martes, 16 de abril de 2013

Por el camino de Los Madereros




            Cuando éramos chicos y llegaba este tiempo, los maestros de entonces nos mandaban que hiciéramos redacciones sobre la primavera, y nosotros combinábamos como podíamos las pocas palabras que formaban nuestro vocabulario para armar oraciones completas pero simples, del tipo “la primavera es muy bonita” o “en la primavera salen las flores”. Casi todas las redacciones eran iguales, de candidatos a poetas de ripios más que de aprendices a cronistas de una sociedad que aspiraba a modernizarse. La enjundia de las crónicas, incluso las de los mayores, no se estilaba mucho como no fuera para la retórica oficial, es decir, que no se practicaba más que para la adulación del todopoderoso gobernante, que era único, grande (no de estatura, sino de presencia) y libre de hacer lo que quisiera, pues para eso gobernaba al dictado.



            El todopoderoso gobernante acabó en su momento con un régimen salido de las urnas y se mantuvo casi cuarenta años en el poder haciendo creer a sus seguidores que si se iba él llegaría el infierno a la tierra, pero se fue al cielo (se murió, vamos) y no pasó nada, porque la sociedad se mantuvo serena y porque los que mandaban se unieron a los que se oponían aquí o fuera y todos ellos cedieron en algo para lograr algo de lo que querían, pues todos tenían claro que el medio era la Democracia (con mayúsculas) y que el objetivo era el bienestar de la sociedad. Nadie, en fin, consiguió todo lo que quería y todos consiguieron algo de lo que querían, y el país entró en una dinámica de progreso social y económico como no había conocido en su Historia.

            Pero pasó el tiempo, se fueron los que se habían puesto de acuerdo (los que habían cedido) y llegaron otros que consideraron que lo mejor para el país era todo lo que proponían ellos y nada de lo que proponían los otros, por lo que había que recuperar lo que habían cedido los que pensaban como ellos sin ceder a cambio lo que habían conservado. En lugar de un proyecto de sociedad de elementos comunes (consensuados, se dijo entonces), cada uno tiró para su buche y propuso uno mucho mejor, que, casualmente, era siempre el suyo.

De manera que ahora, en lugar de un solo proyecto de regular bondad, hay uno mucho mejor mío y otro mucho peor tuyo, y en medio una franja que amenaza con convertirse en abismo. 
             Entre las divisiones que tradicionalmente han separado a los ciudadanos de este país, una de las más enconadas era la que los agrupaba en republicanos y monárquicos, simplemente porque la república encarnaba la democracia en tanto que la monarquía no. Pero una ojeada al mundo nos da idea de que las cosas ya no son así, de que países democráticos, desarrollados y con un bienestar superior al nuestro, como Suiza o Alemania, son repúblicas en tanto que otros, como Holanda o Suecia, son monarquías y de que países con un bienestar inferior, como Marruecos o Suazilandia, son monarquías en tanto que otros, como Korea del Norte o Somalia, son repúblicas.

            En los tiempos que corren, lo procedente es dividir a los países en función del grado de bienestar y libertad de los ciudadanos. Lo oportuno es preguntarnos si queremos ser como Holanda, Suecia, Suiza y Alemania y qué tenemos que hacer para conseguirlo o como Marruecos, Suazilandia, Korea del Norte y Somalia y si no estamos haciendo lo posible para acabar como ellos. Que la monarquía es una institución obsoleta ya lo sabemos, que la mayoría de los españoles somos republicanos también lo sabemos, y sabemos que el rey y buena parte de su familia están últimamente ejerciendo su función de forma manifiestamente mejorable, pero no parece este el mejor momento para abrir una brecha en la sociedad (otra más), cuando cada comunidad autónoma y cada grupo político están tirando por su lado y ponernos de acuerdo en lo esencial resulta poco menos que imposible.



