jueves, 3 de octubre de 2024

De Torrecampo a El Guijo

Hubo un tiempo, hace ya muchos años, en el que yo trabajaba en Torrecampo y en El Guijo y tenía que recorrer a diario los algo más de diez kilómetros que median entre esos dos pueblos vecinos. Yo era, entonces, un ejemplo más de la notable relación que ha habido entre ellos, de la que también lo era el hecho de que durante muchos años compartieran, junto con Santa Eufemia, el culto a la Virgen de las Cruces y que hace unos cuantos años los ayuntamientos de ambos pueblos se vieran obligados, junto con el de Pedroche, a pagar el autobús que sus vecinos debían tomar para llegar al pueblo cabecera de comarca, Pozoblanco, pues la línea se había quedado sin autobús privado.

Torrecampo y El Guijo están al norte de Los Pedroches, en el límite de Andalucía. Más allá de la frontera, a unos cuantos kilómetros de ambos, está la aldea de San Benito y, más allá de San Benito, está ese despoblado enorme que forman las sierras de la Umbría de la Alcudia y el valle de Alcudia, ya en Castilla La Mancha.

Mi amigo Leo me había propuesto realizar la ruta entre ambos pueblos que había trazado él sobre el mapa, por caminos públicos y una vía pecuaria, sobre la que las noticias de Wikiloc se limitaban –según me dijo– a la que hace tiempo insertaron unos cicloturistas. Dicha ruta, por cierto, discurre por el término de Torrecampo casi hasta el mismo pueblo de El Guijo, pues Torrecampo alcanza a su vecino por el este y por el sur y lo rodea en buena parte de su perímetro. De hecho, hay tramos en los que el límite del término de Torrecampo es la misma pared de la Residencia Municipal de Mayores de El Guijo, antes cuartel de la Guardia Civil, los depósitos de agua de El Guijo están en el término municipal de Torrecampo y, hace unos cuantos años, el ayuntamiento de El Guijo tuvo que pedir autorización al de Torrecampo para construir el pequeño parque que hay junto a la primera casa del casco urbano, según se entra por la carretera de Pozoblanco.

El grupo de cinco personas que íbamos a realizar la ruta nos reunimos a primera hora de la mañana en el bar Los Mellizos (que los lectores de mis novelas conocerán, porque lo saco en alguna de ellas), donde tomamos un café y hablamos de esas cosas importantes que enseguida quedan en el olvido. Fue un rato corto. El camino nos esperaba y no interesa al buen caminante dejar que el tiempo pase sin hacer camino.

El caso es que salimos de Torrecampo muy temprano el último domingo de septiembre, con la temperatura ideal y el sol mandándonos luz blandamente, por el camino que deja el cementerio a la derecha y, enseguida, haciendo una S, giramos a la derecha y a la izquierda para tomar el camino que los mapas del Instituto Geográfico Nacional (IGN) llaman del Callejón del Molinero. Por ahí, se puede andar como por el pueblo, con zapatillas de tenis y pantalón corto, porque el camino está bien y aparece expedito, aunque haya que abrir (y dejar cerradas) algunas portillas. El inconveniente viene luego, cuando se ha pasado el paraje Tierra Abajo y, en el de Cascarrales, hay que adentrarse por el cordel de la Mesta.

El cordel (así llamado en nuestros pueblos y por el IGN) es la Cañada Real Soriana Oriental y formaba parte de las vías pecuarias de la Mesta. Ahora mismo, asombra su anchura (90 varas castellanas, es decir, 72,22 metros), que por estas latitudes se ha mantenido. Pero asombra más imaginar lo que debió suponer en el pasado, cuando los rebaños subían y bajaban por el territorio de la España peninsular guiados por sus pastores, que llevaban con ellos sus inquietudes, sus costumbres y (como puso de manifiesto mi añorado Luis Lepe en sus libros) también su folclore.

Si la trashumancia ha muerto, las vías pecuarias debían estar aún vivas, pues ahora hay caminantes como nosotros y turistas rurales que demandan ese tipo de caminos para ocupar sus jornadas en nuestros pueblos. Pero el caso es que el cordel está tomado en su totalidad por el bosque bajo mediterráneo y resulta muy difícil caminar por las sendas que han abierto los animales salvajes, que son las únicas posibles, especialmente en una época como la elegida por nosotros, últimos días del verano, cuando los arbustos son más rígidos y la hierba está seca y pincha.

