En
esa excursión conjunta que suelen organizar al menos una vez al año Guatamatilla, asociación para la defensa
del medio ambiente, y Piedra y Cal,
asociación para la defensa del patrimonio artístico e histórico, algunos
miembros de ambas asociaciones tuvimos la oportunidad el domingo pasado de ver
la zona del parque natural Cardeña-Montoro donde se rodaron la mayoría de las
escenas de la película Entrelobos, de
Gerardo Olivares. Dado que anduvimos por fincas particulares, no doy el plano del
recorrido, del que, sin embargo, puedo hacer público que tuvo su origen y su
final junto al cementerio de Azuel y que una parte del trazado discurrió por la
orilla derecha del río Yeguas, que por aquel lugar hace frontera entre
Andalucía y Castilla-La Mancha.

El
parque de Cardeña-Montoro está situado al noroeste de la provincia de Córdoba y
ocupa el extremo oriental de Los Pedroches. Es una de las zonas de mayor
biodiversidad de la península Ibérica y en ella conviven el águila imperial, el
lince ibérico y el lobo. Toda una invitación, en fin, para quienes, como
nosotros, suelen levantarse los domingos con la ilusión de hacer un poco
ejercicio andando por esos caminos de Dios. Como al hecho de andar se añadía la
atracción de recorrer los escenarios de la mencionada película y la compañía de
los colegas de ambas asociaciones, también se apuntaron a la caminata nuestras
mujeres y algunos amigos más, con lo que formamos un grupo más que numeroso,
que compartimos el camino, la charla y, llegado el momento, la bota de vino, de
la que hicimos uso, mientras tomábamos el bocadillo, sentados frente a la cuerda de
montañas de Sierra Madrona, que limita a Los Pedroches por el Norte.
“Habla
de la magia del cine”, me sugirieron algunos para esta entrada después de lo
explícito que era David, el guía de Hyla Educación Ambiental S.L., hablando de
la forma en que se movían los lobos en la realidad y cómo, después de cortar y
pegar la cinta, se les veía en la película, que parecían totalmente a las
órdenes del señor Olivares.
Bien
sabe Dios que yo salí del parque con esa idea, hablar de la magia o de lo
mágico o de la línea tan sutil que separa a la realidad de la ficción,
especialmente en parajes con este, que parecen sacados de una película, más que
la película de la realidad, pero el paseo coincidió con eso que se ha dado en
llamar la “Feria del lechón” de Cardeña y, al terminar el recorrido, que fue de
cinco horas, nos fuimos a comer de tapeo a esa población, a la que llegamos pasadas
las tres de la tarde.
No
sé cuánta gente se había metido en el pueblo, que sin sus aldeas no llega a los
mil quinientos habitantes, pero sí sé que todos los bares, todas las terrazas y
todos los chiringuitos que se habían montado estaban hasta la bola, de manera
que para coger un sitio en la tercera o cuarta fila de la barra y conseguir que
te sirvieran una cerveza y una tapa de lechón había que esperar un buen rato, demasiado
para quienes después de haber andado durante tanto tiempo por el territorio de
los lobos y conviviendo con las imágenes de los lobos tenían hambre canina, qué
digo canina, de lobo.
 |
| Al fondo, Azuel |
Y
como lobos nos lanzamos hacia las tapas, que eran pequeñas y venían despacio,
como con cuentagotas, o eran pequeñas para la necesidad que teníamos, que era
mucha, tanta, que se fue clareando el local y tomamos posición en la barra y
seguimos comiendo, y luego se fue la gente de las mesas y nos sentamos
alrededor de dos de ellas y seguimos comiendo, y luego se fue la gente del bar
y nosotros nos fuimos a otro y seguimos comiendo, y luego, como no estábamos
hartos, nos fuimos a la cafetería de la Piscina Municipal, donde nos tomamos un
café y unas obleas que alguien compró en la Caseta Municipal y unas galletas,
unas tortas y unos rosquillos que otros compraron en una panadería cercana.
No
sé qué hora sería, pero era tarde, cuando resolvimos volver a Pozoblanco.
Durante el camino de vuelta, yo pensé que, siguiendo el plan para el que Guadamatilla y Piedra y Cal nos habían convocado, algunos habíamos pasado, en
efecto, un domingo entre lobos.
