domingo, 2 de febrero de 2025

Sholombra, reseña de la inteligencia artificial (ChatGPT y Deepseek)

 

Reseña de ChatGPT (USA)

He revisado el texto de Sholombra. Ahora prepararé un resumen que cubra los puntos principales de esta primera obra de la trilogía de Juan Bosco Castilla. Dame unos momentos para organizar la información.

Aquí tienes un resumen de la novela Sholombra de Juan Bosco Castilla, la primera parte de la trilogía:

Resumen:

  1. Introducción y contexto: La historia se desarrolla en Sholombra, una ciudad distópica donde la Verdad es un principio absoluto impuesto por un sistema opresivo. Nereo Kif, el protagonista, posee la capacidad de ver el alma de las personas, un don que le permite conocer sus emociones y pensamientos más profundos. Este poder, sin embargo, lo aísla y lo convierte en un ser incomprendido.
  2. Relaciones familiares: La relación de Nereo con su madre es tensa. Ella lo ve como un ser extraño y perturbador, especialmente tras descubrir su habilidad. Este conflicto se agrava cuando ella encuentra refugio en una relación con Airos Rora, un hombre enamorado de ella, pero incapaz de llenar el vacío emocional que la consume.
  3. El sistema de control social: La narrativa expone un sistema educativo y social basado en la confesión obligatoria y la delación, que anulan la individualidad. Nereo enfrenta este sistema con escepticismo, observando cómo sus compañeros y adultos viven atrapados entre las normas y sus deseos reprimidos.
  4. Encuentros significativos: Nereo interactúa con personajes como Saín, un compañero que lo acusa falsamente, y Lida, la madre de Saín, una mujer de belleza impactante cuya compleja vida lo confronta con sus propios deseos y límites éticos. Estos encuentros profundizan en los conflictos entre lo público y lo privado, la verdad y la mentira, y la moralidad frente a la supervivencia.
  5. Reflexiones filosóficas: La obra está impregnada de cuestionamientos sobre la naturaleza de la verdad, la ética, y el peso del pasado en un mundo que busca reescribir la historia según las necesidades del presente.
  6. El aislamiento de Nereo: A pesar de su habilidad única, Nereo se siente solo y alienado en una sociedad que no puede entenderlo ni aceptarlo. Su viaje interior y sus interacciones con otros personajes lo llevan a confrontar su lugar en un mundo que parece rechazarlos a todos por igual.

Temas principales:

  • El control de la verdad: La novela explora las consecuencias de una sociedad que prioriza la transparencia y la delación por encima de la privacidad y la libertad individual.
  • La percepción del alma: El don de Nereo simboliza la carga de ver más allá de las apariencias, mostrando tanto las maravillas como los horrores del espíritu humano.
  • Aislamiento y conexión: La obra analiza cómo los dones únicos pueden ser tanto una bendición como una maldición, afectando la capacidad de los individuos para relacionarse con los demás.


Reseña de Deepseek (China)

Comentario de la novela Sholombra de Juan Bosco Castilla
Sholombra es una novela que combina elementos de distopía, realismo oscuro y reflexión filosófica, creando un mundo narrativo complejo y perturbador. A través de la historia del protagonista, Nereo Kif, la obra explora temas como la soledad, la alienación, la moralidad, el poder de la percepción y la naturaleza humana en un contexto social opresivo y decadente.
Contexto y ambientación
La novela está ambientada en una sociedad distópica, Sholombra, donde la verdad y la historia están manipuladas por un sistema autoritario que controla la información y la memoria colectiva. Los historiadores, organizados como un ejército, reescriben los hechos para adaptarlos a las necesidades del régimen, eliminando cualquier rastro de disidencia o contradicción. Este control absoluto sobre la narrativa histórica refleja una sociedad en la que la individualidad y la autenticidad están suprimidas, y donde los ciudadanos viven bajo la constante vigilancia de un sistema que premia la conformidad y castiga la transgresión.
El protagonista, Nereo Kif, es un personaje atormentado por su capacidad única de ver el alma de las personas. Este don, que podría parecer una bendición, se convierte en una maldición, ya que lo aísla de los demás y lo sumerge en un mundo de desesperanza y cinismo. La novela explora cómo esta habilidad lo lleva a un camino de autodestrucción y violencia, mientras intenta navegar por un mundo que no comprende y que lo rechaza.
Temas principales
1. La percepción y la verdad:
El don de Nereo de ver el alma de las personas lo convierte en un observador privilegiado de la verdad interior de los demás. Sin embargo, esta capacidad no lo acerca a la felicidad, sino que lo sumerge en un abismo de desesperación. La novela cuestiona la naturaleza de la verdad y cómo esta puede ser tanto liberadora como opresiva. En un mundo donde la verdad oficial es manipulada, la capacidad de Nereo para ver más allá de las apariencias lo convierte en un marginado, alguien que no puede encajar en una sociedad basada en la mentira y la simulación.
2. La soledad y la alienación:
Nereo es un personaje profundamente solo. Su capacidad para ver el alma de los demás lo aleja de las relaciones humanas normales, ya que no puede evitar ver la hipocresía, el dolor y la desesperación que se esconden detrás de las máscaras sociales. Esta soledad lo lleva a cometer actos cada vez más oscuros, como el asesinato del novio de Ania, la mujer de la que se enamora. La novela explora cómo la alienación puede llevar a la violencia y la autodestrucción, y cómo la falta de conexión humana puede corromper el alma.
3. El amor y la obsesión:
El amor de Nereo por Ania es central en la trama, pero está lejos de ser un amor puro o redentor. Es una obsesión que lo consume y lo lleva a cometer actos atroces. La novela muestra cómo el amor, cuando se convierte en obsesión, puede ser destructivo tanto para el amante como para el objeto de su amor. Nereo no busca el bienestar de Ania, sino poseerla, y esta posesión lo lleva a matar a su rival, Damiel, y a perseguir al exnovio de Ania con la intención de eliminarlo también.
4. La moralidad y el crimen:
La novela plantea preguntas incómodas sobre la moralidad y la justificación del crimen. Nereo no es un villano tradicional; es un personaje complejo que comete actos horribles, pero que también es víctima de su propia naturaleza y del mundo en el que vive. La novela no justifica sus acciones, pero las contextualiza en un marco de desesperación y alienación. Nereo se convierte en un monstruo, pero también es un producto de una sociedad que lo ha rechazado y lo ha empujado al borde de la locura.
5. La decadencia social:
Sholombra es una sociedad en decadencia, donde las instituciones han perdido su sentido y los ciudadanos viven en un estado de apatía y desesperanza. La novela refleja una sociedad que ha perdido sus valores fundamentales y que se desmorona bajo el peso de la corrupción y la hipocresía. Los personajes secundarios, como la madre de Nereo, Don Airos Rora, y los compañeros de clase de Nereo, representan diferentes facetas de esta sociedad enferma, donde las relaciones humanas están marcadas por el desencanto y la falta de autenticidad.
Estilo y estructura
El estilo de Juan Bosco Castilla es denso y reflexivo, con un lenguaje que combina la crudeza del realismo con la profundidad de la introspección filosófica. La novela está estructurada en capítulos que alternan entre la narración de los eventos y las reflexiones del protagonista, lo que permite al lector adentrarse en la mente de Nereo y comprender su descenso hacia la oscuridad.
La prosa es detallada y a veces opresiva, reflejando el estado mental del protagonista y la atmósfera asfixiante de Sholombra. Castilla utiliza imágenes poderosas y símbolos recurrentes, como el río Novorm, que representa el flujo inexorable del tiempo y la inevitabilidad de la muerte.
Conclusión
Sholombra es una novela oscura y desafiante que explora los límites de la moralidad, la naturaleza del amor y la alienación en un mundo distópico. A través de la historia de Nereo Kif, Juan Bosco Castilla nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de la condición humana y las consecuencias de vivir en una sociedad que ha perdido su rumbo. Es una obra que no deja indiferente al lector, y que plantea preguntas incómodas sobre la verdad, la soledad y el precio de la autenticidad en un mundo dominado por la mentira.






