Dado
que los líderes sociales son unos ciudadanos más, podría pensarse que
administran la verdad y la mentira en sus actuaciones con una proporción
similar a la existente en la sociedad, o dicho sea de otra forma, que cuando se
expresa que cada sociedad tiene los líderes que se merece se está haciendo
referencia a que las sociedades sanas tendrán buenos líderes en tanto que las
sociedades enfermas los tendrán nefastos, lo cual sería especialmente acertado
cuando se habla de los dirigentes públicos en las sociedades democráticas, ya
que surgen de un proceso electoral en el que el participa el pueblo, esto es,
podría suponerse que el virus que afecta a una sociedad democrática debe viciar
inevitablemente a esa parte de ella misma que son sus dirigentes políticos.
Si
los electores, en efecto, se equivocan a veces en las sociedades sanas
eligiendo a quien no les conviene, más lo harán en las enfermas, en las que los
criterios que mueven a los electores están viciados de raíz. Pero es en la
elección, también, donde está el procedimiento para la superación de la
enfermedad. No en vano, el proceso electoral no pretende escoger a una muestra
de los ciudadanos, como sucedería si el nombramiento de los líderes se hiciera
por sorteo, sino a los mejores de ellos.
Para
que eso ocurra, los ciudadanos deben ser conscientes siempre de que se merecen
más como sociedad de lo que se merecen como individuos. En la sociedad, están
ellos, que incumplen las normas y mienten, pero también están los ciudadanos
que cumplen las normas, y está, sobre todo, el proyecto que desean para sus
hijos, que ha de ser de una sociedad más justa y más próspera, es decir, con un
peso menor de la mentira. Los individuos, pues, pueden tener los gobernantes
que se merecen, pero no los tienen las sociedades, que se merecen siempre los
mejores gobernantes, lo que supone que siempre tienen derecho a exigirlos, por
muy enfermas que estén.
En
ese medio ambiente social, el individuo corriente cuenta con dos artificios
aparentemente inocuos para sobrevivir, prosperar y defenderse de los más osados
(de los más mentirosos): el autoengaño y las ideas previas.
El autoengaño
La
mentira más extendida es la que el sujeto se hace a sí mismo, en función de la
cual disculpa sus comportamientos contrarios a lo que un día le dictó su
conciencia o a lo que en circunstancias similares le exige a los demás. Esa
disculpa tiene formas diversas, aunque la más extendida suele ser buscarse el
amparo de los incumplimientos ajenos. «No voy a ser yo más tonto que nadie»,
por ejemplo. O: «Todo el mundo lo hace». O: «Si no lo hago yo, lo hará otro con
menos legitimación que yo».
Así,
el que critica el fraude fiscal de un dirigente público al mismo tiempo que no
incluye todos sus ingresos en la declaración de la renta o exige que las
facturas le lleguen sin el impuesto correspondiente, el que censura al
empresario explotador pero no cumple sus obligaciones laborales con su empleada
de hogar y el que reprocha los ardides de quien pretende colocar a sus hijos en
la Administración después de haber fracasado él en el mismo intento.
El
autoengaño, en fin, facilita que los individuos sigan exigiendo a otros
(particularmente a sus dirigentes) el comportamiento que eluden para sí mismos.
Las ideas previas (pre-juicios)
Cuando
el ser humano toma una decisión como miembro de la sociedad, no lo hace
gestionando variables ciertas, sino ideas que como mucho son aproximaciones de
la verdad. Por eso, la intuición, que prescinde del razonamiento pero echa mano
de conocimientos residuales y ocultos, es tan importante a la hora de tomar
decisiones, y por eso en el universo social es mejor utilizar unas cuantas
ideas claras que un montón de datos, a diferencia de lo que sucede en el
universo físico, donde los datos son imprescindibles.
