Esta mañana he estado en el
río Guadalmez. Como ha sido un año lluvioso, esperaba encontrar mucha agua.
Pero no, y me ha dado pena. Al volver, he pensado en los días de mi infancia y
he recordado así, sobre la marcha, esto:
Cuando yo era chico (tengo 67 años),
1.- Río Guadalmez
Me bañé en el río Guadalmez, que
corría vivo y claro cerca de la ermita de la Virgen de las Veredas, adonde algunos
niños de los salesianos de Pozoblanco iban de campamentos en verano. El río
(entonces sí era de verdad «río») tenía mejillones. Yo los he cogido con mis
manos.
Mis primos y yo también
pescábamos en verano en el arroyo El Muerto, cerca de Pedroche, que conservaba
grandes charcas durante todo el año.
2.- Agua de los arroyos
Bebíamos agua directamente de
los arroyos, incluso de los más próximos a Pozoblanco, como el Santa María,
adonde los amigos íbamos con las bicicletas. Yo la he bebido muchas veces.
3.- Pozos del campo
El agua de todos los pozos del
campo era potable, y la gente la bebía sin preguntarse si estaría contaminada.
Yo la bebí durante muchos años. Entonces, los pozos tradicionales (5-20 metros)
aprovechaban el nivel freático superficial o pequeñas fracturas del granito. El
agua se sacaba mayoritariamente con un cubo, una cuerda y una carrucha. No
había sondeos.
4.- Noches frías en el cine
de verano
En el cine de verano, si no
llevabas una rebequita, pasabas frío. Yo lo pasé algunas veces por imprudente. De
hecho, uno de los días que más frío he pasado en mi vida fue cuando proyectaron
Titanic, y eso que ya era 1998.
Entonces, al ponerse el sol se
producía un contraste térmico acusado y abrir las ventanas por la noche
permitía que la casa se refrescara de verdad. En estos tiempos el calor se
queda atrapado en los muros y en los suelos de granito tan habituales en mi
tierra, y se libera lentamente durante la noche
5.- Carámbanos y hielo
Muchos días de invierno amanecía
con carámbanos en las canales, que en ocasiones se mantenían durante toda la jornada,
lo mismo que los charcos cuajados. Los carámbanos y los charcos eran una gran
diversión para los niños.
En mi casa, era frecuente
encontrar hielo grueso en el tarro de las aceitunas aliñadas, que mi madre guardaba
en el patio, y en la tinaja de pasillo hacia el huerto, donde durante años
vivieron algunos peces que pesqué en el arroyo El Muerto, y no era extraño que esos
hielos duraran varios días.
6.- El vaho del invierno
Casi todo el invierno, al salir a
la calle, echábamos vaho por la boca de manera constante, formando una nube
espesa al hablar o respirar. También era habitual ver como la bruma o «vaho»
subiendo de los arroyos, estanques y campos de cultivo al amanecer, porque la
tierra estaba más caliente que el aire helado.
7. Las cigüeñas de antes
Las cigüeñas se iban poco
después del verano y volvían por San Blas o un poco antes. A nadie se le habría
ocurrido imaginar que más tarde veríamos a algunas todo el año. Como no se nos ocurría
a los niños preguntarnos quién traía a los bebés al mundo cuando las cigüeñas
estaban en África.
8.- Parabrisas llenos de
insectos
El parabrisas y el radiador
del coche quedaban cubiertos bajo una capa tupida de insectos. Y no era porque
los parabrisas fueran menos aerodinámicos que ahora. Simplemente había muchos más.
9.- Gorriones por todas
partes
Había muchos gorriones por
todas partes, en los parques, en las calles, sobre los veladores de los bares. A
mí me fascinaban. Mi abuelo Juan me decía: «¿Sabes qué animal es el que come en
España, se mueve en España y vive en España, pero no anda en España?». «El
gorrión», le contestaba yo, que ya estaba avisado. «¿Y sabes por qué?». «Porque
no anda, sino que da saltitos».
Al parecer, hemos perdido
millones y millones de gorriones porque ya no hay ni suficientes semillas silvestres
para ellos ni suficientes insectos blandos para sus polluelos.
10.- Tormentas y estaciones
En verano, las tormentas eran más
habituales que ahora y, salvo excepciones, menos destructivas. Todo parecía entonces
más ordenado: había primavera, verano, otoño e invierno, no como ahora, que el
calor estival se prolonga hasta bien entrado el otoño (el famoso «veroño»), el
invierno se ha comprimido a unas pocas semanas de frío intermitente y la
primavera pasa casi sin transición del fresco a días con temperaturas propias
de julio.
11.- Encinas debilitadas
No
había tantas encinas secas como ahora, y no porque entonces las larvas de los
escarabajos no las barrenaran, sino porque ahora las pillan débiles y mal hidratadas,
sin savia defensiva. Los inviernos suaves y el aumento de la temperatura media
aceleran el metabolismo del insecto dentro de la madera.
12.- Grillos, ranas y otros
animales
Mi padre me llevaba a cazar
grillos, que entonces eran abundantes, y formaban con las ranas un gran «coro»
nocturno, que ahora ha desaparecido de muchos lugares porque, al no haber
charcas, no hay ranas.
Eso sí, ahora hay más
jabalíes, más palomas y más urracas.