domingo, 1 de septiembre de 2013

Central Park (un espectáculo ciudadano)

         Sólo cuando se les consideró como ciudadanos, los individuos tuvieron derecho a ser felices. Hasta entonces, los seres humanos sólo tenían derecho a subsistir. La Constitución de Cádiz (1812), que fue modelo de otras muchas de todo el mundo, lo expresó claramente en su artículo 13: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

Para ser felices, los seres humanos necesitan un hogar. Lo ideal es que el hogar sea una casa cómoda y amplia, con zonas donde descansar, donde trabajar y donde expansionarse. Los reyes, que no han necesitado de constituciones para exigir el derecho a ser felices, siempre han tenido palacios grandes, con muchas habitaciones, muchas salas y muy extensas y al menos un jardín donde crecieran los árboles y se viera correr el agua. Los nobles tenían palacios enormes, como los tuvieron los obispos antiguos, como luego los disfrutaron los burgueses más señalados. Todos los ciudadanos no pueden tener palacios enormes por razones obvias de economía y de ecología, pero pueden tener viviendas dignas y lugares comunes donde expansionarse.

Cuando alguien muy cercano a mí me dice que para ser feliz sólo necesita que todo esté en orden y un patio, yo le contesto que yo sólo necesito una habitación con un ordenador y una puerta a la calle. Esa calle, como es natural, debe tener vecinos que se muevan con libertad y no debe estar lejos del campo o, al menos, de un parque donde sentarme a ver pasar a la gente. Ambas manifestaciones, extremosas las dos, no difieren en demasía.

En una de las paredes del MOMA (museo de arte moderno de Nueva York) se proyecta un corto en el que Le Corbusier viene a explicar esa idea que ya es básica en el urbanismo moderno: todos los ciudadanos tienen derecho a que su casa tenga unas dimensiones mínimas, a que esté dotada de todos los servicios y de luz y a que esté ubicada junto a centros educativos, comerciales, de transporte y de esparcimiento.

El esparcimiento es esencial para los seres humanos. Y si no se puede tener dentro de la casa, hay que tenerlo fuera. Es más, el esparcimiento mejor (el natural en unos seres tan sociales como nosotros) es el que se tiene fuera, en contacto con los otros, con esos otros que son tan ciudadanos como nosotros y, por tanto, son iguales a nosotros, sean negros o blancos, cristianos o musulmanes, albañiles o ejecutivos, alumnos o catedráticos, príncipes o vagabundos.

Al visitar Nueva York he tenido la impresión de que los habitantes de Manhattan son un poco como yo –noveleramente– digo que lo sería, felices con una habitación y una puerta abierta a una calle donde hay gente libre y un parque próximo. Los parques de Nueva York están llenos de vida siempre, a cualquier hora. Quienes desean visitar la ciudad harían bien en hacer una ruta por los parques, en muchos de los cuales hay wifi y veladores y sillas libres, para contemplar el lado más amable de la megalópolis, que tal vez sea uno de sus lados más verdaderos. Y harían bien en dedicar al menos un día a visitar Central Park, preferiblemente un domingo.

Porque el alma de Nueva York, a los ojos de un simple turista como yo, no está en Wall Street, ni las tiendas de la Quinta Avenida, ni en el barullo de Times Square, ni en los espectáculos de Broadway, ni en el trajín de barcos y de coches que se observa desde cualquiera de sus muchos puentes, ni en la línea de rascacielos que se ven desde el mar o desde las azoteas de sus edificios más emblemáticos, sino en Central Park. Y sería imperdonable que el turista se fuera de la ciudad con la idea de que los neoyorquinos viven en una habitación con una puerta abierta a un conjunto urbano con mucha historia contemporánea, muchos rascacielos y mucho movimiento y ya está. Porque los neoyorquinos viven en una habitación con un ordenador y una puerta abierta a una calle que da, inexorablemente, a Central Park, y Central Park es como un patio de vecindad en el que juegan los niños, ríen los jóvenes, se charla con los amigos, se canta y se baila.


