miércoles, 30 de noviembre de 2016

El agua*

Aunque era muy de noche y llovía, cogí un paraguas y fui a ver si el arroyo Jaboneros llevaba agua. Y llevaba. Y mucha.

En el silencio de la ciudad dormida, el chapoteo de la lluvia sobre el asfalto y los coches aparcados provocaba un murmullo ancestral, como de principios del Génesis, cuando Dios aún no había creado la luz ni separado las aguas de la tierra. Y quebrando ese murmullo, como dos solos instrumentales en una orquesta de canales y canalones, cobraban protagonismo el alboroto alegre de la corriente y el eco de un rugido lejano. Hacia este último me dirigí, andando junto al ancho pretil que protege a los viandantes del cauce, el mismo que, según me han dicho una vecina, ha estado en dos ocasiones a punto de ser sobrepasado por las aguas en los últimos tres decenios, cuando descargaron en los montes de Málaga unas tormentas con ínfulas de ciclón tropical. A la altura de la glorieta que distribuye el tráfico entre El Palo y Pedregalejo descubrí el origen del ruido en el salto de un arroyo que se une allí al Jaboneros, después de venir soterrado como de los pinares de San Antón, y que aquella noche parecía un Niágara pequeño.

Carmen y yo le decimos a ese sitio El Foro, porque no es infrecuente hallar en él a un grupito de personas sentadas sobre el pretil, en animada charla. Pues allí, en El Foro, a aquellas horas intempestivas, bajo el exiguo resguardo de un paraguas que compré en la feria de Pozoblanco y al amparo de unas luces ensimismadas con el diluvio, yo me acordé de mi amigo Jorge, y solo porque en una ocasión me dijo que él era feliz con poco, y me puso de ejemplo la visión de una seta junto a un arroyo.


A mi amigo Jorge también le gusta el mar, como a mí. Me gusta tanto que a la mañana siguiente hice lo de siempre y, aunque seguía lloviendo, cogí mi paraguas y me fui a andar por el paseo Marítimo. Al mar le pasa lo que al cielo, que no tiene días malos o buenos, ni colores feos o bonitos, sino fisonomías distintas y los cambios de carácter de un dios arcano. Como todos los dioses, el mar es como nosotros, solo que infinitamente más grande y más duradero. Y lo mismo le pasa al cielo. Debe de ser por ese parecido por lo que nos atrae tanto.


* Dedicado a mi amigo Jorge

lunes, 21 de noviembre de 2016

La razón del otro*

               Hay gente que confunde el dogma con las ideas claras y escucha con más atención al predicador, que le genera la certidumbre de la fe (religiosa o política), que al filósofo, que le habla de la duda.

                   La fe es monopolio de un grupo, pero la razón está siempre repartida. Parece obvio, pero es necesario decírnoslo de vez en cuando, especialmente cuando oímos opiniones ajenas y, más especialmente aún, cuando damos la nuestra. Cuando un grupo de amigos expone abiertamente sus pareceres, cada uno de ellos lleva algo de razón. La razón no es totalmente ajena a los programas de cada uno de los partidos políticos, por lejanos que nos parezcan sus idearios. En todas las filosofías hay algo de lo que podemos aprovecharnos. Si las observamos desde un punto de vista no dogmático, lo esencial de las religiones es común a todas ellas.

                Como la razón está siempre repartida, los que se creen en posesión de la verdad son los seres menos razonables. Y los más peligrosos, especialmente para las personas débiles (que son las más proclives a creer en las soluciones fáciles) y en los tiempos de crisis (que es cuando los ánimos están más encrespados).

La foto está tomada en Frigiliana
             En diciembre de 2015, el pueblo español se pronunció en unas elecciones. Lo hizo repartiendo la razón en varios grupos. Cada uno de ellos se creyó que tenía más razón que los otros, independientemente de los votos que hubiera obtenido, y algunos se creyeron en posesión absoluta de la verdad y le negaron el pan y la sal al resto. Como si el pueblo se hubiera equivocado, y no ellos, volvieron a pedir que al pueblo que decidiera. Y en junio de 2016 el pueblo español volvió a repartir la razón en varios grupos. Y volvió a producirse el mismo debate inútil entre poseedores exclusivos de la verdad.

                Las cesiones se produjeron a última hora, solo por algunos y a regañadientes, no porque estuvieran convencidos, entre ataques mutuos y con el único fin de evitarse el bochorno de unas terceras elecciones que hubieran vuelto a repartir la razón en varios grupos.

                 Si fueran justos, si fueran sensatos, si de verdad estuvieran a disposición de todo el pueblo, como dicen, y no de una parte de él, los políticos que nos representan se bajarían de los púlpitos donde predican su fe verdadera, se dejarían de jugar al gobierno y a la oposición y se sentarían a una mesa junto con los demás, para aportar su razón y para aprender de la razón del otro. Tal vez así tuviéramos una Ley de Educación para muchos años, una reforma de la Seguridad Social que asegurara las pensiones y una reforma de la Constitución que resolviera por un tiempo el debate territorial.

         * Publicado en el semanario La Comarca.

lunes, 14 de noviembre de 2016

miércoles, 12 de octubre de 2016

Arte natural

La elegancia está en la armonía, y la armonía se place con lo sencillo. La elegancia no solo afecta a las formas, también lo hace a los fondos. Una persona tiene un carácter elegante, por ejemplo, cuando su trato es afable, cuando sus problemas no se transmiten a su entorno, cuando sus negativas son corteses y cuando en público modera sus éxitos, cuando no sobreactúa, en fin.

