jueves, 18 de marzo de 2021

El farero (¿Y si todo estaba planeado?)

Hace como treinta años, mientras paseaba con Carmen por La Coruña, descubrí en el escaparate de una tienda de arte el póster de un faro a punto de ser engullido por un mar en tempestad. La fotografía mostraba al farero en la puerta de la construcción, con las manos metidas en los bolsillos, y al faro rodeado de un impresionante anillo de agua y espuma, en lo que parecía el momento anterior al fin de todo. Era tarde y la tienda estaba cerrada, pero a la mañana siguiente volvimos y compramos el póster, que enmarcamos y colocamos en nuestra habitación, justo encima de la cama, donde lleva desde entonces.

La fotografía es una conocida obra de Jean Guichard tomada en el faro de La Jument (Bretaña, Francia). El farero se llamaba Théodore Malgorne, que en el último instante salvó la vida.

Yo siempre vi en el farero de aquella foto una alegoría de mi profesión, secretario de Ayuntamiento. El secretario está en el meollo de todos los conflictos de una pequeña comunidad local, que pueden llegar a ser verdaderamente tormentosos: los que existen entre los trabajadores y la empresa, entre los ciudadanos y el poder, entre el hecho y el Derecho y, particularmente, entre los mismos políticos, el que le es más duro de sobrellevar, pues él tiene acceso a toda la información y sabe cuánto más y cuánto mejor podría hacerse por el pueblo si los concejales, en lugar de ahondar en los puntos que los separan, buscaran los que los unen y miraran a cada vecino no como un posible votante, sino como un ciudadano.

El secretario de Ayuntamiento sabe y calla. Al secretario de Ayuntamiento, en especial cuando el vecindario es escaso, le duele el Ayuntamiento que le paga y el pueblo al que en último extremo sirve y casi nunca lo comprende, pues quienes deciden lo suelen utilizar como escudo cuando la decisión no les es favorable. La de secretario de Ayuntamiento es, en fin, una profesión muy literaria, que sin embargo no ha sido tratada suficientemente por la Literatura.

Yo, que soy secretario de Ayuntamiento y soy aficionado a escribir, andaba queriendo armar una novela que hablara de mi profesión cuando descubrí la fotografía de Jean Guichard y uní la imagen del farero a la idea de alguien capaz de lidiar con todas las tormentas de la vida, singularmente las políticas, como idea central de una posible historia. Casi nunca escribo sobre guion, así que me puse a escribir. Lo hice durante unos dos años, y lo que acabó cuajando fue una historia que no detallo porque me refiero a ella en la reseña que sigue a este comentario. Luego, vinieron más de seis años en los que la novela estuvo en un cajón y, en 2005, un premio literario que la sacó del ostracismo y la metió en los circuitos comerciales.

Pasados más de quince años de aquello, he recobrado los derechos sobre la obra y la he reformado profundamente para adaptarla a la conciencia de la época y a mí mismo, de manera que quien haya leído la versión anterior encontrará ahora una construcción reconocible, pero más enérgica, más profunda y, en último término, más intensa y más hermosa.

Mi intención era, además, adecentarla y ponerla guapa antes de darle al público en general la posibilidad de adquirirla en papel o, si quiere, de descargarla gratis a través de mi página. El farero, que andaba rodando por ahí, de web en web, sin permisos y sin los requisitos técnicos suficientes, puede circular ya con todas mis bendiciones, corregida y reformada, para mayor provecho de quienes tengan a bien la voluntad de leerla.

Antes de terminar, creo obligado mencionar la colaboración de Jorge García y Miguel Castilla, a quienes suelo acudir cuando en esto de la Literatura dudo o necesito ayuda. La obra original estaba dedicada a Carmen María, que entonces compartía conmigo el lecho que había junto a la foto del faro, y lo está dedicada ahora la obra reformada, ahora, que la foto continúa en el mismo sitio y todo sigue esencialmente igual en nosotros y entre nosotros.

Por cierto, también los dos protagonistas masculinos de la novela tienen la foto del faro de La Jument  sobre el cabecero de su cama.

