viernes, 14 de febrero de 2020

Los empleados públicos*

Según consta en el Archivo Municipal de Torrecampo, el 30 de junio de 1899 presentaron su renuncia al puesto todos los empleados municipales del Ayuntamiento de esa villa, desde el secretario a los dos vigilantes de las luces pasando por el director de la banda de música. La renuncia, redactada con la misma letra y el mismo contenido, fue aceptada por el alcalde saliente el mismo día 30.

El 1 de julio de 1899, o sea, un día más tarde, el nuevo alcalde, que había tomado posesión ese mismo día, nombró a los nuevos empleados públicos, que habían formulado la correspondiente solicitud en escritos de fecha 30 de junio prácticamente idénticos, si bien el de un encargado de las luces ni siquiera llegó a firmarse.

Ese cese absoluto y ese inmediato nombramiento absoluto no era ninguna excepción, pues acaeció durante mucho tiempo y para todas las Administraciones de España, y obedecía a un parte del pacto de El Pardo, de 24 de noviembre de 1885, por el quedó instituido el sistema de turnos entre los liberales y los conservadores, que les sirvió para repartirse el poder a finales del siglo XIX y principios del XX, aplicando de la forma más grosera el fraude electoral. Esto es, cuando entraban unos a mandar, echaban a todos los empleados públicos y ponían a otros, que a su vez cesaban cuando se iban los políticos que los habían nombrado.

Puede imaginarse el lector la situación. Puede imaginar, por ejemplo, a qué personas nombraban los políticos recién entrados y el grado de competencia de los nuevos empleados públicos. Puede imaginarse los niveles de independencia e imparcialidad de su actuación, con quiénes estaban comprometidos o a quiénes debían fidelidad.


El lector puede ponerse en el contexto actual. Puede imaginar que los partidos políticos (porque son ellos los que gobiernan) pueden cesar a todos los empleados públicos, incluidos médicos, enterradores, maestros, jardineros, policías, bomberos e inspectores de hacienda y trabajo, y que al día siguiente pueden nombrar a los que ellos quieran. ¿Se ha puesto el lector en situación? ¿Cree, de verdad, que los partidos dejarían en su trabajo a los más competentes y sustituirían a los que no lo son por otros competentes? ¿No cree, como creo yo, que los empleados competentes huirían del sistema y solo los muy incompetentes acabarían entrando y saliendo del mismo al capricho de los políticos afines a su ideología?


Dimisión de un encargado de las luces y decreto del Alcalde aceptándola

Hasta 1918, con Antonio Maura al frente de un gobierno de concentración, no se aprobó la Ley de Funcionarios que terminó con el sistema de cesantías y garantizó la continuidad de los funcionarios, salvo "faltas graves de moralidad, desobediencia o reiterada negligencia en el cumplimiento de los  deberes del cargo", que debía constatarse en un expediente gubernativo instruido con audiencia del interesado, quien podía recurrir la resolución final ante los tribunales. La Ley aquella y las leyes que siguieron acabaron identificando al funcionario con el puesto que ocupaba, de tal manera que el puesto era del funcionario, no del político que lo nombraba.

O sea (y esto es lo más importante), que el médico, el barrendero, el jardinero, el maestro, etc. continúen en su puesto sea quien sea el que gobierne es un mecanismo de defensa de la sociedad ante quienes se creen que porque hayan sido elegidos por el pueblo el pueblo decide a través de ellos en todo caso, siempre. Continuar en su puesto solo es una garantía para el funcionario como consecuencia de la garantía original de la sociedad, y no debe olvidarse que el funcionario puede ser expedientado y, en su caso, sancionado, con medidas que pueden llegar a la expulsión.

Conviene tener presente esta idea cuando hablamos del incomprensible derecho de los funcionarios a continuar en el cargo pase lo que pase, porque no es cierto: ese derecho es de la sociedad y los funcionarios pueden ser corregidos y expulsados. Y conviene tener presente que cuando una Administración no funciona la culpa la tienen quienes la dirigen, como cuando no funciona cualquier otra organización, pública o privada. Es a los dirigentes a los que corresponde estructurar convenientemente el sistema, ordenar los puestos, estudiar los tiempos de trabajo y de respuesta, determinar qué niveles de formación necesita cada uno de ellos, adjudicar las retribuciones en atención a su especial dificultad técnica, dedicación, incompatibilidad, responsabilidad, peligrosidad o penosidad y, en fin, retribuir emocionalmente con honores o premios y abrir expedientes disciplinarios.

