condiciones de uno y de otro son muy distintas: ni es lo mismo el lugar de descanso, ni es igual la comida, ni, en general, es igual el trato al turista que paga que al jornalero que cobra.

Y quien habla del aceitunero habla del médico o del secretario del Ayuntamiento. O del alcalde de un pequeño pueblo. Es casi imposible ponerse en lugar del otro. Como mucho, nos ponemos en el lugar del otro que está a nuestro lado, que generalmente tiene un modo de vida muy parecido al nuestro, con el que acabamos sintonizando en intereses y, en consecuencia, en ideas que justifican esos intereses.

Yo, por ejemplo, me muevo en un círculo de profesionales, funcionarios y pequeños empresarios con un nivel cultural alto, con los que intercambio información y comparto intereses. Puesto a enjuiciar el mundo, puesto a opinar, mis opiniones estas sesgadas por el lugar de donde vienen y me resulta difícil entender otras, otros intereses, y más si son totalmente contrarios a los de mi círculo.

Pero lo cierto es que hay otras opiniones y otros intereses. ¿Opiniones equivocadas? ¿Intereses nocivos? Puede. O no. Lo que debe quedarme claro es que son tan respetables o más que los míos. Y el respeto no es acatar a regañadientes, sino algo mucho más positivo, que puede verse cuando me respondo a esta pregunta: ¿Qué espero yo del otro? Pues eso que espero, eso, es el respeto. 

domingo, 26 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 43. La normalidad que viene


26-4-2020

Un amigo me pregunta cómo creo que será la normalidad cuando todo esto pase, al hilo de un artículo que ha leído. La pregunta coincide con un mensaje supuestamente de «los sanitarios» que me ha llegado por varios grupos de WhatsApp pidiendo silencio a las ocho, la hora en la que salimos a aplaudir, «en protesta por la situación de este colectivo». Y coincide con el final de mi lectura de Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoyevski.

Esa asociación casual me sirve para hilar la respuesta: querido amigo, la serie Juego de Tronos ha tenido tanto éxito en nuestro tiempo porque en ella está lo mismo que hay en Los hermanos Karamázov, lo mismo que en El Quijote, lo mismo que en las obras de Shakespeare, lo mismo que en las tragedias griegas y lo mismo que en los protagonistas de La Biblia, la naturaleza humana, con todas sus grandezas, que son muchas, y todas sus miserias, que son muchas también, expuesta de la forma más cruda y más artística posible.

Nada ha cambiado, esencialmente, a lo largo del tiempo. Aquellos hermanos que, según cuenta el Libro del Génesis, vendieron a José como esclavo y le dijeron a su padre, Jacob, que había sido atacado por un lobo al tiempo que le mostraban su túnica manchada de sangre como prueba, siguen siendo un fiel reflejo de lo que es la envidia hoy en día, por ejemplo. En esos libros y series que te menciono están también la soberbia, la avaricia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza y las virtudes que las contrarrestan, están en su formato actual, que es su formato de siempre.

Que grupos políticos (de sanitarios o no) se arroguen la representación de todos los sanitarios y dividan a la sociedad en un momento tan fundamental con un fin evidentemente partidista, resulta descorazonador, pero comprensible desde el punto de vista de la naturaleza humana, en la que están los que aplauden y los que pitan, los que se juegan la vida y los que escurren el bulto, los que dicen qué puedo hacer para ayudar y los que ponen la zancadilla e intentan utilizar el tropezón para incapacitar al guía.

En la naturaleza humana está que la portavoz del Gobierno catalán, Meritxell Budó, asegurara que si Cataluña hubiera sido independiente «no habría habido ni tantos muertos ni tantos infectados» por coronavirus. Está que un Presidente de Estados Unidos sugiriera que las inyecciones con desinfectante podrían ser un tratamiento contra el coronavirus. Y está que un Primer Ministro del Reino Unido dejara que el virus fluyera de forma natural y fuera infectando a la población para generar inmunidad. Está toda esa estupidez de los gobernantes y está –conviene recordarlo– toda esa estupidez y toda esa mala sangre de quienes los eligieron, que son personas como tú y como yo, querido amigo que me pides opinión. 