El gran enemigo de la elegancia es la sobreactuación. En la naturaleza se ve claro. La naturaleza busca lo más económico, lo más sencillo, y se toma su tiempo para conseguirlo. Cuando la naturaleza sobreactúa (huracanes, terremotos, inundaciones, etc), pierde su belleza y se vuelve peligrosa.

También se ve claro en el arte. El buen actor es el que convierte en natural la ficción de un papel. El actor que sobreactúa no es natural, no transmite el papel, es un mal actor. Cuando el actor es bueno, el espectador se mete en la obra y no percibe al actor, sino a la obra. Solo en muy contadas ocasiones y al final se da cuenta de que está viviendo (o ha vivido) en otro mundo y se asombra, y entonces valora el gesto, el detalle, la finura, el trabajo, de quien está subido en el escenario.


El buen escritor es el que hace que los lectores se deslicen por el libro sin reparar en las formas más que muy raramente. El lector de un buen libro no percibe de las formas su gusto, sino su regusto. A veces, el lector de un buen libro repara en el sosiego de su propio ánimo y se detiene a indagar en los detalles de lo que lee. Es entonces cuando descubre con asombro que cada palabra está donde debe estar y dice lo que debe decir.

Las personas que sobreactúan cansan. Los actores que sobreactúan agotan su capacidad de expresión en pocos minutos. Los libros que sobreactúan resultan bonitos al principio pero aburren al cabo de unas cuantas páginas.

El objeto artístico es un conjunto de detalles en tal armonía que el detalle casi nunca se percibe. Una buena película puede verse decenas de veces y en cada una de ellas puede apreciarse algo nuevo. Con los buenos libros pasa lo mismo. Y con los buenos cuadros. Y con las buenas personas.



Lo digo porque llevo unos días oyendo el disco Via Libre de Aldo Narejos y no me canso. Se ve que hay armonía en él, y que está construido con un montón de detalles que voy descubriendo poco a poco.


En el detalle nos fijamos Carmen y yo el otro día cuando fuimos al campo a hacer fotos. El otoño aún no había llegado y la naturaleza parecía agotada. La naturaleza es armoniosa en circunstancias normales, sin embargo, y, como las buenas personas, guarda siempre múltiples detalles tras su aparente atonía.

domingo, 9 de octubre de 2016

BTT El Viso

La ubicación de la ermita de don Miguel o de San Miguel, que ha sido recuperada recientemente por el Ayuntamiento de El Viso, no está bien descrita en los mapas y en las rutas de wikiloc aparece como una referencia intermedia. Esta mañana, poco después de que nos hubiera amanecido entre las encinas, buscábamos en una bifurcación del camino la ruta correcta hacia ella cuando vimos pasar a un numeroso grupo de ciclistas.


Eran, según nos dijo un voluntario de la organización que les marcaba el camino correcto, los participantes de la BTT de El Viso, y eran alrededor de doscientos. Como disfruto cuando veo a unos pocos haciendo algo en común, ver a un grupo tan numeroso a unas horas tan tempranas de un día de fiesta me produjo una satisfacción enorme, parecida a la que sentí el otro día cuando, ya anochecido, iba camino del cine y vi el ambiente que había a las puertas del conservatorio de Pozoblanco, o el que siento cuando oigo el rumor lejano de las bandas de tambores y cornetas, que están ensayando.


“La sociedad sigue su curso, aunque no haya Gobierno”, les he dicho a mis compañeros de marcha. Y les he dicho que todo nos irá bien si hay tanta gente que se levanta temprano para hacer deporte con los amigos, si los adolescentes dedican su tiempo de ocio a aprender música y si después de trabajar los jóvenes se esfuerzan en coordinar los sonidos de sus tambores y sus cornetas. Todo nos irá bien porque de ese esfuerzo no pueden salir más que unas buenas personas y una sociedad fuerte. Todo nos irá bien aunque quienes nos gobiernan no anden a lo nuestro, sino a lo suyo.  

lunes, 3 de octubre de 2016

Como

Aunque no entiendo mucho de eso, he podido observar que la moda empieza por lo único y por lo excesivo, es decir, por lo caro, antes de extenderse para el común de los mortales, que debe comprar prendas genéricas y pagar precios más bajos si quiere vestirse y adornarse como visten y se adornan las personas de referencia, es decir, los modelos a imitar.

Las personas de referencia en esto de la moda son la gente que tiene poder, o dinero, o una fama ligada a los medios de comunicación, que deben hacer ostentación de su éxito, porque en la sociedad actual un triunfo sin reconocimiento público es un triunfo incompleto. Hay toda una industria dedicaba en exclusiva a ellos que ha crecido con la crisis, cuya expresión mas certera está en los escaparates de las calles más caras de mundo, algunas de las cuales se encuentran en Milán.


En las calles de Milán cercanas al Duomo uno puede hallar las dos caras más extremas de esa realidad: las pocas personas que entran y compran en las tiendas de las más conocidas marcas de lujo del mundo y el nutrido grupo de personas que pasean por las calles, admirando la arquitectura de los edificios, reconociendo el nombre de las tiendas y contemplando las prendas de los escaparates.

