jueves, 1 de febrero de 2018

El paisaje de la dehesa de Los Pedroches*

La dehesa es hermosa, aunque a los naturales de estas tierras nos cueste valorarlo así, tal vez porque estamos habituados a verla. En la dehesa no hay altas montañas, no hay muchas clases de árboles, no hay ríos caudalosos o que formen saltos de agua, que es lo que buscamos cuando salimos afuera, a hacer turismo. Los turistas que vienen a vernos, por contra, la aprecian mucho, y no solo porque sea un ecosistema sostenible y se críe en ella el cerdo ibérico, del que luego aprovecharán sus carnes y, especialmente, sus jamones. La aprecian, también, porque les parece bonita. 

De hecho, cualquier camino de la dehesa es magnífico para dar un paseo. Siempre es llano, suele conducir a otro camino (lo que hace que la ruta sea circular) y, por mal que se ponga su firme, casi nunca se vuelve impracticable. Los caminos acostumbran a ser bellos por sí mismos, pues están marcados por dos trazos paralelos de paredes de piedra que se ondulan armoniosamente o trazan rectas que se juntan en la línea verde oscuro del horizonte, bajo un cielo pintado generalmente de un azul intenso. Junto a sus paredes, suelen crecer, entre otras, algunas matas de cardo, tomillo, romero y esparraguera y hay plantas propias de los pastizales, como la lavanda o los lirios, que libres de las acciones del ganado prosperan sin más límites que los de su propia genética. 



Aunque hay alcornoques, quejigos y robles, el paisaje es deudor mayoritariamente de la encina, el árbol totémico de Los Pedroches, ya que de él depende casi todo, desde la sombra que da cobijo a las ovejas hasta las bellotas con las que se ceba a los cerdos o la leña con la que se alimenta el fuego del hogar. Las encinas son árboles hermosos por su forma y por su fondo. Por su forma, porque son proporcionadas, rugosas sin ser ásperas, un poco más anchas que altas y porque siempre tienen hojas, que son oscuras excepto cuando están recién nacidas, que adoptan un tono claro, brillante e intenso. Y por su fondo, porque son sobrias, tenaces, resistentes, porque ganan con la edad y son generosas incluso aunque no las cuides, incluso aunque las olvides, incluso aunque las maltrates, como se ha hecho a veces cuando se las ha talado indiscriminadamente o se les ha quitado buena parte de su tronco para hacer carbón. 

Las encinas forman un bosque claro por el que se puede andar sin problemas. De hecho, debajo de las encinas no hay un sotobosque de matorral, sino un prado que se puebla de color en primavera o, algunas veces, diversos cultivos de cereales, cuyo destino es servir de complemento a la alimentación del ganado. Los cerdos, las vacas y las ovejas, que son el ganado más frecuente que las habita, se pasean entre las encinas con despreocupación, especialmente en las épocas más feraces, que son las que van del otoño a la primavera, en las que unas lluvias moderadas hacen crecer la hierba y correr los arroyos. 


El agua de la dehesa es tímida y se muestra escasamente, incluso en el subsuelo. No hay ríos en la dehesa, ni corrientes que duren una temporada entera. Los arroyos, que nacen aquí y se van hacia el Norte, hacia el Guadiana, o hacia el Sur, hacia el Guadalquivir, son de caudal efímero y escaso y copan los lugares más fríos, de manera que durante el invierno suelen estar rodeados de escarcha hasta bien avanzada la mañana, especialmente en los terrenos de umbría. Junto a los arroyos más grandes hay una mayor variedad de arbustos y matorrales, como tamujos, lentiscos y juncos, y solo algunas veces un pequeño bosque de galería de olmos o chopos. 

El granito es la piedra de la dehesa. De granito son las paredes de las cercas, los brocales, las pilas, los dinteles de las puertas y las ventanas y las vigas que en forma de lancha sostienen el entramado de las pozos grandes y los pasos de las aguas pluviales, vigas que aquí se llaman marranos. El gris manchado del granito, el blanco de la cal y el rojo de la arcilla con que se hacen las tejas son los otros colores de la dehesa, el que procede del factor humano. 


