miércoles, 12 de junio de 2013

Tres anfitriones en un día

Varios han sido los amables lectores de esta página que me han apuntado la importancia que en las breves crónicas de nuestros paseos le doy al rato del bocado. Lo han hecho con cierta sorna, aunque sin reproche, como si un estudiante ejemplar hablara con demasiada frecuencia de las bondades del recreo. Nunca les he quitado la razón, pues citar al queso y a la bota adorna bastante el discurso narrativo, lleva al lector hacia unas emociones que le son cercanas y suaviza tanto el papel de duros que algunos pudieran atribuirnos sólo porque nos levantamos temprano y nos pegamos largas caminatas como el papel de blandos que pudiera figurársele a otros sólo porque hablamos muchos de las flores. Además de esencial para el caminante, el rato del bocado es, por lo tanto, bueno como elemento narrativo, siempre que no se abuse de él.
                Hay días, sin embargo, en los que el paseo es la fuente secundaria de la narración y al cronista de los caminos se le hace cuesta arriba armar la crónica sin citar continuamente lo que ha comido y lo que ha bebido. Hay –dicho sea de otra forma– días duros al margen del sendero, en los que uno debe someter al estómago a ciertas pruebas para las que ha perdido el arregosto, días tan difíciles de llevar como aquellos en los que sube montes contra la natural voluntad de las piernas, que demandan a base de dolores lo que pedirían a gritos si tuvieran garganta. El pasado domingo fue uno de ellos, pues en un rato debimos exponernos al rigor de más placeres culinarios de los que probablemente estemos preparados para soportar, y eso que nos condujimos con extremada prudencia.

