miércoles, 8 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 25. Dar pábulo a la mentira


8-4-2020


En «maldita.es», página de Internet dedicada a desenmascarar bulos, hay un montón de entradas falsas referidas a Pablo Iglesias. Y sobre Pablo Casado. Y sobre Inés Arrimadas. Y sobre Pedro Sánchez. Y sobre Santiago Abascal. Y sobre un montón de líderes y no líderes políticos. Hay un montón de entradas falsas sobre el coronavirus. Hay un montón de entradas falsas sobre un montón de materias, quizá hasta sobre ti, amable lector de esta página.

Presumo que las entradas falsas sobre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez corren muy deprisa entre los seguidores de derechas y, por utilizar una analogía, que las entradas falsas sobre Pablo Casado y Santiago Abascal corren muy deprisa entre los votantes de izquierdas, en tanto que las de Inés Arrimadas lo hacen entre los votantes nacionalistas. Es decir, corren entre quienes están más dispuestos a dar pábulo a la mentira.

Corren independientemente de la formación que tengan los transmisores del bulo, entre analfabetos, entre «ninis» y entre universitarios, iluminados todos por una verdad que necesitan transmitir para realizarse completamente, porque son como apóstoles y se sienten obligados a predicar su particular evangelio. Y así llegan a mi teléfono, y así llegan a mis oídos, y así intentan convencerme de la VERDAD, una verdad que es mentira: los unos, de lo buenos que son ellos y lo malos que son los otros. Los otros, de lo malos que son los otros y lo buenos que son ellos.

¡Qué «jartez»! ¡Qué cansancio! Por favor, ¡reforzaos entre vosotros y dejadnos a los demás con nuestra música, nuestras fotos y nuestras palabras de ánimo! ¿No os habéis dado cuenta de que hay mucha gente que no quiere ser salvada?

martes, 7 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 24. Los niños de otros


7-4-2020

Antes, cuando nuestros hijos eran pequeños, los amigos buscábamos establecimientos donde ellos pudieran moverse más o menos tranquilamente. Por muchos niños que hubiera y carreras que diesen, nuestros hijos no nos molestaban, porque eran los nuestros y porque estábamos acostumbrados a tenerlos en casa, donde las carreras eran más o menos las mismas.

Nosotros, además, éramos padres mediterráneos, es decir, de los que no coartaban demasiado la creatividad natural de los niños, que suele ser expansiva y tiende al movimiento, dicho sea finamente. O dicho en términos menos finos, queríamos que se desfogaran antes de volver al redil de la casa, para que se durmieran pronto. Por eso, cuando viajábamos, veíamos con asombro a las familias nórdicas, en las que los niños estaban siempre perfectamente callados, perfectamente sentados, perfectamente tranquilos, como si estuvieran siendo educados por una institutriz amargada.

Ahora que nuestros hijos son mayores y ya son de ellos mismos, los amigos vamos solos, como es natural. Pues bien, ahora nos incomodan los niños. No soportamos sus carreras ni su mala educación, ni entendemos cómo sus padres no hacen lo posible para que se comporten como es debido, esto es, sin incordiar. Porque eso es lo que son los niños de otros en un recinto cerrado, un auténtico incordio, y a veces hace falta mucha serenidad ciudadana para no pedir a algunos padres que presten una poca atención a sus hijos, por favor.

Cuando eso ocurre, cuando los niños de otros nos molestan, siempre hay algún amigo o, más frecuentemente, alguna amiga que nos pide paciencia echando mano del recuerdo: ¿Es que ya no nos acordamos de los nuestros? ¿Se nos ha olvidado el auténtico coñazo que eran nuestros hijos? Pues no nos acordamos. Pues sí, se nos ha olvidado. Por eso es tan conveniente que alguien nos apunte que el "hoy por ti mañana por mí" también debe aplicarse al entretenimiento de los niños.

He rememorado esto porque veo que hay confinamientos y confinamientos: mis hijos son grandes y viven en sus casas. Yo estoy tranquilamente en la mía, sin niños. ¿Cómo estarán pasando la clausura esas familias con hijos pequeños, en pisos pequeños?

lunes, 6 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 23. Meta conseguida


6-4-2020

Pocas actividades hay que me produzcan tanto placer como andar, especialmente cuando lo hago por lugares desconocidos. Cuando voy por un camino, me siento como un elemento más del ambiente, como un cazador-recolector primitivo para el que todo en el mundo está dotado de alma propia, es secreto y mágico. Andando aprendo mucho: si voy acompañado, porque la charla suele ser distendida y aporta a mi razón puntos de vista distintos de los míos, que de otra forma permanecerían velados. Si voy solo, porque la mente hila pensamientos a la manera que el subconsciente genera los sueños, sin saber por qué y desde lo más adentro de mí mismo.

La vida es como un juego en el que hay que disfrutar las victorias parciales, porque al final siempre acabarás perdiendo. Los que han jugado conmigo saben que soy muy competitivo y que me gusta mucho ganar. Cuando no hay competidor, como es el caso del senderismo, la lucha siempre es contra uno mismo. En el senderismo hay que plantearse retos, si quieres tener el placer del juego. Yo me los planteo.

Todos los retos deben ser difíciles pero posibles. Ese lema de que "nada es imposible" es un cuento y genera muchas frustraciones. Hay muchas metas imposibles, casi todas lo son. A estas altura de mi vida, yo no puedo proponerme saltar dos metros de altura o aprender chino, por ejemplo. Mis metas tienen que ir en consonancia con mis potencialidades y no perjudicarme, ni física ni mentalmente. Otra cosa es que no conozca mis límites y me encoja, es decir, que me vea incapaz de algo para lo que con esfuerzo estaría capacitado.

Ayer era domingo. Los domingos salgo a andar y ayer anduve. ¿Que no tenía camino? Tenía el pasillo de mi casa. ¿Que no tenía compañía? Tenía el murmullo de mis propios pensamientos y, sobre todo, la posibilidad de estar haciendo otra cosa mientras andaba.

