martes, 25 de junio de 2019

Para Elisa, Andrés y Jorge


Marchar juntos por el mismo camino une mucho: en el camino están los paisajes que maduran tu ánimo y forjan tu voluntad, las jaras y los abrojos, los tesoros y los ladrones de tesoros. Uno se pone fácilmente en los zapatos del otro cuando anda por el mismo camino. Uno entiende muy bien a ese que transita contigo a la misma intemperie y bajo las mismas circunstancias. Uno, en fin, sabe muy bien lo que siente ese otro que va a tu lado, codo con codo, porque es lo mismo que sientes tú. Quizá por eso, de entre todas las formas de denominar a la persona que a lo largo de la vida comparte tus alegrías y tus penas, la que más me gusta es la de compañero/compañera.

Hace unos días, Elisa, Andrés y Jorge, unos compañeros de trabajo, se jubilaron. La de secretario de Ayuntamiento es una profesión de mucha soledad. Los secretarios de Ayuntamiento vivimos en el meollo de varios conflictos insuperables: el que existe entre el hecho y el Derecho, el que media entre el que gobierna y el que quiere gobernar, el que concurre entre la empresa y el trabajador y el que prevalece entre la autoridad y el ciudadano. Para un secretario de Ayuntamiento, tener a alguien que te acompañe de veras, que sienta lo que tú y te comprenda, es casi siempre una ayuda y es siempre de un enorme consuelo.

Aunque ellos aseguran que de alguna manera se quedan con nosotros, lo cierto es que Elisa, Andrés y Jorge se van, y que nos dejan sumidos en la nostalgia y un poco más solos.




domingo, 26 de mayo de 2019

La portabilidad*


                Me han llamado multitud de veces, me han hecho un montón de ofertas de última hora, cuando ya sabían que me iba, pero he seguido en mis trece y los he dejado. No me gustaba pagar más que mi vecino por lo mismo, especialmente cuando yo era uno de los que más años llevaba con ellos, cuando había visto cómo me subían los precios sin decírmelo y cómo me los bajaban cuando les protestaba o cuando insinuaba que los iba a dejar por otros.

                Me sentía engañado y esa sensación se ha visto confirmada con tanta insistencia, con tanta rebaja, con tanto trato de favor ahora. Ahora, ¿y antes? Antes, cuando estaba callado y pagaba las facturas sin mirarlas, confiado, ahora sé que estúpidamente confiado.

                Con esa sucesión de llamadas con ofertas que mejoraban el mejor de los escenarios posibles me he sentido como el cliente de uno de esos mercadillos sin precio fijo, de regateo obligado, en los que te crees que has hecho un buen negocio hasta que llega un amigo que ha conseguido lo mismo que tú por un precio sensiblemente inferior. No me gustan los regateos. No quiero saber nada de ofertas. No quiero que me vendan motos estupendas a perra gorda. No quiero comprar lo mejor cuando es lo más barato. Lo que yo quiero es saber a qué atenerme, no quiero que dentro de seis meses o de un año tenga que decir que no, que ya no lo quiero, porque se ha acabado la oferta y ahora lo que tenía cuesta el doble. Lo que sea que sea ahora, aunque sea poco o me cueste más. Lo que sea, que sea seguro.

                Aunque los que tenía me han llamado a todas horas y muchas veces, me he cambiado de compañía de teléfonos, y ahora estoy con otra que no tiene ofertas, ni me obliga a renunciar a un servicio dentro de unos cuantos meses, ni tiene precios encubiertos (o eso creo). Y pienso que he hecho lo que más me conviene, y estoy más tranquilo, por fin.

                Ahora que llegan las elecciones Locales y Europeas, me he acordado de la portabilidad del teléfono porque me está pasando lo mismo con los programas de los partidos y las entrevistas de los candidatos. Cualquiera diría que nos están vendiendo otra moto. Cualquiera diría que se acuerdan del cliente ahora, que hemos decidido cambiarnos de compañía, y nos hacen ofertas que mejoran las de la competencia para que nos quedemos con ellos un poco más, el ratito que dura el ejercicio del voto.

