lunes, 23 de junio de 2025

5. Estella o El diablo era un gato

 

Hace calor. Yo soy del Sur y le tengo al calor mucho respeto, pero no veo que algunos compañeros peregrinos le tengan la misma consideración. Al sol se lo tienen los coreanos, que van con sombreros oscuros especiales, de muchos de los cuales cuelgan largas telas atrás, hacia la nuca, como si fueran gorras legionarias o de faldón. Y he visto a mujeres de ese país que también llevan la cara tapada. Al sol, sí, ya digo, pero el calor no es lo mismo que el sol. Tú puedes ir bien protegido contra el sol, pero andar a mediodía por esos caminos de Dios con el calor achuchando no parece de gente prudente, por muy buen sombrero que tengas. Y, aunque la mayoría de los peregrinos son madrugadores, también los hay que salen a horas tardías, o que a horas tardías tienen buena parte del camino por recorrer. 

El calor, además, puede nublar las mentes. No sé si será la causa en la anécdota que voy a contar, pero conviene recordarlo aquí por si pudiera atribuirse al calor buena parte de lo que sucedió. 

Estaba pasando por un pequeño pueblo, en cuesta arriba, e iba ayudándome de los bastones. Era una calle normal, más corta que larga, ni ancha ni estrecha, y no había nadie excepto yo. Entonces, noté que alguien me llamaba a mi izquierda. Que me reñía, más bien. Al principio, no lo entendí. ¿Me hablaban en euskera? Miré hacia donde había salido la voz y vi una imagen no muy distinta de un cuadro que debe describirse bien: había una ventana en la planta baja. Y en la ventana había una muchacha joven, y una maceta, y un gato ceniciento. Lo pongo así y, y, y, para que se entienda bien la separación de los tres elementos, porque la separación es muy importante. La maceta estaba sobre el alféizar, a la derecha, era rectangular y tenía una planta con flores que no supe identificar. El gato también estaba sobre el alféizar, pero a la izquierda, mirándome seguro y relajado, en una postura de pan de molde, con las patas delanteras y las traseras debajo de su cuerpo. La muchacha estaba de pie, entre la maceta y el gato. Era morena y muy joven. 

Cuando vi aquel cuadro, supe que no me habían hablado en euskera, sino en inglés. Y, aunque traduje lo que quería decirme la muchacha, no acababa de entenderlo. Por eso mi respuesta fue una pregunta. 

«¿Me estás diciendo que voy haciendo mucho ruido?», le dije, ya parado. 

«Un ruido del copón», me contestó, así, literal. Y en español, en el mismo idioma que le había hablado yo. 

Me dejó estupefacto. No tanto sin argumentos como sin voz. Así que fue ella la que continuó hablando. 

«Es que no eres tú solo, sino cientos de peregrinos metiendo ruido con sus bastones», me dijo. 

«Perdona. No me había dado cuenta. No volverá a pasar», le contesté. Y seguí subiendo la cuesta, ya sin la ayuda de mis bastones. 

Ahora, lo de «no volverá a pasar» me parece bastante ingenioso, pero yo no soy nada ocurrente y entonces lo dije de buena fe y sin pensar. Fue luego, conforme me iba recobrando de la sorpresa, como fui tomando idea de lo que había pasado: o sea, que una muchacha estaba ahí, con la ventana abierta, parada y esperando a que pasaran los caminantes, para abroncar a los que fueran haciendo ruido con los bastones. ¿Cuánto ruido se puede hacer con unos bastones de senderismo, Dios mío? ¿El mismo o menos que una moto, que un coche, que una bicicleta, que un patinete, que una señora con tacones? ¿Le reñiría, también, a todas las motos, a todos los coches… a todas las señoras con tacones que pasaran frente a su ventana?


 

Las horas del caminante son largas y, en soledad, se hacen más largas todavía. El caminante piensa mucho. Y si ha sido amonestado, piensa mucho en la causa de la amonestación. ¿Le pasaría algo a aquella muchacha? Tal vez tuviera un mal día. Igual estaba preparando un examen dificilísimo y cualquier ruidito se le hacía como el de una discoteca. Pero, entonces, ¿por qué tenía las ventanas abiertas? La casa era de pueblo, grande y de paredes gruesas, y fuera hacía calor. Con las ventanas cerradas habría menos ruido en la habitación y la temperatura sería más confortable. ¿Tendría la muchacha alguna patología relacionada con el oído? ¿Oiría demasiado? Nunca he oído que un oído demasiado bueno pudiera ser un inconveniente, pero uno nunca sabe. ¿Tendría algún trastorno emocional relacionado con los nervios? ¿Tendría palpitaciones, sudoración, temblores, dificultad para respirar? 

