Venta el Charco, Azuel y Cardeña
son los tres núcleos urbanos del municipio de Cardeña, ubicado en el extremo
oriental de Los Pedroches, que es, con mucho, el más lluvioso de la comarca,
especialmente el entorno de Venta el Charco, lo que hace que se encuentre en él
una vegetación especialmente demandante de agua, como el roble melojo.
El camino que ha propuesto
Adroches para el término municipal de Cardeña no permite ver roble melojo, pues
sale de las proximidades de Cardeña y busca la carretera que une Conquista con
Azuel yendo primero hacia el oeste y, luego, hacia el norte, pero sí disfrutar
de una dehesa de encinas jóvenes y quejigos perfectamente conservada. Por aquí,
las encinas no tienen muchos años, a pesar de lo cual ya se ven algunas en el
suelo, no sé a causa de qué circunstancias de la vida.
A no tardar mucho, el propietario
de esas encinas caídas buscará su aprovechamiento y las hará leña. Es la
primera y más importante ley de la Naturaleza: nada se tira, todo sirve para la
supervivencia. Así, las hojas caídas de los árboles se descompondrán y
enriquecerán el suelo, los animales carroñeros se alimentarán de los cadáveres
y las bacterias de lo poco que los carroñeros dejen.
Es un principio de economía
circular que en la naturaleza se ceba con el débil: los depredadores acaban con
los que tienen más a mano (con los pequeños, con los viejos, con los tullidos,
con los recién nacidos…) y no pueden con los más ágiles o lo más fuertes. La
naturaleza persigue su beneficio sin tener en cuenta a sus individuos, es cruel
y despiadada, pero necesaria, pues tanto derecho tiene a vivir la hierba como
la gacela que se la come, la gacela como la leona que la caza y la devora en
familia.
Los seres humanos hemos enmendado
a la naturaleza de muchas formas para hacer la vida más vivible, menos cruel,
para convertirla en eso que, tal vez pecando un poco de inmodestia, hemos
llamado más «humana». Hicimos las leyes, por ejemplo, que hasta en el más
grosero e injusto de los casos protegen al débil, pues eliminan la Ley de la
Selva que impera en la naturaleza y solo protege a los fuertes. Creamos
instituciones que gobiernan buena parte de nuestros intereses, como la
comunidad de vecinos, el ayuntamiento y el Estado. Y hemos ido inculcando en la
sociedad unas normas de comportamiento que nos eran del todo ajenas no hace
tanto tiempo: hay que proteger a los más vulnerables, hay que defender la
libertad sexual, hay que ir contra el racismo, hay que ser respetar todas las
confesiones religiosas...
Hacer leña del árbol caído es una
obligación natural que, puesta en el ámbito de la sociedad humana, tiene mucho
de inhumano. Los árboles son grandes, se ven desde lejos y pueden ser una
referencia en el paisaje, dan frutos y sombra. Un árbol es admirable de muchas
formas, y cuanto más alto y más fuerte es, más dependencia y más admiración
provoca, y también más envidia, que es una condición que crece escondida en los
corazones ruines y explota cuando el envidiado se confía o ya no puede
defenderse.
Tal vez los que más se arrimaron
al buen árbol para proveerse de buena sombra sean los primeros que hagan leña
de él cuando se encuentre desvalido. Bajo la humanidad de la civilización,
sigue latiendo una selva en la que se encuentran cómodos los carroñeros, casi
siempre disfrazados con abrazos y sonrisas.
Es
primera hora de la mañana y ya hace calor cuando salgo de Belalcázar para
cubrir la ruta que Adroches propone para ese término municipal. La luz,
excesiva, se come los colores como hace en las fotografías, de modo que me
tengo que poner unas gafas oscuras para disfrutar el paisaje con todos sus
matices, que son muchos e intensos, como corresponde al tiempo en que estamos,
la primavera. En algún punto, me vuelvo y veo la parte más alta de la torre del
homenaje del castillo de los Sotomayor y Zúñiga sobresaliendo sobre un campo de
cereal, como si emergiera del mar.
Como
si emergiera del mar, pienso. Creo que ya he escrito algo parecido en alguna
parte. A estas alturas de la afición por escribir que tengo, uno ya no sabe si
es original o se repite, ni dónde escribió esto o lo otro, como no sabe si lo
que escribe se quedará en mero soliloquio o tendrá alguien que lo lea.