viernes, 31 de enero de 2025

Siento el asombro de un lector solitario

 

Esta página tiene sus lectores. No muchos (el número de visitas puede verse en el contador que hay en la columna de la derecha), pero sí fieles, y algunos de ellos me comentan con sincera satisfacción lo que pongo. De esos, algunos me han dicho que les gustan mis artículos, pero no mis novelas, especialmente las últimas que he publicado. Les parecen demasiado imaginativas, demasiado irreales, y, en algunos casos, demasiado especulativas, porque algunos párrafos los obligan al ejercicio de tener que leerlos varias veces para entenderlos. Además, muchos de ellos se pronuncian desde el principio contra las utopías y las distopías, que casi siempre asocian con seres extraordinarios o, circunstancialmente, con situaciones ajenas a la realidad que los circunda y les interesa. Muchos de mis lectores me piden, en fin, que vuelva a los inicios y escriba novelas como El catedrático implacable o El farero, con las que disfrutaron leyendo.

A mí me gustaría dar satisfacción a esas personas, de verdad. Pero uno escribe lo que le sale. Además, uno se debe a sí mismo como escritor. Uno busca la creación, el arte, la sublimación. Y lo busca después de haber andado un camino, sabiéndose mucho más dominador de la técnica y, sabiéndose también, más hecho como persona.

Los libros son (parodiando a esa famosa canción de Manolo García) como pájaros de barro que el escritor echa a volar después de haber estado fabricándolos durante mucho tiempo, durante varios años. El lector debe imaginarme sentado frente al ordenador, casi siempre de madrugada, en absoluto silencio y en la más absoluta soledad. Hay un esfuerzo grande detrás de esa labor diaria. Y hay, sobre todo, una enorme labor de introspección, de búsqueda dentro de mí.

Si yo viviera de escribir, fabricaría pájaros de barro para ponerlos en un escaparate, pensando en los gustos de la gente, y vocería a los cuatro vientos que son los mejores. Y lo mismo haría si mi satisfacción primera fuera el éxito de público. Pero yo he sido funcionario y he podido vivir con algo más que dignidad de mi sueldo, como ahora lo hago de mi pensión. Y aunque me gusta el éxito de público (el dinero y la vanidad, como diría Joan baptista Humet), esa no es mi satisfacción primera, sino la segunda, la que se tiene cuando la obra ya está creada.

Yo hago pájaros de barro y los dejó en el patio de esta página, libres, fuera de una jaula, esperando el milagro de que un hada, como hizo con Pinocho, les dé vida para que vuelen por sí solos. No de otra forma podría llegarles el éxito, pues casi no los promociono. Mi satisfacción fundamental es la del Alfarero-Hacedor Supremo, ese que creó por el gusto de crear un universo y, luego, no promocionó su obra, sino que se retiró a descansar. Pero antes, en ese mundo, había incluido seres emocionales y contradictorios dentro, a nosotros, a ti y a mí, y a todos los que son como nosotros, incluidos los que van para santos y los que acaban siendo asesinos (sobre esto trata en buena parte La piel de las estatuas, mi última novela).

De vez en cuando, aunque sea rara vez, alguien se anima a comprar uno de mis libros (en Amazon puedo saber cuántos libros vendo) y, entonces, me pregunto quién podrá ser ese comprador anónimo con el que me siento extrañamente identificado. ¿Comprenderá mi esfuerzo, lo que yo he querido expresar? ¿Me comprenderá? Porque en el fondo eso es lo que busco: compañía, negar mi soledad existencial, introducir a alguien más en el diálogo que tengo conmigo mismo cuando escribo.

Ya he dicho aquí que, de entre todas mis obras, las que más me agradan son las que se incluyen en la trilogía de Occidente, esto es, Sholombra, De Sholombra a Nógdam y Nógdam. Les tengo un cariño especial porque les dediqué muchos años de mi vida y porque en ellas se crea un mundo con un montón de seres dentro que forman sociedades y tienen sus normas.

Esto de crear un mundo suena raro en algunos oídos. ¿Por qué crear otro mundo en lugar de hablar de este, en el que vivimos? ¿No hay suficientes emociones y sentimientos aquí como para llenar de contenido las historias más hermosas? A eso yo respondo que sí. Y, de hecho, la mayoría de mis libros tienen como fondo nuestro mundo, incluso mi cercano mundo de Los Pedroches. Pero hay historias que solo se pueden contar después de haber creado un mundo nuevo. La Biblia es, por ejemplo, un conjunto de historias extraordinarias sobre un mundo recién creado.