Tengo uno de esos relojes modernos que dicen cuántos pasos das. Yo me había propuesto el reto de dar 10.000, los mismos que me planteo como meta diaria y casi nunca consigo. Pues bien, al acabar el día el reloj recogía más de 12.700 pasos. Satisfacción plena, meta conseguida.

domingo, 5 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 22. Nos debes una paella


5-4-2020

Juan siempre ha sido previsor, de los que se anticipan a los acometimientos, de esos que otean desde lejos el territorio por el que deben avanzar. Antes de irse a Sevilla a estudiar, por ejemplo, hizo un curso de cocina básica organizado por el Ayuntamiento de Pozoblanco para estudiantes que debían abandonar el hogar familiar. Y creo que lo aprovechó bien, y que le sirvió para no ser como su padre, un perfecto desastre como cocinero en su época de universidad.

Aún recuerdo el día en el que, delante de mí, sentados los tres junto a la mesa de la cocina, le dijo a su hermano que no podía conformarse con saber inglés, que debía aprender otro idioma para tener un punto extra de excelencia. Él estudió alemán por su cuenta, a fuerza de voluntad, mientras sacaba adelante su carrera de ingeniero. Estuvo estudiando un año en Austria y, cuando terminó la carrera, se fue a Alemania a buscar trabajo. Lo pasó mal al principio, pero creo haber dicho aquí que su madre los educó a él y a su hermano para que fueran «fuertes y valientes» y aguantó hasta que consiguió lo que quería.

Cuando estaba en Alemania, siguió con su afición por la cocina. Juan, además de voluntarioso, es abierto, amable, solidario, comprometido, sincero… Cae bien porque es buena persona y tiene don de gentes. Estando en Alemania se compró los útiles para hacer paellas, ese plato tan español y tan dado a la celebración. Su amigo y compañero de piso Pedro y él aprovecharon la compra muy bien y organizaron numerosas fiestas en el jardín de su casa, a las que invitaban a paella a sus amigos españoles y alemanes.

Juan volvió a España hace poco más de un año, a Madrid. Ahora está más cerca y viene más a esta que siempre será su casa, aunque no tanto como nos gustaría a su madre y a mí. Como sabe que un día de Semana Santa invitamos a algunos amigos a comer, hace algún tiempo se ofreció para hacernos una paella y habíamos quedado en que fuera hoy, Domingo de Ramos. Las circunstancias, sin embargo, lo han hecho imposible.

Queda aplazado, Juan. Ya sé que no te gustará lo que escribo, que lo considerarás excesivo y te sentirás un punto avergonzado, que negarás casi todo lo bueno que de ti he dicho. Haces bien: las virtudes se ejercen, como haces tú, y, como haces tú, se niegan cuando alguien las hace públicas, o, cuando menos, se moderan. Pero qué le vamos a hacer, esto es la declaración pública de amor de un padre. Y aunque a ti te parezca imprudente, y aunque a otros les parezca exagerado, yo pienso que todo eso y mucho más es verdad. Perdóname, Juan, pero hoy tenía que decir bien alto y bien claro que me alegro mucho de ser tu padre y que te quiero.

sábado, 4 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 21. Mi calle


4-4-2020

Cuando yo era chico, las casas de mi pueblo no estaban preparadas para estar en ellas, sino para dormir en ellas, como lo demuestra el hecho de que en casi todas hubiera una especie de sala de estar de bonito o para las visitas, que tenía los mejores muebles y, por paradójico que parezca ahora, no se utilizaba nunca, y que las habitaciones fueran oscuras, frías, poco ventiladas y muy pequeñas. Los niños compartíamos habitaciones y camas. En mi caso, mis dos hermanos compartían una cama y yo, durante varios años, compartí en la misma habitación la otra cama con un primo.

La vida se hacía entonces en la "salita", que también hacía de comedor, en la que el mueble principal era la mesa camilla, que tenía una tarima de madera, un brasero de picón y una enagüillas (localismo pedrocheño de faldas), además de un cajón debajo del tablero en el que se guardaba el "plato" con los alimentos que habían sobrado de otras comidas, que siempre se sacaba de refuerzo o como segundo plato. (En algunas casas, como en la de mi abuela Petra, en ese cajón también había una torreznera).

A los niños no nos importaba la poca habitabilidad de las casas porque vivíamos en la calle. Y, por la misma razón, tampoco les importaba demasiado a nuestras madres, que eran las encargadas de nosotros. Había peligros, pero estaban más allá de la calle, en los pozos, en los tendidos eléctricos, en las peleas con los muchachos de otros barrios… La calle no era hostil, sino hospitalaria, y nos acogía de tal modo que nosotros éramos felices en ella.

Yo no creo que la patria sea la infancia, como dicen algunos, ni me siento especialmente identificado con la mía, pero sí recuerdo con mucho cariño las experiencias de calle que viví y, afortunadamente, conservo de mi calle lo más importante, los amigos. De hecho, muchos de mis amigos de ahora son los mismos que tenía cuando era chico y jugaba con ellos en la calle Demetrio Bautista de Pozoblanco, la mía, la nuestra.

Quizá venga de ahí, de mi infancia, mi fijación con lo que la calle representa. Ya lo he dicho aquí y lo repito ahora: para mi es suficiente una habitación con una cama, un ordenador y una puerta a la calle. Y soy afortunado porque, a día de hoy, tengo todo eso y mucho más, aunque la puerta se encuentre temporalmente cerrada.

viernes, 3 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 20. Un polvorín de mascarillas


3-4-2020

Cuando estaba haciendo el servicio militar, allá por el año 1981, pidieron en mi cuartel voluntarios para probar granadas en el polvorín de El Vacar, situado cerca de esa aldea, en el término municipal de Villaviciosa de Córdoba. Yo, que llevaba un lanzagranadas en las maniobras y había enseñado a otros a usarlo, me apunté voluntario con la esperanza (iluso de mí, porque luego no hubo nada) de que me dieran unos días de permiso.

Un comandante que vino de Sevilla, un cabo primero y yo, que era soldado raso, nos montamos en un coche y nos fuimos al polvorín, donde cogimos una muestra de las granadas que allí se almacenaban para probarlas en el campo de tiro de El Muriano, ubicado no muy lejos. Recuerdo que yo las sacaba de la caja y que el comandante las lanzaba tirando del gatillo del lanzagranadas con una cuerda cuando los tres estábamos protegidos detrás de un peñasco cercano.

