lunes, 30 de mayo de 2022

Los caminos de Adroches III: Belalcázar o Una estupidez medioambiental

 

               Es primera hora de la mañana y ya hace calor cuando salgo de Belalcázar para cubrir la ruta que Adroches propone para ese término municipal. La luz, excesiva, se come los colores como hace en las fotografías, de modo que me tengo que poner unas gafas oscuras para disfrutar el paisaje con todos sus matices, que son muchos e intensos, como corresponde al tiempo en que estamos, la primavera. En algún punto, me vuelvo y veo la parte más alta de la torre del homenaje del castillo de los Sotomayor y Zúñiga sobresaliendo sobre un campo de cereal, como si emergiera del mar.

               Como si emergiera del mar, pienso. Creo que ya he escrito algo parecido en alguna parte. A estas alturas de la afición por escribir que tengo, uno ya no sabe si es original o se repite, ni dónde escribió esto o lo otro, como no sabe si lo que escribe se quedará en mero soliloquio o tendrá alguien que lo lea.

               Me disperso, tengo muchas aficiones y tendencia a divagar. Procuro ejercerlas todas a la vez de una forma ordenada y clara (ando, observo y pienso mientras ando y escribo sobre lo que observo y pienso), pero me falta tiempo y, además, cada día me da más pereza dar explicaciones sobre lo que pienso, o, por decirlo de otra forma, cada día escribo más para un único lector, que soy yo mismo. Cada día me abro más hacia dentro y menos hacia fuera, en fin.

               Es primavera y me acuerdo de aquellas primeras redacciones sobre la primera a que nos obligaban en la escuela. «La primavera es muy bonita». «En la primavera hay muchas flores». «He ido al campo esta primavera», escribíamos, con ese estilo simple que ahora nos parecería cursi o, como mucho, naíf. Unir en un mismo recuerdo la primavera y la infancia me provoca algo de nostalgia, solo algo, que yo nunca asocio a lo que perdí, sino al tiempo que desperdicié.

            El tiempo desperdiciado también me hace pensar. Mi tiempo desperdiciado y el tiempo desperdiciado del mundo: el que los hombres dedicamos en el presente a lograr una hipotética felicidad en el futuro, o a acumular lo que nunca gastaremos, o a convencernos unos a otros, incluso a la fuerza, de cosas que no tienen explicación, o a buscar argumentos para justificar nuestros errores, los mismos que jamás justificaríamos en los otros.

               Es una idea cursi, del tipo redacción infantil de primavera, pero, mientras paseo, pienso en una gran estupidez medioambiental, el ecosistema en el que nos desarrollamos como personas, en el que nacemos, crecemos y morimos, o en lo arraigada que está la estupidez en la naturaleza humana.

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domingo, 29 de mayo de 2022

El afán por sobrevivir

Cuando Nadal iba perdiendo en el último abierto de Australia, le dije a Carmen que iba a dejar de verlo. «¿No conoces a Nadal? –me dijo– Acabará ganando». Le hice caso, lo vi y disfruté de su juego y su victoria. Nadal es un competidor nato, que une al afán por ganar la humildad del que sabe lo azaroso de su situación y la aceptación de la derrota. 

Porque la competición es eso: unas voluntades encontradas que tratan de llegar al máximo de su potencia en una contienda definitiva, tras las que sola una será la ganadora. En la Naturaleza todo es competición: en muchas especies, los machos luchan denodadamente por las hembras; en otras, la lucha es por el territorio y lo que el territorio da; y en todas, es una pelea sin cuartel por la propia vida y la supervivencia. Se ha dicho que el deporte de competición es una alegoría de la guerra, en la que dos equipos, como dos ejércitos, se enfrentan entre sí para dirimir un litigio, y que de ahí viene la capacidad de seducción que tiene en los seres humanos, tan obsesionados desde siempre con el conflicto entre lo propio y lo ajeno, pero yo creo que es algo más, y que el deporte es una alegoría de la vida, en la que suelen ganar los que más se preparan, los que más aguantan, los que más arriesgan, los que más capacidad de sufrimiento tienen, aunque sean los más débiles o, aparentemente, aunque no lo merezcan. 