La mano del hombre está por todas partes. Ha sido el hombre el que ha convertido una mata de chaparro en una encina, el que ha clareado el bosque descuajándolo de jaras, hiniestas y retamas, el que ha limpiado el suelo de las piedras con las que luego ha construido las paredes de las cercas, el que ha levantado las enramadas y los cortijos, el que ha hendido la tierra para hacer pozos, el que ha abierto los caminos y, en fin, el que ha traído y cuida de esos animales que viven con cierta indolencia su felicidad, ajenos a su destino. Y, sin embargo, la mano del hombre no se ha mostrado aquí brutal, sino creativa, pues en lugar de borrar a la naturaleza la ha corregido para adaptarla a su propio interés de una manera inteligente, a fin de que sobrevivan casi todos los que la poblaban antes.  

Las casas de campo son pocas y están donde no molestan, o están donde son un atractivo más del paisaje. No molestan a la gran diversidad de fauna salvaje que está aunque habitualmente no se nota, quizá porque no la miramos con atención, quizá porque huye y tiene donde esconderse. Hay zorros, conejos, tejones, ciervos, jabalíes, ginetas y meloncillos. Hay grullas algunas veces, por algunos sitios. Hay abubillas, abejarucos, palomas torcaces, tórtolas, carboneros, carracas, mirlos, cucos, herrerillos y zorzales. Hay cigüeñas blancas y negras, hay águilas imperiales, reales, perdiceras y culebreras, hay gavilanes y azores, halcones peregrinos y búhos reales, y hay buitres leonados y negros. Hay culebras de escalera y bastardas, hay lagartos, sapos y alacranes. 


En la dehesa de Los Pedroches hay casi de todo y puede verse y oírse y olerse si se observa con atención y se tiene paciencia. La magia también forma parte del paisaje, y se siente, a poca sensibilidad que se tenga, andando por los caminos de la dehesa. El visitante, como hace el natural de estas tierras, debe perder cuidado, porque no hay cuestas grandes, ni maleza, ni charcos, ni más peligro que el de extraviarse, lo que podría ocurrirle con más frecuencia de la deseada, dado que no cuenta con referencias en el horizonte. En cambio, el natural de estas tierras, como hace el visitante, debería valorar más lo que tiene, detenerse a sentirlo y disfrutarlo con el agrado que se merece. 



* Publicado en el boletín de la cofradía de la Virgen de Luna de Pozoblanco.

miércoles, 3 de enero de 2018

Las relaciones*

             No es lo mismo, ni en lo económico ni en lo emocional, estar soltero y ganar cuatro mil euros que estar divorciado y ganar cuatro mil euros. A algunos casados se les olvida esta sutil diferencia, no tan evidente como podría parecer.

Un casado que gana cuatro mil euros y ha visto enfriarse su matrimonio puede pensar que le iría mejor divorciándose. Se puede hacer ilusiones pensando que podría encontrar otra pareja, con la que recobraría la pasión juvenil que ha perdido, y que tendría más dinero para gastar, dado que su mujer solo gana dos mil euros. Puede pensar, en fin, que sería más feliz. Pero si se divorcia tendría que buscarse otra casa, probablemente perdería a los hijos, quizá los amigos acabarían yéndose solo con su mujer y tal vez no encontrase pareja, o encontrase una peor que la que ha dejado. Podría ser, incluso, que sus ingresos dependieran en buena parte de sus relaciones cercanas y, dado que se han visto alteradas, ya no ganase cuatro mil euros, sino menos. Podría ser, en suma, que sus ingresos disminuyeran, sus gastos se incrementaran y se deteriorasen casi todas sus relaciones personales.

A un casado que ha visto enfriarse su matrimonio lo primero que le interesa es devolverle el calor. En todo caso, antes de romper su matrimonio debe pensar que una relación de pareja es más compleja de lo que pueda parecer y que, asociadas al matrimonio, hay otras muchas relaciones de las que depende y dependerá su felicidad. Debe pensar, en resumen, que la felicidad depende siempre de la calidad de las relaciones personales y actuar en consecuencia.


El símil me sirve para hablar de las múltiples relaciones que tienen los ciudadanos de Cataluña con España, que han ido formándose a lo largo de muchos siglos. Esas relaciones son de todo tipo. Son, en primer lugar, personales: hay muchos catalanes que se consideran españoles. Además, un gran número de catalanes ha nacido fuera de Cataluña y muchos de ellos se consideran tan catalanes como andaluces o extremeños, por ejemplo, es decir, tan catalanes como españoles, lo que le ocurre también a buena parte de sus descendientes. Al revés, muchos catalanes se han ido a vivir a Madrid o a Zaragoza, por ejemplo, y se consideran tan catalanes como madrileños o zaragozanos, es decir, tan catalanes como españoles. E, igualmente, muchos españoles sienten que forman una comunidad vital con los catalanes, distinta de la que forman, por ejemplo, con los portugueses o los franceses, y piensan que las playas de Cadaqués son tan suyas como las de Málaga o Ribadeo.

