miércoles, 18 de diciembre de 2013

La armonía



                Primera hora de la mañana de uno de los últimos días del otoño, en las inmediaciones de la estación de Belalcázar. El cielo está despejado y ocupa, aproximadamente, los dos tercios superiores del cuadro. La imagen está dominada por la copa redondeada de un árbol y un vagón de tren extenuado. El árbol solo tiene unas cuantas hojas secas. El resto, están en el suelo y forman una mancha rojiza junto a las manchas verdes de la hierba y las amarillas del pasto, de los cardos secos y de los árboles que se ven en la lejanía. El vagón es de mercancías y se halla deshecho casi por completo. A la izquierda, hay un terraplén por el que discurre el ferrocarril. Más allá del terraplén, apunta el verde oscuro del bosque sobre un monte coronado de peñascales. En los montes de la derecha, más distantes y más altos, los primeros rayos del sol pintan el bosque de amarillo.


                Y no hay más. Todo lo que se ve parece decadente  (los árboles extenuados, los cardos secos, el vagón maltrecho …) y, sin embargo, resulta llamativo. Lo sería con el árbol, los montes y todo lo demás excepto el vagón, pero el vagón (hacia el que finalmente se va la mirada) añade un color distinto, acrecienta la profundidad de la escena al verse tanto desde el frente como desde ambos laterales (uno de los cuales, el de la derecha, está dividido en secciones por listones verticales, mientras en el de la izquierda pueden observarse la puerta y la ventana abiertas, y a través de ellas el campo) y agrega, sobre todo, el componente humano, porque al haber sido realizado por el hombre y usado por él nos evoca hechos o sentimientos que nos afectan y nos mete a nosotros mismos en el paisaje.
                  El domingo pasado, Rafael y yo llegamos temprano a la abandonada estación de Belalcázar, dejamos el coche bien esquinado en el lateral del camino de acceso, pasamos por encima del nuevo ferrocarril, construido recientemente a más altura del anterior y a unos cuantos metros, miramos por el agujero que hay en la pared tapiada del edificio de la estación y anduvimos durante un rato por el descampado próximo, y todo porque yo había visto desde lejos que el sol enrojecía los troncos secos de unos eucaliptos, que habían crecido junto al río Zújar y emergían ahora de una de las colas del pantano, difuminada por el velo sutil de una niebla que no se levantaba más de unos centímetros de la lámina de agua. Allí había una foto y la hice. Al volver hacia la vieja carretera fue cuando nos encontramos con esa otra imagen del árbol y el vagón, que a Rafael le recordó a otros vagones que había visto en el campo de concentración de Auschwitz.
 Cuando uno anda por ahí, puede ver espectáculos como ese y emocionarse con su contemplación a poca sensibilidad que tenga. Hay lugares, además, donde es relativamente fácil sentir la armonía que rige el medio ambiente cuando la mano del hombre hace un uso responsable de él, y en el concepto de uso responsable incluyo la construcción de un pantano tan desmesurado como el de La Serena. Es el caso del camino que lleva de la mencionada estación de Belacázar a Peñalsordo, que está aparentemente lejos de todas partes y parece estar más lejos aún si uno atiende a la feroz belleza del paisaje por el que discurre.


El camino es en realidad una carretera que tiene al principio, justo delante del enorme puente que salva al Zújar (convertido ahora en una cola del enorme lago artificial que se ha creado), un cartel indicador de que está cortada para el tráfico de vehículos. Allí mismo, sobre el puente, hay una vista espectacular hacia el Oeste, especialmente a esas horas de la mañana, en las que las sombras son más oscuras y los claros tiene colores oxidados. Desde el puente se ven los eucaliptos a los que me he referido antes, el depósito de agua que vigila el entorno y, recortado sobre las últimas montañas, el castillo de Madroñiz. 


