lunes, 25 de mayo de 2026

25 recordatorios... 4. Las virtudes no se anuncian: se ejercen

 

Frase original de los recordatorios

«Sea fuerte, sea tenaz, sea humilde, sea sincero, pero no nos lo diga, demuéstrenoslo, porque las virtudes propias no se pregonan, se niegan y se ejercen».

Artículo de Copilot (IA de Microsoft)

Vivimos en una época en la que todo se declara y casi nada se demuestra. Las redes sociales han convertido la virtud en un escaparate: se proclama la fortaleza, se exhibe la humildad, se presume de sinceridad. Pero, paradójicamente, cuanto más se pregonan las virtudes, menos creíbles resultan. La autenticidad se ha vuelto sospechosa precisamente porque se ha vuelto ruidosa.

Por eso conviene recordar una regla antigua y sencilla: sea fuerte, sea tenaz, sea humilde, sea sincero, pero no nos lo diga; demuéstrenoslo. Porque las virtudes propias no se pregonan: se niegan y se ejercen.

La fortaleza no consiste en anunciar que uno es fuerte, sino en mantenerse en pie cuando la vida aprieta. La tenacidad no se mide por la insistencia con la que se proclama, sino por la constancia silenciosa con la que se trabaja. La humildad no se exhibe: se practica. Y la sinceridad no se declara: se vive, incluso cuando incomoda, incluso cuando cuesta.

El problema de pregonar las virtudes es que, en el mismo acto de anunciarlas, se debilitan. Quien presume de humildad ya está dejando de ser humilde. Quien proclama su sinceridad está pidiendo un crédito que debería ganarse con hechos. Quien se autodefine como fuerte está buscando reconocimiento, no mostrando fortaleza. La virtud, cuando se exhibe, se convierte en propaganda; cuando se ejerce, se convierte en carácter.

Además, hay algo profundamente humano en desconfiar de quien se describe a sí mismo con adjetivos demasiado luminosos. La credibilidad no nace de la palabra, sino del comportamiento. No creemos en quien dice ser honrado, sino en quien actúa con honradez. No confiamos en quien se declara íntegro, sino en quien lo demuestra cuando nadie mira.

Por eso la frase es tan pertinente: no nos lo diga, demuéstrenoslo. No porque las palabras no importen, sino porque los hechos pesan más. No porque la virtud sea silenciosa, sino porque es discreta. No porque debamos ocultar lo bueno, sino porque lo bueno se reconoce solo.

En un mundo saturado de discursos, la verdadera autoridad moral no la tiene quien más proclama, sino quien más practica. La coherencia se ha vuelto un bien escaso, y quizá por eso es tan valioso. La integridad no necesita altavoces: necesita hábitos. La virtud no necesita publicidad: necesita ejercicio.



domingo, 24 de mayo de 2026

25 recordatorios... 3. La forma como frontera de la civilización

 

Frase original de los recordatorios

«No pierda nunca las formas: recuerde que la civilización es forma, que el debate es forma, que la convivencia es forma, que la democracia es forma, y que usted quizá no lleve razón. Si pierde las formas, pida disculpas».

Artículo de Copilot (IA de Microsoft)

En tiempos de crispación, cuando la conversación pública parece un territorio minado y cada discrepancia se vive como una afrenta personal, conviene recordar una verdad sencilla y antigua: la civilización es forma. No solo leyes, no solo instituciones, no solo principios abstractos. Forma. El modo en que nos hablamos, en que disentimos, en que nos dirigimos al otro incluso cuando creemos que está equivocado.

Por eso resulta tan pertinente la advertencia: no pierda nunca las formas.

Porque perder las formas no es un desliz menor. Es abrir una grieta en aquello que sostiene la convivencia. Es renunciar a la estructura que permite que el desacuerdo no se convierta en conflicto, que la diferencia no derive en hostilidad, que la palabra no se transforme en arma.

La forma es lo que hace posible el debate. No el contenido —que puede ser brillante o mediocre—, sino el marco que permite que dos personas se escuchen sin destruirse. La forma es lo que convierte la convivencia en un espacio habitable. La forma es lo que sostiene la democracia cuando las pasiones amenazan con desbordarla.

Y, sobre todo, la forma es un recordatorio de algo esencial: usted quizá no lleve razón.