No se puede renegar de los técnicos porque ponen cortapisas de índole legal y cobran mucho, por ejemplo, y luego echarlos de menos cuando el que los sustituye no te saca las castañas del fuego. Ni se pueden cubrir puestos de índole estructural con contratados temporales, porque los temporales se pasan el tiempo aprendiendo y no se identifican con el puesto (y porque eso es repartir miseria). Ni se pueden pagar de forma sistemática horas extraordinarias, porque eso supone reconocer un desequilibrio estructural de origen. Ni, tampoco, se puede premiar el acceso al empleo público de los sumisos, de los afines o de los que, simplemente, no responden al perfil necesario para el mejor desempeño del servicio.

Solicitud (no firmada) de un encargado de las luces y decreto del Alcalde aceptándola

La sociedad suele acordarse del político que se sienta en la mesa presidencial, a quien casi siempre (de una forma excesiva) se agradece el esfuerzo que ha hecho para que salga a la luz lo que allí se presenta, pero se olvida de quienes están detrás de todo eso, los verdaderos forjadores del resultado, que son los empleados públicos. La sociedad no suele reparar en que detrás del político que se da codazos con otros para salir en la foto en la que se corta la cinta inaugural o se descorre la cortinilla de la placa hay un montón de empleados públicos que han hecho posible lo que se inaugura. La sociedad suele reparar en lo noticioso, que es lo malo (los malos empleados públicos, que los hay), pero no suele echarle cuentas a lo común, que es lo bueno (los buenos empleados públicos, que también los hay, y muchos).

Cada vez que un político le echa la culpa a los técnicos de lo que no sale adelante, debería dar explicaciones del fondo de lo que está pasando: de si es legalmente posible, de si hay o no hay presupuesto, de las presiones que el técnico está sufriendo y de si el técnico es verdaderamente técnico o es un suplente del mismo y, en su caso, de por qué no se han adoptado las medidas adecuadas para que haya uno suficientemente capacitado.

La Administración en un instrumento en manos de los políticos que sostienen los empleados públicos. La Administración es un instrumento que sigue funcionando con los políticos recién llegados, que aún no entienden de gestión, porque hay empleados públicos que entienden de gestión. Y la Administración sigue funcionando incluso cuando la gestión de los políticos es mala.


Los periódicos están llenos de fotos de políticos presentando o inaugurando, y de muy pocos empleados públicos. El colmo sería que se llenara de noticias en las que el político le echara al empleado público la culpa de lo que no puede aprobar o inaugurar.

 
Acta del Ayuntamiento en pleno de ratificación de los ceses y nombramientos (en la tercera hoja)



* publicado en el semanario La Comarca.





sábado, 25 de enero de 2020

Mi padre


Mi padre era una de esas personas que interesa tener cerca porque generaba armonía en el ambiente, porque hacía fácil lo difícil, porque comprendía y sosegaba.

Mi padre era alegre y vitalista. Le encantaba viajar y casi todo le dejaba una impresión positiva, que guardaba en la memoria para siempre o en una libretilla donde apuntaba lo que la memoria no recogería.

Mi padre hablaba con todo el mundo. Cuando salía a dar un paseo, tardaba mucho en volver, porque la gente lo paraba para preguntarle por su familia o por el Sevilla, para contarle sus cosas o por el placer de recibir de él esa energía positiva que transmitía de forma natural.

Mi padre adoraba a su familia. Mi padre se sentía muy orgullo de sus hijos y de sus nueras. A mi padre le encantaba hablar con sus nietos por videoconferencia y por teléfono. Cuando se despedía en persona de ellos, los abrazaba como si fuera la última vez, con un abrazo largo, ceñido y callado.

Mi padre quiso mucho a mi madre, aprendió a suplirla cuando ella se puso enferma y la cuidó durante mucho tiempo.

Mi padre nunca perdió la inmensa lucidez que tenía y hasta sus últimos días conservó la memoria intacta.

