sábado, 28 de enero de 2023

La mala vida en Los Pedroches, de José Luis González Peralbo*

 

La Historia es como el juego entre la memoria y el olvido. En la memoria, quedan las referencias importantes, los hechos traumáticos o significativos, y lo demás, se olvida. En la Historia, que parte con la escritura, se estudian los hechos importantes de las sociedades y lo demás, no se estudia. Y los hechos importantes son los protagonizados por la gente importante.

Hasta no hace tanto tiempo, la Historia se veía como vemos una película. En las películas hay protagonistas, que son los que llevan el peso del argumento, hay coprotagonistas y hay numerosos personajes secundarios. Pero en una película hay más gente aparte de esa, están los figurantes, que no son protagonistas ni personajes secundarios, sino parte del paisaje.

Tampoco las personas comunes, la gente, eran nadie a efectos de la Historia.

Solo mucho después, cuando los historiadores se dieron cuenta de la importancia que tenían las ideas en el devenir de los cambios que aparecían en la sociedad, y especialmente a partir de los cambios provocados por el movimiento obrero, se empezaron a estudiar los movimientos sociales.

Así que tenemos, por un lado, a los grandes nombres y, por otro, al pueblo entendido como sujeto único en los movimientos sociales. Ambos son ahora, en los tiempos actuales, protagonistas de la Historia. Pero, ¿dónde quedan las entrañas de la sociedad, sus vísceras, su minuto a minuto? ¿Dónde, la identidad de las personas que sufren las decisiones de los grandes mandatarios, la identidad de las personas que salían a la calle para protestar o para hacer las revoluciones? ¿Dónde, la explicación de cómo vivían esas personas en su casa, como se ganaban la vida, cómo se relacionaban entre ellas?

Pues bien, para saber cómo son esas sociedades por dentro, no nos queda más remedio que acudir a los libros de ficción, especialmente a las novelas, o acudir a libros de Historia como La mala vida en Los Pedroches, del que es autor José Luis González Peralbo, que incluye episodios históricos relacionados con actividades al margen de la ley que tuvieron lugar en Los Pedroches desde finales del siglo XVI hasta principios del siglo XX.

Cada uno de estos episodios es una historia concreta y completa, la historia de un hecho delictivo. Una historia en la que aparece la víctima y, normalmente, el malhechor, que es el personaje principal. Y en la que aparecen también, en su ser natural, toda una serie de personajes secundarios: la autoridad que investiga y sanciona, los testigos, los familiares, los médicos y los cirujanos, etc.

Hay un saber que entra en las casas y ahonda en las almas, ante el que no mostramos la verdad, pero que tiene como obligación averiguar la verdad para emitir una decisión: la justicia. Y la justicia tiene en su ser dejar constancia de los procedimientos que instruye, que contienen informes médicos, declaraciones, actas y toda una serie de documentos que, con el tiempo, pasan a ser de dominio público.

José Luis González Peralbo ha ido a los archivos de Los Pedroches, ha investigado en ellos, ha recogido decenas de casos de mala vida de esa época que les he dicho, los ha convertido en episodios, los ha insertado en el marco Histórico general y los ha ordenado para formar un libro que recoge, de un modo o de otro, la parte negativa que anida en toda sociedad, parte negativa que debe insertarse en un contexto personal, familiar y vecinal.

O dicho de otra forma, si queremos entender la mala vida de una persona, debemos observar las circunstancias que rodean a esa persona, lo que nos llevará a conocer a esa persona por entero. Muchas malas vidas de muchas personas nos darán muchas circunstancias vitales, que, sumadas, nos dirán las circunstancias de la sociedad, cómo es, en fin, esa sociedad.

La forma de vida que se cuenta en el libro ha llegado hasta épocas muy recientes. Lo vemos en los dos aspectos fundamentales que, a mi entender, nos muestran la obra: uno sería cómo eran aquellos individuos, antepasados nuestros no tan lejanos en el tiempo, que vivían donde vivimos ahora nosotros. El otro sería cómo era la sociedad que constituyeron.