Esos dos grupos de individuos, los que entran y los que pasean, los que compran y los que contemplan, los fotografiados y los que fotografían, son los mismos grupos que uno puede encontrar cuando se sube en el barco que sirve de línea de transporte de viajeros en el lago Como, para admirar no solo la belleza del paisaje, sino las grandes mansiones de las personas pudientes que se han instalado en este paradisíaco lugar.


Entre los pasajeros del barco en cuestión había un nutrido grupo de argentinos, que aparentemente no se conocían entre sí. Al verlos y al oírlos hablar, los he sentido muy cercanos a mí, y, como yo, dentro del grupo de los que pasean, contemplan y fotografían. Y no sé muy bien por qué en ese momento he advertido que ellos y yo también éramos unos privilegiados, pues no todo el mundo puede costearse un viaje como el que nosotros estábamos disfrutando.


Aunque con frecuencia se nos olvide, en fin, hay otro grupo que ni entra ni pasea, ni compra ni contempla, ni es fotografiado ni fotografía, al menos por donde nosotros lo estábamos haciendo.  

viernes, 30 de septiembre de 2016

Turín

            Turín no está entre las ciudades más visitadas de Italia, y probablemente no la habría visitado nunca si no me hubieran llevado hasta ella las circunstancias, por más que yo me llame Juan Bosco y sea allí donde San Juan Bosco fundó los salesianos. Pero Turín bien vale una parada, y de varios días, pues sus monumentos, sus numerosas plazas y sus señoriales calles porticadas hacen de ella una ciudad verdaderamente singular.

            También deben visitarse sus dos museos, el del Cine, que se halla en el impresionante edificio conocido como Mole Antonelliana, y el Egipcio, que según he leído es el segundo más importante del mundo, detrás del museo de El Cairo. En el primero, uno puede encontrar todos los detalles de un arte que explica como pocos los recovecos del alma humana, por lo que bien podríamos decir que hay en él un canto a la vida. El segundo, en cambio, está dedicado casi en exclusiva al arte funerario de una sociedad ensimismada con la trascendencia del ser humano, por lo que bien podríamos decir que hay en él un canto al paso de esta vida a otra o, dicho de otra forma, hay en él un canto a la muerte.


            Al visitar el museo Egipcio me he acordado de los cementerios nuestros, en lo que es frecuente encontrarse con nichos bien cuidados por los supervivientes, y con nichos que guardan los restos de más de una persona, alguno de los cuales es producto de la voluntad en vida de los difuntos, que querían mantenerse unidos para la eternidad. Esa eternidad, sin embargo, dura generalmente lo que para las concesiones administrativas prevén los reglamentos municipales. En el más longevo de los casos, dura lo que el cementerio. En los cementerios nuestros, pues, no es raro ver el infructuoso intento humano por hacer tan eterno el cuerpo como el alma. 

            Los egipcios poderosos y los ricos empleaban una cantidad ingente de recursos para hacer de la muerte un paso hacia otra vida no muy distinta de esta. Momificaban los cuerpos, los rodeaban de un ajuar completo que había de serviles en el inframundo y más allá y los ocultaban, a fin de que nadie pudiera perturbar su existencia imperecedera. Ahora, sin embargo, esas momias y esos enseres son objeto de observación por millones de personas, que asumen con interés pero con absoluta incredulidad la fe de quienes tanto bregaron en vida para ser eternos.

Basílica de María Auxiliadora
            Los antiguos egipcios unían la vida eterna del cuerpo con la vida eterna del alma. Si ya sabemos cómo han acabado sus cuerpos, ¿habrán acabado de la misma forma sus almas? Si nuestros cuerpos y los cuerpos de los demás mortales acaban de una forma no muy distinta a los de los antiguos egipcios, ¿cómo acabarán nuestras almas y el resto de las almas?


martes, 27 de septiembre de 2016

Chamonix

Llegamos a Chamonix desde el majestuoso valle de Aosta, en Italia, por el túnel que atraviesa el Mont-Blanc. Chamonix está inmediatamente después del túnel, a los mismos pies de la montaña y a escasos metros del glaciar de Bossons, uno de los principales de Europa, cuyo visión omnipresente invoca de continuo la mirada del viajero. El glaciar era antes mucho más largo y llegaba casi hasta el mismo valle donde se ubica el pueblo, de manera que a finales del siglo XIX los lugareños vieron tan amenazadas sus viviendas que acabaron elevando plegarias por ellas.

Era el día 19 de septiembre y en Chamonix la gente iba con manga corta. Ver al glaciar tan cerca con una temperatura tan alta a esas alturas del año resultaba desconcertante y bastante desolador. Toda la información que leí en el móvil mientras me tomaba un café en una terraza, frente al glaciar, hablaba de un retroceso sistemático de la lengua de hielo, tan constante y tan abrupto que a no tardar mucho aquella cascada blanca entre el verde de los árboles dejaría de ser visible.


Uno no es consciente de que está en el meollo de la Historia, porque la Historia se hace a posteriori. Los que viven la Historia notan señales que no saben interpretar, o que no interpretan correctamente o en todo su valor. Pueden creer que una simple revuelta es una revolución o que una verdadera revolución es una pequeña algarada. Y pueden creerse importantes cuando son intrascendentes e intrascendentes cuando su pensamiento marcará la opinión pública venidera.

