viernes, 6 de mayo de 2022

Memoria, olvido e Historia

 

          A primera vista, puede parecer que la memoria es una facultad psíquica positiva y el olvido lo es negativa, pero la naturaleza las creó a la vez para que fueran complementarias en la virtud. O, dicho de otra forma, el olvido es tan necesario para la virtud como lo es la memoria, de modo que solo quien es capaz de olvidar es virtuoso por completo.

          El que dice «yo perdono, pero no olvido», no está perdonando en realidad. Y tanto es así, que al agraviador le duele mucho más la indiferencia del agraviado (el primer paso de su olvido) que su voluntad de venganza. Borges recoge esa idea muy bien en Fragmentos de un evangelio apócrifo, cuando escribe que «el olvido es la única venganza y el único perdón».

          Eso no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que en la naturaleza de las cosas todo tiene su opuesto: la suma a la resta, la dureza a la flexibilidad, la verdad a la mentira, etc. Y todo eso es necesario, si bien la virtud está en practicarlo cuando se debe. Así, hay que sumar cuando se agrega y restar, cuando se descuenta, y no al revés. El buen gobernante, el buen jefe y el buen padre no tienen que ser siempre duros o siempre flexibles, sino duros cuando deben ser duros y flexibles cuando deben ser flexibles. Y el íntegro no es el que siempre dice la verdad (Dios nos libre de los que van con la verdad a todas partes, a todas), ni el que miente cuando hay que decir la verdad, sino el que dice la verdad cuando hay que decir la verdad y el que no la dice cuando la prudencia lo aconseja, sin hipocresía ni cinismo. («No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que, al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces», escribió Borges en el mencionado Fragmentos de un evangelio apócrifo).

          ¿Eso quiere decir que también deben existir el bien y el mal para que exista armonía? No, sino que (por seguir con nuestro ejemplo) el bien es la armonía entre la suma y la resta, la dureza y la flexibilidad y la verdad y el artificio, en tanto que el mal es el desequilibrio entre esas condiciones contrapuestas.

          La bondad de la relación memoria/olvido es fácil de entender. Yo, por ejemplo, debo recordar dónde he dejado el coche aparcado para poder ir a recogerlo, pero no necesito recordar dónde lo dejé ayer, y mucho menos dónde lo dejé todos los días del año pasado. Si así fuera, la memoria se llenaría de información inútil, como se llena de fotos que no veremos jamás la memoria de nuestro móvil. Esa es la teoría del ático del cerebro que practicaba Sherlock Holmes: «Las gentes necias –decía– amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra montonera de cosas que les resulta difícil dar con ellos».

          Los principales aliados del olvido son el tiempo y el espacio. Esto es, cuanto más tiempo pase, más fácil es olvidar, y lo mismo ocurre cuanta más distancia medie. Es otra forma de decir que el tiempo todo lo cura o que la distancia es el olvido. El principal enemigo del olvido, en cambio, es el acontecimiento traumático, que se queda grabado en la mente y es muy difícil de borrar. El diccionario de la RAE define trauma como «choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente». «Daño» supone herida, falta de salud, e «inconsciente» es el «conjunto de caracteres y procesos psíquicos que, aunque condicionan la conducta, no afloran a la conciencia», según el mismo diccionario. Así pues, los traumas suponen falta de salud y condicionamiento inconsciente de la conducta.

En las relaciones entre las personas, el acontecimiento traumático es causado por una afrenta. También en las relaciones entre las personas quienes hayan sufrido un trauma deben superarlo para recuperar la salud y actuar libre y conscientemente.

          En el caso de las afrentas, como en todos los demás, para que el olvido realice su función de limpieza profiláctica es necesario dejar pasar el tiempo y alejarse de las personas que te ofendieron. En los pueblos pequeños, donde hay tan poca distancia entre los vecinos y la convivencia obliga a un contacto permanente, que actúe el olvido es muy difícil, lo que hace que los agravios se cronifiquen e, incluso, que pasen de padres a hijos, especialmente cuando son atroces e inextricables y, a pesar de ser recíprocos en mayor o menor medida, ambas partes se sienten totalmente agraviadas y ninguna se siente agraviante en nada.