En cuanto a las personas, cabe decir que la inmensa mayoría vivían con poco, según se desprende de los inventarios de bienes recogidos en el libro. Eran pobres, muy pobres. Comparados con lo que se tiene hoy, eran pobres hasta los ricos, así que nos podemos hacer una idea de lo pobre que era la gente común y lo miserable de la vida de los pobres de entonces. La motivación principal de la mayoría de la gente era sobrevivir, y a la supervivencia estaba destinada la mayor parte de su tiempo y su actividad vital.

En esas condiciones, no debe extrañar el peso que tenía la religión, como lo tiene en muchas personas que sufren, a la que se veía como una esperanza reparadora e igualadora en la otra vida, pues pocas veces cabía esa posibilidad en esta. La religión, además, era única y obligatoria, tan obligatoria que exigía para lo importante la limpieza de sangre.


Para ganarse la vida, los pedrocheños de aquella época desempeñaban oficios que hemos conocido o todavía nos suenan, como tundidor y cogedor de paños, guardador de marranos, temporero, esquilador, sacristán, alguacil, medidores de tierras, mayordomo, talabartero, herrador,  arriero, presbítero, tabernero, criada, carretero y verdugo.

Y otros oficios que nos suenan menos, como administrador de los reales servicios de millones, alcabalas y cientos, menseguero (o meseguero, que era el encargado de guardar las mieses), guarda de dehesas, guarda de panes (o guarda rural), tamborilero, barbero flebotomiano (barbero flebotomiano era el que efectuaba flebotomías, esto es, el que ejercía el arte de sangrar y algunos otros procedimientos quirúrgicos, como abrir abscesos y realizar extracciones dentales), cirujano y sangrador, amanuense, arcabucero, comadre de parir y, por último, un oficio muy recogido en el libro es el de sin domicilio fijo ni oficio ni beneficio.

Quienes desempeñaban estos oficios aparecen en el libro porque nadie se encontraba al margen de la mala vida, pero esas consecuencias judiciales, ya en el mismo procedimiento, y por supuesto en las penas, no eran lo mismo para unos que para otros.

Los gitanos lo tenían más complicado. Tampoco se trataba bien a los forasteros, a la gente de vida errante y a los que andaban de pueblo en pueblo sin querer arrimarse al trabajo.

La sociedad que recoge el libro es injusta, porque no trata por igual a los seres humanos, al contrario, trata mejor a los poderosos que a los débiles, especialmente en la primera época, y es cruel, porque no castiga con proporcionalidad, sino de forma vengativa y con carácter ejemplarizante.

Es una sociedad pobre en lo económico y pobre en lo moral, en la que el peso del trabajo recae sobre los más desfavorecidos, sobre los que también recae el mayor peso de la justicia. Llama la atención, por ejemplo, el valor que se le da al perdón de la víctima, como si el delito se hubiera cometido solo sobre a ella y no sobre conjunto de la sociedad.

La sociedad que se muestra en el libro era comarcal, mucho más que lo es ahora. Los Pedroches de aquel entonces no coincidían exactamente con los límites administrativos actuales. Eran unos límites mucho geográficos, más físicos, y llegaban más lejos, singularmente más lejos por el norte.

La gente iba de un pueblo a otro con muchísima facilidad, yo creo que porque muchos de los habitantes de Los Pedroches vivían en el campo y había una red de caminos y veredas muy extensa que conectaba unos lugares con otros, unos pueblos con otros.

Probablemente la llegada de los vehículos a motor, que limitó la circulación a los mejores caminos, luego convertidos en carreteras, contribuyó a que la gente viviera en los pueblos, e hizo que ese movimiento entre unos pueblos y otros fuera menor.

Los forasteros eran, por lo general, gente más humilde aún que los residentes de Los Pedroches. De San Pedro de Rocas y Lobaces, en el obispado de Orense, por ejemplo, vinieron unos gallegos que decían había salido de sus tierras para Castilla a trabajar haciendo sogas y poder ganarse la vida, porque en su tierra había mucha miseria.

Como forasteros que eran, eran mal vistos. Así que la autoridad de Torremilano los alistó a la fuerza como soldados en la leva a que estaba obligada esa población. Ahora bien, los gallegos quebrantaron la prisión y se fugaron, huyendo por un hornillo situado en una corraleja, junto a una escalera de piedra.

De los gallegos, nunca más se supo.

En general, de los que huían de la justicia nunca más se sabía, a menos que se entregaran luego. Y no había que ir muy lejos. Bastaba con traspasar los límites de la comarca para desaparecer a ojos de la justicia que los perseguía.

