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martes, 3 de marzo de 2015

Cuanto más grande es el dolor...

Los partidos políticos no le exigen a los electores capacidad de sacrificio, sino que le prometen un eterno presente de vino y de rosas. Las campañas electorales son como colosales mercados al aire libre donde los candidatos ofrecen a voz en grito sus servicios, que son gratis y con regalos. El sacrificio viene después del “después” de la mano de los ganadores, es decir, después del desastre y después de las elecciones que suceden al desastre.

Hasta que el desastre se desencadena, la filosofía del carpe diem reina por completo en numerosos Gobiernos y se transforma en instalaciones públicas sobredimensionadas o que no sirven para nada, en grandes fiestas colectivas, en megaproyectos culturales o deportivos, en subvenciones para todos, en edificios que no se pueden mantener, en actividades y servicios cuyo único retorno para la sociedad es el puesto de trabajo de quienes se encargan de ellos o en ayudas sociales desproporcionadas con las posibilidades del país, además de en puestos de trabajo para los amigos o los correligionarios, en coches de empresa y chóferes y en catering multitudinarios después de cada acto social.

En todo caso, ¿qué importa el futuro si hay elecciones mañana?

Pero el futuro llega y en el futuro está la realidad, aparte de las elecciones.

Cuando estalla la burbuja del bienestar, la realidad se llena de ciudadanos desarmados contra las nuevas circunstancias. Los ciudadanos, no los partidos, son los primeros que se topan con ella. En la realidad están los desahucios, la explotación laboral, la emigración de los jóvenes, el cierre de las empresas y el paro.

La realidad sólo llega a los que no gobiernan cuando gobiernan. Hasta ese momento, les puede más la demagogia y ofrecen alternativas imposibles para ganarse el aprecio de los electores. Por algo, cuanto más grande es el dolor, más difícil es el consuelo, pero es más cómodo hacer germinar la semilla del sectarismo.


El problema de la cuadratura del círculo se resuelve fácilmente desde fuera. Por eso, en lugar de sembrar el camino de razón y sosiego, los perdedores soliviantan a las masas doloridas prometiéndoles más bienestar por menos.

jueves, 19 de febrero de 2015

Democracia y Justicia (y 3)

Recursos escasos y demagogia

El Estado puede asignar recursos por igual y puede hacerlo de acuerdo con la necesidad (para igualar a los ciudadanos) y de acuerdo con los méritos.

Cuanto más alto es el límite de los recursos que se conceden por igual, más bajo es el de los que se distribuyen atendiendo a la necesidad o a los méritos, si los recursos afectados son escasos o de suma cero. O por decirlo de otra forma, si un dinero equis se adjudica asignando por igual mucha cantidad a cada uno de los interesados, queda muy poco para repartirlo atendiendo a criterios diversos.

Dado que la justicia conmutativa distribuye recursos por entender que existe una dignidad idéntica en sus perceptores, la asignación de recursos iguales tiene una marcha atrás muy difícil, pues el beneficiario entiende que se le dan por lo que es y no por lo hace o deja de hacer. Es más, la sociedad en su conjunto piensa que los recursos repartidos por igual son conquistas sociales y adapta a ellos sus valores. Por eso, cuando hay una situación de crisis económica grave y los gobernantes deben dar marcha atrás en la adjudicación igual de recursos, no se enfrentan tanto a un problema de índole económica (pues saben lo que tienen que hacer) como a un verdadero cambio social.

En las democracias, los políticos tienden naturalmente a hacerse querer por el electorado antes que a administrar con rigor los recursos escasos, pues siempre están a expensas del voto de los beneficiarios del reparto, por cuyo afecto compiten. El que recibe los recursos escasos no sólo cree que se han consolidado los bienes y derechos que se le han otorgado de manera conmutativa, sino que demanda más u otros, ya que ningún sacrificio le ha costado merecerlos. El político que reparte los bienes y derechos, y más aún el que aspira a repartirlos (a gobernar), está continuamente dispuesto a satisfacer esas peticiones, o incluso a otorgar derechos no reclamados, para ganarse el aprecio de quien ostenta la facultad de situarlo en el Gobierno o en la oposición.

martes, 17 de febrero de 2015

Democracia y justicia (2)

Igualdad y mérito

Según la doctrina filosófica, justicia conmutativa es, en esencia, dar a todos por igual, mientras que justicia distributiva es, también en esencia, dar a cada uno de acuerdo con sus méritos. Tradicionalmente, la idea conmutativa de la justicia se ha aplicado a los pactos, en los cuales se genera un intercambio igual de derechos y obligaciones, en tanto que la justicia distributiva se ha aplicado a la distribución de bienes y derechos en la sociedad y al veredicto de los jueces, que deben valorar las diferencias de comportamiento.

