sábado, 21 de marzo de 2015

Desconcierto*

              Está claro que en el momento actual lo que más demanda la sociedad de sus políticos es que se apliquen a sí mismos lo que pretenden que hagan los otros. Pero no parece que ellos se den cuenta y, en lugar de curar sus enfermedades, siguen a lo de siempre, señalando la enfermedad del vecino. De esa manera, no es de extrañar que todos parezcan enfermos, e incluso que parezca enfermo el sistema. Y, de esa manera, no es de extrañar que crezcan en las encuestas los recién llegados, a los que difícilmente se les pueden achacar vicios relacionados con el ejercicio del poder. E incluso que crezcan los partidos que pretender cambiar el sistema, como si fuera el sistema, y no los partidos, los que tienen la culpa  de lo que pasa.

                La llegada de los partidos nuevos está generando, además, un desconcierto añadido en los partidos establecidos. De ellos, el que parece más perdido es IU, cuyo espectro ideológico ha sido totalmente ocupado por Podemos. IU está en el mismo borde del sistema, por la izquierda, y se ha visto perjudicado por la súbita irrupción de un partido de izquierdas que señala, desde la izquierda, la enfermedad del sistema y su consiguiente superación como remedio. Y ello a pesar de que era uno de los partidos establecidos que menos poder había tocado. A las alturas en que estamos, aún no sabemos muy bien cómo acabará la alianza entre Podemos e IU, a la que este último parece estar condenado en condiciones desventajosas.

                El PSOE ha pretendido luchar contra la irrupción de Podemos, que le quitaba votos por la izquierda, intentando ganarse al electorado situado más hacia ese lado, es decir, escorándose a la izquierda, con lo que ha dejado desguarnecido el flanco derecho, por el que ahora crece Ciudadanos, aupado por el voto de los que en un principio pensaban abstenerse o de los que pensaban votar al PP tapándose las narices. El PSOE, que no ha hecho gran cosa por lavar sus miserias, no está entendiendo que los votos de los extremos son pocos y difícilmente se mueven, en tanto que los votos situados en el centro son muchos y cambian de partido. No está entendiendo, en fin, que las elecciones no se ganan con más votos por los extremos, sino consiguiéndolos por el centro.


                El PP era el que mejor lo tenía, pues al alejarse el PSOE hacia la izquierda le había dejado a él todo el centro y toda la derecha. Era un terreno demasiado grande, sin embargo, para no abarcarlo sin contradicciones. Además, tampoco ha hecho mucho por limpiar sus vergüenzas. El caso es que entre el PSOE y el PP ha aparecido Ciudadanos, con un mensaje que participa del moral laica de la izquierda y de la economía liberal, al que una buena parte de la ciudadanía está adscrita de hecho en su vida diaria, aunque ella no lo sepa. En el centro, ya digo, es donde está la mayoría de los votos. Si Ciudadanos logra transmitir al electorado de ese sector que su voto será útil, el futuro que le aguarda puede estar lleno de escaños. 

* Publicado en el semanario La Comarca

lunes, 9 de marzo de 2015

Invertir en el vecino*

Alguien me preguntaba el otro día por qué Alemania y otros países de la Unión Europea están ayudando a países como Grecia, y yo, tras contestarle, hice un paralelismo entre Europa y Los Pedroches. En realidad –le dije–, a todo el mundo le interesa llevarse bien con sus vecinos y que estos sean ricos, porque todo el mundo es o vendedor o potencial vendedor de algo. Le interesa a Alemania, que exporta numerosos productos, a un país eminentemente turístico, como España, y a un pueblo eminentemente comercial, como Pozoblanco. Lo que ocurre es que no todo el mundo tiene ni la visión ni el valor de invertir en el desarrollo de los demás.

