lunes, 4 de junio de 2018

6. Puente Villarente o Una conversación jugosa


                No acabo de acostumbrarme a los horarios, que están hechos para los extranjeros, aunque me argumentan en todos lados que son buenos para los caminantes. Desde que en Hontanas, el primer día, fui a cenar al restaurante de un hostal que anunciaba el cierre de la cocina a las nueve y a las nueve menos cuarto me dijeron que la cocina ya había cerrado, lo primero que hago al llegar a mi alojamiento es preguntar a qué hora abren y a qué hora cierran la cocina. Hace unos días, en ahora no sé qué albergue, me dijeron que la cocina cerraba a las ocho y hoy, en Puente Villarente, me han dicho que la cena es a las siete “a toque de campana”.

                Las nueve, vale. Las ocho, bueno. Pero a las siete yo estoy recién levantado de siesta y todavía tengo el menú del peregrino dando vueltas por el estómago.

                A las siete, en efecto, no a toque de campana, sino a la voz de la dueña del albergue, que iba gritando “dinner, dinner” por los pasillos, pusieron la cena, a la que evidentemente no asistí.

                Poco después, salí a la calle y me di una vuelta por el pueblo, lo que es tanto como decir que seguí la carretera nacional adelante hasta que se terminaron los edificios y me volví. A las nueve menos diez, con el menú del peregrino ya digerido, entré en un bar-restaurante y le pregunté a una joven que atendía en la barra si me podían poner alguna ración de las que anunciaban. “La cocina no abre hasta las nueve”, me contestó, y no con mucha amabilidad.

                Yo me senté afuera, en la terraza, desde donde no vi ningún movimiento en el bar en los diez minutos que mediaron hasta las nueve, así que no comprendí a qué venía esa aplicación tan estricta de los horarios. A las nueve, pedí una ración, que ya sí pudieron ponerme. Y mientras me la comía en la terraza, que solo compartía con otras dos personas, he pensado en la larga conversación que esta mañana he mantenido con un italiano.

Era un hombre maduro, mayor que yo, culto, que hacía un esfuerzo considerable para expresarse en español, con quien he hablado de Italia hasta que la conversación llegó a los problemas de ese gran país y, entonces, prácticamente solo habló él. Lo hizo con inteligencia y apasionamiento, e intentando justificarse ante lo que podría parecerme como un razonamiento xenófobo, pues a su juicio el mayor problema de su país era la inmigración ilegal, de la que en Europa Central no se habla porque es un problema genuinamente italiano y sus soluciones son políticamente incorrectas.

Hablamos y hablamos hasta que se dio cuenta de que nos habíamos dejado a su acompañante atrás y, entonces, nos despedimos de esa manera que se despide aquí la gente, que lo mismo es para un rato que para siempre.

                Lo pienso sentado en la terraza de un bar, un punto molesto porque no me han tratado bien, mientras me tomo una cerveza y una ración de calamares. Pienso que esta mañana he andado veintitantos kilómetros y que, en mi pueblo, mi familia y mis amigos me consideran poco menos que un héroe. Pienso que tal vez al italiano no le falte razón y que probablemente no seamos conscientes del problemón que tiene Italia. Y pienso que si yo soy un héroe por hacer unos cuantos kilómetros por el norte de España, con todas las soluciones al alcance de mi móvil y mi tarjeta de crédito, ¿qué no serán esas personas que hacen miles de kilómetros por territorios hostiles, y cruzan mares en pateras, y saltan alambradas?

* Ruta
*Información de la ruta aquí y aquí.