Mi padre era una persona extraordinaria. Por eso, si volviera a nacer y me dieran a elegir, yo querría tener un padre como mi padre. Y por eso, cuando muera y no sea más que las huellas que he dejado por el mundo, yo quiero que mis hijos me recuerden como yo recuerdo a mi padre.

Mi padre, que hace mucho tiempo me expresó su deseo de vivir hasta los noventa años, murió con noventa años, de repente, sentado en el sillón, sin sufrir y sin hacer sufrir. Él se merecía una muerte así y a nosotros fue el último favor que nos hizo.



viernes, 3 de enero de 2020

Cierra una oficina bancaria*


Mucha gente aún sigue creyendo que las entidades financieras viven del dinero que ellos han depositado previamente, con el que le prestan dinero a otros a cambio de un interés. No saben que las entidades financieras no traspasan depósitos de una persona a otra, sino que crean, a la vez, depósitos y deudas en el mercado. No saben que ahora las entidades de crédito bancarias tienen dinero gratis del Banco Central Europeo, o incluso que este les paga un interés por recibir dinero.

Mucha gente aún sigue creyendo que las entidades financieras son el coco, que son el paradigma del capitalismo más salvaje, y las insultan, y preconizan poco menos que su desaparición. No saben que las entidades financieras no son como otras empresas, que son esenciales en sociedades como la nuestra, en la que los proyectos se ejecutan desde ya con el dinero que se tendrá en el futuro. El proyecto de una familia, por ejemplo, que aún no dispone de fondos para comprar una casa, o el proyecto de un joven que tiene una idea y quiere ponerla en práctica, o el de una empresa que quiere ampliar el negocio o quiere innovar.

Mucha gente aún sigue creyendo que los bancos fueron rescatados hace unos años, y que eso supuso un fuerte desembolso por parte del Estado, es decir, de todos los ciudadanos. No saben que, excepto raras excepciones, los bancos no fueron rescatados, sino que lo fueron las cajas de ahorros, en las que gobernaban (y cobraban muy bien por ello) políticos, sindicalistas e impositores, y, en ocasiones, algunos obispos. No saben que lo que entonces se echó en falta fueron buenos profesionales que actuaran con auténticos criterios empresariales.

Mucha gente se pregunta qué está pasando cuando la entidad financiera con la que trabajaba cierra la oficina de su pueblo. Solo entonces se da cuenta de que las entidades financieras prestan un servicio esencial, por el que tal vez habría que pagar un precio, igual que se paga por el servicio de panadería o por el que prestan los bares. O incluso como el que presta Correos.


Que ese servicio es un servicio público es la mayor razón para que las entidades financieras sigan en los pueblos pequeños. Y lo es especialmente cuando se trata de oficinas de cajas o de cooperativas de crédito, dado que no tienen como fin único ganar dinero, sino también otros de carácter social.

El cierre de la oficina de una entidad financiera tiene un valor añadido que lo convierte en traumático, pues parece irreversible y se asocia enseguida al bajón económico. El cierre de esas oficinas perjudica a todo el mundo, pero especialmente a los vecinos mayores que no pueden desplazarse a otros municipios, porque no disponen de medios, y ni saben ni sabrán nunca operar por internet. Un cierre así genera incomodidad y es un golpe en los bolsillos, pero es sobre todo un golpe moral, que pone al pueblo frente al espejo, en el que puede ver con toda crudeza la descomposición de su realidad.

Las entidades financieras, especialmente las que tienen algún fin social, deberían ser más sensibles ante el escenario del despoblamiento. No anunciar el cierre con antelación, por ejemplo, o comunicarlo tres o cuatro días antes no tiene nada que ver con la viabilidad de la empresa y es, simple y llanamente, un insulto a los clientes que durante años confiaron en ella.

La relación entre un pueblo y las entidades financieras va más allá de lo puramente comercial, es una relación de servicio público, y obliga a la comprensión y el entendimiento mutuo. Igual que la empresa de aguas va al pueblo unas cuantas horas a la semana para gestionar las altas y las bajas y la trabajadora social unos cuantos días para tratar los asuntos que son de su competencia, la oficina de la entidad financiera debe abrirse un tiempo mínimo para la adecuada prestación de sus servicios. Así ocurre con el mercado de abastos y con el mercadillo.