En invierno, en cambio, especialmente si las lluvias han sido generosas, el problema puede ser atravesar el arroyo Santa María, ahora totalmente seco (hacerlo sin mojarse, quiero decir, pues el agua no llegará a la cintura en ningún caso). Y es que no hay puente alguno, ni pasaderas, ni nada, como suele ocurrir casi siempre que el caminante se topa en Los Pedroches con un arroyo. Tampoco pueden llamarse pasaderas a las pequeñas piedras que, de haber habido agua, nos habrían ayudado a atravesar, más adelante, el arroyo de la Matanza.

Para cuando se ha salvado este último cauce, ya hay un camino sobre la cañada Real, que es cómodo y bueno. Siguiéndolo, es fácil llegar hasta el casco urbano de El Guijo y, como este es pequeño, calle Virgen de las Cruces adelante no se tarda mucho en alcanzar el bar del hogar del pensionista, que está frente a la iglesia del pueblo y pared con pared con el ayuntamiento.

El bar tiene una terraza en la plaza de la Constitución. Allí, alrededor de una mesa, al amparo de un toldo y con la compañía de unos amigos de mis amigos, tomamos un par de cervezas y hablamos durante un buen rato de un montón de cosas importantes que ahora no recuerdo.


Para ver la ruta en wikiloc, pinchar sobre la imagen



miércoles, 21 de agosto de 2024

Un apaño

 

He estado en París durante los recientes juegos olímpicos y he visto a multitud de personas con banderas distintas, unas junto a otras, en los estadios y por la calle, todas en perfecta armonía. Y he visto a los franceses cantar La Marsellesa en los estadios y en las terrazas de los establecimientos públicos, frente a un televisor, como muestra de apoyo a alguien de su país que participaba en una prueba deportiva.

El patriotismo de los franceses resulta exagerado casi para el todo el mundo y tiene mucho de egocéntrico y algo de complejo de superioridad. Es lo contrario del español. Si los franceses tienden al chauvinismo, los españoles tendemos al nacionalmasoquismo. En España, nuestra bandera es objeto de controversia, porque se utiliza partidariamente por unos y se repudia partidariamente por otros. Nuestro pasado se revisa sin sentido crítico, desde la ideología y con los ojos del presente. Y nuestra naturaleza, nuestro ser, está siempre cuestionado de mil formas, ninguna de ellas integradora o buscando lo que nos une.

El nacionalismo francés moderno tiene su origen en la Revolución de 1789 y, particularmente, en sus ideales de «igualdad, libertad y fraternidad».  El más importante de esos ideales era «la igualdad», como puede deducirse del preámbulo de la Constitución Francesa de los días 3-14 de septiembre de 1791, en el que puede leerse: Ya no existe, en ninguna parte de la nación, ni para ningún individuo, ningún privilegio excepción al derecho común de los franceses.

Mi vuelta de París ha sido inmediatamente posterior a la elección de Salvador Illa como presidente de la Generalitat. Salvador Illa, que pertenece al Partido Socialista de Cataluña, ha debido contar con el apoyo de Esquerra Republicana de Cataluña, para lo que el Partido Socialista Obrero Español se ha comprometido a ceder a Cataluña eso que eufemísticamente ha llamado «financiación singular», y que no es sino un privilegio dentro de España, el de financiarse a sí misma.

Todo privilegio, particular o territorial, es contrario a la revolución, por supuesto a la liberal o burguesa, pero mucho más a la revolución obrera, y, si nunca se puede justificar en la historia (a mí no me vale como justificación de los fueros, por ejemplo. Privilegios históricos, de siempre, eran los que tenían los nobles y el clero hasta la Revolución Francesa), mucho menos se puede justificar como un intercambio programático para conseguir el poder.

Un intercambio programático, debe añadirse, que para conseguir el poder en Cataluña no se limita a la esfera territorial de Cataluña, sino a la de toda España. Es decir, que se ceden derechos de financiación de otros territorios de España (de los más pobres, de los pobres, en fin) a un solo territorio (uno de los más ricos, de los ricos, en fin).

A nadie que paga menos se le ocurre pedir «financiación singular». La financiación singular la pide alguien que paga más. Es decir, la financiación singular la piden los ricos, y no va a ser (porque no está en la naturaleza de las cosas) para dar más de lo que daban antes. Ni siquiera para dar lo mismo. Así que no entiendo que un partido de izquierdas ceda a ese tipo de privilegios. Y mucho menos que la cesión sea a costa de los derechos de financiación de los habitantes de los territorios menos favorecidos, que –se diga lo que se diga– van a salir perjudicados.