Un domingo por la tarde en Central Park es, verdaderamente, un espectáculo ciudadano. Lo es tanto por lo que de creativo hay en muchos de los ciudadanos anónimos que allí se expresan libremente como en el hecho de que libremente lo hagan. Los es por el respeto que se le tiene a la Naturaleza, por la cantidad de gente que va y viene como quiere sin que tal libertad moleste a nadie, por los miles de jóvenes y mayores que corren por sus caminos, por los testimonios de las leyendas de sus bancos patrocinados y por lo que disfrutan los turistas venidos de todo el mundo, turistas como nosotros que no se sienten extraños, sino miembros de una comunidad, la humana, que allí se muestra sin barreras y sin cortapisas, una comunidad que haría bien en extender la filosofía de Central Park a cada uno de los rincones de la Tierra. 
Leyenda de uno de los bancos patrocinados de Central Park

lunes, 26 de agosto de 2013

Nueva York (la multiculturalidad)

                Quienes se asomen con alguna frecuencia a esta página sabrán del amor que le tengo a la tierra en la que nací y en la que vivo. Ese amor, no obstante, no está exento de crítica y en modo alguno me sirve para limitar el pensamiento. Ni creo que las gentes de mi pueblo sean mejores (ni peores) que las del vecino, ni que la cultura que mamé de chico sea mejor (ni peor) que otras, ni que mi religión (que seguramente es la verdadera) deba ser entendida como más verdadera que otras. Creo que las costumbres nacen, crecen y mueren, como todo, y que no hay que sostenerlas de forma artificial, y mucho menos cuando son discriminatorias o irracionales, aunque se tengan como seña de identidad colectiva. Y creo que la máxima aspiración de los seres humanos debe ser la convivencia pacífica entre ellos, para lo que resulta imprescindible borrar las fronteras que los separan, que son fronteras geográficas (líneas artificiales trazadas sobre los bosques, los desiertos y el mar), son límites de intereses (fundamentalmente, económicos y de poder) y son, sobre todo, barreras mentales, líneas de contacto en las que se sitúan los conflictos que amenazan más abiertamente a la humanidad.

Occidente (entendido como ámbito cultural) es la consecuencia de un largo proceso histórico en el que se han ido borrando las fronteras rígidas que separaban a los ricos de los pobres. Y no digo que no existan en Occidente pobres y ricos, ni siquiera que no existan espacios entre ellos, que ciertamente los hay, sino que en Occidente los nacidos con una condición pobre pueden llegar a ser ricos y en los espacios entre los ricos y los pobres hay una numerosa clase media, que generalmente absorbe las tensiones generadas en los extremos y, por ello, asegura la estabilidad del sistema.

Como consecuencia del mismo proceso histórico anterior, los humildes pueden llegar a ser poderosos en Occidente. Ya no hay una barrera natural (la herencia, la sangre) entre los que mandan y los que obedecen, pues el procedimiento para otorgar el poder permite a cualquier ciudadano alcanzar las más altas cotas de este. Es cierto que esta afirmación necesita matizarse mucho y que hay mil y una variaciones que dependen, sobre todo, de la cultura democrática que tenga la sociedad, pero no lo es menos que esos matices pueden airearse más o menos libremente en los medios de comunicación, y más ahora, que existen webs y blogs personales que completan o sustituyen lo que dicen los medios de comunicación tradicionales.

                El estómago de Occidente, pues, digiere con alguna acidez los mismos conflictos de intereses que en otros ámbitos culturales provocan revueltas, cambios de sistemas e incluso guerras. Y elimina o tolera –lo cual es mucho más meritorio– los conflictos que surgen en los límites mentales.

          Los límites entre las fes, los atavismos y, en general, los dogmas, son como las líneas de fractura de las masas continentales, lugares donde se genera y se mantiene un energía (negativa) enorme, pues las fuerzas que actúan permanentemente en ambos sentidos son muy rígidas y muy poderosas, como demuestra la Historia de la Humanidad y demuestran cada día las crónicas de los telediarios.

                Las ciudades de Occidente son una expresión palpable de ese estómago que digiere o tolera las diferencias que surgen en los límites mentales. Las ciudades de Occidente son multirraciales y multiculturales. En las ciudades de Occidente se levantan toda clase de iglesias, uno puede practicar y predicar el credo que mejor le parezca y puede vivir de la forma que más le plazca. Esa libertad es tan liberadora de lo propio como corrosiva de lo ajeno, bien lo saben los seguidores más recalcitrantes de los límites, de los dogmas, de lo oscuro, que tienen a Occidente como a su principal enemigo.
Washington D.C. 