La oficina de Caja Rural del Sur cierra en Torrecampo, después de estar muchos años abierta. Los hemos sabido hace unos cuantos días. Los directivos de la Caja Rural del Sur, una cooperativa de crédito, deberían reconsiderar su decisión, introduciendo ahora en sus cálculos el dolor que podría generar en el vecindario.

*Publicado en el semanario La Comarca.

viernes, 18 de octubre de 2019

El derecho a decidir de los pobres*


          En el Estado social, los impuestos son progresivos. Eso quiere decir que quienes más tienen pagan más para que el Estado pueda atender con la dignidad que toda persona se merece a los que tienen menos dinero. Para que la sanidad sea gratuita, por ejemplo, y lo sea la educación, para que pueda haber carreteras por las que circulen tanto los coches potentes como las bicicletas, para que las plazas sean bonitas y disfruten de un buen paseo tanto los que pueden costearse un patio muy grande como los que viven en un piso pequeño, para que las playas estén limpias y en ellas puedan bañarse tanto los muy ricos como los parados, para que los pensionistas puedan costearse viajes más baratos y, en fin, para un montón de cosas más

                Que sean progresivos quiere decir que si eres muy rico pagas más que si eres rico, y si eres rico más que ni no lo eres. Y quiere decir que si eres rico vas a tener las mismas prestaciones públicas que si eres pobre. O que vas a tener menos prestaciones.

                Y quiere decir que si eres muy muy muy rico y no quieres pagar tantos impuestos te jodes y te aguantas, porque los pobres son como tú, tienen la misma boca que tú y el mismo estómago, tienen el mismo frío que tú y los mismos mocos cuando se resfrían, le duelen los mismos huesos cuando se caen y tienen las mismas necesidades de cuidados que tú cuando envejecen y chochean.

                Y quiere decir que tú, por muy muy muy rico que seas y, en consecuencia, por muchos impuestos que pagues, no puedes decir que la culpa de que los pobres sean pobres es de ellos, porque no trabajan, porque no estudian, porque no saben administrar el dinero o porque se lo gastan en tonterías. No lo puedes decir ni siquiera aunque sea verdad, porque tú no le puedes negar a nadie, a nadie, el derecho a vivir como un ser humano, igual que no le puedes negar a ningún fumador el derecho a ser tratado en un hospital de un tumor causado por el hábito del tabaco, ni le puedes negar a un alcohólico el derecho a ser tratado de una cirrosis, ni a un drogadicto el derecho a ser tratado por un experto por muchas veces que recaiga en su adicción.

                Tú, por muy muy muy rico que seas, no tienes derecho a decidir lo que se hace con tu dinero. No lo tienes, aunque tengas la certeza de que va destinado a pobres que no hacen lo suficiente por dejar de ser pobres, porque esos pobres que tú minusvaloras quizá han tenido menos posibilidades que tú para dejar de serlo y, en cualquier caso, porque esos pobres son personas y ya está.

                Los partidos de izquierda hacen mucho hincapié en esto, y mí me parece bien, perfecto. Lo que no me parece tan bien es que casi todo quieren solucionarlo con la progresividad de los impuestos. Es decir, no me parece bien que prometan el oro y el moro a cambio de que paguen más los que más tienen. Y que vuelvan a prometer más cosas a cambio de que paguen más los que más tienen. Y que vuelvan a prometer más. Y así una vez y otra, como si los ricos fueran un pozo sin fondo.

Fuente: INE. Pincha sobre la imagen para ver la página.

                Como los partidos de izquierdas quieren que pague más quien más tiene para dárselo a los que menos tienen, y nunca están bastante contentos con lo que pagan los ricos, no entiendo cómo se puede ser, a la vez, nacionalista y de izquierdas. No parece sino que hay pobres de distintas clases, dependiendo del idioma que hablen o de si están al otro lado o a este de un río, del Ebro, por ejemplo, en cuyo caso ya no son pobres de los otros, sino nuestros pobres.

                En España, los partidos nacionalistas de ámbito autonómico han echado mano continuamente del agravio que supone pagar más teniendo más, como si eso no fuera lo justo. Y lo han hecho con el apoyo de los partidos de izquierdas, que para colmo son los más nacionalistas, y, en ocasiones, como en Cataluña, acudiendo a tópicos como que el dinero que ellos pagan se derrocha en otros territorios, como en Andalucía, como si ellos no tuvieran corrupción, o como si los andaluces no fueran los más sufridores de la corrupción de sus propios gobernantes.

