jueves, 13 de septiembre de 2012
lunes, 10 de septiembre de 2012
A Pedroche, con la feria cerrada
Ayer, después de varios meses sin lluvia, una tormenta de granizo dejó de golpe más de veinte litros en Pozoblanco y esta mañana, con las primeras luces de la alborada, el suelo del pueblo mostraba la suciedad que guardaban los tejados hasta entonces. En el campo, la lluvia ha matado el polvo y poco más, por lo menos en el recorrido que hemos hecho hoy, que ha sido excepcionalmente corto.
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| 10,242 km |
Hemos tomado la carretera en dirección a El Guijo y hemos dejado el coche en el primer anchurón del camino de la Cañada de las Zorras, que se inicia casi a dos kilómetros del cruce con la carretera de Pedroche a Dos Torres. Según he podido comprobar en el mapa, desde allí hasta Pedroche hay 3.700 metros en línea recta, una minucia para el aparato que emitía música desde la feria de aquel pueblo, pues sus canciones nos llegaban con tanta nitidez que nos daban ganas de bailarlas.
Como a las ocho de la mañana, ya que habíamos visto el espectacular amanecer y los distintos planos que las líneas de claroscuros formaban en el horizonte, dejamos de oír la música. Poco después, la mole imposible de la torre de El Salvador cargaba el paisaje de Historia o, quizá mejor, de fantasía, pues a mí me recuerda a esos mundos que crean los escritores en las novelas de ficción extrema.
Al cruzar el arroyo Santamaría, que llevaba un hilo de agua, cogimos la dirección contraria al pueblo por la carretera que lleva a El Guijo, de la que nos apartamos en la desviación de la ermita de Piedrasantas, en la que anteayer y ayer se celebró la famosa romería de los Piostros. La ermita es hermosa, y el puente que le da acceso, también, pero nosotros no llegamos a cruzarlo, y, alegrados por el bien entonado canto de uno de los cuatro o cinco operarios que limpiaban el recinto, tomamos enseguida la carretera por la que los vecinos de Pedroche suelen ir a ver a su patrona.
Antes de coronar la cuesta, en el mismo borde del casco urbano, nos desviamos a la derecha para entrar en el pueblo por el recinto ferial. En el exterior de este también oímos música (si puede llamarse así a ese chunda-chunda), si bien provenía de un coche que tenía las puertas abiertas. A su lado, un grupo de unos veinte jóvenes, muchos de ellos con vasos o botellas en la mano, estaban de pie (alguno quizá bailase) en medio de un auténtico estercolero de plásticos.
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| Atardecer en la feria de Pedroche de 2008 |
Tras cruzar entre ellos, entramos en el recinto ferial. Desde el año 2008 no iba a la feria de Pedroche. En aquella ocasión, llegué tan temprano que los coches de choque aún no estaban funcionando. En esta, accedimos a las nueve menos cinco de la mañana y todo estaba cerrado. También lo estaban los bares de la calle San Gregorio, y el de los Tomasitos (en cuya terraza nos hemos sentado otras veces a tomar una café y una bizcochada), y los demás bares de la plaza de las Siete Villas.
Rehuimos las ganas de descansar en una de las muchas sillas de plástico que colmatan la plaza y, tras gatear el primer tramo de la calle de Hernán Ruiz y caminar admirando su pavimento por el segundo, llegamos a la iglesia de El Salvador, justo a los mismos pies de la torre, desde donde miramos arriba echando muy hacia atrás la cabeza, y arriba, en pleno cielo azul y a un palmo del campanario, aún sobrevivía la luna, en cuarto menguante.
Tomamos la dirección contraria a la torre, rodeamos el templo y, desde la puerta de este por la que salen los cortejos fúnebres camino del cementerio, nos paramos a admirar uno de los más bellos paisajes urbanos de Los Pedroches, un punto malogrado por los vehículos que había aparcados delante de la ermita de Santa María del Castillo.
La vuelta la hemos hecho por el camino de Dos Torres, primero, y, luego, por el de la Fuente del Rayo, que sale a la carretera de El Guijo a sólo unos cuantos metros del camino de la Cañada de las Zorras.
sábado, 8 de septiembre de 2012
Lo íntimo
Lo de menos es lo que estaba haciendo la concejal, o el hecho de que se le ocurriera grabarlo, o incluso que el vídeo se lo diera a su marido o a su amante, es más, todo eso es de una irrelevancia absoluta y hubiera pasado inadvertido por naturaleza, pues pertenece a la esfera íntima de las personas y en esa esfera la gente se masturba si quiere, y se graba en pelotas si quiere, y tiene amantes si quiere. Y no pasa nada más allá de lo que pueda afectarles a los sujetos de ese ámbito íntimo.