Así que, cuando todo esto pase, el escenario que es el mundo no será igual, pero lo esencial de la obra no es el escenario, sino esos personajes que somos nosotros, y nosotros seguiremos igual, a nosotros no hay quien nos cambie.

sábado, 25 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 42. La luz


25-4-2020

Algunos días me demoro un rato en la cama, despierto, y dejo al pensamiento que teja sus historias tal y como le vienen, sin acicate ni cortapisa. El pensamiento libre es un ser extraño, como si fuera enteramente de otro o, mejor, como si no fuera ni de mí ni de nadie, sino de él mismo. Yo, entonces, soy solo cuerpo, y el pensamiento es otro ser que habita dentro de mí.

Esos días, la luz empieza a hacerse visible poco a poco a través de las ventanas. Cuando ese otro que es mi pensamiento se da cuenta, fija su mirada en las alegres listas que forma la persiana y disminuye su actividad hasta quedarse en calma. Ya no fabrica historias. Ya solo quiere sentir cómo sube la intensidad de la luz, fascinado.

Amanece: el mundo está lleno de noticias como esa, extrañas y maravillosas por muy usadas que estén, increíbles a poco que uno tenga conciencia de ellas. La gente se asombra de que vuelen los aviones o de que el hombre haya podido llegar a la luna y ve de los más corriente que los pájaros canten o que pueda recordar dónde dejó el coche ayer, cuando el más elemental de los animales o cualquier atributo humano, como la memoria, son más asombrosos que todas las gestas realizadas por el hombre.

Mientras mi cuerpo está calentito y quieto, ese extraño ser que es mi pensamiento libre se regodea con la luz, tal vez, sin saberlo, con lo que de esperanza hay en la luz.

Amanece, hoy también, y todo sigue en su sitio. Amanece y mi mujer duerme a mi lado.

viernes, 24 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 41. Los jóvenes


24-4-2020

Si una familia que gana 100 quiere vivir como el vecino, que gana 120, puede endeudarse por 20 con un banco. Y el año que viene, cuando tenga que pagar los 20 al banco, se los puede pedir a otro para pagarle al primero. Aunque quizá a esos 20 haya que sumarle otros 10, porque el vecino ya gana 130. 30 que habrá que pedirle a un tercer banco para pagarle al segundo. Y así un año y otro, acumulando deuda que debe devolverse con intereses, aunque parezca que no, porque siempre hay quien está dispuesto a prestarte.

La familia podría gastarse el dinero que le da el banco en bienes de futuro, es decir, en una buena educación para los hijos, o en una furgoneta más grande, porque el padre es repartidor y así podría llevar más mercancía, o en ampliar la tienda que tiene la madre, pero se lo gasta en mantener el mismo nivel de vida que los vecinos, de manera que siempre gana lo mismo, o incluso menos en términos relativos, porque tienen que destinar buena parte de sus ingresos a pagar intereses, en tanto que los vecinos, que sí se lo gastan en mejorar sus propias empresas, cada vez ganan más.

La familia vive bien manteniendo la ficción de que gana 120, 130, 140, como el vecino, aunque solo gane 100. Los bancos también viven bien, porque siempre acaban cobrando lo que prestaron y los intereses. Y viven bien los vecinos, que son comerciantes y, por lógica, venden más a quien gana 140 que a quien gana 100. A todo el mundo, en fin, parece que le viene bien.

Pero puede ocurrir que la familia tenga un bache, que el padre caiga enfermo, por ejemplo, y no pueda salir a repartir con la furgoneta. Entonces, es posible que el banco que toca ese año no quiera prestarle dinero para pagar al banco anterior, o que le quiera cobrar unos intereses mucho más altos, dado que se ha incrementado mucho el riesgo de que puedan devolvérselo. Entonces, todo el sistema se muestra como lo que era realidad, un mal tinglado, y se viene abajo.

¿Y los hijos de la familia? Los hijos siempre llevan las de perder: los hijos son los que, en el mejor de los casos, pagarán la deuda que deja la familia, esa que parece que nunca se pagará. Los hijos venden su trabajo o sus servicios por un precio inferior a los hijos de los vecinos, que trabajan en empresas más competitivas y pueden pagarles más. Los hijos, si la familia quiebra, tendrán que trabajar hasta bien avanzada la vejez y, luego, cuando finalmente se jubilen, tendrán menos dinero para sus gastos.

Ahora, pongan Estado español donde he puesto familia, pongan jóvenes donde he puesto hijos y pongan pandemia de coronavirus donde he puesto que el padre cae enfermo y se harán cargo de la situación.

jueves, 23 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 40. El virus del fanatismo


23-4-2020

Llevamos cuarenta días de confinamiento. Cuarenta días son muchos y se nos están haciendo muy largos, aunque tengamos familiares o compañeros de piso con los que conversar o discutir. Se hacen muy largos aunque podamos ver la televisión, y contactar con los conocidos a través de las redes sociales, y hablar por teléfono, y hacer uso de los ordenadores, aunque podamos salir a trabajar, a comprar suministros y a pasear al perro.