El puente une las comunidades de Andalucía, que se queda atrás, y Extremadura, por las que el viajero caminará en adelante. Durante los primeros cinco kilómetros, el camino corre pegado a la orilla del pantano, que se queda a su derecha, hacia el Este, por lo que se hace con el placer de estar contemplando continuamente un paisaje espectacular. 
Ida y vuelta, algo más de 26 kms
 Pasado ese tramo, el camino pierde la vista de las aguas, pero las recobra pronto de una forma aún más ostentosa, pues los montes son más ariscos y están punteados del rojo de algunos caseríos y de los ocres de los árboles que aún están perdiendo sus hojas. Abajo y a la derecha la orilla del lago es más amable y se deja pisar por cualquiera si se sigue el camino que toma mucho más adelante y se recorre algo de un kilómetro, como había hecho un pescador que operaba tranquilamente con su caña. También a un kilómetro de ese cruce, poco más o menos, se encuentra uno con la vieja carretera que conectaba con Guadalmez, que se halla cortada, pues la unión de esta villa castellano-manchega con Peñalsordo no se realiza ahora por el Sur, sino por el Norte, a través de la población de Capilla. 
 Por allí ya no se divisa el pantano, un gozo que debe de ser permanente para los usuarios de las casas de campo que se observan enseguida hacia el Noreste, en la falda de la sierra del Palenque, cuyas crestas las protegen de los fríos vientos del Norte. Cerca del cruce y a la vera del camino hay un cartel indicador de la riqueza faunística de las sierras de Moraleja y Piedra Santa, que es zona de especial protección de las aves y está incluida en la Red Natura 2000.


A partir de ese punto está autorizado el paso de vehículos y el camino se vuelve más transitado, si bien nunca resulta cansado ni peligroso. Estamos en las inmediaciones de Peñalsordo y eso se nota. Hay viejos pilones para abastecimiento del ganado, hay más chalets, hay huertos con naranjos, hay un par de granjas de cabras que deslucen el paisaje y hay algunas cercas con olivos, en una de las cuales descansaban junto a las mallas de recogida unos aceituneros extranjeros que nos informaron amablemente de la ruta que nos quedaba, aunque lo hicieron con error, pues nos dieron una distancia demasiado corta para la que de verdad nos restaba hasta el pueblo. 
 A sus proximidades llegamos, no más. Era demasiado tarde y aún teníamos que hacer el camino de vuelta.

martes, 10 de diciembre de 2013

Volveré a Cádiz

           No tardaré tanto tiempo en volver a Cádiz. Me reclaman las imágenes que he visto, los sonidos que guardo en la memoria, la bulla de la gente por las calles estrechas y rectas de su casco antiguo. Volveré a Cádiz pronto para pasear de madrugada junto a la playa de la Victoria, para ver atardecer desde el castillo de Santa Catalina, para caminar tranquilamente de plaza en plaza, para sorprenderme con sus magnolios gigantescos y sus pequeños jardines. Volveré a Cádiz para comerme un arroz marinero, para tomarme una cerveza con pescaíto frito en alguna de sus tabernas, para ver pasar a la gente desde el banco de una plazoleta, para observar cómo siguen las obras del gigantesco puente que se está construyendo sobre la bahía. Volveré a Cádiz para sentir el mar de lado a lado, para apreciar sobre sus piedras el ritmo de la Historia y para valorar en lo que valen los gritos de libertad.

Ya me urge. Acabo de volver, pero ya siento que me urge. No debo tardar tanto tiempo en volver a Cádiz.