            A no ser, claro está, que lo que se pretenda es aprovechar el mal momento de la familia real y el desconcierto de la sociedad para inculcarnos no la idea de la república, sino la de una determinada república, una república con poco acompañamiento de ideas comunes y mucho de ideas partidistas, a no ser, en fin, que lo principal no sea la república, sino las ideas partidistas que la acompañarían, que sin duda son las mejores para quienes las proponen, aunque tal vez sólo para ellos.  
Para conseguir el enlace, pincha sobre la imagen

            El día 14 de abril (aniversario de la proclamación de la II República) salí con unos amigos a andar por unos caminos de Los Pedroches. La mañana era radiante, el agua corría por los regueros y las flores cubrían los campos, dicho sea en términos un poco cursis. De hecho, yo iba a limitarme a hacer una breve introducción sobre la inocencia de las redacciones de la escuela y, en general, de la ingenuidad de la época en la que las realizábamos, pero me he encontrado con ese otro campo abierto que es la página en blanco (aunque en este caso sea la página web) y se me ha ido la mano, por lo que ahora el paciente lector de estas letras tendrá que quitarle tiempo a otras ocupaciones más placenteras si quiere matar la curiosidad de saber por dónde fuimos y lo que vimos.

            Como la ruta está perfectamente indicada en wikiloc, a ella remito el mapa indicativo del trazado, que resulta imprescindible para no perderse por el camino, pues el caminante se encontrará la senda borrada en un tramo y dos portones que lo harán dudar del carácter público del trazado, si bien en ambos casos pudimos abrirlos sin dificultad. Nosotros hicimos el camino en el sentido contrario al propuesto, lo cual nos resultó más gravoso, pues nos encontramos con una cuesta considerable a lo largo de cuatro kilómetros seguidos. La recomendación es, pues, hacerla en el sentido de las agujas del reloj, y abstenerse de intentarlo en verano, so pena de derretirse en el intento como un cubito de hielo.
             El camino inicial es el llamado de Los Madereros, que sale de Cardeña en dirección al Este, justo por encima en el plano del que lleva a la Venta del Cerezo. El itinerario propuesto se inicia en el cruce de este camino con otro que viene del Norte, después de haber recorrido en coche 5,9 kms llenos de baches profundos que resulta imposible sortear. La ruta propuesta toma el Norte casi enfrente del cortijo de Victoriano, después de haber transitado unos 700 metros. Como ya he dicho, nosotros seguimos el camino de Los Madereros adelante, que baja poco a poco entre una de las dehesas más densas y mejor conservadas de la comarca y se hunde luego hacia el río Yeguas, cuando toma la orientación Norte. En este último tramo, la vista el cañón del río es impresionante. 
             Dado lo espeso del bosque mediterráneo y lo agreste del terreno, nada extraña que fuera este uno de los dos últimos refugios del lince ibérico, y que desde aquí haya comenzado a conquistar paulatinamente los contornos. En realidad, todo lo que rodea al caminante está lleno de vida salvaje, que con el calorcillo de la primavera se ha vuelto mucho más explícita. Así, mientras hacíamos el recorrido, los conejos cruzaban el camino a unos pocos metros de nosotros, una serpiente huyó prácticamente de nuestros pies, sobre nuestras cabezas voló un águila con una serpiente en sus garras y una cierva corrió un buen tramo delante de nosotros entre las alambradas que flanqueaban ambos lados de la senda hasta que encontró un portillo.

            El camino de Los Madereros llega al río Yeguas donde a este se le une el arroyo de Valdelagrana. En ese punto, el citado arroyo tiene un puente y tiene otro puente el río Yeguas. El del arroyo Valdelagrana se ve desde lejos y tiene tres arcos. El del río Yeguas no se ve hasta que lo tienes encima y es una suerte de engendro de hormigón y ladrillo, la mitad arcos y la otra mitad vigas, sólo apto para el paso de los bichos y los caminantes más osados. 
       

          Este es un buen lugar para tomarse el bocadillo. Luego, el paseante debe desandar sus pasos unas cuantas decenas de metros y tomar el primer camino que sale a la derecha para gatear cerro Bermejo por el lado norte, una labor que debe tomarse con paciencia, pues la cuesta parece inacabable. Por último, después de caminar varios kilómetros entre alambradas que limitan la senda por ambos lados y haber visto los montes de Sierra Madrona y la localidad de Fuencaliente, deberá tomar una salida hacia el Sur, abrir los portones que hay justo delante del cortijo que los planos llaman de la Alamedilla Alta, que está en ruinas, pasar por delante de su fachada y tras girar levemente hacia el Oeste seguir de nuevo hacia el Sur hasta dar con el camino de Los Madereros, al que accederá después de haber abierto otros portones. 
             Después de recorrer los 700 metros que quedan hasta el coche y los casi seis kilómetros que deben hacerse entre los restos del bombardeo a que ha sido sometido el camino, lo razonable es pararse en Cardeña a tomar unas cañas y una ración de lechón, que allí lo ponen muy bueno.

