viernes, 2 de febrero de 2024
Luis Lepe Crespo, un amigo
sábado, 13 de enero de 2024
Al embalse de Sierra Boyera
Es
un día festivo de principios de enero de 2024.
Ahora
no sé cuántos meses llevamos sin que el agua de los grifos sea potable, pero
muchos en cualquier caso, por lo que los vecinos de Los Pedroches y del
Guadiato, en el norte de Córdoba, tenemos que proveernos de agua para beber y
cocinar a través de los camiones cisterna que las autoridades competentes en la
materia han puesto a nuestra disposición.
Para
alguien de fuera, que no haya seguido el proceso que nos ha llevado hasta aquí,
no es fácil de entender la situación o, al menos, no son fáciles de entender
las causas. Porque es cierto que hay una sequía extrema, pero no lo es menos
que hay pantanos con agua en la zona y que lo que ha pasado no ha pillado por
sorpresa a nadie.
El
caso es que hoy, cuando tenía que buscar un lugar por el que caminar, me he
acordado del embalse de Sierra Boyera, que era el que nos abastecía antes de
agua y ahora está prácticamente seco, y allí me he dirigido bastante bien
abrigado, porque los partes meteorológicos daban frío para todo el día.
La
presa de Sierra Boyera está muy próxima a Belmez y el embalse que forma con las
aguas del río Guadiato discurre en paralelo a la carretera que une ese pueblo
con el de Peñarroya-Pueblonuevo, hasta cuyo extremo más lejano se acerca cuando
las lluvias han sido generosas. Para ir a Belmez desde Pozoblanco, lo más
cómodo es tomar la carretera que aquí llamamos de Peñarroya y desviarse en el
cruce del Cuartanero hacia Belmez. Desde ahí, la carretera tiene algunas curvas,
pero posee un firme aceptable y el paisaje es muy hermoso, especialmente a
partir de la antigua estación de Cámaras Altas, que ha sido noticia
recientemente porque se ha inaugurado un tramo de la vía verde que la une con
Villanueva del Duque.
Hasta
Cámaras Altas, o incluso hasta más lejos, la mañana ha sido esplendorosa, pero
luego me he encontrado con una niebla cerradísima que se ha mantenido hasta
bien avanzado el día, de modo que con niebla he andado por las desiertas calles
de Belmez y con niebla he tomado la vía pecuaria Vereda de Córdoba, que me ha
llevado, con el ferrocarril a un lado y el río Guadiato a otro, hasta la derruida
estación de Cabeza de Vaca.
Que
el río es por ahí bastante ancho lo he visto desde el camino, pero no he descubierto
que estuviera corriendo un poco sino hasta un puentecillo (más bien vado) que
cruza el cauce frente al camino que conduce a la cueva Fosforita, cuyo acceso
está prohibido. Si el río no solo son grandes charcas, sino que corre –me
digo–, debe ser por alguna razón ecológica o porque es necesario llevar aguas
al pantano que hay más abajo, el de Puente Nuevo, porque la presa de Sierra
Boyera queda un poco más arriba y no las ha retenido.
El
asunto añade más barullo a los embarullados pensamientos que llevo mientras
camino. Para intentar desenredar la madeja, me pongo en el lugar de un lugareño
que intentara explicarle a un extraño lo que está pasando y, sin dejar de
andar, me digo:
A
ver, en el principio de todo, allá por los años 90 del pasado siglo, hubo una
sequía muy grande, que obligó a limitar el suministro domiciliario de agua a
unas cuantas horas. El agua se trajo entonces desde el embalse de Puente Nuevo
(más grande), con unas obras de emergencia, y nuestros gobernantes, con buen
criterio, resolvieron: «Esto no volverá a pasar. Construiremos otra presa en La
Colada para embalsar aguas del río Guadamatilla, con lo que tendremos asegurado
el suministro por mucho que duren las sequías». Así que se libró el dinero, se
licitaron las obras y se construyó la presa de La Colada, y, como volvió a
llover, se llenó de agua el embalse.
Pero
eso, que volvió a llover y, como volvió a llover, también se llenó el embalse
de Sierra Boyera, y entonces ya no hubo tanta necesidad de solucionar las
sequías futuras. De hecho, se dejaron perder las instalaciones que había traído
el agua desde Puente Nuevo y nunca llegaron a concluirse las instalaciones
necesarias para distribuir el agua desde La Colada. Así que había tres pantanos
en la zona, tres, pero solo uno estaba operativo para abastecer a la población,
el de Sierra Boyera, el más pequeño y el que causalmente se había secado.
Pero
he aquí que volvió el cielo a no mandar agua. Y entonces todo el mundo se puso
nervioso. No al principio, ni al medio, sino al final, cuando se vio clarito
que ni lloviendo se arreglaba inmediatamente el problema. Así que otra vez hubo
que adoptar decisiones de emergencia, es decir, a la carrera, y ya se sabe que
cuando se hacen las cosas sin pensárselas mucho puede ocurrir aquello en lo que
no habías pensado, que fue precisamente lo que ocurrió.