La portada es de  Pablo Daniel Rodríguez (Dragonbookcovers.com)

Reseña de la contraportada

Huyendo de una experiencia traumática, un funcionario pide ser destinado como secretario al Ayuntamiento de Yermo, un pequeño pueblo del interior de España. Nada más llegar, unos extraños sucesos lo ponen ante una terrible evidencia: su antecesor en el cargo previó su propio asesinato y tejió un plan perfecto para comprobar si su sucesor merecía acceder al excepcional conocimiento que lo llevó a él hasta la tumba de una forma atroz. Ante la mirada expectante de unos enemigos imprecisos, el nuevo secretario se ve fatalmente arrastrado a vivir la misma vida que su antecesor –amores incluidos– y, quizá, a tener su mismo fin.

El farero es un apasionante thriller psicológico, una novela de erotismo y misterio en la que los personajes, especialmente los femeninos, quedan perfectamente descritos por el ágil e intenso discurso de la narración. El amor, la pasión, el rencor, la envidia y la ambición se manifiestan con violencia en el alma de los protagonistas, hombres y mujeres contemporáneos que actúan bajo el influjo de una personalidad excepcional cuyo dueño nunca está presente e impulsados por el afán de mitigar su propia soledad. 

El Farero ganó el I premio Almuzara de novela


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lunes, 7 de diciembre de 2020

El espejo para alondras

       Durante la Segunda Guerra Mundial, España se mantuvo imparcial, lo que permitió a los Aliados pasar libremente por el estrecho de Gibraltar, donde el Reino Unido disponía de una base permanente. Pero la situación habría sido distinta si, como podría suponerse, España se hubiera aliado con las Potencias del Eje o hubiera sido invadida por Alemania, ante la que el régimen de Franco, con un ejército antiguo y un país exhausto, nada habría podido hacer. 

Urgidos por esa eventualidad, los Aliados pensaron en una posible invasión de la península Ibérica desde el Sur. La operación, a la que llamaron Backbone, era muy compleja y necesitaba de estudios sobre el terreno para determinar el mejor lugar en el que realizar el desembarco. Necesitaba, en fin, de espías que analizaran las defensas instaladas en la zona mediterránea de España, desde el Gibraltar hasta Almería, y realizaran otros trabajos de campo.

Para llevar a cabo esa labor, nadie mejor que los nativos de la zona. Españoles con esas características había muchos en el norte de África, ya conquistado por los Aliados a las tropas del régimen francés títere de Vichy. Eran excombatientes republicanos, que se habían exiliado al final de la Guerra Civil, habían sufrido los rigores de los trabajos forzados en los campos de concentración del desierto y se habían establecido, especialmente, en el Oranesado (Argelia), donde desde hacía mucho tiempo los españoles eran mayoría entre los extranjeros, hasta el punto de que el mismo Franco urdió una operación (conocida como Cisneros) para invadirlo entre 1940 y 1942, aprovechando la derrota de Francia por Alemania.

El servicio secreto norteamericano contactó con el Partido Comunista Español en el norte de África, el mejor organizado y el más numeroso, y le propuso que fueran miembros del mismo naturales de la zona los que, una vez formados como espías, fueran desembarcados en las costas españolas para llevar a cabo labores de información estratégica para los estadounidenses como parte de la operación Backbone. Los comunistas españoles aceptaron, si bien añadieron a la misión que les era encomendada la misión propia de procurar los elementos materiales y humanos necesarios para recomponer la guerrilla que estaba actuando en el sur de España contra el régimen de Franco.

Los españoles seleccionados fueron formados para tal fin y desembarcados cerca de Maro (en el extremo oriental de Málaga), desde donde iniciaron una aventura que incluyó cantidades enormes de ilusión y otras tantas de frustración, numerosos protagonistas soñadores y no menos personajes oscuros, mucha vida al límite, mucho dolor y mucha muerte, y, en todo caso, una gran variedad de peripecias, amores y traiciones incluidas, una aventura, en fin, digna de ser conocida y de una gran novela.

La historia, que siempre estuvo ahí, fue desvelada hace unos años por el magnífico documental Espías en la arena, de Quindrop Producciones Audiovisuales (puede enlazarse aquí). La gran novela, que utiliza la historia y la recrea literariamente, ha sido escrita por Jean François Bueno, natural de Orán e hijo de Francisco Bueno Ledesma, uno de los protagonistas de la historia real, y lleva por título El espejo para alondras (editada en español por Triciclo editores).