Recuerdo que un amigo, en mi lejana vida de estudiante universitario, contestó a varios comentarios míos sobre una muchacha muy hermosa, a la que yo tenía idealizada, con una frase definitiva: «Sí, pero caga». Aquí, fuera de contexto, la frase resulta, cuando menos, tosca y ordinaria. Pero siempre pensé que detrás de la anécdota podría haber una historia para un libro. Por ejemplo, la de una mujer tan hermosa tan hermosa que sus heces no fueran como las del común de los mortales.

En el mundo en el que el lector y yo conectamos ahora mismo, hablar de esa anécdota me ha obligado a un esfuerzo en el lenguaje para no parecer grosero. Pero la historia completa de esa mujer existe en la novela De Sholombra a Nógdam (para mí, mi mejor obra), y en ese mundo esa mujer extraordinaria y otros hombres y mujeres (ordinarios o extraordinarios) tienen emociones y sentimientos que son como los de este mundo, como los de todo el mundo, como los tuyos, amable lector de esta página.

Las emociones y los sentimientos van asociados a la naturaleza humana y no varían ni con el espacio ni con el tiempo, ni varían con el marco en el que se desenvuelve la historia, sea real o sea ficticio. Lo importante es que el marco esté bien definido, que los personajes sean creíbles y que la historia esté bien contada.

Y hablando del marco de la historia, el marco actual de nuestra propia historia, aquel en el que ahora mismo vivimos, resulta demoledor ante cualquier mirada reflexiva. Si lo pensáis un poco, ¿no os da la sensación de que vivimos en una distopía? A mí, personalmente, me da la sensación de que el mundo que creé con la intención de que se pareciera a nuestro Occidente (por eso llamé así a la trilogía) es ahora más que nunca una réplica casi perfecta de nuestro mundo.

El desequilibrado juego entre la verdad y la mentira que nos embrutece y nos atonta está en Sholombra, los nacionalismos y los populismos que nos aborregan están en Nógdam y el poder de los oligarcas que nos oprime está en De Sholombra a Nógdam, como lo está la deriva ultra de algunas fes y de algunas ideologías de nuestro tiempo, los muros físicos que separan los países y el afán tan humano por huir de todo aquello que ilumine nuestro entendimiento si ese entendimiento nos produce pesar. En las tres está eso de lo que tanto se habla ahora, el relato, ese relato con el que los políticos y los periodistas afines a ellos nos muestran una realidad distorsionada conforme a sus intereses, están el poder, la amistad, el amor y el sexo y más, mucho más, sobre las vidas de los personajes y las vidas de las sociedades en las que esos personajes se integran (nosotros y nuestras sociedades), cuyos detalles no puedo citar sin parecer presuntuoso o sin cansar al lector.

El caso es que, en vista de que Amazon ofrece la posibilidad de publicar los libros en pasta dura, los he sacado así (aquí, aquí y aquí). No los he corregido. Ni siquiera los he leído. Lo he hecho porque me siento orgulloso de ellos y porque creo que están de máxima actualidad. Si sois de esos lectores que huyen de las obras de fantasía, sabed que estas novelas no lo son. Y si tenéis ideas previas negativas sobre las distopías, sabed que Un mundo feliz y 1984 también lo son, y ambas son obras geniales. Y acaso también sea una distopía nuestro mundo, como dije antes. ¿No pensaría eso, si nos viera, un hombre de la antigüedad o, incluso, cualquiera de nuestros tatarabuelos? ¿No pensáis eso vosotros cuando le echáis un vistazo a los libros de Historia?

En todo caso, en mi web hay mucha información sobre la trilogía y se pueden descargar gratis los archivos de todas las obras.

En mi web, también, pueden verse las reseñas que la inteligencia artificial (ChatGPT, de USA, y Deepseek, de China) hizo de cada una de las novelas, después de que le remitiera los textos y le pidiera una opinión sin revelarle que yo era el autor ni proporcionarle información que pudiera condicionar su juicio. Mi intención es publicar en este blog esas opiniones en los días que vienen.

Mi renacido interés por estas novelas creo que se lo debo a ellas mismas, que de alguna forma tienen vida propia y son independientes de mí. Y creo que se lo debo a ese yo hacedor que tanto tiempo de su vida dedicó a crearlas.



viernes, 10 de enero de 2025

La lealtad del perro guardián

 

Yo paseo con frecuencia por un camino en el que un perro enorme viene corriendo a ladrarme, furioso, amenazador, y va ladrándome pegado a la cerca de malla a lo largo de toda la finca. Ya me conoce. Me ha visto y olido muchas veces y sabe que solo paso por allí, que mi única intención es bordear la tierra de su amo y seguir mi camino. Lo sabe, pero desconfía. Desconfía de mí y de todo el mundo, aunque todo el mundo sea una buena persona y su amo no. Desconfía de todo el mundo que no sea su amo porque en su naturaleza está la devoción del lobo, del que proviene, en virtud de la cual pone todo su ser al servicio del líder de la manada, sin más razones ni más convicciones, sin criterio alguno, guiado solo por una fe ciega, aunque eso suponga la destrucción del inocente o su propia destrucción.

Los caminantes, en fin, sabemos que el perro no es el mejor amigo del hombre, sino de su amo, especialmente si se trata de un perro guardián. Lo he recordado ahora que veo en las noticias los llamamientos que hacen a la lealtad líderes de dentro y de fuera, de esto y de lo otro. Lealtad entendida no como actitud hacia la coherencia personal, sino hacia la coherencia del grupo, esa que marca el líder supremo y muta en función de sus intereses.

El perro guardián necesita de un enemigo exterior, pues solo así tiene sentido su trabajo. Su mundo es binario. Se divide entre mi amo con sus perros guardianes (los nuestros) y los otros amos con sus perros guardianes (los otros), a los que siempre se considera enemigos, pues entre los amos existe un conflicto permanente por las lindes de los terrenos.

Como el mundo del perro guardián es binario y en su cabeza no caben más razones que las órdenes de su amo, que sin embargo tiene como producto de su reflexión, para él todo lo que está fuera de su finca es el resto del mundo. No entiende de caminos públicos, ni de senderos que se bifurcan, ni que haya gente que va por un camino hoy y por otro camino mañana. Para él, está su finca y las otras fincas. Su razón y la razón del enemigo. Su amo y los otros amos.

