miércoles, 10 de julio de 2013

El equilibrio I



                En el equilibrio, las fuerzas que actúan a favor y en contra, en un sentido y en otro, se suman, se complementan, se integran, se merman y se anulan unas a otras de una manera armónica.  La salud física es equilibrio. Y lo es la salud mental, la de un ecosistema y la de una sociedad determinada. No hay salud donde no hay equilibrio.

                Como el equilibrio es el estado perfecto, la vitalidad de un sistema depende de su capacidad para recomponer el equilibrio perdido. Así, un cuerpo joven responderá mejor a una fractura que un cuerpo viejo. Una mente animosa asumirá antes una emoción adversa que una débil. Un ecosistema indemne se recuperará con más presteza de una agresión traumática. Y una sociedad fuerte eliminará más y con más rapidez las lacras que la envenenan.

                Las leyes del equilibrio social son axiomas sencillos que traspasan tanto las fronteras como los tiempos. Todo el mundo sabe que la avaricia rompe el saco, que los excesos se pagan, que las burbujas acaban estallando, que quien quiere la guerra obtiene el dolor, que las injusticias provocan tensiones, que la intolerancia genera intolerancia y que no hay mensaje más eficaz que el que se transmite con el ejemplo.
 

                En el mundo complejo de hoy, hay quien se empeña en aplicar arduos principios con el fin de demostrar lo imposible y negar lo evidente. Ahora, parece que se puede gastar impunemente lo que no se tiene, por ejemplo. O que se puede sostener indefinidamente una mentira si se cuenta con medios que la propaguen y personas que estén dispuestas a creérsela. Son proposiciones que van contra el equilibrio.

                Y el equilibrio es el origen y la meta en la Naturaleza y en la naturaleza. Antes hubo equilibrio y la tendencia es al equilibrio, aunque sea de otra forma, en otro estado, en otro ecosistema. Por eso, dando bandazos, con idas y vueltas y con sufrimiento, el equilibrio está al final del camino, y quienes lo quebrantan creyéndose que son más listos que nadie acaban sufriendo sus efectos. Afortunadamente.