7.2. Democracia y sindicatos (cont.)
Los trabajadores que
trabajan y los trabajadores desempleados
El
empleo es siempre un bien escaso por el que compiten los trabajadores. El
ejemplo por antonomasia es el de unas oposiciones, en las que los contendientes
se preparan con la pretensión de ser mejores que los otros a fin de conquistar
una de las plazas convocadas. Un estudiante se forma, antes que nada, para
trabajar y, sólo después, para mejorar sus expectativas. En las dos fases
deberá competir con los demás. Y ello con independencia de que el modelo
económico sea de mercado libre, de economía planificada o mixto, aunque la
competencia es más feroz mientras más liberal sea el sistema y más en crisis se
encuentre el país.
Siendo
el empleo un bien escaso, por él compiten todos los trabajadores, ya sean
empleados o desempleados. En situaciones de pleno empleo o con un desempleo muy
bajo, casi todos los trabajadores tienen los mismos intereses, que se
incrementen sus derechos. Cuando el desempleo es muy grande, en cambio, los
intereses de los trabajadores que trabajan son distintos de los intereses de
los trabajadores desempleados. Para los primeros, el interés preferente es
mantener el puesto de trabajo, y el posterior mantener o acrecentar sus
derechos. Para los segundos, el único interés es conseguir un empleo digno.
En
situaciones de crisis laboral grande, la creación de empleo necesita de
políticas económicas expansivas, que no pueden optar durante mucho tiempo por
ampliar los derechos de los trabajadores que trabajan y facilitar el empleo a
los que no trabajan, porque ambos fines son incompatibles sin caer en el
déficit insuperable. Es más, para lograr aminorar el desempleo, las decisiones
económicas deberán facilitar el crecimiento y las normas laborales deberán
inclinarse por los derechos de los desempleados, lo que supone recortar los
derechos de los trabajadores que trabajan.
Los parias de los trabajadores
Los
desempleados han sido siempre los parias de los trabajadores, especialmente
para los trabajadores que trabajan. Los esquiroles aparecen en la épica de la
conquista sindical como los traidores que ayudaban a los patronos cuando se
convocaba una huelga, aunque en la mayoría de los casos eran miembros del
lumpemproletariado, trabajadores desempleados y sin conciencia de clase que se
hallaban en una situación peor que en la pésima en la que se encontraban los
trabajadores que trabajaban.
Hoy en
día, en países como España, donde el desempleo alcanza cotas difícilmente
imaginables sin un estallido social, los desempleados siguen siendo los parias
de los trabajadores y sus intereses sólo son defendidos por el Estado y por los
sindicatos de una forma retórica, pues van en contradicción con los de los
trabajadores que trabajan, que son lo que tienen el poder.
(El
ejemplo de los interinos de la Administración es casi paradigmático: su
situación es precaria, pero es mucho mejor que la de los que no tienen trabajo.
Puestos a escoger entre los derechos de los interinos y los de los trabajadores
desempleados, los sindicatos y la Administración se inclinan siempre por los
primeros, aunque sea quebrantando los principios constitucionales de igualdad,
mérito y capacidad.)
No en
vano, los representantes sindicales son trabajadores que trabajan, no
desempleados, elegidos por trabajadores que trabajan, no por desempleados, y
los Parlamentos, los Gobiernos y las Administraciones están ocupadas por
trabajadores que trabajan, de manera que todos ellos hablan del drama del
desempleo como una experiencia cercana, pero ajena, de justicia social que debe
aplicarse a otros.
Los jóvenes: parias de los
parias
En los
deportes de equipo el más perjudicado es el que no ha cogido la posición. El
juego, y toda competencia es un juego de fuerzas, premia siempre a los que se
hallan establecidos y castiga a los que se incorporan. Y es lógico que sea así,
ya que todos los seres humanos necesitan contar con seguridad bastante como
para asentar sobre ella un proyecto de vida: ni el sentido común ni la justicia
admiten, pues, que un trabajador esté permanentemente pendiente de un recién
llegado que le pueda quitar el trabajo o por cuya presión le puedan rebajar el
sueldo. Pero, asimismo, ni el sentido común ni la justica admiten que los
derechos establecidos a favor de los trabajadores que han cogido la posición
hagan imposible la incorporación de los jóvenes al mundo del trabajo o que, cuando
finalmente consiguen incorporarse a él, lo hagan en condiciones de todo punto
precarias. Y esto último es lo que está ocurriendo en España a causa del modelo
laboral implantado.
Los autores de la normativa
laboral y económica
En la
negociación colectiva, los representantes de los trabajadores (normalmente a
través de los sindicatos) y de los empresarios intentan llegar a un acuerdo que
fije las condiciones laborales aplicables a los trabajadores incluidos en el
ámbito sobre el que se negocia. Los representantes de los trabajadores,
previamente, han sido elegidos por estos en un proceso electoral en el que el
sufragio es universal, libre, igual, directo y secreto. Todos los trabajadores,
por tanto, están representados en la mesa de negociación.