Hago todas estas consideraciones para reflejar mejor el ánimo que tenía mientras iba caminando. Y el caso es que al cabo de varios kilómetros dejé de pensar en la muchacha para pensar en el gato. Lo veía quieto, tranquilo y mirándome. Mirándome y como sonriendo por lo bajini, sarcásticamente. Mirándome con inteligencia. Con más inteligencia que la muchacha, que parecía una marioneta de él. El gato es la clave, acabé pensando. El gato es el verdadero dueño de la escena y ahí ha ocurrido lo que ha mandado él. El gato, sí, el gato. 

Más tarde, anduve un tiempo con una pareja de Sevilla que estaba haciendo cinco etapas del Camino desde una base en Pamplona y, a lo largo de la conversación, les expuse lo que me había pasado con la muchacha. Ellos se mostraron bastante comprensivos con ella, quizá porque no usaban bastones. Por lo que pudieran pensar sobre mí, no les revelé las sospechas que tenía sobre el gato. 

De esa jornada, solo me queda decir que al llegar a mi destino mi reloj marcaba 23,53 kilómetros. 




Aquí, la etapa en GRONZE

domingo, 22 de junio de 2025

4. Puente la Reina o Cómo hacer una tortilla

 

Ya me ha ocurrido otras veces. De pronto, te encuentras con que el camino está cortado y las flechas te mandan por no sabes muy bien dónde. Ahí pierdes la geolocalización de la ruta y tienes que estar más alerta a las señales, que no siempre son suficientes.

Hoy ha vuelto a ocurrir. Nada más salir de Pamplona, nos han desviado para que tomemos la carretera NA-6004 y caminemos por el arcén. A mí esto de que los peregrinos tengan que compartir la vía con los coches me parece de no tener aprecio por lo que el Camino supone y lo que suponen los peregrinos y me pone de mal humor. Y más, cuando ves que no hay advertencias ni información suficiente. Le he tenido que preguntar a una muchacha de la zona que venía en dirección contraria. Y le he tenido que advertir a un grupito de coreanos que caminaban por la derecha que en España los peatones deben circular por la izquierda. 

En fin, que hemos caminado por esa carretera y por otra que va pegada a la A-12 hasta que hemos dado con el camino original. Y entonces hemos empezado a subir. Y subiendo uno ve siempre al frente un parque eólico. Y eso me ha dado que pensar. He pensado en el aprecio que las gentes de por aquí tienen por lo todo suyo. Por su idioma, por su cultura, por su historia… y por el entorno en el que viven, que quieren seguir viendo saludable, lozano y hermoso. ¿No dije ayer que el territorio era un templo para los peregrinos? Pues para las gentes de estas tierras también lo es. No hay más que observar el esfuerzo que mayoritariamente se hace para insertar en el paisaje las obras humanas. Las paredes de las explotaciones ganaderas están enfoscadas. Los residuos que generan están recogidos. Los materiales que se emplean en el campo no chirrían a la vista. Y, como casi todo lo demás es así, a mí da mucha envidia, porque en mi tierra no ocurre eso, ni de lejos. 

He pensado y me ha salido al paso la importancia de las formas. Y lo recalco: las formas. En mi tierra, hay gente que no quiere de ninguna forma las cosas y hay otras que quieren las cosas de cualquier forma. Y ambas están enfrentadas. Hasta el punto de que no existe diálogo entre ellas. Es como si estuvieran a ambos lados de una trinchera y se lanzaran bombas con apariencia de razones, a ver quién rinde a quién. Y nadie rinde a nadie, como es fácil suponer. Así que la guerra está empantanada. Y mientras tanto, los contendientes intentan atraer más soldados a su causa y miran mal a los que están en medio, insumisos, supuestamente sin definirse. No lo tengo calado todavía. ¿Será socialista? ¿Será de la fachosfera?


¿Hay que hacer alguna aclaración? Pues se hace.