Todos los derechos que se reparten afectan al desarrollo social y económico de un país y, en consecuencia, a su sistema de asignación de recursos. Ahora bien, hay unos derechos políticos, sociales o culturales, como el sufragio, en los que el beneficio de unos no supone directamente perjuicio para otros, y hay unos derechos de índole económica o suma cero, en los que se distribuyen recursos escasos, de manera que lo que gana uno lo pierde otro.

La Democracia ha tendido progresivamente a la asignación conmutativa de los bienes y derechos gracias a que el impulso de los progresistas ha sido asumido poco a poco por los conservadores. La consideración del ser humano como sujeto de derechos iguales, con independencia de su naturaleza y circunstancias, se ha ido afirmando en el ideario colectivo y en las leyes a medida que crecía la conciencia de los mínimos que merecía la dignidad humana. Los derechos de los presos, por muchos delitos de sangre que hubieran cometido, y la atención social hacia los que no contribuyen a las cargas o incluso hacia los contrarios al sistema, son ejemplos de la concepción igualitaria de las democracias modernas, verdaderos Estados Sociales de Derecho, que van más allá de la mera igualdad en el sufragio o de la pretensión de igualdad en el salario.


La elevación del punto de partida de la dignidad humana ha producido, no obstante, algunas situaciones inconvenientes que afectan a la concepción distributiva de la justicia, en las que no se diferencian suficientemente (ni se valoran) los distintos papeles que asumen los sujetos implicados. Así, el incremento de los derechos de los delincuentes, a los que frecuentemente se considera víctimas del sistema, ha supuesto una merma de la estimación social de las víctimas de esos delincuentes, a quienes se ve como parte del régimen que alienta los comportamientos delictivos. Y así, en algunos países, como España, el sistema educativo ha sido diseñado para elevar el nivel básico de todos los alumnos, lo que ha provocado la disminución del nivel superior y del nivel medio y la desmotivación de los mejores estudiantes, que ni han visto recompensado su esfuerzo ni han podido llevar hasta su límite las potencialidades de que disponían, con el consiguiente empobrecimiento de la sociedad.

(Continuará) 

domingo, 15 de febrero de 2015

Democracia y justicia (1)



Igualdad y desigualdad:

Las pequeñas sociedades tribales del origen de la humanidad tenían como valor natural la igualdad entre sus individuos, pero en cuanto las sociedades empezaron a relacionarse con otras y descubrieron la desigualdad entre los seres humanos, establecieron como norma la igualdad entre los iguales y la desigualdad entre los desiguales. Esa norma fue tomada por las democracias antiguas, prosiguió cuando desaparecieron las democracias y fue adoptada por las democracias modernas, aunque en el ideario de las mismas se mostraba la igualdad como uno de sus principios fundamentales.


Por ejemplo, la forma más aberrante de la desigualdad, la esclavitud, fue considerada como algo natural por Aristóteles y persistió en los Estados democráticos hasta bien avanzado el siglo XIX. El sufragio censitario, que negaba el derecho del voto por los motivos más diversos (como no contribuir a los gastos del Estado, lo que de hecho suponía reservárselo a las clases altas, o a los que no sabían leer y escribir, lo que, como ocurrió en Estados Unidos hasta 1965, era tanto como negárselo a los negros), ha sido un recurso ordinario para los que propugnaban la desigualdad entre desiguales. Y la negación del voto a las mujeres ha persistido hasta épocas muy recientes en algunos países democráticos, como en Suiza, donde no pudieron ejercerlo a nivel federal sino hasta 1971, dado que la norma que establecía la igualdad era rechazada por el cuerpo electoral, constituido sólo por hombres, en una institución tan aparentemente democrática como el referéndum. 