Escribo esto después de ver el documental, que he tenido la precaución de posponer a la lectura de la novela, dado que no quería saber lo que contarían las páginas siguientes, y puedo decir que la novela de Bueno responde con ejemplaridad a los cánones que siguen las novelas históricas, en las que el marco ambiental se recrea con la máxima realidad, se dota de carácter a personas conocidas para convertirlas en personajes y se teje una trama sobre la base de lo ocurrido, aunque se adopten las licencias necesarias para hacer más atractivo el argumento, a fin de convertir lo escrito no en una crónica de sucesos, sino en una verdadera obra de arte.

Bueno ha recreado perfectamente la época sobre un marco geográfico complejo, que abarca lugares diversos en tres continentes distintos, haciendo especial hincapié en aquellos que son la base de la novela, los del norte de África y los de la costa oriental malagueña, de una forma tan minuciosa que solo quien ha vivido en ellos tendría la capacidad para hacerlo. En ese ambiente, los personajes se mueven al ritmo que mejor le interesa al lector. La historia camina dando saltos hacia adelante o hacia atrás por los numerosos ambientes descritos, fragmentada en capítulos breves que hacen más descansada y amena la lectura, con un lenguaje pulcro y sencillo, de frases cortas y párrafos justos, siguiendo los cánones modernos que utilizan los superventas, a lo que ayuda la gran traducción realizada al español, pues el original se escribió en francés.

Los protagonistas son republicanos españoles, comunistas, por más señas. Además, son unos soñadores (alondras, si se quiere, pájaros que se dejan seducir por espejismos). Son, en fin, comunistas españoles soñadores que viven fuera de su país inmediatamente después de una guerra que han perdido. La novela no es ajena a esa realidad: los protagonistas ven el mundo como lo que son, desde su ideal punto de vista. Y en ese mundo está la España de tantas formas perdida y el ascua ardiendo de la ayuda americana, a la que se agarrarán en contra de sus principios, en cierta manera, a pesar de ellos mismos.

La novela abraza el punto de vista republicano sin obviar la complejidad de una España dividida en dos bandos casi iguales que, como en aquel cuadro de Goya, han luchado a sangre y fuego, vecino contra vecino, amigo contra amigo y hermano contra hermano. La familia del protagonista (el padre del autor) es un claro ejemplo de ello. Pero hay más. Lo que viene a demostrar que esta novela es una pincelada, otra más, en la necesaria descripción de la realidad compleja que es esa parte de la Historia de España, a mi juicio una continuación del cainita y desastroso siglo XIX español, lleno de espadones, iluminados y otros personajes del estilo, intransigentes y sanguinarios. Un siglo XIX cuyo fin, en España, no llegó sino hasta 1978.  

La novela tiene un epílogo que detalla lo que fue de los protagonistas reales, del que puede deducirse que casi todos los supervivientes, aunque abandonaron el comunismo, no dejaron de ser de izquierdas y acabaron reencontrándose con España.

domingo, 23 de agosto de 2020

Tratado de lo que ignoro (el libro)

           

        Trabajar sobre lo que uno guarda dentro de sí para desenredarlo y comprenderlo es hacerlo sobre lo que guardan los otros, ya que nadie es esencialmente distinto del resto, y es trabajar sobre la esencia de lo supremo, se llame esa esencia Naturaleza, Dios o se llame Gran Hacedor del Universo, pues sabido es que todas las naturalezas y todos los dioses piensan y sienten como los seres humanos, aunque para los creyentes el proceso sea inverso.

            Yo trabajé durante los últimos años escribiendo entradas para el blog que titulé Tratado de lo que ignoro sin otra intención que calmar la necesidad de conocer. Lo hice, por lo general, a partir de una idea que me venía en aquel mismo momento y sin proyecto alguno, de modo que el producto final casi siempre me parecía sorprendente.

            Escribí sobre mí y sobre todo aquello que me rodeaba: sobre mi familia, sobre mis amigos, sobre mi trabajo, sobre la sociedad en que vivía y sobre la política en general. Escribí con el afán del que explora, un punto desconcertado y con cierto respeto por lo que podía descubrir. Lo que se recoge aquí es una parte de ese trabajo, la que ahora me parece más grata y es lo suficientemente representativa.