                Ninguno de los que formamos esta suerte de cuadrilla dominguera es de mucho comer, dicho sea de paso. El que más desayuna soy yo, y yo me conformo con unas cuantas galletas maría y una taza de café soluble. El domingo pasado, sin embargo, ninguno probó nada, porque íbamos advertidos de que el desayuno corría de cuenta de quien nos invitaba al paseo, un amigo que ha visto cumplido su deseo de tener una casa en el campo, el lugar donde, además de descansar, piensa dar rienda suelta a sus pretensiones artísticas y a su tardía vocación de horticultor, que como tuvimos ocasión de comprobar está cuajando ya en numerosos callos en las manos, a la espera de la cosecha que apuntan los muchos tallos y los abundantes tomates que, todavía pequeños, adornan la hermosa huerta de que se ha provisto, que ha tenido a bien equipar con un sistema automático de riego por goteo.
                Desayunamos rosquillos fritos y magdalenas, además de café y zumo de naranja, en la susodicha casa de campo, a la que llegamos a la hora acordada, esto es, sobre las ocho y media de la mañana. No hacía calor, sino más bien lo contrario, a pesar de lo avanzado de la primavera, por lo que no teníamos prisa para salir pronto al camino ni sentimos la necesidad de apresurarnos, máxime porque hacerlo suponía violentar un punto la hospitalidad de quienes tan amablemente nos recibían. Quiero decir que nos demoramos con agrado gozando del desayuno y de su compañía, y que salimos tarde, si por tarde se entiende después de lo previsto.
Para ubicar al paciente lector de estas páginas, diré que estábamos en el término de Villanueva del Duque, y que al Sur teníamos la cuerda de montañas de la que forman parte el cerro de las Antenas, el Viñón y Peña Ladrones, y no puedo decir más porque anduvimos por algunos caminos privados y por otros que no he podido localizar en los mapas. El terreno por donde pasamos es muy llano y alternaba los pastos con los cereales, preferentemente con la cebada y con un revuelto de avena, cebada y trigo que ya está seco y, por tanto, que cubre el campo de amarillo. Cuando el tema salió en la conversación, hubo quien echó de menos el esplendor de lo verde, por lo que evoca de fecundidad y de abundancia, y quien llamó la atención sobre la belleza de los paisajes dorados, especialmente para los naturales de territorios donde la lluvia convierte al verde en el único color del campo. Convinimos, en todo caso, en que cada época tiene su atractivo, y que tan hermoso es contemplar lo que nos rodea como sentir cómo palpita y cambia al ritmo de las estaciones.
El recorrido nos llevó del término de Villanueva del Duque al de Hinojosa del Duque y nos hizo cruzar la carretera de Peñarroya (A-430), donde se volvió parte de nuestro grupo. Los que continuamos el camino nos dirigimos con buen paso hacia el Sur con la idea de completar la ruta proyectada, que era de ida y vuelta. Menos nuestro anfitrión y guía, los demás desconocíamos el terreno, si bien estábamos al tanto de nuestro destino, que era otro caserío de aquellos parajes al que se puede acceder por diversos caminos. Por uno de ellos entramos en la finca. Anduvimos primero entre enormes pacas de heno con forma de rulo y caminamos luego por la orilla de un pantano de dimensiones notables, que en algunos tramos tenía bosquecillos de cañizo.
Después de unos diez kilómetros, cuando estábamos pasando sobre el dique que contiene el natural fluir de las aguas, vimos detrás de nosotros al dueño de los terrenos, que había salido a buscarnos. No sabría decir ahora si era tarde o no, sólo puedo expresar que no sentimos sobre nosotros la obligación de apremiarnos. Con agrado, pues, lo saludamos, y lo seguimos en la visita del caserío y las instalaciones, que por ser muchas y muy grandes nos ocupó mucho tiempo, y aceptamos la invitación que nos hizo a un tentempié que, sin embargo, hicimos sentados junto a una barra en la que suele recibir a sus amigos, donde disfrutamos de productos naturales realizados en la misma finca, de unos tragos de un vino excelente del que se han debido descorchar bastantes botellas, a tenor de lo que expresaban unos botes gigantescos donde se guardan tapones de corcho, y, sobre todo, de una amigable conversación.
Es una obviedad que el tiempo pasa más ligero en el placer que en la mediocridad, por más que intenten igualarlo los relojes, por lo que no abundaré sobre ello. El amable lector se habrá visto en situaciones similares y entenderá sin más explicaciones que, cuando acordamos, se nos había hecho tarde, particularmente porque teníamos comprometido el almuerzo con otro amigo, que, casualmente, era tocayo del que con tanta generosidad nos estaba tratando. Como no nos daba tiempo de volver, nuestro segundo anfitrión se ofreció a llevarnos al punto de partida, lo que aceptamos de inmediato.

Como ha quedado apuntado, tuvimos un tercer anfitrión poco después, pero lo que ocurrió en su casa es totalmente ajeno a una crónica de senderos. En realidad, sólo siendo muy comprensivo puede entenderse como senderismo lo que hicimos aquella mañana, aunque a falta de otro mejor yo acabe incluyéndolo en ese apartado de esta página.

sábado, 8 de junio de 2013

La influencia asociativa II: El mal de altura



En general, las asociaciones han crecido de forma artificial por los patrocinios y, sobre todo, por las subvenciones. El desarrollo desmesurado e inarmónico ha traído como fruto el abandono de los fines iniciales, que son también los naturales, para fijar la atención en objetivos más altos, pero menos auténticos, de manera que donde había afición, capacidad de sacrificio y realización personal se ha puesto la ostentación, la comodidad y el dinero. Es decir, se han confundido los fines con sus consecuencias. 

