miércoles, 8 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 25. Dar pábulo a la mentira


8-4-2020


En «maldita.es», página de Internet dedicada a desenmascarar bulos, hay un montón de entradas falsas referidas a Pablo Iglesias. Y sobre Pablo Casado. Y sobre Inés Arrimadas. Y sobre Pedro Sánchez. Y sobre Santiago Abascal. Y sobre un montón de líderes y no líderes políticos. Hay un montón de entradas falsas sobre el coronavirus. Hay un montón de entradas falsas sobre un montón de materias, quizá hasta sobre ti, amable lector de esta página.

Presumo que las entradas falsas sobre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez corren muy deprisa entre los seguidores de derechas y, por utilizar una analogía, que las entradas falsas sobre Pablo Casado y Santiago Abascal corren muy deprisa entre los votantes de izquierdas, en tanto que las de Inés Arrimadas lo hacen entre los votantes nacionalistas. Es decir, corren entre quienes están más dispuestos a dar pábulo a la mentira.

Corren independientemente de la formación que tengan los transmisores del bulo, entre analfabetos, entre «ninis» y entre universitarios, iluminados todos por una verdad que necesitan transmitir para realizarse completamente, porque son como apóstoles y se sienten obligados a predicar su particular evangelio. Y así llegan a mi teléfono, y así llegan a mis oídos, y así intentan convencerme de la VERDAD, una verdad que es mentira: los unos, de lo buenos que son ellos y lo malos que son los otros. Los otros, de lo malos que son los otros y lo buenos que son ellos.

¡Qué «jartez»! ¡Qué cansancio! Por favor, ¡reforzaos entre vosotros y dejadnos a los demás con nuestra música, nuestras fotos y nuestras palabras de ánimo! ¿No os habéis dado cuenta de que hay mucha gente que no quiere ser salvada?

martes, 7 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 24. Los niños de otros


7-4-2020

Antes, cuando nuestros hijos eran pequeños, los amigos buscábamos establecimientos donde ellos pudieran moverse más o menos tranquilamente. Por muchos niños que hubiera y carreras que diesen, nuestros hijos no nos molestaban, porque eran los nuestros y porque estábamos acostumbrados a tenerlos en casa, donde las carreras eran más o menos las mismas.

Nosotros, además, éramos padres mediterráneos, es decir, de los que no coartaban demasiado la creatividad natural de los niños, que suele ser expansiva y tiende al movimiento, dicho sea finamente. O dicho en términos menos finos, queríamos que se desfogaran antes de volver al redil de la casa, para que se durmieran pronto. Por eso, cuando viajábamos, veíamos con asombro a las familias nórdicas, en las que los niños estaban siempre perfectamente callados, perfectamente sentados, perfectamente tranquilos, como si estuvieran siendo educados por una institutriz amargada.

Ahora que nuestros hijos son mayores y ya son de ellos mismos, los amigos vamos solos, como es natural. Pues bien, ahora nos incomodan los niños. No soportamos sus carreras ni su mala educación, ni entendemos cómo sus padres no hacen lo posible para que se comporten como es debido, esto es, sin incordiar. Porque eso es lo que son los niños de otros en un recinto cerrado, un auténtico incordio, y a veces hace falta mucha serenidad ciudadana para no pedir a algunos padres que presten una poca atención a sus hijos, por favor.

Cuando eso ocurre, cuando los niños de otros nos molestan, siempre hay algún amigo o, más frecuentemente, alguna amiga que nos pide paciencia echando mano del recuerdo: ¿Es que ya no nos acordamos de los nuestros? ¿Se nos ha olvidado el auténtico coñazo que eran nuestros hijos? Pues no nos acordamos. Pues sí, se nos ha olvidado. Por eso es tan conveniente que alguien nos apunte que el "hoy por ti mañana por mí" también debe aplicarse al entretenimiento de los niños.