A la vuelta de París, he oído con atención una entrega del programa documentos de RNE sobre las olimpiadas populares, que tuvieron tres ediciones en el periodo de entreguerras, impulsadas por los movimientos obreros de Europa y América del Norte. Casualmente, la Olimpiada Popular de Barcelona, planeada para los días 19 a 25 de julio de 1936 y en la que estaban inscritos atletas de 22 naciones, no pudo celebrarse porque el día 18 se produjo el levantamiento militar que conduciría a la guerra civil.

Si en el fondo de las olimpiadas está el que todos los seres humanos somos iguales, aunque separados por naciones (con sus himnos y sus banderas), en el fondo de las olimpiadas populares estaba el que todos los proletarios del mundo eran iguales, y ya está.

«Proletarios del mundo, uníos», escribió Flora Tristán ya en 1843, lo que inmediatamente fue asumido por el movimiento obrero. Así fue al principio de esa lucha de los trabajadores y ese debería ser el destino de la humanidad, por lo que estaría bien fijarlo como ideal de todos los movimientos humanistas, especialmente de los de izquierdas.

Como ya he escrito aquí que no se puede ser, a la vez, nacionalista y de izquierdas, no me voy a repetir. Solo quiero apuntar que entre ese inicial «proletarios del mundo, uníos» y los programas de izquierdas de hoy ha habido un montón de teorías para justificar lo injustificable de la desigualdad generada por los nacionalismos.

Lo de ahora del PSOE no es ni siquiera una teoría, sino un apaño para gobernar con la cobertura argumental de una falacia. Así que no comprendo a quienes nos representan desde la izquierda a nivel nacional, ni comprendo a quienes, con tal de que no gobiernen las derechas, son capaces de ceder a cualquier cosa, incluso a lo más esencial de los principios de izquierdas.

Ni entiendo que, para pacificar un territorio, deban cederse los derechos de los habitantes de otros.

Hice esta foto de Hitler rezando en el museo de la Bolsa de Comercio de Paris


lunes, 1 de julio de 2024

La piel de las estatuas


El mundo desarrollado ha conseguido erradicar la enfermedad y retrasar indefinidamente la llegada de la muerte. Para hacer sostenible la población, se ha creado un sistema público que provoca tantas muertes accidentales de mayores de cien años como nacimientos se prevean.

En ese escenario de aparente perfección, emerge el amor de dos agentes del Gobierno, un hombre y una mujer, cuyas identidades se ocultan detrás de oficios relacionados con la opinión y el arte. Entre ambos florece un amor profundo, mientras una inquietante sospecha se agita en el corazón de uno de ellos.

La narrativa se teje entre los dilemas morales y las pasiones humanas, explorando los conflictos subyacentes de una sociedad que ve envejecer las almas dentro de unos cuerpos que desafían al tiempo. Los protagonistas se enfrentan no solo a la lucha por preservar su amor, sino también a los oscuros designios de una cultura que utiliza a artistas frustrados como verdugos.

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martes, 16 de abril de 2024

Zorreras/Vulpes/Zorras

Hoy, mientras paseaba por el camino de las Zorreras, que está próximo a mi casa, me he acordado del programa Imprescindibles, que la 2 de Televisión Española dedicó hace unos días a Carlos Tena, el excelente crítico musical y gran comunicador, con el que mucha gente de mi generación aprendió a oír música. El nombre del camino (Zorreras) me hizo pensar que Carlos Tena llevó en 1983 al programa La caja de ritmos a Las Vulpes (Las Zorras, en latín), un grupo punki de chicas que hasta entonces no había grabado nada, quienes cantaron en horario infantil una adaptación al castellano del tema I Wanna Be, de los Stooge, que repetía en el estribillo «me gusta ser una zorra, me gusta ser una zorra», lo menos malsonante de la letra.

La emisión de dicha actuación tuvo, en principio, bastantes consecuencias. Para empezar, el programa no continuó y Carlos Tena presentó su dimisión. Pero, además, la parte más moralista de la sociedad (encabezada por el diario ABC, dirigido entonces por Luis María Ansón) consideró lo ocurrido como algo escandaloso y arremetió contra sus causantes (Carlos Tena y las autoras de la canción), quienes debieron enfrentarse a una querella criminal (las letras eran consideradas obscenas y ofensivas para la moral pública), que luego fue sobreseída.