Los
seres humanos conjeturan la naturaleza ininteligible de ese universo social y
se sienten perdidos si no cuentan con referencias ciertas que les sirvan para
guiarse por él, referencias, no obstante, que no pueden ser sino subjetivas por
naturaleza, anteriores al conocimiento, obtenidas más por la educación que por
la experiencia y que sirven para proporcionales seguridad.
Por
ello, cuanto más insegura se siente una persona, más ideas previas necesita y
de más rigidez. Por el contrario, cuanto más libre es y cuanto más dispuesta
está a aceptar lo contingente de su destino (desde todos los puntos de vista),
menos ideas previas necesita y más flexibles son estas.
Las
ideas previas se refuerzan en el grupo de afines y, reforzadas, proporcionan
más seguridad en la respuesta a los problemas personales o las situaciones
donde la razón entra en conflicto. Los líderes de los grupos lo saben y
procuran la cohesión de los mismos con mensajes que tienden a alimentar la
unidad y, cuando el grupo está a la defensiva, a fijar abismos en las fronteras
intelectuales del conjunto. Cuando el grupo se siente fuerte y está en
expansión, en cambio, se sabe con capacidad para digerir y asimilar las ideas
extrañas y los líderes tienden puentes hacia el exterior a fin de incrementar
el número de adeptos.
En
ese medio natural, nunca progresan los que siempre van con la verdad por
delante. Unas veces porque se les teme (porque son de temer, en realidad) y
otras porque con la verdad descubren unas carencias que les son necesarias o
unas dotes que, a los ojos de los demás, les sobran. Los que triunfan son los
que mejor saben gestionar la verdad y la mentira, esto es, los que, sin romper
el equilibrio social en el que se integran, actúan de acuerdo con la verdad
cuando les interesa y cuando les interesa actúan de acuerdo con la mentira.
Cuando
los miembros incumplidores de un órgano colegiado, por ejemplo, deben elegir de
entre ellos a un director, raramente optan por el más recto. En una sociedad en
la que abunda la economía sumergida, es muy difícil el éxito de una empresa
totalmente legal. Si la hacienda pública no persigue el fraude con ahínco, los
que más pagan no son los que más ganan, sino los que más declaran. Si la
función pública admite sobornos, las resoluciones las conseguirán antes los más
adinerados y los menos virtuosos.
Como
de deduce de los ejemplos anteriores, la distribución de la verdad y la mentira
en ese equilibrio sistémico tiene sus consecuencias: a más participación de la
mentira, más deterioro ético, más ruina social y más empobrecimiento
económico. Las sociedades enfermas son aquellas en las que la distribución de
la verdad y la mentira configura un equilibrio insano en favor de la
última. Con el agravante de que el peso se desliza por inercia hacia una mayor
proporción de esta, dado que, como hemos visto, son los mentirosos (los que
cometen fraude, los que engañan, los insolidarios) los que triunfan, esto es,
existe una pedagogía del éxito que tiende a fomentar el engaño.
Cuando
la mentira no está castigada ni cuando se descubre, surge la figura de los
cínicos, aquellos farsantes para quienes ya no es necesario el disimulo. La
enfermedad de la sociedad, entonces, adquiere tintes dramáticos, pues son los
cumplidores los que acaban siendo sometidos al escarnio público.
No
en vano, detrás de cada individuo que anda por la calle puede haber un
estafador, o un violador, o un asesino. El que pasa por ser un honrado padre de
familia puede estar maltratando a su mujer. El que presume de coche nuevo puede
estar arruinado. El que ha sido declarado mejor empresario del año puede ser un
explotador y el empleado supuestamente ejemplar puede estar pasando información
confidencial a las empresas de la competencia.
Detrás
de una buena nota puede haber un examen copiado. Detrás de una tesis doctoral,
un plagio. Detrás de un escritor de fama, un negro. Detrás de una victoria
deportiva, un caso de dopaje o un tongo.
Una
factura puede venir sin los impuestos obligatorios. Una declaración de la renta
puede no declarar todas las rentas obtenidas. Un currículo puede estar inflado.
