viernes, 27 de mayo de 2016

Terezin

            “El trabajo libera”, rezaba el cartel que había a la entrada de una de las dependencias del campo de trabajo ubicado por los nazis en la fortaleza de Theresienstadt, cerca de Praga, el mismo que había en Auschwitz. El lema no solo es homologable, sino aplicable en cualquier tipo de sociedad: el trabajo, que aparece como un castigo divino en el Génesis, es (desde entonces) consustancial con la naturaleza humana y su principal agente dignificador. De hecho, a realizarse mediante un trabajo digno es a lo que aspiran los seres humanos dignos, y un trabajo digno para todos es lo que ofrecen numerosas sociedades utópicas.

            Como sociedad utópica, la de los nazis era una distopía. La RAE define distopía como “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alineación humana”. Por ficticia y de novela que pareciera, la de los nazis era una sociedad real, en la que, como en las distopías, la manipulación de la virtud se convirtió en un infierno.

            Como bien saben todos los amantes de las distopías, la manipulación de la virtud necesita siempre de una manipulación de la información, que elimina el espíritu crítico del ciudadano, y de una cámara de gas o algo similar, que elimina lo que la manipulación de la información no ha conseguido. El resultado es un comportamiento plano de la masa, ya sumisa y estúpidamente feliz, vegetal.

            La ciudad de Theresienstadt, hoy Terezin, fue transformada en un gueto y presentada a la Cruz Roja Internacional y al mundo entero como el modelo de asentamiento judío del régimen nazi, pero sus habitantes eran esclavos y su fin mayoritario fue morir por agotamiento o ser deportados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Con la aquiescencia cómplice de los mansos, empeñados en negar la incómoda verdad del genocidio, la manipulación de la información hizo que la sociedad internacional se tragara las burdas mentiras de los nazis, que la sociedad alemana apoyara mayoritariamente al régimen que los gobernaba y que todavía hoy haya quienes piensen que no existió el holocausto.


            Theresienstadt existió y existe Terezin, y el visitante puede ver los monumentos del horror y pasear por sus calles tranquilas. Pero luego se va. Un visitante impresionado como yo, que se va, no puede dejar de pensar en los dos mil habitantes que viven allí, sometidos permanentemente a la presencia de una verdad terrible, pero tampoco puede dejar de pensar en esos otros, negacionistas, que viven permanentemente de espaldas a la verdad, sometidos a la aún más ominosa presencia de la mentira.


               * Sobre la verdad y la mentira se trata en la distopía de Sholombra.
               

domingo, 22 de mayo de 2016

Los parques

                Por lo que veo, satisfecha la necesidad de comer, los perros son felices si se cumplen sus dos objetivos fundamentales: el cariño de quienes tienen cerca y que los saquen a diario a la calle. Y, bien visto, a los dueños de los perros les pasa lo mismo. Y le pasa lo mismo al resto de los ciudadanos: para los que quieren ser felices, son más importantes los afectos que los bienes materiales, y es más importante una habitación sencilla con una puerta abierta a un parque que un palacio cerrado a cal y canto. En ese sentido, a las personas les pasa lo que a los ciclistas, que tienen la bicicleta aparcada en su casa y lo que quieren es caminos y carreteras públicas en los que poder pedalear.
                Mientras los más pudientes tienen fincas con jardines privados o casas grandes en las que se pueden expansionar, la mayoría de los ciudadanos deben recrearse en los espacios públicos abiertos, y en tanto los primeros tienen grandes coches que pueden aparcar en un garaje, los segundos deben conformarse con ninguno o con un utilitario que no pueden aparcar sin un montón de dificultades. Por eso, un parque grande y bien cuidado iguala al rico y al pobre. Y lo iguala la obligación de ir andando o de tomar un transporte público.
                Por lo que he visto, en muchos países de Europa se tiene claro que, dado que la vida se vive en casa y fuera de casa, una vida digna necesita de una ciudad digna tanto como de una vivienda digna. Se tiene claro que un banco en la calle es tan necesario como el sofá de una casa, por ejemplo, o que un parque infantil lo es tanto o más que un juguete. 

* Todas las fotos están tomadas en Braunschweig. 

martes, 17 de mayo de 2016

Los artistas

            Dresde, que era conocida como la Florencia del Elba, fue totalmente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida luego por orden de las autoridades comunistas, de forma que ahora se muestra al visitante renovada y en todo su esplendor. Nosotros tuvimos la suerte de visitarla un magnífico sábado de primavera, con el cielo casi limpio de nubes y una temperatura ideal para estar a la intemperie.