No soy tan necio como para pensar que lo que se ve a simple vista es la esencia de una sociedad, y más si lo ven los ojos de un turista. Ya sabemos que en todas partes hay problemas de convivencia ocultos. Pero también sabemos la importancia de lo que se ve, aunque lo vea un turista cualquiera como yo. Y en Nueva York (el prototipo de la ciudad de Occidente) he visto como en ningún otro sitio esa multiculturalidad que engrandece a la naturaleza humana. Mientras, sentado tranquilamente en un parque, leía en un periódico digital las noticias que hablaban de matanzas de seguidores de una fe a manos de otra, a mi lado pasaban cogidas de mano o hablando amigablemente personas que eran, manifiestamente, de orígenes culturales distintos.
Washington D.C. 


Idiomas distintos. Razas distintas. Religiones distintas. Nacionalidades distintas. Cada uno a lo suyo y cada a lo de todos. Mezclados o no, pero viéndose iguales y respetándose. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Nueva York (la ciudad II)

          El taxi desde el aeropuerto a Manhattan o viceversa tiene una tarifa fija, a la que debe añadirse la propina (tip, en inglés), que allí resulta obligada cuando de pagar un servicio de trata, esto es, en los taxis, restaurantes, etc., a no ser que, excepcionalmente, vaya incluida en la factura, para lo que deberá mirarse esta antes de proceder a su pago.

                Los taxis no son caros, y siempre son una solución alternativa a la principal, que es la de coger el metro e ir a pie a cualquier sitio. El recinto del metro, como Manhattan en general, es sumamente seguro (yo lo he cogido multitud de veces y nunca me he sentido en peligro) y muy eficaz, aunque sea viejo y vetusto.
Puente de Brooklyn
           Cuando me puse a informarme sobre Nueva York, creí que me iba a resultar complicado el funcionamiento del metro, dado que las guías dan muchos consejos y hacen diversas advertencias sobre su funcionamiento. Pero lo cierto es que una vez en el tajo resulta muy fácil de entender, entre otras cosas por la misma configuración de Manhattan y la forma en que están distribuidas sus calles. Veamos: Manhattan es, grosso modo, un rectángulo de unos 20 km por 3 km cuyos lados más largos van de norte a sur, dividido por vías públicas que forman una rejilla. Las vías públicas que van de norte a sur (las verticales) son unas pocas avenidas y generalmente tienen nombres de ordinales (la Quinta, la Séptima, etc, según un orden que las orienta de este a oeste, de forma que la Primera avenida está más al este que la Segunda y así sucesivamente). Las vías públicas que cruzan a las avenidas (las horizontales) son muchas calles y tienen nombres de números (La calle 34, la calle 155, etc). De esta forma, para localizar un lugar en el mapa, basta con señalar la avenida y la calle, como si nos situáramos ante un eje de coordenadas: la Séptima avenida con la calle 34, por ejemplo.
Times square
          Lo esencial es eso, y eso es lo que se debe retener, aunque hay ligeras variaciones que no menciono para que no parezca que el asunto es más complicado, que no lo es. Si ha leído hasta aquí, el amable lector de estas páginas es lo suficientemente espabilado para captar con el plano de Manhattan en la mano esas ligeras variaciones. El entramado viario es mucho más sencillo, pues, que el determinado en cualquier otra población, en la que las calles tienen formas enrevesadas y nombres propios, casi imposibles de recordar.
Wall street
          Pues bien, el metro sigue, generalmente, los trazados de las avenidas o de las calles y está muy somero (a veces, incluso está sobre la tierra), tal que si hubieran abierto una zanja y luego la hubiera cubierto, y, generalmente, va de norte a sur. Al estar tan en contacto con la superficie, la unión entre un andén y el de enfrente no se realiza bajo tierra, sino en la calle, de manera que por una boca se accede al sur de la ciudad (downtown) y por otro se accede al norte (uptown), lo que está indicado en la propia boca del metro. Cuando no hay indicado nada, es que el acceso a ambos andenes se hace bajo la superficie.

