miércoles, 20 de marzo de 2019

Reocupación, repoblación


“Hay que proceder a la recolonización. El cambio de mentalidad necesita de gente de fuera que refresque las ideas. El daño en el pensamiento comarcal es tan grande que ya no es posible cambiarlo sin medidas traumáticas, que ni pueden adoptarse por razones de paz social ni deberían adoptarse por razones de justicia social. El enfermo, que ya solo aspira a sobrevivir, no puede prescindir de los cuidados paliativos, esto es, no puede prescindir de las ayudas a las que por su dignidad humana tiene derecho. Y en esas condiciones la mentalidad renovadora solo es posible con la reocupación de los pueblos”.


La cita –con perdón– es mía y procede de una entrada publicada aquí. He repetido esta idea en diversos foros, con una acogida bastante desigual, pero ahora veo confirmada mi tesis en un artículo publicado en El Confidencial. Creo que quienes tienen la dirección de nuestros pueblos deberían dedicar un poco tiempo a pensarlo. Tal vez en la llegada de inmigrantes esté parte de la solución al despoblamiento de nuestra tierra. 


jueves, 7 de febrero de 2019

El taller de Rafael Sánchez Molina


                  Rafael Sánchez Molina es un artista con taller en Pozoblanco.

                Rafael me invitó un día a visitar su taller y Carmen se apuntó enseguida, porque, al igual que yo, admira los escaparates que confecciona para la óptica Centrovisión, frente a los que siempre nos detenemos para disfrutar sus composiciones, aunque ya los hayamos visto un montón de veces.

                El taller de Rafael tiene de todo, desde lo más común a lo más insólito.

                Cualquiera que no supiera que las cosas tienen alma y están donde quieren estar diría que el taller de Rafael está desordenado. Cualquiera que tuviera una mínima sensibilidad, en cambio, diría que Rafael consiente que las cosas vayan a su aire y vivan su vida, por lo menos mientras no las necesite él.

                Rafael nos ha enseñado una fotografía antigua que encontró en la casa, los materiales que coge por aquí y por allá para componer sus obras, los restos de algunos montajes para los escaparates y dos series de pinturas en cartulina, hechas con materiales sintéticos y de contenido abstracto o escasamente figurativo, en las que yo he visto muchas de las imágenes que pueblan mi mente cuando escribo, especialmente cuanto escribí la trilogía de Occidente.

                Algo le he dicho a Rafael sobre esto último, aunque no sé muy bien si he sabido hacerle ver lo cerca que están nuestras obras y, en consecuencia, lo cerca que debemos de estar el uno del otro.

                El taller de Rafael tiene de todo. Y lo tiene a él.

              Lo digo porque él es tanto persona como personaje y, en tanto que personaje, también tiene su atractivo. Lo digo porque es un espectáculo verlo pasar la mano cariñosamente por las cartulinas, como si las acariciara, porque lo es oírlo hablar con acogedor sosiego de las texturas y los colores y lo es verlo moverse parsimoniosamente entre los objetos y las musas que a buen seguro pueblan la estancia. Y lo digo porque uno puede sentir enseguida el cariño que le tiene al objeto artístico, porque uno, en fin, puede captar con él todo lo que hay de divino en esa extraña existencia que llevamos los seres humanos.



miércoles, 6 de febrero de 2019

Un honor muy grande: finalista del Solienses 2019


      No vivo de escribir. Tengo otro oficio con el que, como decía Antonio Machado, "pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago".

                Si has leído alguna de las entradas anteriores ya sabrás que escribo por el gusto de escribir, aunque luego me gusta que se lean mis libros.

                Esta mañana he sabido que mi novela Sholombra es finalista del premio Solienses, junto a la novela Aquello que fuimos, de Pilar Muñoz Álamo, y el libro de poemas Antes que el tiempo fuera, de Juana Castro. Estar incluido en esta terna es ya una distinción muy grande, dado el prestigio del premio, y lo es por estar acompañado de tan distinguidas escritoras, que con las mencionadas obras han logrado galardones de gran relevancia. Y lo es, también, porque eso me ayudará a que se lea Sholombra y las dos entregas posteriores, que dan continuación a la trilogía de Occidente. 
       
                Publico los libros en Amazon sin DRM para que puedan multiplicarse sin problemas entre los lectores. De hecho, todos ellos están en plataformas de descargas más o menos legales.