Me
disperso, tengo muchas aficiones y tendencia a divagar. Procuro ejercerlas
todas a la vez de una forma ordenada y clara (ando, observo y pienso mientras
ando y escribo sobre lo que observo y pienso), pero me falta tiempo y, además,
cada día me da más pereza dar explicaciones sobre lo que pienso, o, por decirlo
de otra forma, cada día escribo más para un único lector, que soy yo mismo. Cada
día me abro más hacia dentro y menos hacia fuera, en fin.
Es
primavera y me acuerdo de aquellas primeras redacciones sobre la primera a que
nos obligaban en la escuela. «La primavera es muy bonita». «En la primavera hay
muchas flores». «He ido al campo esta primavera», escribíamos, con ese estilo
simple que ahora nos parecería cursi o, como mucho, naíf. Unir en un mismo
recuerdo la primavera y la infancia me provoca algo de nostalgia, solo algo,
que yo nunca asocio a lo que perdí, sino al tiempo que desperdicié.
El
tiempo desperdiciado también me hace pensar. Mi tiempo desperdiciado y el
tiempo desperdiciado del mundo: el que los hombres dedicamos en el presente a lograr
una hipotética felicidad en el futuro, o a acumular lo que nunca gastaremos, o
a convencernos unos a otros, incluso a la fuerza, de cosas que no tienen explicación,
o a buscar argumentos para justificar nuestros errores, los mismos que jamás
justificaríamos en los otros.
Es
una idea cursi, del tipo redacción infantil de primavera, pero, mientras paseo,
pienso en una gran estupidez medioambiental, el ecosistema en el que nos
desarrollamos como personas, en el que nacemos, crecemos y morimos, o en lo arraigada
que está la estupidez en la naturaleza humana.
Cuando Nadal iba perdiendo en el último abierto de Australia, le dije a Carmen que iba a dejar de verlo. «¿No conoces a Nadal? –me dijo– Acabará ganando». Le hice caso, lo vi y disfruté de su juego y su victoria. Nadal es un competidor nato, que une al afán por ganar la humildad del que sabe lo azaroso de su situación y la aceptación de la derrota.
Porque la competición es eso: unas voluntades encontradas que tratan de llegar al máximo de su potencia en una contienda definitiva, tras las que sola una será la ganadora. En la Naturaleza todo es competición: en muchas especies, los machos luchan denodadamente por las hembras; en otras, la lucha es por el territorio y lo que el territorio da; y en todas, es una pelea sin cuartel por la propia vida y la supervivencia. Se ha dicho que el deporte de competición es una alegoría de la guerra, en la que dos equipos, como dos ejércitos, se enfrentan entre sí para dirimir un litigio, y que de ahí viene la capacidad de seducción que tiene en los seres humanos, tan obsesionados desde siempre con el conflicto entre lo propio y lo ajeno, pero yo creo que es algo más, y que el deporte es una alegoría de la vida, en la que suelen ganar los que más se preparan, los que más aguantan, los que más arriesgan, los que más capacidad de sufrimiento tienen, aunque sean los más débiles o, aparentemente, aunque no lo merezcan.
El Real Madrid ganó anoche su 14ª Copa de Europa. Reconozco que soy del Madrid y que para mí fue algo especial, como lo fue para millones de madridistas. Pero antes de escribir esta pequeña entrada he leído varios periódicos deportivos internacionales y todos destacan el camino seguido hasta el momento de levantar el trofeo. Este año ha sido especial, no le cabe la menor duda a nadie: los adversarios han sido más poderosos que nunca y han jugado mejor, de manera que el Real Madrid ha estado al mismo borde de la muerte en numerosas ocasiones, pero este es un juego en el que influye la suerte y, sobre todo, el afán por sobrevivir, el mismo que la Naturaleza imprime a sus seres para progresar ella misma.
Cuando
hubo que repartir el término común de las Siete Villas de Los Pedroches,
Villanueva de Córdoba, Pozoblanco, Añora y Alcaracejos se quedaron con las del
sur, que llegaban más lejos, por lo que ahora sus términos se extienden de norte
a sur, sobrepasando las montañas y ocupando las cuencas del Cuzca y el
Guadalbarbo. Buena parte de ese territorio correspondía a la dehesa de la
Concordia, sobre la que se produjo un peculiar reparto en los siglos XVIII y
XIX, por el que se concedió lo que era propiedad comunal a las personas que
descuajaron los terrenos, los roturaron y los plantaron, que por la Ley de
Roturaciones Arbitrarias de 1869 pudieron registrarlas definitivamente. Así que
aquellas gentes, nuestros antepasados, trabajaron de sol a sol transformando el
monte en plantaciones de olivos para un futuro que era de sus hijos y de sus
nietos más que de ellos mismos.