El Real Madrid ganó anoche su 14ª Copa de Europa. Reconozco que soy del Madrid y que para mí fue algo especial, como lo fue para millones de madridistas. Pero antes de escribir esta pequeña entrada he leído varios periódicos deportivos internacionales y todos destacan el camino seguido hasta el momento de levantar el trofeo. Este año ha sido especial, no le cabe la menor duda a nadie: los adversarios han sido más poderosos que nunca y han jugado mejor, de manera que el Real Madrid ha estado al mismo borde de la muerte en numerosas ocasiones, pero este es un juego en el que influye la suerte y, sobre todo, el afán por sobrevivir, el mismo que la Naturaleza imprime a sus seres para progresar ella misma.

martes, 24 de mayo de 2022

Los caminos de Adroches II: Añora o El precio de la comodidad

 

Cuando hubo que repartir el término común de las Siete Villas de Los Pedroches, Villanueva de Córdoba, Pozoblanco, Añora y Alcaracejos se quedaron con las del sur, que llegaban más lejos, por lo que ahora sus términos se extienden de norte a sur, sobrepasando las montañas y ocupando las cuencas del Cuzca y el Guadalbarbo. Buena parte de ese territorio correspondía a la dehesa de la Concordia, sobre la que se produjo un peculiar reparto en los siglos XVIII y XIX, por el que se concedió lo que era propiedad comunal a las personas que descuajaron los terrenos, los roturaron y los plantaron, que por la Ley de Roturaciones Arbitrarias de 1869 pudieron registrarlas definitivamente. Así que aquellas gentes, nuestros antepasados, trabajaron de sol a sol transformando el monte en plantaciones de olivos para un futuro que era de sus hijos y de sus nietos más que de ellos mismos.

Mientras ando por el camino que Adroches propone para Añora, vienen corriendo hacia mí las ovejas de un pequeño rebaño, que balan desesperadas, seguramente con hambre de bastantes horas, creyendo que yo puedo proveerlas de alimento. Hubo una época en la que los antepasados de estos animales vivían en libertad, salvajes, y eran capaces de defenderse de sus enemigos y alimentarse por sí mismos. Ahora, en cambio, se sienten seguros al amparo de la cerca de alambre que me separa de ellos, resguardados por un perro y gestionados por un amo que les trae agua y comida, corran o no corran los arroyos y haya o no haya hierba en el campo.



Si pudieran pensar, esos animales que me miran expectantes tal vez creyeran que han hecho un buen negocio: ahora no tenemos miedo, porque el hombre acabó con el lobo, porque tenemos perro y porque hay malla con púas que nos separa del camino, y ahora no nos falta la comida y el agua, porque tenemos dueño. No saben que todo bienestar tiene un precio. Ignoran que ahora están más seguros, pero son menos libres y más débiles. Ignoran que la comodidad del hoy encubre un futuro de matadero para sus hijos.

Camino solo. Veo de cerca las jaras, que están florecidas, y a lo lejos, las sierras llenas de esos olivos que plantaron los abuelos de mis abuelos, y el pensamiento se me va a unas cosas y a otras, como si fuera independiente de mí. A veces, se me ocurren asociaciones como estas: la epopeya de nuestros antepasados, no muy distinta de la que se dio en el Oeste Americano, y ese rebaño de ovejas que sale a mi paso, balando descompuestas para que le den a su hora su ración de comida, en el que se me figura ver a buena parte de la sociedad actual.

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jueves, 19 de mayo de 2022

Los caminos de Adroches I: Alcaracejos o El recuerdo de las minas

 

De chico, solía ir con mi abuelo Juan y mi abuela Amparo al cortijo que llamábamos de la Mina, porque estaba a no más de cien metros de la mina el Rosalejo. Entre el cortijo y el pozo no había cerca ni más barrera visual que tres eucaliptos pequeños, bajo los cuales, sobre los costales de grano y al raso, dormían mis primos muchas noches de primeros del verano, no lejos de la era donde se habían trillado las mieses. La mina todavía estaba activa y, desde la puerta del cortijo, veíamos a los mineros entrar silenciosos en el pozo y salir de él regrenidos, cabizbajos y todavía más silenciosos.

Mi infancia está asociada a esos recuerdos: el perfil del castillete de la mina, el movimiento de los cables y las poleas que hacían subir y bajar la jaula, el rugido de los motores que se guarecían en la nave próxima, los vagoneros que empujaban inclinados la vagoneta desde la boca del pozo hasta el contenedor donde la volcaban con el mineral extraído, el lavadero de mineral que había no muy lejos con el montón de escorias que tenía al lado y el chorro enorme de agua que se extraía del pozo a todas horas, caía sobre una alberca y, en lo que creíamos un derroche incomprensible (además, había secado el pozo de mi familia), se iba por un canal hacia la nada del sudeste bordeando un bosquecillo de eucaliptos, como un hilo de oro camino de la basura. Y mi infancia está a asociada a las gentes que trabajaban en esos lugares y en la finca próxima, donde residían los propietarios cuando se dignaban disfrutar de sus tierras.