De hecho, el perro guardián entiende mejor a los otros perros guardianes, con los que mantiene frecuentes peleas pero son de su misma naturaleza, que a esos caminantes que unos días pasan solos y otros acompañados o, incluso, que unos días van por un camino y otros por otro, libres, dependiendo de nunca entenderán muy bien qué, porque ese comportamiento inconstante no cabe en su mundo de cánones perfectos.

Y si por casualidad dudan, los perros guardianes dejan la protección de las lindes a otros compañeros y se suben a un altozano de la finca, desde donde pueden ver lo que hay más allá de los cercados. Y entonces se dan cuenta de que lleva razón su amo. De que afuera el mundo es complejo y no hay certezas, sino dilemas, incertidumbres y contradicciones, que siempre acaban asociando a la infelicidad.



lunes, 6 de enero de 2025

2024

 

          El tiempo tiene sus ritmos, sus tiempos, que son inalterables. El tiempo pasa, y ya está. De tan obvio como parece, puede resultar cándido decirlo, o incluso una simpleza. Pero precisamente porque parece tan obvio no lo es en absoluto. Y, de hecho, sin darnos cuenta, casi siempre demandamos del tiempo una condición que le es ajena: queremos que vaya más deprisa, o más lento, según nuestros intereses. Y, como eso no ocurre, muchas veces caemos en la ansiedad.

          El tiempo pasa, y ya está. Es como un tren en el que vamos todos, en el que va todo. Hay cosas que se consiguen moviéndose dentro del tren, pero las más importantes son aquellas a las que el tren te lleva. Lo saben las plantas, que dependen de las estaciones. Y los animales, que ajustan sus ciclos vitales a los ritmos que el tiempo ha puesto en la naturaleza. Y lo saben los seres humanos sabios, que tienen en la adecuada gestión del tiempo una de las asignaturas fundamentales en el arte de vivir.

          El tiempo pasa, y ya está. Y te va enseñando. Yo, por ejemplo, hice un esfuerzo enorme para hacer al mismo tiempo el servicio militar y un curso de la carrera de Derecho, que ahora descubro de poca utilidad, pues muy poco gané con ello.

          Como el tiempo pasa, y ya está, desear cumplir años para que pasen las cosas es como desear que no pasen para mantenerse joven. Yo tengo 65 años. Lo que la naturaleza (la vida) espera de mí es que me comporte como un hombre de 65 años. El otro día se lo dije a alguien en una tienda, cuando me indicó que la edad no tiene importancia, que lo importante es la disposición. «La disposición, sí, pero de acuerdo con la edad que tengas», le contesté. Así, comportarme a estas alturas como un muchacho ni sería natural, ni sería sano, ni sería estético.

          Como el tiempo pasa, en 2024 cumplí 65 años, como acabo de decir, y me jubilé. Lo hice con honores, pues como honor puede entenderse el que me despidieran con cariño mis jefes y mis compañeros. Con honores se jubiló también Carmen en 2024. De modo que ahora andamos los dos de aquí para allá sin saber muy bien en qué día estamos, pendientes de unas obligaciones que en realidad no son obligaciones, porque nos las saltamos si nos apetece, y pendientes, sobre todo, de nuestra nieta.

          Porque esa es otra. Como el tiempo pasa queramos o no, mis hijos se han hecho mayores y uno de ellos ha tenido en 2024 una hija, que ahora es el centro de atención de la familia.

          Como el tiempo pasa, no hay más éxito que el vital. Todos los demás éxitos son fruslerías, un El Dorado de baratija, el papel que envuelve el regalo de la vida. Eso también lo aprende uno con los años. Andar por esos caminos de Dios y escribir libros forman parte de la vida, solo parte, como antes lo fue el trabajo, y no la parte más importante.

          Como el tiempo pasa, un día recibiré una noticia terrible sobre mí salud, definitiva, y moriré. Pero hasta entonces estoy aquí, rodeado de los míos y escribiendo cosas como esta, y eso debería ser suficiente para mantenerme ajeno al pesimismo.

Miró atrás, al 2024, y me siento un hombre afortunado: ha ocurrido todo lo que tenía que ocurrir para mi éxito vital y tengo la sensación de ser querido por quienes de verdad me importan. ¡Qué más puedo pedir! ¡Ojalá y mis circunstancias sigan así mucho tiempo!



viernes, 29 de noviembre de 2024

Totalán

 


El arroyo Totalán tiene en su desembocadura un puente que une los términos de Málaga y Rincón de la Victoria. Al oeste del puente, en Málaga, hay una playa canina y, enfrente de esta, un aparcamiento para caravanas que suele estar lleno, en cuya primera fila, la que pega a la senda peatonal que hay entre el aparcamiento y la playa, siempre hay unos cuantos turistas sentados en hamacas, ensimismados en el juego de los perros con sus amos, o en el mar, o en el horizonte, y, a la vez, mirando inadvertidamente en lo más profundo de sí mismos. Al otro lado del puente se halla La Cala del Moral, que es una barriada de Rincón de la Victoria con la que forma una sola unidad, aunque sus paseos marítimos están separados por unos acantilados atravesados por los túneles del antiguo ferrocarril, que fueron durante la Guerra Civil paisaje de La Desbandá y hoy hacen la delicia de los caminantes.

En la ruta que con frecuencia hago hacia el este pegado al mar, paso por ese puente sobre el arroyo Totalán, y siempre que lo hago me dejó impresionar por la imagen de sequedad, aspereza y desamparo del cauce, que por allí es anchísimo. Varias veces he remontado un par de kilómetros el cauce para cruzarlo, seguir por las montañas hacia el oeste y salir a Málaga por Jarazmín, que está detrás de El Palo, pero nunca he seguido cauce arriba, hacia el pueblo de Totalán, un asunto que tenía pendiente. Lo he cumplido ahora, que la curiosidad me ha picado más de lo habitual tras las noticias que los días pasados hablaban del miedo que habían causado los arroyos tras las lluvias torrenciales.

A mí siempre me ha llamado la atención la relación que las gentes de todo el mundo tienen con el agua en movimiento, sea del mar o sea de los ríos o los arroyos. El agua es la naturaleza en su sentido más puro, más libre, y, en consecuencia, menos sujeto a los límites que le imponen los hombres en su provecho: llueve cuando la naturaleza quiere, donde quiere y lo que quiere. Y lo mismo pasa con las causas que afectan al nivel del mar. Además, la memoria de la naturaleza se mide en millones de años y sobre ella no actúa el olvido, en tanto que la memoria humana es frágil y sobre ella actúan con frecuencia los intereses espurios.