Los seres humanos necesitan extraer minerales, beber leche y comer carne, necesitan electricidad y necesitan agua, entre otras muchas cosas. Sí, pero como todo eso, inicialmente, supone un perjuicio para el ecosistema, que lo fabriquen otros y a mí me den los minerales ya transformados en coches y teléfonos móviles, que me den la leche embotellada, que la carne de cerdo sea asequible para mí y que el agua me llegue por una tubería y la electricidad por un cable, a ser posible subterráneo, para que no se vea afectado mi paisaje. Es decir, que las minas estén en otro sitio, que las vacas estén en otro sitio, que las macrogranjas estén en otro sitio, que los parques eólicos y solares estén en otro sitio… Nosotros somos pobres. ¿Es que no se acuerdan de nosotros nada más que para esto? 

O al revés: aquí lo que hace falta es poner más industria, más ganadería, más minería…, grande, mediana y pequeña, sin tantos requisitos ni tantos trámites, y sin tanta consideración medioambiental, porque lo importante es la mano de obra, porque lo importante es que la gente de nuestra tierra no tenga que irse fuera a buscarse la vida, porque lo importante es el desarrollo, ya que sin desarrollo no hay riqueza y sin riqueza no hay hospitales, ni pensiones, ni escuelas. ¿De qué sirve un medioambiente bonito si en él no pueden vivir las personas porque no tienen cómo buscarse la vida? 

Las formas, ya digo: entre tener un río lleno de mierda y un río saludable la diferencia no está en que haya o no haya personas tirando de la cadena y fábricas o explotaciones ganaderas en las inmediaciones, sino en cómo se controlan los vertidos. El Manzanares, por ejemplo, ha pasado de ser un río marginal y contaminado a un río vivo y saludable, especialmente en su tramo urbano, gracias a políticas públicas de restauración ecológica. ¿Había que trasladar Madrid, que cerrar sus fábricas y sus explotaciones? No, había que cuidar las formas. 

Esta gente lo ha visto. A mí no me parecen antiestéticos estos parques eólicos que generan electricidad para ellos y para mis paisanos, pues el suministro de electricidad forma una red a nivel ibérico. Ni me parecen feas las pocas granjas que he visto. Y me parecen cuidados los bordes de las carreteras, y las riberas de los ríos. Y no he percibido parcelaciones ilegales, al menos no a la monstruosa manera que se ven por mi tierra, que casi todo el mundo ha consentido o incluso alentado, con el argumento de que es más barato y rápido para las industrias y de que la ciudadanía al completo tiene derecho a una parcelita. 

La bajada es difícil y, mientras caminaba, por mi seguridad física he tenido que abandonar los pensamientos especulativos para pensar en mis propios pasos. Total, que he llegado con bien a Puente de la Reina, aunque muy cansado. Al final, en mi reloj había quedado reflejada la cifra de 24,79 kilómetros. 



sábado, 21 de junio de 2025

3. Pamplona o El respeto por lo creado

 

De Zubiri, el Camino toma sendas umbrosas en paralelo al río Arga, cuya placentera compañía el caminante siente y agradece, especialmente cuanto el susurro parece una voz despierta que acaba en sincera conversación entre los dos, como ocurre cuando, tendido bocarriba en una confortable hamaca, uno percibe el rumor de las olas o el murmullo de las hojas cuando el viento sopla. Si los seres humanos tienen alma, también deben tenerla los ríos. Y los bosques. Y los océanos. Esa es la conclusión de la charla. Y no hace falta tener fe en cosas raras ni ser ecologista para creerlo, sino disponer de una mínima sensibilidad, la misma que a los seres humanos nos dio el Creador de Todas las Cosas, de todas. Los peregrinos, que son seres sensibles por lo general, lo saben, y respetan el entorno por el que circulan con la reverencia que se respeta un templo. Porque eso es todo lo creado, un templo.

Mucho más adelante, el rumor del bosque se torna en rumor de ciudad y se pierde la conversación. La etapa es fácil, corta y bonita en casi todo su trazado, pero el tramo final por la ciudad de Pamplona y su área metropolitana resulta bastante tedioso. Entre otras cosas porque el rumor de la ciudad es ruido. Y el ruido, ya se sabe, es como las conversaciones de los políticos, una suma de sonidos cruzados y sin sentido que se meten entre las sienes como el eco de una motosierra lejana.