                Leyendo lo que nos mandan a casa, uno se siente en medio de uno de esos mercadillos en los que se vende a voz en grito la mercancía, de manera que cuanto más se grita mejor, y cuando más se rebaja mejor, y mejor cuanto más se ofrece. Uno se esos mercadillos en los que unas voces se solapan con otras y ya no sabes si el precio que has oído es el de las plantas o el de los sujetadores, en el que no hay vez que no te engañen, por mucho que te vayas creyéndote el engañador.

                Con el asunto del teléfono me he acordado de esos que son fieles a una compañía, haga esta lo que haga, les cobre lo que les cobre y les preste los servicios que les preste, de esos que no cambian jamás y, además, lo llevan a gala, y te quieren convencer de que su compañía es la mejor del mundo, de esos que dicen yo soy de tal o cual de ellas, soy, como si fueran del Real Madrid o del Barcelona, soy, como si lo llevaran en la naturaleza y no pudieran ser otra cosa, aunque quisieran. Como el que es moreno o rubio, como el que es alto o bajo. Soy.

                Me he acordado porque los he asociado con esos que son fieles a un partido ponga a quien ponga de candidatos y haga lo que haga. Con esos que son, son, y no pueden dejar de serlo.

Suelen ser gente a la que le resulta difícilmente comprensible que cambies de voto y mucho menos que no te acuerdes de a qué partido votaste en las últimas elecciones. Ni siquiera cuando las elecciones son municipales, como estas que vienen, en las que las materias que se dilucidan tienen muy poco que ver con la ideología y mucho con la gestión.

Muchos de ellos se creen gente comprometida. Y se creen que tú no lo estás. Se creen que no eres de fiar porque no saben a qué atenerse contigo. ¿Será de izquierdas? ¿Será de derechas? No lo cojo el aire. ¿De qué pie cojea? ¿A quién votará? (Como si siempre votaras lo mismo). Yo creo que es de tal o de cuál, pero no lo expresa, no lo dice. No quiere pillarse los dedos, no le gusta comprometerse y no se moja.

 No entienden que puedas estar comprometido con la idea antes que con quienes la predican. Y que puedas cambiar de ideas.

Yo he cambiado de compañía de teléfonos. Ahora estoy con una que no me ha hecho una oferta inmejorable ni me ha prometido el cielo. Y no es imposible que cambie pronto, igual que cambio de voto.

* Publicado en el semanario La Comarca.

jueves, 16 de mayo de 2019

Una tumba en Père Lachaise

                Estuvimos en París la semana del uno de mayo y vimos, grosso modo, eso que ven los turistas y que todo el mundo conoce, aunque no la haya visitado nunca, y algo de lo que solo conocen los residentes. París es una ciudad de enormes museos, de grandes avenidas cortadas en lontananza por un arco o una torre y de multitud de pequeños restaurantes y terrazas con sillas colocadas en hilera que dan frente a la calzada, en las que los clientes ven pasar a los transeúntes sentados codo con codo, tras un minúsculo velador, al amparo de unos toldos que unos ratos sirven para protegerlos del sol y otros de la lluvia.

                París es, también, una ciudad de parques y jardines, en los que sus habitantes se solazan a falta de patios propios o de comunidad y a falta de más espacio en sus propias viviendas. Un pisito con una habitación, un baño, una pequeña cocina, un ordenador y una puerta a la calle de una ciudad habitable y movida ha sido durante muchos años el ideal (teórico, especulativo) de mi propia vida. Más o menos, ese es el mundo real que tienen hoy en París muchos de sus vecinos, tal vez la mayoría, para quienes, precisamente por lo poco habitable de sus espacios interiores, juegan un papel determinantes los parques, perfectamente cuidados y hermosos, en los que los ciudadanos descansan en los bancos o en las sillas de hierro que los pueblan o formando sobre el césped amenos grupos de charla.

La foto es de Juan

               Cuando viajo, tengo dos indicadores fundamentales de cómo es la sociedad que visito: uno me lo dan los anuncios de las inmobiliarias y el otro, los cementerios. Por lo que dicen los escaparates de las inmobiliarias, un pisito en París como el que he mencionado antes vale una fortuna y está totalmente fuera del alcance del salario medio de un trabajador. No quiero hacer valoraciones sobre algo que desconozco, pero no puedo dejar de pensar que esa gente joven y de mediana edad que puebla en una inmensa mayoría las calles no pueden acceder a una vivienda propia, al menos aquí, y viven de alquiler, muchas veces compartiendo el piso, y eso que tienen unos sueldos bastante dignos incluso después de haber pagado el elevado impuesto sobre la renta. Y no puedo dejar de acordarme de esos precios cuando oigo las sirenas de la policía que se dirigen hacia los Campos Elíseos a reprimir las protestas de los Chalecos Amarillos.