Pozoblanco, por ejemplo, no lo tiene. Pozoblanco vive, esencialmente, de Los Pedroches. Los habitantes de Los Pedroches van a Pozoblanco a recibir toda clase de servicios públicos y privados y a comprar. Y, sin embargo, aunque todo el mundo es consciente de ello, Pozoblanco nunca ha adoptado un papel activo en el desarrollo de sus vecinos, aunque tiene muchos más potencial que ellos para hacerlo. Es más, se ha limitado a contribuir con sus cuotas a las mancomunidades a las que pertenecía y, en ocasiones, a pagarlas como si estuviera haciéndoles un favor a sus socios, solo porque esas cuotas eran más elevadas.

Más elevadas, especifico, en términos absolutos (ya que Pozoblanco tiene una población mayor que los demás pueblos), pero no en términos relativos. De hecho, cuando esa persona a la que me referí al principio me preguntó qué podía hacer Pozoblanco por el desarrollo de sus vecinos, yo le puse el ejemplo de la Mancomunidad de Caminos. Los Pedroches es una comarca eminentemente ganadera, y para una explotación ganadera es muy beneficioso contar con un buen camino de acceso.

Es cierto que el mantenimiento de los caminos es una obligación municipal, de forma que cada ayuntamiento debe mantener los caminos de su municipio, pero dado lo poco que supone el IBI de rústica y que las aportaciones no las hacen los propietarios, son los vecinos del pueblo los que han de costear finalmente ese servicio, aunque un gran número de fincas sean, por lógica, de habitantes de pueblos mayores. Pues bien, en tanto que un vecino de Pozoblanco paga 10,53 euros en 2015 por mantener la Mancomunidad de Caminos, un vecino de Torrecampo, por ejemplo, paga 38,65 euros por ese mismo concepto. Y hay más: como Pozoblanco paga más, puede arreglar más caminos.

Las consecuencias directas están claras: los caminos de Pozoblanco están mejor arreglados que los del resto de pueblos, pero como el resto de los ayuntamientos tienen reticencias para destinar las máquinas de la Mancomunidad al arreglo de caminos que no dan a fincas de sus vecinos, los vecinos de Pozoblanco que tienen fincas en otros términos suelen utilizar caminos en muy mal estado. Hay una consecuencia indirecta: dado que hay más gente que pierde que gente que gana, pierde el conjunto, y con el conjunto pierden los que viven de prestar servicios o vender productos, es decir, pierden especialmente muchos habitantes de Pozoblanco que tienen en esos menesteres su forma de vida.

* Publicado en el semanario La Comarca

martes, 3 de marzo de 2015

Cuanto más grande es el dolor...

Los partidos políticos no le exigen a los electores capacidad de sacrificio, sino que le prometen un eterno presente de vino y de rosas. Las campañas electorales son como colosales mercados al aire libre donde los candidatos ofrecen a voz en grito sus servicios, que son gratis y con regalos. El sacrificio viene después del “después” de la mano de los ganadores, es decir, después del desastre y después de las elecciones que suceden al desastre.

Hasta que el desastre se desencadena, la filosofía del carpe diem reina por completo en numerosos Gobiernos y se transforma en instalaciones públicas sobredimensionadas o que no sirven para nada, en grandes fiestas colectivas, en megaproyectos culturales o deportivos, en subvenciones para todos, en edificios que no se pueden mantener, en actividades y servicios cuyo único retorno para la sociedad es el puesto de trabajo de quienes se encargan de ellos o en ayudas sociales desproporcionadas con las posibilidades del país, además de en puestos de trabajo para los amigos o los correligionarios, en coches de empresa y chóferes y en catering multitudinarios después de cada acto social.

En todo caso, ¿qué importa el futuro si hay elecciones mañana?

Pero el futuro llega y en el futuro está la realidad, aparte de las elecciones.

Cuando estalla la burbuja del bienestar, la realidad se llena de ciudadanos desarmados contra las nuevas circunstancias. Los ciudadanos, no los partidos, son los primeros que se topan con ella. En la realidad están los desahucios, la explotación laboral, la emigración de los jóvenes, el cierre de las empresas y el paro.