Ocurrió
que se fue a por agua a La Colada como si contuviera un agua cualquiera cuando
no era así, de manera que los sistemas de depuración de que se disponía no eran
suficiente para potabilizarla. Y ya no había tiempo de solucionar el problema.
Entonces
fue cuando llegaron las culpas del otro. Del otro. Del otro.
Los
seres humanos somos así, de colgarnos medallas por los méritos propios y ajenos
y culpar al otro de nuestros errores. Pero en España eso es más fácil, mucho más,
porque va con nuestro carácter y porque hay muchos organismos con competencias
en una misma materia. Para el caso del agua, hay cuatro, a saber: (1) el Estado
(a través de las confederaciones hidrográficas. En este caso, dos confederaciones,
la del Guadiana, para la presa de La Colada, y la del Guadalquivir, para las
presas de Sierra Boyera y Puente Nuevo); (2) la Junta de Andalucía (sobre las
infraestructuras de abastecimiento que ella misma haya declarado de interés
autonómico); (3) la Diputación Provincial (que tiene una sociedad instrumental
para la gestión del ciclo integral del agua, EMPROACSA) y (4) cada uno de los
ayuntamientos de las dos comarcas afectadas, que si bien tienen la gestión
cedida a la Diputación conservan la titularidad de los medios necesarios para
la prestación del servicio y el deber moral de llevar agua de calidad a sus
vecinos.
Y
esos organismos (ese maremágnum de instituciones) están gobernados por partidos
distintos, o, más bien, enfrentados. Es decir, que siempre es posible
responsabilizar al otro partido de lo malo que está pasando. Y como a eso hay
que añadir que la presa de La Colada se terminó en 2006 y por el gobierno de cada
uno de los organismos citados han pasado distintos partidos, siempre es posible
responsabilizar a otro partido de lo malo que ya ha pasado.
El
caso es que echar las culpas al otro de lo malo de ahora o de lo malo que trae
causa del pasado es sumamente fácil para los partidos políticos, que son los
que realmente gobiernan. Y como les vale, porque la gente se cree mayoritariamente
lo que les cuentan los líderes de los partidos más afines a su ideología, pues
les echan las culpas al otro y ya está lo más importante arreglado.
Bueno,
a ver, sigue sin arreglarse el problema del agua, que por supuesto todo el
mundo quiere solucionar. Pero lo quiere solucionar después de sacudirse las
culpas, después de responsabilizar al otro, con una unidad más de boquilla que
real. No recuerdo que nadie haya culpado a los suyos, sin peros, ni creo que lo
haya habido. Pero recuerdo reuniones de los dirigentes del PSOE, por su cuenta,
y de los del PP, también por su cuenta. Todas con las fotos respectivas que
sirvieran para documentar su interés, esto es, para que los spin doctors de
turno pudieran hacer propaganda.
Ha
habido reuniones conjuntas, de todos, muchas reuniones. Y ha habido
declaraciones de unidad, muchas, pero quienes han asistido a ellas o las han
firmado nunca se han sacudido el peso del partido al que pertenecen y eso,
naturalmente, ha calado en la población, que si ya está dividida por la
política general, se dividió también sobre este trascendental asunto.
Así
que cuando se creó una plataforma ciudadana, algunos de cuyos líderes habían
estado vinculados a movimientos de izquierdas, se pensó que la plataforma era
de izquierdas. Se pensó directamente por la ciudadanía y, sobre todo, se pensó
aleccionada por los partidos: unos porque quisieron hacer suyo el movimiento
(como ha pasado con la patria o con el movimiento feminista, por ejemplo, que
son de todos) y los otros porque dejaron que los primeros lo hicieran suyo (y
aquí tengo que poner otra vez de ejemplo a la patria y al movimiento
feminista).
La
división se agravó cuando algunos metieron a los ganaderos en el problema y,
consecuentemente, en la solución. Los ganaderos son uno de los motores
económicos de Los Pedroches, especialmente los ganaderos intensivos, a los que
se culpó de contaminar las aguas que ahora no se podían depurar. Nadie dijo que
si contaminaban era porque se les estaba permitiendo por quien tenía
competencias medioambientales (menos la Diputación, todas las demás
instituciones las tienen), y era a quien se lo permitía y se lo había permitido
a quien había que exigirle responsabilidad, igual que hay que exigirle
responsabilidad al que, teniendo competencias en la materia, mira para otro
lado cuando alguien parcela sin permiso un territorio o construye ilegalmente
en el campo.
La
plataforma ciudadana, con la mejor intención, quiso sumar a los alcaldes a las
protestas, lo que yo creo que fue un error, porque los alcaldes quieren lo mejor para su pueblo, pero dentro de lo que diga su partido. Y a los partidos
lo que de verdad les interesa es gobernar en todo, pero especialmente a lo
grande, en lo grande, antes que en lo chico. Es decir, a los partidos les
interesa el relato que nos convierte a todos en seguidores fieles de sus
consignas. En seguidores fieles y ciegos.