                No puede mandarte estos libros en papel, como quisiera, pero sí puedo hacer que los descargues gratis en formato electrónico desde mi página web (juanboscocastilla.com), donde hay mucha información sobre ellos, y, si tienes problemas para hacerlo, puedo mandarte los libros en formato electrónico para que los leas en tu propio lector.

                Lo dicho: si quieres los libros de la trilogía de Occidente (Sholombra, De Sholombra a Nógdam y Nógdam) en formato pdf o epub, pídemelos pinchando aquí y te los mando por correo electrónico o escríbeme a sholombra@gmail.com.

                Luego, haz con ellos lo que te plazca, siempre que recuerdes el nombre de su autor y sea con fines legales y no comerciales.


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Sholombra (papel) (digital)
De Sholombra a Nógdam (papel) (digital)
Nógdam (papel) (digital)


viernes, 25 de enero de 2019

Presentación de "No es de papel el silencio de mi verso" (fragmento)


         Todo arte, y la poesía lo es, nos muestra la visión que el artista tiene de sí mismo, de su familia, de su ciudad, de su reino y de su mundo. El artista es consciente del mundo, lo observa, lo siente sin entenderlo del todo, haciéndose preguntas que muchas veces no tienen respuesta, y nos muestra las emociones y los sentimientos que le provocan en forma de pintura, de escultura, de danza, de música o de poesía. El artista empatiza con el mundo, especialmente con los aspectos más sensibles del mundo, y nos lo muestra bajo el filtro de su mirada y con los medios de que dispone su talento. Mirad este cuadro, esto es lo que he visto. Oíd esta música, esto es lo que he oído. Sentid esta poesía, esto es lo que he sentido.

         Cuando miramos un cuadro o una escultura, cuando escuchamos una música o cuando leemos un poema podemos o no sentir las mismas emociones que el artista. Si el cuadro es bueno, se empatiza fácilmente con el artista, se siente con facilidad lo mismo que debió de sentir él cuando lo pintaba. Igual que si la escultura es buena, o la danza es buena, o es buena la música o el poema.

         El arte es eso: empatía del artista con el mundo y empatía del público con el artista, para que al final sea empatía del público con el mundo, esto es, empatía del público con el mundo a través del artista.

Si el artista siente pero no es capaz de transmitir el sentimiento, no es un artista. Es, probablemente, uno cualquiera de nosotros, que sentimos, pero no somos capaces de transmitir, que no somos capaces de hacer que los otros sientan lo que sentimos nosotros, que no somos capaces de hacer que los otros empaticen con el mundo a través de nuestra obra.

El arte es, fundamentalmente, emoción y sentimiento en el observador del objeto artístico. Un cuadro realizado con una técnica exquisita es un cuadro más si no emociona, es un producto artesanal, tal vez un buen producto artesanal, tal vez la obra de un gran artesano, pero no la obra de un artista. Y lo mismo pasa con las demás ramas del arte, especialmente con la poesía.


         El alma de las personas especialmente sensibles se llena y se hiere como todas las almas, pero lo hace con unos matices que a los demás les están vedados. No todas las almas, cuando conocen el sufrimiento ajeno, lo sufren como propio y reciben una sacudida emocional, no todas se preguntan por qué existe ese sufrimiento, no todas se quedan embarradas ante la contemplación del crepúsculo o ante la visión de una noche estrellada, no todas se preguntan por el sentido de la belleza, por los límites del espacio y del  tiempo, no todas sienten de la misma manera esa emoción constante que es ver crecer a los hijos ni no todas se cuestionan por qué venimos a este mundo en la soledad de un día cualquiera y nos vamos desnudos, como vinimos, también en la soledad de un día de tantos.

La noticia, sin embargo, el punto al que quería llegar desde el principio, es que Manuel Ángel transmite lo que abriga en su interior y nos lo hace sentir. Nos transmite lo que ha sentido de sí mismo, de su familia y del mundo y, de eso modo, lo percibimos nosotros con él, esto es, empatizamos con él y, al hacerlo, conectamos con nosotros mismos y con el mundo.

Puede hacerlo porque es un lector infatigable y ha visto como lo hacen los otros, y ha aprendido de ellos.

Puedo hacerlo porque domina la técnica, porque es hábil en el manejo de las imágenes y las metáforas, porque conoce el arte de tejer ideas y el arte de tejer palabras.