La realidad sólo llega a los que no gobiernan cuando gobiernan. Hasta ese momento, les puede más la demagogia y ofrecen alternativas imposibles para ganarse el aprecio de los electores. Por algo, cuanto más grande es el dolor, más difícil es el consuelo, pero es más cómodo hacer germinar la semilla del sectarismo.


El problema de la cuadratura del círculo se resuelve fácilmente desde fuera. Por eso, en lugar de sembrar el camino de razón y sosiego, los perdedores soliviantan a las masas doloridas prometiéndoles más bienestar por menos.

lunes, 23 de febrero de 2015

Monedero

                Lleva razón Monedero en que todos los focos han estado puestos sobre él, y en que muchos medios se han pasado y han dicho más de lo que debían, probablemente hasta mentiras. Lleva razón, no se lo discuto. Lo que no entiendo es qué esperaba. Eso mismo es lo que le ocurre  a todos los demás que están en el sitio en el que se ha situado él. ¿No cree que eso mismo es lo que le pasa a Rajoy, por poner un ejemplo? ¿O a Pedro Sánchez? ¿O a Llamazares? Todos ellos se han subido al escenario, un lugar en el que se te ve muy bien, donde estás expuesto al aplauso y a los pitos, a las flores y a los tomates, al ojo crítico de los listos y a la torpe voluntad de los tontos.

                Eso mismo es lo que le ocurre a los demás, incluso viniendo de él, de ellos. ¿No ha sido él uno de los que han puesto el foco sobre todo lo que hacen los demás? ¿No ha pitado, tirado tomates y sometido a su ojo crítico y a su voluntad a los que estaban subidos en el escenario en el que está él ahora? Monedero aún no tiene un papel importante en la obra que se representa en nuestra sociedad, pero ya está arriba, expuesto a las mismas miradas que los demás, esos a los que él llama “La casta”, miradas que vienen del patio de butacas, donde están sentados los medios de comunicación y los ciudadanos.

                Cuando estaba abajo, en el patio de butacas, Monedero señalaba con el dedo las miserias de los actores sociales y políticos e incitaba a los medios de comunicación y a los ciudadanos a pitarlos y a tirarles tomates. Y ahora que está arriba sigue haciendo lo mismo, como los demás, exactamente igual que los demás.

                Porque lo lamentable del asunto es eso: que Monedero ha resultado ser igual que los demás. Ha convocado una rueda de prensa para dar explicaciones y en lugar de dar explicaciones se ha puesto a repartir pitos y tomates a diestro y siniestro.

                Los actores tienden a repetir el guión cuando suben arriba, al escenario. El papel del actor de la oposición es prometer y el papel del que está en el Gobierno es incumplir lo prometido. El papel de todos los actores es pedir que se laven todos los trapos sucios, todos,  pero no lo es empezar por los trapos propios. El papel de todos los actores es exponer verdades a medias y sacar algunos documentos para construir una realidad distinta de la verdadera, una realidad de mentira que sirva para los medios afines y para los forofos. Entre esos actores ya se ha situado Monedero, y actúa igual que ellos.


                Por cierto, que en la prolija introducción de su exposición echó buena parte de la culpa de sus males a la persecución que ha estado sufriendo por quienes forman parte del “Régimen del 78”. Lo dijo así, como si hablara del Ancien régime o del Régimen franquista. Y no puedo dejar de decir que me dolió. Son muchos los que lucharon para que fuera posible la Constitución del 78, y gracias a ellos, y a la sociedad que superó el trauma de la dictadura y la tradición de enfrentamientos que ha habido en la Historia de España, Monedero puede dar clases en una universidad española y decir en ella lo que mejor le apetezca. Es más, gracias a ese régimen, Monedero puede situarse en el patio de butacas y repartir pitos y tomates sin consecuencia alguna, y, lo mejor de todo, gracias a ese régimen puede subirse al escenario y cambiar de una vez el papel de los actores, ese que por esta vez al menos ha seguido desempeñando como los demás, como aquellos a los que critica.

jueves, 19 de febrero de 2015

Democracia y Justicia (y 3)

Recursos escasos y demagogia

El Estado puede asignar recursos por igual y puede hacerlo de acuerdo con la necesidad (para igualar a los ciudadanos) y de acuerdo con los méritos.