Por aquí se ven carteles que piden a la autoridad el deslinde del dominio público marítimo, a fin de que quede claro qué terreno es particular y cuál del Estado, prueba manifiesta de que, en otro tiempo, por unas causas o por otras, se edificó demasiado cerca del mar. Y por aquí pueden verse cauces de arroyos secos que son calles, donde se aparcan los coches con la confianza de que nunca pasará nada o de que ya lo quitaré antes de que la corriente se lo lleve.

Los arroyos de este lado de la costa nacen en las montañas próximas y tiene un corto recorrido. Por lo general, y aunque se llamen ríos, no llevan agua al mar más que cuando llueve, porque o se la traga la tierra o se la tragan las huertas y las poblaciones. Son muchos, y unos están a poca distancia de otros. Tienen poca cuenca y, aparentemente, su cauce domesticado puede convivir con el ser humano sin mayores problemas, aunque ya se sabe lo que ocurre con lo salvaje cuando se domestica, que, por manso que aparente ser, nunca pierde su natural violento. Cuando llueve aquí, en fin, puede llover a lo bestia, y entonces los arroyos se convierten en corrientes feroces, que reclaman lo que es suyo y le fue arrebatado por el hombre.

El arroyo Totalán (yo lo llamaré así, mejor que río) es uno de los más grandes de esta parte de la provincia. Para remontarlo, lo más cómodo es hacer el primer trayecto por la acera pegada al cauce, en la parte de La Cala del Moral, la que pasa junto al campo municipal de fútbol y, luego, discurre sobre adoquines de hormigón hasta la rotonda del centro comercial. Ahí, entre otros muchos carteles, hay uno de New Scandalo, el más famoso puticlub de Málaga, que se promociona con el tentador eslogan «porque te lo mereces» (¡quién no se merece lo mejor!), sobre el que ahora he leído un interesante artículo que Lorena G. Maldonado escribió hace años en El Español.

La acera sigue en paralelo a la fachada del centro comercial, pero ya muestra por aquí los signos del abandono, como que los adoquines próximos a los alcorques están levantados por las raíces de los árboles y no hay césped artificial junto a la senda. Más adelante, no hay árboles, sino solo los postes de las farolas, además de una hilera de coches aparcados entre el quitamiedos y la calzada.



El aire glamuroso de la urbanización playera y sus construcciones se ha quedado muy atrás cuando, en plena zona rural, poco antes del gigantesco viaducto de la autopista que cruza el arroyo, tengo que dejar lo que ya es carretera más que calle para caminar directamente por el cauce. En ese momento, uno, que ha percibido lo pobremente cuidado que está el paisaje, se da cuenta de lo cutre que puede llegar a ser.

He mirado la palabra «cutre» en el diccionario porque no quiero ser ofensivo, pero tampoco quiero quitarle a la adjetivación un ápice de exactitud. Según la RAE, la segunda acepción de cutre es: «Pobre, descuidado, sucio o de mala calidad. Un bar, una calle, una ropa cutre». Pues eso, un paisaje cutre. Mejor decir eso que solo feo. Y la culpa, evidentemente, no es de la naturaleza que hizo el paisaje, por árido que este sea, sino del paisajista que lo moldeó, esto es, de la mano del hombre.

Porque en pleno 2024 uno tiene aquí la impresión de haber retrocedido a los años de su infancia, allá por los sesenta del siglo XX, cuando las primeras megainfraestructuras públicas convivían con la presión deforestadora, las calles terrizas y las pobres construcciones de los pobres, que se hacían aquí y allá, en cualquier parte, privada o pública, grande o pequeña, lo mismo daba si era el anchurón de un camino que una vía pecuaria, la playa que el dominio público hidráulico.

Junto al arroyo, ya en término municipal de Totalán, hay grupos de construcciones, alguna de ellas de varias plantas, a las que solo se puede llegar por el cauce, que es un descampado polvoriento en el que las rodadas de los coches han trazado los accesos, como trazan una vereda las pisadas repetidas de un pastor. ¿Y cuando llueve? ¿Cómo se llega a esas viviendas cuando llueve?

¿Dónde estaba la Administración cuando se hizo esto, que era manifiestamente ilegal? Las administraciones, mejor dicho, porque hay varias con competencia sobre la materia. ¿Miraban hacia otro lado porque eran pobres y necesitados quienes realizaban esas construcciones y en algún lugar tenían que vivir? ¿Lo hacían por solidaridad, pues? Si eso era lo solidario, ¿por qué no lo permitía el legislador, siendo la ley la expresión de la voluntad popular? ¿O las autoridades miraban para otro lado por indolencia o por cobardía, o, ya en democracia, por interés electoral, y decían eso tan socorrido de «yo no sé nada, todo es bajo tu responsabilidad»? No soy capaz de contestarme. Supongo que habría de todo un poco, como ocurre siempre.

Intento seguir las rodadas de los coches sobre el cauce para ahorrarme lo más pedregoso del suelo, pero llega un momento en que desaparecen las rodadas y caminar campo a través recobra toda su expresión. Un poco más adelante, veo venir agua por el cauce. Es una corriente pequeña, de agua clarísima, pura, que acaba tragada por la tierra reseca, aunque se va haciendo más caudalosa conforme voy remontando el arroyo.



Para cuando me sobrepasa un caminante, la corriente tiene ya varios brazos y debo elegir entre las varias sendas que se me abren para optimizar mis pasos. «¿Voy por aquí bien a Totalán?», le pregunto. «Sí, no hay pérdida. Cuando se encuentre con la carretera, salga a ella y sígala», me contesta. Es un muchacho alto, casi tanto como yo o más, que viste camiseta negra y pantalón corto negro y camina a grandes zancadas, salvando sin problemas, aquí y allá, alguno de los brazos de la corriente. Se ve que conoce el camino y opta por la mejor opción, así que lo sigo a distancia, aunque eso me obligue a ir más rápido de lo iba.

Por este tramo, el paisaje ha mejorado mucho. Se ven algunos tubos en el cauce, semienterrados o cortados, que no sé de dónde vienen ni para qué sirven, pero el panorama ha recobrado bastante de la potencia solitaria y desértica primitiva, y las corrientes de agua prístina le dan una gracia bautismal, como de haber borrado pecados originales, lo que la consciencia (que no la conciencia) agradece mucho.

