jueves, 13 de septiembre de 2018

El vecino de Valle-Inclán


                En una de las fachadas que dan a la “praza das Cinco Rúas” de Pontevedra, detrás de un parterre y dando al cruceiro que tiene representados a Adán y Eva, hay una placa de piedra con la leyenda grabada “Aquí vivió Valle Inclán”. Hace muchos años, en la pared de la casa de enfrente por la “rúa Isabel II, antiguamente rúa da Correaría-Rúa dos Mendiños”, según dice el cartel indicativo, y debajo de este, alguien escribió sobre la piedra de la fachada, con las mismas letras que se pintan los números de las calles, la leyenda “Aquí vivió el vecino de Valle Inclán”.

                Este último anuncio está en un sitio menos vistoso que el oficial y fue pintado con letras de molde sobre la pared, pero se graba mejor en la memoria, donde se guarda con más cariño, dado su carácter gamberro, jocoso y popular, que sería muy del agrado del genio de Valle-Inclán. Yo, de hecho, siempre me acuerdo de él cuando se habla de Pontevedra y lo saco con frecuencia en las conversaciones en las que sale a colación esa ciudad o ese escritor.

                Lo vi de casualidad hace muchos años, lo volví a ver más tarde y lo he visto ahora, que he vuelto a Galicia con unos amigos. Lo he visto después de buscarlo, porque sabía que estaba allí, pues ya nadie puede encontrarlo por casualidad, ni entender lo que dijo un día, dado que carece de la mayoría de las letras y resulta totalmente ilegible.

                Hay muchas pintadas que ensucian y algunas, muy pocas, pintadas hermosas, que embellecen el entorno. Como nadie puede decir qué es lo que ensucia y qué lo que hermosea no seré yo el que haga aquí apología de las pintadas, de ninguna de ellas. Digo, no obstante, que yo siempre pensé en un paralelismo entre el genio de Valle-Inclán y la genialidad de esa pintada, que ahora desaparece, y digo, también, que el titular de la casa o el Ayuntamiento haría bien en mantener el lustre de la pintada haciéndole un poquito mantenimiento.



sábado, 23 de junio de 2018

0. Pozoblanco o La vida es corta, sin peros


        “¿Volverás a hacer el Camino de Santiago que has hecho?”, me han preguntado a la vuelta. A lo que yo he contestado: “No creo: la vida es corta y hay muchos caminos”. Algo parecido contesto cuando me preguntan por qué dejo de leer los libros, lo que hago a poco que me aburran: “La vida es corta y hay muchos libros”.

        El último día del Camino leí una pintada en una pared que tenía una variación de esa permanente alegación mía: “La vida es corta, pero ancha”. Seguramente no era una afirmación original del grafitero, pero yo no la había oído nunca y me llamó la atención. Que la vida era corta ya lo sabía. Que, además, fuera ancha, no.

Que la vida sea ancha es una idea hermosa y a mí me dejó pensado. Pensé que en una vida determinada se pueden hacer muchas cosas o pocas, como se pueden hacer muchas cosas o pocas en un día cualquiera. Uno puede levantarse los días de fiesta a las tantas y pasar el resto de la jornada derrengado en el sofá o puede levantarse a la hora de siempre y hacer lo que le resulta imposible los días de trabajo, por ejemplo. Para el que aprovecha el tiempo, la vida es ancha. Para el que malgasta el tiempo, la vida es estrecha.

El tiempo es el único bien que tenemos cuando venimos al mundo y es el único bien que perdemos cuando nos vamos del mundo. Es decir, desde que nacemos hasta morimos solo tenemos tiempo. La vida, en fin, es tiempo. La idea puede parecer baladí a fuerza de obvia, pero no debe de serlo tanto si observamos lo que comúnmente hacemos con el tiempo. Y si no, preguntémonos qué estamos haciendo con nuestro tiempo y la respuesta será la misma que la que tengamos a la pregunta qué estamos haciendo con nuestra vida.

