miércoles, 11 de septiembre de 2013

Por las ermitas de Santa Eufemia



                En el verano de Los Pedroches, el sol pega de plano en cuanto se levanta un poco del horizonte y a mediodía parece capaz de derretir las tejas. Andar más allá de las diez de la mañana es una temeridad, a no ser que se vaya por las sombras, y un poco más tarde ni las sombras pueden guarecer al caminante del hierro líquido que empantana el aire. Durante las horas medias del día, los habitantes de Los Pedroches se guarecen en sus casas, a esperar que escampe y a reparar con una buena siesta las vigilias de la noche, que está llena de ferias, de picadillo de tomate y de charlas.


            El que le tiene afición a los caminos no deja su quehacer en verano, pero lo adapta a la principal obligación del cuerpo, que es la supervivencia. Anda de noche, especialmente cuando la luna está llena, o de madrugada, procura evitar los caminos con arbustos y busca inevitablemente las sombras de las encinas. Como los caminos de sierra se vuelven imposibles, de tan calurosos, la única opción es la dehesa.
            Hemos andado en verano, por supuesto, pero siguiendo esos principios esenciales, por lo que hemos repetido las sendas, lo que es tanto como decir que hemos repetido la experiencia. Contar experiencias repetidas no es propio de esta página, en la que tengo dicho y redicho que lo peor que puede hacer un mortal es tirar el limitado tiempo de que dispone consumiéndolo aburrido (o aburriendo). El que escribe estas páginas prefiere dedicar el tiempo veraniego a alargar las siestas, a comer salmorejo y tomar cervezas frías antes que a ponerse delante del ordenador para narrar viajes sin historia.
            Pero ha pasado lo peor del verano y hemos vuelto a las andadas, dicho sea en todos los sentidos. El domingo pasado, de hecho, hicimos una ruta que puede resultar interesante para los amables lectores de esta página, especialmente si son amigos de echarse al campo, aunque advierto que tiene algunos tramos un poco complicados y que la parte última discurre por una carretera, mínimamente transitada, pero carretera al fin y al cabo.
            Dejamos el coche en la intersección del camino que los planos llaman de El Viso al Molino del Horcajo con la A-2300 (El Guijo-Santa Eufemia), debajo de una encina que hay a unas decenas de metros del asfalto. Estaba muy reciente el amanecer y las montañas de la sierra de Alcudia, que yacían medio dormidas frente a nosotros, eran aún manchas cárdenas en el plano herrumbroso del firmamento. Al principio caminamos hacia el Noreste, prácticamente de cara al sol, que por estos días se levanta del suelo un poco más allá de las sierras de Fuencaliente. La temperatura era excepcionalmente buena, casi fresca, magnífica para el hacer que llevábamos y para la conversación.
Ermita de la Virgen de las Cruces (del pueblo de Santa Eufemia)
             Un poco antes de los dos kilómetros, el camino se cruza con otro que viene de Este a Oeste. El caminante debe tomar el de la derecha (hacia el Este) y caminar por él alrededor de un kilómetro si quiere visitar la ermita de la Virgen de las Cruces (la de Santa Eufemia), que no sé por qué aparece en los planos del Instituto Geográfico Nacional como ermita de la Virgen de Atocha. Sobre la Virgen de las Cruces (de El Guijo y de Santa Eufemia) ya he escrito en esta página, así que a su enlace me remito. La ermita es una pequeña construcción con un porche desproporcionadamente grande que no le quita encanto, sino más bien al contrario, y está levantada junto a las ruinas de una construcción anterior y cerca del arroyo Valdefuentes.
            Frente a la ermita, y afeando el bonito paisaje (como sucede con casi todas las ermitas de Los Pedroches), hay una nave para festejar a cubierto lo que toda la vida se ha festejado al raso. En la pared frontera de la nave hay pegadas con cinta adhesiva varias redacciones de escolares que hablan de las vicisitudes por las que pasó el culto a la Virgen de las Cruces hasta que se construyó la ermita.
            El caminante debe dirigirse después hacia el lugar donde el río Santa María se une al río Guadalmez. Aunque hay algunas veredas que hacen más corto el trayecto, lo más cómodo es volver sobre los pasos y tomar de nuevo el camino del Molino del Horcajo, andar por él hacia el Norte hasta el río Santa María y seguir luego por la ribera de este o, bien, tomar un poco antes de llegar al Santa María alguna de las sendas que salen hacia el Oeste y llevan directamente al Guadalmez, que por este tiempo sólo tiene charcas. A la vera de este río, por su margen izquierdo, discurre una vereda estrecha que a veces sólo es un paso de ciervos y jabalíes, cuya presencia en forma de excrementos o de rascaderas descubre el caminante de poco en poco.
Desde donde se juntan los ríos hasta la ermita de Santa Eufemia hay poco más de dos kilómetros, más de la mitad de los cuales se andan en paralelo al imponente caz del molino del Donadío, que por algunos tramos va enmarcado por dos líneas de olivos. Poco antes del molino hay una noria con restos de algunos cangilones y la plataforma donde giraba el burro comida por las ramas de los árboles que la circundan, en especial de una higuera. Cerca del molino y de sus casas adyacentes, que son varias (el molino debió de ser muy importante), descansa la plataforma de un carro, entre cuyos hierros crecen varias matas de hinojo.
Ermita de Santa Eufemia
      La ermita de Santa Eufemia, que es más grande que la anterior, está al lado del molino y al lado, obvio es decirlo, de una nave que sirve para realizar los festejos a cubierto y que, obvio es decirlo también, afea bastante el paisaje. Los festejos a los que me refiero son los de la “Santa”, la patrona de Santa Eufemia, y se llevan a cabo el domingo de Resurrección. Según se desprende de la abundancia de hierba seca de los ruedos y por el hecho de que el pórtico está cerrado con una malla de alambre, el paraje no se utiliza fuera del día de la fiesta, lo cual es una lástima, pues es verdaderamente idílico.
        En la ermita de la Santa empieza el camino de vuelta, que es bastante más monótono que el de ida. De lo que queda, lo único resaltable de contar es que en la primera cuestecilla y a la derecha vimos lo que bien podría catalogarse como un bosque de cardos secos de distintas especies, dada la espesura y la superficie que cubrían. Hasta el coche quedaban algunos kilómetros, pero el camino era cómodo y, aunque el sol había empezado a apretar, no lo hacía con la tenacidad de los días pasados, de modo que en poco más de una hora recorrimos el tramo que nos quedaba hasta el coche, que, como creo haber dicho, habíamos dejado prudentemente a la sombra.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Reflexiones sobre la peatonalización de la calle Mayor y otras peatonalizaciones