Lo íntimo, el ámbito íntimo, ahí está el quid del asunto, un espacio en el que nos manejamos todos y en el que todos tenemos cosas que ocultar, nosotros y la concejal de Los Yébenes Olvido Hormigos, que no sé muy bien lo que hizo ni me importa mientras gestione con acierto los asuntos públicos y mientras represente correctamente a los vecinos de su pueblo. Lo relevante de este caso es que se ha roto impunemente su ámbito íntimo, y lo mismo que se ha roto el suyo se podía haber roto el del resto de los habitantes de su pueblo, y el de cualquiera de ustedes, y el mío.
Su ámbito íntimo se ha roto, primero, por alguien cercano a ella, alguien que no se ha limitado a traicionar su confianza (quizá ella traicionó antes otras confianzas), sino que además la ha expuesto en ese escaparate universal que son las redes sociales. Y se ha roto, luego, por esos que dicen llamarse periodistas y en lugar de alimentarse con las noticias las crean, esos que lo mismo les da que seas o no seas concejal y que gestiones o no gestiones asuntos públicos mientras puedan sacar tajada de ti, esos que cogen al “protagonista” en la puerta de su casa y lo persiguen poniéndole el micrófono en la boca, esos que no dudarían en mostrar públicamente las vísceras de cualquiera de los lectores de este escrito si con ello pudieran incrementar su audiencia y que han encumbrado como princesa del pueblo a una de sus más zafias representantes.
Lo relevante del caso es que durante varios días todos los focos han apuntado a esta señora por lo que hizo en su ámbito privado (o dicen que hizo) y no han apuntado a los concejales que con el dinero de todos construyen edificios que no sirven para nada, que contratan a dedo a sus familiares y a sus amigos, que hacen viajes a costa del erario para asuntos dudosamente públicos o directamente privados, que tardan en pagar las facturas (o no las pagan nunca) porque se gastan más de lo que ingresan, que derrochan en festejos el dinero que sin embargo escatiman para gastos sociales y que hipotecan el futuro del Ayuntamiento con préstamos cuyo fin último no es el bien de la comunidad sino ganar las próximas elecciones.
Esos malos concejales seguramente se masturban, quizá graven vídeos lúbricos y tal vez tengan amantes, pero tienen poder y pagan anuncios en los periódicos (algo que algunos periodistas agradecen mucho), y se sienten a salvo por nefastos que sean porque a los vecinos no les interesa tanto una buena gestión como que les den pan y circo. Y en los tiempos que corren, el pan se llama anuncio, subsidio o subvención y el principal circo es el mediático.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Alemania
Hace
algunos años, me sorprendió ver en un pueblo de Alemania que los comercios cerraban
y se dejaban en la calle y durante toda la noche el género que habían tenido
expuesto en la acera, y que al día siguiente amanecía intacto y en su sitio. ¡Cuántas
cosas tenemos que aprender de esta gente!, me dije entonces.
Destruida
su sociedad por el nazismo, y destruida su economía y su población durante la
guerra, Alemania fue capaz en pocos años de recomponerse y, gracias a la
inteligencia de sus gobernantes y al tesón de sus ciudadanos, de convertirse en
una sociedad democrática, en un Estado social de primer nivel, en una potencia económica
y en uno de los más férreos defensores de la unidad europea. Alemania, que en
buena parte de su territorio había estado sometida durante decenios a una
dictadura extranjera, fue luego capaz de digerir en poco tiempo la integración
y más tarde, cuando el mundo desarrollado sufría los embates de una crisis
global, salió de ella antes que nadie, a fuerza, como siempre, de talento, de
espíritu de sacrificio y de un sentimiento de unidad que le hace siempre trabajar
a largo plazo, como los padres trabajan por el futuro de sus hijos.
| Contemplando el Königssee, en Alemania, muy cerca de Austria |
A
lo largo de estos años, Alemania ha sido, primero, contribuyente neto a la
Comunidad Económica Europea y, luego, a la Unión Europea. Cuando el marco era
una moneda con una estabilidad de referencia, cambió el marco por el euro, a
sabiendas de los problemas que ello podría ocasionarle, y ha mantenido siempre
esa apuesta, tanto por razones económicas como políticas, a pesar de los engaños
a que ha sido sometida la eurozona por Estados que, como Grecia, falseaban la
contabilidad y a pesar de países que, como España, tenían gobernantes que vivían
en la inopia y sociedades que gastaban lo que tal vez no podrían pagar.
Es
cierto que los alemanes hacían todo eso, en buen parte, porque les interesaba contar
unos vecinos ricos a los que poder venderles sus manufacturas y una Europa
estable política y económicamente. Pero no es menos cierto que también le
interesaba al Reino Unido, por ejemplo, y su contribución a la Unión Europea ha
sido mucho menor. Y no es menos cierto que también nos interesaba a nosotros, a
España, y en lugar de ser aportadores netos de fondos y ser generadores de
soluciones hemos sido receptores netos y, últimamente, un foco permanente de
problemas para la Unión.
