Carlos Alsina deja la
información de primera línea. A partir de ahora, se limitará a llevar el
magacín de las mañanas de Onda Cero. En el monólogo en que anunció su despedida, dio las razones para esa relegación, esa «autorrelegación», según
dijo él mismo. Declaró que la actualidad política lo tenía cansado y que un
programa como el suyo necesita a alguien pleno de energía, que vibre con lo que
está haciendo, algo que a él ya no le ocurría.
Cualquiera de sus oyentes sabe,
a poco que lo piense, que Alsina no está cansado de trabajar muchas horas, ni
de levantarse muy temprano, ni de la enorme responsabilidad de enfrentarse cada
día, con el trabajo hecho, a su millonaria audiencia, sino del ruido, de las
mentiras, del humo, del y tú más y de la bronca permanente que anida en
el objeto de su labor.
Es el ecosistema en el que
Alsina debe trabajar lo que lo cansa. El aire irrespirable. La fauna que lo
rodea. La basura. Moverse siempre con unas botas katiuskas acaba siendo insoportable
cuando el lodo te llega hasta las trancas.
Debe ser un coñazo entrevistar
a un político y no oír de él nada propio, sino el argumentario que le ha
llegado por la mañana, en el que no hay más que verdades a medias, es decir, completas
mentiras. Ficciones interesadas. Que a una pregunta concreta te respondan que
«los albañiles tienen las zapatillas blancas», por ejemplo, y, en todo caso,
que ellos tendrán sus cazcarrias, como todo el mundo, pero que, para oler mal, fatal,
la mierda de los otros.
Debe ser un coñazo respetar a
compañeros, supuestos periodistas, que trabajan con la camiseta del partido puesta,
que no distinguen entre información y opinión y son antes de una ideología o de
unos intereses que de una sincera búsqueda de la verdad. O que se venden por el
dinero de una tertulia, o por una subvención, o por los ingresos que dan los
anuncios de una institución pública o privada.
Y, también (esto es una percepción
mía), debe ser un coñazo la estulticia de las masas, la fe ciega de los hooligans
que justifican el ruido, las verdades a medias, las mentiras, el humo, el y
tú más y la bronca permanente cuando viene de los «nuestros».
Los nuestros/Los suyos. Como
si los nuestros fueran nuestra familia, a la que (como hizo Albert Camus con su
madre) debemos defender por encima de la justicia.
«¿Por qué ocurre eso? Habrá
gente buena entre los políticos», me ha preguntado Carmen. La hay, le he
respondido yo. Es el ecosistema. Es una cuestión biológica, natural. Para
sobrevivir, tienes que adaptarte. Cuando vives en la selva, te vuelves
selvático. Cuando vives en la mentira, te vuelves un mentiroso. Cuando vives en
la ficción, dejas de ser persona y te vuelves un personaje.
Cuando vives en el relato (en
el cuento, en el cuento chino), ya no eres tú. Ya no dices lo que quieres, sino
lo que el autor quiere que digas. Ya no vas donde quieres, sino donde el autor
quiere que vayas. Ya no sientes ni piensas lo que tú quieres, sino lo que el
autor quiere que sientas y pienses.
Y lo más curioso es que tú
crees que dices lo que quieres, que vas donde quieres, que sientes y piensas lo
que quieres. Pero no, no es así. Hay un pensamiento por encima del tuyo,
omnisciente, un autor para toda tu vida.
¿Cuánto tiempo aguantan mirándose
al espejo los personajes del relato? ¿A quién ven reflejado, a la persona que
ellos eran o al personaje en que se han convertido? ¿Qué autocrítica hacen? Cuando
hacen autocrítica, ¿meten a los otros, los culpan de algo? ¿Acaban convirtiendo
la autocrítica en una crítica?
Carlos Alsina se va al
magacín porque está cansado del ecosistema. Yo también lo estoy. ¿Adónde puedo
ir yo? ¿A qué desierto? ¿A qué silencio?