Ese sobreseimiento fue, finalmente, lo más relevante del asunto. Y es que la sociedad de entonces digirió aquella actuación como hizo con otras muchas de parecido o superior calado, ya vinieran de ámbitos culturales, periodísticos o políticos, tal vez porque había mucha querencia por la libertad, incluida la de expresión, o, lo que es lo mismo, porque había mucha aversión hacia cualquier tipo de censura, viniera del ámbito que viniera y, especialmente, del social, ese que marca el límite entre lo que es políticamente correcto y lo que no lo es.  


La emisión del programa Imprescindibles sobre Carlos Tena se produce pocas semanas después de que Televisión Española haya seleccionado la canción Zorra, interpretada por Nebulossa, para representar a España en el próximo festival de Eurovisión. De ella se ha dicho que es valiente y contestaria por su letra, aunque, cuando uno la escucha, observa que no tiene nada de especial, y que su supuesta reivindicación se limita a repetir de distintas maneras «soy una zorra, soy una zorra», porque [la protagonista] sale sola, se divierte y alarga la noche hasta que se le hace de día. Es decir, lo mismo que decían las Vulpes pero mucho, muchísimo más suavemente.


Que Televisión Española cerrara el programa que acogió a Las Vulpes y ahora escoja para representarla una canción con una letra que supuestamente es rompedora, resulta bastante definitorio de la situación anterior y de la actual. Antes, en los años ochenta, las parejas de los pueblos todavía tenían que casarse si querían vivir por su cuenta, o tenían que casarse si ella se quedaba embarazada y, por supuesto, no había parejas oficiales del mismo sexo. Que una mujer dijera de sí misma, en aquellos entonces, que era una «zorra» por ser libre, aunque fuera cantando, demostraba que tenía mucho coraje. Ahora, decirlo de sí misma porque hace lo que dice la letra de la canción que irá a Eurovisión no escandaliza a nadie ni expresa gran cosa sobre la personalidad de quien la interpreta. A ojos de la moral imperante en cada momento, es como si Las Vulpes hubieran blasfemado y Nebulossa hubiese dicho «mecachis».


Distinto es que la canción vaya o no a triunfar en el festival. Cuando los votos dependen del público (y en el de este festival hay mucho friki), la calidad deja de ser lo más importante y se pasan a manejar otros conceptos, casi todos relacionados con una imagen que previamente ha sido inculcada a fuerza de publicidad. Que la protagonista parezca reivindicativa, aunque no lo sea en absoluto, es parte del proceso, porque lo reivindicativo da puntos.


Por cierto, todo esto de reivindicarse como zorras, es decir, como putas, no les hace ningún favor a las putas de verdad, porque en el fondo lo que están negando esas canciones es el carácter de zorras de las intérpretes. Es como si las letras dijeran: te crees que soy como ellas [como las zorras] porque soy libre, pero no, no lo soy. Las zorras, en fin, aparecen en las canciones como el paradigma de la bajeza moral, no de la libertad.


Como no creo que las verdaderas putas sean peores que las sociedades que las utilizan y las maltratan y yo ni soy punki ni soy friki, me quedo con canciones como Me llaman calle, de Manu Chao, que considero reivindicativa de verdad y una gran obra de arte.





martes, 6 de febrero de 2024

Jaboneros arriba

 

El arroyo Jaboneros es de corto recorrido y tiene una cuenca pequeña, pero yo lo he visto rugir iracundo al saltar por los azudes que escalonan el cauce, con el agua de muro a muro, y lo he visto correr durante varios meses seguidos, vivaracho y risueño, con las ínfulas de un pequeño río del norte. Lo he recordado mientras remontaba el cauce seco por el lado de Pedregalejo, tras partir a los pies de la pasarela peatonal de los Jabegotes, que une a ese barrio con el de El Palo.

Pedregalejo fue en sus orígenes un barrio de pescadores, y aún conserva un par de calles estrechas con sabor antiguo entre la calle Bolivia y el paseo marítimo, pero luego fue uno de los principales lugares donde se asentó la burguesía malagueña, de modo que ahora está formado en su mayoría por viviendas unifamiliares de gran porte que, desde la montañas que lo rodean por el norte, forman una mancha multicolor tachonada de verde por la multitud de jardines particulares.

