jueves, 22 de agosto de 2013

Nueva York (la ciudad II)

          El taxi desde el aeropuerto a Manhattan o viceversa tiene una tarifa fija, a la que debe añadirse la propina (tip, en inglés), que allí resulta obligada cuando de pagar un servicio de trata, esto es, en los taxis, restaurantes, etc., a no ser que, excepcionalmente, vaya incluida en la factura, para lo que deberá mirarse esta antes de proceder a su pago.

                Los taxis no son caros, y siempre son una solución alternativa a la principal, que es la de coger el metro e ir a pie a cualquier sitio. El recinto del metro, como Manhattan en general, es sumamente seguro (yo lo he cogido multitud de veces y nunca me he sentido en peligro) y muy eficaz, aunque sea viejo y vetusto.
Puente de Brooklyn
           Cuando me puse a informarme sobre Nueva York, creí que me iba a resultar complicado el funcionamiento del metro, dado que las guías dan muchos consejos y hacen diversas advertencias sobre su funcionamiento. Pero lo cierto es que una vez en el tajo resulta muy fácil de entender, entre otras cosas por la misma configuración de Manhattan y la forma en que están distribuidas sus calles. Veamos: Manhattan es, grosso modo, un rectángulo de unos 20 km por 3 km cuyos lados más largos van de norte a sur, dividido por vías públicas que forman una rejilla. Las vías públicas que van de norte a sur (las verticales) son unas pocas avenidas y generalmente tienen nombres de ordinales (la Quinta, la Séptima, etc, según un orden que las orienta de este a oeste, de forma que la Primera avenida está más al este que la Segunda y así sucesivamente). Las vías públicas que cruzan a las avenidas (las horizontales) son muchas calles y tienen nombres de números (La calle 34, la calle 155, etc). De esta forma, para localizar un lugar en el mapa, basta con señalar la avenida y la calle, como si nos situáramos ante un eje de coordenadas: la Séptima avenida con la calle 34, por ejemplo.
Times square
          Lo esencial es eso, y eso es lo que se debe retener, aunque hay ligeras variaciones que no menciono para que no parezca que el asunto es más complicado, que no lo es. Si ha leído hasta aquí, el amable lector de estas páginas es lo suficientemente espabilado para captar con el plano de Manhattan en la mano esas ligeras variaciones. El entramado viario es mucho más sencillo, pues, que el determinado en cualquier otra población, en la que las calles tienen formas enrevesadas y nombres propios, casi imposibles de recordar.
Wall street
          Pues bien, el metro sigue, generalmente, los trazados de las avenidas o de las calles y está muy somero (a veces, incluso está sobre la tierra), tal que si hubieran abierto una zanja y luego la hubiera cubierto, y, generalmente, va de norte a sur. Al estar tan en contacto con la superficie, la unión entre un andén y el de enfrente no se realiza bajo tierra, sino en la calle, de manera que por una boca se accede al sur de la ciudad (downtown) y por otro se accede al norte (uptown), lo que está indicado en la propia boca del metro. Cuando no hay indicado nada, es que el acceso a ambos andenes se hace bajo la superficie.

          La otra particularidad del metro de Nueva York es que por una misma vía pueden pasar trenes que paran en todas las estaciones, trenes rápidos que paran sólo en algunas y trenes de diferentes líneas, que llevan en consecuencia a lugares distintos. En cierto modo es como una parada de autobuses en la que paran vehículos de múltiples líneas. El usuario lo único que debe hacer es fijarse en el número del tren, que está perfectamente indicado en el mismo, y subirse en el que le interesa.
Manhattan desde el ferry a Staten Island
          Y andar, andar mucho, sobre todo si tiene tiempo para ello. No hay mejor visita panorámica que la que se hace a pie ni mejor guía que detenerse ante lo que a uno le asombra. Hay que tener una idea previa de lo que uno no debe perderse, por supuesto, pero lo esencial en Nueva York es coger un barrio del Lower Manhattan y del Midtown Manhattan (lo que sería de Central Park hacia mitad sur, poco más o menos) y ponerse a andar por él, y luego cogerse otro y hacer lo mismo. En el resto de Manhattan hay que hacer visitas específicas para ver los museos, para ir a la universidad de Columbia, para asistir a una misa góspel en Harlem, para hacer la ruta de las iglesias modernas y para visitar The Cloister, un conjunto  arquitectónico ubicado en un paraje espectacular y traído piedra a piedra desde Europa, al que se puede acceder por un ascensor que hay en la misma parada del metro, antes de salir por su boca.