La historia de las democracias es la historia de la conquista de la igualdad de los seres humanos hasta más allá de la desigualdad que se da entre ellos, sea esta por razones de sexo, de raza, de religión, de poder económico, de educación o, entre otras, de la inclinación sexual de los individuos. Esa conquista ha resultado muy difícil porque tras la desigualdad se oculta el poder, el miedo al diferente y la superstición. La relación desigualdad/igualdad ha sido la causa necesaria de las revoluciones (la aspiración del Tercer Estado frente al Primero y Segundo en la Revolución Francesa de 1789 o la del proletariado frente a la clase dominante en la Revolución Rusa de 1917) y de las fricciones más importantes entre las múltiples tendencias políticas de una sociedad estable.


Porque, usualmente, la divergencia básica entre los diferentes movimientos políticos no rupturistas es la que separa a los que desean progresar en la igualdad de los que quieren mantener el statu quo existente. Ese es, también hoy, el principal signo de distinción entre los llamados progresistas y los denominados conservadores. O, quizá, lo sea hoy más que nunca, dada la convergencia que los modelos políticos actuales tienen hacia el estándar económico intervencionista, de raíz socialdemócrata.


El laicismo o la confesionalidad, el estatuto personal de los inmigrantes y el matrimonio de los homosexuales son ejemplos actuales de fricciones entre los progresistas y los conservadores que tienen como origen último la pugna entre la igualdad y la desigualdad.

(Continuará)

sábado, 15 de junio de 2013

La influencia asociativa III: Con pólvora ajena



En los últimos tiempos son numerosos los premios, reconocimientos y galardones que las asociaciones otorgan a los políticos en agradecimiento a los desvelos que muestran por los propósitos que ellas representan, desvelos que casi siempre cuajan en ayudas económicas hacia la propia asociación, como si el dinero hubiera salido del bolsillo del político y no del de la institución pública (del pueblo, obviamente). Con todo, que ningún regalo es gratis lo sabe menos el que recibe que el que da, que esperará la devolución del favor cuando le sea necesario. 

Precisamente en la devolución de favores se halla una de las causas fundamentales de la hipertrofia asociativa que puede achacarse a las instituciones. Si los ciudadanos utilizan las asociaciones para llevar sus inquietudes al poder, los políticos han encontrado el sentido inverso para trasladar su afán a los electores. Para ello, manejan dos tipos de instrumentos: uno es directo y muy efectivo, y consiste en la concesión de ayudas, con las que se establece un vínculo cuasi clientelar entre el que las da y el que las recibe, que al extenderse por las ramas de la sociedad vertebrada tiende a corromper la Democracia.
En todo vínculo clientelar hay un trasvase de intereses y de miedo a perder esos intereses. El político esgrime tanto la subvención como el miedo que los dirigentes de la asociación (y una cantidad relevante de sus miembros) le tienen a quedarse sin ella si cambian quienes ocupan el poder. Los dirigentes de la asociación, por el contrario, explotan el miedo que el político le tiene a perder el favor de los electores, especialmente cuando la concesión de la ayuda se ha convertido en una costumbre.

Por eso, cuando una asociación se habitúa a incluir una subvención entre los ingresos de su presupuesto, se cree con derecho a ella, en tanto que el político se siente en la obligación de mantenerla, aunque su institución no disponga de recursos suficientes para ello.
El otro instrumento de los políticos para llevar su afán al electorado es indirecto y radica en la presencia física de los políticos de uno y otro signo en todos los actos que se organizan, fundamentalmente en aquellos referidos a asociaciones que tienen que ver con colectivos numerosos, como los mayores o las mujeres. Hoy es raro el acontecimiento cultural, deportivo o incluso religioso que no tiene a un político en la mesa presidencial. Hasta tal punto está repleta la agenda social de los políticos, que dedican a su cumplimiento buena parte de sus energías. Los dirigentes de las asociaciones han transformado la presentación de sus actividades y su colofón en una actividad más, muchas veces más trascendente que la tarea de fondo, y para ello, con el argumento de que representan al pueblo, siempre quieren contar con el brillo que le dan al hecho las autoridades, quienes, aunque computan como tiempo de trabajo el gastado en esta labor, se aprovechan de ella para vender su mensaje y su imagen, que, como sabemos, es lo que más importa en las elecciones.