La noche, la luz, la escarcha, la penumbra, el viento, el tiempo, el mar, la luna, la memoria de las cosas y el olvido, los caminos, el rojo de la tarde, los pájaros heridos, los cauces de los ríos etéreos, el espíritu de los vencidos, la orilla opaca y desdibujada del sueño, los torbellinos de versos, los corazones breves, las lágrimas de la tierra, las ciudades en ruinas, el humo de las batallas, los mantos invisibles, las bocas dormidas, los sabores de la infancia, los laberintos de la realidad, los bosques interiores, la mirada de los hijos, los ojos de la amada y esa nostalgia que cubre de sombras el reloj de las palabras son, entre otros muchas, evidencias sensibles que Manuel Ángel Gutiérrez Solís maneja con una maestría admirable para hacernos ver cómo es su mundo, un mundo con el que nos notamos enormemente cercanos, porque enseguida apreciamos como nuestro.

viernes, 21 de diciembre de 2018

Ser y estar*


Cuando me preguntan sobre el particular, yo suelo decir que soy republicano, pero estoy monárquico, como la inmensa mayoría de los españoles. Es una afirmación que necesita una posterior aclaración, lo entiendo. Por eso, cuando la doy, suelo añadir que no soy “segundarrepublicano”, pues no me parece que el régimen de esa época sea un modelo al que deba imitarse, sino republicano a secas, aunque por el momento prefiero que sigan las cosas como están, ya que ni está comprobado que un Presidente de la República al estilo de los políticos que tenemos ahora lo hiciera mejor que este rey ni que las repúblicas en general sean más democráticas que las monarquías, como lo prueba el hecho de que entre los diez países con más desarrollo humano del mundo seis sean monárquicos, con Noruega y Australia a la cabeza.

En Australia, por cierto, se celebró un referéndum en 1999, y más del 54,7% de los votantes decidió rechazar la república, porque, entre otras cosas, reconoció el papel de la soberana (la del Reino Unido) como nexo de unión con la antigua metrópoli, con la que los ciudadanos de aquel inmenso país se siguen sintiendo muy cercanos. Los australianos, como los noruegos o los holandeses, por poner solo algunos ejemplos de ciudadanos sometidos a regímenes monárquicos, parecen entender que es mejor no hacer experimentos con las cosas de comer ni tratar de mejorar lo que viene funcionando con regularidad. Son republicanos, seguramente, pero se encuentran cómodos en un régimen monárquico y no sienten ninguna necesidad de cambiar. Como yo.

Entre el ser y el estar existen esas importantes diferencias, que a mi modo de ver están íntimamente relacionadas con la cultura democrática de la población. En política, cuando uno es y quiere estar a toda costa como es, lo que quiere de verdad es que los demás estén como él quiere estar. Y me explico: cuando uno es republicano y quiere a toda costa estar en una república, lo que quiere de verdad es que todos estén en una república, aunque no sean republicanos. Es un tipo de maximalismo que se lleva mucho ahora. Por citar otro ejemplo: Cuando uno es independentista pero no está en una república independiente, lo que quiere de verdad es que todos estén en una república independiente, aunque no sean independentistas.


De algún modo, los que quieren que la situación de todos coincida a toda costa con la idea que ellos tienen de cómo deben ser las cosas son gente poco sutil y escasamente dada a empatizar con los otros, a los que quieren liberar a toda costa, como si ellos fueran sacerdotes de la fe verdadera y el resto de ciudadanos pecadores descarriados a los que hay que salvar de cualquier manera, aunque sea a la fuerza.

Como los australianos, los españoles también fuimos a votar en referéndum, hace ahora 40 años. La mayoría entendió entonces que era mejor ESTAR en un régimen democrático y votó a favor de la Constitución que se propuso. Lo hizo porque consideró que esa Constitución sería la casa común de la inmensa mayoría. Casi todos renunciaron a lo que “eran” para “estar” dentro. Los que eran republicanos quisieron estar en una monarquía. Los que eran franquistas quisieron estar en una democracia. Los que eran centralistas quisieron estar en un sistema de autonomías. Los que eran nacionalistas quisieron estar en un Estado único. Los que eran confesionales quisieron estar en un Estado laico. Los que eran laicos quisieron estar en un Estado con una mención especial a la Iglesia. Y así sucesivamente. O lo quisieron o lo consintieron, que para el caso es lo mismo, porque al consentir ellos también consentía el otro, y, sin dejar de ser lo que eran, estaban embarcados en un proyecto común.