La mina el Rosalejo estaba cerca de Alcaracejos y a Alcaracejos iban y venían a diario los trabajadores de la mima, como los miembros de mi familia cuando necesitaban algo.


Precisamente, para el camino de Alcaracejos ha propuesto Adroches un paisaje de arqueología minera, aunque la ruta se limite a bordear la mina de los Almadenes por el oeste, cuando ha cogido el camino de la Natera, y lo minero del paisaje se limite a un par de construcciones y a dos o tres hectáreas cubiertas por escorias pizarrosas.

El camino es un paseo corto y llano en el que lo esencial de su paisaje es la vegetación mediterránea y la cuerda de montañas romas que cierra Los Pedroches por el sur.

Mientras camino, pienso en lo pobre del terreno de eso que por aquí llamamos serrezuela y en lo sacrificado que ha sido siempre sacarle provecho, hago fotos a las flores de la jaras y a los insectos que las sobrevuelan y me preguntó en qué lugar exacto se encontraría el tesorillos de los Almadenes, compuesto por piezas ibéricas, que ahora está en el museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, sobre cuya procedencia territorial (hoy término de Alcaracejos) ha habido alguna disputa que a mí me parece pueril, que si de Pozoblanco, que si de Alcaracejos, que si de Añora, como si las gentes prerromanas que lo crearon hubieran sido de un pueblo o de otro.

Camino solo y nadie ve mi sonrisa cuando me acuerdo de aquellos mensajes institucionales que asociaban personalidades históricas a Andalucía, seguramente para crearnos más identidad nacional (para hacernos más aldeanos, en fin). «Séneca, andaluz, como tú», decía uno de ellos, como si Séneca, que era romano, hubiera tenido conciencia de lo que era Andalucía.



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viernes, 6 de mayo de 2022

Memoria, olvido e Historia

 

          A primera vista, puede parecer que la memoria es una facultad psíquica positiva y el olvido lo es negativa, pero la naturaleza las creó a la vez para que fueran complementarias en la virtud. O, dicho de otra forma, el olvido es tan necesario para la virtud como lo es la memoria, de modo que solo quien es capaz de olvidar es virtuoso por completo.

          El que dice «yo perdono, pero no olvido», no está perdonando en realidad. Y tanto es así, que al agraviador le duele mucho más la indiferencia del agraviado (el primer paso de su olvido) que su voluntad de venganza. Borges recoge esa idea muy bien en Fragmentos de un evangelio apócrifo, cuando escribe que «el olvido es la única venganza y el único perdón».

          Eso no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que en la naturaleza de las cosas todo tiene su opuesto: la suma a la resta, la dureza a la flexibilidad, la verdad a la mentira, etc. Y todo eso es necesario, si bien la virtud está en practicarlo cuando se debe. Así, hay que sumar cuando se agrega y restar, cuando se descuenta, y no al revés. El buen gobernante, el buen jefe y el buen padre no tienen que ser siempre duros o siempre flexibles, sino duros cuando deben ser duros y flexibles cuando deben ser flexibles. Y el íntegro no es el que siempre dice la verdad (Dios nos libre de los que van con la verdad a todas partes, a todas), ni el que miente cuando hay que decir la verdad, sino el que dice la verdad cuando hay que decir la verdad y el que no la dice cuando la prudencia lo aconseja, sin hipocresía ni cinismo. («No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que, al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces», escribió Borges en el mencionado Fragmentos de un evangelio apócrifo).

          ¿Eso quiere decir que también deben existir el bien y el mal para que exista armonía? No, sino que (por seguir con nuestro ejemplo) el bien es la armonía entre la suma y la resta, la dureza y la flexibilidad y la verdad y el artificio, en tanto que el mal es el desequilibrio entre esas condiciones contrapuestas.

          La bondad de la relación memoria/olvido es fácil de entender. Yo, por ejemplo, debo recordar dónde he dejado el coche aparcado para poder ir a recogerlo, pero no necesito recordar dónde lo dejé ayer, y mucho menos dónde lo dejé todos los días del año pasado. Si así fuera, la memoria se llenaría de información inútil, como se llena de fotos que no veremos jamás la memoria de nuestro móvil. Esa es la teoría del ático del cerebro que practicaba Sherlock Holmes: «Las gentes necias –decía– amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra montonera de cosas que les resulta difícil dar con ellos».