Así
que los alcaldes eran, en el fondo, parte de aquello contra lo que se
protestaba. De esa manera se entiende que se sumaran a las protestas, sí, pero
como a remolque, y ya se sabe que los remolques son una carga de la que hay que
tirar, aunque no lleven nada encima.
Que
la presentadora de la concentración última organizada por la plataforma diera
las gracias a los alcaldes por lo que estaban haciendo es una muestra más de lo
mal definidos que están los papeles de quien protesta (la sociedad) y aquellos
contra quienes se protesta (los que tienen que tomar las decisiones, esto es,
los representantes de la sociedad, alcaldes incluidos).
Las
protestas han sido, en fin, escasas y poco nutridas, impropias de la gravedad
del problema. De hecho, la única de verdadera relevancia ha sido la mencionada
huelga de hambre, esto es, han tenido que ser cuatro personas y no la población
la que se haya puesto en pie para demandar dinero. Porque, al final, todo se
resume en eso, en quién pone el dinero.
El
asunto da para un comentario más largo, pero no quiero aburrir al paciente lector
de estas páginas y tiempo habrá para hablar de lo que aquí se toca medio de
refilón. El caso es que, según parece, tendremos agua potable en los grifos pronto,
más o menos un año después de que nos prohibieran beber la que nos llega. O no.
Nunca se sabe, porque nuestros representantes –por increíble que parezca– siguen
haciendo la guerra por facciones, dependiendo del partido al que pertenezcan.
En
lo que afecta a este paseo, en conclusión, solo me queda decir que de las
orillas del Guadiato me fui a la presa de Sierra Boyera, donde comprobé la poca agua que retiene, y que anduve pensativo y en soledad por la carretera que la
corona, como el último ser vivo de un mundo desolado. Solo mucho después,
cuando la mañana estaba a punto de dar paso a la tarde, se fue la niebla y pude
ver a lo lejos la línea blanca y roja de las casas de Belmez, el gris pajizo
del cerro que escolta al pueblo y, arriba del todo, la silueta recia e imponente
del castillo recortada sobre el azul intenso del cielo.
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viernes, 8 de diciembre de 2023
Tender puentes/levantar muros
En
mayo de 2014, mi amigo Rafael y yo hicimos una ruta entre Peñarroya y El
Porvenir de la Industria, lo que me llevó a escribir una entrada en este blog sobre
el cementerio de esa aldea de Fuenteovejuna, que estaba abandonado. El recuerdo
de ese cementerio (el recuerdo de su abandono, más bien) me ha perseguido desde
aquel día, de modo que hoy he dispuesto lo necesario para comprobar el estado
en que se encontraba después de hacer el mismo camino.
La
entrada de entonces describía el recorrido, de modo que a ella me remito sobre
ese particular. He de decir, no obstante, que el día se presentaba nublado,
pero no frío, que los campos se hallaban verdes y húmedos y que me fue muy
grato recorrer los casi siete kilómetros que hay entre ambas poblaciones,
dejando volar el pensamiento a veces, abstraído otras en la visión de los pedregosos
cerros, en cuyas cimas romas se habían detenido las nubes.
El Porvenir de la Industria está medio igual que hace nueve años, mejor incluso. Sus calles rectas siguen igual de desiertas, pero están cuidadas y limpias y me pareció que la plaza de la Constitución y los numerosos terrenos públicos que hay hacia el este están mejor conservados, campo de fútbol incluido. Como la otra vez, entré en el bar Potete, que sigue existiendo, y con el mismo nombre. Dentro no había nadie, ni siquiera el camarero. Ya me iba, cuando en la puerta de la calle me encontré con el que debía ser el dueño, que venía andando desde lejos. Me volví y entramos juntos. Y dentro, mientras esperaba un café y una magdalena enorme de una caja que estaba a la vista, pregunté a quien me atendía por la persona que lo hizo entonces. «Era mi padre», me contestó. «Hace menos de un mes que se ha muerto».
Hablamos
un rato, poco, lo justo para trasladarle los motivos de mi visita y para
entender por sus palabras que el cementerio debía encontrarse en mejor
situación, y me encaminé hacia mi destino.
El
cementerio está justo al este, como a un kilómetro del pueblo, y se llega a él
por un camino llano y entretenido, que discurre entre ermitas y una extensa
área de recreo preparada para hacer picnic. Desde fuera, el cementerio me
pareció proporcionado y adecuadamente dispuesto: la tapia estaba bien encalada,
sobre ella sobresalían con armonía los chorros oscuros de varios cipreses y en
la puerta se habían plantado recientemente seis palmeras.
Estaba
abierto. Después de leer la cita del libro de los Macabeos que hay en un rótulo
pegado a la portada («Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos»),
entré. Uno se da cuenta enseguida de que el cementerio está en mejor situación
que estaba la otra vez. Las dos hileras de nichos que recorren el costado de la
puerta, el de las inhumaciones más recientes, se encuentran bastante bien,
aunque aún hay tramos con el tejado de uralita, en tanto el resto del recinto
se mantiene en un estado decente. Decente, no más, pero al menos se han tapiado
los nichos que aquel día vimos en ruinas y el amplio descampado interior está
recogido y limpio. Se agradece que el Ayuntamiento de Fuenteovejuna se haya
gastado algún dinero aquí, pero no estaría de más que siguiera haciéndolo,
porque aún tiene terreno para la mejora.
