lunes, 27 de julio de 2026

España, una sociedad plástica

 

La plasticidad y la rigidez no son rasgos esenciales de las cosas, sino estados que cambian según las condiciones del sistema. En la naturaleza ocurre así, y en la vida social también.

En las cosas, un buen ejemplo nos lo da la arcilla.

La arcilla húmeda y maleable representa a la sociedad en estado de plasticidad. La arcilla, en estado fresco, se amolda a la presión de las manos del alfarero, se puede corregir, rehidratar y volver a moldear sin destruir la materia prima, sin destruir su esencia, que sigue siendo la misma aunque se le añadan pigmentos, agua o pequeños agregados, que integra en su propia masa cambiando su color y textura final.

Como si fueran arcilla fresca, las sociedades plásticas se amoldan mejor a las demandas sociales, a los cambios tecnológicos, a las corrientes migratorias y, en general, a casi todos los conflictos, que asumen sin intención de eliminarlos por completo, resolviendo lo resoluble y aprendiendo a convivir con lo irresoluble.

La arcilla cocida representa a la sociedad en estado de rigidez. Una vez que la arcilla pasa por el fuego del horno, pierde toda el agua y se convierte en cerámica. Adquiere entonces una forma fija, dura, impermeable y predecible. Es muy eficiente para mantener la función para la que fue concebida, pero ya no admite correcciones y, si ejerces presión sobre ella para cambiar su forma, no cede un milímetro, se resquebraja o se rompe.

Muchas sociedades nacen en estado plástico, tras periodos constituyentes o revolucionarios, y conservan durante un tiempo su apertura y flexibilidad. Pero a medida que el sistema se institucionaliza, crea dogmas, burocracia, tradiciones intocables e identidades sagradas, pierde la empatía, el debate y la capacidad de reforma, y queda expuesta a romperse al primer impacto fuerte.

De ese modo, la arcilla fresca es la sociedad plástica, capaz de rediseñarse sin destruirse, en tanto la arcilla cocida es la sociedad rígida, que ha petrificado sus normas y se ha vuelto frágil, de modo que solo puede cambiar a través de la ruptura.

Pensándolo bien, algo no muy distinto les ocurre a las personas.

La persona plástica no se desmorona de forma definitiva ante un fracaso, una pérdida o una crisis, sino que se dobla, procesa el dolor, aprende y se reconfigura, acepta que no lo sabe todo, que sus opiniones pueden evolucionar con la experiencia y que integrar distintas formas de pensar no amenaza su identidad, sino que la ensancha.

La persona rígida, en cambio, sostiene su seguridad en dogmas inflexibles, normas estrictas, prejuicios o en la necesidad de tener siempre la razón. Como la cerámica cocida, parece muy fuerte mientras la vida transcurre según sus esquemas, pero cuando ocurre un cambio inesperado o traumático que no encaja en sus reglas, no sabe adaptarse, sufre crisis de angustia, depresión o reacciona con ira y negación. Cualquier idea o persona que cuestione sus esquemas es percibida como una amenaza existencial, lo que la lleva al aislamiento o a la agresividad defensiva.

Volviendo a las sociedades, lo ocurrido en el mundial de fútbol me ha llevado a pensar en la española, que hoy percibo de una gran plasticidad, lo cual no es un hecho fortuito, sino consecuencia de factores históricos, sociológicos y geográficos.

Uno de ellos es la reacción alérgica al dogmatismo que trajo consigo la Transición, pues de ser un régimen autoritario, confesional, centralista y moralmente rígido se pasó a ser otro europeo, moderno, abierto, tolerante y flexible, mucho más secularizado y liberal.

Otro factor es consecuencia de la descentralización y el encaje territorial del Estado de las Autonomías. La convivencia de identidades regionales (catalana, vasca, gallega, andaluza, etc.) con la identidad española ha acostumbrado a la gente a no concebir la pertenencia como algo monolítico, de manera que, aunque el debate político sea bronco, la gestión diaria de un país descentralizado exige una adaptación constante entre distintas Administraciones, lo que se transmite a la cultura social.

También ha sido decisiva la llegada masiva de inmigrantes en tiempo récord y la forma pragmática en que la sociedad española ha ido integrándolos sin asimilarlos, aceptando la diversidad mediante la convivencia informal en el espacio público, la escuela pública y el mercado laboral. Además, la estructura urbana española (ciudades densas, con vida de barrio y comercio de proximidad) ha favorecido el contacto diario y la hibridación natural, frente a la segregación espacial y la asimilación rígida que ha fracasado en otros países de nuestro entorno.

A ello se suma el modelo de vida mediterráneo. La vida social española se desarrolla masivamente en la calle, en las terrazas, en las plazas y en las fiestas populares. Este contacto cara a cara continuo genera empatía informal, suaviza los dogmas teóricos y obliga a rozarse y convivir con el que piensa o vive de manera diferente, por muy mal que nuestros gobernantes se lleven entre sí. La fuerza de los vínculos familiares y de vecindad ha funcionado, además, como una red de seguridad ante las crisis económicas, aportando una flexibilidad de supervivencia que las estructuras rígidas del Estado no siempre ofrecen.

Por último, está el impacto de los referentes culturales y colectivos. Los grandes hitos de la España reciente (desde la implantación de un sistema de trasplantes líder mundial basado en la solidaridad, hasta los éxitos deportivos o culturales) no se han construido sobre la «furia» o la imposición, sino sobre el talento colectivo, la empatía y la gestión de la diversidad.

España, en fin, se ha vuelto una sociedad plástica porque su historia reciente la obligó a elegir entre adaptarse o quedarse aislada. La combinación de una necesidad imperiosa de apertura tras la dictadura, una sociabilidad volcada en la calle y la vivencia cotidiana de la diversidad territorial y cultural crearon como hábito colectivo la capacidad de amoldarse a los tiempos sin romper la convivencia.