Ahora no sé si fue antes o después de haberme tropezado con el puente de la carretera de Totalán cuando (yendo ya solo, pues el muchacho se había vuelto) descubrí que el agua no venía de ningún lado, sino que salía de la tierra, como si la corriente hubiera estado sumergida y quisiera ver la luz allí mismo.

Como no me gusta andar por las carreteras, seguí por el cauce en paralelo a ella hasta una pequeña construcción cilíndrica, blanca y con una puerta metálica azul, que se levanta sobre una peana de pedruscos para salvar la corriente. Sobre uno de esos pedruscos, hay una señal de dirección correcta, según el sistema europeo de señalización de senderos, y sobre otro hay una placa que dice: «Atención peligro por avenidas. El recorrido va por el cauce del arroyo Totalán durante aprox. 3,5 km». Allí mismo, se juntan el arroyo Olías con el arroyo Totalán y la carretera, tras cruzar el primero de ellos, se separa de los cauces de ambos para gatear hacia el pueblo.


Aquí, justo cuando entra un ciclista en el cauce para seguir por unas rodadas de coche, me salgo del arroyo y tomo la carretera. Tiene muy poco tráfico. Cruza el arroyo Olías y empieza a subir, lo que mantiene en los dos kilómetros siguientes dejando siempre a la vista la fachada oeste del pueblo, una línea de paredes blancas y tejados rojos elevada sobre un barranco y recortada sobre las grises montañas de la Axarquía, que tienen en sus montes más cercanos líneas verdes de olivos.

Si exceptuamos lo mal que le sientan al paisaje algunas construcciones próximas a la carretera, especialmente en la parte más baja, desde el arroyo Olías a Totalán el camino es bonito. Son dos kilómetros más o menos, todos de subida tendida y cómoda que se hace al principio por la misma calzada que hay para los coches y, tras el cruce con la carretera de Olías (pedanía de Málaga que algunas veces se ve arriba y a la izquierda como una mancha blanca), por el llamado paseo De la Salud, según dice un gran cartel hecho con obra de tejas, hierros y ladrillos, en cuya construcción creo que intervino un taller de empleo. Y digo creo porque lo estoy escribiendo de memoria y me suena haber leído allí otro cartel que decía algo parecido. En el paseo, en una de las primeras curvas, hay un algarrobo enorme en el acerado que da nombre a un mirador precioso, en el que me entretuve un rato.

Fue mi última parada hasta Totalán. Me habría gustado detenerme en el cementerio, que se queda a la izquierda poco antes de entrar en el pueblo (los cementerios de los pueblos de Málaga son todos bonitos), pero se me hacía tarde y dejé la visita para otro día, que viniera en coche y con más tiempo. En su lugar, me paré en el bar El Arroyuelo, que está un poco más adelante. Este establecimiento tiene la barra a la derecha de la entrada y a la izquierda unas cuantas mesas. Es un local eficiente, que sirve barato para lo que sirve, que es dar bebida y comida, como ocurría antes de que se pusieran de moda las sensaciones que rodean al hecho simple de alimentarse y tener una conversación.

Yo me senté al fondo, con la vista hacia la puerta, junto a una mesa en la que coloqué un café con leche y un pastelito industrial que me comí pelándole poco a poco el papel de celofán (o de lo que sea), como si fuera un plátano, mientras le echaba un vistazo a la parroquia. En barra, con los codos apoyados en la mesa, había dos o tres hombres con apariencia de pensionistas recientes (como yo) que a todas luces eran del pueblo, cada uno por su lado, silenciosos y de movimientos escasos y pausados, como dejándose consumir por el tiempo. Junto a una mesa, entre la puerta y yo, había cinco jóvenes en animada charla. Tres eran españoles y dos (un chico y una chica), extranjeros, porque hablaban un buen español con acento guiri.


En cuanto me acabé el café, salí del bar. Según la ruta que me había hecho, debía continuar hacia el sur por la calle que bordea el barranco del arroyo Cao, que es un afluente del Totalán. Aunque estaba seguro, le pregunté (por preguntarle, por hablar un rato) al primer vecino con que me topé. «¿Para el arroyo Totalan, dice?: siga to recto, to recto», me contestó. La verdad es que no hay pérdida. Para los que son de mi zona, les diría que Totalán está en lo alto de un cerro que corre de norte a sur entre los barrancos de dos arroyos, el Cao y el Totalán, como está el cerro de las Obejuelas entre el río Cuzna y el río Gato, aunque en Totalán todo es más pequeño y está mucho más marcado.

A la espera de más detenimiento en otra visita, no puedo hablar del pueblo más que lo que vi mientras lo atravesaba, y lo que vi me dejó la impresión de que me hallaba en uno de esos hermosos pueblos de la Axaquía que han respetado su casco histórico y lo muestran orgullosos a los visitantes. En ese recorrido escaso, pude ver el monumento a Antonio Molina (cuyos padres nacieron aquí), la torre del Violín, junto a la que hay un cartel explicativo de su importancia histórica, la fuente de la Chanfaina (la chanfaina es el plato típico de la localidad, cuya fiesta anual se celebraba al día siguiente, último domingo de noviembre) y la fachada de varios edificios públicos, como la principal del ayuntamiento, pequeña y muy coqueta.

Cuando el pueblo se acaba, que es pronto, empieza una cuesta abajo impresionante, con pavimiento de hormigón, que según mis cuentas tiene una pendiente media del 20%, más o menos. «¡Vaya cuestecitas tienen ustedes aquí!», le dije a un vecino que me miraba pasar desde la entrada de una casa de campo, al que saqué de su embelesamiento porque estaba como abstraído viéndome cómo retenía mis pasos en la pendiente, como dudando de mi razón, cómo diciendo ¿y adónde va este?

Cuando estuve de nuevo en el arroyo, todo era desandar el camino. Así que solo dejo constancia de dos hechos que llamaron mi atención durante la vuelta. El primero, que descubrí a uno de mi pueblo cuando vi venir a lo lejos a cuatro caballistas (pozoalbenses por el mundo somos), en el tramo con más agua del arroyo. Y el segundo, que me sorprendió lo pequeña que es la calle Totalán en La Cala del Moral, a la que fui por curiosidad antes de recoger el coche, pues suponía que la vecindad de ambos pueblos obligaba a una calle de más fuste.