La Mosca, en cambio, que me pilla más adelante, es un barrio popular, que se ha hecho a golpe de construir viviendas humildes junto al camino que discurría por el margen derecho del arroyo. Su caso es parecido al del barrio de Jarazmín, que se encuentra al pie de las montañas unos kilómetros hacia el este. Ambos barrios, junto a los antiguos de El Palo (más grande), las mencionadas dos calles de Pedregalejo y el barrio de La Araña (junto a la Cala del Moral), son como pequeñas islas de clases populares en el océano de clase media y alta que forma el enorme distrito de Málaga Este.


Mi ruta pasa bajo el descomunal viaducto de la autovía de circunvalación de Málaga y sigue arroyo arriba. Es un día de finales de enero y hace un sol desproporcionadamente radiante incluso para la soleada Málaga. Cruzo el arroyo por el pequeño puente de los Tres Ojos, sigo un trecho por el margen izquierdo, paso junto al lagar de los Tontos (así lo llama el mapa oficial) y viro al este para seguir el camino trazado sobre el gasoducto que va al Rincón de la Victoria, cuya pronunciada pendiente me obliga a pararme para recobrar la respiración un par de veces.

Por ese lado, la tierra se aprovecha de las umbrías del monte de San Antón y de las sombras de algunos árboles junto al agua subterránea de los arroyos secos para ofrecer algo de verdor, muy poco, entre el bosque bajo y el abundante matorral, en un paisaje sin hierba, como de pleno verano.

Al caminante que, como yo, se fija en las cosas del campo a la par que en lo que dicen los noticieros, lo que ve ya no le infunde preocupación, sino miedo. Y no por su futuro, sino por el que está dejando a sus hijos.

No sé las causas últimas de la sequedad que veo, pero veo las consecuencias, aquí y en las ciudades. Y veo que no se hace lo suficiente para enmendarlas, más allá de unas cuantas medidas de última hora que, como todo lo urgente, solo solucionan lo inmediato y acaban resultando chapuzas.

Por ejemplo, ahora nos estamos dando cuenta de que si no llueve no hay agua para la industria, la agricultura y la ganadería y, especialmente, de que no la hay para los grifos.


Los pacientes lectores de esta página ya conocen el poco aprecio que tengo por las fronteras, sean físicas o mentales, que los entendimientos más cerriles (que usualmente son los que mandan) acaban convirtiendo en trincheras. Consecuencia de ambas fronteras es la inexistencia de un plan que regule a nivel nacional todo lo relacionado con el agua. 

Un plan nacional/estatal que parta de la idea de que el agua es un bien muy escaso que no tiene dueño y puede aprovecharse infinitas veces.

No hay un plan porque cada pedacito de tierra y cada pedacito de ideología tienen el suyo, que es el mejor. Y con lo mejor no se juega. Y ante lo mejor, obviamente, no se cede. No se cede y así nos va, con tanto mejor esperando a ser puesto en práctica.

En fin, que cuando rodeo el monte San Antón, puedo ver el mar a lo lejos, hacia el sur. El mar no me abandonará mientras camino por la falda del monte, de la entrada este a la entrada oeste del parque forestal, por la senda que seguramente tiene las mejores vistas de la ciudad.

En la senda me paro varias veces y observo, extasiado, lo que se ve abajo, como debían observar los dioses a los humanos desde el monte Olimpo.

Por aquí hay más gente. Excursionistas, o incluso familias con niños, porque a este lugar se llega fácilmente desde los puntos más altos del barrio de Los Pinares de San Antón. Este barrio, por cierto, tiene algunas de las casas más lujosas de Málaga, todas con piscina, vistas al mar y mucha vegetación. Pero tiene la desventaja de lo empinado de sus calles y lo mal conectado que está a pie y en bus con los centros neurálgicos de la ciudad. Aquí hay que coger el coche para todo y quien, como yo, se aventure por sus calles de vez en cuando, debe caminar a veces por mitad de la calzada, porque las aceras son muy estrechas y están ocupadas por árboles y farolas.


Hace algunos meses, un taxista me dijo que hay gente mayor de Los Pinares de San Antón que está comprando pisos en Echevarría, una barriada de El Palo que linda con el arroyo Jaboneros, está muy cerca de la playa y cuenta con una extraordinaria oferta comercial y de restauración.  