1º.- Son muchas las acciones que se realizan en un comercio hasta que el producto se pone a la venta, de las que el comerciante es el único responsable y el máximo entendido. Pero la venta es sólo una parte de cada una de las operaciones que se realizan en un comercio. La otra, es la compra, y de la compra el que entiende es el cliente.
La misión del comerciante es saber vender y la misión del cliente es saber comprar. En los tiempos que corren, los clientes son muy entendidos de la parte del contrato que les afecta, la compra, y pueden dirigir sus pasos hacia un comercio o hacia otro.
Cuando se afirma taxativamente que quienes entienden de un comercio son los comerciantes, se está tomando una parte de la verdad (la venta) por el todo (la compraventa) y se está negando el papel que ejercen los clientes (la compra).
Aunque esta afirmación es una obviedad, no siempre se tiene en cuenta. De hecho, algunos comerciantes aseguran que quienes más entienden de su negocio son ellos, incluso suelen asegurárselo a sus clientes, que son quienes verdaderamente entienden de la parte más fundamental de él. Y, de hecho, no siempre se tiene en cuenta que los titulares de un comercio tienen la obligación empresarial de estar continuamente alerta, esto es, de estar continuamente adaptándose a los gustos de sus clientes potenciales.
O lo que es lo mismo, hay quien se cree que por el hecho de tener un comercio en una determinada calle va a tener los clientes asegurados y quien, por el contrario, intenta adaptarse a las demandas del mercado.

 
2º.- Generalmente, los comerciantes que durante años y años han recibido clientes por el hecho de tener un comercio en la única calle comercial del pueblo tienden a pensar que eso es lo que va a ocurrir siempre.
Pero ese “siempre” no existe, y mucho menos en estos tiempos, porque ahora hay otras calles comerciales, donde los comerciantes allí instalados han entendido desde primera hora que para vender deben ponerse las pilas y adaptar sus gustos a los del cliente, porque todo el mundo tiene coche y puede desplazarse a otras poblaciones de más habitantes y mayor oferta comercial y porque existe internet, donde se venden a precios muy bajos toda clase de artículos.


3º.- Los seres humanos tenemos gustos parecidos y gustos distintos. También los pueblos tienen gustos parecidos y gustos distintos. Porque existen caracteres y gustos distintos es por lo que puede decirse que cada pueblo tiene su idiosincrasia.
A los ciudadanos en general y a los comerciantes en  particular les gustan las calles peatonales en prácticamente todos los ámbitos culturales que son como el nuestro, por lo que la existencia o no de calles peatonales no pertenece al campo de los gustos distintos, sino al de los gustos compartidos. No parece lógico argumentar, por tanto, que Pozoblanco tiene una idiosincrasia especial para justificar que no se peatonalice una calle comercial, salvo que quien ello argumenta nos esté tachando de extremadamente raros.



4º.- El Ayuntamiento debe adoptar sus decisiones atendiendo a los intereses generales. La calle es de todos, como es de todos un camino público. Ciertamente, quienes tienen intereses especiales en una calle gozan de un derecho extra a ser escuchados, como lo tienen los titulares de fincas con acceso por un camino público. Ambos tienen derecho a organizarse para defender esos derechos especiales, tienen derecho a nombrar portavoces y a intentar influir sobre la entidad pública a la que corresponde adoptar la decisión. Pero tales organizaciones no pueden considerarse plataformas ciudadanas, que son transversales y abiertas, sino grupos de presión o lobbies.
No puede presentarse como una plataforma ciudadana lo que es un grupo de presión (lobby), por muy legítimo que sea, pues una cosa es el interés de los ciudadanos y otra el interés de los comerciantes, y ambos intereses pueden coincidir o no.