Como el proceso destructivo de lo esencial ha sido paralelo a la progresión de lo formal, se ha entendido el resultado como un éxito. Si se trataba de organizar una procesión, lo importante era la novedad, la belleza de los pasos y el número de nazarenos. Si lo organizado era una fiesta típica, lo substancial es que acudieran mucha gente de otros pueblos para que se llenasen los bares. Si se trataba de un club deportivo, lo primordial era sacar a grandes figuras y militar en la categoría inmediatamente superior, siempre en la superior. 
 Respecto de los órganos directivos, el proceso ha tenido una doble vertiente. Las asociaciones de más relumbrón, que en la actualidad son las deportivas, han sido copadas por triunfadores en el mundo de la empresa a los que el dinero no les daba el prestigio y la posición social que, sin embargo, ganaban con la presidencia de un club. A su llegada, han impuesto en la gestión de estas entidades modelos empresariales de comportamiento, en los que primaban la urgencia de los resultados, la ambición y el riesgo sobre la consolidación del proyecto, la realidad y la prudencia. Los clubes han estado alentados, además, por la obligación de hacer lo que los otros para mantenerse a la misma altura y por la emoción individual de participar en el éxito colectivo más relumbrante en los tiempos modernos, que es el deportivo. Prácticamente nadie ha estimado que detrás del imponente montaje de expectativas creadas sólo había deporte y juego, y que en la índole del juego están el azar y la derrota, a la que hay que tratar con la naturalidad de lo efímero y no con el dramatismo de la muerte. 
 Las asociaciones de menos brillo también han crecido, en número y en dimensión propia, pero la ostentación de cargos directivos no ha conllevado ningún premio añadido de relevancia social. Si desgasta el ejercicio de toda acción rectora, pues la suma de decisiones supone siempre una suma de agravios y el tiempo empleado en su práctica le es negado a otras esferas de la vida, a los dirigentes los ha desgastado también el escaso seguimiento que las actividades organizadas por ellos han tenido entre la masa social, de la cual se han sentido alejadas en no pocas ocasiones. No han entendido que el alejamiento era causado, esencialmente, por la inflación de los fines, que los alejaba de las verdaderas pretensiones de los socios, como ocurrió en el equipo deportivo que nos ha servido de ejemplo, en el que la idea inicial de hacer deporte por placer y montar el consiguiente espectáculo de los partidos para el goce de los familiares, amigos y vecinos fue sustituida por la del espectáculo por el espectáculo y la vanidad colectiva de la marca pueblo, con el inmediato abandono de los jóvenes locales y el ulterior alejamiento de sus familiares, amigos y vecinos.

* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.


miércoles, 5 de junio de 2013

La influencia asociativa I: Dos casos típicos



La llegada de la Democracia produjo en España un incremento del número de asociaciones y el auge de su influencia social y política. El ambiente más favorable al asociacionismo que provoca la libertad, el desarrollo de una conciencia colectiva sobre casi todos los asuntos y el auge económico estimularon el nacimiento y la expansión de agrupaciones de todas clases y para todos los ámbitos de la vida. Paralelamente, se vertebró una compleja red entre asociaciones y organismos públicos que sirvió para transvasar información en ambos sentidos y para la financiación pública de las primeras.

Esa situación, que en principio es sana y recomendable, ha ido degenerando poco a poco hasta la actual hipertrofia, particularmente en el ámbito local, merced al crecimiento exagerado de la influencia política y de la financiación pública de las asociaciones.

 



Aunque las asociaciones se encuentran en origen en una posición de inferioridad respecto de los organismos públicos, ante los que no pueden negociar, sino pedir, conforme se han ido acercando a ellos han ido percatándose de la capacidad de presión que les otorgaba el hecho de contar con la fuerza de los votos que hubiera detrás de sus simpatizantes, lo que les ha servido para crecer hasta más allá de los límites razonables y ha formado, en conjunto, una suerte de burbuja asociativa, cuyo estallido dejará el paisaje asociativo en peores condiciones que si no hubiera existido, pues se habrán perdido los valores naturales por los cuales los seres humanos aglutinan sus energías personales para ejecutar proyectos comunes. 


