Leo
en menoresenred.com que «existe una aplicación para smartphones, Gossip
(cotilleo en inglés), formada por salas donde los usuarios, mayoritariamente
adolescentes, pueden dejar rumores de todo tipo. Estos son votados por los
usuarios según crean que son verdaderos o falsos y de estas votaciones sale un
porcentaje que determina su veracidad».
Cuando
los miembros de muchos órganos colegiados aprueban las actas de las sesiones
anteriores, en las que el secretario ha expresado sucintamente lo que se
debatió y aprobó, no es infrecuente que propongan modificaciones a fin de
reflejar más lo que dirían ahora que lo que realmente dijeron, con lo que en
los anales de la institución quedarán recogidos los hechos de forma distinta a
como realmente ocurrieron.
Los
componentes de un jurado popular determinan la culpabilidad o la inocencia de
un procesado por el acuerdo entre ellos, lo que traerá tanto una consecuencia
para el imputado y su entorno social como la fijación de los hechos en la historia con una determinada calificación.
Los
tres casos son muy distintos entre sí y se han traído a colación aquí para
ilustrar cuán brumosa es la realidad social, que está formada por verdades a
las que difícilmente tienen acceso los ciudadanos. Hasta el punto de que para
fijar algunas de ellas se necesita el convenio o el acuerdo que les
otorgue a unos hechos concretos el beneficio de la veracidad.
*Esta
serie de entradas coincide en su literalidad con un artículo que publiqué en la
revista «Sitio Cero» el 18 de febrero de 2013.
Esta mañana he estado en el
río Guadalmez. Como ha sido un año lluvioso, esperaba encontrar mucha agua.
Pero no, y me ha dado pena. Al volver, he pensado en los días de mi infancia y
he recordado así, sobre la marcha, esto:
Cuando yo era chico (tengo 67 años),
1.- Río Guadalmez
Me bañé en el río Guadalmez, que
corría vivo y claro cerca de la ermita de la Virgen de las Veredas, adonde algunos
niños de los salesianos de Pozoblanco iban de campamentos en verano. El río
(entonces sí era de verdad «río») tenía mejillones. Yo los he cogido con mis
manos.
Mis primos y yo también
pescábamos en verano en el arroyo El Muerto, cerca de Pedroche, que conservaba
grandes charcas durante todo el año.
2.- Agua de los arroyos
Bebíamos agua directamente de
los arroyos, incluso de los más próximos a Pozoblanco, como el Santa María,
adonde los amigos íbamos con las bicicletas. Yo la he bebido muchas veces.
3.- Pozos del campo
El agua de todos los pozos del
campo era potable, y la gente la bebía sin preguntarse si estaría contaminada.
Yo la bebí durante muchos años. Entonces, los pozos tradicionales (5-20 metros)
aprovechaban el nivel freático superficial o pequeñas fracturas del granito. El
agua se sacaba mayoritariamente con un cubo, una cuerda y una carrucha. No
había sondeos.
4.- Noches frías en el cine
de verano
En el cine de verano, si no
llevabas una rebequita, pasabas frío. Yo lo pasé algunas veces por imprudente. De
hecho, uno de los días que más frío he pasado en mi vida fue cuando proyectaron
Titanic, y eso que ya era 1998.
Entonces, al ponerse el sol se
producía un contraste térmico acusado y abrir las ventanas por la noche
permitía que la casa se refrescara de verdad. En estos tiempos el calor se
queda atrapado en los muros y en los suelos de granito tan habituales en mi
tierra, y se libera lentamente durante la noche
5.- Carámbanos y hielo
Muchos días de invierno amanecía
con carámbanos en las canales, que en ocasiones se mantenían durante toda la jornada,
lo mismo que los charcos cuajados. Los carámbanos y los charcos eran una gran
diversión para los niños.
En mi casa, era frecuente
encontrar hielo grueso en el tarro de las aceitunas aliñadas, que mi madre guardaba
en el patio, y en la tinaja de pasillo hacia el huerto, donde durante años
vivieron algunos peces que pesqué en el arroyo El Muerto, y no era extraño que esos
hielos duraran varios días.
