domingo, 12 de junio de 2022

Cuentos de Los Pedroches (3ª edición)

 

PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN

El libro que tienes entre tus manos, amable lector, fue editado por primera vez en 2001 por la fundación Ricardo Delgado Vizcaíno. Aquella edición se agotó pronto y, durante demasiados años, fue imposible conseguir un ejemplar nuevo. Mucho más tarde, en 2017, fue editado otra vez, entonces por 17pueblos, edición que también que se agotó. Así pues, la razón de la presente edición es posibilitar la adquisición indefinida de este libro para los amantes del papel, ya que era accesible casi desde primera hora para los lectores de libros electrónicos.

Entre las vicisitudes que el libro ha sufrido desde que vio la luz, dos merecen ser recordadas aquí: una, que algunos de los cuentos fueron adaptados para el teatro por el grupo Los Mejía y llevados por numerosos escenarios con gran éxito. Otra, que los cuentos originales fueron estudiados por varios científicos de los cuentos populares, quienes, como ya se advertía en el prólogo a la primera edición, llegaron a la conclusión de que no formaban parte de un legado exclusivo de Los Pedroches.

Si popular es lo que forma parte de la tradición oral, entonces los cuentos originales aquí recogidos lo son, pues quienes me los contaron los habían aprendido de viva de voz de personas mayores que ellos. Pero debo advertir de nuevo al lector que, no obstante, este libro se llama «Cuentos de Los Pedroches» y no «Cuentos populares de Los Pedroches» porque es, esencialmente, un obra de creación, dado que la parte fundamental del mismo son las narraciones que escribí yo con base en los cuentos originales.

Los textos que aparecen aquí son, con algunos matices, los de la segunda edición, que corrigió y pulió la primera. Siguen apareciendo los mismos personajes, todos ellos propios de una sociedad que trataba mal a los distintos y a los discapacitados y los hacía objeto de burlas y desahogo de complejos, felizmente desaparecida en ese aspecto.

Ya no hay cultura popular singularizada, ni en Los Pedroches ni casi en ningún sitio, pues la sociedad ha cambiado (a mejor en casi todo), se ha perdido la tradición oral y se asume como propia una cultura híbrida, hecha de un batiburrillo de elementos próximos en el tiempo que casi siempre vienen de fuera y dejan un poso efímero. Lo poco antiguo que existe está hinchado por las instituciones oficiales y resulta de todo punto afectado y engañoso. En ese contexto, todo lo que sea ahondar en lo más específico de las identidades locales es como hacer arqueología, pues ya ningún edificio tradicional se mantiene verdaderamente en pie.

Algunas de las ideas antes expresadas pueden parecer contradictorias, pero quien ha escrito estas páginas es de Los Pedroches y los ama, y, al tiempo que se alegra de los cambios a mejor de su sociedad, sufre al ver cómo la pompa y el esnobismo han convertido en artificial todo lo que antes surgía del pueblo de una forma natural.


Cuentos de Los Pedroches ha sido publicado en tapa dura. Puedes conseguirlo en Amazon pinchando sobre la imagen superior,  en 17pueblos o en varias librerías de Pozoblanco.

La portada es de francamentequerida.es.

ÍNDICE





viernes, 10 de junio de 2022

Los caminos de Adroches V: Conquista o La oveja negra de la familia

 

La ruta que propone Adroches para Conquista coincide en su tramo primero con la de la Dehesa de Quebradillas, que la Diputación Provincial de Córdoba ha incluido en su proyecto «Paisajes con Historia» y, después de lo visto hoy, no me resulta extraño que en Conquista se celebre cada año la Feria del Cordero. Y es que en el corto trayecto que dura la ruta he visto varios rebaños, unos a la izquierda, otros a la derecha y otros en medio del camino, que he debido atravesar conforme las ovejas y los corderos se iban abriendo, que era sin prisas, casi sin inmutarse, con esa indolencia que tanto me recuerda a la de algunas personas, a las que lo mismo da ocho que ochenta.

Hablo de las ovejas, y no de la multitud de conejos que salieron corriendo a mi paso, porque en casi todos los rebaños había varias ovejas negras. Y es en esto mismo, en esta elección mía, donde está el quid del asunto que traigo hoy: si hablo de la oveja negra es porque me llamó la atención, y si me llamó la atención es porque una oveja negra entre tantas ovejas blancas salta a la vista.