            Los habitantes de esta zona de Europa no están acostumbrados a días tan hermosos y en cuanto sale uno de estos se lanzan a la calle a disfrutarlo. Por lo que pude ver, el centro histórico de Dresde tiene a ambos lados del río Elba una variedad enorme de lugares públicos donde pasear o sentarse a disfrutar del sol y de la compañía de los amigos o, simplemente, del contacto con los demás seres que son como nosotros.

            No quiero hacer un relato de lo que ofrece la ciudad, que es mucho, porque hay páginas especializadas que lo refieren con más detalle y mejor estilo de como podría hacerlo yo, sino referirme a un hecho concreto que me llamó la atención allí y me la llama en cualquier lugar donde se muestra. Y es el de los artistas callejeros.

            Había mucha gente en la pradera que, a manera de playa, flanquea al río Elba, había mucha gente en sus numerosas plazas, todas peatonales, y había mucha gente andando por sus calles, y, entre la gente que había salido a disfrutar del día, había otra gente que tocaba instrumentos o cantaba.

No hace mucho tiempo, alguien me hacía ver lo necesarios que son los ganaderos, singularmente en la zona en la que vivo. Yo lo admití entonces y lo admito ahora. Pero dije entonces y digo ahora que también son necesarios los zapateros, y los comerciantes, y los maestros, y los albañiles, y las empleadas de hogar, por citar solo a algunos de los que desempeñan otro tipo de oficios, y, para lo que interesa a esta crónica, también son necesarios los artistas.
Pianista tocando delante de la estatua de Lutero, cerca de la Frauenkirche
Siempre he pensado que los artistas son tan precisos como los agricultores, que nos proveen del pan, o de los ganaderos, que nos proveen de la carne. Cuando imaginé una civilización descorazonadora en la que ubicar a los personajes de una de mis novelas, creé a la ciudad de Sholombra, en la que la Verdad no valoraba la imaginación y prohibía las artes, por lo que nunca había habido más creación que la del diseño industrial. Una civilización sin pintores, sin cantantes, sin poetas, sin artistas, en fin, sería como una enorme cadena de montaje en la que todo el mundo va ensamblando días iguales desde el nacimiento hasta la muerte.


Schiller compuso en Dresde el poema A la alegría en 1785, que Beethoven conoció cuando tenía 23 años y acabó convirtiendo en su Novena sinfonía, cuyo movimiento final ha pasado a ser el himno de Europa. “¡Abrazaos, millones de seres!/¡Este beso para el mundo entero!/Hermanos, sobre la bóveda estrellada”, dice la letra de Schiller, que viene al pelo para cerrar esta crónica. Abrazaos, pues, amigos lectores, y disfrutad de cuanto pueda ofreceros la vida. 
Carmen y yo en la terraza de un restaurante. La foto es de Juan

domingo, 15 de mayo de 2016

Sobre El extraño escritor y otras devastaciones*

         Cuando estamos sentados en una terraza, las personas que pasan frente a nosotros son, verdaderamente, personajes de esa colmena que es nuestro propio entorno. Y en tanto pasan, les construimos sin darnos cuenta historias sencillas, que duran lo que tarda en pasar otro personaje. Esas historias que tejemos tienen más que ver con nuestro propio modo de ver el mundo (con nuestros juicios previos o prejuicios) que con la realidad. Porque lo más extraordinario de todo, lo más asombroso, es que los que pasan frente a nosotros son como nosotros, mucho más exactamente como nosotros de lo que nos creemos, y tienen una vida muy parecida a la nuestra.

Cuando estaba leyendo El extraño escritor y otras devastaciones**, he imaginado que el acto de leer no era muy distinto del de estar sentado en la terraza de un bar viendo pasar a los personajes, de tan sencilla y tan creíble como es la historia que se nos cuenta. El extraño escritor y otras devastaciones está lleno de vidas defraudadas, de personas que deben sobrevivir a las cuotas de la comunidad de propietarios, a las colas necesarias para conseguir las cosas, a la manutención que se debe al cónyuge divorciado, a la bajada del sueldo, a la subida de impuestos… de personas que compran un perro para que les haga compañía y lo sacan a la calle sin percatarse de que es el perro el que las saca a ellas.

Yo creo que hay dos tipos de historias: las que terminan con la boda y las que continúan después de la boda. En las que terminan con la boda, el chico conoce a la chica, hay un enredo con más o menos capítulos y más o menos personajes y una boda, o un emparejamiento, que diríamos ahora. Son las que concluyen con el clásico “y fueron felices y comieron perdices”.  Las otras, son iguales hasta la boda, pero continúan después de ella. Y son las historias reales. Detrás de la boda están el alquiler del piso o la hipoteca, la educación de los hijos y, en muchos casos, también el aislamiento y la monotonía, e incluso el maltrato y el crimen. Quien dice después de la boda dice después de que se cumplieran los objetivos iniciales: después de que se consiguiera el título universitario, después de que se encontrara trabajo o después de que se tuviera el tan ansiado hijo.