La transformación de la Naturaleza es muy lenta y los hombres nunca han podido ser conscientes de que estaban en el meollo de los cambios naturales, dado que estos sucedían con una parsimonia tal que, en el más rápido de los casos, cubría varias generaciones, y normalmente implicaba un periodo de miles o de millones de años. Desde hace unos cuantos años, sin embargo, vemos que se extrae agua de niveles cada vez más profundos, que desaparecen especies sin que la evolución las sustituya por otras y, entre otras muchas anormalidades más, que los glaciares retroceden a pasos agigantados.




La Historia Natural, como la Historia de la Humanidad, es una ciencia que no actúa sobre su propio entorno, sino sobre un entorno pasado. Los hombres no somos conscientes de la actual transformación de la Tierra ni sabemos darle a lo que hacemos el valor que a eso mismo le darán los que nos sucedan, cuando lo que hayamos hecho ya no tenga remedio. En parte es así porque no puede ser de otra forma, dada la imposibilidad que tenemos para considerar la trascendencia de lo que hacemos. Pero en buena parte también lo es porque pensamos más en nuestro bienestar que en nuestras necesidades, y muchísimo más en nuestro bienestar que en las necesidades de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.

martes, 13 de septiembre de 2016

El centro de gravedad permanente

(El centro de gravedad permanente)

            Las novelas solo comienzan una vez, de modo cuando has empezado a escribirlas no tienes más que continuarlas por donde las dejaste, con unos personajes que ya existen y una historia que ni se iniciará ni se agotará en una jornada.

Las novelas te sujetan durante mucho tiempo a una obligación, en la que trabajas con una libertad casi absoluta, pues escribes sin más límites que los que te marca tu propio dominio del medio. Por eso, si el ejercicio de escribir una novela puede convertir en obsesivos a los que tienen un carácter compulsivo, a los que tendemos a perdernos por el tiempo, en cambio, nos centra y nos ayuda a gestionar mejor los ratos libres.

Escribir una novela partiendo de un hombre que amaba a Franco Battiato me supuso lograr un centro de gravedad permanente durante muchos meses. Poco importó entonces y poco importa ahora que enseguida me desviara del fin originario y, en lugar de construir un mundo parecido al de las canciones de ese cantante y compositor siciliano, construyera otro mucho más parecido al nuestro, o, para ser más exactos, más parecido al mío.

            Me encontraba cómodo y bien y mientras escribía estuve utilizando elementos de mi propia realidad para construir la ficción, a la manera que el subconsciente levanta el guión de los sueños. Así, utilicé el problema que tuve con el envío de un paquete a Lille, donde por aquel entonces estaba Luis, para crearle un problema a uno de los protagonistas; utilicé el recuerdo de una reciente visita al museo Dalí de Figueras, donde me hablaron de una perversión sexual que tenían el pintor y Gala, para adjudicar una perversión parecida a unos notables señores de Sevilla, y utilicé el título de una de mis novelas inéditas para llamar así a un dominio web de internet que aparece mucho en la historia.

            Llevé a los personajes de la novela a los lugares que yo mismo visitaba por aquel entonces, y les busqué aventuras en el barrio turco de Berlín, en el Autostadt de Wolfsburgo, en la calle Solferino de Lille, en el barrio de Salamanca de Madrid, en la plaza doña Elvira de Sevilla y en la avenida Ámsterdam de Nueva York, además de en Pozoblanco y en el pueblo ficticio de Aleda, al que ubiqué en Los Pedroches.

También utilicé lo que por aquel tiempo formaba parte del contexto más cercano a mis hijos, que en cierto modo era el mío, como el ambiente de los estudiantes Erasmus y el de los jóvenes titulados españoles en Europa. Es más, hice una suerte de cameo con ellos y los utilicé como personajes secundarios, sin darles nombre, en el mismo sitio y con un oficio similar al que estaban desempeñando en la realidad.

Construí la historia intentando conseguir un lenguaje certero y sencillo y pensando en la urgencia de la página siguiente. Cuando terminé, dediqué mucho tiempo a quitar lo que sobraba y un poco más, a fin de que el lector se deslizara por la trama casi sin darse cuenta. Al final de todo, me sentí bastante satisfecho: había disfrutado escribiendo y me había salido una obra lo suficientemente digna como para que pudiera hacerse pública.

De eso hace ya algún tiempo.


            Carmen, que me conoce bien, me dijo el otro día que tenía que ponerme a escribir, quizá porque últimamente me ve un punto descentrado. Estoy así desde que terminé de El hombre que amaba a Franco Battiato, una obra que pronto verá la luz. 


sábado, 10 de septiembre de 2016

El alma dentro de las sombras

(El alma dentro de las sombras)

Desde que las oí por primera vez, me subyugaron las canciones de Franco Battiato. El público busca en el artista la voz de su propio interior, lo que a él le habría gustado expresar si hubiera tenido talento bastante para hacerlo, y yo, que no tengo suficiente talento para expresarme, encontré en Battiato la voz de mi propio interior. Cuando en 1996 salió su disco Battiato Collectión, con 29 canciones en español, lo compré, y desde entonces lo he puesto muchos sábados y muchos domingos poco después de levantarme, sin que aún me haya cansado de oírlo.

Me gusta el desorden, la anarquía incluso, con que en esas canciones se fijan las imágenes, me gusta el surrealismo de sus letras, su mística del tiempo y del cosmos, su apelación dadaísta a la banalidad (tan enjundiosa) y me gusta su música, que tanto se aprovecha de las formas clásicas.