He rememorado esto porque veo que hay confinamientos y confinamientos: mis hijos son grandes y viven en sus casas. Yo estoy tranquilamente en la mía, sin niños. ¿Cómo estarán pasando la clausura esas familias con hijos pequeños, en pisos pequeños?

lunes, 6 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 23. Meta conseguida


6-4-2020

Pocas actividades hay que me produzcan tanto placer como andar, especialmente cuando lo hago por lugares desconocidos. Cuando voy por un camino, me siento como un elemento más del ambiente, como un cazador-recolector primitivo para el que todo en el mundo está dotado de alma propia, es secreto y mágico. Andando aprendo mucho: si voy acompañado, porque la charla suele ser distendida y aporta a mi razón puntos de vista distintos de los míos, que de otra forma permanecerían velados. Si voy solo, porque la mente hila pensamientos a la manera que el subconsciente genera los sueños, sin saber por qué y desde lo más adentro de mí mismo.

La vida es como un juego en el que hay que disfrutar las victorias parciales, porque al final siempre acabarás perdiendo. Los que han jugado conmigo saben que soy muy competitivo y que me gusta mucho ganar. Cuando no hay competidor, como es el caso del senderismo, la lucha siempre es contra uno mismo. En el senderismo hay que plantearse retos, si quieres tener el placer del juego. Yo me los planteo.

Todos los retos deben ser difíciles pero posibles. Ese lema de que "nada es imposible" es un cuento y genera muchas frustraciones. Hay muchas metas imposibles, casi todas lo son. A estas altura de mi vida, yo no puedo proponerme saltar dos metros de altura o aprender chino, por ejemplo. Mis metas tienen que ir en consonancia con mis potencialidades y no perjudicarme, ni física ni mentalmente. Otra cosa es que no conozca mis límites y me encoja, es decir, que me vea incapaz de algo para lo que con esfuerzo estaría capacitado.

Ayer era domingo. Los domingos salgo a andar y ayer anduve. ¿Que no tenía camino? Tenía el pasillo de mi casa. ¿Que no tenía compañía? Tenía el murmullo de mis propios pensamientos y, sobre todo, la posibilidad de estar haciendo otra cosa mientras andaba.

Tengo uno de esos relojes modernos que dicen cuántos pasos das. Yo me había propuesto el reto de dar 10.000, los mismos que me planteo como meta diaria y casi nunca consigo. Pues bien, al acabar el día el reloj recogía más de 12.700 pasos. Satisfacción plena, meta conseguida.

domingo, 5 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 22. Nos debes una paella


5-4-2020

Juan siempre ha sido previsor, de los que se anticipan a los acometimientos, de esos que otean desde lejos el territorio por el que deben avanzar. Antes de irse a Sevilla a estudiar, por ejemplo, hizo un curso de cocina básica organizado por el Ayuntamiento de Pozoblanco para estudiantes que debían abandonar el hogar familiar. Y creo que lo aprovechó bien, y que le sirvió para no ser como su padre, un perfecto desastre como cocinero en su época de universidad.

Aún recuerdo el día en el que, delante de mí, sentados los tres junto a la mesa de la cocina, le dijo a su hermano que no podía conformarse con saber inglés, que debía aprender otro idioma para tener un punto extra de excelencia. Él estudió alemán por su cuenta, a fuerza de voluntad, mientras sacaba adelante su carrera de ingeniero. Estuvo estudiando un año en Austria y, cuando terminó la carrera, se fue a Alemania a buscar trabajo. Lo pasó mal al principio, pero creo haber dicho aquí que su madre los educó a él y a su hermano para que fueran «fuertes y valientes» y aguantó hasta que consiguió lo que quería.

Cuando estaba en Alemania, siguió con su afición por la cocina. Juan, además de voluntarioso, es abierto, amable, solidario, comprometido, sincero… Cae bien porque es buena persona y tiene don de gentes. Estando en Alemania se compró los útiles para hacer paellas, ese plato tan español y tan dado a la celebración. Su amigo y compañero de piso Pedro y él aprovecharon la compra muy bien y organizaron numerosas fiestas en el jardín de su casa, a las que invitaban a paella a sus amigos españoles y alemanes.