Pero hay otras mesas de negociación
que afectan a las normas laborales aplicables a todos los trabajadores en las
que sólo están representados algunos de ellos. La Administración, por ejemplo,
firma convenios con sindicatos (y, ocasionalmente, también con organizaciones
empresariales) en las que se determinan condiciones laborales y de acceso al
empleo, y los Parlamentos dan forma de leyes a los acuerdos más importantes
entre algunos sindicatos y algunas organizaciones empresariales, muchas veces
en contra del sentir de los líderes de los partidos políticos, que consideran
insuficientes los acuerdos o, directamente, contrarios al interés general.
En las
anteriores situaciones, no puede decirse que los ciudadanos estén representados
por la Administración o por los parlamentarios. Si fuese de esa manera, se
dejaría que la Administración y los parlamentarios actuaran exclusivamente de
acuerdo con su criterio. Como la norma final es el resultado de las
transacciones de un proceso negociador, cuando no directamente la aceptación de
una propuesta que viene de fuera del ámbito de representación política, son los
derechos de todos los ciudadanos los que ceden en favor de los derechos de los
representados por los sindicatos. Así, cuando una Administración negocia con los
sindicatos las condiciones de acceso a la función pública, lo hace con
representantes de los trabajadores que trabajan, por lo que en el convenio
primarán los derechos de los trabajadores interinos frente a los derechos de
los trabajadores desempleados.
El lumpemproletariado moderno
Los
desempleados creen estar representados por los sindicatos e incluso por los
representantes políticos, porque tanto unos como otros los defienden
retóricamente. Pero los sindicatos defienden los derechos de los trabajadores
que trabajan, que son, en lo esencial, opuestos a los suyos, y los políticos
ceden ante las presiones de los sindicatos para evitar la conflictividad
social, primordialmente cuando las medidas de fuerza afectan a los servicios
públicos.
Los
desempleados no tienen representantes verdaderos ni pueden adoptar medidas de
fuerza como la huelga, es decir, no tienen capacidad de presión, que es la base
de la capacidad de negociación. Es más, no son conscientes de que quienes dicen
representarlos tienen intereses distintos de los suyos. En realidad, no tienen
conciencia de su clase: son el lumpemproletariado moderno.
(Puede leer el libro completo en pdf pinchando sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)
7.2. Democracia y sindicatos
Institucionalización versus ideología
Los sindicatos de trabajadores son unos actores imprescindibles en la Historia de los movimientos sociales y políticos y, en particular, de los movimientos de las masas obreras de los siglos XIX y XX. Desde sus posiciones iniciales revolucionarias, los sindicatos han ido adaptándose a los modelos políticos democráticos conforme conquistaban para los trabajadores derechos de contenido sociolaboral, muchos de los cuales forman parte necesaria del llamando Estado del bienestar.
En la Democracia actual, se consideran elementos irreemplazables, y el derecho a la sindicación libre aparece en los textos constitucionales modernos junto con el derecho de huelga, principal medida de presión de que disponen. Los sindicatos son ahora instituciones que se integran en el sistema político, capaces de negociar a nivel estatal en condiciones de igualdad o incluso de superioridad con los representantes empresariales y de imponer condiciones a las decisiones de los Gobiernos y leyes completas a los Parlamentos.
La institucionalización de los sindicatos ha supuesto en países como España que gocen de un conjunto de atribuciones difícilmente imaginables en los tiempos de la conquista de derechos, como la dotación permanente de subvenciones (con la excepción de la CNT, que rechaza las ayudas estatales), el acceso a la cuantiosa partida de los presupuestos generales del Estado para la formación de los trabajadores (en este caso, junto con la patronal), las copiosas dietas que perciben por la asistencia de sus miembros a consejos de administración, mesas de trabajo y comisiones de organismos públicos o semipúblicos y la liberación de muchos de sus componentes. El proceso de institucionalización, sin embargo, no ha ido acompañado, particularmente en los sindicatos más grandes, de un proceso paralelo de adaptación ideológica a las condiciones de base socialdemócrata de la sociedad actual, en la que no se dan las clases sociales a la manera que existían cuando se fundaron y el Estado reconoce y garantiza los derechos de los ciudadanos, primordialmente los derechos sociolaborales.
En la actualidad, el discurso sindical se lanza por dirigentes que poseen privilegios sobre sus compañeros (que no son auténticos líderes, pues no asumen el destino de sus seguidores), desde algún edificio de su numeroso patrimonio, que sostienen con fondos públicos, contra unos patronos que o son instituciones públicas o son empresas creadoras de empleo y para una mayoría de ciudadanos de clase media.