jueves, 11 de abril de 2013

De Fuencaliente a Conquista



                De septiembre a junio, Los Pedroches y las comarcas de los alrededores son un verdadero espectáculo para los sentidos, y más cuando el año viene bueno, como este, que está trayendo agua abundante y temperaturas suaves. Por eso no acabamos de entender lo poco conocidos que son y lo poco aprovechados que están por el turismo de interior, cuyos promotores deben de estar olvidándose de algo. 
                Ese ha sido uno de los temas que hemos traído a colación durante la caminata del pasado domingo. El camino de Fuencaliente a Conquista provoca ideas de ese tipo a poco que uno haya viajado y haya sido demandante de turismo rural, porque el paisaje es de una belleza espectacular, porque es exigente a la vez que cómodo, porque la flora es variada, porque la fauna silvestre se ve y casi se toca y porque está prácticamente intacto, casi como lo ha estado siempre. Con esas mimbres, un guía mediano arma un discurso con el que mantiene entretenidos durante varias horas a los visitantes foráneos, que suelen ser personas predispuestas para el asombro.
Plaza de Fuencaliente
                Pero es que, además, el lugar está impregnado de huellas humanas, de historias y de leyendas. Está la dehesa y la sierra, con lo que de labores y sacrificios hay en ellas. Los maquis anduvieron por estos montes. Cerca de aquí se desarrolló hace unos cuantos años la historia en la que se basa Entrelobos. No lejos de estos lares hay un pueblo minero, el Horcajo, que tuvo miles de habitantes, cuyas viviendas fueron luego destruidas a conciencia por la empresa titular de los terrenos. El camino linda con una finca enorme, La Garganta, propiedad de un lord inglés, a la que acuden, entre otros señores importantes, los príncipes Guillermo y Enrique de Inglaterra. Por estos parajes circulaba un tren de vía estrecha que tenía múltiples estaciones y paradas y circula ahora otro tren de vía estrecha, el AVE, que no para nunca. Por aquí pasaban hasta la apertura de Despeñaperros tres de las rutas más importantes que unían el centro con el sur de la península (la que pasaba por Fuencaliente, la de la Plata, que venía del Puerto de Inés y pasaba por Conquista hacia Córdoba, y la de Sevilla, que pasaba por Torrecampo). Por aquí pasa un oleoducto y un gaseoducto importantes. Y por aquí situó la imaginación de Cervantes a don Quijote en sus aventuras de Sierra Morena. Un guía bueno, con el paisaje y lo que el paisaje evoca, en fin, haría auténticas maravillas.
                Nosotros no somos de fuera, sino de estas comarcas, y aunque no estamos tan predispuestos para el asombro, nos asombramos tanto o más que los turistas. Y porque amamos a esta tierra, no sabemos si es bueno ensalzarla tanto, con lo que de algún modo provocamos que vengan quienes no la conocen, o si, dados los efectos devastadores que el turismo de masas tiene sobre el paisaje y las costumbres de las gentes, lo procedente es silenciar su belleza y gozarla en soledad, con el desviado placer del coleccionista que disfruta un cuadro robado en el lugar más escondido de su casa.
                Salimos, en fin, de la plaza de Fuencaliente, que está cerca del hotel donde se hallan los manantiales y los baños, cuyo poder curativo no puedo certificar, pero de cuyo deleite doy fe, porque los he probado personalmente, y subimos por la calle Manuel Quintanilla en dirección al mirador de la Cruz. Fuencaliente está en la falda de una montaña y la pendiente del primer tramo, todavía dentro del pueblo, asusta. Es una impresión corta y pasajera, sin embargo, porque la pendiente se suaviza enseguida, y pasados unos dos kilómetros lo dominante es la cuesta abajo, que con algunas excepciones será lo más usual hasta Conquista, dieciocho kilómetros más adelante.