Cuanto más alto es el límite de los recursos que se conceden por igual, más bajo es el de los que se distribuyen atendiendo a la necesidad o a los méritos, si los recursos afectados son escasos o de suma cero. O por decirlo de otra forma, si un dinero equis se adjudica asignando por igual mucha cantidad a cada uno de los interesados, queda muy poco para repartirlo atendiendo a criterios diversos.

Dado que la justicia conmutativa distribuye recursos por entender que existe una dignidad idéntica en sus perceptores, la asignación de recursos iguales tiene una marcha atrás muy difícil, pues el beneficiario entiende que se le dan por lo que es y no por lo hace o deja de hacer. Es más, la sociedad en su conjunto piensa que los recursos repartidos por igual son conquistas sociales y adapta a ellos sus valores. Por eso, cuando hay una situación de crisis económica grave y los gobernantes deben dar marcha atrás en la adjudicación igual de recursos, no se enfrentan tanto a un problema de índole económica (pues saben lo que tienen que hacer) como a un verdadero cambio social.

En las democracias, los políticos tienden naturalmente a hacerse querer por el electorado antes que a administrar con rigor los recursos escasos, pues siempre están a expensas del voto de los beneficiarios del reparto, por cuyo afecto compiten. El que recibe los recursos escasos no sólo cree que se han consolidado los bienes y derechos que se le han otorgado de manera conmutativa, sino que demanda más u otros, ya que ningún sacrificio le ha costado merecerlos. El político que reparte los bienes y derechos, y más aún el que aspira a repartirlos (a gobernar), está continuamente dispuesto a satisfacer esas peticiones, o incluso a otorgar derechos no reclamados, para ganarse el aprecio de quien ostenta la facultad de situarlo en el Gobierno o en la oposición.

martes, 17 de febrero de 2015

Democracia y justicia (2)

Igualdad y mérito

Según la doctrina filosófica, justicia conmutativa es, en esencia, dar a todos por igual, mientras que justicia distributiva es, también en esencia, dar a cada uno de acuerdo con sus méritos. Tradicionalmente, la idea conmutativa de la justicia se ha aplicado a los pactos, en los cuales se genera un intercambio igual de derechos y obligaciones, en tanto que la justicia distributiva se ha aplicado a la distribución de bienes y derechos en la sociedad y al veredicto de los jueces, que deben valorar las diferencias de comportamiento.

Todos los derechos que se reparten afectan al desarrollo social y económico de un país y, en consecuencia, a su sistema de asignación de recursos. Ahora bien, hay unos derechos políticos, sociales o culturales, como el sufragio, en los que el beneficio de unos no supone directamente perjuicio para otros, y hay unos derechos de índole económica o suma cero, en los que se distribuyen recursos escasos, de manera que lo que gana uno lo pierde otro.

La Democracia ha tendido progresivamente a la asignación conmutativa de los bienes y derechos gracias a que el impulso de los progresistas ha sido asumido poco a poco por los conservadores. La consideración del ser humano como sujeto de derechos iguales, con independencia de su naturaleza y circunstancias, se ha ido afirmando en el ideario colectivo y en las leyes a medida que crecía la conciencia de los mínimos que merecía la dignidad humana. Los derechos de los presos, por muchos delitos de sangre que hubieran cometido, y la atención social hacia los que no contribuyen a las cargas o incluso hacia los contrarios al sistema, son ejemplos de la concepción igualitaria de las democracias modernas, verdaderos Estados Sociales de Derecho, que van más allá de la mera igualdad en el sufragio o de la pretensión de igualdad en el salario.