Los
sindicatos, en suma, siguen queriendo liberar a la clase trabajadora de las
garras de los empresarios cuando la clase trabajadora la constituyen tanto los
trabajadores por cuenta ajena como los autónomos, y los empresarios, sean
grandes o pequeños, son un bien a proteger, pues son los únicos generadores de
verdadero empleo.
(Puede leer el libro completo en pdf pinchando sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)
1.8.
Representación y movimientos reivindicativos
Por
las razones antes expuestas, la voluntad de los representantes está
ocasionalmente muy alejada de la de su sociedad y no responde a las demandas
concretas de esta. En tal caso, lo normal es que ambas voluntades se separen
manifiestamente y que nazcan, de forma espontánea, movimientos con la
pretensión de influir en las políticas públicas cuyos líderes son más bien
cabecillas, por lo que pueden sucederse o incluso desplazarse sin que por ello
se merme la movilización de la masa.
Cuando
surge un movimiento de este tipo, los políticos asumen un papel predeterminado
según estén en el Gobierno o en la oposición. Si están en el Gobierno, su
primera reacción es de incredulidad, pues los políticos suelen arrogarse toda
la representación social y desdeñan por sistema la autocrítica, que confunden
con la razón del adversario. Sólo se lo toman en serio cuando ven que tras el
movimiento puede venir la pérdida de influencia (de votos). Entonces, hay una
primera fase en la que intentan desprestigiarlo con el argumento de que no
representan a la sociedad, sino a grupos de interés que, en realidad, atentan
contra el interés público, al que formal y materialmente representan ellos. En
una segunda fase, además, aducen que tras la movilización se esconde la
oposición. Generalmente, aciertan en esto último, porque la oposición, tras una
primera reacción de incredulidad similar a la de quienes detentan el Gobierno,
procura, primero, sumarse al movimiento y, luego que lo ha conseguido,
encabezarlo y dirigirlo contra el Gobierno para desgastarlo y ganar la
legitimidad que le niegan las urnas.
Los
cabecillas de estos movimientos consienten e incluso buscan el apoyo de la
oposición sin percatarse de que están siendo colonizados por esta, porque
piensan que trasladan sus pretensiones a los órganos de decisión y que con ello
les será más fácil lograr sus objetivos. La oposición utiliza a estos
movimientos sin el más mínimo reparo, sea o no sea factible lo que pretenden,
porque su ideario es inejecutable por definición y en él cabe cualquier
demanda. Así, no es difícil ver a los dirigentes de la oposición encabezando
manifestaciones convocadas en apoyo de determinadas reivindicaciones, unas
veces claramente como miembros de sus partidos y otras, según sus
declaraciones, como simples ciudadanos, lo que supone asistir a las mismas sin
querer asumir las consecuencias o de forma vergonzante, pues los políticos, por
mucho que ellos quieran, no pueden escaparse de su papel de políticos cuando
actúan en público.
Papel
que, por otra parte, debía retenerlos dentro del ámbito institucional, si de
verdad estiman la Democracia, pues salirse de él para ejercer en la calle la
fuerza que no pueden desplegar en las instituciones significa considerar que
estas no sirven para llevar la voluntad del pueblo a los órganos de
representación y, subsiguientemente, degradarlas.
En
verdad, todo el sistema establecido tiene una enorme capacidad para digerir y
metabolizar los movimientos reivindicativos surgidos en la sociedad. Si el
partido del Gobierno (más que el Gobierno mismo) ve la posibilidad de robarle a
la oposición la fuerza del movimiento, lo hará sin empacho alguno, ya que
también ellos pueden colonizarlo. Lo normal es que el partido del Gobierno,
tras el desprecio inicial, apoye a los movimientos que sobreviven a las
circunstancias adversas (entre otras, las de la propia actuación gubernamental)
a través de los dirigentes más cercanos, que suelen ser los territoriales,
mientras los gobernantes se mantienen receptivos pero dan largas, y, con ello,
ganan un tiempo precioso que emplean haciendo concesiones menores y tentando a
los cabecillas.
Generalmente,
los cabecillas de los movimientos reivindicativos no tienen madera de líderes
y, lejos de aceptar el sacrificio, se deslumbran con el brillo que les ofrecen
las instituciones, en las que ven (esa es la coartada para la desmovilización)
la posibilidad de hacer efectivas las pretensiones que tenían en origen.
(Puede leer el libro completo en pdf pinchando sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)