Con frecuencia he utilizado la letras de esas canciones para asociarlas a lo que ocurre a mi alrededor, y siempre me he acordado de ellas cuando he pisado los escenarios que describen o mencionan. En San Petersburgo canturreé Perpectiva Nevski; en Berlín, Alexander Platz; en Nueva York, Chan-Son Egocentrique.


Un domingo de no hace tanto tiempo me levanté y puse el disco Battiato Collectión, como había hecho tantas veces. Aquel día, sin embargo, pensé que podía escribir una novela sobre un mundo como el que se intuía tras aquellas canciones, del que sería protagonista un hombre que amaba a Franco Battiato. No tenía nada entre manos entonces y me puse a escribir enseguida. Lo hice como lo había hecho siempre, sin argumento previo y con el único afán de disfrutar buscando las palabras justas para lo que libremente iría imaginando.



jueves, 1 de septiembre de 2016

Soldados

            Todos los diputados españoles, todos, aplauden a su líder y solo a su líder. Y votan lo que les dice su líder: no tienen pensamiento, no tienen opinión propia, son como marionetas. 

            El otro día me preguntaba alguien por los valores que transmite Juego de Tronos, esa serie que entusiasma a tantos, a mí entre ellos. Yo no creo que las obras de ficción tengan que transmitir valores, sino que ser un reflejo de la realidad. Y Juego de Tronos lo es, a la manera que las tragedias griegas o las obras de Shakespeare. En Juego de Tronos unos cuantos protagonistas luchan por las poltronas y muchos miles de seres anónimos mueren en los campos de batalla, detrás de una bandera que simboliza la fidelidad que han jurado a su señor. En nuestra realidad más cercana, hay quienes supuestamente tienen un compromiso con la sociedad que los ha elegido, pero su verdadero compromiso es con el partido que los ha presentado, cuyas férreas directrices son fijadas por unos cuantos dirigentes que luchan por el poder.
           
            La ética del soldado limita sus principios a un juramento y a la fidelidad ciega a un líder. El soldado no se hace preguntas, actúa, y lo hace de acuerdo con las directrices que le han dado. Es así de simple. Ellos son por naturaleza así de simples. Igualmente, a los diputados les dicen lo que tienen que votar y ellos se limitan a cumplir: también son así de simples.

Lo dicen las encuestas, lo han dicho varios líderes históricos del PSOE y los editoriales de los periódicos afines y me lo han dicho personalmente algunos destacados líderes socialistas del entorno en el que me muevo: la salida a la situación política actual pasa por la abstención negociada del PSOE a un candidato del PP. Los 85 diputados del PSOE, sin embargo, siguen votando que no y niegan la negociación y el debate interno. ¿A quién escuchan cuando razonan? ¿En quién están pensando cuando votan?  
           

Para el caso que nos ocupa, los líderes del PSOE han ordenado a los diputados de ese partido que voten no y ellos han votado que no. Tal vez algún día, sin que hayan cambiado sustancialmente las cosas, los dirigentes del PSOE ordenen a unos pocos diputados que se abstengan o incluso que se ausenten y ellos, sin hacerse preguntas, como buenos soldados, se queden en su casa o se vayan a la cafetería más cercana. O tal vez no, no y no, y tengamos que ir a votar otra vez: será entonces la tercera. ¿Será la última?

La imagen es de la serie Juego de Tronos

lunes, 25 de julio de 2016

La mayor aventura

       Hace unos días leí que la pareja Rathod había acreditado su ascensión al Everest con unas fotografías tomadas por otros montañeros, que ellos manipularon con una aplicación informática. Lo burdo del engaño no me ha sorprendido, ni que hayan echado mano de trampas de todo tipo para certificar otros méritos deportivos que no tenían. Al fin y al cabo siempre ha habido en el mundo artistas que plagian, deportistas que se dopan y políticos que mienten. De hecho, todos mentimos, de una forma o de otra y antes o después. Lo que me ha llamado la atención del caso es que cuando Dinesh y Tarakeshwari Rathod presentaron su supuesta hazaña en una rueda de prensa convocada por ellos en Katmandú, expresaron exultantes que se había cumplido la condición que se habían formulado para tener un hijo, escalar el Everest, por lo que ahora querían ser padres.

             Dado lo falso de la trama, la apelación a una promesa semejante solo podía tener como propósito añadir a la historia un componente emocional, a fin de engrandecerse un poco más como protagonistas de ella. Y si la pareja Rathod pensó que tal promesa le valdría para adornar su “proeza”, estaba pensando también que la sociedad la valoraría positivamente, a pesar de lo estúpido de su esencia. (¿O no es estúpido hacer depender de un episodio deportivo algo tan trascendente como la llegada al mundo de un hijo?). 

          La mayoría de los seres humanos tiene hijos porque quiere, sin más condiciones previas y sin más condiciones posteriores, porque la aventura de tener un hijo tiene entidad propia y es suficiente por sí misma. Cuando una pareja se aventura a tener un hijo sabe que debe dar lo mejor de sí misma para alimentarlo, vestirlo, cubrirlo con un techo y educarlo, a fin de que en el futuro sea un ciudadano honrado y trabajador y pueda valerse por sí mismo. Y no es una aventura de menor importancia ni lo es de menor riesgo que la de alcanzar una montaña, por alta que esta sea.

           Si la pareja Rathod se hubiera planteado la promesa en otros términos, habría tenido más credibilidad, al menos conmigo, y habría resultado más cercana emocionalmente. Podían haber dicho, por ejemplo: “Tendremos un hijo y, si logramos que sea un hombre o una mujer de provecho, subiremos al Everest”.