Juan volvió a España hace poco más de un año, a Madrid. Ahora está más cerca y viene más a esta que siempre será su casa, aunque no tanto como nos gustaría a su madre y a mí. Como sabe que un día de Semana Santa invitamos a algunos amigos a comer, hace algún tiempo se ofreció para hacernos una paella y habíamos quedado en que fuera hoy, Domingo de Ramos. Las circunstancias, sin embargo, lo han hecho imposible.

Queda aplazado, Juan. Ya sé que no te gustará lo que escribo, que lo considerarás excesivo y te sentirás un punto avergonzado, que negarás casi todo lo bueno que de ti he dicho. Haces bien: las virtudes se ejercen, como haces tú, y, como haces tú, se niegan cuando alguien las hace públicas, o, cuando menos, se moderan. Pero qué le vamos a hacer, esto es la declaración pública de amor de un padre. Y aunque a ti te parezca imprudente, y aunque a otros les parezca exagerado, yo pienso que todo eso y mucho más es verdad. Perdóname, Juan, pero hoy tenía que decir bien alto y bien claro que me alegro mucho de ser tu padre y que te quiero.

sábado, 4 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 21. Mi calle


4-4-2020

Cuando yo era chico, las casas de mi pueblo no estaban preparadas para estar en ellas, sino para dormir en ellas, como lo demuestra el hecho de que en casi todas hubiera una especie de sala de estar de bonito o para las visitas, que tenía los mejores muebles y, por paradójico que parezca ahora, no se utilizaba nunca, y que las habitaciones fueran oscuras, frías, poco ventiladas y muy pequeñas. Los niños compartíamos habitaciones y camas. En mi caso, mis dos hermanos compartían una cama y yo, durante varios años, compartí en la misma habitación la otra cama con un primo.

La vida se hacía entonces en la "salita", que también hacía de comedor, en la que el mueble principal era la mesa camilla, que tenía una tarima de madera, un brasero de picón y una enagüillas (localismo pedrocheño de faldas), además de un cajón debajo del tablero en el que se guardaba el "plato" con los alimentos que habían sobrado de otras comidas, que siempre se sacaba de refuerzo o como segundo plato. (En algunas casas, como en la de mi abuela Petra, en ese cajón también había una torreznera).

A los niños no nos importaba la poca habitabilidad de las casas porque vivíamos en la calle. Y, por la misma razón, tampoco les importaba demasiado a nuestras madres, que eran las encargadas de nosotros. Había peligros, pero estaban más allá de la calle, en los pozos, en los tendidos eléctricos, en las peleas con los muchachos de otros barrios… La calle no era hostil, sino hospitalaria, y nos acogía de tal modo que nosotros éramos felices en ella.

Yo no creo que la patria sea la infancia, como dicen algunos, ni me siento especialmente identificado con la mía, pero sí recuerdo con mucho cariño las experiencias de calle que viví y, afortunadamente, conservo de mi calle lo más importante, los amigos. De hecho, muchos de mis amigos de ahora son los mismos que tenía cuando era chico y jugaba con ellos en la calle Demetrio Bautista de Pozoblanco, la mía, la nuestra.

Quizá venga de ahí, de mi infancia, mi fijación con lo que la calle representa. Ya lo he dicho aquí y lo repito ahora: para mi es suficiente una habitación con una cama, un ordenador y una puerta a la calle. Y soy afortunado porque, a día de hoy, tengo todo eso y mucho más, aunque la puerta se encuentre temporalmente cerrada.

viernes, 3 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 20. Un polvorín de mascarillas


3-4-2020

Cuando estaba haciendo el servicio militar, allá por el año 1981, pidieron en mi cuartel voluntarios para probar granadas en el polvorín de El Vacar, situado cerca de esa aldea, en el término municipal de Villaviciosa de Córdoba. Yo, que llevaba un lanzagranadas en las maniobras y había enseñado a otros a usarlo, me apunté voluntario con la esperanza (iluso de mí, porque luego no hubo nada) de que me dieran unos días de permiso.