A mí, que voy camino de ser una persona mayor, me gusta mucho ese barrio, que me parece tranquilo y cosmopolita a la vez. Por él camino al final de mi ruta, junto al aparcamiento subterráneo que han construido bajo las pistas deportivas del colegio Valle-Inclán, sobre las que ahora se está levantando una cubierta que pronto será aprovechada por la comunidad educativa y por todo el distrito Este.

De ahí a la pasarela peatonal desde la que salí solo hay unos pasos, que recorro sin más demora, urgido por la llamada de la pinta de cerveza que me espera en algún chiringuito del paseo marítimo.

Para ver la ruta en Wikiloc, pincha sobre la imagen


viernes, 2 de febrero de 2024

Luis Lepe Crespo, un amigo

Luis Lepe Crespo ha muerto. En su funeral, su familia me ha dicho que Luis me quería, que me quería mucho. Me lo han dicho agradecidos. Como si el cariño que él me daba le hubiera hecho bien a él y yo hubiera hecho algo para merecerlo. 

Conocía a Luis desde siempre y conocía su obra, de modo que podría hablar extensamente de ambos. Pero ahora no sé cómo hacerlo. Ahora solo me sale hablar de mí. 

De mí, porque Luis se ha muerto y con él se va alguien que me quería. Porque él se ha muerto y yo me quedo aquí, más solo, huérfano de su cariño.



sábado, 13 de enero de 2024

Al embalse de Sierra Boyera


Es un día festivo de principios de enero de 2024.

Ahora no sé cuántos meses llevamos sin que el agua de los grifos sea potable, pero muchos en cualquier caso, por lo que los vecinos de Los Pedroches y del Guadiato, en el norte de Córdoba, tenemos que proveernos de agua para beber y cocinar a través de los camiones cisterna que las autoridades competentes en la materia han puesto a nuestra disposición.

Para alguien de fuera, que no haya seguido el proceso que nos ha llevado hasta aquí, no es fácil de entender la situación o, al menos, no son fáciles de entender las causas. Porque es cierto que hay una sequía extrema, pero no lo es menos que hay pantanos con agua en la zona y que lo que ha pasado no ha pillado por sorpresa a nadie.

El caso es que hoy, cuando tenía que buscar un lugar por el que caminar, me he acordado del embalse de Sierra Boyera, que era el que nos abastecía antes de agua y ahora está prácticamente seco, y allí me he dirigido bastante bien abrigado, porque los partes meteorológicos daban frío para todo el día.

La presa de Sierra Boyera está muy próxima a Belmez y el embalse que forma con las aguas del río Guadiato discurre en paralelo a la carretera que une ese pueblo con el de Peñarroya-Pueblonuevo, hasta cuyo extremo más lejano se acerca cuando las lluvias han sido generosas. Para ir a Belmez desde Pozoblanco, lo más cómodo es tomar la carretera que aquí llamamos de Peñarroya y desviarse en el cruce del Cuartanero hacia Belmez. Desde ahí, la carretera tiene algunas curvas, pero posee un firme aceptable y el paisaje es muy hermoso, especialmente a partir de la antigua estación de Cámaras Altas, que ha sido noticia recientemente porque se ha inaugurado un tramo de la vía verde que la une con Villanueva del Duque.

Hasta Cámaras Altas, o incluso hasta más lejos, la mañana ha sido esplendorosa, pero luego me he encontrado con una niebla cerradísima que se ha mantenido hasta bien avanzado el día, de modo que con niebla he andado por las desiertas calles de Belmez y con niebla he tomado la vía pecuaria Vereda de Córdoba, que me ha llevado, con el ferrocarril a un lado y el río Guadiato a otro, hasta la derruida estación de Cabeza de Vaca.

Que el río es por ahí bastante ancho lo he visto desde el camino, pero no he descubierto que estuviera corriendo un poco sino hasta un puentecillo (más bien vado) que cruza el cauce frente al camino que conduce a la cueva Fosforita, cuyo acceso está prohibido. Si el río no solo son grandes charcas, sino que corre –me digo–, debe ser por alguna razón ecológica o porque es necesario llevar aguas al pantano que hay más abajo, el de Puente Nuevo, porque la presa de Sierra Boyera queda un poco más arriba y no las ha retenido.


