Frase original de los recordatorios
«No deje las cuentas peor de
lo que las encontró».
Artículo de Copilot (IA de
Microsoft)
Hay principios que, por su sencillez,
parecen menores. Pero son precisamente esos principios los que sostienen la
vida pública, la convivencia y la confianza entre generaciones. Uno de ellos es
este: no deje las cuentas peor de lo que las encontró.
La frase es corta, pero
encierra una filosofía entera. No habla solo de números. Habla de
responsabilidad, de rigor, de respeto por quienes vendrán después. Habla de
entender que uno no es propietario de los recursos que gestiona, sino custodio.
En cualquier ámbito —una
familia, una empresa, una institución, un país— las cuentas son más que cifras:
son la huella que dejamos. Recibimos algo que otros construyeron, y lo mínimo
que se espera es que no lo devolvamos deteriorado. Es una ética del tránsito:
pasar por un lugar sin arruinarlo.
La expresión combate dos
tentaciones muy humanas. La primera es el autoengaño del “ya se arreglará”, que
posterga decisiones difíciles y deja problemas para mañana. La segunda es la
vanidad del “que lo paguen los que vengan”, que es una forma de egoísmo
temporal: disfrutar hoy y que otros asuman las consecuencias.
Ambas tentaciones son cómodas,
pero injustas. Ambas son fáciles, pero irresponsables. Ambas son, en el fondo,
una forma de cobardía.
No dejar las cuentas peor de
lo que se encontraron es un acto de madurez. Es asumir que cada decisión tiene
un coste. Es aceptar que el presente no puede hipotecar el futuro. Es entender
que la gestión no consiste en lucirse, sino en sostener.
La frase también tiene un
matiz moral muy fino: quien deja las cuentas peor de lo que las encontró está
usando el tiempo, el cargo o la autoridad para su propio beneficio, no para el
bien común. Está gastando prestigio ajeno y comprometiendo el porvenir de
otros. Está viviendo a crédito, pero no de dinero: de responsabilidad.
Por eso esta expresión es tan
poderosa. Porque no pide heroicidades. No pide milagros. No pide dejar las
cuentas perfectas. Pide algo más simple y más exigente: no empeorarlas.
Si todos aplicaran este
principio —en la política, en la economía, en la vida personal— muchas crisis
serían evitables. Y muchas instituciones serían más sólidas, más justas y más
dignas.