6.- El vaho del invierno
Casi todo el invierno, al salir a
la calle, echábamos vaho por la boca de manera constante, formando una nube
espesa al hablar o respirar. También era habitual ver como la bruma o «vaho»
subiendo de los arroyos, estanques y campos de cultivo al amanecer, porque la
tierra estaba más caliente que el aire helado.
7. Las cigüeñas de antes
Las cigüeñas se iban poco
después del verano y volvían por San Blas o un poco antes. A nadie se le habría
ocurrido imaginar que más tarde veríamos a algunas todo el año. Como no se nos ocurría
a los niños preguntarnos quién traía a los bebés al mundo cuando las cigüeñas
estaban en África.
8.- Parabrisas llenos de
insectos
El parabrisas y el radiador
del coche quedaban cubiertos bajo una capa tupida de insectos. Y no era porque
los parabrisas fueran menos aerodinámicos que ahora. Simplemente había muchos más.
9.- Gorriones por todas
partes
Había muchos gorriones por
todas partes, en los parques, en las calles, sobre los veladores de los bares. A
mí me fascinaban. Mi abuelo Juan me decía: «¿Sabes qué animal es el que come en
España, se mueve en España y vive en España, pero no anda en España?». «El
gorrión», le contestaba yo, que ya estaba avisado. «¿Y sabes por qué?». «Porque
no anda, sino que da saltitos».
Al parecer, hemos perdido
millones y millones de gorriones porque ya no hay ni suficientes semillas silvestres
para ellos ni suficientes insectos blandos para sus polluelos.
10.- Tormentas y estaciones
En verano, las tormentas eran más
habituales que ahora y, salvo excepciones, menos destructivas. Todo parecía entonces
más ordenado: había primavera, verano, otoño e invierno, no como ahora, que el
calor estival se prolonga hasta bien entrado el otoño (el famoso «veroño»), el
invierno se ha comprimido a unas pocas semanas de frío intermitente y la
primavera pasa casi sin transición del fresco a días con temperaturas propias
de julio.
11.- Encinas debilitadas
No
había tantas encinas secas como ahora, y no porque entonces las larvas de los
escarabajos no las barrenaran, sino porque ahora las pillan débiles y mal hidratadas,
sin savia defensiva. Los inviernos suaves y el aumento de la temperatura media
aceleran el metabolismo del insecto dentro de la madera.
12.- Grillos, ranas y otros
animales
Mi padre me llevaba a cazar
grillos, que entonces eran abundantes, y formaban con las ranas un gran «coro»
nocturno, que ahora ha desaparecido de muchos lugares porque, al no haber
charcas, no hay ranas.
Eso sí, ahora hay más
jabalíes, más palomas y más urracas.
La plasticidad y la rigidez no
son rasgos esenciales de las cosas, sino estados que cambian según las
condiciones del sistema. En la naturaleza ocurre así, y en la vida social
también.
En las cosas, un buen ejemplo nos
lo da la arcilla.
La arcilla húmeda y maleable
representa a la sociedad en estado de plasticidad. La arcilla, en estado fresco,
se amolda a la presión de las manos del alfarero, se puede corregir, rehidratar
y volver a moldear sin destruir la materia prima, sin destruir su esencia, que
sigue siendo la misma aunque se le añadan pigmentos, agua o pequeños agregados,
que integra en su propia masa cambiando su color y textura final.
Como si fueran arcilla fresca,
las sociedades plásticas se amoldan mejor a las demandas sociales, a los
cambios tecnológicos, a las corrientes migratorias y, en general, a casi todos los
conflictos, que asumen sin intención de eliminarlos por completo, resolviendo
lo resoluble y aprendiendo a convivir con lo irresoluble.
La arcilla cocida representa a
la sociedad en estado de rigidez. Una vez que la arcilla pasa por el fuego del horno,
pierde toda el agua y se convierte en cerámica. Adquiere entonces una forma
fija, dura, impermeable y predecible. Es muy eficiente para mantener la función
para la que fue concebida, pero ya no admite correcciones y, si ejerces presión
sobre ella para cambiar su forma, no cede un milímetro, se resquebraja o se
rompe.
Muchas sociedades nacen en
estado plástico, tras periodos constituyentes o revolucionarios, y conservan durante
un tiempo su apertura y flexibilidad. Pero a medida que el sistema se
institucionaliza, crea dogmas, burocracia, tradiciones intocables e identidades
sagradas, pierde la empatía, el debate y la capacidad de reforma, y queda
expuesta a romperse al primer impacto fuerte.