¿Qué estoy haciendo con mi tiempo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Como la vida es tiempo, el arte de vivir es el arte de gestionar el tiempo de la manera más eficiente posible. Si toda gestión supone la administración de unos recursos, la gestión del tiempo es más compleja y necesita de más pericia, dado que el recurso, además de limitado, es desigual e indefinido. Es desigual porque el tiempo de la juventud no es igual al tiempo de la madurez o de la senectud. Es indefinido porque no tiene un término fijo o conocido.

El arte de vivir supone aprovechar cada etapa en su momento, la juventud en la juventud y la madurez en la madurez, por ejemplo. Desaprovechar la juventud por una madurez mejor es tan poco eficiente como desaprovechar la madurez por una jubilación mejor, dado que no habrá otra juventud ni otra madurez.

El tiempo no es pasado, sino presente, y puede ser futuro. Que no sea pasado supone que no debemos dedicar ni un minuto del presente al pasado. Que pueda ser futuro, supone que debemos dedicar al futuro el tiempo que se merece, que no es igual en la juventud, donde supuestamente será largo, que en la madurez, donde con toda seguridad será más corto.

Que la vida sea ancha es una idea hermosa, pero tiene sus peligros. El principal, la mala digestión del presente. Porque en realidad la vida solo es ancha para las sensaciones, para los afectos, para los sentimientos y para las emociones, y es estrecha para todo lo demás. La vida es como un líquido que fluye en un tubo estrecho, en el que no cabe meter más caudal del que idóneo porque, de lo contrario, se atora el líquido o se rompe el tubo. Es la sucesión idónea, y no la acumulación precipitada, la que determina que uno sea más o menos experto en el arte de vivir. O, dicho de otra forma, es el saldo de una vida el que debe ser importante, y no el saldo de un día o una semana, de unos cuantos días o unas cuantas semanas.

Si me aplico a mí mismo lo que estoy exponiendo, la respuesta es clara:

“¿Volverías a hacer el Camino que has hecho?”.

“Sí”.

“¿Volverás a hacer el Camino que has hecho?”.

“No, porque la vida es corta, y tengo muchos caminos pendientes”.





domingo, 17 de junio de 2018

19. Santiago de Compostela o El final del Camino


                He llegado a Santiago de Compostela. Y muy temprano.

                Como prometí, he ido a la catedral a darle el abrazo al santo y en la cola me he acordado de mi familia, de mis amigos y de mis compañeros. 

                He ido a sacarme la “compostella” a la Oficina de Atención al Peregrino, donde he estado dos horas en una cola controlada por un señor con el humor de un sargento de marines y, con el documento en la mano, he ido al encuentro de dos compañeros peregrinos con los que había quedado. Hemos tomado una cerveza en una terraza y hemos comido en la Hospedería San Martín Pinario, del Seminario Mayor, que está junto a la catedral. Y mientras comíamos, hemos sido felices conversando de nosotros y de las personas que amamos, que es otra forma de hablar de nosotros. Teníamos ese punto de euforia del que sube a una montaña y otea el horizonte, del que se siente satisfecho por el deber cumplido.

                Pero seguramente no hemos conversado lo suficiente y hemos quedado allí mismo para cenar. Así que me he ido, he estado dando tumbos bajo la lluvia de Santiago y he vuelto. Hemos cenado, hemos conversado hasta muy tarde y nos hemos despedido con un abrazo, tal vez para siempre.

                En la plaza del Obradoiro, camino de la pensión donde tengo mi residencia, he oído los sones de una tuna que cantaba bajo los soportales del palacio de Raxoi y me he acercado. Eran tunos poco tunos, mayores, con más pinta de profesores que de estudiantes, pero tenían mucho oficio y la gente que estaba escuchándolos solo quería divertirse. Además, era bastante de noche, la plaza estaba desierta y caía una lluvia mansa. ¿Era o no era el ambiente propicio para abandonarse a la alegría?