                Ahora, que tenemos en Cataluña un problema, conviene recordar que casi todo empezó cuando Artur Mas le pidió a Rajoy un modelo de financiación como el cupo vasco y recibió un no como contestación. Después vino el injusto discurso del "España nos roba" y el eslogan casi imbatible del "derecho a decidir", al que, increíblemente, se sumaron los sindicatos de Cataluña y, en el colmo del disparate, los partidos de ámbito estatal situados más a la izquierda, con Podemos al frente, precisamente los que más hincapié debían haber hecho en que el único derecho a decidir, el más democrático y social, el auténtico, es el derecho a decidir de los pobres, el de los humildes, el de los parias del mundo.


* Publicado en el semanario La Comarca

viernes, 11 de octubre de 2019

La ciudad: nuestro hogar*


Hace tiempo, un amigo me hizo ver que lo mejor era comprar un taladro entre unos pocos y dejárselo al que lo necesitara, porque de lo contrario no se amortizaba nunca, dadas las pocas veces que se utiliza. El taladro en común es una muestra anecdótica de la eficiencia a la que está condenada nuestra sociedad de consumo, acuciada por los problemas medioambientales y las limitaciones económicas, que ya está en marcha en algunos ámbitos. Hace unos días, por ejemplo, leí en un periódico que la propiedad pierde tirón en beneficio del arrendamiento de cosas y servicios, especialmente entre los jóvenes, quienes están tomando partido por el sentido práctico de la mera posesión.



La diferencia entre tener (especialmente si se tiene a título de propietario) y usar es muy grande y tiene más consecuencias de las que nos creemos, a poco que nos fijemos en la cantidad de cosas que tenemos y no usamos suficientemente o, incluso, que no usamos nunca. No en vano, “mantener” viene de “tener”, pues todo lo que se tiene hay que mantenerlo, en tanto que no hay un término similar para “usar” (no se dice “manusar” o algo parecido). Y quien debe mantener también debe decir guardar, y defender, y asistir al inevitable deterioro de la cosa.


Cuando voy al campo, siempre recuerdo esa diferencia esencial. El que merienda en los ruedos públicos de una ermita se vuelve a su casa y se deja allí los problemas, igual que el que camina por una vía pecuaria o el que se tumba al sol en una playa, pues no tiene que pensar en los conflictos con los colindantes, ni en si los pozos tienen o no tienen agua, ni en que pronto vendrá el recibo de la contribución y tendrá que pagarlo. El que usa lo público, en fin, disfruta del aire puro, del paisaje y de cuanto puede ofrecerle la cosa y no tiene que preocuparse de su mantenimiento.

Quizá por eso, cuando pienso en cuál puede ser el estado ideal de una persona siempre imagino a alguien que tiene una pequeña vivienda con una salida accesible y fácil a una ciudad confortable. Una pequeña vivienda obliga a un mantenimiento pequeño y una ciudad confortable ofrece todos los servicios que necesitamos, pues no hay mejor patio que un parque bonito, no hay mejor sala de estar que una plaza coqueta ni mejor lugar para charlar con los amigos que la acogedora terraza de un bar.


Para eso, para que la ciudad o el pueblo en el que vivimos sea confortable, debe estar a nuestro gusto, tiene que ser como nuestra propia casa. Que sea como nuestra casa supone que esté tan limpia como nuestra casa, que esté tan bien adornada como nuestra casa, que esté tan bien mantenida como nuestra casa. Supone, dicho de otra forma, que si nuestro perro no se caga o se mea en nuestra casa, tampoco se cague o se mee en la esquina de la calle (o, al menos, que no se quede allí lo que hace), que si no tiramos los papeles, las colillas o los chicles al suelo de nuestra casa, tampoco los tiremos al de la calle, que si no queremos que nadie meta humos o ruidos en nuestra casa, tampoco los metamos en la calle, etc.