Por eso no se puede romper una relación afectiva entre Cataluña y España sin que dicha ruptura adquiera un carácter traumático. Es más, dado el importante número de catalanes que se consideran españoles, esa ruptura no puede realizarse sin que resulte traumática dentro de la propia sociedad catalana. La hispanofobia y la catalanofobia son dos de los resultados de ese trauma que se vislumbra, como lo son los silencios en las conversaciones entre familiares y amigos y la ruptura de los grupos de whatsapp de ciudadanos catalanes.

Las relaciones son, también, económicas. Y lo son atendiendo a la singularidad de cada territorio. Así, dado que Cataluña es esencialmente industrial, vende sus productos al resto de España, que es quien los compra y a su vez vende a Cataluña las materias primas con las que esos productos se elaboran. Los comerciantes, por mucho que vendan y listos que sean, siempre dependen de los compradores. Y los compradores ofendidos en su amor propio pueden dirigir sus pasos a otros vendedores, incluso aunque el producto les cueste más dinero, incluso aunque acaben perjudicándose ellos mismos. Una ruptura traumática en lo afectivo, en fin, afecta inmediatamente a lo económico por los dos lados, pero más por la parte que más tiene que perder, que son los vendedores.

Las relaciones son, por último, institucionales. Quiero decir que hay una serie de vínculos privados y públicos que no se pueden romper sin que se creen otros nuevos que los sustituyan, como se está poniendo de manifiesto con el Brexit, cuya dificultad es enormemente inferior. Las decenas de miles de leyes y reglamentos, las cotizaciones a la Seguridad Social de los trabajadores, la deuda pública acumulada, las fronteras, los tratados internacionales, los pasaportes, los matrimonios mixtos, etc., no son sino una mínima expresión de lo que une a unos territorios con otros cuando hay de por medio una Historia común en condiciones de igualdad.


Por eso no se puede hablar de una ruptura al estilo colonial, donde no hay disolución afectiva y apenas hay una fractura económica e institucional.

A las relaciones entre Cataluña y España deben añadirse las existentes ahora con Europa. Cataluña se relaciona con Europa como parte de España. Una ruptura traumática con España supondría inmediatamente una ruptura con Europa, con todo lo que eso significa de pérdida en lo afectivo y, sobre todo, en lo económico, pues Europa es el mercado sin fronteras, la que compra y la que invierte, la que da cobertura a la banca, la que define la política monetaria y mantiene la estabilidad de los precios, de Europa vienen, en fin, las subvenciones a la agricultura y a la ganadería.


Durante muchos años los catalanes han pensado que serían más felices unidos con el resto de los españoles que yendo a su aire, solos. Ahora, hay casi una mitad que piensa lo contrario. Cada uno puede pensar y desear lo que quiera, faltaría más, pero estaría bien que antes de seguir adelante echaran cuentas de lo que pueden perder por el camino, pues son muchas las relaciones que los unen con los demás catalanes, con el resto de españoles y con Europa. Tal vez, como el casado que ha visto enfriarse su matrimonio, en lo primero que deberían pensar es en devolverle a esas relaciones el calor. Creo que, entonces, encontrarían en la otra parte todo el calor que han perdido.

* Publicado en el semanario La Comarca
(Las fotos son de Juan)

sábado, 30 de diciembre de 2017

Nunca cojas trochas

                Según el Google Maps, desde mi casa hasta Obejo por el camino de Pozoblanco a Montoro en el primer tramo y por la estrechísima y muy poco transitada CO-6411 luego, hay 42,2 kilómetros, que Pablo y yo nos dispusimos a recorrer con buen ánimo a las 7:30 de la mañana, todavía de noche y lloviznando, aunque las previsiones de las webs meteorológicas anunciaban nubes y claros sin agua a partir de las 9.

                A partir de las 9, en efecto, cuando íbamos más o menos por el sitio conocido como Cañada de la Pila, dejó de llover y nos quitamos los impermeables, que ya no volvimos a ponernos en todo el día. Para entonces, el viento era leve, la temperatura era suave y el cielo estaba encapotado, es decir, se daban las condiciones ideales para la caminata, de manera que, tras hacer dos cortas paradas reponedoras de fuerzas, sobre las 14:20 estábamos junto a la desviación de El Comandante, después de haber subido el puerto de La Canaleja.