Foto original para la portada: Pablo y José Luis caminando una mañana de invierno por la sierra de Los Pedroches

            He agrupado esos escritos en temas que en buena parte coinciden con los que tenía en el blog. En «Seres humanos» hay menciones expresas a personas concretas y las hay en abstracto o a la sociedad. Pero también las hay en «Lugares», en «Senderos», en «En el Camino de Santiago» y, especialmente, en «Viviendo en la distopía», que escribí durante el aislamiento por la pandemia del COVID-19, pues todos mis escritos están impregnados de caos, de reflexión y  de asombro, por ese orden. Aunque en el blog había muchas entradas sobre política general, en este libro solo se recoge una, a modo de resumen, pues la actuación política me descorazona y no quería transmitir esa sensación en una recopilación en la que aparecen con sus nombres mi mujer, mis hijos y mis padres, entre otros seres que amo o he amado.

Ya aviso al paciente lector que el resultado es muy asequible y que, tal vez, le parezca un punto tibio, o incluso cándido. Quizá eso se derive de mi pretensión de acércame a la realidad como lo haría un testigo en un juicio, al que se le pide toda la verdad, y no como suelen hacerlo los comentaristas políticos o las líneas editoriales de los periódicos, para quienes la verdad tiene muchas caras, lo que suele servirles de disculpa para ofrecer solo una, la que ellos ven desde el lugar en que los ha ubicado su ideología, que no por casualidad es también la ideología de sus seguidores. O quizá se derive de mi repulsa al modo en que se crea la opinión en las redes sociales, muchas veces con carácter impostado o anónimo, esto es, sin que pueda apreciarse la coherencia entre la actuación del opinante y su opinión y sin que nadie se haga responsable de ella, con lo que el buen juicio reniega de su esencia, pues no creo que haya opinión válida sin responsabilidad. Opinión que, luego, cargada de odio, estupidez y mentira, circula por esas redes a la velocidad de la luz, en un proceso de retroalimentación permanente de los prejuicios y anulación del libre discernimiento.


En realidad, lo que encontrará aquí es un continuo viaje por lo más teórico de la naturaleza humana, que no siempre es lo más obvio. No hay aquí pretensiones didácticas ni científicas y su fondo tiene más que ver con la Lírica que con la Sociología o la Ciencia Política. Por eso, me gustan  más las entradas que dedico a la familia y los amigos y las más abstractas y especulativas, como las que llevan por título O Pedrouzo, La trama del olivo y la luz. Pero nunca se sabe qué le gustará al lector, pues en todo placer ajeno hay un misterio.

Si este libro tuviera alguna pretensión, esa sería la de sacar al lector del grupo para convertirlo en unidad consciente. Pero como reconozco lo arduo del empeño, me conformaría con que el lector reconociera como propias algunas de las emociones que aquí se expresan. Comulgar con quien lee su obra es el mayor premio para el escritor, y lo es especialmente para mí en un libro como este, donde hay recogidas tantas de mis emociones y mis sentimientos, tanto de mí mismo, en definitiva.


Portada del libro en papel

jueves, 21 de mayo de 2020

Los cardos


Ayer por la tarde, poco antes del anochecer, fui por un camino cercano al pueblo y corté bastantes cardos. Eran del tipo mariano, de esos que tienen una corola púrpura con unas puntitas blancas sobre como una pelota de la que salen unas púas enormes, de esos que tienen unas hojas y unos tallos muy pinchosos y no mira nadie, aunque son muy bonitos.

Los cogí con unas tijeras y unos guantes gruesos y me los traje sin atar ni formar con ellos un pequeño haz, enganchados unos en las espinas de los otros sobre la mano abierta, el brazo doblado por el codo, el antebrazo extendido al frente, en una posición ciertamente incómoda que me obligaba a cambiar de mano de vez en cuando. Iba llamando la atención, me di cuenta, por poca curiosidad que tuvieran y comprensivos que fueran los paseantes con los que me crucé, que fueron bastantes. ¿Para qué querrá ese hombre esa maraña de cardos?, habría dicho yo, y yo soy una persona corriente, así que eso debió de pensar cualquiera.

Los dejé en el patio y Carmen, luego, hizo un ramo con los más vistosos, que puso sobre la mesa del comedor. Tampoco es frecuente un ramo de cardos. «Es original», dijo ella.

Y hermoso, añado yo. Es hermoso porque las flores se abren en cepillitos de un color blanco y púrpura muy llamativo, por la increíble forma esférica que toma su capítulo de púas gigantescas y porque son bonitos su tallo, sus hojas y sus agudísimas espinas.