 

DOS CASOS TÍPICOS
El primero es de índole cultural: un grupo de personas unidas por una determinada afición, que hasta ese momento se reunían con unos medios precarios sufragados por ellos mismos para realizar actividades por el placer de sentirse realizados, pues nunca se han planteado vivir de ello ni podrían, se constituyen en asociación y piden una ayuda para la compra de instrumental, que obtienen. El material nuevo los incentiva a ensayar más y pronto son llamados a actuar en un pueblo vecino, a cuyo Ayuntamiento solicitan una gratificación que al menos les costee el desplazamiento. Como el Ayuntamiento paga, piden un poco más del precio del viaje al siguiente Ayuntamiento, que también paga. Cuando el Ayuntamiento de su pueblo los requiere para que realicen una actuación con motivo de una fiesta local, los dirigentes de la asociación exigen una cantidad, argumentado una serie de gastos fijos. El Ayuntamiento acepta, con lo que precisa el techo mínimo o caché del grupo, por debajo del cual no actuará a partir de entonces ni en su pueblo ni en ningún otro. Desde ese instante, la asociación dispondrá de recursos para encargar a alguien ajeno los trabajos de mantenimiento, ya que nadie del grupo querrá hacerlos. Nadie, igualmente, querrá actuar gratis, como no sea para eventos muy concretos relacionados con la beneficencia, y menos aún lejos de su pueblo. En no mucho tiempo, sólo ensayarán para las actuaciones, y si no hay actuaciones, desaparecerán. 


 El segundo caso es de índole deportiva: los dirigentes de un club que juega en una categoría baja, con jugadores del pueblo que se lavan sus propias camisetas, consiguen que una empresa constructora les financie el fichaje de jugadores de otros pueblos. Con ellos, el equipo asciende de categoría y logra una subvención de la Diputación Provincial, que fija por sistema una ayuda igual a cada uno de los clubes que militan en la misma. Además, obtiene del Ayuntamiento otra subvención y otra más de la Comunidad Autónoma. Con todo ese dinero, puede fichar jugadores de más lejos y más cualificados, lo que facilitará los mejores resultados deportivos y el aumento del público local, encantado con que su equipo juegue contra los de pueblos mucho más poblados que el suyo. El equipo asciende otra vez. La nueva categoría exige desplazamientos más largos y el fichaje de jugadores semiprofesionales que cobran como los profesionales. Cuando los directivos fijan el presupuesto de la temporada, calculan unos ingresos por cuotas de socios y taquilla superiores a los de la temporada anterior, con la suposición de que la categoría más alta atraerá a más público y habrá unas transferencias superiores desde las Administraciones Públicas.
 Entre los gastos presupuestados, figuran compensaciones a los directivos por sus desembolsos de kilometraje, un teléfono para algunos de ellos y unas pequeñas gratificaciones por la realización de cometidos concretos. Cuando uno de los socios plantea en la asamblea anual el peligro que para el club significa fijar el presupuesto sobre bases tan endebles, el presidente le contesta que no debe tenerse vértigo ni mal de altura y que todo está bajo control. El equipo es uno más en la categoría y los resultados lo mantienen en la parte baja de la clasificación. A mitad de temporada, el entrenador expone la necesidad de hacer algunos fichajes y la directiva se lo piensa: los ingresos por socios y taquilla son más bajos de lo esperado y las Administraciones están retrasando el pago de las ayudas, que también serán más bajas de lo presupuestado, pero existe el riesgo cierto del descenso, lo que sería mucho peor desde el punto de vista económico y un fracaso total desde el punto de vista deportivo, así que aceptan los postulados del entrenador y fichan a tres jugadores más. Como solución a la falta de liquidez, se firma primero una cuenta de crédito y luego se retrasan los pagos de las facturas. El equipo no mejora y despiden al entrenador, al que deben abonar una cuantiosa indemnización, para fichar a otro con más prestigio y más caro. Al final del campeonato, logran salvar la categoría y pagan a los jugadores casi todos los retrasos con las subvenciones que cobran de las administraciones, pero tienen la cuenta de crédito sin saldo y deben una cantidad notable a los proveedores. El nuevo presupuesto que se somete a la asamblea de socios reduce los gastos en los capítulos de la cantera, pues se suprime el equipo juvenil, que ya tenía problemas para encontrar jugadores porque ninguno de ellos podía dar el salto enorme hasta el primer equipo, e incrementa la perspectiva de ingresos por una pequeña subida de las cuotas de los socios y la promesa que les ha hecho el concejal de deportes de aumentar la subvención municipal. 

