Los
políticos deberían ser conscientes de que sus actuaciones generan felicidad o
sufrimiento y de que el sufrimiento que provocan en el cuerpo social se
somatiza y produce enfermedades sociales o incrementa las existentes. (Deberían
ser conscientes, por ejemplo, de que su corrupción como clase facilita la
coartada de los ciudadanos corruptos y el abatimiento de los cumplidores y de
que sus rencillas generan fracturas sociales). Y los políticos deberían ser
conscientes de que su misión última es liderar un proyecto en el que la verdad
final sea mayor que la verdad al inicio de su mandato. Y liderar supone ponerse
al frente del grupo y asumir los riesgos que conlleva la verdad, exigiéndose a
sí mismo más de lo que les exigirían a sus seguidores y más de lo que les
exigirían a sus enemigos.
Los
políticos, sin embargo, no suelen tener a la verdad en el horizonte, sino al
poder, por más que enmascaren ese fin presentando como interés público desde el
principio hasta el final lo que solo es interés público en algún tramo del
camino, y para conseguirlo utilizan sistemáticamente la parte de la verdad que
les interesa o, directamente, la mentira.
Y
los políticos fomentan los juicios previos y el autoengaño para convertir a los
ciudadanos en seguidores fieles, a fin de que los voten por sistema y de que
los disculpen siempre. A los juicios previos los disfrazan de ideología. Para
el autoengaño, cuentan con fórmulas similares a las que los individuos emplean
en su vida privada, como «si no lo hacen los nuestros, lo harán los otros con
menos razón y peores formas»; o como «no me persiguen a mí, sino a todos
nosotros»; o como «si nosotros somos corruptos, imaginaos cómo serán nuestros
adversarios».
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