Un comandante que vino de Sevilla, un cabo primero y yo, que era soldado raso, nos montamos en un coche y nos fuimos al polvorín, donde cogimos una muestra de las granadas que allí se almacenaban para probarlas en el campo de tiro de El Muriano, ubicado no muy lejos. Recuerdo que yo las sacaba de la caja y que el comandante las lanzaba tirando del gatillo del lanzagranadas con una cuerda cuando los tres estábamos protegidos detrás de un peñasco cercano.

La batallita viene a cuento por lo que su fondo representa de previsión: el ejército tenía un polvorín en el que se almacenaba munición por si se necesitaba para una guerra. Y tenía la previsión de probar los explosivos almacenados allí, por si estaban en malas condiciones y debían sustituirse. "Si quieres la paz, prepárate para la guerra", he leído en los cuarteles, frase que han copiado casi todas las sociedades del mundo del pensador romano  Flavio Vegecio Renato.

Para la guerra que estamos luchando, sin embargo, nadie había pensado en un polvorín de trajes protectores y mascarillas, de manera que se ha mandado a nuestros soldados al frente con dos balas y en pantalones vaqueros. Y así les ha ido. Y así, sacrificados ellos ante el enemigo y rotas las líneas de defensa propia en cuestión de días, nos ha ido a todos.  

Supongo que esta enorme imprevisión cambiará cuando todo esto pase y que se destinarán fondos para reservas de material de autoprotección y para su logística. Espero que nadie se oponga.

Espero que nadie argumente que no hay dinero, porque solo en trámites inútiles entre Administraciones, festejos y propaganda se va un dineral. Yo lo sé bien, me dedico a ello.  

jueves, 2 de abril de 2020

Viviendo en la distopía 19. La lejía


2-4-2020

Ayer tuve un pequeño accidente doméstico: unas cuantas gotas de lejía cayeron sobre la manga derecha del jersey que llevaba y se comieron el color. Era lo previsible, tarde o temprano tenía que ocurrir por mucho cuidado que tuviera: tanto va el cántaro a la fuente que al final… Y es que ando todo el día lejía para arriba lejía para abajo, con los pomos, los grifos, los suelos... Y supongo que todo el mundo andará igual. No sé de dónde sacarán tanta lejía.

Se ve que la lejía no deja títere con cabeza: si en un momento se come los colores, también debe de comerse lo que hay antes de los colores, bacterias y virus incluidos. En estos momentos, la lejía es nuestro mejor aliado, de eso no cabe duda.

Y el caso es que nadie se acuerda de ella cuando de colgar medallas se trata. La lejía es una humilde servidora. Es de esos elementos que están ahí siempre a nuestra disposición, para lo que haga falta, silenciosamente y en una botella grande, gorda y fea. Y además es barata, muy barata.

Si oliera mejor, si viniera en una botella de diseño y fuera mucho más cara, seguramente le prestaríamos la misma atención que a un perfume, y hasta la regalaríamos por Navidad o para los cumpleaños. Pero la lejía es como esos millones de personas anónimas que están en el tajo, sacando la familia adelante, sacando el país adelante.

No es como esos deportistas que ganan millones por hacer lo que les gusta o como esos artistas que venden su nombre para una línea de cosméticos a cambio de un porrón de dinero. La lejía es como los albañiles, o como los camioneros, o como los pescadores, o como los auxiliares de clínica. Como tú y como yo.

La macha en el jersey, en fin, me ha hecho pensar: ahora que los estadios están vacíos y las tiendas de cosméticos se encuentran cerradas, prestamos más atención a todas esas personas que siguen manteniendo la sociedad desde el anonimato, de una forma tan sencilla y efectiva como la lejía. ¿Qué ocurrirá luego, cuando todo esto pase? ¿Nos olvidaremos de ellos, los dejaremos en un rincón del trastero, como a buen seguro haremos con la lejía?