La batallita viene a cuento por lo que su fondo representa de previsión: el ejército tenía un polvorín en el que se almacenaba munición por si se necesitaba para una guerra. Y tenía la previsión de probar los explosivos almacenados allí, por si estaban en malas condiciones y debían sustituirse. "Si quieres la paz, prepárate para la guerra", he leído en los cuarteles, frase que han copiado casi todas las sociedades del mundo del pensador romano  Flavio Vegecio Renato.

Para la guerra que estamos luchando, sin embargo, nadie había pensado en un polvorín de trajes protectores y mascarillas, de manera que se ha mandado a nuestros soldados al frente con dos balas y en pantalones vaqueros. Y así les ha ido. Y así, sacrificados ellos ante el enemigo y rotas las líneas de defensa propia en cuestión de días, nos ha ido a todos.  

Supongo que esta enorme imprevisión cambiará cuando todo esto pase y que se destinarán fondos para reservas de material de autoprotección y para su logística. Espero que nadie se oponga.

Espero que nadie argumente que no hay dinero, porque solo en trámites inútiles entre Administraciones, festejos y propaganda se va un dineral. Yo lo sé bien, me dedico a ello.  

jueves, 2 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 19. La lejía


2-4-2020

Ayer tuve un pequeño accidente doméstico: unas cuantas gotas de lejía cayeron sobre la manga derecha del jersey que llevaba y se comieron el color. Era lo previsible, tarde o temprano tenía que ocurrir por mucho cuidado que tuviera: tanto va el cántaro a la fuente que al final… Y es que ando todo el día lejía para arriba lejía para abajo, con los pomos, los grifos, los suelos... Y supongo que todo el mundo andará igual. No sé de dónde sacarán tanta lejía.

Se ve que la lejía no deja títere con cabeza: si en un momento se come los colores, también debe de comerse lo que hay antes de los colores, bacterias y virus incluidos. En estos momentos, la lejía es nuestro mejor aliado, de eso no cabe duda.

Y el caso es que nadie se acuerda de ella cuando de colgar medallas se trata. La lejía es una humilde servidora. Es de esos elementos que están ahí siempre a nuestra disposición, para lo que haga falta, silenciosamente y en una botella grande, gorda y fea. Y además es barata, muy barata.

Si oliera mejor, si viniera en una botella de diseño y fuera mucho más cara, seguramente le prestaríamos la misma atención que a un perfume, y hasta la regalaríamos por Navidad o para los cumpleaños. Pero la lejía es como esos millones de personas anónimas que están en el tajo, sacando la familia adelante, sacando el país adelante.

No es como esos deportistas que ganan millones por hacer lo que les gusta o como esos artistas que venden su nombre para una línea de cosméticos a cambio de un porrón de dinero. La lejía es como los albañiles, o como los camioneros, o como los pescadores, o como los auxiliares de clínica. Como tú y como yo.

La macha en el jersey, en fin, me ha hecho pensar: ahora que los estadios están vacíos y las tiendas de cosméticos se encuentran cerradas, prestamos más atención a todas esas personas que siguen manteniendo la sociedad desde el anonimato, de una forma tan sencilla y efectiva como la lejía. ¿Qué ocurrirá luego, cuando todo esto pase? ¿Nos olvidaremos de ellos, los dejaremos en un rincón del trastero, como a buen seguro haremos con la lejía?

miércoles, 1 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 18. La razón del adversario


1-4-2020

Somos.

Primero somos y, después, pensamos. No lo hacemos al revés ni pensamos independiente de lo que somos.

Primero somos creyentes o no y, después, pensamos. Primero somos de izquierdas o de derechas y, después, pensamos. Y así todo. Incluso primero somos de tal o cual partido y, después, pensamos.

Si razonáramos libremente sería más fácil que nos pusiéramos de acuerdo y nos iría mejor. Pero el caso es que razonamos en función de lo que somos, para justificar lo que somos, llevados por lo que somos, alimentados por los que piensan como nosotros y cegados a otra razón, que enseguida consideramos la razón del adversario.

Es muy difícil que dos opiniones se encuentren cuando, ya desde el principio, ambas consideran que llevan la razón de forma categórica. Entonces, el diálogo se convierte en un cruce de monólogos.

Ya sé que eso tiene que ser así, que forma parte de la naturaleza humana y que no hay forma de cambiarlo, ¡pero sería tan bueno que fuera menos, que no lo fuera tanto!

Especialmente, ¡sería tan bueno que no lo fuera tanto ahora, que estamos tan expuestos a una circunstancia que no discrimina a nadie y nos iguala como ninguna otra!

Yo escribo en función de lo que soy. ¿Has pensado tú, amable lector de esta página, que opinas en función de lo que eres? ¿Estamos dispuestos, tú y yo, a dejar de ser un poco lo que somos para admitir, aunque solo sea por esta vez y solo en parte, la razón del adversario?

martes, 31 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 17. Llueve


31-3-2020

Cuando estoy escribiendo esto, llueve, y los hilos de agua tamborilean sobre la montera del patio. Hasta hace un rato tenía la ventana abierta por el placer de oírlos mejor, para sentir su música, pero la he cerrado porque yo no puedo escribir y oír música a la vez, no me concentro, no me sale nada.

La música. Nunca había pensado eso sobre la lluvia, pero esta mañana, cuando desperté, llovía, y podía oír el repiqueteo del agua sobre los tejados. Aún era de noche. Cogí de la mesilla el libro que estoy leyendo y me puse a leer, pero enseguida lo dejé y me quedé mirando al techo, ensimismado en ahora no sabría decir qué, lleno mi espíritu del melódico sonido de la lluvia.

Yo soy de una tierra de secano y vengo de familia del campo. En mis recuerdos de infancia siempre está el afán por la lluvia. A mi madre nunca le parecía que lloviera bastante y a mí me pasa lo mismo. Para mí, el mejor día es el que llueve, aunque también lloviera el día anterior, aunque lleve una semana o un mes lloviendo.

Para las personas, especialmente para las personas sensibles, las cosas son lo que son y, sobre todo, lo que evocan. Las ruinas de una ciudad, el suave roce de una piel y el peluche de un niño, por ejemplo, pueden traer a la imaginación lo que fue o lo que pudo ser. La lluvia evoca siempre. Evoca el esplendor de la primavera, el rumor de los arroyos saltando entre las piedras redondas y el deleite reparador de una ducha. Evoca las cuentas corrientes de los agricultores y ganaderos y, de paso, el sueldo de todos nosotros. La lluvia evoca por lo que fue y por lo que de futuro hay en el presente.