5.- Los grupos de presión tienen todo el derecho del mundo a aproximarse a los grupos políticos para intentar que sus intereses cuajen en una decisión política. Paralelamente, los grupos políticos tienen la obligación de escuchar las demandas de los ciudadanos, incluidas las de los constituidos en grupos de presión, para disponer la mejor decisión posible, que ha de atender siempre a los intereses generales.
La relación entre los grupos de presión y los grupos políticos, por tanto, es desigual, pues mientras los grupos de presión tienden naturalmente a utilizar a los grupos políticos éstos sólo deben limitarse a obtener de ellos información.
Ocurre, no obstante, que en el fragor de la batalla política (que siempre tiene un componente electoral) los grupos políticos tienden a utilizar a los grupos de presión como arma arrojadiza frente al adversario.
Por naturaleza, los grupos políticos que no gobiernan utilizan más a las plataformas ciudadanas y a los grupos de presión como arma arrojadiza contra el adversario que como elemento para una mejor decisión, porque así creen contar con los votos de los miembros de las organizaciones que apoyan sin tener que hacerse cargo de las consecuencias.


6.- Cuando la utilización entre un grupo de presión y un grupo político es en ambas direcciones, se corrompe el debate (eso hace que, por ejemplo, no sepamos si las firmas recogidas por la plataforma Calle Mayor fueron en contra de la peatonalización de dicha calle o fueron en contra del equipo de gobierno municipal) y se perjudican todos los intereses en juego:
                - El de los ciudadanos, que no queda adecuadamente representado.  
                - El del grupo de presión, que puede parecer contrario a los intereses generales.
                - El del grupo político, que a cambio de la captación de votos en el grupo de presión puede perder los votos de quienes tienen intereses distintos o ajenos.
                - El de la Democracia, pues se deteriora la imagen de las instituciones.

En el caso de la peatonalización de la calle Mayor de Pozoblanco, lo normal es que se empiece hablando del cierre al tráfico de la calle y se termine hablando de política.


7.- Siempre dudo de las cifras que vienen de fuentes fidedignas y nunca me creo las que salen de los interesados para adscribirse a un fin, porque entonces tienen valores meramente propagandísticos. Por poner un ejemplo, doy poco valor a los estudios que hacen las universidades sobre un determinado alimento cuando el encargo y la financiación han venido de una empresa relacionada con la venta de ese alimento.
Si desconfío de las encuestas que se hacen por las empresas de demoscopia con criterios objetivos, menos valor les doy a las que se hacen sin ningún rigor científico y sintiéndose presionado emocionalmente el encuestado.


8.- No se puede confundir una decisión manifiestamente mejorable con una decisión radicalmente errónea. Cuando lo que se reprocha es no haber urbanizado adecuadamente una calle peatonal, lo que debe exigirse es la urbanización adecuada de la misma, no su apertura a los vehículos.


9.- La crisis general ha contribuido a enturbiar el debate, y ahora no sabemos (porque es imposible saberlo) cuánto hay de crisis general de la economía en la bajada de ventas que dicen haber sufrido los comerciantes por la peatonalización de la calle Mayor.
En todo caso, creo que la frase de San Ignacio de Loyola “en tiempos de crisis (de tribulación, en realidad) no hacer mudanza” es aplicable a las crisis del alma, pero no a las económicas, que tienen más que ver con las crisis propias de la Naturaleza. En ésta, lo seres que quieren sobrevivir se ven obligados a cambiar, a mudar, a transformarse, a adaptarse a los gustos del ambiente en el que viven. Los que no se adaptan, no sobreviven, así de claro.
La crisis debe ser un motor de cambio para todos. Para los políticos, que deben ser más austeros y menos demagogos. Para los estudiantes, que deben aprender idiomas, estar dispuestos a viajar y adoptar los conocimientos que demanda el mercado laboral. Para los trabajadores, que deben reciclarse y ser más productivos. Para los empresarios, que deben salir a buscar nuevos mercados. Y para los comerciantes, que deben hacer cualquier cosa menos quedarse como estaban.


10.- El miedo a expresarse libremente existe en todas partes, especialmente en pequeñas comunidades ciudadanas como Pozoblanco, donde prácticamente nos conocemos todos.

Cuanto menos democráticas son las comunidades, más miedo se tiene a expresarse en contra de los que más organizados están o hablan más alto. La sociedad de Pozoblanco tiene muchas carencias democráticas. La relación de fuerzas entre los que están a favor de la peatonalización de la calle Mayor y los que están en contra no es proporcional a lo que se oye en la radio y se lee en la prensa. Mientras unos, con todo el derecho del mundo, defienden sus postulados en público, otros, con igual derecho, callan. Callan porque no quieren meterse en problemas, porque no quieren verse señalados o porque no desean encontrarse con una mala cara. 