                Desde allí hasta Obejo hay unos diez kilómetros, lo que teniendo en cuenta que no eran de subida y el ritmo que traíamos, habríamos tardado en recorrer menos de dos horas, de manera que sobre las 16:15, como mucho tardar, habríamos concluido nuestro viaje.


                Esas eran las previsiones, pero ya se sabe que el camino es la mejor alegoría de la vida y que en el viaje y en la vida siempre es una tentación la senda más corta. A Pablo le habían hablado de un camino que, un poco más adelante de donde nos hallábamos, toma directamente la dirección de Obejo, con lo que se evitan algunos kilómetros. Y esa misma información nos la habían confirmado dos personas con las que nos habíamos topado aquella misma jornada.

                El caso es que tomamos la trocha según las indicaciones, pero a poco de iniciarla ya vimos que no sería tan fácil seguirla, pues tiene muchas bifurcaciones de caminos con firme igual o parecido y no está bien definida en los mapas ni en las fotografías aéreas. Con todo, fiándonos de nuestra intuición y de los móviles y con la confianza de que Obejo se veía en el horizonte cuando gateábamos algún cerro, tiramos para adelante. El móvil nos sirvió, además, para llamar por teléfono a un conocedor del lugar cuando la duda se volvió insoluble y para ser conducidos por él cuando a una duda siguió otra y luego otra.


                Ya se habrá figurado el amable lector por qué está entrada se llama como se llama, pero también podría referirse a los malentendidos. Lo digo porque a veces la información no fluye como debiera entre dos personas debido a un error inicial. El caso es que, porque no le habíamos dado la información adecuada, quien nos guiaba por teléfono pensaba que íbamos en coche y nos llevaba por pistas aptas para vehículos, a los que cinco kilómetros más o menos importan poco, como le importan poco si son de subida o de bajada. Importan, sin embargo, y mucho, para dos senderistas que llevan todo el día andando.

                Digo, finalmente, que después de andar y desandar algunos tramos y tomar pistas y gatear cerros, llegamos a Obejo a las seis en punto de la tarde, cayendo ya la anochecida, después de haber recorrido a pie más de 51 kilómetros, muchos de ellos por caminos de sierra.


                “Nunca cojas trochas”, le dije a Pablo en un bar de Obejo, remedando la moraleja de un cuento que me narraron en ahora no sé qué pueblo de Los Pedroches.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Amigo de España*


                Casi todas las tumbas del precioso cementerio Inglés de Málaga tienen epitafio. Los hay que hablan del amor, de la eternidad, de la serenidad, de la familia, de la esperanza. Todos quieren recoger con unas cuantas palabras una idea que identifique a la persona allí enterrada. Uno de ellos, de especial sencillez, se compone de una frase singularmente corta en español: “Escritor inglés amigo de España”, dice. Consta en la tumba de Gerald Brenan.


                Visito el cementerio, en la ladera del monte Gibralfaro, un domingo soleado de noviembre, después del oficio religioso que se ha celebrado en la capilla anglicana de San Jorge, ubicada dentro del pequeño recinto, que fue la primera iglesia protestante construida en España. A mis espaldas, los feligreses degustan un refrigerio, ofrecido por el sacerdote, que me ha contestado en inglés cuando le he preguntado si podía entrar en la capilla. Frente a mí están las tumbas iguales de Gerard Brenan y su segunda esposa, la también escritora Gamel Woolsey, cuyo epitafio está en inglés (“Fear no more the heat of the sun”. No temas más el calor del sol).

Al fondo, los feligreses tomando el refrigerio a la puerta de la capilla
               “Escritor inglés amigo de España”, leo embelesado, una y otra vez. El epitafio no fue recomendado por el difunto, que ni siquiera quería ser enterrado, sino que su cuerpo fuera donado a la ciencia, pero recoge perfectamente el sentir de él mismo y de quienes lo querían. Brenan vivió en España la mayor parte de su vida y, cuando, ya muy anciano y con escasos recursos, fue internado en una residencia cercana a Londres, no pedía sino regresar a su querida España, donde finalmente murió en enero de 1987. Catorce años después, en 2001, su cadáver, que había permanecido en un recipiente de formol, agua y glicerina, fue incinerado y llevado a este cementerio, que también es jardín botánico, construido en terrazas desde las que se ve el mar por encima de los tejados, para descansar al lado de la que había sido su esposa durante tantos años.