 Por más que se le agradezca con loores y premios, la paradoja está en que el dinero con que paga el político las subvenciones es del que lo recibe. De esa forma, mientras más dinero público consigan los dirigentes de las asociaciones más dinero tendrán que pagar de su bolsillo y del de los miembros de su asociación. O dicho de otro modo, mientras más dinero destine el político a la asociación de los dirigentes menos aplicará a otros fines públicos, como, entre otros, la educación, la innovación o la salud. Por supuesto, el coste de oportunidad es irrelevante si sólo se computa una asociación, pero no es en absoluto despreciable cuando se suman todas las subvenciones, que es como un ciudadano consciente debe hacer las cuentas.
Además, el tiempo que el político emplea en crearse una imagen amable deambulando por las actividades de las asociaciones tampoco es suyo: es o de quienes lo necesitan en su vida privada (su familia, sus amigos, etc.) o de quienes lo precisan como representante o dirigente público. También ahí dispara con pólvora ajena.
 

* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.
** Las fotografías de esta entrada son de la playa de La Antilla (Lepe-Huelva).



sábado, 8 de junio de 2013

La influencia asociativa II: El mal de altura



En general, las asociaciones han crecido de forma artificial por los patrocinios y, sobre todo, por las subvenciones. El desarrollo desmesurado e inarmónico ha traído como fruto el abandono de los fines iniciales, que son también los naturales, para fijar la atención en objetivos más altos, pero menos auténticos, de manera que donde había afición, capacidad de sacrificio y realización personal se ha puesto la ostentación, la comodidad y el dinero. Es decir, se han confundido los fines con sus consecuencias. 

Como el proceso destructivo de lo esencial ha sido paralelo a la progresión de lo formal, se ha entendido el resultado como un éxito. Si se trataba de organizar una procesión, lo importante era la novedad, la belleza de los pasos y el número de nazarenos. Si lo organizado era una fiesta típica, lo substancial es que acudieran mucha gente de otros pueblos para que se llenasen los bares. Si se trataba de un club deportivo, lo primordial era sacar a grandes figuras y militar en la categoría inmediatamente superior, siempre en la superior. 
 Respecto de los órganos directivos, el proceso ha tenido una doble vertiente. Las asociaciones de más relumbrón, que en la actualidad son las deportivas, han sido copadas por triunfadores en el mundo de la empresa a los que el dinero no les daba el prestigio y la posición social que, sin embargo, ganaban con la presidencia de un club. A su llegada, han impuesto en la gestión de estas entidades modelos empresariales de comportamiento, en los que primaban la urgencia de los resultados, la ambición y el riesgo sobre la consolidación del proyecto, la realidad y la prudencia. Los clubes han estado alentados, además, por la obligación de hacer lo que los otros para mantenerse a la misma altura y por la emoción individual de participar en el éxito colectivo más relumbrante en los tiempos modernos, que es el deportivo. Prácticamente nadie ha estimado que detrás del imponente montaje de expectativas creadas sólo había deporte y juego, y que en la índole del juego están el azar y la derrota, a la que hay que tratar con la naturalidad de lo efímero y no con el dramatismo de la muerte. 
 Las asociaciones de menos brillo también han crecido, en número y en dimensión propia, pero la ostentación de cargos directivos no ha conllevado ningún premio añadido de relevancia social. Si desgasta el ejercicio de toda acción rectora, pues la suma de decisiones supone siempre una suma de agravios y el tiempo empleado en su práctica le es negado a otras esferas de la vida, a los dirigentes los ha desgastado también el escaso seguimiento que las actividades organizadas por ellos han tenido entre la masa social, de la cual se han sentido alejadas en no pocas ocasiones. No han entendido que el alejamiento era causado, esencialmente, por la inflación de los fines, que los alejaba de las verdaderas pretensiones de los socios, como ocurrió en el equipo deportivo que nos ha servido de ejemplo, en el que la idea inicial de hacer deporte por placer y montar el consiguiente espectáculo de los partidos para el goce de los familiares, amigos y vecinos fue sustituida por la del espectáculo por el espectáculo y la vanidad colectiva de la marca pueblo, con el inmediato abandono de los jóvenes locales y el ulterior alejamiento de sus familiares, amigos y vecinos.

* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.


miércoles, 5 de junio de 2013

La influencia asociativa I: Dos casos típicos



La llegada de la Democracia produjo en España un incremento del número de asociaciones y el auge de su influencia social y política. El ambiente más favorable al asociacionismo que provoca la libertad, el desarrollo de una conciencia colectiva sobre casi todos los asuntos y el auge económico estimularon el nacimiento y la expansión de agrupaciones de todas clases y para todos los ámbitos de la vida. Paralelamente, se vertebró una compleja red entre asociaciones y organismos públicos que sirvió para transvasar información en ambos sentidos y para la financiación pública de las primeras.