El párrafo anterior contiene adrede muchas veces las palabras “casa” y “calle” para explicitar que lo privado y lo público forman parte del medioambiente en el que vivimos, que son nuestro ecosistema, igual que el campo abierto es el de los lobos, esto es, que necesitamos de una equiparación de la casa y de la calle para completar correctamente nuestro espacio vital, por el que debemos sentir siempre el mismo aprecio si queremos realizarnos como los seres sociales que somos, si queremos ser más felices, en fin.

La idea de que para hacer más confortable nuestra vida hay que hacer más confortables nuestras ciudades es una obviedad y, quizá por eso, nadie se plantea en serio debatir sobre el asunto. Detrás de lo obvio, sin embargo, está el detalle: el detalle son las pinceladas con las se forman los cuadros, los ladrillos con los que se levantan los edificios y los elementos con los que se construyen las ideas propias, no esas que vienen de fuera y asumimos enseguida sin darle más vueltas. Si para ser consciente de cualquier detalle hay que tener una sensibilidad especial, también hay que ser muy sensible para ser consciente de los detalles que integran nuestros lugares públicos, que son los elementos sobre los que en buena parte se asienta nuestro bienestar.


Mis amigas Jose y Cecilia tienen una sensibilidad especial, piensan por su cuenta y tienen mucha determinación. Lo digo porque, después de debatir en privado sobre estos asuntos, tuvieron a bien ponerse manos a la obra para cambiar las cosas y nos citaron en una plaza para hacernos partícipes de sus inquietudes sobre el estado de lo público en Pozoblanco. Lo hicieron acompañadas de Javier Fernández, arquitecto especialista en paisajismo, quien, a lo largo de un relajado paseo posterior, ilustró a la treintena de paseantes que habíamos acudido a la cita sobre el significado de los árboles de la ciudad y, especialmente, sobre cómo son y cómo deberían ser los árboles que pueblan la nuestra.

A tenor de lo que aprendí, puedo decir alto y claro que hay posibilidades de mejora, y no pocas. Así que harían bien los que tienen competencias sobre la materia en dejarse asesorar por los que saben y tomar las decisiones que correspondan, que nunca deberían ser para el corto plazo, pues un árbol no se hace de la noche a la mañana.

No se puede plantar cualquier árbol en cualquier sitio. No se debe plantar así por él y por nosotros. El árbol es un ser vivo que nos da oxígeno, que nos da sombra, que nos da frescura y que hace más bellas nuestras ciudades y más amable nuestra vida, es un ser vivo que necesita de mimos, de cariño, que es sensible al amor de sus vecinos y sabe corresponder a ese amor de muchas formas.


Nuestros abuelos plantaron olivos en la sierra y transformaron el bosque mediterráneo en dehesas pensando en sus hijos, o incluso en sus nietos. Quizá no tenían el concepto de planificación en su mente, pero planificaban sin saberlo a largo plazo, a muy largo plazo. Ahora que todo se quiere para ayer y nuestros gobernantes no hacen nada sin que conste en la correspondiente foto que les dé réditos inmediatos, convendría seguir el ejemplo de nuestros abuelos y el de los árboles mismos, todos ellos seres sobrios, generosos y fuertes.


Jose y Cecilia nos han dicho que habrá más paseos para tratar otros temas. Habrá que estar atentos, porque esto promete.

*Publicado en el semanario La Comarca.
** Todas las fotos son de Carmen.