viernes, 6 de diciembre de 2013

Paseo emocional

              La sierra no es lo mismo. La sierra es dura y áspera, su clima es más extremo y su tierra menos fértil. Pero por eso mismo es más querida. La sierra es como el hijo difícil, que te da problemas y necesita más atenciones y al que, a pesar de ello, le agradeces más los pequeños detalles que tiene contigo (como en la parábola del Hijo Pródigo). Como la sierra es difícil, las personas necesitan de un añadido extra de valores para trabajarla, y necesitan en muchas ocasiones de la ayuda de los otros, de los vecinos y de los familiares, quienes acaban siendo solidarios por convicción y porque saben que en el mundo en el que se encuentran todos se necesitan a todos, y el apoyo que prestan hoy podrán necesitarlo ellos mañana.
                Como la sierra es difícil, necesita de muchas manos para trabajarla, manos que se concentran en épocas concretas, especialmente en el momento de la recogida de su fruto más emblemático, la aceituna. Muchas manos concentradas en una labor ardua tienen detrás muchos corazones que sienten mucho, todos ellos expuestos al contacto con los otros, y en el contacto, especialmente cuando las circunstancias son rigurosas, nacen continuamente las emociones más diversas, que acaban cuajando en sentimientos y, por ende, en maneras de ser, tanto de las personas como de los grupos de personas, es decir, de los pueblos.
                En tiempos, cuando las personas se iban a la sierra de temporada y todas las labores se hacían en ella sin más ayuda que las bestias, la manera de ser de las gentes produjo una subcultura propia, que se ha llamado “La cultura del olivar”, de la que hoy conservamos pequeños restos en forma de canciones, algunas de las cuales se recogieron en "Madre, quiero ser de una faneguería".  Esa subcultura se ha perdido, pero la sierra sigue siendo áspera, y las personas que la trabajan siguen necesitando más valores que las que trabajan otros territorios más amables.
                En la sierra, la mayoría de las tierras son trabajadas ahora por sus propietarios, que tienen unos cuantos olivos con los que conviven, al menos afectivamente hablando. Esos propietarios que trabajan su propiedad y conviven afectivamente con ella son distintos de los propietarios que viven lejos y van a sus tierras a pasar un buen fin de semana con sus amigos de la capital. Los propietarios pequeños que trabajan su tierra y la aman porque en ella están el sudor de sus abuelos, su propio sudor y su proyecto vital son, paradójicamente, más generosos y son más benévolos con los caminantes que los grandes propietarios, que tienen una relación afectiva mucho menor con ella. Nosotros lo tenemos comprobado.
                Ahora la sierra está en plena temporada de recogida de la aceituna y, si siempre es un espectáculo para los sentidos caminar por ella, durante los meses de invierno es también un espectáculo para el alma, dada la cantidad de emociones que surgen ante el noble trabajo de la gente. El pasado domingo, sin ir más lejos, nos equivocamos de sendero yendo de la carretera del Cerro de las Obejuelas a la de La Canaleja por las Umbrías del Castaño y tomamos caminos particulares. La sierra está ahora alambrada y los viejos caminos de herradura son difíciles de seguir o se han perdido. Los propietarios trabajadores de las fincas por las que pasamos, sin embargo, se ofrecieron enseguida a ayudarnos, indicándonos dónde estaban las alambradas abiertas y cuál era el más favorable de los caminos. Y ni nos conocían ni nos conocieron.
                Reconozco que tengo idealizada a la sierra y a sus gentes, tal vez porque de chico he mamado los sentimientos que nos transmitía a su familia mi abuelo Miguel. Pero es que cada vez que voy a ella no tengo sino motivos para alimentar esa idealización. El domingo pasado, de nuevo, hubo otro más, y ahora no puedo sino reafirmarme en mi deseo de vivir en la sierra cuando muera.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Altura de miras



                “¡Qué manía con buscar soluciones! No todo tiene solución”, dijo Arturo Pérez Reverte hace unos domingos en el programa Salvados, de Jordi Évole, al referirse a la marcha de España. Y dijo que la revolución es imposible, porque la impiden los mecanismos de anestesia institucionalizados, que este es un país maldito históricamente para la política, porque no hemos sabido escoger los paradigmas ideológicos adecuados, que confundimos el cabreo con la crítica y no hacemos debate intelectual, que quienes nos dirigen nos han manipulado tantas veces que hasta lo que nos une lo utilizamos como arma arrojadiza, que el español odia más que ama y vota más en contra que a favor, que no existen ilusiones en la sociedad ni mecanismos vertebradores de la misma, que el movimiento de los indignados del 15M fracasó porque el demagogo sustituyó enseguida al chico que protestaba y el más bruto al más clarividente, que los políticos son una casta con privilegios que se protege a sí misma, como antes lo eran el clero y la nobleza, que se insultan en el Parlamento pero se llevan de maravilla en el salón del hotel Palace, que las élites políticas y económicas están formadas por las mismas personas, y que todos valen para todo, que la gente no quiere educación y que los políticos son el síntoma de una enfermedad que reside en nosotros, y que quizá, si se aprovechase este momento de crisis para educar a los niños de otra forma, en la austeridad, en el valor de un euro y en el conocimiento de que a veces no se pueden llevar unas zapatillas de marca, aunque otros la lleven, ellos entenderían que este mundo es un lugar peligroso y habría una generación distinta de la muestra y mejor.
                 El domingo pasado anduvimos por los montes de Santa Eufemia y vimos desde arriba Los Pedroches y las comarcas que la rodean y ahora, que me enfrento a la página en blanco para escribir sobre el paseo que dimos, me he acordado de esa entrevista, quizá por la escasa altura de miras que tienen quienes nos dirigen y nos lideran, quienes piensan, quienes opinan (opinamos) públicamente y quienes influyen en la opinión de los otros y, en general, la escasa altura de miras que tenemos todos, y en ese todos meto a casi todos los seres humanos, pero especialmente a los ciudadanos de España y, más especialmente aún, a los habitantes de ese territorio que se ve desde las alturas a las que me refería, Los Pedroches.
                 Me duele decir esto, porque siempre es injusto generalizar, porque el tiempo viene malo este año y hay muchos agricultores y ganaderos al borde de la ruina, me duele porque hay mucha gente buscando trabajo, gente que se ha preparado a conciencia y que no encuentra una ocupación con la que ganarse el sustento, porque hay algunos pequeños emprendedores que han depositado sus ilusiones vitales en una empresa y que luchan cada minuto para salir adelante, porque hay estudiantes que estudian y trabajadores que trabajan, porque hay políticos de buena fe y sindicalistas que quieren defender a los trabajadores, y hay líderes que se sacrifican y pensadores que proceden con honradez, me duele porque yo soy de aquí, y de aquí es mi familia, y mis amigos, y mis vecinos, y a todos los señalo (y me señalo) cuando afirmo lo que afirmo, y lo que afirmo es que, vistos desde arriba, en Los Pedroches falla el material humano. No es la tierra, por pobre que sea y lejos que esté, la que nos hace pobres, ni es el clima, por extremado y seco que sea, lo que nos priva del bienestar, todo eso contribuye a nuestro escaso nivel de desarrollo, sí, pero no es la causa principal, porque la causa principal está en nuestras propias carencias.
                 No hay más que vernos desde fuera para darse cuenta de los errores que hemos cometido y cometemos, de lo aferrados que estamos a la nostalgia y de lo poco que miramos al futuro, lo que hemos hecho con nuestros pueblos (especialmente en Pozoblanco), el escaso valor que le damos a lo que compartimos, lo poco que trabajamos unidos y lo mucho que nos separa, el caso que le hacemos a los que vienen a vendernos la moto con palabras huecas, lo poco que aprendemos de los que van por delante de nosotros y el crédito que le seguimos dando a los que nos engañan.

