miércoles, 12 de diciembre de 2018

Escribir por escribir (9). La reflexión


                Hay mucho ruido por ahí, mucho chiste fácil, mucho archivo reenviado que enseguida hacemos nuestro y reenviamos. Vivimos en medio de un montón de gente que se cree con opinión, que opina como si de verdad enjuiciase lo que dice, que opina sin darse cuenta de que en realidad están hablando otros por él.

                Conversar es poco menos que imposible porque la gente no está pendiente del otro, sino de lo que va a decir cuando el otro se calle.

                No se tiene a la conversación como un método para experimentar lo que han experimentado los otros, sino para enseñar, o, mejor, para convencer.

                No se lee para aprender, sino para reforzar lo que se ya se ha aprendido. No se escucha sino lo que nos gusta. No se ve sino lo que nos reafirma en nuestras convicciones.

                Como el dogma, la fe, es lo único, las conversaciones son monólogos de dos personas que hablan en distintos idiomas, o incluso de dos altavoces.

                No hay intercambio de razones.

                En ese medio ambiente, tan hostil al verdadero enriquecimiento personal, siempre puedes contar con la reflexión. Pregúntate por qué. Cuándo. Cómo. Quién. Qué consecuencias tendrá. Qué alternativas había. Hazlo por ti mismo, ahondando en lo que no sabes (en lo que no sabes, insisto), en lo que no tienes aprendido, y yendo más allá de lo dirías en la barra de un bar o en una conversación con los amigos.

Algo te habrá pasado hoy. Algo habrás visto u oído. Mira una fotografía y busca un detalle, o busca el detalle en un recuerdo. Oblígate, reflexiona. Si no sabes de lo que escribir, ya tienes de lo que escribir. Reflexiona y, luego, duda de lo que has aprendido.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Escribir por escribir (8). Los otros


                Como no tienes que escribir para vivir, no debes pensar en lo que le gusta a los otros, sino en lo que te gusta a ti. Los que viven de escribir tienen que publicar y vender, y cobrar derechos. Tú, no, así que no pienses nunca en lo que le gustaría a los otros, porque te estarás traicionando y no sacarás lo mejor de ti.

                Ningún buen padre quiere que su hijo juegue al fútbol para que le salga un Messi que lo quite de trabajar. Los buenos padres se limitan a querer que sus hijos practiquen un deporte, como el fútbol, para que ganen en sicomotricidad y adquieran los valores que se asocian a esa actividad física, especialmente cuando es de grupo, como el trabajo en equipo, el respeto a las normas y el espíritu de sacrificio. Que salga un buen jugador, o incluso un jugador profesional, puede o no ser una consecuencia del fin primero, que debe ser jugar por jugar.

                Tu fin primero es escribir por escribir, porque te gusta, porque quieres expresar algo que llevas dentro. Los otros deben limitarse a ser una referencia para la comprensión de lo que escribes. Quiero decir que cuando escribas no debes pensar en lo que entiendes tú, sino en lo que entenderías si fueras un lector ajeno. Uno se encuentra a menudo con textos incomprensibles, especialmente de poesía, que no dicen nada porque sus autores se olvidan de que la escritura no es un arte como la pintura, donde lo abstracto está permitido.

                No pienses nunca en lo que le gustará a los otros, sino en lo que los otros entenderían si lo leyeran. Lo que escribas será lo que quede finalmente, no lo que pienses que has escrito. Es una diferencia sutil pero muy importante. Piensa en ella. Relee al día siguiente y observa si lo que dijiste es lo que quisiste decir.

                Muy probablemente, notarás entonces una diferencia mayor entre lo que querías expresar y lo que expresaste. No te preocupes: nadie hace lo que quiere, sino lo que puede. Nadie escribe lo que quiere, sino lo que puede. Y tú, que estás empezando, menos.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

¿Te acuerdas?


         ¿Te acuerdas cuando me decías que no me peleara con mis hermanos, que obedeciera a los profesores, que fuera educado con los vecinos, que le hablara de usted a las personas mayores?


         ¿Te acuerdas cuando me contabas un cuento, cuando me dabas un beso de buenas noches, cuando rezabas conmigo esas oraciones sencillas que hablaban de los ángeles y la belleza?