Un concurso de méritos puede no haber premiado al mejor. Un pintor puede haber
firmado un cuadro con el nombre de otro. Una noticia de prensa puede haber sido
inventada o expresar como probado lo que solo es un bulo. Un programa electoral
puede contener propuestas de imposible cumplimiento.
Un
trabajador puede no estar dado de alta oficialmente. Una persona puede vivir en
un lugar distinto del que aparece en el censo. Un ingeniero puede certificar la
utilización de materiales que no se han utilizado. El envase de un producto
puede contener información fraudulenta. El Gobierno puede estar manipulando las
estadísticas oficiales. La letra pequeña de un contrato puede desvirtuar la
información que nos dio el comercial de la empresa. Un partido político puede
declarar que persigue el interés público cuando solo pretende conseguir el
poder.
El
que dice que nos ama tal vez solo quiera nuestro dinero. El que nos abraza tal
vez desee nuestra muerte. El dinero que un padre manda para los estudios de su
hijo tal vez acabe consumido en parrandas sin que él lo sepa.
De
entre todas las religiones, solo una, como mucho, es la verdadera. Todas las
demás, no lo son. Y hay quien predica la falsedad a sabiendas de que lo es.
Y
así podríamos seguir, con falsedades como las anteriores, grandes e
inteligibles fácilmente, o con falsedades pequeñas, que parecen intrascendentes
y no se notan, o que forman parte de la educación, o que se formulan por
piedad, o que son simples exageraciones. Así podríamos seguir hasta definir una
realidad virtual, que es aquella en la que vivimos, totalmente distinta de la
que subyace debajo, a la que no me atrevo a definir como la verdadera.
Porque
la verdadera es la que sentimos y comprendemos, en la que hay un equilibrio
inestable de verdades y mentiras. Ese es nuestro medio ambiente. En él
respiramos y vivimos. Y para el ejercicio de respirar y para el oficio de vivir
tan perjudiciales son la mayoría de las mentiras como algunas verdades, y tan
necesario ese ámbito entre unas y otras que supone la duda.
¿Qué
sería de la humanidad, por ejemplo, si se descubriera sin paliativos que no hay
vida después de la muerte? O en sentido contrario: ¿Qué sería de ella si se
descubriera que sí la hay? ¿Podríamos vivir, en fin, en un régimen de absoluta
verdad, bajo el permanente ojo escrutador de una mirada divina? Para el ser
humano, al parecer, lo mejor no es siempre la verdad, sino una mezcla adecuada
de verdad y de mentira.
De
otro modo, ¿qué sería de quienes se dedican a crear ficciones artísticas si en
ellas solo pudiera representase la verdad? ¿Sería posible una novela o una
película en la que todo el mundo se muestra correctamente y cómo es? Si las
novelas y las películas se demandan y se disfrutan es porque hay en ellas un
paralelismo con la realidad, una realidad en la que existe el amor callado y el
adulterio, el sufrimiento escondido y el crimen de Estado.
Leo
en menoresenred.com que «existe una aplicación para smartphones, Gossip
(cotilleo en inglés), formada por salas donde los usuarios, mayoritariamente
adolescentes, pueden dejar rumores de todo tipo. Estos son votados por los
usuarios según crean que son verdaderos o falsos y de estas votaciones sale un
porcentaje que determina su veracidad».
Cuando
los miembros de muchos órganos colegiados aprueban las actas de las sesiones
anteriores, en las que el secretario ha expresado sucintamente lo que se
debatió y aprobó, no es infrecuente que propongan modificaciones a fin de
reflejar más lo que dirían ahora que lo que realmente dijeron, con lo que en
los anales de la institución quedarán recogidos los hechos de forma distinta a
como realmente ocurrieron.
Los
componentes de un jurado popular determinan la culpabilidad o la inocencia de
un procesado por el acuerdo entre ellos, lo que traerá tanto una consecuencia
para el imputado y su entorno social como la fijación de los hechos en la historia con una determinada calificación.
