Frase original de los
recordatorios
«Admire la inteligencia y la
buena voluntad, vengan de donde vengan, sobre todo si no vienen de sus
correligionarios».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En tiempos de trincheras,
cuando la conversación pública parece organizada en bandos irreconciliables,
conviene recordar un principio de higiene intelectual y moral: admirar la
inteligencia y la buena voluntad allí donde aparezcan, sin preguntar antes de
qué grupo proceden. Es un gesto sencillo, pero exige una valentía poco común:
la valentía de reconocer el mérito ajeno incluso cuando no coincide con
nuestras afinidades.
La frase lo expresa con una
precisión admirable: admire la inteligencia y la buena voluntad, vengan de donde vengan, sobre todo
si no vienen de sus correligionarios.
Ese “sobre todo” es el corazón
de la idea. Porque lo fácil es aplaudir la lucidez de los nuestros, celebrar la
generosidad de quienes piensan como nosotros, ensalzar la virtud cuando
refuerza nuestras convicciones. Lo difícil —y lo verdaderamente civilizado— es
reconocer la inteligencia en quien discrepa, la buena voluntad en quien no
pertenece a nuestro círculo, la sensatez en quien no comparte nuestras
etiquetas.
La admiración selectiva es una
forma de ceguera. La admiración universal es una forma de lucidez.
Cuando solo valoramos lo que
procede de nuestro grupo, no estamos admirando la inteligencia: estamos
reforzando la identidad. No estamos reconociendo la buena voluntad: estamos
premiando la pertenencia. Y así, sin darnos cuenta, convertimos la conversación
pública en un espejo que solo refleja lo que ya pensamos.
Pero la inteligencia no tiene
dueño. La buena voluntad no tiene partido. La sensatez no tiene fronteras.
Quien es capaz de reconocer el
mérito en el otro —en el verdaderamente otro— demuestra una forma de grandeza
que no depende de la coincidencia, sino de la apertura. Es un acto de
honestidad intelectual: aceptar que la verdad puede aparecer en lugares inesperados,
que la bondad puede brotar en quien no esperábamos, que la lucidez no es
patrimonio de nadie.
Además, esta actitud tiene un
efecto liberador: nos permite escuchar sin miedo, aprender sin prejuicios,
dialogar sin trincheras. Nos recuerda que la inteligencia ajena no amenaza la
nuestra, que la buena voluntad del otro no disminuye la propia, que la discrepancia
no es un ataque, sino una oportunidad.
En una sociedad polarizada,
admirar la inteligencia y la buena voluntad más allá de los propios es casi un
acto de resistencia. Es negarse a vivir en un mundo dividido entre “los
nuestros” y “los otros”. Es recordar que la convivencia se construye con reconocimiento,
no con sospecha. Es entender que la verdadera madurez consiste en valorar lo
valioso, no lo afín.