lunes, 3 de agosto de 2026

Cuando yo era chico

 

Esta mañana he estado en el río Guadalmez. Como ha sido un año lluvioso, esperaba encontrar mucha agua. Pero no, y me ha dado pena. Al volver, he pensado en los días de mi infancia y he recordado así, sobre la marcha, esto:

Cuando yo era chico (tengo 67 años),

1.- Río Guadalmez

Me bañé en el río Guadalmez, que corría vivo y claro cerca de la ermita de la Virgen de las Veredas, adonde algunos niños de los salesianos de Pozoblanco iban de campamentos en verano. El río (entonces sí era de verdad «río») tenía mejillones. Yo los he cogido con mis manos.

Mis primos y yo también pescábamos en verano en el arroyo El Muerto, cerca de Pedroche, que conservaba grandes charcas durante todo el año.

2.- Agua de los arroyos

Bebíamos agua directamente de los arroyos, incluso de los más próximos a Pozoblanco, como el Santa María, adonde los amigos íbamos con las bicicletas. Yo la he bebido muchas veces.

3.- Pozos del campo

El agua de todos los pozos del campo era potable, y la gente la bebía sin preguntarse si estaría contaminada. Yo la bebí durante muchos años. Entonces, los pozos tradicionales (5-20 metros) aprovechaban el nivel freático superficial o pequeñas fracturas del granito. El agua se sacaba mayoritariamente con un cubo, una cuerda y una carrucha. No había sondeos.

4.- Noches frías en el cine de verano

En el cine de verano, si no llevabas una rebequita, pasabas frío. Yo lo pasé algunas veces por imprudente. De hecho, uno de los días que más frío he pasado en mi vida fue cuando proyectaron Titanic, y eso que ya era 1998.

Entonces, al ponerse el sol se producía un contraste térmico acusado y abrir las ventanas por la noche permitía que la casa se refrescara de verdad. En estos tiempos el calor se queda atrapado en los muros y en los suelos de granito tan habituales en mi tierra, y se libera lentamente durante la noche

5.- Carámbanos y hielo

Muchos días de invierno amanecía con carámbanos en las canales, que en ocasiones se mantenían durante toda la jornada, lo mismo que los charcos cuajados. Los carámbanos y los charcos eran una gran diversión para los niños.

En mi casa, era frecuente encontrar hielo grueso en el tarro de las aceitunas aliñadas, que mi madre guardaba en el patio, y en la tinaja de pasillo hacia el huerto, donde durante años vivieron algunos peces que pesqué en el arroyo El Muerto, y no era extraño que esos hielos duraran varios días.

6.- El vaho del invierno

Casi todo el invierno, al salir a la calle, echábamos vaho por la boca de manera constante, formando una nube espesa al hablar o respirar. También era habitual ver como la bruma o «vaho» subiendo de los arroyos, estanques y campos de cultivo al amanecer, porque la tierra estaba más caliente que el aire helado.

7. Las cigüeñas de antes

Las cigüeñas se iban poco después del verano y volvían por San Blas o un poco antes. A nadie se le habría ocurrido imaginar que más tarde veríamos a algunas todo el año. Como no se nos ocurría a los niños preguntarnos quién traía a los bebés al mundo cuando las cigüeñas estaban en África.

8.- Parabrisas llenos de insectos

El parabrisas y el radiador del coche quedaban cubiertos bajo una capa tupida de insectos. Y no era porque los parabrisas fueran menos aerodinámicos que ahora. Simplemente había muchos más.

9.- Gorriones por todas partes

Había muchos gorriones por todas partes, en los parques, en las calles, sobre los veladores de los bares. A mí me fascinaban. Mi abuelo Juan me decía: «¿Sabes qué animal es el que come en España, se mueve en España y vive en España, pero no anda en España?». «El gorrión», le contestaba yo, que ya estaba avisado. «¿Y sabes por qué?». «Porque no anda, sino que da saltitos».

Al parecer, hemos perdido millones y millones de gorriones porque ya no hay ni suficientes semillas silvestres para ellos ni suficientes insectos blandos para sus polluelos.

10.- Tormentas y estaciones

En verano, las tormentas eran más habituales que ahora y, salvo excepciones, menos destructivas. Todo parecía entonces más ordenado: había primavera, verano, otoño e invierno, no como ahora, que el calor estival se prolonga hasta bien entrado el otoño (el famoso «veroño»), el invierno se ha comprimido a unas pocas semanas de frío intermitente y la primavera pasa casi sin transición del fresco a días con temperaturas propias de julio.

11.- Encinas debilitadas

No había tantas encinas secas como ahora, y no porque entonces las larvas de los escarabajos no las barrenaran, sino porque ahora las pillan débiles y mal hidratadas, sin savia defensiva. Los inviernos suaves y el aumento de la temperatura media aceleran el metabolismo del insecto dentro de la madera.

12.- Grillos, ranas y otros animales

Mi padre me llevaba a cazar grillos, que entonces eran abundantes, y formaban con las ranas un gran «coro» nocturno, que ahora ha desaparecido de muchos lugares porque, al no haber charcas, no hay ranas.

Eso sí, ahora hay más jabalíes, más palomas y más urracas.