          Como a las sociedades les pasa lo que a las personas, también ellas recuerdan los traumas con una intensidad enorme, especialmente cuando el trauma es consecuencia de una afrenta entre miembros de ella misma y es atroz e inextricable. También en ellas, las partes enfrentadas tienen una memoria selectiva y tienden a recordar como agraviadas, nunca como agraviantes.

          Si el olvido es tan necesario como la memoria para la armonía de las personas y lo es para las familias, también lo es para las sociedades locales y para el conjunto de una sociedad. También para los pueblos y para la sociedad la armonía consiste en recordar lo que hay que recordar y olvidar lo que hay que olvidar, en tanto que el mal consiste en recordar lo que merecería ser barrido por el olvido y olvidar lo que debería conservarse en la memoria. Es decir, para las sociedades, memorizarlo todo sería tan malo como olvidarlo todo, pues una sociedad sin memoria y una sociedad que lo recordara todo, absolutamente todo, sería desequilibrada e inarmónica.

          Cosa distinta es para la Historia. En tanto entre los miembros de una sociedad traumatizada actúa el dolor, los prejuicios y la ideología, que siempre es parcial y, como todo lo parcial, carente de parte de la razón y parte de la justicia, la Historia es una ciencia que debe materializarse libremente por científicos, a quienes debe interesar más toda la verdad que una parte de la verdad. La Historia debe estudiar el pasado pensando en el futuro, no en el presente. No debe justificar los hechos, sino descubrirlos y explicarlos, ni debe generar procesos de retroalimentación, esto es, no debe alimentarse de los afanes de una parte ni debe alimentar esos afanes. La Historia, pues, debe recoger toda la memoria sin dar pie alguno al olvido. Debe hacerlo para ser un referente constante de unos y de otros, para enseñar a los jóvenes y para eliminar los prejuicios, para motivar las causas y para advertir de los efectos, para hacer una sociedad más sana, más tolerante, más sabia y más libre.

          Mientras eso no ocurra, mientras una parte de la sociedad solo recuerde su condición de agraviado y olvide su condición de agraviador, especialmente cuando llega al poder, y mientras la Historia no recoja todo lo ocurrido, sino solo una parte de ello, será imposible el equilibrio, será imposible la armonía.




viernes, 1 de abril de 2022

Antonio Roa o El alma del color


Un cielo amarillo, unas montañas grises y verdes, el blanco campanario de una ermita y seis cipreses rojos que recorren el cuadro de abajo arriba.

Desde hace unos días, hay un cuadro de Antonio Roa detrás de la silla de mi despacho, detrás del escritor que soy, detrás de mí cuando escribo esto. Si el amable lector de estas páginas pudiera verme, me vería con la mirada en la pantalla del ordenador, aporreando rítmicamente el teclado, supuestamente concentrado en lo que estoy haciendo, y, detrás de mí, a apenas unos centímetros, vería el cuadro de Antonio Roa que les digo, y en el cuadro detendría la vista, abrumado por la belleza de esas grandes manchas de color que construyen imágenes e ideas.

Si me viera desde la puerta del despacho, tal vez asociara el cuadro conmigo y con lo que estoy escribiendo, como si el cuadro y yo y mi obra formáramos parte de la obra de arte viva de un Hacedor extraordinario en la que yo siento la influencia del cuadro y escribo lo que Antonio Roa sintió cuando lo estaba pintando.

Las cosas son lo que son y lo que evocan. Las cosas tienen alma, que es el alma de quienes las crearon y las sintieron. El cuadro de Antonio Roa tiene el alma de Antonio Roa, yo lo sé porque la siento.


Con Antonio Roa, rodeados de su arte


martes, 28 de diciembre de 2021

Madre, quiero ser de una faneguería

Un amigo me ha pasado el enlace con el que Aceite Ecológico Los Pedroches (Olivarera de Los Pedroches-Olipe) ha compartido la alegría de la Navidad, que incluye el vídeo de la representación que el 22 de enero de 2007 se hizo en el teatro El Silo de la obra «Madre, quiero ser de una faneguería». Junto al mensaje, iba un comentario de la pena que le supone que esta obra (que tuvo otra representación cinco días después del estreno, el 27 de diciembre) no haya vuelto a representarse ni parezca que sea posible ponerla en escena de nuevo.