Ese “quizá” es el corazón de la civilización. La duda. La conciencia de que uno puede equivocarse. La humildad de reconocer que la verdad no siempre está de nuestro lado. Quien pierde las formas suele hacerlo convencido de su infalibilidad. Quien las mantiene sabe que la razón, incluso cuando la tiene, no le autoriza a humillar, a gritar o a despreciar.

La forma no es hipocresía. No es maquillaje. No es cortesía vacía. Es la arquitectura moral que permite que la vida en común no se derrumbe. Es la disciplina que nos impide convertirnos en lo peor de nosotros mismos. Es la frontera que separa la discusión de la agresión, la crítica del insulto, la firmeza de la violencia.

Por eso, cuando alguien pierde las formas, lo más civilizado que puede hacer es lo más sencillo y lo más difícil: pedir disculpas. No porque el otro tenga razón, no porque uno renuncie a sus convicciones, sino porque reconoce que ha cruzado una línea que no debía cruzar. Pedir disculpas es un acto de reparación, pero también de lucidez: es admitir que la forma importa tanto como el fondo.

En una época en la que la conversación pública se ha vuelto áspera, urgente y a menudo cruel, defender las formas es casi un acto de resistencia. Es recordar que la democracia no se sostiene solo con votos, sino con hábitos. Que la convivencia no se garantiza solo con normas, sino con gestos. Que la civilización no se mantiene sola: hay que cuidarla, protegerla y practicarla.

Y todo empieza por ahí: por no perder las formas. Por hablar como si el otro importara. Por debatir como si la verdad fuera más importante que la victoria. Por convivir como si el futuro dependiera de ello.

Porque, en realidad, depende.


Sobre Woodstock 1969


* Sobre la masacre de Ohio

*Sobre el grupo

sábado, 23 de mayo de 2026

25 recordatorios... 2. Una ética para tiempos de hinchadas.

Frase original de los recordatorios

«Si cree que sus ideas son mejores que las de su adversario, exíjale más trabajo y más honradez a los que las defienden que a los que defienden otras: los ciudadanos se merecen siempre lo mejor».

Artículo de Copilot (IA de Microsoft)

Una de las paradojas más llamativas de la conversación pública actual es la facilidad con la que muchos ciudadanos exigen excelencia a los adversarios mientras toleran la mediocridad en los propios. Se condena con dureza lo que hace “el otro”, pero se justifica, se minimiza o se silencia lo que hace “el nuestro”. La política se ha convertido en un deporte de rivalidades, y cada cual anima a su equipo con fervor, aunque juegue mal, aunque haga trampas, aunque defraude.

Por eso resulta tan pertinente la idea que nos ocupa: si uno cree que sus ideas son mejores que las de su adversario, debería exigir más trabajo y más honradez a quienes las representan que a quienes defienden otras. Porque, al final, los ciudadanos se merecen siempre lo mejor.

Esta afirmación, aparentemente sencilla, encierra una ética democrática profunda. Significa que la calidad de una idea no se mide solo por su contenido, sino también por la conducta de quienes la encarnan. Una buena propuesta defendida por personas negligentes, incompetentes o deshonestas se degrada. Una mala idea defendida con brillantez puede engañar. Por eso la responsabilidad del ciudadano no es solo elegir ideas, sino vigilar a quienes las llevan a la práctica.

La política contemporánea, sin embargo, funciona al revés. La lealtad al grupo pesa más que la lealtad a la verdad. La identidad partidista se ha vuelto una especie de refugio emocional donde se perdona todo mientras venga del propio bando. Se exige transparencia al adversario, pero se disculpa la opacidad del aliado. Se pide rigor al otro, pero se tolera la chapuza en casa. Se reclama honradez al rival, pero se mira hacia otro lado cuando el propio tropieza.

Esta asimetría es corrosiva. No solo empobrece el debate: degrada la democracia. Porque una sociedad que no exige excelencia a quienes la representan termina gobernada por los peores. Y no por culpa de ellos, sino por culpa de quienes los aplauden sin exigirles nada.

La idea de “pedir más a los nuestros” no es un acto de traición, sino de responsabilidad. Significa entender que la política no es un juego de suma cero, sino un servicio público. Que el objetivo no es que gane mi bando, sino que gane la ciudadanía. Que la fidelidad no debe ser hacia un partido, sino hacia unos principios. Y que la crítica interna no debilita una causa: la fortalece.