                Por si no he sido capaz de transmitirlo con acierto, yo os lo diré: lo era. Y os digo también que, después de muchos kilómetros y muchos días de camino, he terminado en Santiago lo que empecé en Burgos, y que lo he terminado con bien, y cantando.

* Ruta.

sábado, 16 de junio de 2018

18. O Pedrouzo o El futuro como excusa

              Si todo va bien, mañana llego a Santiago.

             Miro atrás y hallo los recuerdos desordenados, como objetos metidos en una talega. Me viene a la mente un recuerdo y es como si sacara un objeto. ¿En qué pueblo lo viví? ¿Dónde me quedé aquella noche? ¿En qué etapa me encontré con aquella persona?


Voy tomando notas en un cuaderno, voy grabando audios en el móvil con lo que se me ocurre, voy haciendo fotos con lo que me llama la atención para intentar ubicar mis recuerdos en su sitio y en su tiempo, pero algunas veces es inútil: hay tantos, que se amontonan y se desordenan, que se ocultan unos detrás de los otros. Es como si acumularas tanto grano que solo vieses el de encima.

                Es justamente lo contrario de lo que ocurre en la vida ordinaria, donde los días son iguales y no acumulas experiencias, como si no echaras nada a la talega, como si solo amontonaras paja y el viento se la llevase al atardecer de cada día.

Algunas veces, uno se planta ante sí mismo y mira lo que ha dejado el viento del olvido, y no halla cosas de sustancia. Entonces, es posible que se pregunte cómo ha podido sucederme esto a mí y se haga mil y una promesas para luego: para cuando se jubile, para cuando tenga más fuerzas, para cuando tenga bastante dinero, por ejemplo. A ese luego suele seguir otro luego, y otro, de forma que los “luegos” se van sucediendo unos a otros formando cadenas de años que ocupan la vida entera.

 Algunas veces, uno se planta ante sí mismo y, al no hallar cosas de sustancia, puede llegar a pensar que tiene el síndrome de la felicidad diferida, y que si volviera a nacer viviría de otra forma, menos obsesionado con lo que no importa al final y más apegado al presente. Y así se justifica y sigue como siempre, sin querer reconocer que hoy podría hacer lo que ayer no hizo.

Se va engañando un día y otro hasta que llega un imposible verdadero y, entonces, ya no hay futuro que valga como excusa, ni presente.


* Ruta.
* Información de la ruta aquí y aquí.

viernes, 15 de junio de 2018

17. Ribadiso da Baixo o La fuerza es la voluntad


Desde que inicié el Camino, he visto a muchas personas menudas y aparentemente débiles portando una mochila que abultaba casi tanto como ellas, al sol, con viento, con lluvia. Y las he visto al día siguiente sin una vacilación.

He visto a personas muy mayores, a personas con discapacidad, a personas en sillas de ruedas.

Por si no lo sabía, uno aprende aquí que la fuerza de las personas no depende de los kilos que puedan levantar ni de las matemáticas o la geografía que sepan. No depende de lo que tengan o de lo que ganen, de los títulos que alcancen o de los libros que escriban.

Ni siquiera depende de su salud. Depende, sobre todo, de su voluntad.

Lo digo porque al llegar al albergue de Ribadiso me he encontrado con un caminante que aguardaba sentado a ser atendido por la recepcionista. Como tenía en la cara un gesto de pesar, le he preguntado cómo le había ido durante la jornada. Me ha dicho que estaba enfermo, que va solo y que aquel día había conseguido llegar hasta allí con la ayuda de otro peregrino, que le había dado conservación y lo había animado.

Y me ha dicho que se acostará enseguida en una de las camas de la habitación común del albergue y se quedará quieto, esperando a que llegue mañana para continuar su camino.