 Por eso, creo que ya va siendo hora de que dejemos de echarle la culpa a los otros de nuestros problemas, de que dejemos de hablar del secular aislamiento de Los Pedroches y de que dejemos de pedir que nos respeten. Todo eso está muy bien si antes se ha hecho todo lo que se tenía que hacer, y no es el caso. Tanto se ha utilizado la palabra “juntos” y tantas veces se ha traicionado su contenido que ya no tiene valor en boca de los que la pronuncian, quienes nunca están dispuestos a perder la posición ni a renunciar a nada. No queremos que nos la digan, queremos que hagan, que se pongan de acuerdo ya, al menos para lo básico. En el día en que escribo esto, han cuajado un acuerdo de gobierno los dos partidos mayoritarios alemanes, que fueron antagonistas en las elecciones y tienen ideas tan contrapuestas como pueden ser las conservadoras y las socialdemócratas. ¿Qué impide que eso pueda ocurrir aquí? ¿Cómo es posible este guirigay en España, en Andalucía, en Los Pedroches, en Pozoblanco? ¿Hasta dónde llega la idea que del conflicto político tienen quienes nos representan?
 Pensar con altura de miras, acordar unidos no dónde vamos a ir dentro de un rato, sino dónde vamos a estar el día de mañana, trabajar con ahínco por el futuro de nuestros hijos, como cuando nuestros abuelos roturaban las tierras baldías o plantaban los olivos que ahora pueblan nuestras sierras, eso es lo que previamente debemos hacer si queremos hacernos respetar. Pero no creo que lo consigamos. Muy pocos parecen estar por la labor. La población o está envejecida o tiene las ideas envejecidas, a fuerza de asimilar prejuicios y alimentarse de una pedagogía equivocada que anima a la inacción. El daño es tan grande que no veo salida, ya no, al menos no por ahora. Quizá exista cuando vuelvan esos jóvenes que ahora salen a buscarse la vida por ahí, a otras regiones, o incluso a otros países. Puede que ellos traigan otras ideas de menos conflicto, de más unidad, que traigan aprendido que para hacerse respetar hay que respetarse antes a uno mismo, que el mundo es un lugar peligroso (como decía Pérez Reverte), en el que hay que luchar cada día por el sustento, independientemente de lo que hagan el Estado y el alcalde, y que casi todo lo que hay a nuestro alrededor depende de nosotros.
 Lo siento por los pacientes lectores de esta página que se acercan a ella para pasear conmigo, pero hoy el cuerpo me pedía otra cosa. Fuimos a la sierra de Santa Eufemia, en efecto, vimos desde arriba el territorio donde vivimos y oteamos el horizonte. Un buen ejercicio para el cuerpo y para la mente que debíamos entender como algo más que una simple metáfora de la vida propia y de la social, si queremos tener para todo más altura de miras.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

¡Viva la Pepa!