De ese modo, la arcilla fresca
es la sociedad plástica, capaz de rediseñarse sin destruirse, en tanto la
arcilla cocida es la sociedad rígida, que ha petrificado sus normas y se ha vuelto
frágil, de modo que solo puede cambiar a través de la ruptura.
Pensándolo bien, algo no muy
distinto les ocurre a las personas.
La persona plástica no se
desmorona de forma definitiva ante un fracaso, una pérdida o una crisis, sino
que se dobla, procesa el dolor, aprende y se reconfigura, acepta que no lo sabe
todo, que sus opiniones pueden evolucionar con la experiencia y que integrar
distintas formas de pensar no amenaza su identidad, sino que la ensancha.
La persona rígida, en cambio,
sostiene su seguridad en dogmas inflexibles, normas estrictas, prejuicios o en
la necesidad de tener siempre la razón. Como la cerámica cocida, parece muy
fuerte mientras la vida transcurre según sus esquemas, pero cuando ocurre un
cambio inesperado o traumático que no encaja en sus reglas, no sabe adaptarse, sufre
crisis de angustia, depresión o reacciona con ira y negación. Cualquier idea o
persona que cuestione sus esquemas es percibida como una amenaza existencial,
lo que la lleva al aislamiento o a la agresividad defensiva.
Volviendo a las sociedades, lo
ocurrido en el mundial de fútbol me ha llevado a pensar en la española, que hoy
percibo de una gran plasticidad, lo cual no es un hecho fortuito, sino
consecuencia de factores históricos, sociológicos y geográficos.
Uno de ellos es la reacción alérgica
al dogmatismo que trajo consigo la Transición, pues de ser un régimen autoritario,
confesional, centralista y moralmente rígido se pasó a ser otro europeo, moderno,
abierto, tolerante y flexible, mucho más secularizado y liberal.
Otro factor es consecuencia de
la descentralización y el encaje territorial del Estado de las Autonomías. La
convivencia de identidades regionales (catalana, vasca, gallega, andaluza,
etc.) con la identidad española ha acostumbrado a la gente a no concebir la
pertenencia como algo monolítico, de manera que, aunque el debate político sea
bronco, la gestión diaria de un país descentralizado exige una adaptación
constante entre distintas Administraciones, lo que se transmite a la cultura social.
También ha sido decisiva la
llegada masiva de inmigrantes en tiempo récord y la forma pragmática en que la
sociedad española ha ido integrándolos sin asimilarlos, aceptando la diversidad
mediante la convivencia informal en el espacio público, la escuela pública y el
mercado laboral. Además, la estructura urbana española (ciudades densas, con
vida de barrio y comercio de proximidad) ha favorecido el contacto diario y la
hibridación natural, frente a la segregación espacial y la asimilación rígida
que ha fracasado en otros países de nuestro entorno.
A ello se suma el modelo de
vida mediterráneo. La vida social española se desarrolla masivamente en la
calle, en las terrazas, en las plazas y en las fiestas populares. Este contacto
cara a cara continuo genera empatía informal, suaviza los dogmas teóricos y
obliga a rozarse y convivir con el que piensa o vive de manera diferente, por muy mal que nuestros gobernantes se lleven entre sí. La fuerza
de los vínculos familiares y de vecindad ha funcionado, además, como una red de
seguridad ante las crisis económicas, aportando una flexibilidad de
supervivencia que las estructuras rígidas del Estado no siempre ofrecen.
Por último, está el impacto de
los referentes culturales y colectivos. Los grandes hitos de la España reciente
(desde la implantación de un sistema de trasplantes líder mundial basado en la
solidaridad, hasta los éxitos deportivos o culturales) no se han construido
sobre la «furia» o la imposición, sino sobre el talento colectivo, la empatía y
la gestión de la diversidad.
España, en fin, se ha vuelto
una sociedad plástica porque su historia reciente la obligó a elegir entre
adaptarse o quedarse aislada. La combinación de una necesidad imperiosa de
apertura tras la dictadura, una sociabilidad volcada en la calle y la vivencia
cotidiana de la diversidad territorial y cultural crearon como hábito colectivo
la capacidad de amoldarse a los tiempos sin romper la convivencia.