Esa situación, que en principio es sana y recomendable, ha ido degenerando poco a poco hasta la actual hipertrofia, particularmente en el ámbito local, merced al crecimiento exagerado de la influencia política y de la financiación pública de las asociaciones.

 



Aunque las asociaciones se encuentran en origen en una posición de inferioridad respecto de los organismos públicos, ante los que no pueden negociar, sino pedir, conforme se han ido acercando a ellos han ido percatándose de la capacidad de presión que les otorgaba el hecho de contar con la fuerza de los votos que hubiera detrás de sus simpatizantes, lo que les ha servido para crecer hasta más allá de los límites razonables y ha formado, en conjunto, una suerte de burbuja asociativa, cuyo estallido dejará el paisaje asociativo en peores condiciones que si no hubiera existido, pues se habrán perdido los valores naturales por los cuales los seres humanos aglutinan sus energías personales para ejecutar proyectos comunes. 


 

DOS CASOS TÍPICOS
El primero es de índole cultural: un grupo de personas unidas por una determinada afición, que hasta ese momento se reunían con unos medios precarios sufragados por ellos mismos para realizar actividades por el placer de sentirse realizados, pues nunca se han planteado vivir de ello ni podrían, se constituyen en asociación y piden una ayuda para la compra de instrumental, que obtienen. El material nuevo los incentiva a ensayar más y pronto son llamados a actuar en un pueblo vecino, a cuyo Ayuntamiento solicitan una gratificación que al menos les costee el desplazamiento. Como el Ayuntamiento paga, piden un poco más del precio del viaje al siguiente Ayuntamiento, que también paga. Cuando el Ayuntamiento de su pueblo los requiere para que realicen una actuación con motivo de una fiesta local, los dirigentes de la asociación exigen una cantidad, argumentado una serie de gastos fijos. El Ayuntamiento acepta, con lo que precisa el techo mínimo o caché del grupo, por debajo del cual no actuará a partir de entonces ni en su pueblo ni en ningún otro. Desde ese instante, la asociación dispondrá de recursos para encargar a alguien ajeno los trabajos de mantenimiento, ya que nadie del grupo querrá hacerlos. Nadie, igualmente, querrá actuar gratis, como no sea para eventos muy concretos relacionados con la beneficencia, y menos aún lejos de su pueblo. En no mucho tiempo, sólo ensayarán para las actuaciones, y si no hay actuaciones, desaparecerán. 


 El segundo caso es de índole deportiva: los dirigentes de un club que juega en una categoría baja, con jugadores del pueblo que se lavan sus propias camisetas, consiguen que una empresa constructora les financie el fichaje de jugadores de otros pueblos. Con ellos, el equipo asciende de categoría y logra una subvención de la Diputación Provincial, que fija por sistema una ayuda igual a cada uno de los clubes que militan en la misma. Además, obtiene del Ayuntamiento otra subvención y otra más de la Comunidad Autónoma. Con todo ese dinero, puede fichar jugadores de más lejos y más cualificados, lo que facilitará los mejores resultados deportivos y el aumento del público local, encantado con que su equipo juegue contra los de pueblos mucho más poblados que el suyo. El equipo asciende otra vez. La nueva categoría exige desplazamientos más largos y el fichaje de jugadores semiprofesionales que cobran como los profesionales. Cuando los directivos fijan el presupuesto de la temporada, calculan unos ingresos por cuotas de socios y taquilla superiores a los de la temporada anterior, con la suposición de que la categoría más alta atraerá a más público y habrá unas transferencias superiores desde las Administraciones Públicas.
 Entre los gastos presupuestados, figuran compensaciones a los directivos por sus desembolsos de kilometraje, un teléfono para algunos de ellos y unas pequeñas gratificaciones por la realización de cometidos concretos. Cuando uno de los socios plantea en la asamblea anual el peligro que para el club significa fijar el presupuesto sobre bases tan endebles, el presidente le contesta que no debe tenerse vértigo ni mal de altura y que todo está bajo control. El equipo es uno más en la categoría y los resultados lo mantienen en la parte baja de la clasificación. A mitad de temporada, el entrenador expone la necesidad de hacer algunos fichajes y la directiva se lo piensa: los ingresos por socios y taquilla son más bajos de lo esperado y las Administraciones están retrasando el pago de las ayudas, que también serán más bajas de lo presupuestado, pero existe el riesgo cierto del descenso, lo que sería mucho peor desde el punto de vista económico y un fracaso total desde el punto de vista deportivo, así que aceptan los postulados del entrenador y fichan a tres jugadores más. Como solución a la falta de liquidez, se firma primero una cuenta de crédito y luego se retrasan los pagos de las facturas. El equipo no mejora y despiden al entrenador, al que deben abonar una cuantiosa indemnización, para fichar a otro con más prestigio y más caro. Al final del campeonato, logran salvar la categoría y pagan a los jugadores casi todos los retrasos con las subvenciones que cobran de las administraciones, pero tienen la cuenta de crédito sin saldo y deben una cantidad notable a los proveedores. El nuevo presupuesto que se somete a la asamblea de socios reduce los gastos en los capítulos de la cantera, pues se suprime el equipo juvenil, que ya tenía problemas para encontrar jugadores porque ninguno de ellos podía dar el salto enorme hasta el primer equipo, e incrementa la perspectiva de ingresos por una pequeña subida de las cuotas de los socios y la promesa que les ha hecho el concejal de deportes de aumentar la subvención municipal. 