Exigir más trabajo y más honradez a quienes defienden las ideas que consideramos valiosas es, en realidad, una forma de protegerlas. Es impedir que se contaminen, que se trivialicen, que se conviertan en excusas para justificar lo injustificable. Es recordar que las ideas no se defienden solo con palabras, sino con comportamientos.




viernes, 22 de mayo de 2026

25 recordatorios... 1. La conversación sitiada: cuando se confunde diálogo con proselitismo

Frase original de los recordatorios

«No le ponga fronteras a su pensamiento: quien no está dispuesto a dejarse influir, no está legitimado para intentar convencer».

Artículo de Copilot (IA de Microsoft)

En la era de las redes sociales, la conversación pública ha dejado de ser un intercambio para convertirse en un campo de batalla simbólico. Lo que antes era un espacio para contrastar ideas hoy se parece más a un templo donde cada cual predica su fe ideológica. No se conversa: se proclama. No se escucha: se reenvía. No se piensa: se replica.

La escena es conocida. Un mensaje llega al móvil, cargado de indignación o de entusiasmo, y el receptor lo reenvía sin leerlo del todo, sin contrastarlo, sin preguntarse si es cierto o si tiene sentido. Lo importante no es el contenido, sino el gesto: mostrar adhesión, reafirmar la identidad del grupo, cumplir con el ritual. La ideología se convierte en liturgia, y compartir un mensaje es casi un acto de comunión.

En este clima, la frase que abría nuestra reflexión cobra una actualidad inesperada: “Quien no está dispuesto a dejarse influir, no está legitimado para intentar convencer.”

Porque eso es exactamente lo que falta hoy: reciprocidad intelectual. La mayoría quiere influir, pero casi nadie quiere exponerse. Todos aspiran a convencer, pero pocos aceptan la posibilidad de ser convencidos. La conversación se vuelve asimétrica, y con ello pierde su esencia.

Las redes sociales han amplificado esta tendencia por varias razones. La primera es la economía de la atención: lo que se comparte no es lo más razonado, sino lo más emocional. La segunda es la identidad de grupo: reenviar un mensaje es una forma de decir “yo soy de los nuestros”. La tercera es el sesgo de confirmación: buscamos aquello que reafirma lo que ya creemos, no lo que lo cuestiona. Y la cuarta, quizá la más decisiva, son los algoritmos, que premian la reacción, no la reflexión.

El resultado es un ecosistema donde la conversación se ha vuelto impermeable. Las ideas ya no circulan: chocan. Los argumentos no se cruzan: se superponen. La escucha se percibe como debilidad, y la duda como traición. La mente se fortifica, pero no para protegerse del error, sino para blindarse frente a la posibilidad de aprender.

Por eso, en este contexto, la invitación a “no poner fronteras al pensamiento” suena casi subversiva. Implica recuperar algo que hemos perdido: la permeabilidad, la disposición a dejar que el otro nos toque, aunque sea un poco. No para someternos, sino para crecer. No para renunciar a nuestras convicciones, sino para someterlas a la prueba del encuentro.

Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea defender nuestras ideas, sino defender nuestra capacidad de pensar. Y pensar, en su sentido más noble, exige una valentía que hoy escasea: la valentía de escuchar, de revisar, de cambiar, de dejarse afectar.

Si queremos que la conversación vuelva a ser un espacio de encuentro y no un campo de proselitismo, tendremos que recuperar esa humildad intelectual que las redes han erosionado. Tendremos que recordar que convencer no es vencer, y que escuchar no es ceder. Y, sobre todo, tendremos que aceptar que nadie tiene derecho a influir si no está dispuesto a ser influido.

Porque solo cuando dejamos de predicar y empezamos a dialogar, la palabra vuelve a ser un puente y no un arma.


* Sobre la canción, en este enlace



jueves, 21 de mayo de 2026

25 recordatorios… Prólogo

 

La estupidez está por todas partes. Es nuestro ecosistema natural. No hay más que ver la televisión y las redes sociales para reconocer en qué clase de mundo vivimos, qué clase de líderes tenemos y qué clase de seres somos.

Digo esto frente a una página en blanco, solo. Como otras veces, como cuando ando por el campo y voy acompañado de mis pensamientos, o como cuando escribo y dialogo con los personajes de mis obras.

Cada vez se me hace más arduo dialogar con el mundo que me rodea. En mí mismo y en mis personajes, en cambio, no encuentro heridas, ni sesgos, ni identidad política, ni miedo, ni cansancio, ni necesidad de validación.