                El camino está asfaltado, aunque conserva irregularidades y pequeños tramos terrizos. Tiene muy escaso tráfico de vehículos y es perfectamente apto para recorrerlo a pie. Al comienzo, en las proximidades de Fuencaliente, hay algunas edificaciones que no hieren la vista, disimuladas entre la espesa floresta. Por aquí, el camino discurre hacia el Oeste encajonado entre dos líneas de montes y el caminante siente la cercana compañía de los árboles que bordean las cunetas, por las que corre el agua y hacia las que corre el agua que baja de la sierra. Los árboles son, mayoritariamente, olivos centenarios y alcornoques. Ambos forman bosquecillos de distintas formas y colores en la ladera del otro lado, que cuando pasamos nosotros estaba dividida por dos columnas de humo blanco que salían de otras tantas candelas con las que –supusimos nosotros– los agricultores estaban quemando el ramón de los olivos en alguna clara.
                Los olivos se pierden cuando la senda abandona los montes por la salida natural que hay bajo el peñón del Fraile y entra en el llano casi imperceptiblemente. Poco después, tras haber divisado en la lejanía, a la izquierda, la blanca aldea de Azuel, el camino se divide en dos tramos, uno que va hacia el Sur, y que se llama de Villanueva, y otro que toma el Oeste hacia Conquista. El caminante no debe tener duda alguna sobre cuál elegir porque el de Conquista está asfaltado. Siguiendo por él, descubrirá pronto que los alcornoques conviven con las encinas, de tal forma que a veces es difícil distinguirlos a unos de otros. Más adelante, sin embargo, se pierden totalmente los alcornoques y los árboles exclusivos son las encinas, algunos de cuyos ejemplares son verdaderamente hermosos, como una que hay junto a un cortijo que queda a la derecha, que es muy redonda y de dimensiones monumentales.
                También a la derecha queda la finca de La Garganta, a la que es fácil distinguir porque sus lindes están cerradas con mallas de más de dos metros y hasta tres tramas superpuestas y por los carteles que hay al principio de dos caminos, que avisan al viajero de que se trata de accesos privados a La Garganta, en los que no está admitido parar porque hay riesgo de incendio (sic). Por aquí, a ambos lados de la vía que llevábamos, vimos a numerosas perdices, algunas de las cuales nos hicieron poco menos que frente, un temerario comportamiento que servía para distraernos mientras la hembra se ponía a salvo, según me aseguraron mis amigos, que en esto son bastante más versados que yo.
                El camino discurre luego en paralelo al ferrocarril del AVE durante casi un kilómetro. Y cerca de la vía del AVE, nos hemos sentado en la cuneta a tomar un bocado. No sé la frecuencia de los trenes, pero ha sido muy alta, pues en el poco tiempo que hemos estado allí han pasado varios, entre ellos dos que no eran AVE y otro que era un AVE doble. (Aunque es obvio decir que todos iban de paso, creo más que conveniente apuntarlo).
                El ferrocarril salva un poco más adelante el río Guadalmez y su vega con un viaducto gigantesco, de 798 metros de longitud, según reza un cartel que hemos leído con la ayuda de unos prismáticos. Donde el camino cruza el Guadalmez y entra, por tanto, en Andalucía, nos hemos detenido a contemplar en todo su esplendor esa asombrosa obra de ingeniería. Luego, hemos aligerado el paso, porque se nos hacía tarde, de tal manera que hemos entrado en Conquista no mucho después por el barrio de la estación. Habíamos recorrido casi 20 kilómetros y teníamos la memoria reciente llena de imágenes hermosas. Hacía, por entonces, unos quince grados y el sol dominaba en el cielo después de muchos días añorándolo.