          La otra particularidad del metro de Nueva York es que por una misma vía pueden pasar trenes que paran en todas las estaciones, trenes rápidos que paran sólo en algunas y trenes de diferentes líneas, que llevan en consecuencia a lugares distintos. En cierto modo es como una parada de autobuses en la que paran vehículos de múltiples líneas. El usuario lo único que debe hacer es fijarse en el número del tren, que está perfectamente indicado en el mismo, y subirse en el que le interesa.
Manhattan desde el ferry a Staten Island
          Y andar, andar mucho, sobre todo si tiene tiempo para ello. No hay mejor visita panorámica que la que se hace a pie ni mejor guía que detenerse ante lo que a uno le asombra. Hay que tener una idea previa de lo que uno no debe perderse, por supuesto, pero lo esencial en Nueva York es coger un barrio del Lower Manhattan y del Midtown Manhattan (lo que sería de Central Park hacia mitad sur, poco más o menos) y ponerse a andar por él, y luego cogerse otro y hacer lo mismo. En el resto de Manhattan hay que hacer visitas específicas para ver los museos, para ir a la universidad de Columbia, para asistir a una misa góspel en Harlem, para hacer la ruta de las iglesias modernas y para visitar The Cloister, un conjunto  arquitectónico ubicado en un paraje espectacular y traído piedra a piedra desde Europa, al que se puede acceder por un ascensor que hay en la misma parada del metro, antes de salir por su boca.

      Sobre lo que uno no debe perderse, daré unos pocos de apuntes, que en nada quieren enmendar lo que se dice en las guías. A mi juicio, es obligatorio cruzar a pie el viejo puente de Brooklyn, y hacerlo al atardecer, de manera que la vuelta se haga de noche, a fin de extasiarse durante un buen rato con la panorámica del movimiento en el puerto y de los edificios iluminados, que justifica por sí sola la visita a la ciudad, y es muy conveniente subirse a uno de los rascacielos que pueden visitarse, como el Top of the Rock (la cima del edificio más alto del Rockefeller Center) o el Empire State, y, por los mismos motivos, hacerlo poco antes del atardecer.
La estatua de la Liberdad
          Detengo aquí mi relato para hacer una confesión que quizá pueda interesarle a alguien: tengo vértigo, no puedo asomarme a un balcón alto ni andar junto a la baranda de un puente. No obstante, subí al Top of the Rock (al Empire State, no lo creí necesario), anduve por cada una de sus tres terrazas durante mucho más de una hora y miré continuamente al paisaje y no sentí vértigo, ni miedo, ni nada negativo. Y si no lo sentí yo, tampoco tienen por qué sentirlo los que sufren el mismo problema que yo. Las terrazas del Top of the Rock no poseen barandas, sino una barrera transparente y translúcida formada por placas de metacrilato (o algo similar) separadas por unos cuanto dedos sin nada. Al contrario de lo que pueda parecer, uno se siente allí absolutamente seguro, quizá porque no se trata tanto de asomarse al vacío como de mirar desde lo alto de una montaña.
Desde las terrazas superiores del Top of the Rock se hacen fotografías como la que hay más abajo

          Y algo parecido pasa con el puente de Brooklyn: aquí, el camino de los viandantes, por alto que sea, se halla entre los dos carriles de los coches, de manera que nunca hay una sensación de vacío. El puente es, a mi juicio, totalmente apto para el paseo de los que padecen miedo a las alturas, y resultaría imperdonable que por un temor previo, que luego no se va a tener, alguien se quedara sin ver el mayor espectáculo que ofrece la ciudad.

          Sin ánimo de ser exhaustivo, y dado que algunas guías no lo mencionan, digo también que resulta muy conveniente coger el ferry a Staten Island, que es gratis, pues durante el trayecto se tienen unas vistas magníficas desde el mar de la estatua de la Libertad y de la línea de rascacielos de la ciudad, y recorrer los dos kilómetros del High line.
 

 Patio del castillo de Vélez-Blanco (Almería), instalado en el Metropolitan desde 1959 

          Hay más, mucho más (pasarse un día entero, incluida la comida, en el Metropolitan Museum of Art y otro en el  el Museo de Historia Natural no me parece una exageración), pero no puedo ser más exhaustivo sin cansar, y cansar es lo último que querría hacer. Antes de terminar, me gustaría exponer que existe la posibilidad de realizar viajes por los alrededores. Nosotros hicimos un tour a Washington D.C. con una de las empresas de buses turísticos (los rojos) que resultó algo frustrante, dado el poco tiempo de que dispusimos en la capital de EE.UU. Con todo, lo repetiría y, si se dispone de tiempo suficiente, recomiendo la visita a esa ciudad.
Capitolio, Washington D.C. 
          Mi relato no acaba aquí, pues me gustaría escribir una entrada específica sobre la gente de Nueva York y otra sobre Central Park, ambas en un tono más personal de lo expuesto hasta ahora. 

martes, 20 de agosto de 2013

Nueva York (la ciudad I)