Tumbas de Gamel Woolsey y Gerald Brenan
                “Escritor inglés amigo de España” resulta especialmente acertado y conmovedor para un hombre conocido por sus vecinos como don Geraldo, que viajó por el mundo y murió donde quiso, en España, un país tan poco amado por sus ciudadanos como amado por sus extraños. Un país que vivió durante el siglo XIX en guerra civil o preparándose para ella, lo que –según dicen– hizo comentar a Bismark aquello de que España es la nación más fuerte del mundo, porque sigue viva tras muchos siglos tratando de autodestruirse. Un país que vivió una guerra civil atroz en pleno siglo XX, de la que aún, casi un siglo más tarde, sigue sin pasar página, como si unos añorasen sus causas y otros añorasen sus efectos. Un país en el que los ciudadanos confunden el Gobierno (con mayúsculas) con el gobierno (con minúsculas), y hablan del gobierno del PP o del PSOE cuando se están refiriendo al Gobierno de España. Un país en el que muchos líderes son capaces de hundir al barco (España) con tal de matar a su capitán (Rajoy o Zapatero, por ejemplo). Un país de mil banderas y un himno sin letra, de gobernantes desleales, al que todos culpan de sus problemas y nadie atribuye sus éxitos.


                En el cementerio Inglés, no lejos de los de Gerald Brenan, reposan los restos de Jorge Guillén junto a los de su segunda esposa, Irene Mochi-Sismodi, que murió después que él. Jorge Guillén, que no era anglicano, vivió sus últimos días cerca de este cementerio, al que veía desde su balcón y tenía por un remanso de paz y un símbolo de tolerancia y multiculturalidad. Pidió ser enterrado aquí y aquí descansa. Como descansan los restos de otros muchos, casi todos extranjeros, a los que o el azar o una voluntad firme trajo definitivamente a estas tierras.

Tumba de Jorge Guillen
                Estoy en un cementerio anglicano. Veo a los feligreses hablando en la puerta de la capilla en un idioma que no es el mío pero ya no es tan extraño. Camino entre las flores y las tumbas. Veo el mar azul entre las ramas de los árboles. Siento la armonía del lugar. Pienso en la Historia de este país. Pienso en su presente. En su futuro. Y me digo: “Algo bueno debemos tener a pesar de todo, algo bueno debe tener España cuando hay gente de fuera que quiso ser enterrada aquí y, ahora que lo ha conseguido, descansa en paz para siempre”.
Interior del cementerio original

* Publicado en el semanario La Comarca

domingo, 22 de octubre de 2017

Nacionalismo e izquierda*

Para los nacionalistas, una nación no es una suma de individuos, sino una unidad anterior y superior al individuo, al que se instruye al estilo de las religiones o, en casos más extremos, al que se adoctrina y ampara como hacen las sectas. Si en las sectas el individuo es feliz aplicando las sencillas reglas de un catecismo y entregando la resolución de sus problemas al líder, que le enseña un camino de liturgias y cánticos que lo llevan al éxtasis, en el nacionalismo extremo el individuo es feliz aplicando las sencillas reglas de una ideología excluyente y siguiendo con himnos y banderas al líder, que le muestra el camino hacia un futuro pleno de venturas.

El nacionalismo, el romanticismo y el liberalismo nacieron a finales del siglo XVIII casi a la vez, auspiciados por la burguesía, que respaldó el concepto de soberanía nacional frente al poder absoluto del rey y lo dotó de un componente estético y emocional. A los creadores del nacionalismo nunca les importaron los individuos, sino el conjunto (la nación), que dominaban ellos en su propio beneficio, hasta el punto de que durante mucho tiempo se consideró que solo tenían derecho a voto algunos ciudadanos (los que tenían determinados bienes o un mínimo nivel educativo, por ejemplo) que actuaban como instrumento de la Nación, por ser los que contaban con más información o asumían una mayor responsabilidad. El nacionalismo siempre ha pretendido la exaltación de lo propio en perjuicio de lo ajeno, a lo que ha considerado inferior, igual que a los diferentes, siempre ha premiado, en fin, la desigualdad, y tiene en el fondo un componente supremacista.


Por eso, a los teóricos de la izquierda nunca les fue cómodo el concepto de nación. Siempre prefirieron considerar a los individuos iguales y libres, hablaran el idioma que hablaran, fuera de la raza que fueran y vivieran donde vivieran, ya fuese a un lado o a otro de las fronteras. De hecho, Karl Marx y Friedrich Engels incluyeron el famoso y muy seguido lema “¡Proletarios de todos los países, uníos!” en su Manifiesto del Partido Comunista, aunque ya se venía utilizando con anterioridad.