Carlos Alsina deja la
información de primera línea. A partir de ahora, se limitará a llevar el
magacín de las mañanas de Onda Cero. En el monólogo en que anunció su despedida, dio las razones para esa relegación, esa «autorrelegación», según
dijo él mismo. Declaró que la actualidad política lo tenía cansado y que un
programa como el suyo necesita a alguien pleno de energía, que vibre con lo que
está haciendo, algo que a él ya no le ocurría.
Cualquiera de sus oyentes sabe,
a poco que lo piense, que Alsina no está cansado de trabajar muchas horas, ni
de levantarse muy temprano, ni de la enorme responsabilidad de enfrentarse cada
día, con el trabajo hecho, a su millonaria audiencia, sino del ruido, de las
mentiras, del humo, del y tú más y de la bronca permanente que anida en
el objeto de su labor.
Es el ecosistema en el que
Alsina debe trabajar lo que lo cansa. El aire irrespirable. La fauna que lo
rodea. La basura. Moverse siempre con unas botas katiuskas acaba siendo insoportable
cuando el lodo te llega hasta las trancas.
Debe ser un coñazo entrevistar
a un político y no oír de él nada propio, sino el argumentario que le ha
llegado por la mañana, en el que no hay más que verdades a medias, es decir, completas
mentiras. Ficciones interesadas. Que a una pregunta concreta te respondan que
«los albañiles tienen las zapatillas blancas», por ejemplo, y, en todo caso,
que ellos tendrán sus cazcarrias, como todo el mundo, pero que, para oler mal, fatal,
la mierda de los otros.
Debe ser un coñazo respetar a
compañeros, supuestos periodistas, que trabajan con la camiseta del partido puesta,
que no distinguen entre información y opinión y son antes de una ideología o de
unos intereses que de una sincera búsqueda de la verdad. O que se venden por el
dinero de una tertulia, o por una subvención, o por los ingresos que dan los
anuncios de una institución pública o privada.
Y, también (esto es una percepción
mía), debe ser un coñazo la estulticia de las masas, la fe ciega de los hooligans
que justifican el ruido, las verdades a medias, las mentiras, el humo, el y
tú más y la bronca permanente cuando viene de los «nuestros».
Los nuestros/Los suyos. Como
si los nuestros fueran nuestra familia, a la que (como hizo Albert Camus con su
madre) debemos defender por encima de la justicia.
«¿Por qué ocurre eso? Habrá
gente buena entre los políticos», me ha preguntado Carmen. La hay, le he
respondido yo. Es el ecosistema. Es una cuestión biológica, natural. Para
sobrevivir, tienes que adaptarte. Cuando vives en la selva, te vuelves
selvático. Cuando vives en la mentira, te vuelves un mentiroso. Cuando vives en
la ficción, dejas de ser persona y te vuelves un personaje.
Cuando vives en el relato (en
el cuento, en el cuento chino), ya no eres tú. Ya no dices lo que quieres, sino
lo que el autor quiere que digas. Ya no vas donde quieres, sino donde el autor
quiere que vayas. Ya no sientes ni piensas lo que tú quieres, sino lo que el
autor quiere que sientas y pienses.
Y lo más curioso es que tú
crees que dices lo que quieres, que vas donde quieres, que sientes y piensas lo
que quieres. Pero no, no es así. Hay un pensamiento por encima del tuyo,
omnisciente, un autor para toda tu vida.
¿Cuánto tiempo aguantan mirándose
al espejo los personajes del relato? ¿A quién ven reflejado, a la persona que
ellos eran o al personaje en que se han convertido? ¿Qué autocrítica hacen? Cuando
hacen autocrítica, ¿meten a los otros, los culpan de algo? ¿Acaban convirtiendo
la autocrítica en una crítica?
Carlos Alsina se va al
magacín porque está cansado del ecosistema. Yo también lo estoy. ¿Adónde puedo
ir yo? ¿A qué desierto? ¿A qué silencio?
Últimamente oigo muchas canciones
de la época hippie. Para ilustrar la serie, se me ocurrió poner al final de
cada uno de los artículos un vídeo de ese momento histórico, subtitulado en
español. No sabía entonces muy bien por qué, aunque se me antojaba una cierta
relación entre lo quimérico de mis propuestas y los sueños transformadores de
aquella generación, finalmente fracasados.