El Ayuntamiento, además, está construyendo un estadio más grande y más cómodo y lo previsible es que la asistencia de público se acreciente, máxime si se tiene en consideración que se guarda la esperanza de corregir los resultados deportivos. Reducidos los gastos y ampliados los ingresos previstos, la directiva ficha a varios jugadores más. Esa misma directiva, que trabaja incansablemente para captar más socios, no consigue, sin embargo, retener a todos los que lo eran en la temporada anterior. Es el primer contratiempo de una larga serie: la construcción ha bajado sensiblemente y el patrocinador se ve obligado a retrasar la entrega de su aportación, con la que se venían haciendo los primeros pagos de la temporada; el Ayuntamiento no puede mejorar la subvención, ya de por sí desproporcionada para sus posibilidades; la Diputación debe repartir el mismo presupuesto entre más equipos y los bancos le niegan una nueva cuenta de crédito. Los jugadores no cobran, ni la Seguridad Social, ni Hacienda, y mucho menos los proveedores. Todo el dinero recaudado se destina a pagar la cuota federativa y los árbitros. Aunque los resultados deportivos no son desastrosos, pues el equipo se mantiene en los puestos medios de la clasificación, el público se ha ido totalmente del estadio: ya no hay familiares del pueblo entre los jugadores, ni amigos, ni novios, ni vecinos, y entre los habitantes se ha perdido el entusiasmo que conlleva la novedad. 
El presidente hace un llamamiento angustioso a las instituciones públicas antes de que termine la primera vuelta de la liga: o pagan las cantidades que les prometieron o el equipo que pasea el nombre del pueblo por toda España desaparecerá. (Cuando el presidente menciona las cantidades que les prometieron, se refiere a las que ellos presupuestaron, pues por aquel tiempo las instituciones ni siquiera habían convocado las subvenciones). El alcalde ordena en enero el pago de la ayuda municipal de todo el año y acompaña al presidente en su visita a las entidades públicas provinciales y autonómicas, donde esgrime como principal valía del club su propio nombre, que también es el del pueblo, al que según dice lleva por todas partes como si fuera el de una marca comercial. Los representantes políticos provinciales y autonómicos no ven retorno económico para el pueblo en esa marca, pero nada dicen al respecto y afirman que pagarán lo antes posible sus subvenciones, que comprometen de palabra. No obstante, cuando se resuelve el proceso correspondiente, el club no puede justificar que se halla al corriente en sus obligaciones fiscales y con la Seguridad Social y no puede recibir las ayudas. El presidente culpa a las instituciones de la previsible ruina del club y amenaza con entregarlo al Ayuntamiento, donde se ha recibido una orden de embargo de todas las deudas contraídas con el club. Cuando la empresa constructora paga por su patrocinio la cuota anual, todo el dinero se dedica a hacer frente a la cuenta de crédito, que estaba avalada por algunos directivos. Al concluir la temporada, el club, finalmente, desaparece: por entonces, está a punto de terminarse el estadio municipal nuevo, cuyo aforo es casi igual al de vecinos del municipio. 

* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.


sábado, 1 de junio de 2013

¿Rectificar y ya está es de sabios?



Cuando España necesita urgentemente acuerdos de todas sus fuerzas políticas y sociales, o incluso gobiernos de concentración, ellos andan tirándose los tratos a la cabeza, pensando más en cómo conseguir el aprecio de los electores que en sacar al país adelante, pero son capaces de ponerse de acuerdo (por unanimidad) para un asunto que les interesa personalmente, sólo personalmente.