En este ruido de ciudad, la gente se expresa en castellano (a mi gusta más español, que parece más de todos, pero aquí lo voy a decir así), aunque los carteles estén en euskera. A mí me gusta que la gente tenga su idioma, que lo quiera y lo defienda. No tengo nada en contra mientras alguien que sabe castellano me conteste en castellano cuando yo le pido algo en castellano, como ha ocurrido desde Roncesvalles hasta aquí, a pesar de que yo los he oído hablar en euskera. Es más, me parece bonito este babel de lenguas: el francés que me hablaban más allá de la frontera, el inglés en el que nos entendemos los peregrinos, el castellano que se habla aquí y el euskera que se hablaba hasta aquí. Y no he observado que nadie tenga algún problema con ello.


Según he leído, los navarros son los que menos españoles se sienten de todos los españoles. No me extraña: tienen el territorio dividido en tres territorios lingüísticos (zona vascófona, zona no vascófona y zona mixta) debido a razones históricas, sociales, culturales y políticas relacionadas con el uso y la presencia del euskera en distintas partes de la comunidad. Están sometidos a la presión política de muchos ciudadanos de Euskadi, que la consideran parte de su territorio, y, en paralelo, a la presión política contraria. Y, por último, tienen un régimen foral propio, por lo que cuentan con un conjunto de derechos, instituciones y competencias que Navarra conserva desde que era un reino independiente (el Reino de Navarra) y que fueron reconocidos y respetados tras su incorporación a la monarquía española en el siglo XVI.

Lo que tienen los navarros, el régimen foral, no se discute por nadie, aunque se trate de un privilegio, porque ha sido así desde siempre y así está reconocido por la Constitución. Pero eso, es un privilegio, pues el régimen foral trata al Estado casi de tú a tú, de una forma muy diferente a como la Constitución trata a los demás territorios de España menos el País Vasco, que también es un territorio aforado. Que se mantenga un privilegio, sea territorial o sea personal, ya cuesta trabajo de entender en estos tiempos, especialmente por las personas más de izquierdas, que son las que supuestamente más a favor están de la igualdad, pero que se dé un privilegio a quien no lo tiene (por mucho que lo tuviera hace siglos) solo para mantenerse en el poder, como el PSOE de Pedro Sánchez pretende hacer con Cataluña, me parece un argumento muy poco democrático y, sobre todo, muy poco de izquierdas.

Los españoles nos miramos desde dentro y nos vemos diferentes unos de otros, pero tengo comprobado que los de fuera, que siempre son los que mejor nos conocen, nos tienen calados y saben que, dentro de la diversidad que nos caracteriza, tenemos características esenciales que nos unen. Es como si no fuera una cuestión de amor o de querer, sino de sangre. Como ocurre con los hermanos. 

Eso de no sentirse español es muy español, casi una señal de nuestra identidad. Por eso, aunque los navarros sean los que menos españoles se sienten de todos los españoles, tal vez sean los más españoles de todos.

Por cierto, cuando llegué a Pamplona, mi reloj marcaba 21,86 kilómetros.


Aquí la etapa en GRONZE

viernes, 20 de junio de 2025

2. Zubiri o Una biblioteca de cuento

Roncesvalles en una leyenda y unas cuantas casas. Cuando se lo digo a un amigo que me llama por teléfono, casi no se lo cree, porque Roncesvalles es muy renombrado. «Hay dos cafeterías, un hotel, un albergue y una colegiata a oscuras que se ilumina si pones un euro en una caja que hay a la entrada. Poco más, y, aun así, la fama que tiene es bien merecida», le digo. «¿Por qué?», me pregunta. «Porque el paisaje es espectacular, porque es tierra de frontera y ha sido el escenario de grandes hechos históricos y porque unos inician aquí la aventura de su peregrinación y otros aún están sobrecogidos por la dureza de la jornada anterior, que los obligó, partiendo de Saint Jean, a cruzar los Pirineos».

¿Será todo el Camino así?, estoy seguro de que se preguntan con preocupación estos últimos, por más que hayan leído sobre la naturaleza del trazado.

La hoja de ruta de hoy habla de ríos y riachuelos, de caminos ásperos y de veredas que discurren entre bosques frondosos, y dice que, aunque hay algunas cuestas arriba, la etapa es mayoritariamente cuesta abajo. Y así es, en efecto. Aunque a veces esas cuestas abajo son auténticos caminos de cabras, demasiado pronunciadas como para no suponer un riesgo y con las láminas de los estratos geológicos levantadas en vertical, amenazantes como cuchillas afiladas.