Paseo
un buen rato entre las sepulturas y, antes de irme, echó una última mirada,
hago unas fotos y pienso en la igualdad de las tumbas y los nichos de este
cementerio: parece como si aquí se aplicará de verdad eso de que, ante la
muerte, todos somos iguales. Todos, los ricos y los pobres, los judíos y los
palestinos, los hombres y las mujeres, los de izquierdas y los de derechas…
Salgo
del cementerio y tomo el camino de vuelta hacia Peñarroya, pero he aquí que
enseguida me encuentro con que está cortado con una valla, lo que me obligará a
volver por donde he venido. Es decir, a
recorrer varios kilómetros más. O sea, que frente al interés particular del
propietario de la finca, se verá perjudicado mi interés, que es el interés del
público caminante, el interés público, en fin.
Esto
son las consecuencias de ponerle cercas a los intereses particulares, me digo.
Como
el camino se me hace largo y soy un paseante solitario, pienso más. En otras
cercas, en otros muros, en las murallas, sean físicas o mentales. Casualmente,
es 6 de diciembre, el día de la Constitución, y, también casualmente, tengo que
pasar por la plaza de la Constitución de El Porvenir de la Industria. La
Constitución Española terminó en 1978 con el enfrentamiento entre españoles que
llevaba vigente, sin descanso, desde principios del siglo XIX. Para ello hubo
que derribar muchos muros, a fin de que se sentaran juntos Santiago Carrillo,
Dolores Ibarruri, Manuel Fraga, Felipe González y Adolfo Suárez, entre otros
muchos diputados con una historia personal y una ideología muy distinta, y hubo
que derribar muchos muros para que todos ellos consensuaran el mismo proyecto para
todos los españoles.
Entonces
se pensó que lo mejor era lo común, que siempre existe, y se hicieron
concesiones. Era una idea innovadora, generosa y trascendente. Esas concesiones
que ahora se entienden por algunos como una inmolación, como una traición, como
una renuncia inexplicable, sin darse cuenta de que los otros también las
hicieron, de que todo el mundo las hizo.
No
hace falta leer a Rousseau y a Maquiavelo para distinguir entre un tipo iluso y
uno realista o entre uno cínico y uno íntegro y virtuoso. Mientras camino,
pienso en la valla que me ha cerrado el paso y en las excusas cínicas que se
dan para cortar los caminos, para construir murallas, para levantar muros. Hubo
un muro en Berlín que separaba dos mundos, el del bien y el del mal, y el «bien»
se quedó del lado del que había construido el muro, como ocurre siempre en todo
tipo de muros, en los pasados, los presentes y los futuros, en los de piedra y en
los mentales.
Lo
dice la canción de Nicolás Guillén y Quilapayún: Tun, tun, ¿quién es?/Una rosa y un
clavel/Abre la muralla. Tun, tun, ¿quién es?/El alacrán y el ciempiés/Cierra la
muralla. Y así toda, abriendo al bien y cerrando al mal. Abriendo al amigo, a
la yerbabuena y al ruiseñor en la flor y cerrando a la serpiente, al veneno y
al sable del coronel.
Ahora,
Pedro Sánchez, que es más de Maquiavelo que de Rousseau y asegura hacer de la
necesidad (privada) una virtud (pública), ha propuesto levantar un muro contra
la derecha. Él, que tiende puentes con los que quieren destruir la constitución
que nos une, quiere levantar un muro contra los grupos constitucionalistas que
han sido votados por casi la mitad de los españoles, es de entender que para
meter dentro a los buenos y dejar fuera a los malos.
Los
muros mentales, como los demás, se construyen con ladrillos. Los ladrillos de
los muros mentales son el pensamiento de los ciudadanos adoctrinados, y son
materiales duros, inflexibles y manejables, que se pueden apilar y colocar
donde mejor convenga al líder, el gran arquitecto de los dogmas, con el
argumento de que eso es lo que más interesa al grupo, cuyos componentes se
sienten reconfortados con la verdad, amparados los unos en los otros y seguros.
Mientras
camino, me pregunto qué soy, de qué lado
de la muralla estoy. ¿Habría defendido yo una idea y, solo unos días después,
la idea contraria después de haber recibido del líder de mi ideología la
consigna en tal sentido con el argumento/la falacia de que hay que hacer de la
necesidad virtud?
Coincido
con numerosos planteamientos del partido de Pedro Sánchez, pero no, no quiero
estar dentro de su muralla, ni quiero que con mi pensamiento construyan un muro
defensivo contra los que quieren arrebatarle el poder, aunque en numerosos
aspectos estén equivocados. Prefiero ser serpiente, veneno y ciempiés y,
además, creo que varios coroneles con sable se metieron dentro antes de cerrar
las puertas.