El mundo, entonces, era más grande, más confuso y más opaco que ahora.

De todo lo antedicho, cabe deducir que, aunque muchas veces se echan en falta hoy valores de entonces, no era una sociedad mejor armada moralmente que la nuestra. La principal virtud de aquella sociedad, que hoy se echa en falta, era la capacidad de respuesta ante el sufrimiento, quizá porque la gente sufría mucho, muchísimo, y estaba acostumbrada a ello.

La miseria, el miedo y el sufrimiento eran los principales componentes emocionales de que estaba hecha aquella sociedad oscura. El miedo debía de ser macizo, plúmbeo, debía meterse en la memoria, en los huesos y en los sueños. El miedo a lo desconocido y el miedo a lo conocido. Fueras inocente o culpable. Fueras bueno o malo. Porque todo el mundo era presuntamente culpable.

Dice José Luis González Peralbo en el libro, por ejemplo, que el tormento era aplicado a los testigos de los que se sospechara que sabían la verdad y no colaboraban lo suficiente. La gente común, especialmente los pobres, temen a las autoridades y a la justicia tanto o más que a los propios criminales.

Lo pobres más de verdad estaban obligados a andar por el borde la ley para sobrevivir, o directamente, a eludir la Ley, a pesar del castigo descomunal que eso suponía. Estaban obligados a sisar, a escurrirse, a robar algo tan de los cerdos como las bellotas, a ser eso que protagonizaba buena parte de la literatura de los primeros tiempos de entonces, a ser un pícaro. De hecho, se ve que detrás de la vida de la mayoría de la gente hay una historia que es una verdadera epopeya de la supervivencia.

Para contar esas historias se necesita de una gran habilidad comunicadora. Se necesita, especialmente, cuando la historia se cuenta de viva voz y se interpreta y en libros como La mala vida en Los Pedroches, donde se recogen historias de los archivos y uno está obligado a extraer de ellas lo mejor y más ameno.

José Luis, como buen historiador que es, ha ido a los archivos y ha recogido las historias, pero para presentarlas al público en un libro ha tenido el acierto de actuar como un perfecto narrador. Y, para ello, se ha introducido en el texto él mismo. Ha contado lo que hay y ha opinado. Lo ha hecho dotando de ironía y gracia al texto e introduciendo esa suerte de chascarrillos sonoros que son los epigramas, que emplea a modo de corolario, como la aleccionadora moraleja de una fábula.

Con La mala vida en Los Pedroches, en fin, el lector pasará buenos ratos, que es un generoso fin en sí mismo, se enterará de cómo eran nuestros antepasados y la sociedad que tejieron y, cuando lo termine, se quedará con un regusto muy agradable.

* Extracto de mi intervención en la presentación del libro.

sábado, 6 de agosto de 2022

Y los caminos de Adroches XVII: El Viso o La vida en barbecho

 

Cuando era joven, había varias discotecas en El Viso y los muchachos de Pozoblanco íbamos a ellas buscando aventuras y oportunidades, algunas de las cuales cuajaron en parejas mixtas, que desde entonces fueron parte de nuestras vidas. Luego, hice las prácticas de trabajo en el Ayuntamiento de El Viso, fui muchas ediciones a las fiestas en honor de la abuela Santa Ana y fueron incontables las noches que visité su centro de salud cuando Carmen estuvo allí haciendo guardias. He ido a El Viso con causa y sin causa, montones de veces, para hacer algo y para no hacer nada, he navegado en piragua por el pantano de La Colada, he comido en la huerta de Los Frailes el lunes de Pascua, he visto las vaquillas desde la barrera en los días de feria, he disfrutado muchas ediciones del auto de los Reyes Magos y, entre otras cosas, he andado por muchos de sus caminos.  

Todavía es invierno cuando comienzo junto a la Piscina Municipal el camino que propone Adroches para El Viso, pero ya se vislumbra la primavera, es media mañana y el Sol me manda una luz blanda y un calor tibio, escondido por momentos entre las nubes. Ha llovido recientemente y los campos, que tenían la piel seca y áspera de los labradores antiguos, tienen ahora un verdor claro y la cara lustrosa, como si se le hubieran dado un lavado y vinieran hidratándola desde hace días con algún emplasto casero. Mientras camino, veo grietas en la faz del campo, pero son hechas a propósito, con el afán de dejarla en barbecho.

