Daba la impresión de que nos
habíamos trasladado a un país ignoto, o a un tiempo pasado, aunque nos
encontrábamos a 33 kilómetros de Estepona y 42 de Ronda. Pero no, seguíamos en
España, no muy lejos de nuestras casas, en 2026. Debía de ser por la carretera
que habíamos superado al final de nuestra ruta desde Córdoba, una línea
estrechísima que se retorcía sin tregua, haciendo casi imposible el cruce de
dos vehículos medianos. O por los espesos castañares, ya teñidos con la
coloración tostada del otoño, y por los bosques de alcornoques y pinos que, más adelante,
habían refrescado y oscurecido nuestro camino. O, tal vez, por la limpieza del
paisaje cuando la ruta se abría a la vista, un inmenso tapiz verde sin las
habituales salpicaduras de urbanizaciones o chalets, solo con algunas manchas
blancas y rojas en las laderas de las montañas, que revelaban la existencia de
los cuidados pueblos de la serranía.
Como paseamos por algunos de esos
pueblos, nos detuvimos en varios miradores que nos pillaban de paso y comimos
en Júzcar, frente a la línea azul que forman sus fachadas, no llegamos a Genalguacil
sino hasta bien avanzada la tarde. De noche era cuando, tras haber tomado
posesión de nuestra respectiva habitación en la posada y descasado un rato,
salimos a recorrer las calles.
Silencio y soledad era lo que
encontramos. Serenidad. Y una belleza tan pura y equilibrada que casi dolía.
Genalguacil se presenta al
público como un «museo al aire libre». A alguien se le ocurrió en 1994 la
genial idea de organizar encuentros bienales de artistas y ahora hay unas 200
obras repartidas por el pequeño casco urbano, que es en sí mismo una joya
arquitectónica, una obra de arte.
Y es, en efecto, un museo en cada
una de sus esquinas y sus recovecos, como si todo hubiera sido dispuesto por un
diseñador supremo, capaz de armonizar las formas, los colores y los tiempos. Por
eso no vale con una visita panorámica, de esas que se hacen al paso y muestran
apresuradamente los puntos más emblemáticos. Hay que recorrer al completo cada
una de sus calles, muy despacio y con la mirada atenta, con el alma dispuesta
al asombro y la seducción.
Es un museo de día, ciertamente, pero,
como cualquier museo, se hace más fascinante de noche, cuando a la realidad se añaden
lo que en la imaginación evocan el ruido de tus pasos y la soledad, la negrura
del cielo, las cálidas luces de las farolas y las sombras.
Hay que ver otros pueblos del valle del Genal, todos los que se puedan, como Igualeja (donde nace el río), Alpandeire
(el pueblo de fray Leopoldo) y, especialmente, Benalauría. Hay que hacer a pie alguna
de las umbrosas rutas que se adentran por los bosques. Y hay que comer en alguno
de los restaurantes que, por poco precio, te ofrecen lo mejor que da la tierra
y el ancestral saber de sus habitantes.
Todo eso lo hicimos nosotros. Y
el resultado es que volvimos a nuestras casas con mejor ánimo y dispuestos a
disfrutar para siempre del recuerdo de aquellos días.