* Pinchando sobre las imágenes se obtienen informaciones u opiniones sobre la peatonalización de la calle Mayor de Pozoblanco. Yo me manifesté en favor de la peatonalización mucho antes de que se produjera, en un artículo publicado en Los Pedroches Información, y cuando se produjo, con un artículo titulado El silencio de los peatones, publicado en La bellota que habla, web que ya no está operativa.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Central Park (un espectáculo ciudadano)

         Sólo cuando se les consideró como ciudadanos, los individuos tuvieron derecho a ser felices. Hasta entonces, los seres humanos sólo tenían derecho a subsistir. La Constitución de Cádiz (1812), que fue modelo de otras muchas de todo el mundo, lo expresó claramente en su artículo 13: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

Para ser felices, los seres humanos necesitan un hogar. Lo ideal es que el hogar sea una casa cómoda y amplia, con zonas donde descansar, donde trabajar y donde expansionarse. Los reyes, que no han necesitado de constituciones para exigir el derecho a ser felices, siempre han tenido palacios grandes, con muchas habitaciones, muchas salas y muy extensas y al menos un jardín donde crecieran los árboles y se viera correr el agua. Los nobles tenían palacios enormes, como los tuvieron los obispos antiguos, como luego los disfrutaron los burgueses más señalados. Todos los ciudadanos no pueden tener palacios enormes por razones obvias de economía y de ecología, pero pueden tener viviendas dignas y lugares comunes donde expansionarse.

Cuando alguien muy cercano a mí me dice que para ser feliz sólo necesita que todo esté en orden y un patio, yo le contesto que yo sólo necesito una habitación con un ordenador y una puerta a la calle. Esa calle, como es natural, debe tener vecinos que se muevan con libertad y no debe estar lejos del campo o, al menos, de un parque donde sentarme a ver pasar a la gente. Ambas manifestaciones, extremosas las dos, no difieren en demasía.

En una de las paredes del MOMA (museo de arte moderno de Nueva York) se proyecta un corto en el que Le Corbusier viene a explicar esa idea que ya es básica en el urbanismo moderno: todos los ciudadanos tienen derecho a que su casa tenga unas dimensiones mínimas, a que esté dotada de todos los servicios y de luz y a que esté ubicada junto a centros educativos, comerciales, de transporte y de esparcimiento.

El esparcimiento es esencial para los seres humanos. Y si no se puede tener dentro de la casa, hay que tenerlo fuera. Es más, el esparcimiento mejor (el natural en unos seres tan sociales como nosotros) es el que se tiene fuera, en contacto con los otros, con esos otros que son tan ciudadanos como nosotros y, por tanto, son iguales a nosotros, sean negros o blancos, cristianos o musulmanes, albañiles o ejecutivos, alumnos o catedráticos, príncipes o vagabundos.

Al visitar Nueva York he tenido la impresión de que los habitantes de Manhattan son un poco como yo –noveleramente– digo que lo sería, felices con una habitación y una puerta abierta a una calle donde hay gente libre y un parque próximo. Los parques de Nueva York están llenos de vida siempre, a cualquier hora. Quienes desean visitar la ciudad harían bien en hacer una ruta por los parques, en muchos de los cuales hay wifi y veladores y sillas libres, para contemplar el lado más amable de la megalópolis, que tal vez sea uno de sus lados más verdaderos. Y harían bien en dedicar al menos un día a visitar Central Park, preferiblemente un domingo.

Porque el alma de Nueva York, a los ojos de un simple turista como yo, no está en Wall Street, ni las tiendas de la Quinta Avenida, ni en el barullo de Times Square, ni en los espectáculos de Broadway, ni en el trajín de barcos y de coches que se observa desde cualquiera de sus muchos puentes, ni en la línea de rascacielos que se ven desde el mar o desde las azoteas de sus edificios más emblemáticos, sino en Central Park. Y sería imperdonable que el turista se fuera de la ciudad con la idea de que los neoyorquinos viven en una habitación con una puerta abierta a un conjunto urbano con mucha historia contemporánea, muchos rascacielos y mucho movimiento y ya está. Porque los neoyorquinos viven en una habitación con un ordenador y una puerta abierta a una calle que da, inexorablemente, a Central Park, y Central Park es como un patio de vecindad en el que juegan los niños, ríen los jóvenes, se charla con los amigos, se canta y se baila.