                Con la excusa de ir a ver a Luis, Carmen y yo hemos pasado unas vacaciones en Nueva York. Hemos ido por nuestra cuenta y hemos residido en la habitación de un apartamento de Manhattan ofrecido en internet con derecho a usar de todas las dependencias del mismo, incluida la cocina. Mi experiencia no da para escribir una guía de la ciudad ni quiero caer en el error de mostrar como sumamente excepcional lo que hace un montón de gente. Esta es, no obstante, una página en la que salen a relucir algunas experiencias de quien la escribe, y no cabe duda de que un viaje de estas características es algo excepcional para alguien como yo, que está más habituado a los desiertos senderos de Los Pedroches que al disparatado trajín de los aeropuertos, cuya organización me asombra casi tanto como el hecho de que unos aparatos enormes puedan levantarse del suelo y llevarte en unas cuantas horas al otro lado del océano.

                Por otro lado, aunque haya mucha gente que viaja y que se planta en cualquier parte del mundo a poco que le den una oportunidad, también la hay que, aunque con vocación viajera, le tiene cierto reparo a salir al extranjero o prefiere la seguridad de los tours organizados a la aventura de viajar por su cuenta sólo porque lo suponen demasiado arriesgado o porque no se creen capaces de superar la barrera idiomática. Esta entrada y la siguiente van dirigidas en especial a estos últimos, por lo que tendrán un carácter más instrumental que de costumbre. Viajar por tu cuenta es siempre más barato aunque estés de viaje muchos más días y permite el contacto directo con el país y con su gente, una experiencia que se limita notablemente cuando se hace dentro de la comodidad de un grupo organizado.

Grand Central Terminal, que ahora cumple 100 años
                Para empezar, debo decir que el viaje a Nueva York se justifica de sobra. La ciudad no se puede calificar de hermosa, aunque lo es a su estilo, sino de impresionante, con el añadido de que andar por sus calles siempre tiene algo de evocador, dado que la geografía urbana de esta urbe ha sido y es escenario tanto de multitud de acontecimientos trascendentales para la Historia Contemporánea como de una infinidad de historias de ficción, ya sean del cine o de la novela.
Biblioteca de la universidad de Columbia. La estatua representa al "Alma Mater"
                Nueva York está dividida en cinco distritos (Bronx, Brooklyn, Manhattan, Queens y Staten Island), pero las guías que he consultado se refieren casi exclusivamente a Manhattan, que puede considerarse algo así como el casco histórico de lo que sería una ciudad europea. Los planos que se ofrecen a los turistas se refieren sólo a Manhattan y a una pequeña zona de Brooklyn y los autobuses turísticos que recorren los puntos más destacados de la ciudad permitiendo a los turistas subirse y bajarse tantas veces como quieran no se alejan de las zonas mencionadas. Esto debe tenerlo en cuenta el viajero porque he visto ofertas de paquetes turísticos que ofrecen avión y hotel a precios bastante baratos pero referidos a hoteles muy alejados de Manhattan, como en las proximidades de alguno de los aeropuertos de la ciudad.
 National September 11 Memorial 