Buena mañana, en fin. Ojalá respete la naturaleza durante mucho tiempo mi físico y mi memoria para que pueda seguir caminando y recogiendo por escrito estas pequeñas crónicas.
Para ver la ruta en wikiloc, pincha sobre la imagen





jueves, 17 de octubre de 2024

Más sobre el despoblamiento de Los Pedroches

 

La gente no se va de nuestros pueblos porque se estén quedando sin oficinas bancarias, sino al revés: los bancos se van de los pueblos porque estos se están quedando sin gente. Y, luego, solo después de que los bancos se hayan ido, tal vez se vaya alguna gente de los pueblos porque no hay oficinas bancarias. Torrecampo, por ejemplo, ha tenido hasta tres oficinas bancarias abiertas a la vez en tiempos relativamente recientes (de CajaSur, Caja Rural y BBVA y, antes, de la Caja Provincial de Ahorros de Córdoba), además de varias corresponsalías, y, mientras estuvieron, el proceso de despoblación siguió su curso.

La gente no se va de nuestros pueblos porque se cierren unidades escolares, sino al revés: se cierran unidades escolares porque hay pocos niños, tan pocos que no son suficientes como para que puedan ser mantenidas, y algunos de los pocos que hay son mandados por sus padres a colegios de fuera pensando que eso es lo mejor para ellos. Si nace un niño al año (como a veces ha ocurrido en pueblos de más de mil habitantes), o dos, o tres, o cinco, no se puede exigir con razón que se mantenga una clase abierta para la generación de los niños nacidos ese año a lo largo de toda su vida escolar.

La gente no se va de nuestros pueblos porque no haya puestos de trabajo: cuando alguien quiere hacer una obra en una casa de alguno de nuestros pueblos, se encuentra con problemas, porque no hay albañiles suficientes, ni carpinteros, ni herreros, ni personas que desempeñen trabajos parecidos. Y lo mismo pasa si alguien necesita trabajadores para el campo o la ganadería, o camioneros, o camareros, o si los necesita para cuidar de nuestros mayores.

La gente no se va de nuestros pueblos porque no haya autopistas o carreteras suficientes. Antes, cuando la carretera de Córdoba era poco más que un camino asfaltado, había un furgón que iba a diario a por pescado a las lonjas de la costa y lo traía a Pozoblanco y a otros pueblos más lejanos, y ahora, con mejores carreteras, no lo hay. Cuando las carreteras de nuestra comarca eran horrorosas, en nuestros pueblos había multitud de comercios de todo tipo, y profesionales, y en ellos vivían el médico y los maestros, cosa que ahora no suele pasar. Con las carreteras que hay, la COVAP ha sido capaz de desarrollarse, de moverse a diario por Los Pedroches y de poner sus productos en cualquier parte de España y varios países del mundo.

La baja natalidad de nuestros pueblos no está causada por la falta de ayudas para los padres o en que la vivienda tenga unos precios muy altos: nunca ha habido tantas ayudas para la paternidad y la maternidad de los trabajadores, nuestros ayuntamientos disponen de numerosas actividades e instalaciones para los niños, los padres suelen contar con la ayuda de los abuelos (que en nuestros pueblos están muy cerca) y los precios de las viviendas están por los suelos.

Se puede atajar el problema por las consecuencias, pero eso sería como hacer frente al fuego sin apuntar a su causa: el fuego se mitigaría, pero no se apagaría y, en cualquier caso, volvería a nacer una vez y otra.

Hay una tendencia universal a moverse a las grandes ciudades y a las poblaciones de la costa con buen clima, porque en ellas se supone más calidad del empleo o una mejor calidad de vida. Porque persiguen calidad de vida, las sociedades del primer mundo tienen problemas para ocupar oficios o profesiones penosas o mal pagadas, y nuestra sociedad (incluso la de nuestros pueblos) ya es del primer mundo. Y porque quieren calidad de vida, muchos jóvenes de nuestros pueblos no quieren tener hijos, o quieren tener muy pocos.

Ahí están las causas.

Ahí y en que las sociedades necesitan para desarrollarse formación y capacidad de sacrificio, como ocurre con las personas.

En Los Pedroches, la formación a través de las políticas activas de empleo suele tenerse como un subsidio, más que como un medio para conseguir un trabajo. Y la capacidad de sacrificio, especialmente de quienes tienen más talento y más propensión al riesgo, se castiga desde el momento en que la sociedad (las familias, los colegios y todas las instituciones) trata prácticamente igual al inactivo que al que se esfuerza.

Está bien que se demanden más inversiones, más infraestructuras, más servicios públicos y más apoyos. Y está bien que se mejoren, por supuesto. Pero sería errar en el diagnóstico del problema que achacáramos a su ausencia la causa de nuestros males relacionados con el despoblamiento. Y si erramos en el diagnóstico, malamente vamos a dar con la solución.

Para ver el informe de 2018 de la FAMP sobre despoblamiento, pincha sobre la imagen.

En este blog hay más entradas sobre despoblamiento aquí, aquí, aquí, aquí y aquí.






miércoles, 9 de octubre de 2024

De Torrecampo a Pedroche

En Pedroche hay una residencia de mayores y en Torrecampo, otra. La de Pedroche es privada y muy grande (147 plazas), en tanto que la de Torrecampo es municipal y pequeña (44 plazas). Para ambos pueblos, la residencia es fundamental, y no solo por los servicios que presta a los mayores, imprescindibles es una sociedad tan envejecida como la de Los Pedroches, sino por los puestos de trabajo que proporciona al vecindario, dado el alto nivel de desempleo y despoblamiento que existe en esa misma sociedad.

La idea de los ayuntamientos de crear residencias de mayores se extendió por Los Pedroches a finales del siglo XX, de manera que varios de ellos construyeron con mucho esfuerzo edificios destinados a prestar ese tipo de servicios y la mayoría creo organismos municipales propios para su gestión, lo que suponía que el resultado de su explotación acababa incluyéndose en sus cuentas generales. Era un riesgo evidente, pues el presupuesto de una residencia supone un porcentaje muy alto en el presupuesto municipal de un ayuntamiento pequeño y en sus cuentas, pero los ayuntamientos tenían un número de plazas importante concertado con la Junta de Andalucía y creían que con esos ingresos tenían asegurado el equilibrio presupuestario.

