sábado, 9 de junio de 2018

11. Pereje o El alma de las cosas


Las cosas son solo cosas, vale, pero ya he dicho que aquí el mundo está tan animado como los escenarios de los cuentos y los árboles y hasta las cosas tienen una suerte de alma no demasiado distinta de la nuestra. Mi sombrero, por ejemplo, tiene ya algo de mí, igual que tiene algo del espíritu del niño el peluche al que ese niño se abraza para ahuyentar los miedos que lo abruman por la noche.

Tengo un sombrero muy grande al que le he ido cogiendo cariño con el transcurso de los días porque me ha protegido del sol y de la lluvia. El cariño es de esos sentimientos que se alimentan mutuamente, de manera que das más cuanto más recibes y viceversa. El sombrero, en fin, ha notado mi agradecimiento y ahora me protege con más cuidado, como disfrutando, y yo, que siento esa emoción suya, le correspondo disfrutando con su protección y tratándolo con mimo.

El caso es que ayer, después de que me hicieran la ficha, me dejé el sombrero en el bar-restaurante de Ponferrada que sirve de base a la pensión donde me alojaba. Y que no lo eché de menos. Cuando me duché, me cambié y fui a comer a ese restaurante, uno de sus dueños me preguntó si había perdido un sombrero y cómo era, a lo que un punto avergonzado debí responder que sí y di cumplida cuenta de sus características.

El paciente lector de estas páginas puede suponer sin error que el sombrero me aceptó sin resentimiento y con la alegría de un perrillo, pues está en el ser de las cosas el perdonar y ser complaciente. No lo está tanto en el de las personas, por lo que su amabilidad se agradece. Viene a colación esto porque me gustaría dejar constancia aquí de la buena disposición de los dueños del establecimiento, y no solo por la forma en que se portaron conmigo, sino por el comportamiento tan generoso que tenían con cualquiera.

Hoy, en el transcurso del desayuno, ellos mismos me han informado de un camino que acorta varios kilómetros la salida de Ponferrada, lo que me ha venido muy bien, pues quería llegar hasta Pereje, que está más allá de Villafranca del Bierzo, y había calculado menos kilómetros de los que hay en realidad.

El camino ha transcurrido por un bucólico paisaje de huertas y viñedos, con humaredas lejanas y pueblos medio abandonados. Me he parado en Villafranca a tomarme una cerveza y una tapa de tortilla, pero no a hacer turismo, porque había estado antes y se me estaba haciendo tarde. He llegado a Pereje moderadamente cansado, que es como se deben terminar todos estos recorridos.

Pereje es un pueblo muy pequeño, en el que solo había operativo un restaurante, a cuya terraza exterior hemos acudido a comer los diez o doce peregrinos del pueblo. Lo digo de paso, como para rellenar, porque lo verdaderamente importante es que cuando me pidieron el documento de identidad para hacerme la ficha, tentado estuve de pedirles que inscribieran conmigo a mi sombrero.


* Ruta.
* Información de la ruta aquí y aquí.