La plasticidad y la rigidez no
son rasgos esenciales de las cosas, sino estados que cambian según las
condiciones del sistema. En la naturaleza ocurre así, y en la vida social
también.
En las cosas, un buen ejemplo nos
lo da la arcilla.
La arcilla húmeda y maleable
representa a la sociedad en estado de plasticidad. La arcilla, en estado fresco,
se amolda a la presión de las manos del alfarero, se puede corregir, rehidratar
y volver a moldear sin destruir la materia prima, sin destruir su esencia, que
sigue siendo la misma aunque se le añadan pigmentos, agua o pequeños agregados,
que integra en su propia masa cambiando su color y textura final.
Como si fueran arcilla fresca,
las sociedades plásticas se amoldan mejor a las demandas sociales, a los
cambios tecnológicos, a las corrientes migratorias y, en general, a casi todos los
conflictos, que asumen sin intención de eliminarlos por completo, resolviendo
lo resoluble y aprendiendo a convivir con lo irresoluble.
La arcilla cocida representa a
la sociedad en estado de rigidez. Una vez que la arcilla pasa por el fuego del horno,
pierde toda el agua y se convierte en cerámica. Adquiere entonces una forma
fija, dura, impermeable y predecible. Es muy eficiente para mantener la función
para la que fue concebida, pero ya no admite correcciones y, si ejerces presión
sobre ella para cambiar su forma, no cede un milímetro, se resquebraja o se
rompe.
Muchas sociedades nacen en
estado plástico, tras periodos constituyentes o revolucionarios, y conservan durante
un tiempo su apertura y flexibilidad. Pero a medida que el sistema se
institucionaliza, crea dogmas, burocracia, tradiciones intocables e identidades
sagradas, pierde la empatía, el debate y la capacidad de reforma, y queda
expuesta a romperse al primer impacto fuerte.
De ese modo, la arcilla fresca
es la sociedad plástica, capaz de rediseñarse sin destruirse, en tanto la
arcilla cocida es la sociedad rígida, que ha petrificado sus normas y se ha vuelto
frágil, de modo que solo puede cambiar a través de la ruptura.
Pensándolo bien, algo no muy
distinto les ocurre a las personas.
La persona plástica no se
desmorona de forma definitiva ante un fracaso, una pérdida o una crisis, sino
que se dobla, procesa el dolor, aprende y se reconfigura, acepta que no lo sabe
todo, que sus opiniones pueden evolucionar con la experiencia y que integrar
distintas formas de pensar no amenaza su identidad, sino que la ensancha.
La persona rígida, en cambio,
sostiene su seguridad en dogmas inflexibles, normas estrictas, prejuicios o en
la necesidad de tener siempre la razón. Como la cerámica cocida, parece muy
fuerte mientras la vida transcurre según sus esquemas, pero cuando ocurre un
cambio inesperado o traumático que no encaja en sus reglas, no sabe adaptarse, sufre
crisis de angustia, depresión o reacciona con ira y negación. Cualquier idea o
persona que cuestione sus esquemas es percibida como una amenaza existencial,
lo que la lleva al aislamiento o a la agresividad defensiva.
Volviendo a las sociedades, lo
ocurrido en el mundial de fútbol me ha llevado a pensar en la española, que hoy
percibo de una gran plasticidad, lo cual no es un hecho fortuito, sino
consecuencia de factores históricos, sociológicos y geográficos.
Uno de ellos es la reacción alérgica
al dogmatismo que trajo consigo la Transición, pues de ser un régimen autoritario,
confesional, centralista y moralmente rígido se pasó a ser otro europeo, moderno,
abierto, tolerante y flexible, mucho más secularizado y liberal.
Otro factor es consecuencia de
la descentralización y el encaje territorial del Estado de las Autonomías. La
convivencia de identidades regionales (catalana, vasca, gallega, andaluza,
etc.) con la identidad española ha acostumbrado a la gente a no concebir la
pertenencia como algo monolítico, de manera que, aunque el debate político sea
bronco, la gestión diaria de un país descentralizado exige una adaptación
constante entre distintas Administraciones, lo que se transmite a la cultura social.
También ha sido decisiva la
llegada masiva de inmigrantes en tiempo récord y la forma pragmática en que la
sociedad española ha ido integrándolos sin asimilarlos, aceptando la diversidad
mediante la convivencia informal en el espacio público, la escuela pública y el
mercado laboral. Además, la estructura urbana española (ciudades densas, con
vida de barrio y comercio de proximidad) ha favorecido el contacto diario y la
hibridación natural, frente a la segregación espacial y la asimilación rígida
que ha fracasado en otros países de nuestro entorno.
A ello se suma el modelo de
vida mediterráneo. La vida social española se desarrolla masivamente en la
calle, en las terrazas, en las plazas y en las fiestas populares. Este contacto
cara a cara continuo genera empatía informal, suaviza los dogmas teóricos y
obliga a rozarse y convivir con el que piensa o vive de manera diferente, por muy mal que nuestros gobernantes se lleven entre sí. La fuerza
de los vínculos familiares y de vecindad ha funcionado, además, como una red de
seguridad ante las crisis económicas, aportando una flexibilidad de
supervivencia que las estructuras rígidas del Estado no siempre ofrecen.
Por último, está el impacto de
los referentes culturales y colectivos. Los grandes hitos de la España reciente
(desde la implantación de un sistema de trasplantes líder mundial basado en la
solidaridad, hasta los éxitos deportivos o culturales) no se han construido
sobre la «furia» o la imposición, sino sobre el talento colectivo, la empatía y
la gestión de la diversidad.
España, en fin, se ha vuelto
una sociedad plástica porque su historia reciente la obligó a elegir entre
adaptarse o quedarse aislada. La combinación de una necesidad imperiosa de
apertura tras la dictadura, una sociabilidad volcada en la calle y la vivencia
cotidiana de la diversidad territorial y cultural crearon como hábito colectivo
la capacidad de amoldarse a los tiempos sin romper la convivencia.