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sábado, 15 de julio de 2023
Rompiendo la oscuridad y el silencio
Cuando me levanto (siempre muy temprano), me tomó un café, enciendo el ordenador y leo los titulares de algunos periódicos y las últimas entradas de varios blogs, es decir, intento recibir información y opiniones de distinto signo sobre distintos temas y ámbitos. El fin no es regodearme con lo que me gusta y, en consecuencia, refuerza mis ideas previas, sino oír distintas voces para contrastar ideas y poder pensar por mí mismo, cambiando, si es preciso.
Desde hace muchos años, una de esas voces es, indefectiblemente, la que Antonio Merino Madrid expresa a través de su blog Solienses sobre asuntos que casi siempre tienen que ver con la sociedad en la que ambos (él y yo) vivimos. Como pienso después de haber leído, y no antes, yo le debo a Antonio Merino una parte importante de lo que acaba siendo mi pensamiento, lo que es tanto como decir una parte importante de lo que soy.
Se lo debo yo (que no soy nadie) y se lo debe la opinión pública de Los Pedroches, en la que influyen decisivamente sus análisis por dos vías: en primer lugar, directamente en la audiencia de su blog, y, en segundo lugar, y más decisivamente, mediante la opinión que crea en otros opinadores, a través de los cuales no es infrecuente que se extienda el debate sobre los temas que trata.
Hay agentes de internet con muchos seguidores que no influyen casi nada porque se limitan a subirse a la ola que ya se ha formado y agentes como Antonio Merino, que crean olas a fuerza de poner el foco sobre el detalle que nadie ha visto y son, por eso, decisivos.
Debe ser a veces muy amargo y siempre resultar difícil ser tan libre como lo es él, especialmente en una sociedad tan pequeña como la de Los Pedroches. Y tiene que ser muy cansado, en lo físico y en lo mental, sacar casi a diario una entrada nadando entre tanto barullo, entre tanta corriente enfrentada y entre tanta estulticia.
No siempre estoy de acuerdo con él y él no siempre está de acuerdo conmigo, pero así es como debe ser. No de otra forma le agradecería, como hago ahora, que lleve veinte años sacando una página que nos ilumina y nos duele.
sábado, 28 de enero de 2023
La mala vida en Los Pedroches, de José Luis González Peralbo*
La Historia es como el
juego entre la memoria y el olvido. En la memoria, quedan las referencias
importantes, los hechos traumáticos o significativos, y lo demás, se olvida. En la Historia, que parte con la escritura,
se estudian los hechos importantes de las sociedades y lo demás, no se estudia.
Y los hechos importantes son los protagonizados por la gente importante.
Hasta no hace tanto
tiempo, la Historia se veía como vemos una película. En las películas hay
protagonistas, que son los que llevan el peso del argumento, hay
coprotagonistas y hay numerosos personajes secundarios. Pero en una película hay
más gente aparte de esa, están los figurantes, que no son protagonistas ni personajes
secundarios, sino parte del paisaje.
Tampoco las personas comunes,
la gente, eran nadie a efectos de la Historia.
Solo mucho después,
cuando los historiadores se dieron cuenta de la importancia que tenían las
ideas en el devenir de los cambios que aparecían en la sociedad, y
especialmente a partir de los cambios provocados por el movimiento obrero, se empezaron a estudiar los movimientos sociales.
Así que tenemos, por un
lado, a los grandes nombres y, por otro, al pueblo entendido como sujeto único
en los movimientos sociales. Ambos son ahora, en los tiempos actuales,
protagonistas de la Historia. Pero, ¿dónde quedan las entrañas de la sociedad,
sus vísceras, su minuto a minuto? ¿Dónde, la identidad de las personas que
sufren las decisiones de los grandes mandatarios, la identidad de las personas
que salían a la calle para protestar o para hacer las revoluciones? ¿Dónde, la
explicación de cómo vivían esas personas en su casa, como se ganaban la vida,
cómo se relacionaban entre ellas?
Pues bien, para saber
cómo son esas sociedades por dentro, no nos queda más remedio que acudir a los
libros de ficción, especialmente a las novelas, o acudir a libros de Historia
como La mala vida en Los Pedroches,
del que es autor José Luis González Peralbo, que incluye episodios históricos
relacionados con actividades al margen de la ley que tuvieron lugar en Los
Pedroches desde finales del siglo XVI hasta principios del siglo XX.
Cada uno de estos
episodios es una historia concreta y completa, la historia de un hecho
delictivo. Una historia en la que aparece la víctima y, normalmente, el
malhechor, que es el personaje principal. Y en la que aparecen también, en su
ser natural, toda una serie de personajes secundarios: la autoridad que
investiga y sanciona, los testigos, los familiares, los médicos y los
cirujanos, etc.
Hay un saber que entra
en las casas y ahonda en las almas, ante el que no mostramos la verdad, pero
que tiene como obligación averiguar la verdad para emitir una decisión: la
justicia. Y la justicia tiene en su ser dejar constancia de los procedimientos
que instruye, que contienen informes médicos, declaraciones, actas y toda una
serie de documentos que, con el tiempo, pasan a ser de dominio público.