Durante años, todo fue bien, incluso muy bien. La Junta de Andalucía pagaba más de lo que las plazas costaban (sin beneficios ni amortizaciones) y las cuentas de las residencias solían acabar con superávit, lo que contribuía al superávit municipal. Pero en los últimos tiempos los gastos se dispararon. Subieron las obligaciones derivadas de la lucha contra el COVIP 19, muchas de las cuales se mantuvieron más allá de la pandemia, subieron todos los suministros (la luz, los alimentos, etc.) y subieron, especialmente, los costos de personal.

Sobre estos últimos, conviene apuntar que los trabajadores de las residencias municipales son empleados públicos, tienen los mismos derechos que sus compañeros del ayuntamiento y están sometidos a los mismos procesos de selección. Dicho eso, debe añadirse que esos empleados municipales tenían unos salarios muy bajos, por lo que se vieron afectados directamente por las sucesivas subidas del salario mínimo interprofesional y, luego, por las subidas que el Estado fijó para todos los empleados públicos. Además, por la dureza del trabajo, por el progresivo envejecimiento del personal y (como pasa en la Administración) por la falta de compromiso de algunos trabajadores, no es infrecuente que se produzcan un número considerable de bajas laborales, cuyo coste adicional debe soportar la empresa, que es el Ayuntamiento.

La subida de los gastos debería haber ido acompañada de un inmediato ajuste presupuestario, a fin de disminuir los gastos e incrementar los ingresos, pero la mayoría de los ingresos de las residencias dependen de la Junta de Andalucía, que no incrementó los pagos a los ayuntamientos en la misma proporción que estos veían incrementadas sus obligaciones y, además, en un ayuntamiento toda subida de ingresos supone subida de tributos, en este caso de la tasa que debían pagar los residentes, algo impopular, en fin.

En el ayuntamiento, el poder está sujeto a la decisión del electorado y el electorado, por mucho que luego diga lo contrario, ama lo lúdico, lo gratis y lo fácil y desprecia lo duro, lo difícil y lo costoso. Las residencias municipales son muy importantes en los pueblos pequeños. Hay mucho nicho electoral que depende de ellas y, por consiguiente, se hace con ellas mucha política. No política de gestión, de ideas, de la buena, que llega poco al votante, sino política de zancadilla, de ideología, de la mala, que enseguida llega al electorado, especialmente al más adoctrinado y manipulable.

Al gestor de las residencias (al gobierno del ayuntamiento) le cuesta mucho subir las tasas y, normalmente, lo retrasa más de lo conveniente y lo hace menos de lo necesario. La oposición al gestor, en cambio, suele oponerse a la subida achacando todos los problemas presupuestarios a la mala gestión. Ambos tienen parte de verdad, pero no es frecuente que los grupos políticos pongan su parte de la verdad a disposición del conjunto ni que acepten otra verdad que no sea la suya. En fin, lo de siempre.

El caso es que el déficit de las residencias deben soportarlo los ayuntamientos. Si el déficit de la residencia es grande, el problema de la residencia es un problemón para un ayuntamiento pequeño. Y el electorado, que es a la postre quien decide, solo se da cuenta de eso al final. O solo se quiere dar cuenta, más bien.

El camino que nos ha propuesto Leo para el día de hoy nos lleva desde Torrecampo a Pedroche y atraviesa la dehesa de este último pueblo. El ayuntamiento de Pedroche, que no tiene residencia (porque es privada, como dijimos), no tiene que hacer transferencias a nadie para que se mantenga la de su pueblo y, además, dispone de los ingresos extraordinarios que le da el arrendamiento de su dehesa. Es una situación totalmente distinta a la de Torrecampo, que debe hacer transferencias al organismo autónomo que gestiona la residencia municipal y, además, no dispone de dehesa. Eso sin contar que el Ayuntamiento de Pedroche recibe más transferencias directas del Estado y de la Junta de Andalucía que el de Torrecampo, ya que Pedroche tiene unos quinientos habitantes más.

Puestos a gastar, medio lo mismo cuesta mantener los servicios públicos en un pueblo que en otro. La pavimentación de las calles, por ejemplo, o la red de alumbrado, o el cementerio. Lo mismo, mantener la casa de la cultura, la biblioteca municipal y el secretario. Lo mismo, por último, vale un conjunto para la feria, los fuegos artificiales y casi todos los demás festejos, que son muchos, especialmente en la zona que linda con la cultura, los deportes, la juventud y los servicios sociales.

Hemos salido por la calle Gracia y tomado el camino de la Añoruela, que parece una pista, de ancho y bien conservado que está. La frontera entre Pedroche y Torrecampo en ese tramo va por este camino y llega entre pastizales y encinas hasta bien cerca de Torrecampo, pero, siguiendo hacia el sur, gira pronto hacia el oeste por el camino que el Inventario Municipal de Bienes de Torrecampo llama del Pozo del Cuco, y, más tarde, hacia el sur, en dirección a Villanueva de Córdoba. El caso es que, por cerca que llegue el término de Pedroche al pueblo de Torrecampo, Torrecampo tiene más término municipal que Pedroche, pero eso le da pocos ingresos y muchos gastos, hasta el punto de que percibe por el Impuesto de Bienes Inmuebles de Rústica más o menos lo que paga a la Mancomunidad de Caminos por el mantenimiento de estos. Y, si lo medimos por habitante, paga a la mancomunidad mucho más (mucho mucho) que Villanueva de Córdoba o Pozoblanco, que son pueblos bastante más grandes.

Cruzamos el paraje Las Misas y, luego, teniendo a la vista casi siempre la torre de Pedroche, el de las Peñas del Agua, que, aunque está a la altura de ese pueblo, sigue siendo término de Torrecampo. Por ahí, giramos hacia el oeste y caminamos en paralelo al arroyo de la Jurada durante un buen tramo. Cuando lo atravesamos, pasamos al término de Pedroche y andamos por el camino que el IGN llama de la Loma de las Misas hasta el mismo casco urbano de esa localidad, donde llegamos sin habernos cansado.

Era todavía temprano cuando Pedroche, la madre legendaria de todos los que somos de las Siete Villas, nos acogió generosamente, como hace siempre, y nosotros, que somos hijos agradecidos, hicimos uso durante un buen rato de su hospitalidad.


Para conseguir la ruta en Wikiloc, pincha sobre la imagen