      Sobre lo que uno no debe perderse, daré unos pocos de apuntes, que en nada quieren enmendar lo que se dice en las guías. A mi juicio, es obligatorio cruzar a pie el viejo puente de Brooklyn, y hacerlo al atardecer, de manera que la vuelta se haga de noche, a fin de extasiarse durante un buen rato con la panorámica del movimiento en el puerto y de los edificios iluminados, que justifica por sí sola la visita a la ciudad, y es muy conveniente subirse a uno de los rascacielos que pueden visitarse, como el Top of the Rock (la cima del edificio más alto del Rockefeller Center) o el Empire State, y, por los mismos motivos, hacerlo poco antes del atardecer.
La estatua de la Liberdad
          Detengo aquí mi relato para hacer una confesión que quizá pueda interesarle a alguien: tengo vértigo, no puedo asomarme a un balcón alto ni andar junto a la baranda de un puente. No obstante, subí al Top of the Rock (al Empire State, no lo creí necesario), anduve por cada una de sus tres terrazas durante mucho más de una hora y miré continuamente al paisaje y no sentí vértigo, ni miedo, ni nada negativo. Y si no lo sentí yo, tampoco tienen por qué sentirlo los que sufren el mismo problema que yo. Las terrazas del Top of the Rock no poseen barandas, sino una barrera transparente y translúcida formada por placas de metacrilato (o algo similar) separadas por unos cuanto dedos sin nada. Al contrario de lo que pueda parecer, uno se siente allí absolutamente seguro, quizá porque no se trata tanto de asomarse al vacío como de mirar desde lo alto de una montaña.
Desde las terrazas superiores del Top of the Rock se hacen fotografías como la que hay más abajo

          Y algo parecido pasa con el puente de Brooklyn: aquí, el camino de los viandantes, por alto que sea, se halla entre los dos carriles de los coches, de manera que nunca hay una sensación de vacío. El puente es, a mi juicio, totalmente apto para el paseo de los que padecen miedo a las alturas, y resultaría imperdonable que por un temor previo, que luego no se va a tener, alguien se quedara sin ver el mayor espectáculo que ofrece la ciudad.

          Sin ánimo de ser exhaustivo, y dado que algunas guías no lo mencionan, digo también que resulta muy conveniente coger el ferry a Staten Island, que es gratis, pues durante el trayecto se tienen unas vistas magníficas desde el mar de la estatua de la Libertad y de la línea de rascacielos de la ciudad, y recorrer los dos kilómetros del High line.
 

 Patio del castillo de Vélez-Blanco (Almería), instalado en el Metropolitan desde 1959 

          Hay más, mucho más (pasarse un día entero, incluida la comida, en el Metropolitan Museum of Art y otro en el  el Museo de Historia Natural no me parece una exageración), pero no puedo ser más exhaustivo sin cansar, y cansar es lo último que querría hacer. Antes de terminar, me gustaría exponer que existe la posibilidad de realizar viajes por los alrededores. Nosotros hicimos un tour a Washington D.C. con una de las empresas de buses turísticos (los rojos) que resultó algo frustrante, dado el poco tiempo de que dispusimos en la capital de EE.UU. Con todo, lo repetiría y, si se dispone de tiempo suficiente, recomiendo la visita a esa ciudad.
Capitolio, Washington D.C. 
          Mi relato no acaba aquí, pues me gustaría escribir una entrada específica sobre la gente de Nueva York y otra sobre Central Park, ambas en un tono más personal de lo expuesto hasta ahora.