El otro indicador es el cementerio. Me gusta visitarlos porque dicen mucho de cómo eran los inhumados y los que los inhumaron y de la relación que existe entre los vivos y los muertos, esos seres que nunca acaban de irse del todo. En París hay varios de los cementerios más hermosos y más visitados del mundo*. En esta ocasión, visitamos dos, el de Montmartre y el de Père Lachaise. No quiero aquí hablar del paisaje funerario de ambos cementerios, ni de la monumentalidad de sus mausoleos, ni quiero explayarme recordando los nombres de enterrados famosos que dan lustre a la memoria que guardan, sino llamar la atención sobre una pequeña tumba del cementerio de Père Lachaise que tiene la palabra merci (gracias) escrita con pequeños cantos rodados y, entre varias macetas cuajadas de flores naturales, un rótulo en el que consta el año de nacimiento y de defunción de un hombre (1932-2019) y solo el año de nacimiento de una mujer (1940). ¿Hay mayor homenaje al amor que este? Yo les respondo: No, no lo creo.

* Para quien quiera saber de los cementerios de Paris (de París, en general), yo recomiendo la lectura del libro de Javier Redondo Jordán Las ciudades de la Luz, que fue finalista del premio Solienses 2011 y es un monumento al lenguaje y la melancolía. 


sábado, 27 de abril de 2019

Un gran artista humilde


Rafael Sánchez Molina dice que él se limita a transformar unas cosas en otras, casi siempre igual de inútiles que antes. Dice que no es un artista, sino un trabajador.

Yo le he dicho que el de creador y el de currante son papeles complementarios que conviven en el yo único del artista. No en vano, también la Naturaleza trabaja cuando trae al mundo a sus criaturas, cuando hace germinar las semillas y cuando convierte esa cosa que es una montaña en esa otra cosa que es un llano, ambas aparentemente inútiles pero ambas igualmente hermosas.

(Aunque construya tanto como destruya y en ella convivan el orden y el desorden, la Naturaleza es, antes que nada, un manantial artístico, como lo es Rafael Sánchez Molina. O eso creo yo).

Se lo digo tras haber conocido su obra y haberlo conocido a él.

En su obra, hay un algo especial con lo que me siento solidario sin saber muy bien por qué. Quizá porque en ella se palpa el impulso creativo antes que el cálculo o la razón, el querer crear antes que el saber lo que se quiere, como en cierta manera me pasa a mí. O, quizá, porque en los fascinantes objetos que construye y en sus pinturas hay un aliento escondido muy próximo al que anima mi sensibilidad.

En él, por otra parte, hay una voz calmosa y una mirada blanda que seduce aunque no te mire, sobre todo cuando está mostrando los objetos que ha creado, a los que coge y suelta con la dulzura de una madre.

Rafael Sánchez Molina dice que no es un artista, y lo dice de corazón: se nota que es un gran artista humilde.

Composición de Rafael Sánchez Molina en el escaparate de óptica Centrovisión


miércoles, 20 de marzo de 2019

Reocupación, repoblación


“Hay que proceder a la recolonización. El cambio de mentalidad necesita de gente de fuera que refresque las ideas. El daño en el pensamiento comarcal es tan grande que ya no es posible cambiarlo sin medidas traumáticas, que ni pueden adoptarse por razones de paz social ni deberían adoptarse por razones de justicia social. El enfermo, que ya solo aspira a sobrevivir, no puede prescindir de los cuidados paliativos, esto es, no puede prescindir de las ayudas a las que por su dignidad humana tiene derecho. Y en esas condiciones la mentalidad renovadora solo es posible con la reocupación de los pueblos”.