Mientras
ando por el camino que Adroches propone para Añora, vienen corriendo hacia mí
las ovejas de un pequeño rebaño, que balan desesperadas, seguramente con hambre
de bastantes horas, creyendo que yo puedo proveerlas de alimento. Hubo una
época en la que los antepasados de estos animales vivían en libertad, salvajes,
y eran capaces de defenderse de sus enemigos y alimentarse por sí mismos.
Ahora, en cambio, se sienten seguros al amparo de la cerca de alambre que me
separa de ellos, resguardados por un perro y gestionados por un amo que les
trae agua y comida, corran o no corran los arroyos y haya o no haya hierba en
el campo.
Si
pudieran pensar, esos animales que me miran expectantes tal vez creyeran que
han hecho un buen negocio: ahora no tenemos miedo, porque el hombre acabó con
el lobo, porque tenemos perro y porque hay malla con púas que nos separa del
camino, y ahora no nos falta la comida y el agua, porque tenemos dueño. No
saben que todo bienestar tiene un precio. Ignoran que ahora están más seguros,
pero son menos libres y más débiles. Ignoran que la comodidad del hoy encubre
un futuro de matadero para sus hijos.
Camino
solo. Veo de cerca las jaras, que están florecidas, y a lo lejos, las sierras
llenas de esos olivos que plantaron los abuelos de mis abuelos, y el
pensamiento se me va a unas cosas y a otras, como si fuera independiente de mí.
A veces, se me ocurren asociaciones como estas: la epopeya de nuestros
antepasados, no muy distinta de la que se dio en el Oeste Americano, y ese
rebaño de ovejas que sale a mi paso, balando descompuestas para que le den a su
hora su ración de comida, en el que se me figura ver a buena parte de la
sociedad actual.
Para ver la ruta, pincha sobre la imagen
Para saber más sobre la dehesa de la Concordia, pincha AQUÍ.
De chico, solía ir
con mi abuelo Juan y mi abuela Amparo al cortijo que llamábamos de la Mina,
porque estaba a no más de cien metros de la mina el Rosalejo. Entre el cortijo
y el pozo no había cerca ni más barrera visual que tres eucaliptos pequeños,
bajo los cuales, sobre los costales de grano y al raso, dormían mis primos
muchas noches de primeros del verano, no lejos de la era donde se habían
trillado las mieses. La mina todavía estaba activa y, desde la puerta del
cortijo, veíamos a los mineros entrar silenciosos en el pozo y salir de él regrenidos,
cabizbajos y todavía más silenciosos.
Mi infancia está
asociada a esos recuerdos: el perfil del castillete de la mina, el movimiento
de los cables y las poleas que hacían subir y bajar la jaula, el rugido de los
motores que se guarecían en la nave próxima, los vagoneros que empujaban
inclinados la vagoneta desde la boca del pozo hasta el contenedor donde la volcaban
con el mineral extraído, el lavadero de mineral que había no muy lejos con el
montón de escorias que tenía al lado y el chorro enorme de agua que se extraía
del pozo a todas horas, caía sobre una alberca y, en lo que creíamos un
derroche incomprensible (además, había secado el pozo de mi familia), se iba por
un canal hacia la nada del sudeste bordeando un bosquecillo de eucaliptos, como
un hilo de oro camino de la basura. Y mi infancia está a asociada a las gentes
que trabajaban en esos lugares y en la finca próxima, donde residían los
propietarios cuando se dignaban disfrutar de sus tierras.
La mina el Rosalejo
estaba cerca de Alcaracejos y a Alcaracejos iban y venían a diario los
trabajadores de la mima, como los miembros de mi familia cuando necesitaban
algo.
Precisamente, para el
camino de Alcaracejos ha propuesto Adroches un paisaje de arqueología minera,
aunque la ruta se limite a bordear la mina de los Almadenes por el oeste, cuando
ha cogido el camino de la Natera, y lo minero del paisaje se limite a un par de
construcciones y a dos o tres hectáreas cubiertas por escorias pizarrosas.
El camino es un paseo
corto y llano en el que lo esencial de su paisaje es la vegetación mediterránea
y la cuerda de montañas romas que cierra Los Pedroches por el sur.