Un domingo por la tarde en Central Park es, verdaderamente, un espectáculo ciudadano. Lo es tanto por lo que de creativo hay en muchos de los ciudadanos anónimos que allí se expresan libremente como en el hecho de que libremente lo hagan. Los es por el respeto que se le tiene a la Naturaleza, por la cantidad de gente que va y viene como quiere sin que tal libertad moleste a nadie, por los miles de jóvenes y mayores que corren por sus caminos, por los testimonios de las leyendas de sus bancos patrocinados y por lo que disfrutan los turistas venidos de todo el mundo, turistas como nosotros que no se sienten extraños, sino miembros de una comunidad, la humana, que allí se muestra sin barreras y sin cortapisas, una comunidad que haría bien en extender la filosofía de Central Park a cada uno de los rincones de la Tierra. 
Leyenda de uno de los bancos patrocinados de Central Park

lunes, 26 de agosto de 2013

Nueva York (la multiculturalidad)

                Quienes se asomen con alguna frecuencia a esta página sabrán del amor que le tengo a la tierra en la que nací y en la que vivo. Ese amor, no obstante, no está exento de crítica y en modo alguno me sirve para limitar el pensamiento. Ni creo que las gentes de mi pueblo sean mejores (ni peores) que las del vecino, ni que la cultura que mamé de chico sea mejor (ni peor) que otras, ni que mi religión (que seguramente es la verdadera) deba ser entendida como más verdadera que otras. Creo que las costumbres nacen, crecen y mueren, como todo, y que no hay que sostenerlas de forma artificial, y mucho menos cuando son discriminatorias o irracionales, aunque se tengan como seña de identidad colectiva. Y creo que la máxima aspiración de los seres humanos debe ser la convivencia pacífica entre ellos, para lo que resulta imprescindible borrar las fronteras que los separan, que son fronteras geográficas (líneas artificiales trazadas sobre los bosques, los desiertos y el mar), son límites de intereses (fundamentalmente, económicos y de poder) y son, sobre todo, barreras mentales, líneas de contacto en las que se sitúan los conflictos que amenazan más abiertamente a la humanidad.

Occidente (entendido como ámbito cultural) es la consecuencia de un largo proceso histórico en el que se han ido borrando las fronteras rígidas que separaban a los ricos de los pobres. Y no digo que no existan en Occidente pobres y ricos, ni siquiera que no existan espacios entre ellos, que ciertamente los hay, sino que en Occidente los nacidos con una condición pobre pueden llegar a ser ricos y en los espacios entre los ricos y los pobres hay una numerosa clase media, que generalmente absorbe las tensiones generadas en los extremos y, por ello, asegura la estabilidad del sistema.

Como consecuencia del mismo proceso histórico anterior, los humildes pueden llegar a ser poderosos en Occidente. Ya no hay una barrera natural (la herencia, la sangre) entre los que mandan y los que obedecen, pues el procedimiento para otorgar el poder permite a cualquier ciudadano alcanzar las más altas cotas de este. Es cierto que esta afirmación necesita matizarse mucho y que hay mil y una variaciones que dependen, sobre todo, de la cultura democrática que tenga la sociedad, pero no lo es menos que esos matices pueden airearse más o menos libremente en los medios de comunicación, y más ahora, que existen webs y blogs personales que completan o sustituyen lo que dicen los medios de comunicación tradicionales.

                El estómago de Occidente, pues, digiere con alguna acidez los mismos conflictos de intereses que en otros ámbitos culturales provocan revueltas, cambios de sistemas e incluso guerras. Y elimina o tolera –lo cual es mucho más meritorio– los conflictos que surgen en los límites mentales.

          Los límites entre las fes, los atavismos y, en general, los dogmas, son como las líneas de fractura de las masas continentales, lugares donde se genera y se mantiene un energía (negativa) enorme, pues las fuerzas que actúan permanentemente en ambos sentidos son muy rígidas y muy poderosas, como demuestra la Historia de la Humanidad y demuestran cada día las crónicas de los telediarios.

                Las ciudades de Occidente son una expresión palpable de ese estómago que digiere o tolera las diferencias que surgen en los límites mentales. Las ciudades de Occidente son multirraciales y multiculturales. En las ciudades de Occidente se levantan toda clase de iglesias, uno puede practicar y predicar el credo que mejor le parezca y puede vivir de la forma que más le plazca. Esa libertad es tan liberadora de lo propio como corrosiva de lo ajeno, bien lo saben los seguidores más recalcitrantes de los límites, de los dogmas, de lo oscuro, que tienen a Occidente como a su principal enemigo.
Washington D.C. 

No soy tan necio como para pensar que lo que se ve a simple vista es la esencia de una sociedad, y más si lo ven los ojos de un turista. Ya sabemos que en todas partes hay problemas de convivencia ocultos. Pero también sabemos la importancia de lo que se ve, aunque lo vea un turista cualquiera como yo. Y en Nueva York (el prototipo de la ciudad de Occidente) he visto como en ningún otro sitio esa multiculturalidad que engrandece a la naturaleza humana. Mientras, sentado tranquilamente en un parque, leía en un periódico digital las noticias que hablaban de matanzas de seguidores de una fe a manos de otra, a mi lado pasaban cogidas de mano o hablando amigablemente personas que eran, manifiestamente, de orígenes culturales distintos.
Washington D.C. 