         ¿Te acuerdas cuando me lavabas en un barreño con el agua tibia que traías en un cazo, porque no teníamos cuarto de baño, y me ponías la ropa limpia, y me hablabas con dulzura y me sonreías?

         ¿Te acuerdas cuando me empujabas a que fuera generoso con los necesitados, a que le diera valor a lo importante, a que fuera bueno, así, a que fuera sencillo y bueno?

         ¿Te acuerdas cuando tantas veces estuve enfermo y me mimaste, cuando traje malas notas y no pusiste el grito en el cielo, cuando te mentí y lo descubriste y esperaste, y luego no me dijiste nada, como si no hubiera pasado nada?

         ¿Te acuerdas que nunca me has hablado mal de nadie, ni me has transmitido rencor, ni me has obligado a ser de esto o de lo otro?

         ¿Te acuerdas, mamá?

         Hoy que ya no te acuerdas de todo eso, que ya no te acuerdas de mí y has olvidado mi nombre y me miras con esa interrogación infinita con que miras el rostro de cualquiera, hoy, madre, me he acordado de todo eso, y no sabes lo feliz que me he sentido, y no sabes cómo te lo agradezco. 


sábado, 1 de diciembre de 2018

Escribir por escribir (7). La técnica


            “Sucedió en Pozoblanco”, de Basilio García, es un libro que cuenta la historia del Caraquemá, un maquis que anduvo por las sierras de Los Pedroches entre 1947 y 1949. Si traigo a colación ese libro es porque su lectura resulta impactante y sumamente recomendable, y eso aunque está muy mal redactado y contiene faltas graves de distinto tipo. Es más, pienso que el libro no sería el mismo si alguien hubiera pulido las formas hasta dejado conforme a las reglas de la sintaxis y la ortografía, porque en ese caso habría perdido buena parte de su fuerza.

                No digo que cometáis faltas adrede o que hagáis público un escrito sin haberos asegurado antes de que tiene una redacción correcta. Si llamo la atención sobre ese caso extremo es para que veáis que para expresarse no hace falta gozar de una técnica excelente.

                La escritura tiene mucho de introspección, de ahondar en nuestros pensamientos y sentimientos para conocernos mejor, y a eso no se puede renunciar porque no se sepa dónde se ponen las comas o si “yendo” se escribe con “y” o con “ll”. Dejar ese ejercicio conveniente y placentero solo porque no escribimos con corrección sería tanto como dejar de ir al psicólogo porque nos embarullamos al hablar.

                A mí no me enseñaron a redactar, ni a nadie de mi generación, aunque por aquel entonces el sistema educativo ponía mucho énfasis en la eliminación de las faltas de ortografía, ejercicio que no sé si se hace ahora. Yo he aprendido a redactar redactando. Y mientras aprendía escribía cosas como esta, aunque nadie las leyera.

                Hay gente que no escribe porque se avergüenza de cómo lo hace. Se avergüenza incluso aunque nadie vaya a leer lo que ha escrito, se avergüenza de su propia incapacidad, de sí mismo, y de esa manera se autolimita y se empequeñece.  

                Muchas de las novelas que son auténticos éxitos de ventas han sido intensamente corregidas por personas distintas de sus autores, algunos de los cuales no saben escribir correctamente. Vosotros no aspiráis a ser autores de éxito, y no vais a publicar nada por ahora. No aspiráis más que a dar rienda suelta a una afición. ¿De verdad vais a dejar de escribir porque pongáis “yendo” con “ll”?

jueves, 29 de noviembre de 2018

Escribir por escribir (6). Más observador


Ahora que quieres escribir, leerás de otra manera. Imagínate al aprendiz de botánica o al de geología saliendo al campo, imagínate al de astronomía mirando al cielo. ¿A que no se comportan como los que no lo son, por mucho que les guste el campo o el cielo?

Desde que me gusta la fotografía soy mucho más observador, aprecio mucho más la distribución de las formas, los tonos de los colores, el movimiento cuando debe haber movimiento y la quietud cuando las cosas deben estar quietas. De hecho, siempre voy encuadrando lo que me rodea, aunque no lleve la cámara, y muchas veces le comento a quien me acompaña: “Eso tiene una foto”.