Comparto esa tristeza, especialmente cuando veo que obras similares, que necesitan el concurso de muchos, son asumidas por las instituciones de nuestra comarca y llevadas a cabo con cierta periodicidad. Me refiero a «Los Coloquios», de Alcaracejos, «El auto de los Reyes Magos», de El Viso, «La vaquera de la Finojosa», de Hinojosa, «El halcón y la columna», en Belalcázar, y «Asonada», en Pedroche.

«Madre, quiero ser de una faneguería» fue (y podría serlo indefinidamente) una ventana por la que observar cómo vivían nuestros antepasados en la sierra hasta épocas relativamente recientes, lo que es tanto como decir que, en buena parte, sería un medio para entender por qué somos como somos, pues los sociedades son, esencialmente, lo que fueron.

Los cantos y los bailes que salen en la obra, que a muchos jóvenes y no tan jóvenes pueden parecer extraños, han sido los cantos y los bailes tradicionales de nuestra tierra hasta que, ya en tiempos de la televisión, fueron sustituidos por otros, llevados por la uniformidad regional que impusieron los canales autonómicos y las modas venidas de Sevilla, de Madrid o de Nueva York, a las que nos aficionamos tan pronto y que tan pronto consideramos como las nuestras de toda la vida. El habla de los personajes, con su ahora desconocido vocabulario, era la que yo mismo he practicado de chico, porque se la oía decir a mis padres. En la obra aparecen las costumbres, el vestuario, las relaciones sociales y, en resumen, buena parte de la cultura popular que surgió tras aquella epopeya que fue la roturación de las tierras y la plantación de los olivos de un territorio tan hostil, en la que tantos sudores y tantas esperanzas dejaron nuestros antepasados.

El periodo culminante del laboreo en la sierra era (y es) el de la recolección de la aceituna, para la que los pueblos de Los Pedroches mandaban entonces a los mejor de sus sociedades, mujeres y hombres jóvenes que vivían su tiempo entre un trabajo durísimo y una algazara bromista, atrevida y alegre. La obra quiere recoger a esa gente viviendo en ese segundo momento, que se desarrollaba esencialmente de noche. Cuando la obra se representó, muchos de los espectadores que acudieron al estreno fueron parte de esa gente, se vieron reflejados en los personajes y la entendieron a la perfección.

Ahora que ese lenguaje se ha perdido, que se tienen por nuestros los cantos y los bailes que vinieron de fuera hace solo unos cuantos años, que hemos perdido casi toda la capacidad de sacrificio de nuestros abuelos y no plantamos nada que no sea de provecho mañana mismo, estaría bien que, cada cuatro o cinco años, se enseñara a unos cuantos actores aficionados, distintos cada vez, a cantar y bailar lo que fueron nuestras jotas, a decir lo que fueron nuestros dichos y a sentir lo que sintieron nuestros antepasados, y que todo eso se pusiera en escena. El teatro se llenaría solo con los familiares y amigos de los intervinientes en la función, se le habría hecho el mejor homenaje a los que tanto trabajaron pensando en nosotros, se enseñaría a la ciudadanía por qué el paisaje de la sierra es como es y, en fin, se daría al vecindario de Los Pedroches una lección de lo mejor de nuestra Historia.

*Creo necesario dar las gracias a Luis Lepe, Miguel Ángel Cabrera y María Luisa Sánchez, a los integrantes del grupo de teatro Jara, del grupo de baile La Faneguería y del grupo Aliara y a todas las personas que intervinieron en aquellas dos representaciones.

**Solienses hizo un comentario sobre la representación que puedes descargar aquí.



lunes, 25 de octubre de 2021

El hombre que amaba a Franco Battiato

Pasados cinco años desde que se editó, he recuperado los derechos de la novela El hombre que amaba a Franco Battiato y la he puesto a disposición del público como últimamente hago con todas mis obras, gratis en mi página web y en formato papel en Amazon (en pasta dura y blanda). Esta novela es especialmente querida para mí porque me divertí mucho escribiéndola, dado que en ella incluía los paisajes y las gentes que conocía a medida que visitaba a mis hijos, que se hallaban estudiando o trabajando en el extranjero, y porque en 2017 ganó el premio Solienses

La RESEÑA de la contraportada es la siguiente: 

Mientras obtenía información para un artículo periodístico, un joven se topa con una referencia sobre el original de un libro que se parece a las canciones de Franco Battiato, cuyo autor ha muerto en extrañas circunstancias. Determinado a encontrarlo, pronto se verá arrastrado por unos acontecimientos que lo llevarán a conocer a los influyentes miembros de una sociedad secreta de Sevilla, unidos entre sí por una perversión sexual, a experimentar lo más sublime de la amistad y el amor y a viajar a Nueva York y a varias ciudades de Europa.
 