          Los principales aliados del olvido son el tiempo y el espacio. Esto es, cuanto más tiempo pase, más fácil es olvidar, y lo mismo ocurre cuanta más distancia medie. Es otra forma de decir que el tiempo todo lo cura o que la distancia es el olvido. El principal enemigo del olvido, en cambio, es el acontecimiento traumático, que se queda grabado en la mente y es muy difícil de borrar. El diccionario de la RAE define trauma como «choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente». «Daño» supone herida, falta de salud, e «inconsciente» es el «conjunto de caracteres y procesos psíquicos que, aunque condicionan la conducta, no afloran a la conciencia», según el mismo diccionario. Así pues, los traumas suponen falta de salud y condicionamiento inconsciente de la conducta.

En las relaciones entre las personas, el acontecimiento traumático es causado por una afrenta. También en las relaciones entre las personas quienes hayan sufrido un trauma deben superarlo para recuperar la salud y actuar libre y conscientemente.

          En el caso de las afrentas, como en todos los demás, para que el olvido realice su función de limpieza profiláctica es necesario dejar pasar el tiempo y alejarse de las personas que te ofendieron. En los pueblos pequeños, donde hay tan poca distancia entre los vecinos y la convivencia obliga a un contacto permanente, que actúe el olvido es muy difícil, lo que hace que los agravios se cronifiquen e, incluso, que pasen de padres a hijos, especialmente cuando son atroces e inextricables y, a pesar de ser recíprocos en mayor o menor medida, ambas partes se sienten totalmente agraviadas y ninguna se siente agraviante en nada.

          Como a las sociedades les pasa lo que a las personas, también ellas recuerdan los traumas con una intensidad enorme, especialmente cuando el trauma es consecuencia de una afrenta entre miembros de ella misma y es atroz e inextricable. También en ellas, las partes enfrentadas tienen una memoria selectiva y tienden a recordar como agraviadas, nunca como agraviantes.

          Si el olvido es tan necesario como la memoria para la armonía de las personas y lo es para las familias, también lo es para las sociedades locales y para el conjunto de una sociedad. También para los pueblos y para la sociedad la armonía consiste en recordar lo que hay que recordar y olvidar lo que hay que olvidar, en tanto que el mal consiste en recordar lo que merecería ser barrido por el olvido y olvidar lo que debería conservarse en la memoria. Es decir, para las sociedades, memorizarlo todo sería tan malo como olvidarlo todo, pues una sociedad sin memoria y una sociedad que lo recordara todo, absolutamente todo, sería desequilibrada e inarmónica.

          Cosa distinta es para la Historia. En tanto entre los miembros de una sociedad traumatizada actúa el dolor, los prejuicios y la ideología, que siempre es parcial y, como todo lo parcial, carente de parte de la razón y parte de la justicia, la Historia es una ciencia que debe materializarse libremente por científicos, a quienes debe interesar más toda la verdad que una parte de la verdad. La Historia debe estudiar el pasado pensando en el futuro, no en el presente. No debe justificar los hechos, sino descubrirlos y explicarlos, ni debe generar procesos de retroalimentación, esto es, no debe alimentarse de los afanes de una parte ni debe alimentar esos afanes. La Historia, pues, debe recoger toda la memoria sin dar pie alguno al olvido. Debe hacerlo para ser un referente constante de unos y de otros, para enseñar a los jóvenes y para eliminar los prejuicios, para motivar las causas y para advertir de los efectos, para hacer una sociedad más sana, más tolerante, más sabia y más libre.

          Mientras eso no ocurra, mientras una parte de la sociedad solo recuerde su condición de agraviado y olvide su condición de agraviador, especialmente cuando llega al poder, y mientras la Historia no recoja todo lo ocurrido, sino solo una parte de ello, será imposible el equilibrio, será imposible la armonía.




viernes, 1 de abril de 2022

Antonio Roa o El alma del color


Un cielo amarillo, unas montañas grises y verdes, el blanco campanario de una ermita y seis cipreses rojos que recorren el cuadro de abajo arriba.

Desde hace unos días, hay un cuadro de Antonio Roa detrás de la silla de mi despacho, detrás del escritor que soy, detrás de mí cuando escribo esto. Si el amable lector de estas páginas pudiera verme, me vería con la mirada en la pantalla del ordenador, aporreando rítmicamente el teclado, supuestamente concentrado en lo que estoy haciendo, y, detrás de mí, a apenas unos centímetros, vería el cuadro de Antonio Roa que les digo, y en el cuadro detendría la vista, abrumado por la belleza de esas grandes manchas de color que construyen imágenes e ideas.

Si me viera desde la puerta del despacho, tal vez asociara el cuadro conmigo y con lo que estoy escribiendo, como si el cuadro y yo y mi obra formáramos parte de la obra de arte viva de un Hacedor extraordinario en la que yo siento la influencia del cuadro y escribo lo que Antonio Roa sintió cuando lo estaba pintando.