                Para abaratar el vuelo, el viajero deberá tener en cuenta la contratación del mismo con varios meses de antelación, si no quiere pagar por él casi el doble de su valor. El viajero deberá tramitar por internet la autorización de entrada en el país (ESTA, según las siglas en inglés, que se concede prácticamente en el acto si no hay problemas), ya que  los ciudadanos españoles pueden viajar a Estados Unidos hasta 90 días por motivos de turismo o negocios sin necesidad de solicitar un visado. (Sobre este particular, hay que tener cuidado, pues hay páginas fraudulentas que redirigen a la oficial y cobran por ello mucho más de la tasa reglamentariamente establecida, que a día de hoy son 14 dólares). El viajero deberá (esta es una apreciación personal) contratar un buen seguro médico para atender las urgencias que le pudieran acaecer, dado que el coste de la sanidad privada en EE.UU. es de proporciones desmedidas para los desacostumbrados bolsillos europeos. Y el viajero deberá proveerse de un puñado de dólares y dotarse de al menos dos tarjetas de crédito (por si falla una, como me pasó a mí), con las que pagar todo lo que pueda y hacer frente a los imprevistos, si bien debe tener en cuenta que unos bancos cobran comisión por pago con tarjeta en el exterior en tanto que otros no lo hacen.
El Sur desde el Top of the Rock
                La entrada en EE.UU. necesita de múltiples controles, pero todos ellos se salvan en los aeropuertos de salida y de llegada a buen ritmo y sin problemas, o al menos esa ha sido mi experiencia. En el avión te dan un impreso (en mi caso estaba en español) que debes rellenar y  entregar a la llegada, en el que te preguntan por el lugar donde vas a residir en el país (la dirección del hotel o del apartamento), si llevas alimentos de algún tipo y si tienes antecedentes que puedan resultar peligrosos para la sociedad estadounidense, algo que resulta en general infantil de tan obvias como son las respuestas.
El Norte desde el Top of the Rock
                Los trámites en el aeropuerto de llegada son mucho más rápidos que los del de salida y en todo momento se realizaron conmigo en español. También es español estaban los carteles y toda la información que se mostraba a los viajeros. Esto me ayuda a introducir el asunto fundamental del idioma: si la principal barrera que existe entre la personas es la idiomática, y por ello la incapacidad para expresarnos nos impide imbuirnos en el ambiente y nos genera inseguridad, pues nos saca de eso que ahora se llama la zona de confort, he de decir que dicha barrera prácticamente no existe en Nueva York. La ciudad cuenta con un porcentaje muy alto de población hispanoparlante, que además ocupa los puestos de la sociedad más en contacto con los turistas y con el público en general. Para alguien que no sepa inglés, lo primero es dirigirse a quien tenga perfiles de hispano o, directamente, preguntar a su interlocutor si sabe español o si hay alguien allí que sepa español. En la mayoría de las ocasiones, recibirá una respuesta positiva. Y, en todo caso, será tratado con amabilidad. Yo, al menos, lo he sido, y he recibido varias veces ayuda incluso sin haberla pedido, cuando me han visto en la calle consultando el plano de la ciudad. Casi todos los carteles públicos están en inglés y en español. Las instrucciones de las máquinas del metro están en español, además de en otros idiomas. Y, como ejemplo de la potencia del español, diré que los postecillos indicadores de que el suelo está resbaladizo por hallarse recién fregado estaban en inglés y en español tanto en los establecimientos públicos como en los privados.
Foley Square
                Sobre ese particular, pues, no hay nada que temer, y desde luego mucho menos que cuando se viaja a cualquier ciudad europea, donde uno puede hallarse desorientado si no sabe el idioma nativo o, al menos, si no sabe nada del idioma transversal por antonomasia, que es el inglés.
Al fondo, la torre de The Cloister
(Hay una segunda parte)