Mientras camino,
pienso en lo pobre del terreno de eso que por aquí llamamos serrezuela y en lo
sacrificado que ha sido siempre sacarle provecho, hago fotos a las flores de la
jaras y a los insectos que las sobrevuelan y me preguntó en qué lugar exacto se
encontraría el tesorillos de los Almadenes, compuesto por piezas ibéricas, que
ahora está en el museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, sobre cuya
procedencia territorial (hoy término de Alcaracejos) ha habido alguna disputa
que a mí me parece pueril, que si de Pozoblanco, que si de Alcaracejos, que si
de Añora, como si las gentes prerromanas que lo crearon hubieran sido de un
pueblo o de otro.
Camino solo y nadie
ve mi sonrisa cuando me acuerdo de aquellos mensajes institucionales que
asociaban personalidades históricas a Andalucía, seguramente para crearnos más
identidad nacional (para hacernos más aldeanos, en fin). «Séneca, andaluz, como
tú», decía uno de ellos, como si Séneca, que era romano, hubiera tenido
conciencia de lo que era Andalucía.
A primera vista, puede parecer que la memoria es una
facultad psíquica positiva y el olvido lo es negativa, pero la naturaleza las
creó a la vez para que fueran complementarias en la virtud. O, dicho de otra
forma, el olvido es tan necesario para la virtud como lo es la memoria, de modo
que solo quien es capaz de olvidar es virtuoso por completo.
El que dice «yo perdono, pero no olvido», no está
perdonando en realidad. Y tanto es así, que al agraviador le duele mucho más la
indiferencia del agraviado (el primer paso de su olvido) que su voluntad de
venganza. Borges recoge esa idea muy bien en Fragmentos de un evangelio apócrifo, cuando escribe que «el olvido
es la única venganza y el único perdón».
Eso no debe extrañarnos si tenemos en cuenta que en la naturaleza
de las cosas todo tiene su opuesto: la suma a la resta, la dureza a la
flexibilidad, la verdad a la mentira, etc. Y todo eso es necesario, si bien la
virtud está en practicarlo cuando se debe. Así, hay que sumar cuando se agrega
y restar, cuando se descuenta, y no al revés. El buen gobernante, el buen jefe
y el buen padre no tienen que ser siempre duros o siempre flexibles, sino duros
cuando deben ser duros y flexibles cuando deben ser flexibles. Y el íntegro no
es el que siempre dice la verdad (Dios nos libre de los que van con la verdad a
todas partes, a todas), ni el que miente cuando hay que decir la verdad, sino
el que dice la verdad cuando hay que decir la verdad y el que no la dice cuando
la prudencia lo aconseja, sin hipocresía ni cinismo. («No exageres el culto de
la verdad; no hay hombre que, al cabo de un día, no haya mentido con razón
muchas veces», escribió Borges en el mencionado Fragmentos de un evangelio
apócrifo).
¿Eso quiere decir que también deben existir el bien y el
mal para que exista armonía? No, sino que (por seguir con nuestro ejemplo) el
bien es la armonía entre la suma y la resta, la dureza y la flexibilidad y la
verdad y el artificio, en tanto que el mal es el desequilibrio entre esas
condiciones contrapuestas.
La bondad de la relación memoria/olvido es fácil de
entender. Yo, por ejemplo, debo recordar dónde he dejado el coche aparcado para
poder ir a recogerlo, pero no necesito recordar dónde lo dejé ayer, y mucho
menos dónde lo dejé todos los días del año pasado. Si así fuera, la memoria se
llenaría de información inútil, como se llena de fotos que no veremos jamás la
memoria de nuestro móvil. Esa es la teoría del ático del cerebro que practicaba
Sherlock Holmes: «Las gentes necias –decía–
amontonan en ese ático toda la madera que encuentran a mano, y así resulta que
no queda espacio en él para los conocimientos que podrían serles útiles, o, en
el mejor de los casos, esos conocimientos se encuentran tan revueltos con otra
montonera de cosas que les resulta difícil dar con ellos».
Los principales aliados del olvido son el tiempo y el
espacio. Esto es, cuanto más tiempo pase, más fácil es olvidar, y lo mismo ocurre
cuanta más distancia medie. Es otra forma de decir que el tiempo todo lo cura o
que la distancia es el olvido. El principal enemigo del olvido, en cambio, es
el acontecimiento traumático, que se queda grabado en la mente y es muy difícil
de borrar. El diccionario de la RAE define trauma como «choque emocional que
produce un daño duradero en el inconsciente». «Daño» supone herida, falta de
salud, e «inconsciente» es el «conjunto de caracteres y procesos psíquicos que,
aunque condicionan la conducta, no afloran a la conciencia», según el mismo
diccionario. Así pues, los traumas suponen falta de salud y condicionamiento
inconsciente de la conducta.