Cuando era chico, mi abuelo Juan me explicó la necesidad de labrar al tercio para dejar recuperarse a la tierra, y me puso como ejemplo una cerca conocida por mí a la que, obligados por la necesidades de la posguerra, se la había puesto en producción dos años seguidos: aquella cerca no produjo el segundo año lo que el primero ni pudo producir durante muchos años. Luego, oí que se podía lograr una producción agrícola más eficiente rotando los cultivos, de manera que unos aprovecharan los nutrientes que no aprovechaban los otros. Y, más tarde, oí que la eficiencia había llegado a tal punto que era necesario producir menos para mantener los precios, por lo que la Unión Europea obligó en la PAC a dejar un porcentaje de tierras en barbecho.

Cuando escribo esto, la invasión de Ucrania por Rusia (ambos grandes exportadores de cereales) ha hecho que se produzca un alza generalizada en los precios de los insumos agrícolas y se tenga la sensación de un posible desabastecimiento, por lo que quienes saben de esto están cuestionando la existencia de los barbechos, que dejan cientos de miles de hectáreas sin sembrar.

Aunque no soy agricultor ni ganadero y entiendo más bien poco de campo, reconozco que tal vez deba eliminarse el sistema de barbecho para volver a la rotación de cultivos, que hace más productiva la tierra y abarata los precios. Todo mientras no se ponga tan en cuestión el barbecho que decidan suprimirlo para todo, también para la vida: al fin y al cabo, las mejores épocas de la vida son esas, las que uno dedica a recuperar los nutrientes perdidos en el trabajo, las de barbecho.

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martes, 2 de agosto de 2022

Los caminos de Adroches XVI: Villaralto o Las ventajas del panteísmo

Aunque está en el centro de Los Pedroches, Villaralto coge un poco a trasmano, como quien dice, pero es un pueblo que conviene visitar aunque sea dando un pequeño rodeo, pues conserva en lo esencial el aire afable que tuvo antaño, de calles largas y casas blancas con dinteles de granito y tejados rojos.

En Villaralto no se perdieron castillos ni conventos con ese desarrollo mostrenco que trajo la modernidad, porque nunca los hubo. Aunque Villaralto también tuvo sus ricos, solo eran ricos de altura local, que no construyeron palacios ni casas muy grandes, así que por ahí tampoco se ha perdido gran cosa. La gente de Villaralto siempre fue de clase trabajadora y humilde, que solía ganarse el pan trabajando en las fincas de otros, muchos de ellos como pastores. No en vano, Villaralto tiene como patrona a la Divina Pastora, en Villaralto está el museo del Pastor y en Villaralto se celebra anualmente la feria del Pastoreo.

Villaralto nació como aldea de Torremilano y, al escindirse de este, solo pudo llevarse un término municipal muy pequeño, de modo que los caminos que nacen en Villaralto se salen pronto de su término municipal. Lo digo aquí como curiosidad, aunque a los caminantes, que somos personas de mundo y del mundo, no nos importen esos límites artificiales que sobre el terreno imponen los seres humanos en función de sus terruños mentales, ni les importen a los que, como yo, se consideren de Los Pedroches, así, en conjunto, y no de un pueblo o de otro de la comarca.

El camino que propone Adroches se sale de Villaralto pronto, ya digo, y discurre por el centro de Los Pedroches, entre varios pueblos que tienen como patrona a la Virgen de Guía, a cuya ermita conduce.


Lo recorro un día de febrero precioso, demasiado, porque a estas alturas del año debería estar lloviendo. Salgo de Villaralto temprano, casi al alba, cuando la Tierra aún tiene legañas, el suelo cruje con su desperezo y en el aire se aprecia el vaho de su aliento frío. Me gusta imaginar a la Tierra así, como si no solo fuera un ser vivo, sino, además, un ser pensante que me aloja y consiente mi paso, un ser pensante en el que fui y al que volveré un día. Un ser pensante del que formo parte, como esas ovejas que me observan, como esas piedras que rompen su silencio cuando las piso, como esas viejas encinas a las que descompusieron el tronco cuando eran jóvenes pero siguen en pie, con los brazos arriba, inabordables a las inundaciones y a las sequías.