Las cosas son lo que son y lo que evocan. Las cosas tienen alma, que es el alma de quienes las crearon y las sintieron. El cuadro de Antonio Roa tiene el alma de Antonio Roa, yo lo sé porque la siento.


Con Antonio Roa, rodeados de su arte


martes, 28 de diciembre de 2021

Madre, quiero ser de una faneguería

Un amigo me ha pasado el enlace con el que Aceite Ecológico Los Pedroches (Olivarera de Los Pedroches-Olipe) ha compartido la alegría de la Navidad, que incluye el vídeo de la representación que el 22 de enero de 2007 se hizo en el teatro El Silo de la obra «Madre, quiero ser de una faneguería». Junto al mensaje, iba un comentario de la pena que le supone que esta obra (que tuvo otra representación cinco días después del estreno, el 27 de diciembre) no haya vuelto a representarse ni parezca que sea posible ponerla en escena de nuevo.

Comparto esa tristeza, especialmente cuando veo que obras similares, que necesitan el concurso de muchos, son asumidas por las instituciones de nuestra comarca y llevadas a cabo con cierta periodicidad. Me refiero a «Los Coloquios», de Alcaracejos, «El auto de los Reyes Magos», de El Viso, «La vaquera de la Finojosa», de Hinojosa, «El halcón y la columna», en Belalcázar, y «Asonada», en Pedroche.

«Madre, quiero ser de una faneguería» fue (y podría serlo indefinidamente) una ventana por la que observar cómo vivían nuestros antepasados en la sierra hasta épocas relativamente recientes, lo que es tanto como decir que, en buena parte, sería un medio para entender por qué somos como somos, pues los sociedades son, esencialmente, lo que fueron.

Los cantos y los bailes que salen en la obra, que a muchos jóvenes y no tan jóvenes pueden parecer extraños, han sido los cantos y los bailes tradicionales de nuestra tierra hasta que, ya en tiempos de la televisión, fueron sustituidos por otros, llevados por la uniformidad regional que impusieron los canales autonómicos y las modas venidas de Sevilla, de Madrid o de Nueva York, a las que nos aficionamos tan pronto y que tan pronto consideramos como las nuestras de toda la vida. El habla de los personajes, con su ahora desconocido vocabulario, era la que yo mismo he practicado de chico, porque se la oía decir a mis padres. En la obra aparecen las costumbres, el vestuario, las relaciones sociales y, en resumen, buena parte de la cultura popular que surgió tras aquella epopeya que fue la roturación de las tierras y la plantación de los olivos de un territorio tan hostil, en la que tantos sudores y tantas esperanzas dejaron nuestros antepasados.

El periodo culminante del laboreo en la sierra era (y es) el de la recolección de la aceituna, para la que los pueblos de Los Pedroches mandaban entonces a los mejor de sus sociedades, mujeres y hombres jóvenes que vivían su tiempo entre un trabajo durísimo y una algazara bromista, atrevida y alegre. La obra quiere recoger a esa gente viviendo en ese segundo momento, que se desarrollaba esencialmente de noche. Cuando la obra se representó, muchos de los espectadores que acudieron al estreno fueron parte de esa gente, se vieron reflejados en los personajes y la entendieron a la perfección.

Ahora que ese lenguaje se ha perdido, que se tienen por nuestros los cantos y los bailes que vinieron de fuera hace solo unos cuantos años, que hemos perdido casi toda la capacidad de sacrificio de nuestros abuelos y no plantamos nada que no sea de provecho mañana mismo, estaría bien que, cada cuatro o cinco años, se enseñara a unos cuantos actores aficionados, distintos cada vez, a cantar y bailar lo que fueron nuestras jotas, a decir lo que fueron nuestros dichos y a sentir lo que sintieron nuestros antepasados, y que todo eso se pusiera en escena. El teatro se llenaría solo con los familiares y amigos de los intervinientes en la función, se le habría hecho el mejor homenaje a los que tanto trabajaron pensando en nosotros, se enseñaría a la ciudadanía por qué el paisaje de la sierra es como es y, en fin, se daría al vecindario de Los Pedroches una lección de lo mejor de nuestra Historia.

*Creo necesario dar las gracias a Luis Lepe, Miguel Ángel Cabrera y María Luisa Sánchez, a los integrantes del grupo de teatro Jara, del grupo de baile La Faneguería y del grupo Aliara y a todas las personas que intervinieron en aquellas dos representaciones.

**Solienses hizo un comentario sobre la representación que puedes descargar aquí.