Ni siquiera Rosa Luxemburgo y Lenin aceptaron el concepto de nación tal y como lo mantenían los nacionalistas, a pesar de que les tocó vivir uno de los momentos más álgidos del nacionalismo, como fue el de los prolegómenos de la I Guerra Mundial, y siempre aceptaron la primacía de los intereses de la clase obrera a los intereses de la nación y la lucha de clases a la reivindicación de la independencia nacional.

Por eso no entiendo que un partido de izquierdas sea nacionalista, y mucho menos que lo sea un partido de extrema izquierda. No entiendo, por ejemplo, que un individuo de izquierdas de Barcelona considere a un obrero de Lérida y a otro de Teruel antes como naturales de Lérida o de Teruel que como obreros. Y lo entiendo menos si ese individuo de izquierdas ha nacido fuera de Cataluña. Entonces, no entiendo nada.


A veces, oigo a individuos de izquierdas residentes en Cataluña pero nacidos en Andalucía decir que se han hecho independentistas porque han encontrado en Cataluña lo que no encontraban en Andalucía, trabajo y un futuro mejor para sus hijos. No parece sino que el salario se lo han dado gratis. Cuando los oigo, me acuerdo de la teoría de la Plusvalía que el padre de la izquierda, Karl Marx, desarrolló en El Capital, según la cual el capitalista se apropia de manera gratuita del excedente producido por el obrero. La realidad, en fin, es que esos trabajadores andaluces deben estar tan agradecidos a los empresarios catalanes como los empresarios catalanes agradecidos a los trabajadores andaluces, pues estos han obtenido del empresario menos de lo que el empresario ha obtenido de ellos. Y no oigo a unos y a otros opinar igual, sindicatos incluidos.

Con todo, que un catalán de izquierdas pueda simpatizar con el nacionalismo me resulta menos incomprensible que si el que simpatiza con ese nacionalismo es un izquierdista de otra parte de España. El nacionalismo catalán, como casi todos los nacionalismos europeos de hoy en día, tiene buena parte de su origen en el interés, aunque luego pase a lo emocional (y no al revés). O sea, primero está el “España nos roba”, que tanto éxito ha tenido como lema, y luego vienen las banderas y los himnos y ese lema imbatible pero vacío del derecho a decidir. Ese “España nos roba” está sustentado en que Cataluña aporta más al común español de lo que recibe, lo cual (suponiendo que sea cierto) es bastante lógico desde el punto de vista de la justicia social, dado que los ciudadanos de Cataluña son más ricos que la media de los ciudadanos de España. De hecho, los que más aportan al común son los ciudadanos más ricos, sean de Cataluña o de cualquier otro sitio, y los que más reciben son los más pobres, sean de Cataluña o de cualquier otro sitio. O así debería ser.

Un izquierdista congruente, y cuanto más izquierdista más, debería apoyar el trasvase de rentas de los más ricos a los más pobres, para lo que cualquier frontera es una barrera infranqueable. Veo, sin embargo, que la extrema izquierda española simpatiza con el nacionalismo catalán, esto es, que mira antes el lugar de nacimiento de un obrero que su condición de tal y su renta. Y veo, con asombro, el apego que le tiene al derecho a decidir de las naciones, cuando la extrema izquierda no ha considerado teóricamente otro derecho a decidir que el del proletariado.

* Publicado en el semanario La comarca.


viernes, 20 de octubre de 2017

Presentación de Cuentos de Los Pedroches

        Anoche se presentó en la sala de lectura de la Biblioteca Municipal de Pozoblanco la nueva edición de Cuentos de Los Pedroches, realizada por 17pueblos. En el acto, estuve acompañado por la editora, Isabel Fernández, y por la concejal de Cultura del Ayuntamiento de Pozoblanco, Rosario Rossi. Al terminar el acto actuó el grupo de teatro Los Mejía, que representó una maravillosa adaptación de El hijo del pastor, uno de los cuentos que aparecen en el libro.

             Muchas gracias a todos ellos y al público asistente.
La sala de lectura de la Biblioteca es el lugar ideal para este tipo de actos
Rosario Rossi fue la primera en intervenir
Después, intervino Isabel Fernández
A continuación, el autor y responsable de esta página
Finalmente, actuaron Los Mejía. Geniales, como siempre

* Todas las fotos son de Rafa Sánchez