Ser panteísta tiene la ventaja de que eres de todas las ideologías y de ninguna, o eso creo mientras camino. Con pensamientos como esos y otros por el estilo, haciendo una foto aquí y otra allá, recorro casi sin darme cuenta el cómodo camino que me lleva hasta la ermita de la Virgen de Guía, cuyo culto es compartido por los pueblos de Villanueva del Duque, Alcaracejos, Dos Torres, Fuente la Lancha e Hinojosa del Duque, y se halla muy cerca de Alcaracejos y más cerca aún de Villanueva del Duque, de la que dista menos de un kilómetro, que puede recorrerse por un paseo recto y bien cuidado, marcado por una pared baja de piedra y otra de madera, alumbrado artificialmente y circundado por árboles y arbustos.

Admiro la emita y su entorno, de los que no hablo porque hay mucha información por ahí y es mucho mejor que sería la mía, y entro en el cementerio de Villanueva del Duque, que forma parte del conjunto.

Ser panteísta tiene la ventaja de que reconoces en cada puñado de tierra parte de lo que seremos, así que no me impresionan los cementerios más allá de lo que dicen sobre las costumbres de los vivos y sobre lo que a los vivos afecta la efímera memoria de los huesos.

El Sol se ha levantado y observa lo que hago. Sutilmente, con los ojos entornados, lo miro por un momento y le sonrío, agradecido. Sé que me mandará su luz y su calor hasta Villaralto, hacia donde me encamino por el sendero que nos propone Adroches, que recorro gozosamente y sin prisas, ahora no recuerdo pensando en qué.

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jueves, 28 de julio de 2022

Los caminos de Adroches XV: Villanueva del Duque o Para todo hay que tener suerte

 

Han pasado varias ciervas con sus crías delante de mí y, poco después, ha pasado un jabalí a unos cuantos metros, tranquilamente, tanto que me ha dado tiempo de sacar el móvil del bolsillo y hacerle unas cuantas fotos mientras se iba.

Hablo del camino que Adroches propone para Villanueva del Duque, que recorro al amanecer de un día de junio. Detrás de mí, he dejado unas cuantas casas de campo en ruinas. Poco después, veré otras cuantas, estas habitadas y en perfecto estado.

Las casas en ruinas, las casas habitadas, los animales salvajes que pasan delante de mí, esos olivos escuálidos que forman líneas rectas en la tierra agrietada, el monte que crece a veces a la vera del camino, la línea de montañas desmochadas que veo hacia el sur… Y las primeras luces del día, y el aire todavía fresco que me da en la cara, y la acogedora soledad de los campos, y la grata compañía de los recuerdos, y ese entretenimiento eterno del que charla consigo mismo…

Lo que me interesa del campo son los paisajes, los espacios abiertos y los caminos y, a esos efectos, el campo está a unos cuantos de cientos de metros de mi casa y puedo usarlo como y cuando quiera. A unos cuantos cientos de metros hay un hospital, varios colegios e institutos y un conservatorio de música, al que durante muchos años fue uno de mis hijos. Y hay muchos bares con terrazas, y supermercados, y farmacias… Y la vivienda está muy barata.



Ahora que no se sabe qué hacer para revertir el proceso de despoblación que afecta a zonas rurales como la mía, quizá convendría hacer hincapié en que, si no a unos cuantos cientos de metros, eso y más se puede tener en Los Pedroches a unos cuantos kilómetros, o a unos cuantos minutos, que es como se mide ahora la distancia.

Hace tiempo oí a una persona famosa hablar de los muchos inconvenientes que quienes lo querían le planteaban sobre el hábito de fumar y de que nadie le había hablado del placer que supone respirar a pleno pulmón, profundamente, algo que solo pueden hacer los que no fuman. Respirar sin obstáculos es un placer natural, de esos que no se valoran pero forman parte de la calidad de la vida, como tener conciencia del tiempo que pasa o poder desarrollar una afición.

No sé muy bien por qué asocio los placeres que no se valoran con el hecho de vivir en este lugar, que sufre el despoblamiento. Quizá porque, bien pensado, esto se llenaría de gente si el mundo se enterara de lo que tenemos aquí.