Esta mañana, bien temprano, un amigo nos ha saludado recordándonos que mucha gente ha amanecido feliz porque la lluvia está regando los campos de Los Pedroches. Amanecer feliz en estos tiempos tan ominosos ya es un buen regalo. Además, habrá buenas cosechas, correrán los arroyos, se llenarán los pantanos y, cuando todo esto pase, seguirá saliendo agua por los grifos y habrá riqueza bastante como para que podamos recuperarnos.

Así pues, sed felices vosotros también: llueve.

lunes, 30 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 16. La ruta del colesterol


30-3-2020

Según parece, andar es bueno porque, entre otras consecuencias saludables, favorece la eliminación del colesterol malo y la generación del colesterol bueno. El caso es que los médicos mandan ahora que se ande y la gente, que como se está viendo suele ser muy obediente para todo, les ha hecho caso y se ha puesto a andar. Andan las mujeres y los hombres, los mayores y los menos mayores. Andan los lunes y los viernes, en verano y en invierno, para cumplir la obligación de estar sanos y porque tienen ese gusto.

La gente, así como grupo de ciudadanos sin cara, tiene poca fuerza, no constituye un grupo de presión. Por eso los Ayuntamientos no suelen tener en cuenta que la gente necesita lugares para andar, tal vez porque piensan que andar, lo que se dice andar, se puede andar por cualquier sitio, en tanto que para practicar otra afición cualquiera, por extraña que sea y pocos seguidores que tenga, se necesita una local, un monitor y una subvención.

Así que la gente anda por donde puede: por las calles, por los caminos cercanos al pueblo, por las circunvalaciones… Generalmente, cruzando semáforos, por los bordes de las carreteras, entre los coches…

La gente que anda acaba adoptando el mismo recorrido, que casi siempre es el menos malo de los posibles, y trazando lo que se ha dado en llamar "la ruta del colesterol". Todos los pueblos, por alejados que estén y pequeños que sean, tienen su ruta del colesterol, por la que la gente circula alegremente, a buen ritmo y  con la mejor voluntad.

Yo le tengo mucho aprecio a la gente que se ve por las rutas del colesterol, pues me parecen de los mejores ciudadanos: porque son dóciles, porque se quieren a sí mismos, porque son disciplinados y obedientes y porque quieren consumir mientras menos recursos sanitarios mejor.

Yo soy uno más de esa gente anónima, con la que me siento especialmente solidario, y de la que hoy me he acordado. ¿Cómo de tristes estarán las rutas del colesterol en estos días? ¿Cómo estará la ruta del Colesterol de Pozoblanco, que conozco bien? ¿Cómo de mal le habrá sentado la soledad a su acritud y su fealdad natural?

¿Cómo estará sobrellevando el síndrome de abstinencia la gente que le ha cogido gusto a eso de hacer a diario unos cuantos kilómetros a pie? En estos días de confinamiento, obligados al sedentarismo y la reflexión, ¿se le habrá ocurrido a alguno de ellos que son muchos y, si se organizaran, podrían quitar y poner alcaldes?

domingo, 29 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 15. ...pero


29-3-2020

Lo importante es siempre lo que viene detrás del «pero». Cuando alguien os diga «te voy a dar lo que me pides, pero…», temeos una condición de imposible o difícil cumplimiento. Me gustaría tal o cual cosa, pero… Lo haría encantado, pero… Estoy totalmente de acuerdo, pero…

Eso se aplica también a lo que demandan de ti. Cuando empiecen por halagaros, temeos luego una reprimenda o la petición de un favor. «Tú que eres tan bueno haciendo esto, ¿por qué no me preparas…?». «Tú que sabes tanto, ¿te importaría…?". "Están buscando gente buena para la directiva, ¿has pensado…?".

Y también se aplica a las virtudes y a los defectos. Cuando alguien os diga «yo tendré muchos defectos, pero…», temeos el anuncio de una virtud que, en realidad, negará todos esos defectos. El ejemplo más claro es el de alguien que empieza afirmando su humildad («En mi humilde opinión…»), entonces, temeos una opinión categórica. Lo de humillarse para que ensalcen tu humidad y, de paso, el resto de tus muchas virtudes es algo muy frecuente, especialmente entre los artistas. Y más especialmente aún entre los escritores, tan proclives a la vanidad y la envidia.

Pues bien, yo soy un humilde escritor de pueblo que hace lo que puede cuando se sienta delante del ordenador para escribir cosas como esta. Yo tendré muchos defectos, muchos, muchísimos, pero uno que no tengo es el del desagradecimiento. Ya sé que tengo pocos lectores, pero también sé que los míos son de los mejores y me reconforta mucho saber que están ahí, al otro lado, leyendo estas palabras que he urdido para ellos, sintiendo conmigo lo que yo siento, acompañándome, en fin, especialmente en estos duros momentos.

Desconfiad de quien empiece halagándoos, ya digo. Temeos lo peor, amables lectores de estas páginas.

sábado, 28 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 14. El tiempo


28-3-2020

Mi abuela Amparo no cambiaba la hora. Había pasado buena parte de su vida en el campo, viviendo al ritmo de la Naturaleza, como viven los pájaros y los árboles, y no entendía que el Gobierno pudiera cambiar la hora del mediodía o del anochecer, viéndose tan clarito que la hora la marcaba el Sol.

A mí no me pasa lo mismo que a mi abuela. Yo cambio la hora cuando lo dice el Gobierno (esta noche, por ejemplo), y al día siguiente amanezco como cualquier otro día. Debe de ser que soy muy urbanita y me he acostumbrado al ritmo de los telediarios y los relojes, esos instrumentos artificiales que tanto han desnaturalizado la realidad.

En mí hay una cierta contradicción, porque soy urbanita y me gusta serlo y, sin embargo, me gustaría que el tiempo pasara por mí como lo hace por los animales y las plantas. Ellos, unos y otros, no entienden el pasado y tienen una idea del futuro muy distinta de la nuestra. Los animales se arman para el futuro (construyen sus nidos, almacenan alimentos, acumulan grasas…), pero lo hacen sin agobiarse, como si el futuro fuera una parte más del presente.