             No en vano, el objetivo de criar a un hijo y hacer de él un ciudadano ejemplar tiene más valor que el de subir al Everest. Las parejas normales lo valoran así, pero no citan a los periodistas en un hotel de Katmandú para hacerle saber al mundo que lo han logrado. Se limitan a sentir una satisfacción moderada y, si pueden, se premian con unas vacaciones, en las que hacen fotografías auténticas que luego enseñan con legítimo orgullo, aunque sean de una montaña lejana que nunca subirán o de un mar que solo verán desde la orilla.

               * La foto es de Alfredo Cambeiro Rodríguez.


lunes, 11 de julio de 2016

La sombra

                De todos los consejos que nos dieron nuestras madres cuando éramos chicos, al menos uno se nos ha quedado grabado para siempre: “Niño, vete por la sombrita”. Por obvio que nos parezca ahora, no era un consejo baladí, ni están todas las madres preparadas para entenderlo y proporcionarlo. Hace unos cuantos años, por ejemplo, vimos cerca de Capileira a una familia de extranjeros con niños tomar la ruta del Mulhacén un día de un calor sofocante y pensamos que se quedarían por el camino, como en el año 2010 se quedó el hijo de la señora alemana que salió a pasear con él por las inmediaciones de Espiel.

                Las madres nuestras sabían lo que en esta tierra sabe casi todo el mundo: que el sol del verano no es amable, sino traicionero, y que hay que guardarse de él. Como no se puede estar a la intemperie en las horas centrales del día ni es posible realizar un movimiento sin poner en riesgo la salud, los andaluces dedicamos ese periodo a recuperar el resuello que hemos perdido en el bochorno de la noche y a defendernos como podemos del calor. Desde luego, a la sombra.

                La sombra es de lo mejor que ha inventado la Naturaleza y es de lo mejor que ha sabido aprovechar el ser humano. Entre los muchos atributos amables de los árboles, uno de los más compasivos es el de dar sombra. Las casas son precisas por muchas razones, pero en especial porque cuando están cerradas y a oscuras nos proveen de sombra y nos protegen del calor. Un individuo cualquiera puede pasar sin un paraguas cuando llueve porque la piel escurre el agua, pero no puede pasar sin una camiseta cuando aprieta el sol, porque la piel tiene memoria y guarda de por vida las consecuencias de una exposición excesiva. Un sombrero, como su propio nombre indica, es una herramienta que sirve más para proporcionarnos sombra en verano que para guardarnos del frío en invierno.

                La sombra define también el carácter de las personas. Una persona “con sombra” –como se dice en Andalucía– es ingeniosa y festiva, graciosa, y a su amparo se está a cubierto de buena parte de las inclemencias de la vida. Una persona “sin sombra”, en cambio, es alguien que carece de lo más fundamental. Así, cuando se dice de alguien que no tiene ni sombra de vergüenza, se lo está llamando sinvergüenza, y si se dice que no tiene ni sombra de duda, es que está demasiado seguro de sí mismo como para ser una persona normal. Mucho peor es ser un “malasombra”, al que la RAE define como “persona que tiene mala idea o intención” y nosotros definiríamos como un “tío malafollá”.


                Menos la sombra del malasombra, todas las sombras son buenas, en fin, y no solo las del buen árbol. Basta un parasol minúsculo o la minúscula línea de una tapia para ofrecer un refugio humanitario al que sabe aprovecharlo. Lo asombroso (etimológicamente, procede de sombra) no es que salga el Sol y se ponga, sino que entre ambas acciones majestuosas el Sol se oculte a veces entre las sombras. Sé que muchos han considerado un dios al Sol, pero no tengo noticia de que nadie haya considerado una diosa a la sombra, lo cual es una injusticia viendo cómo de dulce y misericordiosa es la sombra en los duros veranos de Andalucía. 


       *La foto original es de José Fdo. Montes.


sábado, 25 de junio de 2016

Sobre la estupidez*

            La estupidez también tiene sus intelectuales. Y sus líderes. Y sus masas en movimiento. De los documentales de la televisión he aprendido que las masas estaban entusiasmadas con el inicio de la I Guerra Mundial. De los libros de Historia, que los alemanes votaron a los nazis con la creencia de que iban a ser más felices. Son ejemplos extremos de una estupidez que tuvo sus masas en movimiento, sus líderes y unos intelectuales que la justificaron y la extendieron, pero hay más, muchos más, muchísimos más.

            Los ciudadanos tienden a pensar que las urnas son el colmo de la democracia y piensan que cuando son convocados a decidir les están haciendo un favor. No saben que la democracia no está en que el ofrecimiento de la decisión, sino en la posibilidad de rectificar la decisión. La democracia está en votar y en volver a votar al cabo de cuatro o cinco años, para votar al mismo o a otros. Los alemanes votaron a los nazis, por ejemplo, pero ya no pudieron votar más.

            Los ciudadanos tienden a pensar que los referéndums son el colmo de la democracia porque son ellos los que deciden sobre un asunto concreto. Pero cuando un referendo se convoca sobre cuestiones que ha determinado la Historia (con mayúsculas) se le está haciendo un flaco favor a la Historia y a uno mismo. Con los referéndums que quieren enmendar la Historia pasa eso, que se vota y ya no se puede volver a votar, que se vota y de tu decisión debes responder para hoy y para siempre, por ti, por tus hijos y por los hijos de tus hijos.