No es el único riesgo del Camino. Lo digo porque hoy he tenido que auxiliar a dos compañeros peregrinos que se habían perdido. La primera, también me había perdido yo, que ando por ahí ensimismado en mis cosas y en las cosas más etéreas del mundo y enseguida dejo de mirar donde debo, esto es, a las flechas amarillas que indican la dirección a tomar. Pero yo, cuando me pierdo (lo que ocurre con cierta frecuencia), miro mi reloj o mi teléfono y rectifico. Me había perdido, ya digo, y me encontré con una señora americana que también se había perdido.

Y ahora quiero hacer dos puntualizaciones. La primera, sobre el adjetivo. Cuando digo «americana» quiero decir estadounidense (y así ocurrirá en el futuro de estas narraciones). La segunda, sobre el sustantivo. Y es que cuando digo «señora» quiero decir que tenía cierta edad. ¿Cuánta, más o menos? La verdad es que me cuesta ponerle edad a las señoras. No sé si tenía más o menos edad que yo, vaya. Yo la veía mayor, pero a saber. Para ser mayor que yo tiene que ser muy mayor. Así que no sé.

Bueno, que la señora se había perdido y me pidió por favor que le dijera por dónde tenía que seguir. A mí aquello me preocupó un poco. ¿Y si no me encuentra a mí? ¿Puede alguien lanzarse a hacer lo que estábamos haciendo confiado solo en las conchas y en las flechas amarillas? Yo enseguida le señalé el camino verdadero y le dije que me siguiera hasta que diéramos con las flechas, lo que ella agradeció e hizo de inmediato. No mucho después, entramos los dos en un pueblo y ella se encontró con lo que debía ser el resto de su grupo, que estaba tomando un refrigerio en la terraza de un bar, que es donde suelen reunirse los caminantes, aunque a lo largo del Camino haya muchas iglesias, muchas ermitas, muchas basílicas, muchos conventos y muchas colegiatas por todas partes, todas antiguas, monumentales y hermosas.

El otro compañero que se había perdido era de Holanda. De mi edad, más o menos, o quizá más joven. Sí, un poco más joven. Lo digo porque la edad de los hombres la calibro mejor que la de las mujeres. En este caso, es que no estaba claro por dónde había que seguir y yo le enseñé mi reloj y le indiqué la dirección correcta. Con el holandés he ido hablando al tiempo que andábamos, aunque ahora no recuerdo muy bien de qué. De eso que se habla con cualquiera en cualquier parte, seguramente. Hablamos hasta que él se dio cuenta de que íbamos muy deprisa y me despidió con un «sigue tú, que yo tengo que parar un rato».


Luego he tenido un encuentro curiosísimo. Cerca de Bizcarreta, nada más pasar un arroyo, me encontré con lo que parecía un puesto ambulante de libros y botas, aunque si leías un cartelito que había en varios idiomas colgando de una cuerda, como si fuera ropa tendida, te dabas cuenta de que aquello era la biblioteca Kili-kili y los libros te los podías llevar para leerlos en el Camino.

Justo enfrente de aquello, había un señor labrando un huertecillo. Me acerqué a él y le pregunté si tenía algo que ver con aquellas botas y aquellos libros. «Yo no. Hable usted con el señor que hay adentro». Yo miré hacia aquella especie de puesto. Detrás, efectivamente, había una pequeña senda y unas escaleritas que conducían por un hueco abierto en una barrera vegetal. «Vaya, vaya, y hable con él», me animó el hortelano. Como me apetecía, lo hice. Caminé, subí las escaleritas y crucé la barrera.

Y más allá había una especie de campamento circular, con distintas tiendas, carromatos y tenderetes. De una de ellas, salió un hombre. Pedro, se llamaba. Yo me presenté y le hice saber mi curiosidad. Al parecer, forma parte como voluntario de la asociación Los traperos de Emaús, de la que yo no recuerdo haber oído hablar, aunque luego he sabido que es bastante famosa. Pedro, con una voz dulce y cadenciosa, me enseñó lo que había en cada uno de los tenderetes y me explicó lo que se ofrecía en ellos y a lo que se dedicaba la asociación a la que pertenecía. Y, más específicamente, a lo que se dedicaba aquel lugar, que, en resumen, era ofrecer descanso y cultura a los caminantes. 