Creo que ellos entienden mejor que nosotros el verdadero significado del tiempo, que pasa, simplemente pasa. Con eso no estoy descubriendo la pólvora, evidentemente, pero tampoco me parece que sea una obviedad tan grande. De hecho, cuando tachamos los días que nos quedan para que algo que nos gusta llegue o para que termine algo que no nos gusta estamos yendo contra esa razón tan simple. Si el tiempo pasa, simplemente pasa, lo suyo sería acomodar nuestros deseos a ese paso con el fin de no sentir una pesadumbre estúpida, pues no tiene solución.

El arte de vivir, que está al alcance de cualquiera, es la mayor de las artes, es el arte verdadero, aunque sus obras no se reconozcan con premios ni se expongan en museos. Y el arte de vivir es, esencialmente, el arte de acomodarse al tiempo. Fatigarse más de la cuenta hoy para disfrutar de un mañana que tal vez no llegue es tan contraproducente como vivir un presente de excesos pensando que tal vez mañana no llegue. Y así todo.

Algún día alguien nos dará una mala noticia, que será la definitiva. Entre tanto, hoy es hoy. Y, sinceramente, viendo cómo vivimos el tiempo, no creo que sea una obviedad tan grande.

viernes, 27 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 13. El patio


27-3-2020

El patio interior de mi casa no es particular, pero cuando llueve no se moja, como los demás, porque tiene una montera con ventanas abatibles y sirve de comedor. Yo escribo esto en una habitación que da a ese patio. Normalmente, tengo las cortinas de la ventana echadas para aislarme más, pero en estos días las descorro y veo la lámpara que cuelga en el centro de un cable de acero y las plantas que tiene Carmen (y tengo yo).

Carmen le dedica mucho tiempo a las plantas del patio, sobre todo los domingos por la mañana, mientras yo estoy andando por esos caminos de Dios. Y las plantas, que saben más de lo que nos creemos, responden a sus mimos aumentando su vigor y su belleza. Ella lo sabe y se lo agradece, de manera que entre las plantas y ella hay una relación afectiva que parece amor platónico y se retroalimenta por ambas partes.

A mí ese amor tan puro me provoca mucha ternura. Carmen lo sabe, y yo creo que también lo saben las plantas. A veces, mientras estoy sentado en el salón, me quedo mirando el patio, especialmente las plantas, y noto como que ellas se hinchan un poco, que se yerguen y levantan sus hojas con una suerte de gozosa altanería, como si fueran adolescentes en el primer baile de su vida.

Al patio dan tres ventanas del piso, en cuyos alféizares Carmen tiene maceteros de potos, de los que cuelgan perezosamente numerosas ramas que dan una sensación etérea y provocan mucho sosiego, una paz muy dulce. Algunas veces, las ramas llegan al suelo y Carmen apoya unas en otras para que no las pisemos, aunque, en no sé qué fechas, porque yo a eso no le presto mucha atención, recoge las ramas y las vuelve a meter en la tierra, en un proceso que le lleva mucho trabajo y yo no acabo de entender, porque deja al patio como desnudo.

Carmen tiene macetas de cintas en los alféizares de abajo, que un día a la semana saca al otro patio, el exterior (también pequeño, y tampoco particular), para regarlas y que les dé más luz. Y en cada uno de los rincones tiene tres maceteros enormes, que ya no podemos mover, con tres plantas de crecimiento lento cuyo nombre ignoro, que han crecido lo suyo y todavía siguen haciéndolo.

El único problema del patio es la humedad, el exceso en invierno, que genera condensación en las partes altas, y la ausencia en verano, que perjudica mucho a las plantas, a las que se ve como un poco tristes. Pero lo solucionamos bastante bien: el moho de la condensación lo quitan unos señores que vienen de vez en cuando y en verano hemos solucionado el problema con un humidificador que lanza finos hilos de nubecillas.

En fin, que no puedo salir a la calle, pero tengo un balcón y un patio y soy muy afortunado.

jueves, 26 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 12. El Sol


26-3-2020

Mi casa, que es un dúplex, está orientada en sentido Este-Oeste, de manera que, en cuanto sale, el sol da enseguida en la parte alta de la fachada, la que queda libre de la sombra que proyectan las casas del otro lado. Abajo, pues, hay una umbría casi permanente, pero el sol entra toda la mañana por las cristaleras de arriba con una fuerza que en esta época del año da mucha alegría. Otra cosa es en verano.

Yo no soy de tenerle mucho cariño al sol. Del sol, lo que más gusta es la sombra. Ya he dicho aquí, por ejemplo, que salgo al campo con pantalón largo y camisa de manga larga lo mismo en verano que en invierno, por los bichos, por las ramas de los arbustos y por el sol. Y por supuesto no salgo sin sombrero. Y en la playa me pasa otro tanto de lo mismo: me pongo crema, me quito muy poco la camiseta y no me aparto de la sombrilla como no sea para meterme en el agua o ir al chiringuito, para lo que siempre tomo el camino más corto y llevo una gorra o un sombrero.

A instancias de Carmen (yo en esto le hago mucho caso), todas la mañanas me pongo crema solar especial para la cara, lo mismo en invierno que en verano y lo mismo haga sol que esté nublado. Todas las mañanas menos estas, claro.

Y esa no es la única novedad: también estoy saliendo al balcón a tomar el sol, algo que –conociéndome– yo habría calificado de imposible en otras circunstancias. Salgo a tomar el sol, ya digo. Y repito lo de «tomar» porque eso es lo que hago, tomar, como hacen los de «vuelta y vuelta» en la playa. Me pongo de cara, estoy un rato y, luego, me pongo otro rato de espaldas. Debo decir que el sol solo me da en la cabeza y en las manos, pero cualquiera que me conozca sabe que tengo ya la cabeza bastante despejada, por lo que expongo al sol una superficie suficiente como para captar en poco tiempo una buena ración de vitamina D, que es muy buena para los huesos y, según he leído últimamente, también para los nervios y el sistema inmunitario.