El ambiente de los estudiantes Erasmus, la actividad de los titulados españoles en Alemania, el entorno de los premios literarios y los riesgos que se ocultan en el correo electrónico y en las páginas web son algunos de los marcos en los que se desenvuelve la historia, a la que no son ajenos el erotismo, la ternura y el humor y en la que nada es como parece, ni siquiera el final.



Otras entradas sobre la novela es este blog:


Si quieres la novela en tapa dura o tapa blanda, pincha en la imagen o aquí.

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También te ofrezco aquí gratis la novela en pdf, para que la leas o la transformes en el tipo de archivo que más te interese.




miércoles, 6 de octubre de 2021

La última mirada

 

Hace unos años, Carmen y yo estuvimos en el taller de Rafael Sánchez Molina y yo dejé constancia de aquella visita aquí. Unos meses después, escribí otra pequeña entrada sobre él. O sobre su obra. O sobre el arte. O sobre la humildad. O sobre la calma. Escribí aquellas entradas sobre lo que su obra y él mismo me inspiraban, lo que es tanto como decir que en buena parte las escribí sobre mí mismo.

Rafael me las agradeció mucho, tal vez porque se vio comprendido como artista, lo que para alguien que intenta expresar emociones con su obra es muy gratificante.

Lo sé por experiencia. Y ahora lo digo por mi experiencia con él, porque Rafael siempre me hablaba de mis libros como yo siempre he querido que hablen de ellos los lectores, comprendiendo lo que he escrito, comprendiéndome.

Aunque no lo traté mucho, entre él y yo, en fin, había algo especial.

Había.

Hablo en pasado porque Rafael, que siempre me deseaba salud, ha muerto.

Los buenos pintores y las buenas personas se venden caras, Rafael. Y se venden caros los buenos lectores. Ahora que te has ido, me siento de todo un poco más huérfano.

Autorretrato de Rafael


miércoles, 14 de julio de 2021

La mochila de la mente, de Miguel Cardador

 

            Aunque han pasado una pila de años y mi memoria ya flaquea, parece que ahora estoy viendo a mis hermanos y a toda su pandilla de amigos sentados en el escalón de entrada (aquí lo llamamos batior) de la casa frontera a la mía, la de Carmen Trucios y Juan Amor, que era un poco más alto de lo común. El citado batior estaba justo frente a la puerta de mi casa, adonde llegaba el alboroto alegre de aquellos muchachos que, algunas veces, entraban y salían para ir hasta la antigua cuadra, cuyas paredes habíamos cubierto con pósteres de jugadores y equipos de fútbol que venían en el Marca y donde mi padre nos había instalado una mesa de ping-pong.

            Uno de aquellos niños era Miguel Cardador. A él lo recuerdo especialmente porque era especialmente simpático, especialmente vivo, especialmente extrovertido y especialmente hablador, porque era una persona especial, en suma. Lo recuerdo, además, porque desde entonces no ha dejado de estar de una forma o de otra en la vida social de mi pueblo, Pozoblanco, donde ha desempeñado mil y una tareas, y en la vida de mi familia, especialmente en la de mi hermano Miguel, de quien es íntimo amigo.

            Cuando Miguel Cardador puso en marcha su periódico Los Pedroches Información, quiso contar conmigo. Yo no había escrito nunca artículos de opinión y la experiencia me ayudó a adentrarme en mí mismo y me puso en contacto con un público muy amplio, del que recibí numerosas muestras de afinidad y aprecio. También contó conmigo cuando, después de un forzado silencio editorial, puso en marcha su periódico La Comarca. Es más, algunas veces me llamó para pedirme por favor que escribiera, porque por aquel entonces yo tenía la mente en otros proyectos y escribir artículos de opinión me daba como pereza.

