Aunque
el diccionario de la Real Academia Española se refiere a lo «creíble» como
aquello «que puede o merece ser creído»,
en política la credibilidad no es una cualidad adscrita a una persona por la
cual sus mensajes tienden a ser entendidos como veraces por otras, sino una
relación entre una persona y un conjunto de personas, en la que tan importante
es la cualidad de la que emite el mensaje como la disposición a aceptarlo de
las personas que lo reciben, que pueden actuar movidas por los juicios
previos y el autoengaño, sobre los que influye continuamente toda suerte de
propaganda.
Un
líder puede haber perdido toda su credibilidad «objetiva» y seguir siendo
creído por una masa ingente de seguidores (que suelen ser los simpatizantes
ancestrales del partido), como puede negar la evidencia impunemente o puede
impunemente manipular lo obvio, porque para los seguidores la credibilidad no
deriva de las cualidades de su líder, sino de su afán de creerlo, esto es,
depende únicamente de ellos, como la fe en un ser superior depende de la
actitud del creyente.
Los
líderes políticos, pues, pierden la credibilidad para quienes no son sus
seguidores. Para sus seguidores no pierden la credibilidad, sino que sus
seguidores pierden la fe en él. Hasta que eso ocurra (y puede ocurrir, pues
todas las fes pueden perderse), la mentira del líder será absolutamente
creíble.
*Esta
serie de entradas coincide en su literalidad con un artículo que publiqué en la
revista «Sitio Cero» el 18 de febrero de 2013.
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