Y es hermoso por lo que representa. En tiempos, los cardos marianos tuvieron muchos usos medicinales y hasta se dice que fueron cobijo para la Virgen en su huida a Egipto (de ahí su nombre), pero hoy, al menos aquí, no son nada, no sirven para nada. No se les considera ni siquiera hermosos. Pasan totalmente inadvertidos, aunque son fundamentales para la armonía del paisaje. Con los cardos ocurre lo que con esas personas que están ahí, ayudándonos, dando todo lo que tienen dentro de sí, y es como si no estuvieran. De esas que hermosean el paisaje pero nadie repara en ellas. De las que tienen cualidades que nadie explota, que nadie quiere.

Los cardos viven en los bordes de los caminos, en las cunetas, donde hay toda clase de animales que los devorarían si no se protegieran, expuestos a todos los peligros del que se halla sumamente a la vista. Los cardos son callados y humildes y, entre tantos enemigos, no han tenido otra forma de salir adelante que volviéndose ásperos y pinchudos, como les ocurre a muchas personas calladas y humildes que viven rodeadas de enemigos. Esas personas, aparentemente rudas, aparentemente ariscas, son en realidad sumamente tiernas y, como los cardos, guardan dentro de sí un tesoro que a nadie aprovecha.

domingo, 10 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 57. Hasta pronto


10-5-2020

Los 56 días pasados han sido muy especiales para todos. Muchas personas han muerto, con lo que eso supone de desolación en una civilización como la nuestra, que ha vivido tan de espaldas a la muerte. Han muerto y no hemos podido ni despedirlas: se ha añadido dolor al dolor y se ha dejado pendiente la reconstrucción de las vidas afectadas por las ausencias.

Muchas personas han trabajado en condiciones penosas, arriesgando sus vidas para salvar las de otras, con lo que se ha demostrado, una vez más, que el espíritu humano puede ser tan sublime y hermoso como el de que aquel hombre ideal que fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Muchas personas han perdido su trabajo o se han visto obligadas a dejar en suspenso sus empresas y están sufriendo, bastantes de ellas en condiciones que no se puede permitir una sociedad mínimamente justa.

Ha cerrado los colegios, los bares, los comercios… Ha cerrado casi todo y nos hemos recluido en nuestras casas, pendientes de un montón de medios de comunicación que nos traían a la par noticias y bulos y de las decisiones de quienes debían representarnos, todas ellas difíciles por lo inaudito del caso, decisiones para que las esperábamos una unidad que no siempre se ha producido.

Y mientras ese mundo distópico se hacía realidad, yo escribía. Durante un mes lo hice con mi mujer en el hospital o encerrada en su habitación. Yo escribía porque había gente que me leía y, leyéndome, me acompañaba. Te he sentido, paciente lector anónimo en el que pienso ahora, a las 6:50 del día 10 de mayo de 2020, y aunque tú no lo sepas, me has hecho mucho bien.

Pero el mundo va recobrando su normalidad y ya va siendo hora de que la recobre esta página, que no tiene vocación de diario. A partir de ahora escribiré en ella como antes, cuando me apetezca, con la libertad y las limitaciones que lo he hecho siempre.

«Es hermoso partir sin decir adiós, serena la mirada, firme la voz», decía aquella admirable canción del maestro Serrat. Sería bonito marcharse sin despedirse, en efecto, pero yo no puedo hacerlo porque soy una persona educada y porque todavía no me he cansado de preguntarle al mundo «por qué y por qué», porque esto, en fin, no es una despedida, sino un cordial y sencillo «hasta pronto».



sábado, 9 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 56. Las alas


9-5-2020

Esta noche he soñado que Carmen y yo volábamos sobre el mar. Casi nunca me acuerdo de los sueños, pero al despertarme me lo ha recordado el piar de unos pájaros, tal vez porque los pájaros tienen alas, tal vez –he pensado con los ojos fijos en el techo–, porque entre los pájaros y yo ha habido esta noche una suerte de comunidad, como debe de haberla entre los ángeles y ellos.

En el sueño, yo era feliz. Era feliz sin hacer nada, sin tener nada, sin pensar nada, solo volando.

Algunas veces me pregunto qué habría sido de los hombres si hubieran nacido con alas. ¿Se las habrían recortado de niños? ¿Se las habrían quitado unos a otros? ¿Habrían ido perdiendo poco a poco la capacidad de volar a fuerza de vivir en el suelo, como les ha ocurrido a las gallinas?