Idiomas distintos. Razas distintas. Religiones distintas. Nacionalidades distintas. Cada uno a lo suyo y cada a lo de todos. Mezclados o no, pero viéndose iguales y respetándose. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Nueva York (la ciudad II)

          El taxi desde el aeropuerto a Manhattan o viceversa tiene una tarifa fija, a la que debe añadirse la propina (tip, en inglés), que allí resulta obligada cuando de pagar un servicio de trata, esto es, en los taxis, restaurantes, etc., a no ser que, excepcionalmente, vaya incluida en la factura, para lo que deberá mirarse esta antes de proceder a su pago.

                Los taxis no son caros, y siempre son una solución alternativa a la principal, que es la de coger el metro e ir a pie a cualquier sitio. El recinto del metro, como Manhattan en general, es sumamente seguro (yo lo he cogido multitud de veces y nunca me he sentido en peligro) y muy eficaz, aunque sea viejo y vetusto.
Puente de Brooklyn
           Cuando me puse a informarme sobre Nueva York, creí que me iba a resultar complicado el funcionamiento del metro, dado que las guías dan muchos consejos y hacen diversas advertencias sobre su funcionamiento. Pero lo cierto es que una vez en el tajo resulta muy fácil de entender, entre otras cosas por la misma configuración de Manhattan y la forma en que están distribuidas sus calles. Veamos: Manhattan es, grosso modo, un rectángulo de unos 20 km por 3 km cuyos lados más largos van de norte a sur, dividido por vías públicas que forman una rejilla. Las vías públicas que van de norte a sur (las verticales) son unas pocas avenidas y generalmente tienen nombres de ordinales (la Quinta, la Séptima, etc, según un orden que las orienta de este a oeste, de forma que la Primera avenida está más al este que la Segunda y así sucesivamente). Las vías públicas que cruzan a las avenidas (las horizontales) son muchas calles y tienen nombres de números (La calle 34, la calle 155, etc). De esta forma, para localizar un lugar en el mapa, basta con señalar la avenida y la calle, como si nos situáramos ante un eje de coordenadas: la Séptima avenida con la calle 34, por ejemplo.
Times square
          Lo esencial es eso, y eso es lo que se debe retener, aunque hay ligeras variaciones que no menciono para que no parezca que el asunto es más complicado, que no lo es. Si ha leído hasta aquí, el amable lector de estas páginas es lo suficientemente espabilado para captar con el plano de Manhattan en la mano esas ligeras variaciones. El entramado viario es mucho más sencillo, pues, que el determinado en cualquier otra población, en la que las calles tienen formas enrevesadas y nombres propios, casi imposibles de recordar.
Wall street
          Pues bien, el metro sigue, generalmente, los trazados de las avenidas o de las calles y está muy somero (a veces, incluso está sobre la tierra), tal que si hubieran abierto una zanja y luego la hubiera cubierto, y, generalmente, va de norte a sur. Al estar tan en contacto con la superficie, la unión entre un andén y el de enfrente no se realiza bajo tierra, sino en la calle, de manera que por una boca se accede al sur de la ciudad (downtown) y por otro se accede al norte (uptown), lo que está indicado en la propia boca del metro. Cuando no hay indicado nada, es que el acceso a ambos andenes se hace bajo la superficie.

          La otra particularidad del metro de Nueva York es que por una misma vía pueden pasar trenes que paran en todas las estaciones, trenes rápidos que paran sólo en algunas y trenes de diferentes líneas, que llevan en consecuencia a lugares distintos. En cierto modo es como una parada de autobuses en la que paran vehículos de múltiples líneas. El usuario lo único que debe hacer es fijarse en el número del tren, que está perfectamente indicado en el mismo, y subirse en el que le interesa.
Manhattan desde el ferry a Staten Island
          Y andar, andar mucho, sobre todo si tiene tiempo para ello. No hay mejor visita panorámica que la que se hace a pie ni mejor guía que detenerse ante lo que a uno le asombra. Hay que tener una idea previa de lo que uno no debe perderse, por supuesto, pero lo esencial en Nueva York es coger un barrio del Lower Manhattan y del Midtown Manhattan (lo que sería de Central Park hacia mitad sur, poco más o menos) y ponerse a andar por él, y luego cogerse otro y hacer lo mismo. En el resto de Manhattan hay que hacer visitas específicas para ver los museos, para ir a la universidad de Columbia, para asistir a una misa góspel en Harlem, para hacer la ruta de las iglesias modernas y para visitar The Cloister, un conjunto  arquitectónico ubicado en un paraje espectacular y traído piedra a piedra desde Europa, al que se puede acceder por un ascensor que hay en la misma parada del metro, antes de salir por su boca.