La cita –con perdón– es mía y procede de una entrada publicada aquí. He repetido esta idea en diversos foros, con una acogida bastante desigual, pero ahora veo confirmada mi tesis en un artículo publicado en El Confidencial. Creo que quienes tienen la dirección de nuestros pueblos deberían dedicar un poco tiempo a pensarlo. Tal vez en la llegada de inmigrantes esté parte de la solución al despoblamiento de nuestra tierra. 


jueves, 7 de febrero de 2019

El taller de Rafael Sánchez Molina


                  Rafael Sánchez Molina es un artista con taller en Pozoblanco.

                Rafael me invitó un día a visitar su taller y Carmen se apuntó enseguida, porque, al igual que yo, admira los escaparates que confecciona para la óptica Centrovisión, frente a los que siempre nos detenemos para disfrutar sus composiciones, aunque ya los hayamos visto un montón de veces.

                El taller de Rafael tiene de todo, desde lo más común a lo más insólito.

                Cualquiera que no supiera que las cosas tienen alma y están donde quieren estar diría que el taller de Rafael está desordenado. Cualquiera que tuviera una mínima sensibilidad, en cambio, diría que Rafael consiente que las cosas vayan a su aire y vivan su vida, por lo menos mientras no las necesite él.

                Rafael nos ha enseñado una fotografía antigua que encontró en la casa, los materiales que coge por aquí y por allá para componer sus obras, los restos de algunos montajes para los escaparates y dos series de pinturas en cartulina, hechas con materiales sintéticos y de contenido abstracto o escasamente figurativo, en las que yo he visto muchas de las imágenes que pueblan mi mente cuando escribo, especialmente cuanto escribí la trilogía de Occidente.

                Algo le he dicho a Rafael sobre esto último, aunque no sé muy bien si he sabido hacerle ver lo cerca que están nuestras obras y, en consecuencia, lo cerca que debemos de estar el uno del otro.

                El taller de Rafael tiene de todo. Y lo tiene a él.

              Lo digo porque él es tanto persona como personaje y, en tanto que personaje, también tiene su atractivo. Lo digo porque es un espectáculo verlo pasar la mano cariñosamente por las cartulinas, como si las acariciara, porque lo es oírlo hablar con acogedor sosiego de las texturas y los colores y lo es verlo moverse parsimoniosamente entre los objetos y las musas que a buen seguro pueblan la estancia. Y lo digo porque uno puede sentir enseguida el cariño que le tiene al objeto artístico, porque uno, en fin, puede captar con él todo lo que hay de divino en esa extraña existencia que llevamos los seres humanos.



miércoles, 6 de febrero de 2019

Un honor muy grande: finalista del Solienses 2019


      No vivo de escribir. Tengo otro oficio con el que, como decía Antonio Machado, "pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago".

                Si has leído alguna de las entradas anteriores ya sabrás que escribo por el gusto de escribir, aunque luego me gusta que se lean mis libros.

                Esta mañana he sabido que mi novela Sholombra es finalista del premio Solienses, junto a la novela Aquello que fuimos, de Pilar Muñoz Álamo, y el libro de poemas Antes que el tiempo fuera, de Juana Castro. Estar incluido en esta terna es ya una distinción muy grande, dado el prestigio del premio, y lo es por estar acompañado de tan distinguidas escritoras, que con las mencionadas obras han logrado galardones de gran relevancia. Y lo es, también, porque eso me ayudará a que se lea Sholombra y las dos entregas posteriores, que dan continuación a la trilogía de Occidente. 
       
                Publico los libros en Amazon sin DRM para que puedan multiplicarse sin problemas entre los lectores. De hecho, todos ellos están en plataformas de descargas más o menos legales.

                No puede mandarte estos libros en papel, como quisiera, pero sí puedo hacer que los descargues gratis en formato electrónico desde mi página web (juanboscocastilla.com), donde hay mucha información sobre ellos, y, si tienes problemas para hacerlo, puedo mandarte los libros en formato electrónico para que los leas en tu propio lector.

                Lo dicho: si quieres los libros de la trilogía de Occidente (Sholombra, De Sholombra a Nógdam y Nógdam) en formato pdf o epub, pídemelos pinchando aquí y te los mando por correo electrónico o escríbeme a sholombra@gmail.com.

                Luego, haz con ellos lo que te plazca, siempre que recuerdes el nombre de su autor y sea con fines legales y no comerciales.


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