            A mí nunca me dio directrices, ni yo he sentido el peso de ninguna línea editorial escribiendo para sus periódicos. Y me consta que así ha sido siempre con todo el mundo. Es más, yo creo que nunca ha habido un medio tan diverso y tan libre en Los Pedroches como aquel Los Pedroches Información en el que escribieron, entre otros muchos, Gabriel García de Consuegra, Pérez Zarco, Antonio Merino y yo mismo. Miguel Cardador, en fin, siempre me ha estado agradecido porque yo escribiera, mucho o poco, en sus periódicos, pero el que está agradecido soy yo, porque cuando nadie contaba conmigo, él sí lo hizo.

            Miguel Cardador, además, es lector paciente de mis libros. Para mí eso tiene mucho mérito porque yo no escribo pensando en los lectores, sino en crear belleza, porque generalmente no los presento y porque les doy muy poca publicidad. Los escasos lectores de mis libros son, en general, gentes que los leen sin compromiso alguno y me quieren sin admirarme, que es como yo quiero que me quieran.

            Miguel Cardador ha tenido mucha relevancia en la vida social de Pozoblanco de los últimos tiempos: ha sido concejal, ha sido uno de los grandes impulsores del fútbol modesto y, además del expresado papel de único editor de semanarios de Los Pedroches de la era reciente, ha tenido mucha relevancia en la radio y la televisión local. Miguel Cardador es deportista y escritor, tiene una personalidad arrolladora, un poder de convicción tremendo y una enorme facilidad para la comunicación. Miguel Cardador tiene carisma de líder y perfil de exitoso personaje de novela.  

            Y por todo eso, tiene mucha importancia para mí, y tiene mucha importancia para todo el mundo, que Miguel Cardador haya desnudado su mente (y su corazón) para mostrarnos que detrás de todo eso, detrás de su faceta como editor, como periodista y como empresario, detrás de su desparpajo y su alegría, de sus intervenciones en la radio y en la televisión, detrás de su capacidad y su éxito, hay una persona que sufre una enfermedad mental.

            Y lo ha hecho de la forma más pública posible, en un libro que recoge su experiencia con el trastorno obsesivo (no compulsivo), La mochila de la mente, que ha editado en Amazon, desde donde los beneficios irán a la Asociación de Familiares y Enfermos Mentales del Valle de los Pedroches (AFEMVAP), a quien ha cedido todos los derechos.

            «Con las enfermedades mentales no solo hay que salir del armario, sino que el armario hay que quemarlo», dice Miguel Cardador en su libro (pag. 119). Él ha salido del armario y lo ha quemado luego para dar la cara por todos los enfermos mentales, personas que han sufrido y siguen sufriendo la incomprensión de una sociedad que todavía hoy sigue en buena parte culpando a los propios enfermos de su enfermedad, como si ellos se la hubieran buscado y de ellos dependiera su curación. 

            Nadie conoce bien el dolor ajeno, por mucho que quiera razonarlo. Nadie como quien padece lo que tú para sentir lo que tú. La empatía es, fundamente, acompañar, y nadie acompaña tanto como el que, por haber sufrido lo que tú, sabe lo que de verdad pesa tu sufrimiento y te entiende. Por eso tienen tanta importancia testimonios como el que Miguel Cardador expone crudamente en su libro. «Me hago una idea de lo que estas personas tuvieron que padecer cuando la mayoría de ellos sufrieron la enfermedad sin tratamiento», dice (pag. 131). Él, que padece una enfermedad y sufre, se hace una idea de lo que sufren los otros y los acompaña, y los ayuda, porque les hace saber que no están solos.

            Y, de paso, nos ayuda a nosotros, los supuestamente sanos, los sanos por ahora, a entender lo frágil que es nuestra salud mental. No en vano, en esta vida toda buena salud es transitoria, pues tarde o temprano algo vendrá para aguarnos la fiesta. Ese algo bien puede ser una enfermedad mental. Conviene que todos pensemos en eso para extender sobre los enfermos mentales el amparo de la normalidad, esto es, para hacer que la sociedad sienta por todos los enfermos la misma comprensión y tenga con ellos la misma ayuda, sean del tipo que sean.