Ahora que quieres escribir, te pasará igual cuando leas: mirarás el texto con otros ojos y te llamarán la atención detalles que antes te pasaban inadvertidos: un comentario, un diálogo, una descripción o un simple adjetivo. Y poco a poco verás por qué están puestas esas palabras y no otras y hasta la distribución de las comas y los puntos, y en todo eso hallarás belleza o, también, encontrarás desproporción y fealdad.

Porque el riesgo de leer cuando te has aficionado a la escritura es ese, que ya no todo el monte es orégano. Poco a poco, al tiempo que aprendes, serás más exigente con lo que lees y disfrutarás más de lo bueno, pero también te provocará rechazo mucho de lo que antes te gustaba.

Cuando te pase eso, deja el libro y coge otro. Nadie está obligado a leer lo que no le gusta o le parece malo. Especialmente, porque la vida es corta y hay muchos libros buenos, más de los que podrías leer en varias vidas.

martes, 27 de noviembre de 2018

Escribir por escribir (5). Escribiendo


          Has leído mucho. Has oído que para escribir lo importante es haber leído mucho y tú, que eres un lector empedernido, te agarrotas cuando escribes, no sabes ni cómo empezar. Bien, pues ahora vas a oír otra cosa. Escucha lo que yo te digo: lo importante no es haber leído mucho. Nadie aprende a escribir leyendo como nadie aprende a jugar al baloncesto viendo partidos de la NBA.

                A andar se aprende andando. A montar en bicicleta se aprende subiéndose en una bicicleta y estando dispuesto a darse algún porrazo. A jugar al baloncesto se aprende botando el balón miles de veces, pasándolo y tirando a canasta.

                A escribir se aprende escribiendo. No hay otra. Leer es un complemento. Es mucho mejor leer que no hacerlo y, sobre todo, es mucho mejor haber leído antes a quien lo hace bien, pero no es necesario en absoluto.

                Recuerda que no partes de cero porque sabes hablar, y que al escribir lo que habrías dicho tienes la ventaja de poder quitar y poner, de poder reordenar esos pensamientos que se te embarullan cuando intentas explicarte de viva voz.

                Recuerda, también, que el resultado no puede ni debe ser perfecto. No pretendas jugar como Pau Gasol porque tú no tienes ni su altura ni su talento. Solo quieres echar una pachanga y divertirte.

                No pretendas escribir como la gente que lees, todavía no, porque ellos juegan en otra división. Ahora que quieres escribir, los leerás de otra manera e intentarás aprender de ellos. Por ahora, confórmate con eso.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Escribir por escribir (4). Para siempre


                ¿Has empezado a escribir y no te sale lo que quieres, lo que crees que tienes dentro? No te preocupes, eso es lo normal. ¿Crees que el pintor pinta lo que quiere? ¿Crees que el músico escribe la partitura que desearía?

                En la vida, nadie hace lo que quiere, sino lo que puede. Y eso mismo pasa especialmente con cualquier tipo de expresión. Le pasa a los mejores y a los que empiezan, y tú no eres de los mejores, por lo menos todavía.

                Eso que lees y te gustaría escribir no debe ser una referencia para ti como escritor, sino como lector. No debes desear escribir como esos grandes escritores que lees con admiración o te frustrarás y lo dejarás. Tu misión es escribir y nada más, por puro placer y con el afán de hacerlo un poco mejor cada día. Por volver al símil del pintor, si el pintor se obsesiona en compararse con Velázquez, se sentirá un negado al principio, y al día siguiente, y siempre, y no encontrará satisfacción alguna en lo que hace.

                No te compares con nadie. No cometas como artista la torpeza que cometemos cada día como personas o no encontrarás más que gente que vive mejor que tú, que escribe mejor que tú. Escribir, como el ejercicio de cualquier tipo de arte, es una lucha permanente consigo mismo, no con otros, pues no hay dos artistas iguales, pues no hay dos escritores iguales. En esto, el ejercicio del arte se parece bastante al deporte del golf, que puede jugarse solo sin ningún problema, porque la contienda fundamental es con uno mismo.

No hay nadie como tú ni nadie que sienta como tú. Lo que no escribas tú, en fin, no lo va a escribir nadie, y si no lo escribes tú, se perderá para siempre.