Es este segundo tipo de historias el que recoge El extraño escritor y otras devastaciones. El silencio, la rutina, el carácter efímero del placer y la inseguridad de una vida que discurre con lentitud y se vive por inercia son algunas características de una cotidianeidad tan severa que cuando surge la alegría, como sucede en el viaje a Berlín de unos personajes, el escenario no es creíble, parece un simple decorado.

No debe extrañarnos que si lo negativo ocurre cuando se logran los objetivos (la boda, el título, el trabajo, el hijo…), la actitud natural de los protagonistas sea la que se contiene en una cita de Borges que recoge el libro: “Solo es nuestro lo que perdimos”.

Ítaca, se dice también, siempre decepciona. Ítaca, la añorada patria de Ulises, es la ilusión por excelencia. Se refiere a la Ítaca como destino, como final, no a esa otra Ítaca que es el camino, que es la lucha por la vida misma. Pero Ulises era un ser más dado a la acción que a la contemplación, era un héroe clásico. Los personajes que aparecen en El extraño escritor y otras devastaciones, en cambio, son poco dados a la acción, más bien al contrario, son antihéroes y, por eso, más dados a los sentimientos, que se alojan en lo más profundo del alma, que a las emociones, que son respuestas automáticas o semiautomáticas de nuestro ánimo.

         No es que el libro tenga más que ver con la lírica de la vida que con la épica de la vida, es que es pura lírica. En ese sentido, los retratos de los personajes no son de su sicología (de lo que piensan) o de su forma de actuar, sino de la manera en que se configura su alma.

La misma estructura del libro ayuda a esa pretensión lírica. No hay una historia que una a los personajes ni la vida de cada uno de ellos aparece como una historia completa. Aparece un fragmento vital que nos cuenta un hecho o un suceso actual de unos personajes abrumados por un pasado que a veces se resume y siempre se intuye, unos personajes que, como la protagonista de Descuido, son islas que encierran dentro de sí muchas islas. “Las personas –se dice en otra narración–, somos seres semigeométricos, fragmentados e irregulares”.

El grito, de Eduard Munch
El contexto de la narración es un medio ambiente de imágenes poéticas. El tiempo es oblongo, las nubes están sostenidas por los edificios, el viento es un francotirador, las nieblas son tan espesas que únicamente se escucha el silencio, los inviernos suceden en pleno mes de agosto, el sol nace acartonado, la tarde acaba cerrando las pestañas y el frío cuelga espejos en los recovecos interiores de uno mismo.

En ese contexto, son varios los personajes que tienen afición por la escritura, en los que aparecen los vicios propios de los artistas, y, más concretamente, de los escritores, entre los cuales destaca el afán desmedido por el reconocimiento público, en no pocas ocasiones enmascarado por la falsa modestia. Los escritores que dibuja El extraño escritor y otras devastaciones están acomplejados, son vanidosos y envidiosos, y viven más pendientes de su ego que de su labor, del éxito de su obra que de la obra misma. Son unos escritores pequeños en lo creativo y, sobre todo, pequeños en lo personal, y por ambas pequeñeces anida en su alma el resentimiento.

La portada del libro y su título son bastante ilustrativos de lo que uno puede encontrarse en su interior. En la portada, que está basada en el cuadro La melancolía, de Eduard Munch, hay un hombre que reflexiona en un fondo de naufragio. El título habla de un escritor extraño y de devastaciones. Y yo mismo he hablado de la devastación de la realidad. Pero no quisiera que se desprendiera de este artículo la idea de que la lectura de este libro provoca tristeza, porque no es así. Más bien promueve unas emociones similares a las que uno puede tener cuando ve un cuadro de Munch, como El grito, o cuando ha leído un poema como El remordimiento, de Borges, que empieza diciendo: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz”.

Creo que cualquier lector lo asimilará a retazos, a fragmentos, a frases, y que se verá obligado en numerosas ocasiones a dejarlo sobre el regazo para paladear una línea u obligado por una reflexión. 