                La radio pública es esto, lo que hace Pepa Fernández los sábados y los domingos en las mañanas de RTVE con su programa No es un día cualquiera. Así es como debe ser, y de ella deberían aprender tantas y tantas cadenas de radio y televisión pública como hay en España. Para empezar, ella no quiere más oyentes que los que estén dispuestos a escuchar, y no tanto a ella como a sus invitados y a la galería impresionante de colaboradores que tiene, todos tan diestros en las disciplinas que manejan como hábiles en la forma de transmitirla. Porque mientras otros comunicadores utilizan el don que la Naturaleza les ha dado para intentar dejar en la audiencia sus propias ideas (que no por casualidad suelen coincidir con las de quien les paga), Pepa Fernández busca dejar en el escuchante el afán por situarse de un modo crítico ante el mundo que lo rodea y le proporciona algunos medios para entenderlo mejor. Y todo ello de un modo divertido y ameno, con una enorme frescura, un punto de ironía (tan difícil de manejar en la radio) y a base de Educación, de Cultura y de altas dosis de sentido común.
                El pasado fin de semana Pepa Fernández hizo su programa desde el salón de actos del recinto ferial de Pozoblanco, con motivo de las Jornadas de Otoño organizadas por la fundación Ricardo Delgado Vizcaíno e invitado por ella. Yo escucho ese programa casi todos los sábados, así que el amable lector de estas páginas entenderá que el sábado pasado (casualmente el mismo día que Sara Baras nos deleitó en El Silo con su espectáculo “La Pepa”) aprovechara esa circunstancia para ver cómo se hace en directo. Y lo que vi colmó con mucho las expectativas que me había creado.

                El programa es por dentro un espectáculo en sí, sencillo como una charla de mesa camilla y, sin embargo, hondo e intenso, aparentemente intuitivo pero preciso como un reloj, y emocionante, sobre todo emocionante. Emociona la amenidad con la que se tratan los temas más diversos y más complejos, el cariño que se le guarda a lo que se hace, la complicidad que desde la primera pregunta se tiene con los invitados y el afecto con que se relacionan los colaboradores y los miembros del equipo, lleno de detalles que puede vislumbrar el escuchante y puede observar continuamente el espectador.

                Al día siguiente, domingo, sobre las ocho y media, poco más o menos a la hora en que Pepa Fernández empezaba otro programa en directo desde el recinto ferial de Pozoblanco, arribábamos nosotros a la plaza de la Constitución de Belalcázar. Hacía un día extraño, a medio nublar, plomizo y con la temperatura por debajo de cero. La ruta que habíamos previsto está marcada en wikiloc y es circular, con salida y entrada en esa hermosa localidad de Los Pedroches, ubicada en el extremo occidental de esta comarca.
Para ver el mapa, pincha sobre la imagen
                El itinerario previsto nos llevó precisamente hacia el Oeste por la vereda de Castuera, donde comienza la llamada Ruta de las Merinas, que tiene al principio un cartel informativo de su antiguo esplendor, aunque al poco de salir del pueblo, tras cruzar el arroyo de la Jarilla por el puente de San Pedro, que años ha llevaba al balneario romano de La Selvatomamos a la derecha la vía pecuaria que se dirige a Cabeza del Buey, casi directamente al Norte, aunque el camino trazado en wikiloc nos desviaba antes por otro que sigue el arroyo arriba.

                Sobre los diversos nombres que recibe este arroyo conviene detenerse un poco. Al principio de su curso se llama Cohete, según los planos del Ministerio de Fomento, aunque a mí me suena mejor Gahete (el antiguo nombre de Belalcázar), luego se denomina Jarillas y, cuando se une con el arroyo Cagancho, que es el que pasa por el casco urbano de Belalcázar, recibe el nombre de Malagón. Pero lo cierto es que ninguno de estos nombres está claro, como he podido leer en el blog de Rafael López Monge, donde he descubierto que está perfectamente descrita la ruta que hemos hecho, y mejor marcada en el plano que en wikiloc.