El Ayuntamiento, además, está construyendo un estadio más grande y más cómodo y lo previsible es que la asistencia de público se acreciente, máxime si se tiene en consideración que se guarda la esperanza de corregir los resultados deportivos. Reducidos los gastos y ampliados los ingresos previstos, la directiva ficha a varios jugadores más. Esa misma directiva, que trabaja incansablemente para captar más socios, no consigue, sin embargo, retener a todos los que lo eran en la temporada anterior. Es el primer contratiempo de una larga serie: la construcción ha bajado sensiblemente y el patrocinador se ve obligado a retrasar la entrega de su aportación, con la que se venían haciendo los primeros pagos de la temporada; el Ayuntamiento no puede mejorar la subvención, ya de por sí desproporcionada para sus posibilidades; la Diputación debe repartir el mismo presupuesto entre más equipos y los bancos le niegan una nueva cuenta de crédito. Los jugadores no cobran, ni la Seguridad Social, ni Hacienda, y mucho menos los proveedores. Todo el dinero recaudado se destina a pagar la cuota federativa y los árbitros. Aunque los resultados deportivos no son desastrosos, pues el equipo se mantiene en los puestos medios de la clasificación, el público se ha ido totalmente del estadio: ya no hay familiares del pueblo entre los jugadores, ni amigos, ni novios, ni vecinos, y entre los habitantes se ha perdido el entusiasmo que conlleva la novedad. 
El presidente hace un llamamiento angustioso a las instituciones públicas antes de que termine la primera vuelta de la liga: o pagan las cantidades que les prometieron o el equipo que pasea el nombre del pueblo por toda España desaparecerá. (Cuando el presidente menciona las cantidades que les prometieron, se refiere a las que ellos presupuestaron, pues por aquel tiempo las instituciones ni siquiera habían convocado las subvenciones). El alcalde ordena en enero el pago de la ayuda municipal de todo el año y acompaña al presidente en su visita a las entidades públicas provinciales y autonómicas, donde esgrime como principal valía del club su propio nombre, que también es el del pueblo, al que según dice lleva por todas partes como si fuera el de una marca comercial. Los representantes políticos provinciales y autonómicos no ven retorno económico para el pueblo en esa marca, pero nada dicen al respecto y afirman que pagarán lo antes posible sus subvenciones, que comprometen de palabra. No obstante, cuando se resuelve el proceso correspondiente, el club no puede justificar que se halla al corriente en sus obligaciones fiscales y con la Seguridad Social y no puede recibir las ayudas. El presidente culpa a las instituciones de la previsible ruina del club y amenaza con entregarlo al Ayuntamiento, donde se ha recibido una orden de embargo de todas las deudas contraídas con el club. Cuando la empresa constructora paga por su patrocinio la cuota anual, todo el dinero se dedica a hacer frente a la cuenta de crédito, que estaba avalada por algunos directivos. Al concluir la temporada, el club, finalmente, desaparece: por entonces, está a punto de terminarse el estadio municipal nuevo, cuyo aforo es casi igual al de vecinos del municipio. 

* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.