Los
tres casos son muy distintos entre sí y se han traído a colación aquí para
ilustrar cuán brumosa es la realidad social, que está formada por verdades a
las que difícilmente tienen acceso los ciudadanos. Hasta el punto de que para
fijar algunas de ellas se necesita el convenio o el acuerdo que les
otorgue a unos hechos concretos el beneficio de la veracidad.
*Esta
serie de entradas coincide en su literalidad con un artículo que publiqué en la
revista «Sitio Cero» el 18 de febrero de 2013.
Esta mañana he estado en el
río Guadalmez. Como ha sido un año lluvioso, esperaba encontrar mucha agua.
Pero no, y me ha dado pena. Al volver, he pensado en los días de mi infancia y
he recordado así, sobre la marcha, esto:
Cuando yo era chico (tengo 67 años),
1.- Río Guadalmez
Me bañé en el río Guadalmez, que
corría vivo y claro cerca de la ermita de la Virgen de las Veredas, adonde algunos
niños de los salesianos de Pozoblanco iban de campamentos en verano. El río
(entonces sí era de verdad «río») tenía mejillones. Yo los he cogido con mis
manos.
Mis primos y yo también
pescábamos en verano en el arroyo El Muerto, cerca de Pedroche, que conservaba
grandes charcas durante todo el año.
2.- Agua de los arroyos
Bebíamos agua directamente de
los arroyos, incluso de los más próximos a Pozoblanco, como el Santa María,
adonde los amigos íbamos con las bicicletas. Yo la he bebido muchas veces.
3.- Pozos del campo
El agua de todos los pozos del
campo era potable, y la gente la bebía sin preguntarse si estaría contaminada.
Yo la bebí durante muchos años. Entonces, los pozos tradicionales (5-20 metros)
aprovechaban el nivel freático superficial o pequeñas fracturas del granito. El
agua se sacaba mayoritariamente con un cubo, una cuerda y una carrucha. No
había sondeos.
4.- Noches frías en el cine
de verano
En el cine de verano, si no
llevabas una rebequita, pasabas frío. Yo lo pasé algunas veces por imprudente. De
hecho, uno de los días que más frío he pasado en mi vida fue cuando proyectaron
Titanic, y eso que ya era 1998.
Entonces, al ponerse el sol se
producía un contraste térmico acusado y abrir las ventanas por la noche
permitía que la casa se refrescara de verdad. En estos tiempos el calor se
queda atrapado en los muros y en los suelos de granito tan habituales en mi
tierra, y se libera lentamente durante la noche
5.- Carámbanos y hielo
Muchos días de invierno amanecía
con carámbanos en las canales, que en ocasiones se mantenían durante toda la jornada,
lo mismo que los charcos cuajados. Los carámbanos y los charcos eran una gran
diversión para los niños.
En mi casa, era frecuente
encontrar hielo grueso en el tarro de las aceitunas aliñadas, que mi madre guardaba
en el patio, y en la tinaja de pasillo hacia el huerto, donde durante años
vivieron algunos peces que pesqué en el arroyo El Muerto, y no era extraño que esos
hielos duraran varios días.
6.- El vaho del invierno
Casi todo el invierno, al salir a
la calle, echábamos vaho por la boca de manera constante, formando una nube
espesa al hablar o respirar. También era habitual ver como la bruma o «vaho»
subiendo de los arroyos, estanques y campos de cultivo al amanecer, porque la
tierra estaba más caliente que el aire helado.
7. Las cigüeñas de antes
Las cigüeñas se iban poco
después del verano y volvían por San Blas o un poco antes. A nadie se le habría
ocurrido imaginar que más tarde veríamos a algunas todo el año. Como no se nos ocurría
a los niños preguntarnos quién traía a los bebés al mundo cuando las cigüeñas
estaban en África.
8.- Parabrisas llenos de
insectos
El parabrisas y el radiador
del coche quedaban cubiertos bajo una capa tupida de insectos. Y no era porque
los parabrisas fueran menos aerodinámicos que ahora. Simplemente había muchos más.