Descanso y cultura me ofreció a mí su conversación, sobre la que estuve meditando buena parte del camino que me restaba hasta Zubiri, a donde llegué sin mayores problemas después de haber recorrido 22,75 kilómetros, según mi reloj.




jueves, 19 de junio de 2025

1. Roncesvalles o Como un muerto viviente

 

El autobús que me ha traído hasta Saint-Jean-Pied-de-Port estaba lleno de peregrinos, pero me ha dado la impresión de que todos ellos, en cuanto descargaron del vientre del vehículo su mochila y se la echaron a la espalda, se fueron con ella a su alojamiento, donde aguardarían hasta el día siguiente para iniciar el Camino. Yo tengo pensado iniciarlo hoy, ahora, de modo que le doy una vuelta a las calles más próximas a la parada del autobús, peatonales, pavimentada con pavés y llenas de turistas, y enseguida tomo la dirección de esos Pirineos que tengo frente a mí y me separan de España.

Los días son largos. Hay tiempo. Aunque ya es más tarde del mediodía, por mal que se me dé llegaré con luz a mi destino. Me digo todo eso porque tengo una pizca de preocupación. La información disponible da dos posibles vías. Una, la ruta de Napoleón, la más difícil y la más bonita. La otra, la de Valcarlos, menos difícil y menos bonita. La segunda es obligatoria en invierno, cuando los montes están nevados, y se recomienda como la opción más sensata para gente que no las tiene todas consigo. Por ejemplo (y esto es cosa mía), para gente que va sola, tiene más de sesenta y cinco años y el valor se le supone, solo se le supone. Como doy el perfil de la segunda, al perfil me atengo.

Saint-Jean es un pueblo pequeño y en cuanto doy unos cuantos pasos me encuentro andando, loma arriba loma abajo, por un camino asfaltado que me conduce entre granjas y pequeñas explotaciones agrícolas hasta las primeras cuestas. No veo a nadie andando sino hasta un par de kilómetros más adelante, que me encuentro a una chica coreana haciendo fotos con una gran mochila a la espalda. Digo coreana por sus rasgos asiáticos y porque tengo entendido que son una de las nacionalidades más proclives a venir, gracias a la influencia que tuvo allí la serie documental The Way of Santiago, emitida en 2004, que mostró a varios nacionales de aquel país haciendo el Camino, al que presentó como una experiencia transformadora.

Los coreanos son muy amables y ceremoniosos. Al menos los coreanos que andan por aquí, que son muchos. Se protegen a conciencia del sol, incluso con indumentaria oscura. Todos te sonríen y casi todos agachan la cabeza en señal de respeto cuando te desean el «buen camino». Esta también hace todo eso. De modo que deja un buen sabor de boca en mi memoria mientras voy adentrándome en la ruta. Especialmente porque no veo a nadie más. A ningún caminante, quiero decir.

La ruta deja a la izquierda una carretera francesa, cuya cercanía se siente o se presiente hasta que llegas a Arnéguy, un pequeño pueblo en el que he entrado a tomar una Coca-cola y me han hablado en francés, como en francés hablaban los numerosos parroquianos. Si digo lo del francés es porque antes, junto con el euskera, he empezado a ver carteles en español. Luego he visto que hay un puente sobre un río que separa España de Francia, pero allí, en ese pequeño casco urbano conjunto, yo no supe si salía de Francia para entrar en España o salía de España para entrar en Francia. O si he salido y entrado varias veces, pues he tenido la impresión de que la frontera no existía ni siquiera como algo mental, y que españoles y franceses compartían el pueblo, y el bosque que nos circundaba, y las montañas, y el cielo, y el río y todo lo demás, incluido el destino. Algo fabuloso para los que no creemos en los nacionalismos ni en las barreras.


Desde ahí, el Camino se ahonda más en el bosque, dejando ahora a la derecha la carretera nacional 135 de España. Iba bien, pero me ha costado subir la cuesta con trazas de pared que hay antes de Valcarlos, donde he entrado en un bar para pedir una botella de agua, pues había agotado mis existencias. En un banco de la pequeña plaza que hay junto al ayuntamiento, me he sentado para tomar el bocadillo. Desde allí he visto pasar a un peregrino ciclista del que hablaré luego, que me ha llamado la atención porque iba dando muchos pedales para adelantar muy poco. «Creo que va más despacio que yo», me he dicho.