martes, 9 de abril de 2013

25 recordatorios para seguir en la realidad y no parecer sectario

1. No le ponga fronteras a su pensamiento: si no está dispuesto a dejarse invadir, no estará legitimado para intentar convencer.

2. Si cree que sus ideas son mejores que las de su adversario, exíjale más trabajo y más honradez a los que las defienden que a los que defienden otras: los ciudadanos se merecen siempre lo mejor.

3. No pierda nunca las formas: recuerde que la civilización es forma, que el debate es forma, que la convivencia es forma, que la democracia es forma, y que usted quizá no lleve razón. Si pierde las formas, pida disculpas.

4. Sea fuerte, sea tenaz, sea humilde, sea sincero, pero no nos lo diga, demuéstrenoslo, porque las virtudes propias no se pregonan, se niegan y se ejercen.

5. Piense que la fidelidad no debe ser a las ideas (que pueden cambiar) ni a las personas (que también pueden cambiar), sino a los principios.

6. No divida el mundo entre amigos y enemigos, entre los nuestros y los otros, y así no tendrá que incluir a quienes lo rodean en uno de esos dos grupos incompatibles.

7. Admire la inteligencia y la buena voluntad, vengan de donde vengan, sobre todo si no vienen de sus correligionarios.

8. No crea que todos los que no piensan como usted le están moviendo la silla.

9. Haga autocrítica. Si no piensa que puede haberse equivocado, nunca podrá rectificar. Encuentre al menos un error que haya cometido ese día y no se ponga excusas. De vez en cuando, reconozca alguno en público.

10. Aprenda de sus adversarios: encuentre al menos un acierto que hayan tenido ese día quienes no piensan como usted y reconózcaselo, al menos en su interior y entre los miembros de su equipo. De vez en cuando, reconozca alguno en público.

11. Cuando se sienta atacado, no se refugie en los camaradas fieles, sino en las personas que lo quieren. Y no crea que es lo mismo.

12. Rodéese de personas que discurran libremente y escúchelas.

13. Sospeche de los que siempre opinan lo mismo que usted.

14. Sospeche de los que le hablan mal de los otros.

15. Sáquele provecho a los que tienen algo que ofrecer, aunque le disputaran el cargo.

16. Sea cortés con sus adversarios, incluso aunque ellos no lo sean con usted. No intente convencernos de sus virtudes mostrando los defectos del adversario.

17. No piense que es imprescindible, porque nadie lo es. Ni piense que es necesario. Piense en lo que puede aportar y tenga siempre las maletas preparadas para irse.

18. Pase más tiempo con su familia y con sus amigos. No crea que estar ocupado es estar trabajando. No nos haga creer que lo necesitamos a todas horas y en todas partes, porque nos lo acabaremos creyendo nosotros y se lo acabará creyendo usted. Y las dos ideas son empobrecedoras y falsas.

19. No lleve la imaginación más allá de los recursos de que dispone.

20. No deje las cuentas peor de lo que las encontró.

21. Si no cobraba por dedicar un tiempo a una asociación, no cobre por dedicárselo a una institución pública.

22. Si el interés público le impide decir lo que piensa, no nos falte al respeto diciéndonos lo que no piensa. Quizá no nos beneficie la verdad, pero no nos merecemos la mentira.

23. No nos conforme nunca diciéndonos que así es como son las cosas si no es así como deben ser.

24. Recuerde que el fin último es siempre el interés público. No lo confunda con los medios.

25. No nos trate como votantes o como electores, sino como ciudadanos.


jueves, 4 de abril de 2013

La cara de los mercados



En el año 2003 el Gobierno español creó el Fondo de Reserva de la Seguridad Social, al que debería ir cada año el superávit de la misma, a fin de que actuara como hucha de la que sacar dinero cuando el sistema entrase en números rojos. Según el artículo 5 de la Ley que lo regula (la 28/2003, de 29 de septiembre), la gestión financiera del fondo se materializará en títulos emitidos por personas jurídicas públicas. El día 1 de julio de 2011, la página web del Ministerio de Trabajo e Inmigración, tras aclarar que es perfectamente factible la inversión de los recursos “en todo tipo de títulos públicos, lo que lógicamente incluye los emitidos por las Comunidades Autónomas”, informaba que hasta ese día el Comité de Gestión había invertido el Fondo de Reserva “en deuda pública del Tesoro de España, Alemania, Francia y Países Bajos, dando cuenta anualmente al Congreso de los Diputados de las actuaciones llevadas a cabo”.

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A estas páginas no les interesa entrar en la polémica que se suscitó por esas fechas tras la venta de deuda de Alemania, Francia y Países Bajos para comprar deuda española, peor considerada por las agencias de calificación, con el fin declarado de incrementar su rentabilidad y, más que probablemente, el encubierto de contribuir a sostener la demanda de deuda española y, con ello, el diferencial respecto de Alemania. Lo que interesa aquí es ponerle cara y corazón a los “mercados”, que con frecuencia son presentados ante el imaginario colectivo como personajes oscuros y feroces que se confabulan para arruinar a los países.

