jueves, 11 de abril de 2013

De Fuencaliente a Conquista



                De septiembre a junio, Los Pedroches y las comarcas de los alrededores son un verdadero espectáculo para los sentidos, y más cuando el año viene bueno, como este, que está trayendo agua abundante y temperaturas suaves. Por eso no acabamos de entender lo poco conocidos que son y lo poco aprovechados que están por el turismo de interior, cuyos promotores deben de estar olvidándose de algo. 
                Ese ha sido uno de los temas que hemos traído a colación durante la caminata del pasado domingo. El camino de Fuencaliente a Conquista provoca ideas de ese tipo a poco que uno haya viajado y haya sido demandante de turismo rural, porque el paisaje es de una belleza espectacular, porque es exigente a la vez que cómodo, porque la flora es variada, porque la fauna silvestre se ve y casi se toca y porque está prácticamente intacto, casi como lo ha estado siempre. Con esas mimbres, un guía mediano arma un discurso con el que mantiene entretenidos durante varias horas a los visitantes foráneos, que suelen ser personas predispuestas para el asombro.
Plaza de Fuencaliente
                Pero es que, además, el lugar está impregnado de huellas humanas, de historias y de leyendas. Está la dehesa y la sierra, con lo que de labores y sacrificios hay en ellas. Los maquis anduvieron por estos montes. Cerca de aquí se desarrolló hace unos cuantos años la historia en la que se basa Entrelobos. No lejos de estos lares hay un pueblo minero, el Horcajo, que tuvo miles de habitantes, cuyas viviendas fueron luego destruidas a conciencia por la empresa titular de los terrenos. El camino linda con una finca enorme, La Garganta, propiedad de un lord inglés, a la que acuden, entre otros señores importantes, los príncipes Guillermo y Enrique de Inglaterra. Por estos parajes circulaba un tren de vía estrecha que tenía múltiples estaciones y paradas y circula ahora otro tren de vía estrecha, el AVE, que no para nunca. Por aquí pasaban hasta la apertura de Despeñaperros tres de las rutas más importantes que unían el centro con el sur de la península (la que pasaba por Fuencaliente, la de la Plata, que venía del Puerto de Inés y pasaba por Conquista hacia Córdoba, y la de Sevilla, que pasaba por Torrecampo). Por aquí pasa un oleoducto y un gaseoducto importantes. Y por aquí situó la imaginación de Cervantes a don Quijote en sus aventuras de Sierra Morena. Un guía bueno, con el paisaje y lo que el paisaje evoca, en fin, haría auténticas maravillas.
                Nosotros no somos de fuera, sino de estas comarcas, y aunque no estamos tan predispuestos para el asombro, nos asombramos tanto o más que los turistas. Y porque amamos a esta tierra, no sabemos si es bueno ensalzarla tanto, con lo que de algún modo provocamos que vengan quienes no la conocen, o si, dados los efectos devastadores que el turismo de masas tiene sobre el paisaje y las costumbres de las gentes, lo procedente es silenciar su belleza y gozarla en soledad, con el desviado placer del coleccionista que disfruta un cuadro robado en el lugar más escondido de su casa.
                Salimos, en fin, de la plaza de Fuencaliente, que está cerca del hotel donde se hallan los manantiales y los baños, cuyo poder curativo no puedo certificar, pero de cuyo deleite doy fe, porque los he probado personalmente, y subimos por la calle Manuel Quintanilla en dirección al mirador de la Cruz. Fuencaliente está en la falda de una montaña y la pendiente del primer tramo, todavía dentro del pueblo, asusta. Es una impresión corta y pasajera, sin embargo, porque la pendiente se suaviza enseguida, y pasados unos dos kilómetros lo dominante es la cuesta abajo, que con algunas excepciones será lo más usual hasta Conquista, dieciocho kilómetros más adelante.
                El camino está asfaltado, aunque conserva irregularidades y pequeños tramos terrizos. Tiene muy escaso tráfico de vehículos y es perfectamente apto para recorrerlo a pie. Al comienzo, en las proximidades de Fuencaliente, hay algunas edificaciones que no hieren la vista, disimuladas entre la espesa floresta. Por aquí, el camino discurre hacia el Oeste encajonado entre dos líneas de montes y el caminante siente la cercana compañía de los árboles que bordean las cunetas, por las que corre el agua y hacia las que corre el agua que baja de la sierra. Los árboles son, mayoritariamente, olivos centenarios y alcornoques. Ambos forman bosquecillos de distintas formas y colores en la ladera del otro lado, que cuando pasamos nosotros estaba dividida por dos columnas de humo blanco que salían de otras tantas candelas con las que –supusimos nosotros– los agricultores estaban quemando el ramón de los olivos en alguna clara.
                Los olivos se pierden cuando la senda abandona los montes por la salida natural que hay bajo el peñón del Fraile y entra en el llano casi imperceptiblemente. Poco después, tras haber divisado en la lejanía, a la izquierda, la blanca aldea de Azuel, el camino se divide en dos tramos, uno que va hacia el Sur, y que se llama de Villanueva, y otro que toma el Oeste hacia Conquista. El caminante no debe tener duda alguna sobre cuál elegir porque el de Conquista está asfaltado. Siguiendo por él, descubrirá pronto que los alcornoques conviven con las encinas, de tal forma que a veces es difícil distinguirlos a unos de otros. Más adelante, sin embargo, se pierden totalmente los alcornoques y los árboles exclusivos son las encinas, algunos de cuyos ejemplares son verdaderamente hermosos, como una que hay junto a un cortijo que queda a la derecha, que es muy redonda y de dimensiones monumentales.
                También a la derecha queda la finca de La Garganta, a la que es fácil distinguir porque sus lindes están cerradas con mallas de más de dos metros y hasta tres tramas superpuestas y por los carteles que hay al principio de dos caminos, que avisan al viajero de que se trata de accesos privados a La Garganta, en los que no está admitido parar porque hay riesgo de incendio (sic). Por aquí, a ambos lados de la vía que llevábamos, vimos a numerosas perdices, algunas de las cuales nos hicieron poco menos que frente, un temerario comportamiento que servía para distraernos mientras la hembra se ponía a salvo, según me aseguraron mis amigos, que en esto son bastante más versados que yo.
                El camino discurre luego en paralelo al ferrocarril del AVE durante casi un kilómetro. Y cerca de la vía del AVE, nos hemos sentado en la cuneta a tomar un bocado. No sé la frecuencia de los trenes, pero ha sido muy alta, pues en el poco tiempo que hemos estado allí han pasado varios, entre ellos dos que no eran AVE y otro que era un AVE doble. (Aunque es obvio decir que todos iban de paso, creo más que conveniente apuntarlo).
                El ferrocarril salva un poco más adelante el río Guadalmez y su vega con un viaducto gigantesco, de 798 metros de longitud, según reza un cartel que hemos leído con la ayuda de unos prismáticos. Donde el camino cruza el Guadalmez y entra, por tanto, en Andalucía, nos hemos detenido a contemplar en todo su esplendor esa asombrosa obra de ingeniería. Luego, hemos aligerado el paso, porque se nos hacía tarde, de tal manera que hemos entrado en Conquista no mucho después por el barrio de la estación. Habíamos recorrido casi 20 kilómetros y teníamos la memoria reciente llena de imágenes hermosas. Hacía, por entonces, unos quince grados y el sol dominaba en el cielo después de muchos días añorándolo.