* Ruta

jueves, 14 de junio de 2018

16. Palas de Rey o Esa otra vida


                Donde vivo, los cementerios están alejados de los pueblos y ocupan lugares cerrados con tapias blancas por las que sobresalen las esbeltas figuras de los cipreses. Cuando alguien se muere, hay un duelo y, enseguida, se lleva a los muertos al cementerio, se los mete en el nicho y la familia y el resto de allegados se vuelve a su casa, a seguir con su vida sin ellos. A partir de entonces, cuando los familiares quieren ir al cementerio a honrar a sus difuntos, deben hacerlo en horario de apertura y tener cuidado con la vuelta, porque pueden quedarse cerrados.

                 En el lugar donde vivo, los muertos están en el pasado y se proyectan hacia el presente por los recuerdos que dejaron. Los muertos de mi pueblo están en el cementerio de día y de noche, aislados, como recluidos, muertos.

                Aquí, en Galicia, es otra cosa, y el caminante se da cuenta enseguida a poca sensibilidad que tenga. Aquí hay duelo y se inhuma a los muertos, naturalmente, pero hay muchos cementerios abiertos, algunos de ellos a pie de camino, adonde se lleva a los muertos y se les deja que hagan su vida, sin aislarlos ni recluirlos. Ya he dicho otras veces que en el Camino el mundo está lleno de cosas con vida que no se ven pero se sienten, y que hay un dios del viento, por ejemplo, como lo hay de la lluvia o de la niebla. Y digo ahora que al entrar en Galicia el Camino se ha llenado de espíritus, como ocurre con la memoria de los viejos.

                Puede parecer extraño, pero camino de Palas de Rei he pasado por delante de un cementerio abierto y he tenido la sensación de que me estaban mirando, como cuando paso delante del banco donde toman el sol unos abuelos.


* Ruta.

miércoles, 13 de junio de 2018

15. Portomarín o Cada uno como quiera


Me lo dijo un compañero de Camino mejicano al que conocí en las primeras etapas: “Cada uno hace el Camino como quiere, y todos los caminos están bien”. Él había salido solo en Saint Jean Pied de Port y, la última vez que lo vi, formaba parte de un grupo de doce personas de edades muy distintas y distintas nacionalidades que se desplazaban, cada cual a su ritmo, de albergue en albergue, sin ninguna previsión anterior.

He conocido aquí a quien proyecta hacer el Camino completo por tramos en cinco años, a quien lo hace por tercera vez y seguirá haciéndolo, a quien va solo y a quien va acompañado, a quien lo hace en bicicleta y a quien lo hace andando o a caballo, a quien va con mochila y a quien la mochila se la lleva Correos o alguna otra empresa que ofrece ese servicio, a quien duerme en habitaciones compartidas y a quien no comparte nunca la habitación, a quien lo hace desde Centroeuropa y lleva tres meses andando y a quien lo hace desde Sarria y tarda cinco días, a quien lo hace por motivos espirituales y a quien simplemente es un excursionista y, en fin, a quien hace el de ida y a quien hace el de ida y el de vuelta.

Y todos están bien. El Camino es personal y no hay camino más importante que el propio. Uno se da cuenta de eso a partir de Sarria, cuando ve la ilusión con que inician el Camino numerosos grupos de familiares y amigos, casi todos españoles. En Sarria, la peregrinación adquiere tintes más populares, incluso festivos. A partir de ahí, las etapas están más perfiladas y los peregrinos se concentran en los mismos pueblos, en los que forman grupos que charlan en las terrazas de los bares y los restaurantes.

Portomarín, por ejemplo, es un pueblo pequeño con multitud de establecimientos dedicados al Camino, en el que es raro ver por la calle a alguien que no lo está haciendo. Aquí, el Camino recuerda al descanso de una romería y se parece poco al de los pueblos medio abandonados de Castilla.

El Camino es personal y todos los caminos son igualmente importantes, me he dicho mientras daba una vuelta por Portomarín, donde me he sentido ajeno al ambiente, solo y extraño.


* Ruta.