jueves, 3 de octubre de 2019

La voracidad que acaba con la naturaleza o Ese frenesí suicida


(Cuento)
(c) Juan Bosco Castilla

         
         En esta época de loco frenesí, incluso a mí me resulta difícil conjugar los verbos en otro tiempo que no sea el presente y armar frases con ideas que han caído en desuso, como nostalgia, constancia o crisis. A pesar de todo, quiero explicar cómo nació, creció y fue superada la Empresa, con un propósito que seguramente tiene más que ver con mi vanidad que con el final ineludiblemente querido de la raza humana.
            Ahora nadie lo recuerda, pero todo empezó en el Teatro de la Ópera de esta ciudad, durante la actuación de la compañía titular. Cuando terminaba el espectáculo, un grito espeluznante ahogó el sonido de la orquesta y una figura rasgó el aire al caer del paraíso a la primera fila de butacas. Naturalmente, se produjo un gran alboroto, la representación se dio por terminada y el público abandonó conmocionado el recinto.
            Lo que menos podía esperarse el público del día siguiente era que a la misma altura de la obra se repitiera el acontecimiento. Uno de los críticos que había acudido a ver la función escribió en un periódico de renombre que el grito había sido menos desgarrador, pero el vuelo más espectacular. “Era como si el suicida quisiera formar parte del espectáculo”, dijo.
            En aquel entonces había pasado y, junto a la memoria, existía el olvido. La gente acabó por olvidar y a la semana el teatro estaba lleno de nuevo. La fecha más trágica de esta historia quizá sea la del tercer suicidio, porque a partir de aquel día cambió el público del teatro. El nuevo público no atendía a las notas de la orquesta ni a las voces de los cantantes y sólo guardaba silencio cuando llegaba el momento clave, que miraba absorto al paraíso. El cuarto suicidio, pues, no cogió desprevenido a nadie. Con el grito, el director mandó callar a la orquesta y el tenor se retiró enfadado al camerino.
            Hubo un quinto suicidio. Y un sexto. El teatro se llenaba todos los días y el empresario prolongó la temporada con una compañía de comedia.
            Hubo un séptimo suicidio, un octavo, un noveno.
El jardín de las Delicias, de El Bosco (detalle)
            Los ciudadanos más recalcitrantes acabaron mirando con admiración a los presuntos suicidas, señalados por el dedo experto de los veteranos. En los circuitos de aficionados se creó una jerga que pronto fue asumida por el lenguaje común. Palabras y expresiones como “vuelo”, “contacto”, “salto de pecho”, “escorado a la izquierda”, “largo”, “corto” y “duda inicial” se intercalaban en cualquier tipo de conversación para hacer más gráfico el argumento.
            Un día los periodistas publicaron que el teatro había sido vendido a un precio increíble. La nueva Empresa quiso montar un suicidio por función y para conseguirlo concedió premios y subsidios y publicó en la prensa local anuncios incitando al fatal acto.
            Fueron muchos los que acudieron a la llamada y se lanzaron al vacío intentado alguna acrobacia. Con el tiempo fueron tantos que el subsidio fue reduciéndose y la gloria tornándose vulgaridad. Cuando todos, espoleados por la publicidad, descubrieron una razón para matarse, la Empresa pasó a cobrar los saltos.
            Desde aquel mismo momento la actitud de los ciudadanos ante el suicidio pasó a ser mayoritariamente activa, es decir, hubo más ciudadanos dispuestos a suicidarse que a ver el suicidio. Por ello se crearon nuevas formas para revitalizar el espectáculo y atraer espectadores: saltos desde trampolines, saltos múltiples, repeticiones en pantallas gigantes, saltos sobre blancos, admisión de apuestas, etc.
            Pero también aquellas innovaciones dejaron de ser atractivas, y llegó un momento en que los ciudadanos hacían enormes colas para saltar mientras que las butacas estaban vacías. Cuando el Gobierno, acuciado por revueltas populares, fijó un precio máximo para los saltos en lo que se consideró el mayor logro social de la Historia, a la empresa se le ocurrió fomentar la entrada de espectadores rifando un suicidio entre ellos. Luego la Empresa se vio obligada a rifar dos suicidios, diez, veinte, cien, hasta que, finalmente, la entrada dio derecho a suicidarse.

El jardín de las Delicias, de El Bosco (detalle)
            Si este escrito tiene lectores, será de épocas menos oscuras y abyectas que la nuestra. En nuestra época no había sentimientos, sólo una idea fija: el suicidio, y a ella dedicaban su entendimiento los sabios y los necios.
            El mayor problema que se planteó a los sabios fue el de las enfermedades producidas por los cadáveres en descomposición: nadie los recogía, porque al carecerse del concepto de futuro no se quería trabajar, pero tampoco se quería morir de una enfermedad, sino por la propia mano. Muchas voces se alzaron reclamando el suicidio de la humanidad en solo acto, en un instante supremo compartido, arrasando la superficie de la tierra con bombas nucleares, por ejemplo. Era una idea con la que se mostraban en desacuerdo los filósofos. “La vida es una secuencia personal a la que se debe dar término utilizando la libertad individual”, decían. Cuestiones como la del suicidio de los niños o la de los miembros de tribus salvajes inclinaron la opinión pública a su favor.
            Al lector le parecerá vil la solución, pero técnicamente es correcta: tenga en cuenta que morir por sí era lo fundamental y que para ello se necesitaban métodos asépticos. Sin eliminar la libertad individual, era necesario desprenderla de su contenido absoluto, civilizarla, hacerla solidaria: los sabios dijeron que el suicidio debía desformalizarse, que había que dejarlo sin acto.
            Los gobiernos hicieron caso a los sabios y cerraron los teatros. Las guerras que destruyen las ciudades, las drogas que matan a los jóvenes, la voracidad que acaba con la naturaleza y la locura sangrienta de los iluminados también fueron sugerencias de los sabios. Según ellos, una expresión civilizada y solidaria de aquel afán suicida que impedía enterrar a los muertos y del que ahora no se tiene memoria.