viernes, 12 de julio de 2013

El potencial de España


         Siempre he sido partidario de que los niños, todos los niños, hagan deporte, y mejor si es un deporte de equipo. En el deporte se ve claramente la relación entre un efecto placentero (la mejoría física, el mejor juego) y su causa (el trabajo, el sacrificio), lo que hace que se fomente el trabajo y el sacrificio para la consecución de las metas. En el deporte se ejercita la disciplina y la autoridad: el jugador de un equipo está sometido a la autoridad del entrenador, que ordena libremente la ubicación del conjunto en el campo y determina con la misma libertad si un jugador debe jugar o debe permanecer en el banquillo, y está sometido a la inapelable voluntad del árbitro, cuyas decisiones no están motivadas porque en el ámbito en que se mueve no pueden estarlo. En el deporte se gana y se pierde, lo que educa en la tolerancia a la frustración. En el deporte siempre hay otra oportunidad, lo que anima a seguir luchando. En el deporte se enfrenta uno constantemente a situaciones comprometidas, lo que endurece el ánimo y alienta la responsabilidad. Y en el deporte de equipo –para no cansar con más beneficios–, la aportación de cada uno resulta esencial para el triunfo de todos, lo que fortalece la autoestima de los débiles, modera la soberbia de los fuertes y alienta la capacidad de liderazgo.
            Cuando yo era chico, España era un país subdesarrollado en materia de práctica deportiva y con muy poco deporte de competición. Aparte de las copas de Europa que tenía el Real Madrid y a unas cuantas excepciones memorables, nuestros deportistas sólo aspiraban a quedar bien cuando salían fuera, nunca a ganar, y debían suplir con la furia o el coraje sus carencias técnicas y organizativas, lo que casi nunca era suficiente. El resultado es que nos volvíamos de los campeonatos antes de tiempo, y que existía en la sociedad un acusado complejo de inferioridad deportiva, que envenenaba al resto de los ámbitos de la vida social.
                     El desarrollo económico trajo instalaciones y monitores, los deportistas de base se multiplicaron y los de élite empezaron a codearse con los mejores del mundo sin complejos, porque se dieron cuenta de que tenían al menos las mismas ganas de ganar que ellos y al menos la misma técnica y la misma capacidad de sacrificio. España es un país con una acentuada cultura de la imaginación y de ciudadanos a los que se les puede pedir una gran entrega cuando están bien dirigidos y ven el resultado de su trabajo. Los ciudadanos españoles pueden llegar a tener el mismo físico y el mismo dominio técnico que los demás, y disponen como ventaja añadida de una intuición artística que han desarrollado desde pequeños porque está flotando en el ambiente. Para llegar a ser buenos, para formar equipos potentes, creativos, competitivos, ganadores, a los españoles sólo hay que dirigirlos bien, que motivarlos con una meta posible, que ponerse al frente de ellos, sufrir con ellos y asumir responsablemente su mismo destino.
          No es infrecuente que se asocie a los deportistas con la sociedad de la que han salido y que se tengan como valores colectivos los que muestran en los duelos que ejecutan con los enviados de otras sociedades. No en vano, cuando el deportista gana (aunque actúe individualmente), suena el himno del grupo al que representa, que se emociona con él, porque participa de su triunfo. El deportista lo sabe, y siente el aliento de quienes lo siguen y la responsabilidad de representarlos. 
             Cuando esa relación sociedad/deportista no se construye de manera artificial, como ocurría antes en los países del este europeo, cuando los deportistas emergen naturalmente de la sociedad, su carácter y su juego son un buen indicador de lo que es la sociedad. Si de una sociedad salen muchos equipos creadores de buen juego en diversas disciplinas, es porque la sociedad es imaginativa. Si, generalmente, los deportistas no se arredran ante las circunstancias más adversas y luchan hasta el final, es porque pertenecen a una sociedad que los ha educado para confiar en sí mismos. Si hay un montón de deportistas dispuestos a dar el máximo en los entrenamientos para conseguir una mejoría de su aportación al equipo, es porque en la sociedad existe el amor al trabajo y la conciencia de lo beneficioso que puede llegar a ser el sacrificio personal. 
Fuente: apuestas-deporte.es
             La sociedad española está representada ahora por deportistas que triunfan en diversas disciplinas, especialmente en los deportes de equipo. Son hombres y mujeres jóvenes que se entrenan mucho, que se ponen sin condiciones a las órdenes de quienes los dirigen y que luchan sin complejos en todos los ámbitos internacionales. Esos deportistas que triunfan –según lo expuesto más arriba– deberían ser un reflejo de una sociedad que triunfa. Pero no lo son, pues su triunfo está asociado al fracaso de la sociedad a la que representan, que vive al borde del colapso y es incapaz de proporcionar un trabajo digno a los jóvenes que son como ellos.
            ¿Por qué se rompe en España ese vínculo aparentemente necesario? ¿Qué es lo que está fallando para que no ocurra en la economía y en otras esferas de la sociedad lo que ocurre en el terreno del deporte? Para responder a esas preguntas deberíamos analizar, grosso modo, los elementos necesarios para el triunfo. Veamos. Hemos dicho que para el triunfo deportivo hace falta un ambiente creativo, unas instalaciones adecuadas, un grupo humano sin complejos y con capacidad de sacrificio y unos técnicos con conocimientos adecuados, dispuestos a exigir el máximo de sus subordinados, capaces de motivarlos y resueltos a asumir la responsabilidad del fracaso del grupo. ¿Tenemos en la sociedad en su conjunto los mismos elementos con que cuenta en su ámbito meramente deportivo? 
Fuente: Extremadura.com
             El ambiente es el mismo, por lo que ese elemento es suficiente. Las instalaciones de que dispone la sociedad española (el equipamiento público), después de las cuantiosas inversiones que se han realizado en los últimos años, son, en general, suficientes, y en algunos casos hasta están sobredimensionadas. El elemento humano es el mismo que en el terreno deportivo, pero sólo potencialmente, porque está desmotivado y ha perdido gran parte de su capacidad de sacrificio. Y los técnicos, los dirigentes sociales (no sólo los políticos), ¿disponen de conocimientos adecuados?, ¿están dispuestos a exigir el máximo de los ciudadanos?, ¿son capaces de motivarlos?, ¿están resueltos a asumir la responsabilidad del fracaso del grupo?
Las respuestas a esas cuatro últimas preguntas son forzosamente negativas: los dirigentes sociales (especialmente los políticos) son mediocres o están por debajo de la mediocridad; no están dispuestos a exigir el máximo de los ciudadanos, porque eso podría indisponerlos contra ellos y sus intereses particulares; son incapaces de motivarlos, especialmente porque abundan más en la división y en lo negativo que en la unión y en lo positivo, y en ningún caso (jamás) están resueltos a asumir el fracaso del grupo, que siempre atribuyen a los errores de los otros.
Fuente: 20minutos.com
            Los deportistas españoles, pues, sólo son el reflejo de los ciudadanos españoles, individualmente considerados, y del potencial de la sociedad a la que representan. España tiene una situación geográfica envidiable, un clima magnífico, una cantidad enorme de monumentos, una tradicional cultural diversa y muy respetada y un idioma común con muchos millones de personas de otros continentes y que es en sí mismo una fuente inmensa de riqueza. España tiene unas infraestructuras básicas suficientes. Tiene una juventud sobradamente preparada, que ha viajado, que sabe idiomas y que vive ajena a los prejuicios que tenían sus padres. Y España tiene a una mayoría de ciudadanos creativos y dispuestos a trabajar para llevar a su casa un sueldo digno.
Son los dirigentes lo que falla en la sociedad española. Unos dirigentes que le quiten los resabios que ha adquirido después de muchos años de una pedagogía nefasta, que anteponía los vicios a las virtudes. Unos dirigentes que hablen claro, que rechacen las divisiones y fomenten el espíritu de grupo, que actúen con rectitud y justicia, premiando el talento y el esfuerzo sobre la mediocridad y la holgazanería. Unos dirigentes capaces de motivar al grupo con un reto común y posible. Unos dirigentes que los defiendan con uñas y dientes y que los preparen para el dolor y la responsabilidad. Unos dirigentes que pongan la cara por ellos y que asuman como propios los errores del grupo. Y unos dirigentes que den un paso atrás cuando estén poniendo las medallas y den un paso adelante cuando se haya perdido.
Los dirigentes sociales (y no sólo los políticos) deberían llamar a los técnicos de nuestras selecciones y escucharlos y aprender de ellos. En tanto no se apliquen en la sociedad española la mayoría de los criterios que se aplican en los equipos deportivos de éxito, España será un país con mucho potencial, pero sólo eso. 