De Valcarlos hasta el puerto de Ibañeta la ruta sigue unas veces por el mismo arcén de la nacional y otras por mitad del bosque. Cuando vas por la carretera, hay que tener cuidado con los vehículos, pues el arcén es muy pequeño o no existe. Cuando vas por el bosque, por senderos en los que apenas cabe una persona, hay que tener cuidado con las señalizaciones y echar mano de todas tus fuerzas, dado que las pendientes son muy pronunciadas.

Esto se tarda poco en escribir y mucho menos en leer, pero puedo asegurar que me ha costado un mundo llegar hasta la cima del puerto. Y que desde que vi a la muchacha coreana hasta ahí no he visto a ningún caminante. ¿Habrán salido mucho antes que yo? ¿Habrán tomado todos la ruta de Napoleón?, me dicho en aquellas soledades. ¿Y si me tuerzo un tobillo? ¿Y si me pasa algo?

Más de seis horas después de la salida, he llegado al puerto, ya digo. Y allí me ha adelantado una muchacha estadounidense (o sea, que no iba tan solo) y me he encontrado con el ciclista al que antes me referí. Me he dirigido a él y le he hablado. Es de Murcia y tiene cuarenta y tantos años. Está haciendo por segunda vez el Camino, pero me ha confesado que no va bien. Le ha costado mucho subir el puerto. «Fíjate que me han adelantado unos que iban andando por la carretera», me ha dicho consternado. Pensaba que le iba a ser más fácil, pero con lo que ha sufrido no sabe qué hará. Le doy ánimos, pero la verdad es que dándole ánimos le miento, pues creo que no está para seguir.

El que sigue soy yo. Cuesta abajo ya hasta que llegó a Roncesvalles, donde entró por equivocación en el patio del albergue, que es lo primero que se pilla viniendo desde el norte, un descampado no muy distinto al de una prisión en el que quince o veinte peregrinos descansan medio alelados, como idos, como almas en pena. O como si hubieran visto llegar a ese muerto viviente que soy yo.

Mi reloj marcaba entonces 27,06 kilómetros.


Aquí la etapa en GRONZE

miércoles, 18 de junio de 2025

0. Saint-Jean-Pied-de-Port o La vuelta al Camino

 «¿A ti te gusta eso?». Un amigo me lo dijo así, añadiendo un gesto de extrañeza, dos días antes de irme, y yo no supe qué contestarle exactamente. ¿Me gustaba? ¿A qué puede llamarse gustar? ¿A lo placentero? Entonces, no me gustaba, porque no iba a sacar placer alguno en ello. No, a la manera que él había disfrutado haciendo algunos tramos del Camino de Santiago en años distintos, con familiares o amigos, con la ayuda de un coche auxiliar, parándose cuando le apetecía y donde le apetecía a tomarse un refrigerio y haciendo una intensa vida social al terminar cada etapa.

Yo iba solo y de una forma un tanto peculiar que no incluía el disfrute. ¿El placer, el disfrute? He visto a mucha gente de Corea, de Australia, de EEUU y de otros sitios lejanos haciendo cada día, solos y cargando con una mochila enorme, una pila de kilómetros con el único objetivo de llegar a su punto de destino, donde los esperaba el suelo o una litera en una habitación compartida y el futuro de un día igual. ¿Qué placer puede haber en ello? ¿Es la satisfacción igual a lo placentero? No lo es, evidentemente, pero resulta difícil de explicar.

A los novelistas nos piden con frecuencia que expliquemos nuestros libros. En las presentaciones, en las entrevistas, en las conversaciones más diversas. A mí me resulta difícil explicar lo que escribo porque lo que escribo es la explicación. Y como veo que esto requiere una apostilla, doy la secuencia de los hechos que hay en toda producción literaria (en toda creación, en realidad): en primer lugar está la realidad, esa en la que vivimos todos, con sus emociones y sus sentimientos, que es la base de toda narración. En segundo lugar, los libros de ficción que se escriben, que explican figuradamente cómo es la realidad, como la explica el Quijote, por ejemplo. Y en tercer lugar está el mundo de los lectores, en el que se incluyen los comentaristas y los críticos. De ese modo, si Cervantes viviera y un periodista le pidiera una explicación sobre su libro, probablemente le contestaría que la explicación es el libro, y que lo leyera y sacara sus propias consecuencias, pues todo lo que él dijera de viva voz distorsionaría lo que de una forma mucho más meditada había querido decir escribiendo.

