Igualdad y desigualdad:
Las pequeñas sociedades tribales del origen de la humanidad tenían como valor natural la igualdad entre sus individuos, pero en cuanto las sociedades empezaron a relacionarse con otras y descubrieron la desigualdad entre los seres humanos, establecieron como norma la igualdad entre los iguales y la desigualdad entre los desiguales. Esa norma fue tomada por las democracias antiguas, prosiguió cuando desaparecieron las democracias y fue adoptada por las democracias modernas, aunque en el ideario de las mismas se mostraba la igualdad como uno de sus principios fundamentales.
Las pequeñas sociedades tribales del origen de la humanidad tenían como valor natural la igualdad entre sus individuos, pero en cuanto las sociedades empezaron a relacionarse con otras y descubrieron la desigualdad entre los seres humanos, establecieron como norma la igualdad entre los iguales y la desigualdad entre los desiguales. Esa norma fue tomada por las democracias antiguas, prosiguió cuando desaparecieron las democracias y fue adoptada por las democracias modernas, aunque en el ideario de las mismas se mostraba la igualdad como uno de sus principios fundamentales.
Por ejemplo, la forma más aberrante de la
desigualdad, la esclavitud, fue considerada como algo natural por Aristóteles y
persistió en los Estados democráticos hasta bien avanzado el siglo XIX. El
sufragio censitario, que negaba el derecho del voto por los motivos más
diversos (como no contribuir a los gastos del Estado, lo que de hecho suponía
reservárselo a las clases altas, o a los que no sabían leer y escribir, lo que,
como ocurrió en Estados Unidos hasta 1965, era tanto como negárselo a los
negros), ha sido un recurso ordinario para los que propugnaban la desigualdad
entre desiguales. Y la negación del voto a las mujeres ha persistido hasta
épocas muy recientes en algunos países democráticos, como en Suiza, donde no
pudieron ejercerlo a nivel federal sino hasta 1971, dado que la norma que
establecía la igualdad era rechazada por el cuerpo electoral, constituido sólo
por hombres, en una institución tan aparentemente democrática como el referéndum.
La historia de las democracias es la historia de
la conquista de la igualdad de los seres humanos hasta más allá de la
desigualdad que se da entre ellos, sea esta por razones de sexo, de raza, de
religión, de poder económico, de educación o, entre otras, de la inclinación
sexual de los individuos. Esa conquista ha resultado muy difícil porque tras la
desigualdad se oculta el poder, el miedo al diferente y la superstición. La
relación desigualdad/igualdad ha sido la causa necesaria de las revoluciones
(la aspiración del Tercer Estado frente al Primero y Segundo en la Revolución
Francesa de 1789 o la del proletariado frente a la clase dominante en la
Revolución Rusa de 1917) y de las fricciones más importantes entre las
múltiples tendencias políticas de una sociedad estable.
Porque, usualmente, la divergencia básica entre
los diferentes movimientos políticos no rupturistas es la que separa a los que
desean progresar en la igualdad de los que quieren mantener el statu quo
existente. Ese es, también hoy, el principal signo de distinción entre los
llamados progresistas y los denominados conservadores. O, quizá, lo sea hoy más
que nunca, dada la convergencia que los modelos políticos actuales tienen hacia
el estándar económico intervencionista, de raíz socialdemócrata.
El laicismo o la confesionalidad, el estatuto
personal de los inmigrantes y el matrimonio de los homosexuales son ejemplos
actuales de fricciones entre los progresistas y los conservadores que tienen
como origen último la pugna entre la igualdad y la desigualdad.
(Continuará)