No
en vano, detrás de cada individuo que anda por la calle puede haber un
estafador, o un violador, o un asesino. El que pasa por ser un honrado padre de
familia puede estar maltratando a su mujer. El que presume de coche nuevo puede
estar arruinado. El que ha sido declarado mejor empresario del año puede ser un
explotador y el empleado supuestamente ejemplar puede estar pasando información
confidencial a las empresas de la competencia.
Detrás
de una buena nota puede haber un examen copiado. Detrás de una tesis doctoral,
un plagio. Detrás de un escritor de fama, un negro. Detrás de una victoria
deportiva, un caso de dopaje o un tongo.
Una
factura puede venir sin los impuestos obligatorios. Una declaración de la renta
puede no declarar todas las rentas obtenidas. Un currículo puede estar inflado.
Un concurso de méritos puede no haber premiado al mejor. Un pintor puede haber
firmado un cuadro con el nombre de otro. Una noticia de prensa puede haber sido
inventada o expresar como probado lo que solo es un bulo. Un programa electoral
puede contener propuestas de imposible cumplimiento.
Un
trabajador puede no estar dado de alta oficialmente. Una persona puede vivir en
un lugar distinto del que aparece en el censo. Un ingeniero puede certificar la
utilización de materiales que no se han utilizado. El envase de un producto
puede contener información fraudulenta. El Gobierno puede estar manipulando las
estadísticas oficiales. La letra pequeña de un contrato puede desvirtuar la
información que nos dio el comercial de la empresa. Un partido político puede
declarar que persigue el interés público cuando solo pretende conseguir el
poder.
El
que dice que nos ama tal vez solo quiera nuestro dinero. El que nos abraza tal
vez desee nuestra muerte. El dinero que un padre manda para los estudios de su
hijo tal vez acabe consumido en parrandas sin que él lo sepa.
De
entre todas las religiones, solo una, como mucho, es la verdadera. Todas las
demás, no lo son. Y hay quien predica la falsedad a sabiendas de que lo es.
Y
así podríamos seguir, con falsedades como las anteriores, grandes e
inteligibles fácilmente, o con falsedades pequeñas, que parecen intrascendentes
y no se notan, o que forman parte de la educación, o que se formulan por
piedad, o que son simples exageraciones. Así podríamos seguir hasta definir una
realidad virtual, que es aquella en la que vivimos, totalmente distinta de la
que subyace debajo, a la que no me atrevo a definir como la verdadera.
Porque
la verdadera es la que sentimos y comprendemos, en la que hay un equilibrio
inestable de verdades y mentiras. Ese es nuestro medio ambiente. En él
respiramos y vivimos. Y para el ejercicio de respirar y para el oficio de vivir
tan perjudiciales son la mayoría de las mentiras como algunas verdades, y tan
necesario ese ámbito entre unas y otras que supone la duda.
¿Qué
sería de la humanidad, por ejemplo, si se descubriera sin paliativos que no hay
vida después de la muerte? O en sentido contrario: ¿Qué sería de ella si se
descubriera que sí la hay? ¿Podríamos vivir, en fin, en un régimen de absoluta
verdad, bajo el permanente ojo escrutador de una mirada divina? Para el ser
humano, al parecer, lo mejor no es siempre la verdad, sino una mezcla adecuada
de verdad y de mentira.
De
otro modo, ¿qué sería de quienes se dedican a crear ficciones artísticas si en
ellas solo pudiera representase la verdad? ¿Sería posible una novela o una
película en la que todo el mundo se muestra correctamente y cómo es? Si las
novelas y las películas se demandan y se disfrutan es porque hay en ellas un
paralelismo con la realidad, una realidad en la que existe el amor callado y el
adulterio, el sufrimiento escondido y el crimen de Estado.
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