La elevación del punto de partida de la dignidad humana ha producido, no obstante, algunas situaciones inconvenientes que afectan a la concepción distributiva de la justicia, en las que no se diferencian suficientemente (ni se valoran) los distintos papeles que asumen los sujetos implicados. Así, el incremento de los derechos de los delincuentes, a los que frecuentemente se considera víctimas del sistema, ha supuesto una merma de la estimación social de las víctimas de esos delincuentes, a quienes se ve como parte del régimen que alienta los comportamientos delictivos. Y así, en algunos países, como España, el sistema educativo ha sido diseñado para elevar el nivel básico de todos los alumnos, lo que ha provocado la disminución del nivel superior y del nivel medio y la desmotivación de los mejores estudiantes, que ni han visto recompensado su esfuerzo ni han podido llevar hasta su límite las potencialidades de que disponían, con el consiguiente empobrecimiento de la sociedad.

(Continuará) 

domingo, 15 de febrero de 2015

Democracia y justicia (1)



Igualdad y desigualdad:

Las pequeñas sociedades tribales del origen de la humanidad tenían como valor natural la igualdad entre sus individuos, pero en cuanto las sociedades empezaron a relacionarse con otras y descubrieron la desigualdad entre los seres humanos, establecieron como norma la igualdad entre los iguales y la desigualdad entre los desiguales. Esa norma fue tomada por las democracias antiguas, prosiguió cuando desaparecieron las democracias y fue adoptada por las democracias modernas, aunque en el ideario de las mismas se mostraba la igualdad como uno de sus principios fundamentales.


Por ejemplo, la forma más aberrante de la desigualdad, la esclavitud, fue considerada como algo natural por Aristóteles y persistió en los Estados democráticos hasta bien avanzado el siglo XIX. El sufragio censitario, que negaba el derecho del voto por los motivos más diversos (como no contribuir a los gastos del Estado, lo que de hecho suponía reservárselo a las clases altas, o a los que no sabían leer y escribir, lo que, como ocurrió en Estados Unidos hasta 1965, era tanto como negárselo a los negros), ha sido un recurso ordinario para los que propugnaban la desigualdad entre desiguales. Y la negación del voto a las mujeres ha persistido hasta épocas muy recientes en algunos países democráticos, como en Suiza, donde no pudieron ejercerlo a nivel federal sino hasta 1971, dado que la norma que establecía la igualdad era rechazada por el cuerpo electoral, constituido sólo por hombres, en una institución tan aparentemente democrática como el referéndum. 


La historia de las democracias es la historia de la conquista de la igualdad de los seres humanos hasta más allá de la desigualdad que se da entre ellos, sea esta por razones de sexo, de raza, de religión, de poder económico, de educación o, entre otras, de la inclinación sexual de los individuos. Esa conquista ha resultado muy difícil porque tras la desigualdad se oculta el poder, el miedo al diferente y la superstición. La relación desigualdad/igualdad ha sido la causa necesaria de las revoluciones (la aspiración del Tercer Estado frente al Primero y Segundo en la Revolución Francesa de 1789 o la del proletariado frente a la clase dominante en la Revolución Rusa de 1917) y de las fricciones más importantes entre las múltiples tendencias políticas de una sociedad estable.


Porque, usualmente, la divergencia básica entre los diferentes movimientos políticos no rupturistas es la que separa a los que desean progresar en la igualdad de los que quieren mantener el statu quo existente. Ese es, también hoy, el principal signo de distinción entre los llamados progresistas y los denominados conservadores. O, quizá, lo sea hoy más que nunca, dada la convergencia que los modelos políticos actuales tienen hacia el estándar económico intervencionista, de raíz socialdemócrata.


El laicismo o la confesionalidad, el estatuto personal de los inmigrantes y el matrimonio de los homosexuales son ejemplos actuales de fricciones entre los progresistas y los conservadores que tienen como origen último la pugna entre la igualdad y la desigualdad.

(Continuará)