En los últimos tiempos, cuando ya la razón no la acompañaba por completo y no decía sino la verdad, mi madre solía decirme que había tenido mucha suerte en la vida. Me acuerdo mucho de eso porque, hasta ahora, yo he tenido mucha suerte de vivir donde vivo y en este tiempo.

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domingo, 24 de julio de 2022

Los caminos de Adroches XIV: Villanueva de Córdoba o Los números del éxito

 

La dehesa es un bosque humanizado, en el que se ha limpiado de matorral el bosque mediterráneo original y se ha controlado el crecimiento de los árboles, que en Los Pedroches son mayoritariamente encinas, aunque también hay alcornoques y quejigos. En la dehesa hay pastos, donde se alimenta al ganado en régimen extensivo, y árboles, que producen leña para el consumo humano y bellotas para el ganado. Y hay una gran cantidad de fauna silvestre.

Así que, como «bosque», es bueno para el medioambiente y, como «humanizado», es bueno para la economía de las personas, especialmente en territorios como Los Pedroches, que están muy afectados por la despoblación.

La ruta que propone Adroches para Villanueva de Córdoba discurre por una zona de dehesa muy bien conservada, y sigue caminos delimitados con paredes de piedra que llevarán al caminante hasta el río Gato (los ríos aquí, por importantes que sean, solo corren unos cuantos meses al año) y lo devolverán al inicio después de haber tenido a la vista las sierras del sur y, en un punto lejano de las mismas, a la villa de Obejo, que siempre ha estado hermanada con las Siete Villas de Los Pedroches.

Precisamente ahí, mientras me reponía de una cuesta arriba importante, parado no lejos de un cortijo que ahora sirve de lugar de celebraciones y teniendo a la vista la villa de Obejo, sintiendo el freso de la mañana en la cara y sin nadie a mi alrededor, sin nadie, me he acordado de las veces que se acude al número para medir el éxito.

Me he acordado, seguramente, por las veces que he pensado en lo contraproducente que resulta publicitar un acontecimiento que ya tiene demasiado público, como las romerías, por ejemplo. O en lo gregario del ser humano, que busca los lugares llenos, aunque sean incómodos, tal vez pensando –yo creo que equivocadamente– que allí va a estar más acompañado. O en la vanidad pueril de los artistas, que contamos los éxitos por el número de seguidores o por las ventas, en lugar de por lo que nuestra obra ha influido en quien la ha observado.

O en lo fácil que es incrementar las audiencias dando al público lo que quiere, en lugar de haciéndolo pensar.

Una vez estuve en el meollo organizativo de una importante manifestación de protesta y a la hora de redactar el comunicado de prensa se exageró hasta límites desproporcionados el número de asistentes. Ni allí importó la verdad ni importa en la mayoría de los casos. Lo que importa es el número, que es lo que se queda grabado en la memoria, en los periódicos y en los anales que correspondan, y que ese número sea muy alto, aunque sea insustancial o totalmente falso, aunque sea contraproducente o no haya quien se lo crea.

Estoy en el campo. He visto vacas de carne y cerdos ibéricos, ganado en régimen extensivo que debe respetar una determinada proporción de cabeza por hectárea para ser económicamente rentable y medioambientalmente sostenible. Hay aquí mucha lógica, mucha sensibilidad hacia la tierra, mucha riqueza y mucha sabiduría ancestral. Aquí, los números se manejan con inteligencia. Aquí, todos los números son racionales y ninguno es imaginario. Aquí, en resumen, los números son otra cosa.

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jueves, 21 de julio de 2022

Los caminos de Adroches XIII: Torrecampo o Lo público es de todos

Una circunstancia reciente me ha hecho ver lo afortunado que soy al vivir en esta época y este país, donde la educación es pública, como lo son la sanidad y las pensiones. Lo público me permite tener servicios como esos y otros más, pero también me hace propietario de los mejores bienes: las playas son mías y nadie me puede impedir usarlas, son míos todos los ríos, las aguas que hay en los pantanos y, en general, todas las aguas, y, para lo que interesa a esta pequeña entrada, son mías las vías públicas (las calles, las carreteras y los caminos públicos), por las que puedo circular libremente, o, al menos, ese es el derecho que me reconocen las leyes. Son mías, tuyas y de todos.