      Sobre lo que uno no debe perderse, daré unos pocos de apuntes, que en nada quieren enmendar lo que se dice en las guías. A mi juicio, es obligatorio cruzar a pie el viejo puente de Brooklyn, y hacerlo al atardecer, de manera que la vuelta se haga de noche, a fin de extasiarse durante un buen rato con la panorámica del movimiento en el puerto y de los edificios iluminados, que justifica por sí sola la visita a la ciudad, y es muy conveniente subirse a uno de los rascacielos que pueden visitarse, como el Top of the Rock (la cima del edificio más alto del Rockefeller Center) o el Empire State, y, por los mismos motivos, hacerlo poco antes del atardecer.
La estatua de la Liberdad
          Detengo aquí mi relato para hacer una confesión que quizá pueda interesarle a alguien: tengo vértigo, no puedo asomarme a un balcón alto ni andar junto a la baranda de un puente. No obstante, subí al Top of the Rock (al Empire State, no lo creí necesario), anduve por cada una de sus tres terrazas durante mucho más de una hora y miré continuamente al paisaje y no sentí vértigo, ni miedo, ni nada negativo. Y si no lo sentí yo, tampoco tienen por qué sentirlo los que sufren el mismo problema que yo. Las terrazas del Top of the Rock no poseen barandas, sino una barrera transparente y translúcida formada por placas de metacrilato (o algo similar) separadas por unos cuanto dedos sin nada. Al contrario de lo que pueda parecer, uno se siente allí absolutamente seguro, quizá porque no se trata tanto de asomarse al vacío como de mirar desde lo alto de una montaña.
Desde las terrazas superiores del Top of the Rock se hacen fotografías como la que hay más abajo

          Y algo parecido pasa con el puente de Brooklyn: aquí, el camino de los viandantes, por alto que sea, se halla entre los dos carriles de los coches, de manera que nunca hay una sensación de vacío. El puente es, a mi juicio, totalmente apto para el paseo de los que padecen miedo a las alturas, y resultaría imperdonable que por un temor previo, que luego no se va a tener, alguien se quedara sin ver el mayor espectáculo que ofrece la ciudad.

          Sin ánimo de ser exhaustivo, y dado que algunas guías no lo mencionan, digo también que resulta muy conveniente coger el ferry a Staten Island, que es gratis, pues durante el trayecto se tienen unas vistas magníficas desde el mar de la estatua de la Libertad y de la línea de rascacielos de la ciudad, y recorrer los dos kilómetros del High line.
 

 Patio del castillo de Vélez-Blanco (Almería), instalado en el Metropolitan desde 1959 

          Hay más, mucho más (pasarse un día entero, incluida la comida, en el Metropolitan Museum of Art y otro en el  el Museo de Historia Natural no me parece una exageración), pero no puedo ser más exhaustivo sin cansar, y cansar es lo último que querría hacer. Antes de terminar, me gustaría exponer que existe la posibilidad de realizar viajes por los alrededores. Nosotros hicimos un tour a Washington D.C. con una de las empresas de buses turísticos (los rojos) que resultó algo frustrante, dado el poco tiempo de que dispusimos en la capital de EE.UU. Con todo, lo repetiría y, si se dispone de tiempo suficiente, recomiendo la visita a esa ciudad.
Capitolio, Washington D.C. 
          Mi relato no acaba aquí, pues me gustaría escribir una entrada específica sobre la gente de Nueva York y otra sobre Central Park, ambas en un tono más personal de lo expuesto hasta ahora. 

martes, 20 de agosto de 2013

Nueva York (la ciudad I)

                Con la excusa de ir a ver a Luis, Carmen y yo hemos pasado unas vacaciones en Nueva York. Hemos ido por nuestra cuenta y hemos residido en la habitación de un apartamento de Manhattan ofrecido en internet con derecho a usar de todas las dependencias del mismo, incluida la cocina. Mi experiencia no da para escribir una guía de la ciudad ni quiero caer en el error de mostrar como sumamente excepcional lo que hace un montón de gente. Esta es, no obstante, una página en la que salen a relucir algunas experiencias de quien la escribe, y no cabe duda de que un viaje de estas características es algo excepcional para alguien como yo, que está más habituado a los desiertos senderos de Los Pedroches que al disparatado trajín de los aeropuertos, cuya organización me asombra casi tanto como el hecho de que unos aparatos enormes puedan levantarse del suelo y llevarte en unas cuantas horas al otro lado del océano.

                Por otro lado, aunque haya mucha gente que viaja y que se planta en cualquier parte del mundo a poco que le den una oportunidad, también la hay que, aunque con vocación viajera, le tiene cierto reparo a salir al extranjero o prefiere la seguridad de los tours organizados a la aventura de viajar por su cuenta sólo porque lo suponen demasiado arriesgado o porque no se creen capaces de superar la barrera idiomática. Esta entrada y la siguiente van dirigidas en especial a estos últimos, por lo que tendrán un carácter más instrumental que de costumbre. Viajar por tu cuenta es siempre más barato aunque estés de viaje muchos más días y permite el contacto directo con el país y con su gente, una experiencia que se limita notablemente cuando se hace dentro de la comodidad de un grupo organizado.

