domingo, 18 de octubre de 2026

¿Por qué es tan creíble la mentira? (6/7) La ejemplaridad

 

Los políticos deberían ser conscientes de que sus actuaciones generan felicidad o sufrimiento y de que el sufrimiento que provocan en el cuerpo social se somatiza y produce enfermedades sociales o incrementa las existentes. (Deberían ser conscientes, por ejemplo, de que su corrupción como clase facilita la coartada de los ciudadanos corruptos y el abatimiento de los cumplidores y de que sus rencillas generan fracturas sociales). Y los políticos deberían ser conscientes de que su misión última es liderar un proyecto en el que la verdad final sea mayor que la verdad al inicio de su mandato. Y liderar supone ponerse al frente del grupo y asumir los riesgos que conlleva la verdad, exigiéndose a sí mismo más de lo que les exigirían a sus seguidores y más de lo que les exigirían a sus enemigos.

Los políticos, sin embargo, no suelen tener a la verdad en el horizonte, sino al poder, por más que enmascaren ese fin presentando como interés público desde el principio hasta el final lo que solo es interés público en algún tramo del camino, y para conseguirlo utilizan sistemáticamente la parte de la verdad que les interesa o, directamente, la mentira.

Y los políticos fomentan los juicios previos y el autoengaño para convertir a los ciudadanos en seguidores fieles, a fin de que los voten por sistema y de que los disculpen siempre. A los juicios previos los disfrazan de ideología. Para el autoengaño, cuentan con fórmulas similares a las que los individuos emplean en su vida privada, como «si no lo hacen los nuestros, lo harán los otros con menos razón y peores formas»; o como «no me persiguen a mí, sino a todos nosotros»; o como «si nosotros somos corruptos, imaginaos cómo serán nuestros adversarios».


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