José Luis González
Peralbo ha ido a los archivos de Los Pedroches, ha investigado en ellos, ha
recogido decenas de casos de mala vida de esa época que les he dicho, los ha
convertido en episodios, los ha insertado en el marco histórico general y los
ha ordenado para formar un libro que recoge, de un modo o de otro, la parte
negativa que anida en toda sociedad, parte negativa que debe insertarse en un
contexto personal, familiar y vecinal.
O dicho de otra forma, si
queremos entender la mala vida de una persona, debemos observar las circunstancias
que rodean a esa persona, lo que nos llevará a conocer a esa persona por entero.
Muchas malas vidas de muchas personas nos darán muchas circunstancias vitales,
que, sumadas, nos dirán las circunstancias de la sociedad, cómo es, en fin, esa
sociedad.
La forma de vida que se
cuenta en el libro ha llegado hasta épocas muy recientes. Lo vemos en los dos
aspectos fundamentales que, a mi entender, nos muestran la obra: uno sería cómo
eran aquellos individuos, antepasados nuestros no tan lejanos en el tiempo, que
vivían donde vivimos ahora nosotros. El otro sería cómo era la sociedad que
constituyeron.
En cuanto a las
personas, cabe decir que la inmensa mayoría vivían con poco, según se desprende
de los inventarios de bienes recogidos en el libro. Eran pobres, muy pobres.
Comparados con lo que se tiene hoy, eran pobres hasta los ricos, así que nos
podemos hacer una idea de lo pobre que era la gente común y lo miserable de la
vida de los pobres de entonces. La motivación principal de la mayoría de la
gente era sobrevivir, y a la supervivencia estaba destinada la mayor parte de
su tiempo y su actividad vital.
En esas condiciones, no
debe extrañar el peso que tenía la religión, como lo tiene en muchas personas
que sufren, a la que se veía como una esperanza reparadora e igualadora en la otra
vida, pues pocas veces cabía esa posibilidad en esta. La religión, además, era
única y obligatoria, tan obligatoria que exigía para lo importante la limpieza
de sangre.
Quienes desempeñaban
estos oficios aparecen en el libro porque nadie se encontraba al margen de la
mala vida, pero esas consecuencias judiciales, ya en el mismo procedimiento, y
por supuesto en las penas, no eran lo mismo para unos que para otros.
Los gitanos lo tenían
más complicado. Tampoco se trataba bien a los forasteros, a la gente de vida
errante y a los que andaban de pueblo en pueblo sin querer arrimarse al
trabajo.
La sociedad que recoge
el libro es injusta, porque no trata por igual a los seres humanos, al
contrario, trata mejor a los poderosos que a los débiles, especialmente en la
primera época, y es cruel, porque no castiga con proporcionalidad, sino de
forma vengativa y con carácter ejemplarizante.
Es una sociedad pobre
en lo económico y pobre en lo moral, en la que el peso del trabajo recae sobre
los más desfavorecidos, sobre los que también recae el mayor peso de la
justicia. Llama la atención, por ejemplo, el valor que se le da al perdón de la
víctima, como si el delito se hubiera cometido solo sobre a ella y no sobre conjunto
de la sociedad.
La sociedad que se
muestra en el libro era comarcal, mucho más que lo es ahora. Los Pedroches de
aquel entonces no coincidían exactamente con los límites administrativos actuales.
Eran unos límites mucho geográficos, más físicos, y llegaban más lejos,
singularmente más lejos por el norte.
La gente iba de un
pueblo a otro con muchísima facilidad, yo creo que porque muchos de los
habitantes de Los Pedroches vivían en el campo y había una red de caminos y
veredas muy extensa que conectaba unos lugares con otros, unos pueblos con
otros.
Probablemente la
llegada de los vehículos a motor, que limitó la circulación a los mejores
caminos, luego convertidos en carreteras, contribuyó a que la gente viviera en
los pueblos, e hizo que ese movimiento entre unos pueblos y otros fuera menor.
Los forasteros eran,
por lo general, gente más humilde aún que los residentes de Los Pedroches. De
San Pedro de Rocas y Lobaces, en el obispado de Orense, por ejemplo, vinieron
unos gallegos que decían había salido de sus tierras para Castilla a trabajar
haciendo sogas y poder ganarse la vida, porque en su tierra había mucha
miseria.
Como forasteros que
eran, eran mal vistos. Así que la autoridad de Torremilano los alistó a la
fuerza como soldados en la leva a que estaba obligada esa población. Ahora
bien, los gallegos quebrantaron la prisión y se fugaron, huyendo por un
hornillo situado en una corraleja, junto a una escalera de piedra.
De los gallegos, nunca
más se supo.
En general, de los que
huían de la justicia nunca más se sabía, a menos que se entregaran luego. Y no
había que ir muy lejos. Bastaba con traspasar los límites de la comarca para
desaparecer a ojos de la justicia que los perseguía.
El mundo, entonces, era
más grande, más confuso y más opaco que ahora.