Grand Central Terminal, que ahora cumple 100 años
                Para empezar, debo decir que el viaje a Nueva York se justifica de sobra. La ciudad no se puede calificar de hermosa, aunque lo es a su estilo, sino de impresionante, con el añadido de que andar por sus calles siempre tiene algo de evocador, dado que la geografía urbana de esta urbe ha sido y es escenario tanto de multitud de acontecimientos trascendentales para la Historia Contemporánea como de una infinidad de historias de ficción, ya sean del cine o de la novela.
Biblioteca de la universidad de Columbia. La estatua representa al "Alma Mater"
                Nueva York está dividida en cinco distritos (Bronx, Brooklyn, Manhattan, Queens y Staten Island), pero las guías que he consultado se refieren casi exclusivamente a Manhattan, que puede considerarse algo así como el casco histórico de lo que sería una ciudad europea. Los planos que se ofrecen a los turistas se refieren sólo a Manhattan y a una pequeña zona de Brooklyn y los autobuses turísticos que recorren los puntos más destacados de la ciudad permitiendo a los turistas subirse y bajarse tantas veces como quieran no se alejan de las zonas mencionadas. Esto debe tenerlo en cuenta el viajero porque he visto ofertas de paquetes turísticos que ofrecen avión y hotel a precios bastante baratos pero referidos a hoteles muy alejados de Manhattan, como en las proximidades de alguno de los aeropuertos de la ciudad.
 National September 11 Memorial 

                Para abaratar el vuelo, el viajero deberá tener en cuenta la contratación del mismo con varios meses de antelación, si no quiere pagar por él casi el doble de su valor. El viajero deberá tramitar por internet la autorización de entrada en el país (ESTA, según las siglas en inglés, que se concede prácticamente en el acto si no hay problemas), ya que  los ciudadanos españoles pueden viajar a Estados Unidos hasta 90 días por motivos de turismo o negocios sin necesidad de solicitar un visado. (Sobre este particular, hay que tener cuidado, pues hay páginas fraudulentas que redirigen a la oficial y cobran por ello mucho más de la tasa reglamentariamente establecida, que a día de hoy son 14 dólares). El viajero deberá (esta es una apreciación personal) contratar un buen seguro médico para atender las urgencias que le pudieran acaecer, dado que el coste de la sanidad privada en EE.UU. es de proporciones desmedidas para los desacostumbrados bolsillos europeos. Y el viajero deberá proveerse de un puñado de dólares y dotarse de al menos dos tarjetas de crédito (por si falla una, como me pasó a mí), con las que pagar todo lo que pueda y hacer frente a los imprevistos, si bien debe tener en cuenta que unos bancos cobran comisión por pago con tarjeta en el exterior en tanto que otros no lo hacen.
El Sur desde el Top of the Rock
                La entrada en EE.UU. necesita de múltiples controles, pero todos ellos se salvan en los aeropuertos de salida y de llegada a buen ritmo y sin problemas, o al menos esa ha sido mi experiencia. En el avión te dan un impreso (en mi caso estaba en español) que debes rellenar y  entregar a la llegada, en el que te preguntan por el lugar donde vas a residir en el país (la dirección del hotel o del apartamento), si llevas alimentos de algún tipo y si tienes antecedentes que puedan resultar peligrosos para la sociedad estadounidense, algo que resulta en general infantil de tan obvias como son las respuestas.
El Norte desde el Top of the Rock
                Los trámites en el aeropuerto de llegada son mucho más rápidos que los del de salida y en todo momento se realizaron conmigo en español. También es español estaban los carteles y toda la información que se mostraba a los viajeros. Esto me ayuda a introducir el asunto fundamental del idioma: si la principal barrera que existe entre la personas es la idiomática, y por ello la incapacidad para expresarnos nos impide imbuirnos en el ambiente y nos genera inseguridad, pues nos saca de eso que ahora se llama la zona de confort, he de decir que dicha barrera prácticamente no existe en Nueva York. La ciudad cuenta con un porcentaje muy alto de población hispanoparlante, que además ocupa los puestos de la sociedad más en contacto con los turistas y con el público en general. Para alguien que no sepa inglés, lo primero es dirigirse a quien tenga perfiles de hispano o, directamente, preguntar a su interlocutor si sabe español o si hay alguien allí que sepa español. En la mayoría de las ocasiones, recibirá una respuesta positiva. Y, en todo caso, será tratado con amabilidad. Yo, al menos, lo he sido, y he recibido varias veces ayuda incluso sin haberla pedido, cuando me han visto en la calle consultando el plano de la ciudad. Casi todos los carteles públicos están en inglés y en español. Las instrucciones de las máquinas del metro están en español, además de en otros idiomas. Y, como ejemplo de la potencia del español, diré que los postecillos indicadores de que el suelo está resbaladizo por hallarse recién fregado estaban en inglés y en español tanto en los establecimientos públicos como en los privados.
Foley Square
                Sobre ese particular, pues, no hay nada que temer, y desde luego mucho menos que cuando se viaja a cualquier ciudad europea, donde uno puede hallarse desorientado si no sabe el idioma nativo o, al menos, si no sabe nada del idioma transversal por antonomasia, que es el inglés.
Al fondo, la torre de The Cloister
(Hay una segunda parte)