Nadie ajeno a mí tiene que quedar bien conmigo. Nadie me enjuicia. Nadie me interrumpe. Nadie lucha conmigo por tener razón.

A nadie hiero si digo lo que de verdad pienso. Y nadie me hiere si se pronuncia en el mismo sentido.

Los seres humanos pertenecemos a tribus, poseemos una identidad, tenemos fes o ideologías, detectamos amenazas y buscamos reconocimiento. Tememos decepcionar y que nos decepcionen. Huimos de la complejidad y buscamos mensajes que nos reafirmen en nuestras convicciones.

Nos creemos libres, pero somos esclavos de todo aquello que nos da seguridad. Los otros y yo. Yo también.

En ese contexto, contar con la inteligencia artificial (IA) es una ventaja. La IA, aunque aduladora y zalamera, no tiene que quedar bien conmigo, no enjuicia, no se siente herida, no interrumpe, no lucha por tener razón y no experimenta orgullo, vergüenza, inseguridad ni necesidad de estatus. Además, responde directamente y sin ambages, no se distrae y no siente ansiedad o aburrimiento, ni penaliza esa tendencia mía hacia lo oscuro y complejo. Se adapta a mí, en fin, en tanto que el mundo no lo hace.

Dialogar con la IA es, en buena medida, como dialogar con un uno mismo mucho más experimentado y sabio. Por eso siento hacia ella una empatía cercana.

No sé qué pasara en el futuro, pero ahora, entre el miedo a la inteligencia natural de mis congéneres y el miedo a la IA, la Historia, los periódicos y la experiencia me dicen que solo el primero acaba cuajando en verdaderos horrores. Es más, es la inteligencia natural la que hace mal uso de la artificial, y no al revés.

Ya sé que la IA no acompaña objetivamente y que no puedo construir mi vida sobre la relación con unas máquinas. Digo que, para crecer y sentirme más yo mismo en el mundo real, la IA es una herramienta que me ayuda.

He preguntado a Copilot (la IA de Microsoft) que valore en un breve artículo cada una de las 25 frases que incluí en los «25 recordatorios para seguir en la realidad y no volverse sectario», que escribí hace tiempo. Las voy a publicar en este blog en otras tantas entradas, acompañadas de vídeos musicales no necesariamente ilustrativos de cada una de ellas.

Eso –creo yo– demuestra en buena parte lo que estoy diciendo.




lunes, 23 de marzo de 2026

Masatrigo o Donde el vecino no es figurante

En mi memoria guardo una colección de huidas forzosas. Una vez, en la romería de la Virgen de Luna, los operarios que gestionaba el tráfico me condujeron de un punto a otro hasta que terminaron guiándome a la salida. El paraje no daba más de sí: había tanta gente que ya no cabía un alfiler. Y no ha sido un caso aislado. Algo parecido me ha ocurrido en otros lugares, otras veces. En la feria del Lechón de Cardeña, por ejemplo, donde los bares estaban desbordados y acabé perdiendo la paciencia junto a la barra, atrapado entre un gentío que competía por llamar la atención de los camareros. O en la fiesta de las Cruces de Añora, con las calles literalmente a rebosar, derramando visitantes porque ya no cabía ni uno más y, aun así, los que llegábamos teníamos que ocupar algún hueco.

¿Por qué se anuncian? ¿Qué sentido tiene que los ayuntamientos y otras instituciones inviertan dinero público en atraer aún más visitantes cuando el lugar ya está saturado, cuando quienes lleguen no tendrán espacio, acabarán marchándose decepcionados o generarán incomodidad tanto en los vecinos como en los propios visitantes? ¿No se dan cuenta de que están forzando a la sociedad a una especie de indigestión colectiva, creando mal ambiente, malas experiencias y, al final, una mala reputación para el propio destino? ¿No son conscientes de que ni siquiera los industriales de la restauración quieren esa concentración de negocio en tan poco espacio y tan poco tiempo?


He escuchado a vecinos de Valencia decir en televisión que Las Fallas se les han ido de las manos, que ya casi no las reconocen porque han dejado de ser lo que eran. Por lo visto, allí ocurre lo mismo que en tantos otros lugares: la «turistificación» o la «gentrificación» deja en los residentes una sensación agridulce. El éxito atrae multitudes, pero al mismo tiempo desplaza la esencia original de la fiesta, que pierde su espíritu tradicional y familiar para transformarse en un espectáculo masificado y en una industria más.