Ahora hay nacionalistas que repudian la Constitución de 1978 porque no consiente el derecho a la autodeterminación. Hay centralistas que la repudian porque hay autonomías. Los republicanos, porque existe la monarquía. Y así sucesivamente. De manera que muchos de los líderes de opinión de ahora quieren que todos seamos como son ellos, que, en lugar de en un espacio ancho donde todos quepamos con holgura, vivamos en su redil, constreñidos por sus normas rigurosas y por sus estrechez de miras.

Ahora que tanto se habla de memoria histórica, convendría no olvidar que hubo un tiempo con líderes de verdad, que le dieron al olvido (que es tan natural como la memoria y tan necesario) esa función de limpieza que tiene en las mentes y en las sociedades y, renunciando a muchos de sus principios ideológicos, construyeron una casa grande para todos, una casa para el futuro que ahora tiembla porque hay quien se empeña en hacer coincidir su ser con su estar, esto es, en hacernos comulgar a todos con sus ruedas de molino.

* Publicado en el semanario La Comarca.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Escribir por escribir (10). Al paso


           Hay dos motivos para hacer un camino: porque se quiere ir a algún sitio o por el gusto de andar. Yo soy de estos últimos: yo no tengo en la mente un destino, yo no quiero ver más territorios que los que descubra cuando pase por ellos.

                Hay dos motivos por los que se escribe: porque tienes algo que contar y porque quieres contar algo. No es lo mismo. Si tienes algo que contar, lo primero es ese algo interior, o esa historia que te ronda, y, luego, la escritura. Si quieres contar algo, en cambio, lo primero es el ejercicio de narrar, aunque no tengas sobre qué, y narrar luego sobre lo que te encuentres. Yo soy de estos últimos.

                Cuando quieres contar algo aunque no tengas nada que contar, como me pasa a mí, simplemente quieres escribir, ahondando, inventando, imaginando, como el que anda por el gusto de andar y disfruta con lo que le sale al paso.

                A veces me cuesta hacer entender que yo me siento a escribir y escribo, a la misma hora, casi todos los días, me encuentre bien o mal. La gente tiende a pensar que a los escritores les ronda la necesidad de lo que cuentan. Será así en algunos casos, pero no en otros. En el mío, no: a mí me ronda la necesidad de contar.

                Mi necesidad de escribir no es muy distinta de la del niño que quiere oír un cuento poco antes de dormirse de labios de su madre, un cuento que la madre inventa cada día sobre la marcha, continuando donde lo dejó la noche anterior.

                De hecho, yo escribo como esa madre, sin guion, hasta que apago el ordenador y me voy. Como ahora, por ejemplo.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Escribir por escribir (9). La reflexión


                Hay mucho ruido por ahí, mucho chiste fácil, mucho archivo reenviado que enseguida hacemos nuestro y reenviamos. Vivimos en medio de un montón de gente que se cree con opinión, que opina como si de verdad enjuiciase lo que dice, que opina sin darse cuenta de que en realidad están hablando otros por él.

                Conversar es poco menos que imposible porque la gente no está pendiente del otro, sino de lo que va a decir cuando el otro se calle.

                No se tiene a la conversación como un método para experimentar lo que han experimentado los otros, sino para enseñar, o, mejor, para convencer.

                No se lee para aprender, sino para reforzar lo que se ya se ha aprendido. No se escucha sino lo que nos gusta. No se ve sino lo que nos reafirma en nuestras convicciones.

                Como el dogma, la fe, es lo único, las conversaciones son monólogos de dos personas que hablan en distintos idiomas, o incluso de dos altavoces.

                No hay intercambio de razones.

                En ese medio ambiente, tan hostil al verdadero enriquecimiento personal, siempre puedes contar con la reflexión. Pregúntate por qué. Cuándo. Cómo. Quién. Qué consecuencias tendrá. Qué alternativas había. Hazlo por ti mismo, ahondando en lo que no sabes (en lo que no sabes, insisto), en lo que no tienes aprendido, y yendo más allá de lo dirías en la barra de un bar o en una conversación con los amigos.

Algo te habrá pasado hoy. Algo habrás visto u oído. Mira una fotografía y busca un detalle, o busca el detalle en un recuerdo. Oblígate, reflexiona. Si no sabes de lo que escribir, ya tienes de lo que escribir. Reflexiona y, luego, duda de lo que has aprendido.