A mí me resulta difícil explicar por qué volví al Camino de Santiago, pero me propongo escribir una entrada de cada una de las doce etapas que he hecho. Así que si el paciente lector de esta página quiere saber los porqués tendrá que sacar sus propias consecuencias leyéndolas.

Algunas consideraciones previas son necesarias, sin embargo. Yo había hecho el Camino entre Burgos y Santiago hacía siete años. Quinientos cinco kilómetros en total, según me certificaron en la Oficina del Peregrino. Lo hice solo, por mi cuenta y de seguido, alojándome en albergues y hostales, nunca en habitación compartida (sí con baño compartido en ocasiones) y sin el peso de la mochila principal, que me llevó Correos. En esta ocasión, con 66 años cumplidos, mi intención era hacer la parte del Camino Francés que me faltaba, esto es, desde Saint-Jean-Pied-de-Port a Burgos. Doce etapas en total. Lo quería hacer solo, pero de una manera más cómoda, así que le pedí presupuesto a varias de las empresas que prestan ese servicio, que te lo dan todo organizado, de manera que tú solo tienes que preocuparte de caminar. El caso es que todos los presupuestos que me mandaron se iban más allá de lo que yo quería gastarme.

Por eso cambié el plan. Lo he hecho por mi cuenta, pero con dos bases principales, una en Pamplona (una residencia de estudiantes) y otra en Santo Domingo de la Calzada (un piso pequeño), desde las que me he movido con mi coche o en autobús a los lugares de partida y de llegada. El día que hice Saint-Jean/Roncesvalles, por ejemplo, fui a Roncesvalles en mi coche (una hora) y en Roncesvalles tomé el autobús de ALSA que me llevó a Saint-Jean (45 minutos), donde empecé la etapa. La vuelta de Roncesvalles a Pamplona la hice en mi coche. Eso me ha ocasionado pérdidas y ganancias de información, que el lector apreciará a medida que lea los capítulos que siguen.

Mi fuente de información principal ha sido la página web de «Gronze». Para cualquier Camino de Santiago (Francés, Norte, Mozárabe, etc.), esa página es fundamental, pues tiene toda clase de información. Gronze, además, dispone de una app (que yo me descargué) con geolocalización, de manera que te señala sin error alguno el lugar dónde estás y el trazado del camino a seguir. Para geolocalizarme, también, he contado con mi reloj, el cual me ha computado un total de 295,72 kilómetros, y con la experiencia de usuarios de Wikiloc que han realizado los trazados antes que yo. Eso me ha sido imprescindible cuando, como en las dos últimas etapas, me he salido de los trazados «oficiales».

Los lectores que me conocen ya saben lo que pueden esperar de lo que viene. Hay ahí mucha introspección y, como dirían algunos de mis amigos, mucha divagación. A uno se le va el santo al cielo cuando va solo y se le va la mano cuando escribe, pero quienes han caminado conmigo pueden atestiguar que todo cuanto pongo como real es cierto. Luego está la tendencia literaria a embellecer la obra y el postureo que anida en casi todos los artistas, al que yo en modo alguno soy ajeno. No esperen, pues, muchos detalles de los trazados, salvo que el trazado ayude al plano más personal y literario. Para eso ya están otras páginas, como las mencionadas Gronze o Wikiloc.

Hice el Camino entre los días 26 de mayo y 7 de junio, con un día de mudanza de Pamplona a Santo Domingo de la Calzada. En esos días, no escribí nada, pero tomé notas, hice fotos y grabé algunos audios. En base a todo eso y a las huellas que mis vivencias han dejado en mi memoria he escrito las entradas que siguen a esta. No hay nada especial en ellas, pues nada de especial hay en mí ni en lo que yo he hecho, pero me gusta pensar que lo que he escrito le ha ayudado a alguien a sonreír y a reflexionar un poco. 

Ah, y me he gastado más o menos la mitad de lo que me presupuestaron las empresas de gestión.