            Los ciudadanos tienden a pensar que los referéndums son el colmo de la democracia. Pero entre la democracia y la demagogia hay una línea muy fina que nunca captan los que solo ven los trazos gruesos. Por eso los demagogos campan a sus anchas entre las banderas y los himnos, entre las pancartas y los eslóganes, entre, en fin, los más necios y los más cerriles. Los referendos están hechos para las cuestiones simples, sobre las que entiende todo el mundo, pero no para las complejas, sobre las que todo el mundo dice entender, pero no entienden más que unos cuantos, que son los que van dejando su opinión en el estómago de las masas.


            Ahora que tanto se apela al referéndum como sinónimo de democracia, me acuerdo del primero que viví, en 1966, en pleno régimen franquista, cuando se aprobó la Ley Orgánica del Estado con el 95,06% de los votos, me acuerdo de los muchos referéndums que han negado en Suiza el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres y de los muchos referéndums convocados para extender los mandatos presidenciales en los más diversos países.


            Y me acuerdo del referéndum que nos ha traído el Brexit, cuyas consecuencias para el auge de los nacionalismos en la propia Gran Bretaña y en el resto de Europa aún están por determinar. Me acuerdo de las consecuencias que para los ciudadanos catalanes y para los nacionalismos existentes en España y en Europa tendría un referéndum en Cataluña. Y me acuerdo de un determinado partido político que en un pueblo de Los Pedroches propuso en su programa electoral convocar un referéndum para ver si debía seguir en su puesto o no el secretario del Ayuntamiento.

           * Publicado en el semanario La Comarca.
           * Las fotos son del muro de Berlín, ejemplo de frontera, de división ideológica y de estupidez humana.

martes, 21 de junio de 2016

Fernández, por mi madre

            Mi madre nunca ha tenido un temperamento alegre, pero ahora, que ya es mayor, está siempre contenta y se ríe por cualquier cosa.

            A mi madre le gusta que escriba en el periódico, no por lo que ponga o deje de poner, sino para ver mi fotografía impresa. “Cuándo vas a escribir, Juan Bosco?”, me dice. Mi madre abre el periódico y me busca. Y lo vuelve a abrir al poco tiempo para verme otra vez, si es que me ha encontrado antes. Y lo deja cerca de sí para tenerlo a mano y verme de vez en cuando.

            Mi madre me pregunta si he oído a mi hermano Miguel en la radio. Y suele preguntármelo de nuevo al cabo de poco tiempo, porque ya no se acuerda que me lo había preguntado antes. Mi madre oye a mi hermano Miguel en la radio y se siente satisfecha.

            Mi madre nos sorprendió hace poco cantando de memoria el himno del cuerpo de ingenieros, en el que hizo la mili su hermano Sebastián. Mi madre tiene mucho oído para la música y entona bien. Mi hermano Eusebio ha debido salir a ella.

            Mi madre se sabe de memoria la canción que mi hermano Eusebio le compuso y quiere que se la cante siempre que nos juntamos la familia. Y quiere que le cante otras canciones, que le cante muchas, porque no se cansa de oírlo.

            Mi madre se siente orgullosa de su marido, de sus hijos, de sus nueras y de sus nietos. Se siente orgullosa de sus hermanos y de sus sobrinos. Y se siente orgullosa de su pueblo.

            Hace unos días, la vi andando por la calle. Ella camina despacio y no va sola más allá de la esquina. Al verme, se le iluminaron los ojos. Me agarró del brazo y me dijo:

            – Mi hijo Juan Bosco está aquí. Y hace un rato he estado con mi hijo Eusebio. Y ahí al lado está en su oficina mi hijo Miguel. Y son todos estupendos. ¡Qué suerte he tenido en la vida! ¡Qué feliz soy!


miércoles, 15 de junio de 2016

En buena compañía

             Los años de la juventud parecen más largos porque los jóvenes llenan sus momentos de emociones. En la madurez, en cambio, las emociones se restringen y el tiempo pasa volando. Por largos y felices que sean, los días iguales le aportan poco a los sentidos, se hacen cortos y no dejan huella, de manera que al cabo de los años se nos figura que hemos atravesado el tiempo sin darnos cuenta, como si cruzáramos dormidos un hermoso paisaje.

            El ánimo y la memoria necesitan de referencias a las que asirse, de algo distinto a lo cotidiano, que siempre degenera en monotonía. Para escapar de la monotonía basta con salir, cuando se está enclaustrado, o con cambiar de aires de vez en cuando.

            Aplicados a esa obligación vital, unos amigos hemos pasado un fin de semana en las costas de Huelva, invitados por Rosa y Luis María. En nuestra memoria quedarán para siempre los horizontes de esas playas inmensas, el atardecer surcando el estuario del río Piedras y la cena en El Andalú, de La Antilla, mientras oíamos al propietario cantar por Manolo García, por Serrat y por El Barrio. Y quedarán para siempre los brindis de agradecimiento y por la amistad.


            Lo sensato es salir por ahí de vez en cuando, aunque sea solo, pero es mucho más agradable cuando se hace en buena compañía.


miércoles, 8 de junio de 2016

El reloj

                Hace tiempo, el Ayuntamiento de Torrecampo descubrió en una de sus dependencias la maquinaria de un antiguo reloj de campana, que enseguida se relacionó con la que había en la torre de la iglesia, derruida hacia 1905 por razones de seguridad, pues estaba muy deteriorada.