¡Hay que ver lo que puede hacer el confinamiento, lo mucho que estoy cambiando! ¿Me reconoceré cuando todo esto acabe? Y no lo digo solo por el carácter, sino por la cara. ¡Quién me lo iba a decir a mí, yo, que tanto criticaba esa afición por poner la cara al sol (entiéndaseme en términos literales, por favor)! En fin, que al ritmo que voy, igual acabo presumiendo de moreno, quién sabe.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 11. El peso


25-3-2020

Estoy perdiendo peso. Hoy, cuando he ido a ponerme el cinturón, me he dado cuenta de que la aguja llega hasta el último orificio. La verdad es que no me coge por sorpresa, porque tengo una báscula de baño y me peso regularmente, pero no creía que fuera tan en serio.

Ya no me quedan agujeros en el cinturón, ese es el caso. Si sigo perdiendo peso, voy a tener que ir a mi zapatero para que le haga otro, porque no me gusta andar con la línea de tiro casi por las rodillas, como la llevan algunos jóvenes. Ni debe ser muy cómodo, ahora que pasamos tanto tiempo metidos en la casa. Podía ponerme un chándal que tengo, que se ajusta a la cintura con una goma, o ir todo el día con el pijama puesto, pero no creo razonable concederle al virus la victoria de mi abandono personal. No, nada de chándal o pijama: la dignidad es lo primero.

Lo mejor es que le haga otro agujero al cinturón. Aunque, ahora que lo pienso, no sé si las zapaterías son tiendas de primera necesidad. ¿Estarán abiertas? Supongo que sí, porque la gente tiene que seguir usando zapatos, pero ¿y si me para la policía y me pregunta adónde voy? ¿Y si me preguntan que a qué voy a la zapatería? ¿Cómo voy a decirles que a que le hagan otro agujero al cinturón? ¿Cómo voy a explicarles esa urgencia, esa necesidad tan grande sin que, primero, se cachondeen de mí y, luego, me pongan una multa por insolidario? Igual hasta salgo en la tele, yo, que tengo un blog y hago apología de la responsabilidad personal. ¡Qué vergüenza! No quiero ni pensarlo.

¡Quién me lo iba a decir a mí cuando me quité de las cervezas y reduje la ingesta de alimentos calóricos! ¡Quién iba a pensar esto, Dios mío! Nadie. No le puedo echar la culpa a nadie, ni siquiera a mí mismo, porque esto era algo impensable.

¿Qué hago entonces? ¿Qué hago?

Mientras el cinturón siga así puedo seguir aguantando. Lo que no puedo es perder más peso. No puedo perder ni un gramo más o se me va a plantear un problemón de cuidado. No quiero abandonarme ni quiero ser insolidario. Si pudiera evitarlo, lo haría, pero no hay otra solución, no tengo otra alternativa. Ya no solo desde el punto de vista de la resistencia personal, también desde el de la moral ciudadana –¡qué remedio!– tendré que tomarme una cerveza de vez en cuando.

martes, 24 de marzo de 2020

Vivienda en la distopía 10. Te lo dije


24-3-2020

Cuando yo era chico, mi padre, una vez a la semana, volvía muy ufano del trabajo con un nuevo título de la colección "Biblioteca Básica", de editorial Salvat, que le había costado 25 pesetas, como si con eso estuviera invirtiendo en un cortijo para sus hijos. Yo me aficioné a la lectura con esos libros, cien en total, que disfruté casi en su totalidad cuando era adolescente con el asombro del que descubre un mundo maravilloso.

Entre esos libros había uno dedicado a "Cuentos rusos" que contenía el cuento "La Necesidad", de Vladimir G. Korolenko, que en otras colecciones he visto traducido como "El Destino". En el cuento, la Necesidad es una diosa a la que dos sabios descubren en un paraje remoto.

A uno de los sabios, la diosa le dice:

«Soy yo quien dirigí los cincuenta años de tu vida desde la cuna hasta el momento presente. Tú no has hecho nada en toda tu vida, ni bueno ni malo... No has dado ni una sola limosna al mendigo en un impulso de piedad, no has asestado ni un solo golpe movido por la cólera de tu corazón... no has cultivado una sola rosa en el jardín del monasterio, ni has cortado un solo árbol en el bosque... no has dado de comer a un solo animal, ni has matado a un solo mosquito que te chupaba la sangre... En toda tu vida no ha habido ni un solo movimiento que yo no hubiera previsto. Porque soy la Necesidad...»

Y al otro, le dice:

«Soy la Necesidad, que ha regido los cincuenta años de tu vida... Todo cuanto has hecho no lo hiciste tú, sino yo, pues tú no eres sino una hoja arrastrada por la corriente, mientras que yo soy la señora de todos los movimientos».

Tras esas declaraciones, los acontecimientos siguientes hacen ver a ambos sabios (uno rebelde, otro sumiso) que, en efecto, hagan lo que hagan, todo estaba previsto por la diosa Necesidad (la diosa del Destino).

Tuvieron que llegar unos jóvenes sencillos y despreocupados, que se amaron impíamente al lado de la imagen de la diosa, para descubrir la verdadera esencia de la Necesidad a los sabios, que se estaban inmolando de pura inacción.

«Ellos, que son necios, viven y aman, mientras que el sabio Purana y yo nos morimos», dice el más rebelde de los sabios. Y luego: «Si Purana y yo morimos, esto será inevitable pero estúpido. Si consigo salvarme y salvar a mi compañero, esto también será necesario, pero inteligente. Salvémonos, pues. Para ello hace falta voluntad y un esfuerzo».

Y cuando el sabio rebelde tiene que explicarle al sumiso la verdadera esencia del Destino, le dice:

«Si vamos a la derecha, nos sometemos a la Necesidad. Y lo mismo ocurrirá si vamos a la izquierda. ¿No has comprendido, amigo Purana, que esta deidad toma como leyes suyas todo cuanto nuestra elección decide? La Necesidad no es la señora de nuestros movimientos, se limita a tomar nota de ellos. Lo único que hace es registrar lo que hubo. Pero lo que todavía debe ser se realizará a través de nuestra voluntad...»

O sea, que la diosa de la Necesidad actúa a posteriori, una vez que han ocurrido las cosas, de manera que nunca se equivoca.

Viene a cuento este cuento por lo que estoy oyendo ahora. Ahora, a posteriori. Ahora, que todo el mundo sabe lo que debía haberse hecho. ¡Cuánta diosa de la Necesidad hay por ahí disfrazada de sesudo observador de la realidad y de simple ciudadano de a pie!