domingo, 29 de septiembre de 2019

El afán de los huesos*


          "No hay entierro con trasteo", decían nuestros compañeros de viaje colombianos para explicar los gastos de sus viajes. O, como dijo el papa Francisco, "no hay un camión de mudanza detrás de un cortejo fúnebre". O, como se ha dicho aquí en alguna ocasión, no es bueno plantearse el futuro como excusa, si no queremos que el día menos pensado nos plantemos ante el espejo y al preguntarnos qué ha sido de nuestra vida no hallemos cosas de verdadera sustancia. Lo que tenga que ser, en fin, ahora mejor que mañana, pues no sabemos cómo será el futuro, ni si lo habrá para nosotros.

            Los antiguos egipcios se planteaban un futuro no muy distinto del presente y hacían entierros con un montón de objetos (con trasteo, vaya), que depositaban en sepulturas grandiosas junto al cadáver momificado, a fin de que cuerpo y alma pudieran disfrutar en el más allá de una vida eterna con la misma cotidianidad de esta y de la misma simpleza. Para una eternidad del cuerpo, parece natural que este se embalsamara y que se le dotaran de las máximas comodidades posibles, o incluso de lujos.

            El caso es que esos objetos atraían enseguida a los ladrones, de manera que muchas de aquellas tumbas fueron pronto asaltadas, especialmente las que acumulaban más ajuar para el difunto. Y el caso es que las que no fueron saqueadas por los ladrones lo fueron luego por los arqueólogos, quienes, no conformes con repartir los objetos por los museos del mundo, repartieron también las momias.

            En las tumbas no quedó el cuerpo momificado, ni quedaron los objetos, y es de presumir que tampoco quedó el alma. En las tumbas, en fin, no quedaron más que las tumbas, que ahora se visitan como si fueran parques o plazas de los pueblos, como un atractivo turístico más, por personas venidas de todos los continentes que pagan por entrar en ellas y se fotografían en su interior, personas que lo mismo admiran a los seres que se enterraron allí, capaces de las construcciones más inverosímiles, que los desprecian por la simpleza de creer que es posible irse al más allá con los bártulos del más acá.

Museo Egipcio de El Cairo

            Ese ir y venir de momias, de ajuares funerarios y de turistas que visitan museos y tumbas es una buena prueba de lo mundano de la muerte y lo es, también, de la natural convivencia que ha existido y existe entre los muertos y los vivos, cuya muestra más cruda la encontramos en la Ciudad de los Muertos de El Cairo, donde mucha gente vive en pleno cementerio, en viviendas habilitadas en los mismos panteones o junto a ellos y hay calles con comercios, mezquitas y pequeños bares con terrazas cuyos parroquianos ven pasar con indolencia los coches de las agencias turísticas.

            Y bien pensado, ese y venir de vivos y muertos no es muy distinto del que tenemos nosotros y nuestros muertos, ni parece muy distinto del afán por sobrevivir que tienen nuestra alma y nuestros huesos, sobre todo estos, a los que depositamos en un cementerio con el vano afán de que perduren cincuenta años, y luego otros cincuenta, y así hasta que se cumpla el plazo máximo que indica el Reglamento Municipal o se cansen de cuidarlo nuestros herederos.

            Que somos polvo y en polvo nos hemos de convertir lo sabemos, pero no queremos reconocerlo, como no reconocemos que en cada puñado de tierra hay parte de nuestros antepasados y habrá parte de nosotros.

* Publicado en el semanario La Comarca.