Ahora
que los alemanes piden más rigor cuando de dar dinero se trata, ahora que exigen
que recompongan su casa y adapten sus pretensiones a lo que de verdad ingresan
los países que han estado de fiesta mientras ellos trabajaban, hay quien piensa
que nos están explotando y que nuestra pobreza está causada en buena parte por
ellos.
Aparte
de negar la autocrítica, como suele ocurrirnos a los españoles, esa opinión me
parece una injusticia y un atraso. De hecho, propongo que nuestros dirigentes
(políticos, sindicales, empresariales y sociales) se vayan una temporada larga a
aprender cómo lo hacen los alemanes. Dados lo sectario de condición y su
ceguera, tal vez no aprendan, pero al menos estaremos durante un tiempo sin
ellos.
lunes, 3 de septiembre de 2012
De la Virgen de Luna a Villanueva de Córdoba y vuelta
Cuando el atolondrado piar de los pájaros se aclaraba, se oían a lo lejos puros sonidos de campo, como los cantos de algún gallo, los ladridos de varios perros e incluso el tolón-tolón de cencerros. Y eso que estábamos en mitad del pueblo. Eran, bien es verdad, las siete y media de la mañana de un domingo, y a esa hora el pueblo es como un cortijo grande cerrado a cal y canto, un cortijo de esos que de día son muy altaneros y dan miedo a las fieras pero de noche cierran sus puertas e intentan pasar inadvertidos.
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| 21,677 km |
En la ermita de la Virgen de Luna, no reparamos ni en los sonidos del campo ni en ningún otro. Y aún más, casi no reparamos en nuestras propias voces. De los tres que íbamos, dos llevábamos uno de esos aparatos que te van marcando la ruta y te dicen la velocidad, y la cota, y la dirección, y luego te sacan un plano del recorrido, y varios gráficos, y un montón de estadísticas, dos llevábamos uno de esos aparatos –decía– y no hacíamos más que teclearlo y mirar la pantallita, como hacen todos aquellos que se sientan en un bar y se ponen a teclear en el móvil, ya estén solos o acompañados, para chatear con el que está sentado enfrente o para mirar el tiempo que hace en donde están, dos llevábamos uno de esos aparatos –repito– y anduvimos pendientes de él más tiempo del que hubiera sido provechoso.
Como lo provechoso era el campo, el amanecer y la compañía, a cultivar lo provechoso nos aplicamos en cuanto nos percatamos de lo que verdaderamente nos interesaba. Estaba recién amanecido, y el sol hacía brillar los prados secos y daba un tono cobrizo al amarillo de los rastrojos. Tan cerca del horizonte, el sol aún se deja fotografiar, sobre todo cuando se dispersa detrás de alguna encina, y yo, que había echado la cámara grande, dejé que se adelantaran mis compañeros y les hice algunas fotos a contraluz antes de volver a su lado y a su conversación.
El camino de Villanueva de Córdoba a la Virgen de Luna es estrecho, discurre entre cercas de piedra y al amparo del civilizado bosque de dehesa, lo que convierte en uno de los más bonitos de la Jara. En algunos tramos, es curso ocasional de agua en invierno (como ya tenemos comprobado) y, quizá por eso, tiene mucha arena, lo que no dificulta el paso, que se puede hacer con ligereza tomando alguno de los laterales, donde la tierra es más firme.
A unos cuantos kilómetros del pueblo, empezamos a cruzarnos con coches, con ciclistas, con corredores y con gente que iba andando, no muchos, los justos para anunciarnos que había cerca una población y que sus habitantes se había despertado. Y, en efecto, Villanueva de Córdoba, que se halla oculta detrás de un altozano, se avistó de pronto al coronar una cuesta. Desde allí, aún nos quedaban unos cuantos pasos. Los dimos por los ruedos despoblados de encinas y, tras dejar a la derecha un huerto solar, entramos en el casco urbano por la calle Pozoblanco.
Aunque llevamos comida en las mochilas, acordamos aprovechar que estábamos en un pueblo y tomarnos un café y unos churros, y buscando una churrería atravesamos la plaza de España, seguimos por las calles Ramón y Cajal y Moreno de Pedrajas, primero, y, luego, por la ronda del Calvario y la calle San Antonio, donde está la panadería y churrería “Patillas”, un local en el que había varias personas esperando. En la terraza del cercano mesón rural "Don Rollero", y a la sombra de los árboles que confortan a los peatones, nos sentamos a comernos los churros y a bebernos un café con leche y un vaso largo de agua con hielo que la guapa muchacha que atiende la barra tuvo a bien servirnos afuera.
Aún permanecimos un rato allí, disfrutando de la temperatura, de lo acogedor del lugar y de la paz que da el cansancio, antes de retomar la marcha: nos quedaban otros tantos kilómetros y el sol se había vuelto menos amigable.
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