En
las relaciones entre las personas, el acontecimiento traumático es causado por
una afrenta. También en las relaciones entre las personas quienes hayan sufrido
un trauma deben superarlo para recuperar la salud y actuar libre y
conscientemente.
En el caso de las afrentas, como en todos los demás, para
que el olvido realice su función de limpieza profiláctica es necesario dejar
pasar el tiempo y alejarse de las personas que te ofendieron. En los pueblos
pequeños, donde hay tan poca distancia entre los vecinos y la convivencia
obliga a un contacto permanente, que actúe el olvido es muy difícil, lo que
hace que los agravios se cronifiquen e, incluso, que pasen de padres a hijos,
especialmente cuando son atroces e inextricables y, a pesar de ser recíprocos
en mayor o menor medida, ambas partes se sienten totalmente agraviadas y
ninguna se siente agraviante en nada.
Como a las sociedades les pasa lo que a las personas, también
ellas recuerdan los traumas con una intensidad enorme, especialmente cuando el
trauma es consecuencia de una afrenta entre miembros de ella misma y es atroz e
inextricable. También en ellas, las partes enfrentadas tienen una memoria
selectiva y tienden a recordar como agraviadas, nunca como agraviantes.
Si el olvido es tan necesario como la memoria para la
armonía de las personas y lo es para las familias, también lo es para las
sociedades locales y para el conjunto de una sociedad. También para los pueblos
y para la sociedad la armonía consiste en recordar lo que hay que recordar y
olvidar lo que hay que olvidar, en tanto que el mal consiste en recordar lo que
merecería ser barrido por el olvido y olvidar lo que debería conservarse en la
memoria. Es decir, para las sociedades, memorizarlo todo sería tan malo como
olvidarlo todo, pues una sociedad sin memoria y una sociedad que lo recordara todo,
absolutamente todo, sería desequilibrada e inarmónica.
Cosa distinta es para la Historia. En tanto entre los
miembros de una sociedad traumatizada actúa el dolor, los prejuicios y la
ideología, que siempre es parcial y, como todo lo parcial, carente de parte de
la razón y parte de la justicia, la Historia es una ciencia que debe materializarse
libremente por científicos, a quienes debe interesar más toda la verdad que una
parte de la verdad. La Historia debe estudiar el pasado pensando en el futuro,
no en el presente. No debe justificar los hechos, sino descubrirlos y explicarlos,
ni debe generar procesos de retroalimentación, esto es, no debe alimentarse de
los afanes de una parte ni debe alimentar esos afanes. La Historia, pues, debe
recoger toda la memoria sin dar pie alguno al olvido. Debe hacerlo para ser un
referente constante de unos y de otros, para enseñar a los jóvenes y para
eliminar los prejuicios, para motivar las causas y para advertir de los efectos,
para hacer una sociedad más sana, más tolerante, más sabia y más libre.
Mientras eso no ocurra, mientras una parte de la sociedad
solo recuerde su condición de agraviado y olvide su condición de agraviador,
especialmente cuando llega al poder, y mientras la Historia no recoja todo lo
ocurrido, sino solo una parte de ello, será imposible el equilibrio, será
imposible la armonía.
Un cielo amarillo, unas montañas
grises y verdes, el blanco campanario de una ermita y seis cipreses rojos que
recorren el cuadro de abajo arriba.
Desde hace unos días, hay un
cuadro de Antonio Roa detrás de la silla de mi despacho, detrás del escritor
que soy, detrás de mí cuando escribo esto. Si el amable lector de estas páginas
pudiera verme, me vería con la mirada en la pantalla del ordenador, aporreando rítmicamente
el teclado, supuestamente concentrado en lo que estoy haciendo, y, detrás de
mí, a apenas unos centímetros, vería el cuadro de Antonio Roa que les digo, y
en el cuadro detendría la vista, abrumado por la belleza de esas grandes
manchas de color que construyen imágenes e ideas.
Si me viera desde la puerta del
despacho, tal vez asociara el cuadro conmigo y con lo que estoy escribiendo,
como si el cuadro y yo y mi obra formáramos parte de la obra de arte viva de un
Hacedor extraordinario en la que yo siento la influencia del cuadro y escribo
lo que Antonio Roa sintió cuando lo estaba pintando.
Las cosas son lo que son y lo que
evocan. Las cosas tienen alma, que es el alma de quienes las crearon y las
sintieron. El cuadro de Antonio Roa tiene el alma de Antonio Roa, yo lo sé
porque la siento.