*Para acceder al libro, pincha sobre la imagen.







sábado, 26 de junio de 2021

Patrimonio de Los Pedroches. Natural, histórico, artístico y social

 

Aunque está editado en diciembre de 2020, hasta hace unos días no ha salido en la prensa provincial y comarcal la noticia de que había sido editado en formato digital (pdf) el libro titulado "Patrimonio de Los Pedroches. Natural, histórico, artístico y social", obra publicada por la Fundación Delgado Vizcaíno que, bajo la coordinación de Pedro López Nieves, han escrito Antonio Ángel Ballesteros Porras, Antonio María Cabrera Calero, Juan Bautista Carpio Dueñas, Luis Lorenzo González López, Pedro López Bravo, Pedro López Nieves, Juan Andrés Molinero Merchán,  Antonio Fermín Morillo Nogueras y Manuel Vacas Dueñas, cada uno de ellos experto en las distintas materias de que trata. Además, el libro va acompañado de 13 vídeos, cada uno de ellos de algo más de un minuto de duración, en los que se muestran imágenes, mayoritariamente aéreas, que ilustran los temas tratados.


En la introducción, los autores declaran que no se trata de una obra científica, sino divulgativa, en la que se pone a disposición del lector, "con profusión de imágenes y textos sencillos", información que permita conocer mejor Los Pedroches de una forma atractiva y asequible. Y, nada más abrir el libro, cualquier lector se dará cuenta de que esa declaración inicial es cierta, es más, de que ha sido formulada con un exceso de humildad, pues la obra está llena de detalles visuales (fotografías, planos, mapas, diagramas, etc.) y de una información presentada en escrupulosas parcelas que sintetizan los temas tratados y, juntas, forman un todo muy didáctico.

Todo en el libro está cuidado hasta el más mínimo detalle, y por el cariño y el afán pedagógico que rezuman sus páginas, se nota que quienes lo han hecho son de una forma o de otra de Los Pedroches y que, en su mayoría, son o han sido profesores. Para cualquier lector, y más especialmente para los lectores de la tierra que trata el libro, como es mi caso, abrir cada una de sus páginas, cualquiera de ellas, es encontrarse con un regalo para la vista y para el espíritu.


Y precisamente ahí es donde creo que está uno de los dos problemas que tiene el libro: el formato digital se le queda corto. Este debería ser uno de esos libros que se tienen acostados en el mueble del salón, junto a la televisión o el jarrón con las flores secas, y se coge de vez en cuando para abrirlo por cualquier sitio y darse el gusto durante un rato de ver unas cuantas de sus ilustraciones y leer alguna de sus parcelas. El volumen del libro (747 páginas) y la cantidad de ilustraciones a todo color hacen caro ese propósito, que, sin embargo, yo creo que deberían asumir los servicios de publicaciones de las instituciones, ya sean de los ayuntamientos más grandes de la comarca ya sea el de la Diputación, pues precisamente están para eso, para esto. Para llevar a cabo ese propósito, los autores y dichos servicios de publicaciones podían plantearse la posibilidad de trocear el libro en las cuatro partes que lo componen y publicarlo como parte de una colección sobre el patrimonio de Los Pedroches que tendría continuación. Así, además, podía solucionarse en el futuro el segundo problema que a mi juicio tiene el libro:

Y es que, aunque los autores aseguran que no han pretendido hacer una enciclopedia de Los Pedroches, al lector se le queda esa idea en la cabeza cuando termina de leerlo y, en consecuencia, se da cuenta de que hay temas que no han sido tratados o parcelas que no se recogen en los temas tratados. Si existiera una colección sobre el patrimonio de Los Pedroches, digital y en papel, estos autores u otros se sentirían animados a continuar con la hermosa labor de recoger el patrimonio de Los Pedroches. Si eso fuera así, no se me ocurren más que beneficios para todos: los servicios de publicaciones de los ayuntamientos cumplirían con su función; los investigadores y docentes se sentirían impulsados a trabajar en temas de su interés; los alumnos de los colegios tendrían un instrumento adecuado para conocer la realidad que los circunda y los que solo son lectores, como me ocurre a mí, tendrían otro volumen para abrir de vez en cuando y darse el pequeño placer de disfrutar un rato con él.

El libro puede descargarse gratuitamente aquí.