Los seres humanos no tenemos alas físicas, pero tenemos otras alas, el pensamiento, y no lo utilizamos como es debido. Yo fui educado para el miedo, por ejemplo, como era habitual en mi generación. El miedo es una emoción que sirve para avisarnos del peligro, pero también es un instrumento para limitarnos, y puede llevarnos a una seguridad obsesiva, como a esos pájaros que a fuerza vivir en una jaula no saben buscarse la vida fuera de ella. 

No lo utilizamos como es debido porque no nos enseñan a pensar, sino lo que tenemos que pensar. Lo hacemos incluso con nuestros hijos, especialmente con ellos: nada más nacer, les inculcamos una religión, la verdadera, que casualmente es la nuestra, les inculcamos una filosofía de vida, la que va a hacerlos más felices, que casualmente es la que nos habría hecho más felices a nosotros, y los damos de alta en la asociación que nos encanta o le compramos la camiseta de nuestro equipo favorito. Todo lo hacemos por mejor sin darnos cuenta de que, en realidad, estamos considerando que son una extensión de nuestra vida en lugar de que ellos tienen la suya propia.

No utilizamos el pensamiento como es debido porque se lo entregamos a otros. Vengo diciéndolo en esta página y no quiero ponerme pesado, pero me gustaría que los pacientes lectores se preguntaran por unos momentos cuánto de su pensamiento es de verdad de ellos y cuánto les ha sido inculcado. Y, luego, que se preguntaran con qué fines. ¿No han pensado nunca que los pensamientos libres, como los pájaros, no forman rebaños?

¿Las alas o el pensamiento? Ahora que sé lo que sé, si al nacer me hubieran dado a escoger entre tener alas y tener pensamiento, no sé por cuál me habría decidido.

viernes, 8 de mayo de 2020

Viviendo en la distopía 55. La alergia primaveral


8-5-2020

Soy alérgico a no sé muy bien qué que viene en primavera. Tengo moquillo, estornudo. Estoy ahora sí y ahora no llevándome las manos a la nariz y gasto pañuelos de papel a mansalva. No es grave, estoy bien, no me duele nada. Es un poco molesto, eso es todo, y la mayor parte del tiempo ni siquiera me doy cuenta. Además, me tomo unas pastillas que moderan bastante los síntomas.

Cuando era joven no tenía alergia, o eso creía. La alergia me ha venido con los años, como otros males que en mi casa llamaban «dolamas» cuando, como es el caso, eran crónicos y débiles. Ahora que con esto del coronavirus tanto se habla de curvas, yo, que hice la mili en artillería, podría decir que la alergia me ha llegado cuando la curva trazada por la bala ha sobrepasado el punto más alto, que allí llamaban «el vértice de la trayectoria», y se halla en franca bajada, que es tanto como decir en un claro declive. Pero me gusta más pensar que la alergia me ha llegado con un cuerpo más experimentado y, en consecuencia, más instruido sobre lo que le conviene y lo que no, más sabio. Si el cuerpo responde así a un elemento exterior, por algo será: tal vez se esté defendiendo. Tal vez, detrás de esa explosión de vida que anida en la primavera haya venenos ocultos, virus malísimos, millones de ácaros…

Tengo, además, la experiencia de la mente, que también tiene sus alergias, aunque no son primaverales, sino mucho más constantes. Resulta que con los años he ido notando una mayor sensibilidad contra ciertas cosas que antes me pasaban inadvertidas. No es nada grave, no me impiden conciliar el sueño ni me quitan el apetito, pero de vez en cuando me molestan. Yo las llamo «los afanes». Vienen de todas partes, pero sobre todo de los que están muy pero que muy seguros de algo y se afanan para que todos estemos tan seguros como ellos. Esos afanes me incomodan un poco, como cuando los testigos de Jehová tocan el timbre a horas impropias y me veo obligado a pedirles amablemente que se vayan.

Ahora, los afanes son fundamentalmente políticos y también tienden al apostolado. Las redes sociales les han dado unas alillas enormes. Un afán por convencerte de algo se multiplica enseguida al ritmo que le dan aire sus creyentes mensajeros y te llega de improviso por la persona o el grupo más inesperado. Cuando lo descubro, noto el afán de quien lo ha mandado y moqueo (en sentido figurado, claro), como si la mente se defendiera con una mansa alergia primaveral.