En ese medio ambiente social, el individuo corriente cuenta con dos artificios aparentemente inocuos para sobrevivir, prosperar y defenderse de los más osados (de los más mentirosos): el autoengaño y las ideas previas.
El autoengaño
La
mentira más extendida es la que el sujeto se hace a sí mismo, en función de la
cual disculpa sus comportamientos contrarios a lo que un día le dictó su
conciencia o a lo que en circunstancias similares le exige a los demás. Esa
disculpa tiene formas diversas, aunque la más extendida suele ser buscarse el
amparo de los incumplimientos ajenos. «No voy a ser yo más tonto que nadie»,
por ejemplo. O: «Todo el mundo lo hace». O: «Si no lo hago yo, lo hará otro con
menos legitimación que yo».
Así,
el que critica el fraude fiscal de un dirigente público al mismo tiempo que no
incluye todos sus ingresos en la declaración de la renta o exige que las
facturas le lleguen sin el impuesto correspondiente, el que censura al
empresario explotador pero no cumple sus obligaciones laborales con su empleada
de hogar y el que reprocha los ardides de quien pretende colocar a sus hijos en
la Administración después de haber fracasado él en el mismo intento.
El
autoengaño, en fin, facilita que los individuos sigan exigiendo a otros
(particularmente a sus dirigentes) el comportamiento que eluden para sí mismos.
Las ideas previas (pre-juicios)
Cuando
el ser humano toma una decisión como miembro de la sociedad, no lo hace
gestionando variables ciertas, sino ideas que como mucho son aproximaciones de
la verdad. Por eso, la intuición, que prescinde del razonamiento pero echa mano
de conocimientos residuales y ocultos, es tan importante a la hora de tomar
decisiones, y por eso en el universo social es mejor utilizar unas cuantas
ideas claras que un montón de datos, a diferencia de lo que sucede en el
universo físico, donde los datos son imprescindibles.
Los
seres humanos conjeturan la naturaleza ininteligible de ese universo social y
se sienten perdidos si no cuentan con referencias ciertas que les sirvan para
guiarse por él, referencias, no obstante, que no pueden ser sino subjetivas por
naturaleza, anteriores al conocimiento, obtenidas más por la educación que por
la experiencia y que sirven para proporcionales seguridad.
Por
ello, cuanto más insegura se siente una persona, más ideas previas necesita y
de más rigidez. Por el contrario, cuanto más libre es y cuanto más dispuesta
está a aceptar lo contingente de su destino (desde todos los puntos de vista),
menos ideas previas necesita y más flexibles son estas.
Las
ideas previas se refuerzan en el grupo de afines y, reforzadas, proporcionan
más seguridad en la respuesta a los problemas personales o las situaciones
donde la razón entra en conflicto. Los líderes de los grupos lo saben y
procuran la cohesión de los mismos con mensajes que tienden a alimentar la
unidad y, cuando el grupo está a la defensiva, a fijar abismos en las fronteras
intelectuales del conjunto. Cuando el grupo se siente fuerte y está en
expansión, en cambio, se sabe con capacidad para digerir y asimilar las ideas
extrañas y los líderes tienden puentes hacia el exterior a fin de incrementar
el número de adeptos.