lunes, 20 de agosto de 2012

Camino del Mohedano o de los Terrajos



Cuando salí a la calle, la noche era tan cerrada que sentí un ligero extravío, como si hubiera puesto el despertador antes de la cuenta y le hubiera seguido la corriente sin cerciorarme de la realidad. De hecho, miré el reloj del móvil (el de muñeca me molesta con el calor y me lo quito) para comprobar mi ubicación en el tiempo y resultó que todo estaba en regla. 

Con menos literatura que a mí, a mis compañeros también les había pasado lo mismo. Eso es lo primero que comentarmos cuando nos vimos a las siete en punto en el lugar acordado: que se le nota muchos a los días el retraso del Sol y –y esto sí es una novedad– que está nublado.

De hecho, cuando arranca el coche, el parabrisas se motea con unas cuantas gotas de lluvia que no llegan a entorpecer la visión del conductor, si bien, ya en campo abierto, la luz de la amanecida nos permite vislumbrar una cortina de agua en la dirección que llevamos, lo que da para algunas bromas de mis compañeros de marcha que yo no comento, pues como única protección contra el aguacero llevo un sombrero de paja, prácticamente lo mismo que ellos.



 

Sobre las siete y media, nos bajamos del coche. El Sol ya manda suficiente luz como para hacernos ver que el Diluvio Universal está muy lejos de producirse y nos ponemos a andar. Estamos en el camino conocido como del Mohedano, que en los planos se denomina de los Terrajos, a la altura de las primeras manchas de dehesa. Este camino se inicia al pasar la estación de servicio de Matajacas, ahora cerrada, y discurre más o menos paralelamente a la carretera de Pozoblanco a Villanueva de Córdoba hasta concluir en esta junto al restaurante que hay a pocos kilómetros de esa localidad. 

                 Nuestra intención no es llegar tan lejos, porque tenemos que volver por el mismo sitio, sino andar unas cuantas horas al amparo fugaz de las encinas que sombrean el trazado. En el calor de estos días (37º de temperatura máxima anunciaban las predicciones), los caminos de dehesa se vuelven más amables, aunque nunca conviene abusar de las horas más extremosas del día, si no quieres coger una insolación.

             En las cercanías de Pozoblanco, el camino o está asfaltado o lo estuvo, esto es, unas veces tiene asfalto con unos agujeros impresionantes y otras el asfalto se ha perdido enteramente y caminamos sobre la tierra que lo ha sustituido. Por aquí, la conversación deriva hacia el tema de la educación, particularmente de la universataria, y nos hallamos tan imbuidos en ella que no nos percatamos del cruce del camino de Pedroche a la Virgen de Luna. Conforme avanza nuestra marcha, el firme se halla en mejor estado, si bien al pasar el secarral de piedras redondas que es el arroyo Guadamora el camino vuelve a ser de lo que siempre fue, de tierra. Por aquí es mucho más bonito, y lo es más aún conforme avanzan los kilómetros. En un pequeño tramo, incluso, el caminante pasea casi por el tunel que forman los matojos de chaparros que han nacido a un lado y a otro de la vía.

                Poco más allá del arroyo Almadillas, tomamos el camino que va hacia el Norte y avanzamos por él hasta la carretera de Pedroche a Villanueva de Córdoba, que tiene un camino adjunto por el que circulamos en dirección a Pedroche apenas unos cientos de metros, los justos para coger el camino que nos devoverá al de Los Terrajos después de pasar por la casa del Mohedano.

                No tomo notas y ahora no recuerdo de lo que hablamos. Recuerdo, eso sí, que fuimos más deprisa y que nos paramos a comer salchichón y queso en uno de los pocos peñascos que bordean el camino, después de ver a una señora (o tal vez fue antes) cosechando hortalizas en una huerta que nos cogía a la derecha.