9.- Gorriones por todas
partes
Había muchos gorriones por
todas partes, en los parques, en las calles, sobre los veladores de los bares. A
mí me fascinaban. Mi abuelo Juan me decía: «¿Sabes qué animal es el que come en
España, se mueve en España y vive en España, pero no anda en España?». «El
gorrión», le contestaba yo, que ya estaba avisado. «¿Y sabes por qué?». «Porque
no anda, sino que da saltitos».
Al parecer, hemos perdido
millones y millones de gorriones porque ya no hay ni suficientes semillas silvestres
para ellos ni suficientes insectos blandos para sus polluelos.
10.- Tormentas y estaciones
En verano, las tormentas eran más
habituales que ahora y, salvo excepciones, menos destructivas. Todo parecía entonces
más ordenado: había primavera, verano, otoño e invierno, no como ahora, que el
calor estival se prolonga hasta bien entrado el otoño (el famoso «veroño»), el
invierno se ha comprimido a unas pocas semanas de frío intermitente y la
primavera pasa casi sin transición del fresco a días con temperaturas propias
de julio.
11.- Encinas debilitadas
No
había tantas encinas secas como ahora, y no porque entonces las larvas de los
escarabajos no las barrenaran, sino porque ahora las pillan débiles y mal hidratadas,
sin savia defensiva. Los inviernos suaves y el aumento de la temperatura media
aceleran el metabolismo del insecto dentro de la madera.
12.- Grillos, ranas y otros
animales
Mi padre me llevaba a cazar
grillos, que entonces eran abundantes, y formaban con las ranas un gran «coro»
nocturno, que ahora ha desaparecido de muchos lugares porque, al no haber
charcas, no hay ranas.
Eso sí, ahora hay más
jabalíes, más palomas y más urracas.
La plasticidad y la rigidez no
son rasgos esenciales de las cosas, sino estados que cambian según las
condiciones del sistema. En la naturaleza ocurre así, y en la vida social
también.
En las cosas, un buen ejemplo nos
lo da la arcilla.
La arcilla húmeda y maleable
representa a la sociedad en estado de plasticidad. La arcilla, en estado fresco,
se amolda a la presión de las manos del alfarero, se puede corregir, rehidratar
y volver a moldear sin destruir la materia prima, sin destruir su esencia, que
sigue siendo la misma aunque se le añadan pigmentos, agua o pequeños agregados,
que integra en su propia masa cambiando su color y textura final.
Como si fueran arcilla fresca,
las sociedades plásticas se amoldan mejor a las demandas sociales, a los
cambios tecnológicos, a las corrientes migratorias y, en general, a casi todos los
conflictos, que asumen sin intención de eliminarlos por completo, resolviendo
lo resoluble y aprendiendo a convivir con lo irresoluble.
La arcilla cocida representa a
la sociedad en estado de rigidez. Una vez que la arcilla pasa por el fuego del horno,
pierde toda el agua y se convierte en cerámica. Adquiere entonces una forma
fija, dura, impermeable y predecible. Es muy eficiente para mantener la función
para la que fue concebida, pero ya no admite correcciones y, si ejerces presión
sobre ella para cambiar su forma, no cede un milímetro, se resquebraja o se
rompe.
Muchas sociedades nacen en
estado plástico, tras periodos constituyentes o revolucionarios, y conservan durante
un tiempo su apertura y flexibilidad. Pero a medida que el sistema se
institucionaliza, crea dogmas, burocracia, tradiciones intocables e identidades
sagradas, pierde la empatía, el debate y la capacidad de reforma, y queda
expuesta a romperse al primer impacto fuerte.
De ese modo, la arcilla fresca
es la sociedad plástica, capaz de rediseñarse sin destruirse, en tanto la
arcilla cocida es la sociedad rígida, que ha petrificado sus normas y se ha vuelto
frágil, de modo que solo puede cambiar a través de la ruptura.