                Aquel reloj (este, según parece) tenía una habitáculo protector que era una casita, no muy distinta de la que tienen los gnomos en los árboles de los bosques, por lo que la torre con su reloj parecía la ilustración de un cuento fantástico de Centroeuropa.

Fotografía extraída de la revista local El celemín

                Hasta que se instaló el reloj, el tiempo se medía en Torrecampo a ojo de buen cubero, y la gente normal de entonces fijaba las citas con la imprecisión que siguen estableciéndolas los informales. El reloj añadió al tiempo el rigor que el tiempo lleva en su esencia, de manera que las cuatro empezaron a ser las cuatro en punto y el culpable de un retraso leve empezó a ser considerado un ladrón de instantes.


                El reloj tiene un manubrio largo con el que debía de dársele cuerda, es de suponer que por el campanero, que tal vez fuera también el sacristán de la iglesia. El que le diera al manubrio, en fin, fuera el que fuese, debía de ser muy conocido y valorado en la sociedad local, pues su función era de mucha responsabilidad. No en vano, me imagino a la gente del pueblo mirando el reloj con la misma fascinación que ahora miramos el móvil, aunque supongo que con una frecuencia menor, me imagino al encargado del reloj hablando ufano de su trabajo y me imagino los comentarios que de él se dirían en las tabernas cuando el reloj se parase.


viernes, 3 de junio de 2016

La imaginación

               ¿Imaginan los animales? Supongo que sí. De hecho, juegan cuando son pequeños, y el juego es una representación de la realidad, es imaginación.

                He pensado en la imaginación de los niños, tan abrumadora y tan natural, tan superpuesta con la realidad, y en la imaginación de los mayores, que necesitan soñar cuando están dormidos y de historias ficticias cuando están despiertos: de cuentos a la luz de la candela, de leyendas, de novelas, de películas.

                He pensado qué sería de un mundo sin imaginación. He imaginado una poesía sin símiles y sin metáforas, una arquitectura limitada al diseño funcional, una pintura que no permitía la descomposición de los objetos, un cine restringido a lo documental, un mundo sin fútbol, sin música y sin el pecado de pensamiento.

He imaginado que el Gobierno me prohibía escribir novelas o incluso cosas como esta, que me prohibía leer otros libros que no fueran ensayos, ver películas y contar cuentos a mis hijos, a quienes debía enseñar una doctrina en la que únicamente se permitía la Verdad, y la Verdad era lo palpable, lo que se ve y lo que se oye. Y he imaginado que mis vecinos me denunciaban si se enteraban de que incumplía esas normas, que me juzgaba un jurado de ciudadanos serios y sesudos y que me condenaban a la monotonía y al silencio.


He imaginado un mundo sin belleza, en fin. Lo he imaginado después de escuchar por enésima vez Cuarteles de invierno, de Vetusta Morla. “Fue tan largo el duelo que al final casi lo confundo con mi hogar”. ¿Imaginan un mundo sin canciones como esta? 



viernes, 27 de mayo de 2016

Terezin

            “El trabajo libera”, rezaba el cartel que había a la entrada de una de las dependencias del campo de trabajo ubicado por los nazis en la fortaleza de Theresienstadt, cerca de Praga, el mismo que había en Auschwitz. El lema no solo es homologable, sino aplicable en cualquier tipo de sociedad: el trabajo, que aparece como un castigo divino en el Génesis, es (desde entonces) consustancial con la naturaleza humana y su principal agente dignificador. De hecho, a realizarse mediante un trabajo digno es a lo que aspiran los seres humanos dignos, y un trabajo digno para todos es lo que ofrecen numerosas sociedades utópicas.

            Como sociedad utópica, la de los nazis era una distopía. La RAE define distopía como “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alineación humana”. Por ficticia y de novela que pareciera, la de los nazis era una sociedad real, en la que, como en las distopías, la manipulación de la virtud se convirtió en un infierno.

            Como bien saben todos los amantes de las distopías, la manipulación de la virtud necesita siempre de una manipulación de la información, que elimina el espíritu crítico del ciudadano, y de una cámara de gas o algo similar, que elimina lo que la manipulación de la información no ha conseguido. El resultado es un comportamiento plano de la masa, ya sumisa y estúpidamente feliz, vegetal.

            La ciudad de Theresienstadt, hoy Terezin, fue transformada en un gueto y presentada a la Cruz Roja Internacional y al mundo entero como el modelo de asentamiento judío del régimen nazi, pero sus habitantes eran esclavos y su fin mayoritario fue morir por agotamiento o ser deportados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Con la aquiescencia cómplice de los mansos, empeñados en negar la incómoda verdad del genocidio, la manipulación de la información hizo que la sociedad internacional se tragara las burdas mentiras de los nazis, que la sociedad alemana apoyara mayoritariamente al régimen que los gobernaba y que todavía hoy haya quienes piensen que no existió el holocausto.


            Theresienstadt existió y existe Terezin, y el visitante puede ver los monumentos del horror y pasear por sus calles tranquilas. Pero luego se va. Un visitante impresionado como yo, que se va, no puede dejar de pensar en los dos mil habitantes que viven allí, sometidos permanentemente a la presencia de una verdad terrible, pero tampoco puede dejar de pensar en esos otros, negacionistas, que viven permanentemente de espaldas a la verdad, sometidos a la aún más ominosa presencia de la mentira.


               * Sobre la verdad y la mentira se trata en la distopía de Sholombra.