De todo lo antedicho,
cabe deducir que, aunque muchas veces se echan en falta hoy valores de
entonces, no era una sociedad mejor armada moralmente que la nuestra. La
principal virtud de aquella sociedad, que hoy se echa en falta, era la
capacidad de respuesta ante el sufrimiento, quizá porque la gente sufría mucho,
muchísimo, y estaba acostumbrada a ello.
La miseria, el miedo y
el sufrimiento eran los principales componentes emocionales de que estaba hecha
aquella sociedad oscura. El miedo debía de ser macizo, plúmbeo, debía meterse
en la memoria, en los huesos y en los sueños. El miedo a lo desconocido y el
miedo a lo conocido. Fueras inocente o culpable. Fueras bueno o malo. Porque
todo el mundo era presuntamente culpable.
Dice José Luis González
Peralbo en el libro, por ejemplo, que el tormento era aplicado a los testigos
de los que se sospechara que sabían la verdad y no colaboraban lo suficiente.
La gente común, especialmente los pobres, temen a las autoridades y a la
justicia tanto o más que a los propios criminales.
Lo pobres más de verdad
estaban obligados a andar por el borde la ley para sobrevivir, o directamente,
a eludir la Ley, a pesar del castigo descomunal que eso suponía. Estaban obligados a sisar, a
escurrirse, a robar algo tan de los cerdos como las bellotas, a ser eso que protagonizaba buena parte
de la literatura de los primeros tiempos de entonces, a ser un pícaro. De
hecho, se ve que detrás de la vida de la mayoría de la gente hay una historia
que es una verdadera epopeya de la supervivencia.
Para contar esas
historias se necesita de una gran habilidad comunicadora. Se necesita, especialmente,
cuando la historia se cuenta de viva voz y se interpreta y en libros como La mala vida en Los Pedroches, donde se
recogen historias de los archivos y uno está obligado a extraer de ellas lo
mejor y más ameno.
José Luis, como buen
historiador que es, ha ido a los archivos y ha recogido las historias, pero
para presentarlas al público en un libro ha tenido el acierto de actuar como un
perfecto narrador. Y, para ello, se ha introducido en el texto él mismo. Ha
contado lo que hay y ha opinado. Lo ha hecho dotando de ironía y gracia al
texto e introduciendo esa suerte de chascarrillos sonoros que son los
epigramas, que emplea a modo de
corolario, como la aleccionadora moraleja de una fábula.
Con La mala vida en Los Pedroches, en fin, el
lector pasará buenos ratos, que es un generoso fin en sí mismo, se enterará de
cómo eran nuestros antepasados y la sociedad que tejieron y, cuando lo termine,
se quedará con un regusto muy agradable.
* Extracto de mi intervención en la presentación del libro.
sábado, 6 de agosto de 2022
Y los caminos de Adroches XVII: El Viso o La vida en barbecho
Cuando era joven,
había varias discotecas en El Viso y los muchachos de Pozoblanco íbamos a ellas
buscando aventuras y oportunidades, algunas de las cuales cuajaron en parejas mixtas, que desde entonces fueron parte de nuestras vidas. Luego, hice las prácticas de
trabajo en el Ayuntamiento de El Viso, fui muchas ediciones a las fiestas en
honor de la abuela Santa Ana y fueron incontables las noches que visité su
centro de salud cuando Carmen estuvo allí haciendo guardias. He ido a El Viso
con causa y sin causa, montones de veces, para hacer algo y para no hacer nada,
he navegado en piragua por el pantano de La Colada, he comido en la huerta de
Los Frailes el lunes de Pascua, he visto las vaquillas desde la barrera en los
días de feria, he disfrutado muchas ediciones del auto de los Reyes Magos y,
entre otras cosas, he andado por muchos de sus caminos.
Todavía es invierno
cuando comienzo junto a la Piscina Municipal el camino que propone Adroches
para El Viso, pero ya se vislumbra la primavera, es media mañana y el Sol me
manda una luz blanda y un calor tibio, escondido por momentos entre las nubes.
Ha llovido recientemente y los campos, que tenían la piel seca y áspera de los
labradores antiguos, tienen ahora un verdor claro y la cara lustrosa, como si
se le hubieran dado un lavado y vinieran hidratándola desde hace días con algún
emplasto casero. Mientras camino, veo grietas en la faz del campo, pero son hechas
a propósito, con el afán de dejarla en barbecho.
Cuando era chico, mi abuelo Juan me explicó la necesidad de labrar al tercio para dejar recuperarse a la tierra, y me puso como ejemplo una cerca conocida por mí a la que, obligados por la necesidades de la posguerra, se la había puesto en producción dos años seguidos: aquella cerca no produjo el segundo año lo que el primero ni pudo producir durante muchos años. Luego, oí que se podía lograr una producción agrícola más eficiente rotando los cultivos, de manera que unos aprovecharan los nutrientes que no aprovechaban los otros. Y, más tarde, oí que la eficiencia había llegado a tal punto que era necesario producir menos para mantener los precios, por lo que la Unión Europea obligó en la PAC a dejar un porcentaje de tierras en barbecho.