Así que le pregunté a
la IA.
Pregunta a Copilot
¿Cómo ligarías el movimiento hippie con las frases que te he
subido?
Respuesta de Copilot
A primera vista, el movimiento
hippie y las frases que has formulado parecen pertenecer a universos distintos:
uno cultural, musical, contracultural; el otro, institucional, ético, cívico.
Pero basta mirar con un poco más de atención para descubrir que comparten un
mismo núcleo moral: la defensa de la dignidad humana frente a cualquier
forma de manipulación, mentira o poder que se olvida de su propósito.
Tus frases no hablan de flores,
guitarras o psicodelia. Hablan de algo más profundo: la libertad interior,
la autenticidad, la verdad, la ciudadanía. Y eso, precisamente, es lo que la
música hippie intentó despertar.
1. La autenticidad como
principio moral
El movimiento hippie rechazaba la
falsedad, la máscara social, la mentira institucional.
Tus frases también.
“Si no puede decir la verdad, no nos falte al
respeto diciéndonos lo que no piensa.”
“Quizá no nos beneficie la verdad, pero no nos
merecemos la mentira.”
Tus frases dicen lo mismo en lenguaje cívico:
“No nos trate como votantes o electores, sino
como ciudadanos.”
“No nos conforme nunca diciéndonos que así es
como son las cosas si no es así como deben ser.”
Tú lo formulas con precisión institucional:
“El fin último es siempre el interés público. No
lo confunda con los medios.”
“El fin no es gobernar, sino servir al bien
común.”
Estás formulando, en clave ética,
lo que la música hippie expresó en clave cultural: la autenticidad es un
deber moral.
Canciones como “The Times They
Are A‑Changin’” o “For What It’s Worth” nacieron de esa misma
exigencia: decir lo que es verdad, aunque incomode.
2. La ciudadanía como sujeto,
no como objeto
El movimiento hippie defendía que
cada persona era un ser completo, no un engranaje del sistema.
El hippie decía: no soy un
número, no soy un rol, no soy una pieza del mecanismo.
Tú dices: no somos votos,
somos personas con dignidad política.
Es la misma reivindicación,
expresada en dos lenguajes distintos.
3. El rechazo a la resignación
y a la inercia
El movimiento hippie se rebeló
contra el “así son las cosas”.
Tus frases también:
Esa frase podría haber sido un
lema de 1968. Es exactamente lo que gritaban las canciones de protesta: que la
realidad no es un destino, sino una responsabilidad.
4. El bien común como
horizonte
El hippie creía en la comunidad,
en la fraternidad, en la vida compartida.
El movimiento hippie no tenía un
programa político, pero sí una intuición moral: la vida solo tiene sentido
si se orienta hacia algo más grande que uno mismo.
Tus frases traducen esa intuición
a la ética pública.
5. La libertad interior como
resistencia
La música hippie hablaba de
libertad: libertad de pensamiento, de conciencia, de expresión, de vida.
Tus frases también defienden esa
libertad, pero en su dimensión cívica: libertad frente a la manipulación, libertad frente a la mentira, libertad frente a la reducción del ciudadano a
votante y libertad frente a la inercia institucional.
El hippie decía: sé libre por
dentro. Tú dices: sé libre como ciudadano.
Es la misma raíz.
Conclusión: dos lenguajes, una
misma ética
El movimiento hippie expresó en
música lo que tú expresas en ética pública: autenticidad, verdad, dignidad, comunidad, libertad, rechazo a la manipulación y resistencia a la resignación.
Tus frases son la versión adulta,
institucional y cívica de lo que la música hippie fue en su juventud cultural.
Ambos movimientos —el tuyo y el
de ellos— comparten una misma convicción: la sociedad solo es digna cuando
respeta la verdad, la libertad y la humanidad de cada persona.
«No nos trate como
votantes o como electores, sino como ciudadanos».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En la vida democrática hay una tentación constante: reducir
a las personas a su función electoral. Verlas como votos, como porcentajes,
como segmentos de una encuesta. Por eso es tan valiosa la advertencia.
La frase es breve, pero contiene una reivindicación
profunda. Un votante es alguien que participa en un acto puntual. Un ciudadano
es alguien que participa en una comunidad política. Confundir ambas cosas
empobrece la democracia. Reducir a las personas a su utilidad electoral es una
forma de desprecio suave, pero real.