Pensándolo bien, algo no muy
distinto les ocurre a las personas.
La persona plástica no se
desmorona de forma definitiva ante un fracaso, una pérdida o una crisis, sino
que se dobla, procesa el dolor, aprende y se reconfigura, acepta que no lo sabe
todo, que sus opiniones pueden evolucionar con la experiencia y que integrar
distintas formas de pensar no amenaza su identidad, sino que la ensancha.
La persona rígida, en cambio,
sostiene su seguridad en dogmas inflexibles, normas estrictas, prejuicios o en
la necesidad de tener siempre la razón. Como la cerámica cocida, parece muy
fuerte mientras la vida transcurre según sus esquemas, pero cuando ocurre un
cambio inesperado o traumático que no encaja en sus reglas, no sabe adaptarse, sufre
crisis de angustia, depresión o reacciona con ira y negación. Cualquier idea o
persona que cuestione sus esquemas es percibida como una amenaza existencial,
lo que la lleva al aislamiento o a la agresividad defensiva.
Volviendo a las sociedades, lo
ocurrido en el mundial de fútbol me ha llevado a pensar en la española, que hoy
percibo de una gran plasticidad, lo cual no es un hecho fortuito, sino
consecuencia de factores históricos, sociológicos y geográficos.
Uno de ellos es la reacción alérgica
al dogmatismo que trajo consigo la Transición, pues de ser un régimen autoritario,
confesional, centralista y moralmente rígido se pasó a ser otro europeo, moderno,
abierto, tolerante y flexible, mucho más secularizado y liberal.
Otro factor es consecuencia de
la descentralización y el encaje territorial del Estado de las Autonomías. La
convivencia de identidades regionales (catalana, vasca, gallega, andaluza,
etc.) con la identidad española ha acostumbrado a la gente a no concebir la
pertenencia como algo monolítico, de manera que, aunque el debate político sea
bronco, la gestión diaria de un país descentralizado exige una adaptación
constante entre distintas Administraciones, lo que se transmite a la cultura social.
También ha sido decisiva la
llegada masiva de inmigrantes en tiempo récord y la forma pragmática en que la
sociedad española ha ido integrándolos sin asimilarlos, aceptando la diversidad
mediante la convivencia informal en el espacio público, la escuela pública y el
mercado laboral. Además, la estructura urbana española (ciudades densas, con
vida de barrio y comercio de proximidad) ha favorecido el contacto diario y la
hibridación natural, frente a la segregación espacial y la asimilación rígida
que ha fracasado en otros países de nuestro entorno.
A ello se suma el modelo de
vida mediterráneo. La vida social española se desarrolla masivamente en la
calle, en las terrazas, en las plazas y en las fiestas populares. Este contacto
cara a cara continuo genera empatía informal, suaviza los dogmas teóricos y
obliga a rozarse y convivir con el que piensa o vive de manera diferente, por muy mal que nuestros gobernantes se lleven entre sí. La fuerza
de los vínculos familiares y de vecindad ha funcionado, además, como una red de
seguridad ante las crisis económicas, aportando una flexibilidad de
supervivencia que las estructuras rígidas del Estado no siempre ofrecen.
Por último, está el impacto de
los referentes culturales y colectivos. Los grandes hitos de la España reciente
(desde la implantación de un sistema de trasplantes líder mundial basado en la
solidaridad, hasta los éxitos deportivos o culturales) no se han construido
sobre la «furia» o la imposición, sino sobre el talento colectivo, la empatía y
la gestión de la diversidad.
España, en fin, se ha vuelto
una sociedad plástica porque su historia reciente la obligó a elegir entre
adaptarse o quedarse aislada. La combinación de una necesidad imperiosa de
apertura tras la dictadura, una sociabilidad volcada en la calle y la vivencia
cotidiana de la diversidad territorial y cultural crearon como hábito colectivo
la capacidad de amoldarse a los tiempos sin romper la convivencia.