* Resumen de la presentación que hice del libro en Pozoblanco el pasado 13 de mayo.
**Francisco OnievaEl extraño escritor y otras devastaciones. Ediciones Espuela de Plata. Sevilla, 2016. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

Lo público

                Braunschweig o Brunswick es una ciudad de Baja Sajonia de nombre impronunciable para un castellanohablante, con larga y densa Historia, que fue mayoritariamente destruida en la Segunda Guerra Mundial y reconstruida luego con gran esfuerzo. En la reconstrucción se tuvo como premisa fundamental el amor hacia lo público, que existe mayoritariamente en Europa Central desde hace mucho tiempo y que está llegando a España ahora, aunque hay lugares donde todavía está pendiente de asimilar.

                En España, el concepto de que lo nuestro termina de puertas adentro y de puertas afuera es de todos resulta aún difícil de comprender para muchas personas, que piensan que la fachada de una casa es de su propietario y a él corresponde decidir libremente sobre su forma y su mantenimiento, cuando la realidad es que su estado y su estética nos afecta a todos y, en consecuencia, corresponde decidir a los representantes de todos lo que debe hacerse con ella, igual que, por el mismo motivo, corresponde a ellos fijar las normas sobre volúmenes  y las condiciones de implantación.
               Ahora bien, esos representantes deberían tener para lo público la misma sensibilidad que la población tiene para lo privado, lo que no siempre ocurre. Por ejemplo, mucho antes de que las normas obligaran a empotrar los cables eléctricos, la gente había asimilado tanto esa forma de actuar que cuando se fijó por ley ya no se tuvo como obligación, y ahora no soportaría la idea de ver un cable corriendo por la pared de su casa. Las normas, sin embargo, no obligan a soterrar los cables de las calles, que resultan igualmente peligrosos y, sobre todo, antiestéticos, pero nadie parece darse cuenta de ello, especialmente no parecen darse cuenta la mayoría de nuestros gobernantes, que deberían tener más claro lo que conviene al conjunto de la población. El resultado es que se siguen pavimentando calles soterrando las tuberías del agua y del alcantarillado pero sin soterrar las de la electricidad, cuando podría hacerse con muy poco dinero.
La realidad es que los manojos de cables recorren las fachadas y cruzan las calles sin que parezca molestar a nadie, salvo cuando los propietarios hacen obras en sus propias casas, y solo quienes tienen afición por la fotografía y algunos más se percatan de lo fea que resulta la imagen de una población atravesada por las líneas del tendido eléctrico. Digo lo de los cables, pero podría decir lo del enlucido de las fachadas, muchas de las cuales se dejan años y años sin terminar, cuando debería ser tan llamativo verlas así como contemplar sin enlucir el salón de una casa habitada. Y, por no seguir con más ejemplos, digo también lo de las casas en mal estado o incluso en ruinas.


En Braunschweig no se ve un cable por las calles ni una fachada sin enlucir o en mal estado. Se conoce que sus habitantes le tienen cariño a lo público y que sus gobernantes tienen un gran respeto por su función, al menos en lo que a la belleza de su ciudad se refiere.

martes, 10 de mayo de 2016

El turismo

El turista mayoritario va detrás del paraguas del guía dispuesto a hacerle fotos a cualquier rincón una multitud de veces, apenas tiene contacto con la sociedad local y casi nunca sale de la esfera de confort de su grupo. Con todo, siempre es mejor el turismo de masas que el no-turismo. Viajando, aunque sea a mogollón, uno conoce la complejidad de un aeropuerto, cómo son las calles de otras ciudades y si la gente sonríe o no cuando circula a su lado.


  Lo digo porque Carmen y yo hemos pasado unos días fuera de España de la mano de Juan y, de esa forma, hemos tenido la oportunidad de ver cómo son otras ciudades, aunque sea someramente. Centroeuropa (el lugar a que me refiero) no es muy distinta de España y sus habitantes son esencialmente iguales a nosotros. Cualquier diferencia, sin embargo, por pequeña que sea, es en el observador imparcial una fuente de aprendizaje. Lo de fuera no es por sistema mejor que lo nuestro, que quede claro, pero lo mejor de los otros puede iluminarnos y ayudarnos a mejorar.


Uno va por ahí con la cámara en ristre, casi sin contacto con la población, como un turista mayoritario, pero tiene la costumbre de escribir luego y eso le ayuda a pensar (escribir siempre ayuda a pensar). Algunos de esos pensamientos tengo el propósito de recogerlos aquí en los días que siguen, por si le son de interés a alguien.

martes, 3 de mayo de 2016

La mancomunidad

             Los Pedroches constituyen una comarca singular, con unos límites claros y una población que comparte usos y costumbres, además de fiestas y tradiciones. No obstante, nunca ha existido entre los habitantes de Los Pedroches la idea de pertenencia a una comunidad, al menos nunca en los tiempos recientes...

                  (Para ver el artículo completo, pincha sobre la imagen)