Aunque no paran de dar comunicados y notas de prensa para que sepamos lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los otros, y convocan a los periodistas para que asistan a ruedas de prensa donde exponen (y me voy a repetir) lo bien que lo hacen ellos y lo mal que lo hacen los otros, y aunque tienen emisoras de radio y una de televisión que sobreviven gracias al Presupuesto Público, donde se dan noticias sobre ellos (¿las que quieren ellos?), o incluso un programa específico sobre el Parlamento Andaluz, se las han ingeniado para que ese acuerdo no salga a la luz, como si desde el principio supieran que era vergonzante.


Quienes no reconocen nunca los aciertos del adversario, por evidentes que sean, y quienes reprochan siempre, sin excepción, los errores de los otros, han rectificado cuando el asunto ha trascendido, pero ninguno ha explicado cómo se acordó por unanimidad una medida que ahora todos consideraran “inoportuna” o “desacertada”, ni ha explicado ninguno por qué se hizo en el más absoluto de los secretos.

martes, 28 de mayo de 2013

El cortijo de las Obispas



        Cuando éramos chicos, los amigos bajamos más de una vez sin frenos en la bicicleta por la calle Demetrio Bautista, la nuestra, pasamos por la bocacalle de Hermanas Moreno Pozuelo, cruzamos la calle El Toro y nos paramos frente a la fachada lateral de la enorme casa de las Obispas. Por aquel entonces, la casa de las Obispas estaba ocupada por el internado de las Concepcionistas y no era infrecuente oír desde la calle la bulla que metían las niñas, con algunas de las cuales coincidimos luego en el instituto.
       Las Obispas que daban nombre a la majestuosa casa que todavía hoy se levanta entre la calle El Toro (o Mayor) y la calle Doctor Rodríguez Blanco habían sido las Hermanas Moreno Pozuelo, a las que en los años 50 del pasado siglo el Ayuntamiento dedicó una calle en las proximidades. Se las apodaba así porque eran las sobrinas de D. José Proceso Pozuelo y Herrero, que fue obispo de Córdoba entre los años 1898 y 1913, en el que murió, si bien estuvo viviendo en Pozoblanco, en la casa de su única hermana (Isabel, casada con Francisco Moreno) más o menos la mitad de su episcopado, debido al estado de ruina del Palacio Episcopal de Córdoba.
       De las tres hermanas, las dos solteras heredaron buena parte de la fortuna del obispo, entre la que se encontraba la casa natal del mismo, que donaron a la orden de los Salesianos junto con otros inmuebles próximos, sobre los cuales se levantó el colegio de esa congregación que conocemos hoy en día, el cual abrió sus puertas por primera vez en 1930.
       Viene a cuento todo esto porque el pasado domingo anduvimos por un camino que va de Este a Oeste entre las carreteras A-2214, que une Villaharta con Obejo, y CP-317, la conocida como carretera de Los Chivatiles, como a unos dos kilómetros de cada una de ellas y en paralelo a ambas, y que cuando he ido a fijar el recorrido en el plano del visor Iberpix, del Ministerio de Fomento, me he encontrado con que al cortijo de Plaza de Armas se le llama “de las Avispas”, cuando en todo caso debía llamársele “de las Obispas”, pues de ellas le viene el nombre, y a tenor de la leyenda que hay sobre su puerta principal (“Plaza de Armas. Molino de San José. 1902”), debió de inaugurarse en tiempos en que el obispo Pozuelo se hallaba viviendo en Pozoblanco. 
       Los errores en los topónimos y en la denominación de las construcciones son lógicas en los mapas, dado que quien los redacta recibe mucha información de boca de los lugareños, a quienes quiere corregir luego utilizando la razón técnica y el lenguaje oficial. Con serlo poco, es más lógico para la razón de un técnico de ciudad el rústico nombre de “Cortijo del Arrascao” que el más sutil de “Cortijo del Arriscao”, pongo por ejemplo, aunque “El Arriscao” fuera un habitante de San Benito que dio nombre a su propio cortijo. Sin embargo, los planos recogen “Cortijo del Arrascao”, y por la misma razón recogen “Cortijo de las Avispas”, nombre más en consonancia con el sentido común de los forasteros que “Cortijo de las Obispas”, especialmente porque hasta ahora a las mujeres les está vedada esa alta dignidad eclesiástica.
       “Plaza de Armas” (pues así es como la llamaremos nosotros, dado que así es como se la conoce en Los Pedroches) está cerca de la carretera de Obejo a Pozoblanco (CO-9050) y no llegamos a ella sino al cabo de las dos horas que nos costó hacer el camino desde la carretera de Villaharta a Pozoblanco (CO-421). De ella salimos con el sol bien levantado, aunque por lo lejano que este lugar está de nuestra residencia habíamos quedado media hora antes de lo habitual. Al sol, sin embargo, lo entrevimos y poco más durante un buen trecho del camino, por culpa de una bruma no muy espesa que difuminaba los olivos más cercanos y nos impedía ver el horizonte.
       El camino no es muy ancho, pero tiene una pendiente suave y es perfectamente apto para el tránsito de toda clase de vehículos. Cuesta abajo, con la temperatura favorable y las fuerzas intactas cruzamos el arroyo de la Adelfa, recorrimos los llamados llanos de Villaharta y pasamos a unos centenares de metros de la famosa fábrica del Chato, cuyo chupón de ladrillos se ve desde el sendero, a una cota inferior a la de caminante y encajonado entre dos cerros. No tardamos mucho en llegar al río Guadalbarbo, junto al que hay un cartel indicador de la riqueza ambiental de sus contornos y dos indicadores del GR-48, el gran sendero de Sierra Morena, del que este camino forma parte.