El votante es un instante; el ciudadano, una permanencia
Un votante aparece cada cierto tiempo. Un ciudadano está
siempre ahí.
Al votante se le persuade. Al ciudadano se le respeta.
Al votante se le promete. Al ciudadano se le rinde cuentas.
Tu expresión exige que la mirada institucional se sitúe en
este segundo plano: no somos un número que se activa en campaña, sino sujetos
de derechos y responsabilidades durante todo el tiempo.
La política cortoplacista y su error fundamental
Cuando se trata a la gente como votantes, la política se
vuelve cortoplacista. Todo se orienta al ciclo electoral. Todo se mide en
intención de voto. Todo se calcula en función de la próxima cita con las urnas.
Pero la democracia no se sostiene sobre campañas, sino sobre
ciudadanía. Y la ciudadanía exige continuidad, respeto y reconocimiento.
Tu frase denuncia esa deformación con una claridad
admirable: no nos mire solo cuando necesita nuestro voto; mírenos siempre como
ciudadanos.
El trasfondo psicológico: la diferencia entre convencer y
reconocer
La expresión apunta a una diferencia profunda:
Convencer
es una acción estratégica.
Reconocer
es una acción moral.
Cuando se trata a alguien como votante, se le habla para
obtener algo de él. Cuando se le trata como ciudadano, se le habla porque se le
debe respeto. Esa diferencia cambia por completo el tono, el contenido y la
intención de la comunicación pública.
La ciudadanía como condición plena
Ser ciudadano implica: tener derechos, asumir
responsabilidades, participar en la vida común, exigir rendición de cuentas, ser
tratado con dignidad, no con condescendencia.
Tu expresión recuerda que la democracia no se agota en
votar. Votar es un acto. Ser ciudadano es una condición.
«Recuerde que el fin último es
siempre el interés público. No lo confunda con los medios».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
En la vida pública existe una
confusión persistente y peligrosa: creer que el objetivo de gobernar es,
simplemente, gobernar. Que el ejercicio del poder se justifica por sí mismo.
Que la maquinaria institucional es un fin en lugar de un instrumento. Por eso
es tan necesaria la distinción: el fin último no es el gobierno, sino el bien
común. El gobierno es solo el medio. Esta diferencia, que parece obvia, es en
realidad la frontera entre la política entendida como servicio y la política
entendida como supervivencia.
Gobernar es un medio, no un
destino
Gobernar consiste en
administrar recursos, coordinar servicios, tomar decisiones, garantizar
derechos, resolver conflictos. Todo eso es imprescindible, pero no es el fin. Es
el cómo, no el para qué.
El gobierno es la herramienta
que permite perseguir el bien común. Pero cuando la herramienta se convierte en
objetivo, la institución se vacía de sentido.
Una administración puede
funcionar perfectamente en lo procedimental y fracasar completamente en lo
moral si olvida para qué existe.
El bien común como horizonte
moral
El bien común no es una
abstracción. Es la suma de condiciones que permiten a todos vivir con dignidad,
seguridad, libertad y oportunidades reales. Incluye: justicia, igualdad de
trato, sostenibilidad, protección de los vulnerables, calidad de los servicios
públicos e confianza en las instituciones.
Ese es el fin. Ese es el
norte. Ese es el criterio que da sentido a cada decisión.
Cuando el bien común se
olvida, el gobierno se convierte en un ejercicio de gestión sin alma.
La patología de confundir
medios y fines
Cuando gobernar se convierte
en el fin, aparecen desviaciones conocidas: la autopreservación del poder, la
burocracia que se justifica a sí misma, la política entendida como
supervivencia, la confusión entre interés público e interés del gobernante, la
tentación de sacrificar el bien común para mantener el control. Es entonces
cuando los medios —el cargo, la estructura, el procedimiento— se absolutizan. Y
cuando los medios se absolutizan, el fin desaparece.
Tu distinción es, por tanto,
una advertencia ética: no convierta el gobierno en un ídolo.
El interés público como
criterio de corrección
Recordar que el fin es el bien
común exige dos virtudes:
lucidez, para distinguir lo esencial de lo
accesorio;
valentía, para modificar los medios cuando
dejan de servir al fin.