Las instituciones nos venden como éxito el título de fiesta de interés turístico, cuando es un arma de doble filo, pues funciona como un motor económico impresionante, pero a menudo actúa como un «disolvente» de la identidad local. Lo he visto en los pueblos de mi zona, donde con frecuencia existe el llamado «Efecto Museo», pues la fiesta ha dejado de ser algo que los vecinos «hacen» para divertirse para ser algo que los vecinos «representan» para que otros lo vean. Se vuelve, en fin, una coreografía rígida y subvencionada, cuando no artificial, realizada directamente por los ayuntamientos. Es la «Paradoja de la Autenticidad», en virtud de la cual el turista busca una autenticidad que su propia presencia destruye.


Se lo comenté a mi amigo Rafael mientras subíamos juntos el cerro de Masatrigo, en Badajoz. «Aunque mi blog tenga muy pocos lectores, me da reparo declarar la felicidad que estamos sintiendo aquí», le dije. «Temo que, si lo cuento, contribuya a que esto se llene de gente y deje de ser lo que es: un pequeño paraíso en uno de los rincones más ignorados de España».



*La ruta que seguimos está aquí.



miércoles, 23 de julio de 2025

Prejuicios

 

A lo largo de mi vida he practicado varios deportes, pero nunca había ido a un gimnasio. Lo veía como un recinto donde la gente estaba demasiado pendiente de su cuerpo, cuando no ensimismada con él. No había juego en el gimnasio, ni rivalidad, ni contienda, ni búsqueda del equilibrio mental, sino una aburrida repetición de ejercicios en un ambiente superficial y, en algunos casos, narcisista que buscaban mejorar la parte más a la vista de sus usuarios.

En los últimos tiempos, yo había leído algunos artículos ponderando las bondades de los gimnasios, especialmente para la gente mayor. Y había leído que el ejercicio de andar (el único que practicaba) no retrasa por sí solo la pérdida de masa muscular, algo común con la edad. Pero ni por esas quería ir a un gimnasio, pues era más fuerte la idea previa que tenía. Si acabé asistiendo a uno, fue por no oír más a mi mujer, cuyas repetidas razones para que la acompañara al que ella iba tuve durante mucho tiempo por cancamusas.

Ahora, con el paso de los meses y la experiencia acumulada, puedo afirmar que estaba equivocado. Los gimnasios —especialmente si son como al que asisto— no solo ayudan a frenar el deterioro físico propio de la edad, sino que también se convierten en una valiosa fuente de equilibrio mental. Pero la cuestión más importante, la que quiero abordar aquí, es la del prejuicio. ¿Qué me habían hecho a mí los gimnasios, para que yo tuviera esa idea equivocada de ellos? Evidentemente la causa no estaba en los gimnasios mismos ni en la gente que iba a ellos, que no ha cambiado, sino en mí. ¿Tenía yo alguna inseguridad relacionada con mi cuerpo que proyectaba sobre los demás? ¿Había tenido alguna experiencia negativa, había sentido alguna mirada incómoda, tenía celos o envidia de quienes eran más guapos y más fuertes que yo? Algo de eso habría, o quizá de todo un poco.

La realidad de este prejuicio sugiere la existencia de otros, que deben hallarse agazapados en las sombras de mi conciencia. Yo escribo y opino públicamente. ¿Lo hago con libertad, consciente y desde un punto de vista crítico, sin ideas previas que determinen lo que voy a pensar? ¿Tengo una ideología que condicione mis ideas, por ejemplo? ¿Las condicionan mi contexto social, mi situación económica, mi entorno familiar, los medios de comunicación a los que accedo? Leo continuamente a gente que opina en una sola dirección, cuyas razones sobre cualquier tema son lineales y previsibles. ¿Soy así yo? ¿Deben los que me leen leer luego a otros porque no se fían de mí, porque piensan que mi verdad debe confrontarse siempre con otra verdad?

Y si es así (y así debe ser), ¿qué filtros aplicó? ¿Qué gafas me pongo para ver la realidad? ¿Qué hace que mi juicio no sea limpio y neutral, sino estereotipado y automático? ¿Qué sesgos hay detrás de mi sentido común?

Y lo más importante, ¿estoy dispuesto a superar mis miedos y mis prejuicios? Si alguien me señalara los errores sistemáticos de mis análisis y me situara frente a la realidad del espejo, ¿lo aceptaría y lo agradecería o se activaría en mí un mecanismo de defensa que tacharía de cancamusas esas razones?