lunes, 10 de diciembre de 2012

Hasta las umbrías del Castaño






                Hay paisajes vírgenes, en los que siguen intactos los colores y las formas que ha creado la Naturaleza, y paisajes como los de la sierra del sur de Los Pedroches, que están surcados por caminos y veredas, salpicados de casitas blancas y rojas y listados por múltiples líneas de olivos plantados por el hombre. Hay paisajes en los que no se oyen más que el balanceo de las hojas y el trino de los pájaros y paisajes como los de la sierra del sur de Los Pedroches, en los que al sonido de las hojas y al trino de los pájaros bien podría unirse el canto de una cuadrilla de aceituneros. Y hay paisajes por los que uno anda sintiendo que quizá sea el primer ser humano que ha hollado esa tierra y paisajes como los de la sierra del sur de Los Pedroches, por los que no se puede andar sin sentir la reciedumbre de quienes dejaron su vida roturando esas heredades, el sudor amargo de quienes las trabajaron durante años, la alegría de las muchachas en el camino de vuelta al cortijo, el eco de las serenatas a media noche, el fango áspero de la injusticia y la presencia distante de los maquis. 

                 Hasta ahora, muchos habitantes de Los Pedroches han vivido de su tierra y en abierta comunión con ella, como si toda la comarca fuera una de esas explotaciones biodinámicas de las que tanto se habla ahora. Hasta ahora. Mañana, no sabemos. Esa es la conclusión que saco después de oír a mucha gente quejarse de lo mal que están los tiempos para los ganaderos y los agricultores, singularmente para los ganaderos de vacuno y de cerda y para los cultivadores de olivos. Según tengo oído, hoy cuesta más producir un litro de leche que lo que se obtiene con su venta y ya no trae cuenta coger aceitunas en estos terrenos de sierra, tan hermosos pero tan agrestes y tan poco fecundos.   

                 Quizá mañana, cuando salgamos a pasear, todas las casas sean chalets por estos lares y las líneas de los olivos que plantaron nuestros antepasados para que los aprovecháramos nosotros (no ellos) se hayan desdibujado entre la maleza. Y tal vez mañana, cuando se hayan ido los agricultores y los ganaderos, no exista comunión entre el hombre y la tierra y este campo sea como muchos terrenos de la costa y esté lleno de discotecas y de burgerkings. Tal vez, pero ahora no, todavía no.

                 Hasta que eso ocurra, si ocurre, conviene aprovechar el tiempo y hacer lo que nosotros hemos hecho hoy. Hoy hemos dejado el coche al comienzo de un camino sin nombre que sobre el km 19 sale a mano izquierda de la carretera de Pozoblanco a La Canaleja (CP-165). Es un camino ancho y de pasos fáciles que en su primer tramo discurre regularmente sobre una cuerda de lomas, de forma que hacia el Este deja ver los montes del paraje El Reverendo y, más lejos, los de Las Huérfanas, todos con sus cortijos blancos, sus rayas de olivos y, en algunos casos, las nubecillas claras que forman los humos de algunas candelas, en tanto que hacia el Sur permanecen siempre visibles las estribaciones más altas de la sierra, con la gran cortijada de La Canaleja a media falda de las montañas planas que llevan su nombre (Mesas de La Canaleja), por debajo de los peñascos donde se abre la renombrada cueva de la Osa.

                 El camino va situando poco a poco al caminante frente a las frías y tenebrosas umbrías del Castaño, escondidas del sol por los pliegues de los montes, en cuyos vértices, casi volados sobre el río Cuzna, se construyeron unos cuantos cortijos para dar refugio a los propietarios de los olivos que, increíblemente, pueblan las faldas de esa empinada parte de las montañas.

                  El Cuzna es el río por antonomasia del lado norte de la sierra y solía figurar en las leyendas y los mitos que se contaban antaño al calor de los hogares, tras las duras jornadas de trabajo. Hoy, llevaba bastante agua como para impedirnos el paso. En realidad, en invierno el camino se acaba aquí y empieza en el otro lado, pues todos los cortijos de más allá del río tienen su servidumbre desde el Sur.

                 Si bien la vuelta ha sido más rigurosa que la ida (más de doscientos metros de desnivel), nosotros la hemos hecho a buen paso, hablando de esto y de lo otro y, como me dijo alguien una vez y aunque me esté feo declararlo, sin hipar siquiera.