                Mientras se va hacia el Norte, la vegetación es escasa, casi de tundra, y en el paisaje sobresalen los montes de Sierra Morena que hay más allá del Zújar, en la falda de uno de los cuales se descubre, hacia el Noroeste, la línea blanca y roja de casas de El Helechal. Pero cuando se cruza el mencionado arroyo Malagón y se gira hacia el Este, la vegetación cambia por completo, pues el caminante se descubre entre un bosque de pinos piñoneros jóvenes, seguramente producto de una repoblación reciente. Según he podido saber por la página de López Monge, el monte Malagón es una dehesa boyal, por lo que bien pueden conjeturarse como ciertas las observaciones que hicimos mientras avanzábamos, en el sentido de que una repoblación tan extensa y tan tupida sólo podía haberse realizado sobre el patrimonio de una entidad pública.

                Al otro lado del arroyo, poco antes de que el camino tuerza hacia el Sur, hay un cortijo con una torre mirador detrás de la cual se ve el castillo de los Sotomayor y Zúñiga, cuya presencia prácticamente no se pierde en todo el recorrido, especialmente la torre del homenaje, que a veces emerge en solitario de los barbechos y las sementeras como si lo hiciera del mar. De esta casa salían una cantidad impresionante de sonidos emitidos por pájaros, de muy alto volumen, muy diversos y muy extraños, sin que se viera pájaro alguno, lo que nos llevó a una gran confusión hasta que, de repente, dejaron de oírse por completo, para al cabo de unos segundos volver con igual profusión y tan súbitamente como se habían ido, de lo que concluimos que se trataba de un aparato instalado allí para asustar a los pájaros.

                En el monte Malagón, pasado el campo de tiro, tiene el Ayuntamiento de Belalcázar un complejo rural que al parecer está en funcionamiento, aunque nosotros no vimos movimiento alguno desde fuera. El caminante debe tener cuidado con la ruta a partir de aquí, porque es muy fácil seguir hacia el Este y toparse con la carretera A-422. El camino propuesto está trazado entre esta vía y el arroyo Malagón hasta prácticamente el castillo, al que se accede desde el Norte por una senda empinada y estrecha ceñida por dos paredes de piedra. Lo obligado es darle la vuelta al castillo para verlo de cerca en todo su ruinoso esplendor y bajar luego por otra senda hacia el pueblo.


                A la entrada de la población está el conjunto hidráulico de la Fuente del Pilar, que con el entorno forman uno de los rincones con más sabor y más bellos que hay en Los Pedroches. Allí, sentados en uno de los bancos dispuestos por el Ayuntamiento, con la vista del castillo, de las copas de los árboles que crecen junto al arroyo Caganchas y del albergue “Camino de Santiago”, sacamos la bota y las viandas y echamos unos tragos y un bocado. Poco después, tras admirar la iglesia y la plaza de la Constitución, tomábamos el coche para volver a casa. Cuando llegué a la mía, era más de la una y ya había terminado el programa de Pepa Fernández.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Destreza antinatural




Nuestros hijos son antes que nada ellos mismos, siempre diferentes de nosotros, por lo que nuestros gustos no tienen por qué coincidir con los suyos. Ocurre, sin embargo, que nos empeñamos en que hagan lo que a nosotros nos gusta y queremos que desarrollen las capacidades que nosotros hubiéramos querido tener, sin pensar que eso no tiene por qué hacerlos felices o, incluso, que puede condenarlos a la desgracia. A veces persistimos en el error y los obligamos hasta más allá de lo razonable sólo porque queremos realizar nuestros sueños a través de ellos, en lugar de ayudarles a que lleven a cabo los suyos.

Cuando el padre es despótico, la realización personal a través del hijo acaba siempre con el hijo convertido en un monstruo lleno de destrezas que se exhiben públicamente para mayor gloria de su progenitor (no estaría mal que lo tuvieran en cuenta quienes dirigen algunos programas de televisión). 

El Estado absoluto y despótico no pretende la felicidad de sus ciudadanos, sino la persistencia del régimen. Es un espíritu frustrado que somete a la tortura de horas y horas de ensayos a los más maleables y débiles de sus hijos para exhibirlos luego como sinónimo de éxito personal, como si pudieran redimirlo una niña campeona de gimnasia o unos niños pequeños tocando la guitarra con una destreza antinatural.