domingo, 1 de noviembre de 2026

Elogio de la equidistancia (y 8/8). Finalmente, la convivencia*

 

En una época dominada por el ruido de las trincheras, la política de hinchadas y la dictadura del algoritmo, la equidistancia se ha convertido en una forma radical de resistencia.

Se nos ha enseñado a despreciar al que no toma partido, a tachar de cobarde al que rehúsa alistarse en un bloque y a calificar de traidor a quien se atreve a ver destellos de razón en el adversario. Sin embargo, cuando la política se convierte en una guerra de suma cero donde pensar diferente es un delito de fe, mantenerse equidistante es el acto supremo de independencia mental.

1. La equidistancia como valentía intelectual

No hay nada más fácil que someterse al dogma de una tribu. Adherirse a un paquete ideológico cerrado ofrece refugio, aplauso social y la tranquilidad de no tener que pensar cada asunto por uno mismo.

La equidistancia, en cambio, exige la incomodidad del examen permanente. Es la valentía de decir: «No compro el paquete entero». Es el compromiso ético de juzgar las ideas por su valor intrínseco y los hechos por su evidencia, y no por el carné de quien los defienda o los cometa.

2. El refugio de la complejidad

El mundo real no es blanco o negro, ni cabe en un titular de prensa de trinchera ni en un tuit de 280 caracteres. La realidad es inevitablemente gris, matizada y contradictoria.

La equidistancia es la guardiana del matiz. Es la negativa a dejarse arrastrar por explicaciones maniqueas que dividen a la sociedad entre héroes y villanos. Reivindicar la equidistancia es recordar que la verdad rara vez tiene dueño absoluto y que la complejidad requiere pausa, no víscera.

3. La condición de posibilidad de la convivencia

Sin personas capaces de situarse a la misma distancia de ambos extremos, la democracia se disuelve en una guerra civil fría. Los dogmáticos levantan muros y los equidistantes construyen puentes.

En un clima de crispación, la equidistancia no es apatía, sino la postura de quien preserva el espacio para la negociación, la mediación y el pacto. Es el reconocimiento fundamental de que el discrepante no es un enemigo al que exterminar, sino un vecino con el que hay que seguir conviviendo al día siguiente.

La verdadera equidistancia no es la indiferencia moral ante la injusticia, ni la falsa simetría que equipara la verdad con la mentira.

La auténtica equidistancia es el ejercicio de la libertad de conciencia frente al sectarismo. Es la serenidad de quien prefiere ser dueño de sus dudas antes que esclavo de las certezas de otros. En un mundo embriagado de fanatismo y simplificación, la equidistancia es, en última instancia, el triunfo de la razón sobre la consigna.


*Todo el texto está elaborado con la IA de Gemini