La cara de los mercados es la que hay detrás de la cartera de los activos financieros. Detrás de la “hucha” de la Seguridad Social española están todos los ciudadanos españoles, que o cobran pensiones o aspiran a cobrarlas. Al ser de propiedad estatal, bien podría estimarse como un fondo soberano, parecido a los que gestionan los bancos centrales de los Estados cuyo superávit comercial les hace acumular gran cantidad de divisas, como los de China, Corea del Sur y los países exportadores de petróleo, y, en menor medida, los demás bancos centrales. Parte de los mercados son, también, los fondos de pensiones, tras los que están los trabajadores que aportan una cuantía periódicamente para poder cobrar una pensión digna a partir del día de su jubilación. Mercado son los pequeños y los grandes ahorradores que colocan sus caudales en fondos de inversión y son los clientes de las aseguradoras y de los bancos. El dinero que se pone en los mercados es, en resumen, de todos, es más de los que más tienen, pero también es de los que tienen menos, y si pudiéramos ver quiénes se ocultan en ese escenario opaco que suscita tanta desconfianza veríamos nuestras propias caras.

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La “hucha” de la seguridad social invierte en “activos seguros” para incrementar sus fondos. Su corazón está en su cartera y no tiene escrúpulos. Cuando un ciudadano pone su dinero en un fondo de pensiones o de inversiones, lo hace buscando una combinación entre la rentabilidad y la seguridad. Los gestores de los fondos no tienen corazón, son como máquinas que aplican variables y mueven los dineros sin importarles quien caiga. Tampoco les importa a los clientes, incluida la suerte de los Estados, con tal de que aumente su fondo. Después de todo, ese comportamiento no es muy distinto al de quienes depositan su dinero en los bancos, que buscan la máxima rentabilidad de sus ahorros y no les afecta si para ello hay que apretar las tuercas a los que tienen un préstamo o si, llegado el impago, hay que despojarlos de sus bienes.

Si las entidades públicas que demandan dinero a los mercados saben que lo están haciendo a alguien que pretenderá su devolución con mientras más intereses mejor, a un ciudadano común que pide un préstamo le pasa lo mismo. Pero en tanto el ciudadano echa sus cuentas a partir de sus ingresos, pues con ellos debe costearse la vida, devolver las amortizaciones y pagar los intereses, las entidades públicas las echan pensando que devolverán las amortizaciones y pagarán los intereses con nuevos préstamos. Y eso es depender mucho del mercado donde se ofrece el dinero: ¿y si llegado el vencimiento nadie te lo presta?, ¿y si te lo presta con un interés leonino? Los que prestan quieren, antes de nada, que le devuelvan lo que han entregado. Por eso, cuando el Estado no va bien y requiere cada vez más dinero, es lógico que los prestamistas sospechen un desenlace fatal. En ese caso, el riesgo sólo podrá compensarse con un tipo de interés más alto, lo que agravará la situación del Estado. 

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Querer poner firmes a los mercados es, aparte de una simpleza, el reconocimiento de la incapacidad propia para controlar la situación, es decir, a todas luces contraproducente. La única salida de la espiral viciosa de la deuda es –como siempre– gastar con arreglo a lo que se puede, aunque sea a costa de rebajar nuestro nivel de vida. Lo que no se puede es ir a pedir dinero exigiendo que nos lo den y además poniendo las condiciones, o arremeter contra los mercados porque no se fían de nosotros, en lugar de resolver los problemas que alientan esa desconfianza.

El bienestar de los países occidentales es en muchas ocasiones un inmenso castillo de naipes, sostenido por la deuda pública y, a veces, por el subterfugio infantil de una contabilidad ficticia. Darse cuenta de lo frágil de la edificación es el primer paso para solucionar el problema. Los pasos siguientes deben tender a cambiar radicalmente el edificio. Ello no supone un desmantelamiento del Estado del Bienestar y su sustitución por otro de base ultraliberal, sino de la quimera del bienestar sin desarrollo suficiente, pues hay Estados desarrollados que tienen estructuras estables y pueden permitirse un alto grado de intervención en el mantenimiento del nivel de vida de sus habitantes.

Los que temen el desmantelamiento del bienestar imaginario de los Estados escasamente desarrollados y ante los ataques especulativos de los mercados pretenden salvaguardar el escenario actual acrecentando la deuda, están arrojando leña al fuego en lugar de enfrentándose cara a cara con el problema.

(Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)