En una época dominada por el
ruido de las trincheras, la política de hinchadas y la dictadura del algoritmo,
la equidistancia se ha convertido en una forma radical de resistencia.
Se nos ha enseñado a
despreciar al que no toma partido, a tachar de cobarde al que rehúsa alistarse
en un bloque y a calificar de traidor a quien se atreve a ver destellos de
razón en el adversario. Sin embargo, cuando la política se convierte en una guerra
de suma cero donde pensar diferente es un delito de fe, mantenerse
equidistante es el acto supremo de independencia mental.
1. La equidistancia como
valentía intelectual
No hay nada más fácil que
someterse al dogma de una tribu. Adherirse a un paquete ideológico cerrado
ofrece refugio, aplauso social y la tranquilidad de no tener que pensar cada
asunto por uno mismo.
La equidistancia, en cambio,
exige la incomodidad del examen permanente. Es la valentía de decir: «No
compro el paquete entero». Es el compromiso ético de juzgar las ideas por
su valor intrínseco y los hechos por su evidencia, y no por el carné de quien
los defienda o los cometa.
2. El refugio de la
complejidad
El mundo real no es blanco o
negro, ni cabe en un titular de prensa de trinchera ni en un tuit de 280
caracteres. La realidad es inevitablemente gris, matizada y contradictoria.
La equidistancia es la
guardiana del matiz. Es la negativa a dejarse arrastrar por explicaciones
maniqueas que dividen a la sociedad entre héroes y villanos. Reivindicar la
equidistancia es recordar que la verdad rara vez tiene dueño absoluto y que la
complejidad requiere pausa, no víscera.
3. La condición de posibilidad
de la convivencia
Sin personas capaces de
situarse a la misma distancia de ambos extremos, la democracia se disuelve en
una guerra civil fría. Los dogmáticos levantan muros y los equidistantes
construyen puentes.
En un clima de crispación, la
equidistancia no es apatía, sino la postura de quien preserva el espacio para
la negociación, la mediación y el pacto. Es el reconocimiento fundamental de
que el discrepante no es un enemigo al que exterminar, sino un vecino con el
que hay que seguir conviviendo al día siguiente.
La verdadera equidistancia no
es la indiferencia moral ante la injusticia, ni la falsa simetría que equipara
la verdad con la mentira.
La auténtica equidistancia es el
ejercicio de la libertad de conciencia frente al sectarismo. Es la
serenidad de quien prefiere ser dueño de sus dudas antes que esclavo de las
certezas de otros. En un mundo embriagado de fanatismo y simplificación, la
equidistancia es, en última instancia, el triunfo de la razón sobre la
consigna.
*Todo el texto está elaborado con
la IA de Gemini