Cuarenta días eran suficientes en los días de la peste negra (de esos días y esa cifra, cuarenta, viene la palabra «cuarentena») para saber si una persona estaba infectada o no. Cuarenta días es una cifra más que razonable para todo, incluso una cifra alta. De hecho, el número cuarenta aparece más de cien veces en la Biblia: cuarenta fueron los días que duró el Diluvio, y en ese periodo se anegó toda la Tierra, y cuarenta fueron los días que pasó Jesús en el desierto, por ejemplo. Cuarenta son los días que dura la Cuaresma.

Cuando le hago estas observaciones a alguien muy cercano a mí, me habla de la relatividad del sufrimiento y me pone de ejemplo a Ortega Lara. Sí, lo recuerdo, aquel hombre que ETA mantuvo 532 días encerrado bajo tierra, pero quiero ponerme al día y leo en la Wikipedia:

«Las condiciones de su secuestro fueron penosas: el zulo en el que se hallaba, muy húmedo (pues se encontraba a pocos metros del río Deva), sin ventanas y situado bajo el suelo de una nave industrial, tenía unas dimensiones de 3 metros de largo por 2,5 de ancho y 1,8 m de altura interior. Ortega Lara sólo podía dar tres pasos en él. Disponía de la luz de una pequeña bombilla y, como no podía salir del habitáculo, recibía dos marmitas; una para hacer sus necesidades y otra para asearse». 

¡Dios mío! La Naturaleza manda virus que hacen sufrir y matan, virus que nos mantienen encerrados en nuestras casas. ¿Y los seres humanos, esos que son como nosotros, qué clases de virus bullen en sus conciencias, qué clases de virus mandan?

Ortega Lara fue liberado por la policía. Una semana más tarde, ETA secuestró y asesinó a Miguel Ángel Blanco.

miércoles, 22 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 39. La estupidez


22-4-2020

Antes de darle a la tecla que inserta lo que escribo en la web siempre siento cierto vértigo. ¿Quién soy yo, para hacer público esto, que no deja de ser una opinión como otra cualquiera? ¿Qué sé yo de esto más que otros que, prudentemente, se callan? Al fin al cabo, yo soy un escritor aficionado, solo eso, y me siento más cómodo escribiendo sobre un mundo ficticio que sobre el mundo real.

La duda es más razonable ahora, que se toman decisiones a la carrera, incluso con premura, guiados más por un permanente ensayo y error que por otras estrategias de conocimiento: si funciona, seguimos adelante; si no funciona, probamos con otro método. La duda es razonable porque ese sistema, con el que aprendemos todos lo que es la vida (eso es la experiencia), es el que suelen aplicar los buenos científicos para llegar a una solución, no los buenos políticos, a quienes se les supone una estrategia a largo plazo.

Pero el caso es que estamos en manos de los técnicos, no de los políticos. Y son ellos los que saben del asunto, por poco que sepan. Y ese «por poco que sepan» está muy lleno de mi comprensión, dado lo poco que puede saberse de algo aparecido hace unos pocos meses y de lo que aún se desconoce su verdadero rostro.

Que los técnicos no lo saben todo es una verdad a la que los que no lo somos llegamos con la madurez. Hace tiempo, una señora me hizo una pregunta en mi trabajo que no supe contestarle. La señora me señaló varios montones de distintos boletines oficiales que había sobre una mesa cercana y me dijo: «¿No lo sabe, pues eso viene ahí?». Ahí estaba, en efecto, y porque estaba ahí era por lo que yo no tenía que saberlo, pero a la señora le hacía falta eso, madurez intelectual, conocimiento.

Recuerdo que un profesor de universidad nos dijo el primer día de clase: «Supongo que ustedes no se encontrarán en esa fase de la ignorancia en la cual uno se cree que el profesor lo sabe todo». Creer que alguien puede saberlo todo es, en efecto, de una ignorancia supina, del tamaño de la que tienen los niños, que creen en la absoluta infalibilidad de su padre.

Pocos ejemplos hay mejores sobre la estupidez que el de quien ha pillado al profesor en un desliz y, pasando de lo particular a lo general, se cree que el profesor no sabe nada. O el de quien porque sabe un poco de algo se cree que lo sabe todo y se atreve a corregir a los que saben mucho más que él.