 
      Sobre el río Guadabarbo, el Ayuntamiento de Pozoblanco construyó hace algunos años un puente, de cuya inauguración Rafael nos dio algunas noticias aparecidas en la prensa mientras veíamos correr el agua cristalina a nuestros pies. El Guadalbarbo está más o menos a mitad de camino entre las dos carreteras y es, obviamente, el punto más bajo del recorrido. Desde allí hasta Plaza de Armas el trazado es sinuoso pero suave y se hace con mucha comodidad, rodeados de olivos que o ya han cuajado las aceitunas o tienen la flor a punto de hacerlo, de pastizales a medio secar y de un auténtico jardín de flores silvestres, entre las cuales, en las proximidades del cortijo citado, pacen los animales de la yeguada que allí tiene su sede.


      De Plaza de Armas a la carretera de Obejo hay menos de un kilómetro. Cerca de la carretera hay un pequeño bosque de eucaliptos de los que salían decenas de sonidos distintos producidos por los pájaros. Frente a él, a la sombra de una encina y sentados sobre la hierba, nos paramos a echar un bocado. Habíamos hecho casi diez kilómetros y no estábamos cansados, pero todavía nos quedaban los otros diez de la vuelta y el sol lucía ya en todo su esplendor. Sospechábamos que nos iba a ser trabajoso llegar hasta el coche, pero no tanto como luego lo fue. “En verano –nos dijimos subiendo la cuesta que empieza en el Guadalbarbo–, aquí deben derretirse hasta las piedras”.



* Sobre el obispo Pozuelo, resulta imprescindible el libro de Manuel Moreno Valero El obispo Pozuelo y Herrero, hijo ilustre de Pozoblanco. (Hay comentarios sobre el libro y su autor aquí y aquí)
** Resulta muy interesante el libro El palacio episcopal de Córdoba: Historia y transformaciones, de Rocío Velasco García (aquí en pdf), en el que se detallan las razones por las que el obispo Pozuelo vivió en Pozoblanco gran parte de su episcopado.