No hace falta ser comunista, ni socialista ni nada parecido para darse cuenta de la trascendencia que en la sociedad actual tienen una educación pública, unas aguas públicas y unas vías públicas, además de todo lo dicho.

La introducción viene a cuento porque, antes, los caminos se usaban a pie o a lomos de alguna bestia, de manera que el camino mejor era, normalmente, el más corto. Ahora que nadie va a trabajar al campo andando o a lomos de una bestia, sino en algún vehículo a motor, el mejor camino es el que pueden usar los coches, aunque haya que dar un rodeo, lo que ha hecho que se dejen de utilizar el resto, muchos de los cuales han sido ocupados por los propietarios colindantes ante la dejadez o la cobardía de las autoridades municipales, que tenían la obligación legal de defenderlos, pues son de todos.

imagen de la app "Caminos de Torrecampo"

Algunos ayuntamientos, con desigual acierto, están intentando poner ahora los medios para, al menos, mantener los que hay e identificar los ocupados, que es el primer paso para recuperarlos, lo que en la mayoría de los casos será prácticamente imposible. Uno de estos ayuntamientos es el de Torrecampo, cuyo pleno ha aprobado por unanimidad el inventario de caminos después de un proceso muy complejo en el que se ha dado la voz a quien ha querido hacer uso de ella, especialmente a los propietarios, algunos de los cuales, en uso de su legítimo derecho, han llevado su conflicto a los tribunales.

El camino que propone Adroches para Torrecampo está en el inventario aprobado por el ayuntamiento de ese pueblo y lleva al puente Currito, en el río Guadalmez. Como del camino y del puente ya he hablado aquí, me ha parecido mejor hablar de todos los caminos y de todos los bienes públicos, hablar de todo lo que es de todos, en fin.

Notas:

1.-  Los caminos municipales de Torrecampo se pueden ver aquí.

2.- Hay una app para móviles android que contiene de forma interactiva los caminos municipales de Torrecampo y las vías pecuarias de la Junta de Andalucía en el término de Torrecampo. Se llama «Caminos Torrecampo» y se puede descargar gratuitamente en la "play store".

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martes, 19 de julio de 2022

El país de mis hijos

(Publicado hace mucho tiempo en el semanario Los Pedroches información con el título «Europa»)

La semana siguiente a la de las Elecciones Europeas he estado en la oficina de la Seguridad Social de Peñarroya para obtener la tarjeta sanitaria europea. Un funcionario amable y eficiente me ha pedido que me siente frente a su mesa y en menos de dos minutos, sin hacer cola ni firmar nada, y sin pagar un céntimo, me ha entregado una tarjeta como las de crédito con la que podré recibir asistencia sanitaria en la mayoría de los países de Europa. En el acto, me asombro con la eficiencia de la Administración y así se lo hago saber al funcionario. En la soledad del camino de vuelta, oigo a Felipe González entrevistado en la radio. La construcción de Europa es irreversible, dice, y pone de ejemplo que a unos jóvenes daneses ya nunca podrá decírseles que para venir a España deben atravesar varios puestos fronterizos.

Yo soy como esos jóvenes daneses, pienso. Con mi tarjeta sanitaria europea en la cartera, puedo recibir asistencia sanitaria en cualquier país de Europa. Con el dinero que ahora tengo en el bolsillo, puedo pagar en cualquier comercio de Europa. Con mi carné de identidad puedo identificarme ante cualquier autoridad europea. Para quien vive en un pueblo de la España interior, todas estas meditaciones pueden parecer tontas ensoñaciones, aspiraciones baladíes. Para mí, no. Sé de sobra que muchas subvenciones y muchas obras públicas se hacen con dinero de Bruselas y sé, sobre todo, que frente a la confrontación aldeana, a los conflictos patrioteros, a la división, a las alambradas y las fronteras, frente a las barreras religiosas y culturales, debe haber una aspiración a la universalidad y a la idea del amor al hombre por el hombre que para mí encarna una Europa tolerante, culta y social, una Europa por la que ahora me propongo viajar y que quizá un día sea el país de mis hijos.

Sobre Juan, más aquí.

Sobre Luis, más aquí.

Tomé la foto en el cementerio Americano que hay junto a la playa de Omaha, en Normandía