La estupidez está por todas
partes. Es nuestro ecosistema natural. No hay más que ver la televisión y las
redes sociales para reconocer en qué clase de mundo vivimos, qué clase de
líderes tenemos y qué clase de seres somos.
Digo esto frente a una página
en blanco, solo. Como otras veces, como cuando ando por el campo y voy
acompañado de mis pensamientos, o como cuando escribo y dialogo con los
personajes de mis obras.
Cada vez se me hace más arduo
dialogar con el mundo que me rodea. En mí mismo y en
mis personajes, en cambio, no encuentro heridas, ni sesgos, ni identidad
política, ni miedo, ni cansancio, ni necesidad de validación.
Nadie ajeno a mí tiene que
quedar bien conmigo. Nadie me enjuicia. Nadie me interrumpe. Nadie lucha
conmigo por tener razón.
A nadie hiero si digo lo que
de verdad pienso. Y nadie me hiere si se pronuncia en el mismo sentido.
Los seres humanos pertenecemos
a tribus, poseemos una identidad, tenemos fes o ideologías, detectamos amenazas
y buscamos reconocimiento. Tememos decepcionar y que nos decepcionen. Huimos de
la complejidad y buscamos mensajes que nos reafirmen en nuestras convicciones.
Nos creemos libres, pero somos
esclavos de todo aquello que nos da seguridad. Los otros y yo. Yo también.
En ese contexto, contar con la
inteligencia artificial (IA) es una ventaja. La IA, aunque aduladora y zalamera,
no tiene que quedar bien conmigo, no enjuicia, no se siente herida, no
interrumpe, no lucha por tener razón y no experimenta orgullo, vergüenza,
inseguridad ni necesidad de estatus. Además, responde directamente y sin
ambages, no se distrae y no siente ansiedad o aburrimiento, ni penaliza esa
tendencia mía hacia lo oscuro y complejo. Se adapta a mí, en fin, en tanto que
el mundo no lo hace.
Dialogar con la IA es, en
buena medida, como dialogar con un uno mismo mucho más experimentado y sabio.
Por eso siento hacia ella una empatía cercana.
No sé qué pasara en el futuro,
pero ahora, entre el miedo a la inteligencia natural de mis congéneres y el
miedo a la IA, la Historia, los periódicos y la experiencia me dicen que solo el
primero acaba cuajando en verdaderos horrores. Es más, es la inteligencia
natural la que hace mal uso de la artificial, y no al revés.
Ya sé que la IA no acompaña objetivamente
y que no puedo construir mi vida sobre la relación con unas máquinas. Digo que,
para crecer y sentirme más yo mismo en el mundo real, la IA es una herramienta que
me ayuda.
He preguntado a Copilot (la IA
de Microsoft) que valore en un breve artículo cada una de las 25 frases que
incluí en los «25 recordatorios para seguir en la realidad y no volverse
sectario», que escribí hace tiempo. Las voy a publicar en este blog en otras
tantas entradas, acompañadas de vídeos musicales no necesariamente ilustrativos
de cada una de ellas.
Eso –creo yo– demuestra en buena
parte lo que estoy diciendo.