El asunto añade más barullo a los embarullados pensamientos que llevo mientras camino. Para intentar desenredar la madeja, me pongo en el lugar de un lugareño que intentara explicarle a un extraño lo que está pasando y, sin dejar de andar, me digo:

A ver, en el principio de todo, allá por los años 90 del pasado siglo, hubo una sequía muy grande, que obligó a limitar el suministro domiciliario de agua a unas cuantas horas. El agua se trajo entonces desde el embalse de Puente Nuevo (más grande), con unas obras de emergencia, y nuestros gobernantes, con buen criterio, resolvieron: «Esto no volverá a pasar. Construiremos otra presa en La Colada para embalsar aguas del río Guadamatilla, con lo que tendremos asegurado el suministro por mucho que duren las sequías». Así que se libró el dinero, se licitaron las obras y se construyó la presa de La Colada, y, como volvió a llover, se llenó de agua el embalse.

Pero eso, que volvió a llover y, como volvió a llover, también se llenó el embalse de Sierra Boyera, y entonces ya no hubo tanta necesidad de solucionar las sequías futuras. De hecho, se dejaron perder las instalaciones que había traído el agua desde Puente Nuevo y nunca llegaron a concluirse las instalaciones necesarias para distribuir el agua desde La Colada. Así que había tres pantanos en la zona, tres, pero solo uno estaba operativo para abastecer a la población, el de Sierra Boyera, el más pequeño y el que causalmente se había secado.

Pero he aquí que volvió el cielo a no mandar agua. Y entonces todo el mundo se puso nervioso. No al principio, ni al medio, sino al final, cuando se vio clarito que ni lloviendo se arreglaba inmediatamente el problema. Así que otra vez hubo que adoptar decisiones de emergencia, es decir, a la carrera, y ya se sabe que cuando se hacen las cosas sin pensárselas mucho puede ocurrir aquello en lo que no habías pensado, que fue precisamente lo que ocurrió.

Ocurrió que se fue a por agua a La Colada como si contuviera un agua cualquiera cuando no era así, de manera que los sistemas de depuración de que se disponía no eran suficiente para potabilizarla. Y ya no había tiempo de solucionar el problema.

Entonces fue cuando llegaron las culpas del otro. Del otro. Del otro.

Los seres humanos somos así, de colgarnos medallas por los méritos propios y ajenos y culpar al otro de nuestros errores. Pero en España eso es más fácil, mucho más, porque va con nuestro carácter y porque hay muchos organismos con competencias en una misma materia. Para el caso del agua, hay cuatro, a saber: (1) el Estado (a través de las confederaciones hidrográficas. En este caso, dos confederaciones, la del Guadiana, para la presa de La Colada, y la del Guadalquivir, para las presas de Sierra Boyera y Puente Nuevo); (2) la Junta de Andalucía (sobre las infraestructuras de abastecimiento que ella misma haya declarado de interés autonómico); (3) la Diputación Provincial (que tiene una sociedad instrumental para la gestión del ciclo integral del agua, EMPROACSA) y (4) cada uno de los ayuntamientos de las dos comarcas afectadas, que si bien tienen la gestión cedida a la Diputación conservan la titularidad de los medios necesarios para la prestación del servicio y el deber moral de llevar agua de calidad a sus vecinos.



Y esos organismos (ese maremágnum de instituciones) están gobernados por partidos distintos, o, más bien, enfrentados. Es decir, que siempre es posible responsabilizar al otro partido de lo malo que está pasando. Y como a eso hay que añadir que la presa de La Colada se terminó en 2006 y por el gobierno de cada uno de los organismos citados han pasado distintos partidos, siempre es posible responsabilizar a otro partido de lo malo que ya ha pasado.

El caso es que echar las culpas al otro de lo malo de ahora o de lo malo que trae causa del pasado es sumamente fácil para los partidos políticos, que son los que realmente gobiernan. Y como les vale, porque la gente se cree mayoritariamente lo que les cuentan los líderes de los partidos más afines a su ideología, pues les echan las culpas al otro y ya está lo más importante arreglado.

Bueno, a ver, sigue sin arreglarse el problema del agua, que por supuesto todo el mundo quiere solucionar. Pero lo quiere solucionar después de sacudirse las culpas, después de responsabilizar al otro, con una unidad más de boquilla que real. No recuerdo que nadie haya culpado a los suyos, sin peros, ni creo que lo haya habido. Pero recuerdo reuniones de los dirigentes del PSOE, por su cuenta, y de los del PP, también por su cuenta. Todas con las fotos respectivas que sirvieran para documentar su interés, esto es, para que los spin doctors de turno pudieran hacer propaganda.