El refranero español recoge un dicho muy a propósito sobre esto: "Visto lo visto, todo el mundo es muy listo". Los listos de esta clase, que abundan, son los del "te lo dije" o "lo sabía", que normalmente han actuado antes como aquel ginecólogo que anunciaba a las embarazadas un sexo para su futuro hijo y apuntaba el otro sexo en su libro de registro, por si luego venían a decirle que se había equivocado.

En fin, que esto da para un comentario más largo y no quiero cansar. Como habrá más días, muchos, seguiré con el tema en otra ocasión.

* El cuento se puede encontrar aquí.

lunes, 23 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 9. Mi calle


23-3-2020

Carmen dice que, cuando era chica y pasaba con su madre camino de San Antonio, nuestra calle se le hacía extrañamente larga y lejana, casi como si estuviera en una realidad mágica. La que ahora es nuestra calle era considerada entonces de segunda o de tercera categoría por estrecha, por empinada y porque no mejoraba ninguna vía alternativa.

Cuando mis hijos eran pequeños, de eso no hace tanto tiempo, celebrábamos sus cumpleaños en la cochera y luego salíamos a jugar a «matar» en la calle con sus amigos: Carmen se ponía en un lado y yo en otro y los niños se situaban entre nosotros intentando evitar nuestros lanzamientos de pelota, que iban de ella a mí y viceversa. En aquel tiempo eran pocos los coches que pasaban, se les veía venir desde lejos y circulaban muy despacio, obligados a tomar la bocacalle de abajo casi en primera.

Luego vino el gusto por las calles empinadas y estrechas. Era el tiempo en el que los pasos de Semana Santa empezaban a sacarse con costaleros y en calles como la nuestra las procesiones lucían mucho más. Por nuestra calle, que raramente había visto una procesión, empezó a pasar la del Jueves Santo y los costaleros, que tenían la capilla muy cerca, ensayaban por ella a diario con el armazón del paso sobre los hombros en vísperas de su día más grande.

Unos años después, cerraron a los coches todas las salidas del barrio menos nuestra calle y la que había sido una tranquila vía de pueblo se convirtió poco menos que en la «Gran Vía» de Pozoblanco, aunque sin cines, restaurantes ni comercios. El enorme tráfico de vehículos se unió de pronto al gran tráfico peatonal que la calle venía manteniendo con los escolares que iban al colegio de los Salesianos, con el que somos vecinos laterales, acompañados muchos ellos de sus padres o sus abuelos.

En las madrugadas de mayo, yo solía oír desde la habitación en la que me hallaba escribiendo el canto del Rosario de la Aurora, que recorría las calles de la vecindad en los días previos al de María Auxiliadora. Ese día, Carmen y yo nos acercábamos por la noche a la plazoleta de los Salesianos y nos tomábamos una cerveza y un montadito o una tapa de tortilla en la tasca que instalaban los Antiguos Alumnos Salesianos, frente al estrado en el que venía actuando una orquesta.

Son recuerdos que me vienen a la cabeza ahora, que mi calle está absolutamente desierta y no se oyen más sonidos que los esporádicos de las campanas de la capilla de los Salesianos, que mi calle, en fin, se ha vuelto tan mágica como en los recuerdos de infancia de Carmen. Mágica y con nosotros dentro, como inverosímiles personajes de ficción.

A las ocho en punto, muchos de los pocos vecinos que somos en mi calle salimos al balcón o nos asomamos a la puerta y aplaudimos a los sanitarios y a todas esas personas que están manteniendo a la sociedad en funcionamiento, nos saludamos con alegría, nos damos ánimos unos a otros y nos despedimos hasta el día siguiente a la misma hora. Son solo unos minutos, los suficientes para sentir lo que en esencia somos, unos minutos en los que dejamos de ser personajes de cuento para ser los habitantes de un mundo real. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 8. Villanos y héroes


22-3-2020

En cualquier situación, siempre hay quien mira el lado positivo, y lo dice, y quien mira el lado negativo, y lo dice.

En una situación difícil, siempre hay quien se queja y quien dice cómo puedo ayudar.

En una situación difícil, siempre hay quien busca culpas y quien busca soluciones.

En una situación difícil, siempre hay quien dice que trabajen los que han causado el problema y quien está dispuesto a arrimar el hombro, tenga el problema la causa que tenga.

Siempre hay quien aprovecha una situación difícil para medrar, para dar rienda suelta a su vanidad o a su envidia, para atacar a un adversario, para ganar fama o dinero, para sacar tajada propia, en fin, y quien en esa misma situación actúa con humildad y se sacrifica por el común a cambio de nada, o a cambio de la satisfacción de estar cumpliendo con su deber.

En cualquier espectáculo, y más en el espectáculo de la vida, siempre hay quien tiende a los pitos y quien tiende al aplauso.

Siempre hay quien se escaquea, quien tira la piedra y esconde la mano, quien te desea el mal cuando te sonríe, quien oculta el rostro detrás de la cabeza del que está delante, quien mira para otro lado cuando piden voluntarios, y siempre hay quien va con la cara por delante, quien se levanta y dice aquí estoy yo para lo que queráis.

En cualquier ambiente hay personas tóxicas y personas nutritivas: en el trabajo, en la familia, en el grupo de conocidos, en la comunidad de vecinos... Esto es la guerra. Aquí los tóxicos son villanos y los nutritivos, héroes.

¿Qué soy yo? ¿Quiero que estén pendientes de mí o estoy pendiente de los otros? ¿Critico o aporto soluciones? ¿Exijo o agradezco? ¿Pito o aplaudo? ¿Me reivindico o quiero pasar inadvertido?

Me miro al espejo, aguanto durante bastantes segundos la mirada de ese que está al otro lado y me lo vuelvo a preguntar, y ya no sé qué contestarme.

sábado, 21 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 7. La inercia


21-3-2020

Antes, cuando vivíamos en la indolente utopía de la realidad, yo me levantaba muy temprano para sentarme frente al ordenador y escribir. Ya he hablado de las bondades de la escritura y no quiero repetirme. Solo creo necesario exponer aquí que escribía para conocerme, para conoceros (si, también a vosotros) y para conocer el mundo en el que vivíamos, y que escribir me producía mucho placer.