Cuando escribo esto,
la invasión de Ucrania por Rusia (ambos grandes exportadores de cereales) ha
hecho que se produzca un alza generalizada en los precios de los insumos agrícolas
y se tenga la sensación de un posible desabastecimiento, por lo que quienes
saben de esto están cuestionando la existencia de los barbechos, que dejan
cientos de miles de hectáreas sin sembrar.
Aunque no soy
agricultor ni ganadero y entiendo más bien poco de campo, reconozco que tal vez
deba eliminarse el sistema de barbecho para volver a la rotación de cultivos,
que hace más productiva la tierra y abarata los precios. Todo mientras no se
ponga tan en cuestión el barbecho que decidan suprimirlo para todo, también
para la vida: al fin y al cabo, las mejores épocas de la vida son esas, las que
uno dedica a recuperar los nutrientes perdidos en el trabajo, las de barbecho.
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martes, 2 de agosto de 2022
Los caminos de Adroches XVI: Villaralto o Las ventajas del panteísmo
Aunque está en el
centro de Los Pedroches, Villaralto coge un poco a trasmano, como quien dice,
pero es un pueblo que conviene visitar aunque sea dando un pequeño rodeo, pues conserva en lo esencial el aire afable que
tuvo antaño, de calles largas y casas blancas con dinteles de granito y tejados
rojos.
En Villaralto no se
perdieron castillos ni conventos con ese desarrollo mostrenco que trajo la
modernidad, porque nunca los hubo. Aunque Villaralto también tuvo sus ricos,
solo eran ricos de altura local, que no construyeron palacios ni casas muy
grandes, así que por ahí tampoco se ha perdido gran cosa. La gente de
Villaralto siempre fue de clase trabajadora y humilde, que solía ganarse el pan
trabajando en las fincas de otros, muchos de ellos como pastores. No en vano, Villaralto
tiene como patrona a la Divina Pastora, en Villaralto está el museo del Pastor
y en Villaralto se celebra anualmente la feria del Pastoreo.
Villaralto nació como
aldea de Torremilano y, al escindirse de este, solo pudo llevarse un término
municipal muy pequeño, de modo que los caminos que nacen en Villaralto se salen
pronto de su término municipal. Lo digo aquí como curiosidad, aunque a los
caminantes, que somos personas de mundo y del mundo, no nos importen esos
límites artificiales que sobre el terreno imponen los seres humanos en función
de sus terruños mentales, ni les importen a los que, como yo, se consideren de
Los Pedroches, así, en conjunto, y no de un pueblo o de otro de la comarca.
El camino que propone
Adroches se sale de Villaralto pronto, ya digo, y discurre por el centro de Los
Pedroches, entre varios pueblos que tienen como patrona a la Virgen de Guía, a cuya
ermita conduce.
Lo recorro un día de febrero precioso, demasiado, porque a estas alturas del año debería estar lloviendo. Salgo de Villaralto temprano, casi al alba, cuando la Tierra aún tiene legañas, el suelo cruje con su desperezo y en el aire se aprecia el vaho de su aliento frío. Me gusta imaginar a la Tierra así, como si no solo fuera un ser vivo, sino, además, un ser pensante que me aloja y consiente mi paso, un ser pensante en el que fui y al que volveré un día. Un ser pensante del que formo parte, como esas ovejas que me observan, como esas piedras que rompen su silencio cuando las piso, como esas viejas encinas a las que descompusieron el tronco cuando eran jóvenes pero siguen en pie, con los brazos arriba, inabordables a las inundaciones y a las sequías.
Ser panteísta tiene
la ventaja de que eres de todas las ideologías y de ninguna, o eso creo
mientras camino. Con pensamientos como esos y otros por el estilo, haciendo una
foto aquí y otra allá, recorro casi sin darme cuenta el cómodo camino que me
lleva hasta la ermita de la Virgen de Guía, cuyo culto es compartido por los
pueblos de Villanueva del Duque, Alcaracejos, Dos Torres, Fuente la Lancha e
Hinojosa del Duque, y se halla muy cerca de Alcaracejos y más cerca aún de
Villanueva del Duque, de la que dista menos de un kilómetro, que puede
recorrerse por un paseo recto y bien cuidado, marcado por una pared baja de
piedra y otra de madera, alumbrado artificialmente y circundado por árboles y
arbustos.
Admiro la emita y su
entorno, de los que no hablo porque hay mucha información por ahí y es mucho
mejor que sería la mía, y entro en el cementerio de Villanueva del Duque, que forma
parte del conjunto.
Ser panteísta tiene
la ventaja de que reconoces en cada puñado de tierra parte de lo que seremos,
así que no me impresionan los cementerios más allá de lo que dicen sobre las
costumbres de los vivos y sobre lo que a los vivos afecta la efímera memoria de
los huesos.
El Sol se ha levantado y
observa lo que hago. Sutilmente, con los ojos entornados, lo miro por un
momento y le sonrío, agradecido. Sé que me mandará su luz y su calor hasta
Villaralto, hacia donde me encamino por el sendero que nos propone Adroches,
que recorro gozosamente y sin prisas, ahora no recuerdo pensando en qué.
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