Ha habido reuniones conjuntas, de todos, muchas reuniones. Y ha habido declaraciones de unidad, muchas, pero quienes han asistido a ellas o las han firmado nunca se han sacudido el peso del partido al que pertenecen y eso, naturalmente, ha calado en la población, que si ya está dividida por la política general, se dividió también sobre este trascendental asunto.

Así que cuando se creó una plataforma ciudadana, algunos de cuyos líderes habían estado vinculados a movimientos de izquierdas, se pensó que la plataforma era de izquierdas. Se pensó directamente por la ciudadanía y, sobre todo, se pensó aleccionada por los partidos: unos porque quisieron hacer suyo el movimiento (como ha pasado con la patria o con el movimiento feminista, por ejemplo, que son de todos) y los otros porque dejaron que los primeros lo hicieran suyo (y aquí tengo que poner otra vez de ejemplo a la patria y al movimiento feminista).

La división se agravó cuando algunos metieron a los ganaderos en el problema y, consecuentemente, en la solución. Los ganaderos son uno de los motores económicos de Los Pedroches, especialmente los ganaderos intensivos, a los que se culpó de contaminar las aguas que ahora no se podían depurar. Nadie dijo que si contaminaban era porque se les estaba permitiendo por quien tenía competencias medioambientales (menos la Diputación, todas las demás instituciones las tienen), y era a quien se lo permitía y se lo había permitido a quien había que exigirle responsabilidad, igual que hay que exigirle responsabilidad al que, teniendo competencias en la materia, mira para otro lado cuando alguien parcela sin permiso un territorio o construye ilegalmente en el campo.



La plataforma ciudadana, con la mejor intención, quiso sumar a los alcaldes a las protestas, lo que yo creo que fue un error, porque los alcaldes quieren lo mejor para su pueblo, pero dentro de lo que diga su partido. Y a los partidos lo que de verdad les interesa es gobernar en todo, pero especialmente a lo grande, en lo grande, antes que en lo chico. Es decir, a los partidos les interesa el relato que nos convierte a todos en seguidores fieles de sus consignas. En seguidores fieles y ciegos.

Así que los alcaldes eran, en el fondo, parte de aquello contra lo que se protestaba. De esa manera se entiende que se sumaran a las protestas, sí, pero como a remolque, y ya se sabe que los remolques son una carga de la que hay que tirar, aunque no lleven nada encima.

Que la presentadora de la concentración última organizada por la plataforma diera las gracias a los alcaldes por lo que estaban haciendo es una muestra más de lo mal definidos que están los papeles de quien protesta (la sociedad) y aquellos contra quienes se protesta (los que tienen que tomar las decisiones, esto es, los representantes de la sociedad, alcaldes incluidos).

Las protestas han sido, en fin, escasas y poco nutridas, impropias de la gravedad del problema. De hecho, la única de verdadera relevancia ha sido la mencionada huelga de hambre, esto es, han tenido que ser cuatro personas y no la población la que se haya puesto en pie para demandar dinero. Porque, al final, todo se resume en eso, en quién pone el dinero.

El asunto da para un comentario más largo, pero no quiero aburrir al paciente lector de estas páginas y tiempo habrá para hablar de lo que aquí se toca medio de refilón. El caso es que, según parece, tendremos agua potable en los grifos pronto, más o menos un año después de que nos prohibieran beber la que nos llega. O no. Nunca se sabe, porque nuestros representantes –por increíble que parezca– siguen haciendo la guerra por facciones, dependiendo del partido al que pertenezcan.

En lo que afecta a este paseo, en conclusión, solo me queda decir que de las orillas del Guadiato me fui a la presa de Sierra Boyera, donde comprobé la poca agua que retiene, y que anduve pensativo y en soledad por la carretera que la corona, como el último ser vivo de un mundo desolado. Solo mucho después, cuando la mañana estaba a punto de dar paso a la tarde, se fue la niebla y pude ver a lo lejos la línea blanca y roja de las casas de Belmez, el gris pajizo del cerro que escolta al pueblo y, arriba del todo, la silueta recia e imponente del castillo recortada sobre el azul intenso del cielo.

Para conseguir la ruta en Wkiloc, pincha sobre la imagen