Ahora, en la distopía, no me levanto temprano. Ni escribo. He dejado la novela que había empezado y no tengo ganas de retomarla. Y eso que tengo más tiempo.

Otro ejemplo: ayer era viernes y los viernes por la noche salgo con los amigos. Hablamos, reímos, le damos un repaso comentado a la actualidad y, al final, algunos se toman un cubata, yo entre ellos.

Pues bien, ayer, a las once de la noche, ya estaba dormido, y eso que tenía en Netflix el último capítulo de una serie de misterio que llevo siguiendo un tiempo.

Siento como pereza. No sé. Como si hubiera una fuerza que enlenteciera mis pensamientos, como si el mundo estuviera sumergido y debiera hacer un esfuerzo muy grande para moverme.

Debe de ser que estoy perdiendo la inercia, esa fuerza que nos hace tender a seguir en movimiento cuando estamos en movimiento. Y me temo que, si la pierdo del todo y me paro, esa misma inercia hará que me cueste mucho arrancar.

Tengo que pensar en eso para no desfallecer. Tengo que apretar un poco el acelerador. Tengo que retomar mi novela, aunque solo sea para escribir unos cuantos renglones que borre al día siguiente. ¡Total, qué prisa tengo! Tengo que seguir con mis costumbres, por lo menos con las que pueda, cubata de los viernes incluido: si no puedo tomármelo con mis amigos presencialmente, me lo voy a tomar con ellos por skype o de cualquier otra forma virtual. Se lo voy a proponer, a ver qué dicen.

viernes, 20 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 6. Un aplauso


20-3-2020

Después de una semana de confinamiento en casa, hoy he salido a comprar. Las calles del pueblo estaban desiertas, pero en el mayor supermercado de Pozoblanco había bastante gente, casi todos con guantes, muchos con mascarilla, todos respetando la distancia de seguridad. Todos muy callados y serios.

El ánimo de los clientes contrastaba con el de los empleados. En ellos he notado más dinamismo, como menos tristeza, incluso cierta alegría, lo que me ha parecido digno de verdadero aprecio.

En la guerra que estamos librando, yo estoy en la retaguardia, y ellos están en las trincheras. Nosotros, todos los clientes, estamos expuestos al virus, claro, pero salimos para ir a donde ellos están trabajando, o sea, gente como yo asumimos por un rato a la semana un riesgo que ellos asumen a diario durante toda la jornada laboral. Y lo hacen para que yo pueda comer y limpiar mi casa.

Luego he ido a la frutería y a la carnicería. Y lo mismo. También allí había gente trabajando para mí, para nosotros, para la sociedad.

Hay que pararse a pensar eso despacito, porque tiene mucho mérito. Para ellos también va dirigido el aplauso que se oye a las veinte horas desde los balcones.

Un aplauso que, por cierto, no debería llevar acompañamiento de otros ruidos que se han oído, que no responden a la solidaridad, sino a la reivindicación. Este es el peor momento para la reivindicación. El peor. Los hospitales no dan abasto. La gente se está muriendo. Otra mucha gente se morirá. ¿No se han enterado esos que salen a los balcones con cacerolas del momento que vivimos? ¿A qué están jugando? ¿Cómo se atreven a comparar los aplausos a favor de unos con la cacerolada en contra de otros? ¿Es que no pueden esperar a que solo se oiga el aplauso, en lugar de que se oiga esa división de opiniones que suponen los aplausos y los pitos?

Aprovecharse de la debilidad de una institución para dividir a una sociedad que debe mantenerse unida frente a un enemigo tan fiero es una blasfemia social. Quizá, algún día, tengamos que pararnos a pensar qué hacemos con las instituciones que nos hemos dado, pero no ahora. Por cierto, que algún día también habrá que juzgar los comportamientos de quienes, en unas circunstancias tan cruciales, tan ominosas, se están atreviendo a la cometer la ruindad de dividirnos.

jueves, 19 de marzo de 2020

Viviendo en la distopía 5. Muchas emociones, muchas alegrías


19-3-2020 (Día del Padre)

"Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida", decía Borges en aquel soneto grandioso, en el que se lamentaba de haberlo entendido demasiado tarde. Cuando se fueron de casa mis hijos, su madre y yo les dimos ese poema enmarcado, para que lo tuvieran siempre presente. Para los padres, sin embargo, ese riesgo necesario no es nada fácil de asimilar.

Hasta hace un par de semanas, por ejemplo, Luis estaba en Centroamérica. Su madre y yo intuíamos que las fronteras europeas (él vive en París) se cerrarían y que podía pasar algo de lo que está pasando y él se quedaría allí, con unos problemas que no sabíamos determinar. No obstante, cuando intercambiábamos mensajes con él procurábamos no hacerle llegar una preocupación que podría ensombrecer su ánimo y no le serviría de nada, es decir, nos la tragábamos.

Nos la tragábamos como otras tantas veces ha ocurrido con su hermano y con él, como se tragan casi todos los padres la mayoría de las preocupaciones que tienen con sus hijos, a las que no se pueden sustraer fácilmente. En eso, como en tantas otras cosas, hay un desequilibrio claro entre los padres y los hijos que solo se rompe (y no siempre) cuando los padres son mayores y ya no pueden valerse por sí mismos. Desequilibrio natural, por otra parte, por lo que no puede culparse a los hijos de que exista, sino de que a veces sea abusivo o desproporcionado.

Además, existe un desequilibrio emocionalmente ventajoso para los padres, pues los padres y las madres disfrutamos mucho más de los hijos que ellos disfrutan de nosotros. Y lo hacemos a lo largo de toda la vida, desde que son unos bebés y hacen una mueca o nos sonríen hasta que, ya de mayores, vienen ocasionalmente a visitarnos, nos llaman por teléfono o nos mandan un mensaje.

La naturaleza es sabia y entre lo que damos y lo que recibimos, en fin, hay un equilibrio constante: damos mucho (mucho trabajo, muchas preocupaciones), pero también recibimos mucho (muchas emociones, muchas alegrías).

Yo no cambiaría ser padre por nada. Ser padre es el mayor regalo de la naturaleza. Quizá otros no lo puedan decir, pero mis hijos son fenomenales y, aquí, públicamente, digo que estoy muy orgulloso de ellos y que ser su padre es lo mejor que me ha pasado en la vida.