miércoles, 10 de julio de 2013

El equilibrio I



                En el equilibrio, las fuerzas que actúan a favor y en contra, en un sentido y en otro, se suman, se complementan, se integran, se merman y se anulan unas a otras de una manera armónica.  La salud física es equilibrio. Y lo es la salud mental, la de un ecosistema y la de una sociedad determinada. No hay salud donde no hay equilibrio.

                Como el equilibrio es el estado perfecto, la vitalidad de un sistema depende de su capacidad para recomponer el equilibrio perdido. Así, un cuerpo joven responderá mejor a una fractura que un cuerpo viejo. Una mente animosa asumirá antes una emoción adversa que una débil. Un ecosistema indemne se recuperará con más presteza de una agresión traumática. Y una sociedad fuerte eliminará más y con más rapidez las lacras que la envenenan.

                Las leyes del equilibrio social son axiomas sencillos que traspasan tanto las fronteras como los tiempos. Todo el mundo sabe que la avaricia rompe el saco, que los excesos se pagan, que las burbujas acaban estallando, que quien quiere la guerra obtiene el dolor, que las injusticias provocan tensiones, que la intolerancia genera intolerancia y que no hay mensaje más eficaz que el que se transmite con el ejemplo.
 

                En el mundo complejo de hoy, hay quien se empeña en aplicar arduos principios con el fin de demostrar lo imposible y negar lo evidente. Ahora, parece que se puede gastar impunemente lo que no se tiene, por ejemplo. O que se puede sostener indefinidamente una mentira si se cuenta con medios que la propaguen y personas que estén dispuestas a creérsela. Son proposiciones que van contra el equilibrio.

                Y el equilibrio es el origen y la meta en la Naturaleza y en la naturaleza. Antes hubo equilibrio y la tendencia es al equilibrio, aunque sea de otra forma, en otro estado, en otro ecosistema. Por eso, dando bandazos, con idas y vueltas y con sufrimiento, el equilibrio está al final del camino, y quienes lo quebrantan creyéndose que son más listos que nadie acaban sufriendo sus efectos. Afortunadamente.