Y salta a la vista a pesar de que actúan como todas. Quiero decir que al dueño del rebaño no le resulta más dificultoso enseñarlas a mantenerse dentro del redil que a las demás, ni se recogen por la noche después, ni son menos cariñosas con sus hijos, ni son más ruidosas, desaseadas o quejicas que las demás. Son iguales que sus compañeras y, si acaso, más valiosas, pues su cuerpo produce hijos al mismo ritmo que las demás y su lana, que antes servía para el vestuario de los curas, es muy apreciada ahora por los más afamados diseñadores.

La oveja negra es diferente a la vista, solo eso. Es en lo diferente donde radica la esencia de mi juicio, eso es por lo que ha llamado mi atención, y si casi todas las ovejas fueran negras, me habrían llamado la atención las ovejas blancas.

La reflexión es obvia, pero no resulta tan obvia su aplicación. La oveja negra de cualquier familia, esa que tan mal toleran el resto, probablemente sea como cualquier otro miembro de la misma, probablemente no sea ni mejor ni peor que los demás y soporte con éxito cualquier comparación con el más virtuoso de sus miembros. Probablemente lo único que tenga de «malo» es que es distinta, que esté fuera de esas normas que nos hemos dado para responder sin juicio a los estímulos exteriores y que se llaman prejuicios.

El negro me salta a la vista. Veo lo distinto y prejuzgo, es decir, juzgo mal. Luego –tal vez sí o tal vez no–, juzgo a lo distinto con los mismos criterios que a lo demás. Luego. Mientras tanto, yo, que me creo dentro de las normas, enjuicio con presunción y me considero mejor.

Me considero mejor solo porque soy igual que la mayoría o, como define la RAE a la persona borrego, porque «me someto gregaria o dócilmente a una voluntad ajena».

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domingo, 5 de junio de 2022

Los caminos de Adroches IV: Cardeña o La leña del árbol caído

 

Venta el Charco, Azuel y Cardeña son los tres núcleos urbanos del municipio de Cardeña, ubicado en el extremo oriental de Los Pedroches, que es, con mucho, el más lluvioso de la comarca, especialmente el entorno de Venta el Charco, lo que hace que se encuentre en él una vegetación especialmente demandante de agua, como el roble melojo.

El camino que ha propuesto Adroches para el término municipal de Cardeña no permite ver roble melojo, pues sale de las proximidades de Cardeña y busca la carretera que une Conquista con Azuel yendo primero hacia el oeste y, luego, hacia el norte, pero sí disfrutar de una dehesa de encinas jóvenes y quejigos perfectamente conservada. Por aquí, las encinas no tienen muchos años, a pesar de lo cual ya se ven algunas en el suelo, no sé a causa de qué circunstancias de la vida.

A no tardar mucho, el propietario de esas encinas caídas buscará su aprovechamiento y las hará leña. Es la primera y más importante ley de la Naturaleza: nada se tira, todo sirve para la supervivencia. Así, las hojas caídas de los árboles se descompondrán y enriquecerán el suelo, los animales carroñeros se alimentarán de los cadáveres y las bacterias de lo poco que los carroñeros dejen.

Es un principio de economía circular que en la naturaleza se ceba con el débil: los depredadores acaban con los que tienen más a mano (con los pequeños, con los viejos, con los tullidos, con los recién nacidos…) y no pueden con los más ágiles o lo más fuertes. La naturaleza persigue su beneficio sin tener en cuenta a sus individuos, es cruel y despiadada, pero necesaria, pues tanto derecho tiene a vivir la hierba como la gacela que se la come, la gacela como la leona que la caza y la devora en familia.


Los seres humanos hemos enmendado a la naturaleza de muchas formas para hacer la vida más vivible, menos cruel, para convertirla en eso que, tal vez pecando un poco de inmodestia, hemos llamado más «humana». Hicimos las leyes, por ejemplo, que hasta en el más grosero e injusto de los casos protegen al débil, pues eliminan la Ley de la Selva que impera en la naturaleza y solo protege a los fuertes. Creamos instituciones que gobiernan buena parte de nuestros intereses, como la comunidad de vecinos, el ayuntamiento y el Estado. Y hemos ido inculcando en la sociedad unas normas de comportamiento que nos eran del todo ajenas no hace tanto tiempo: hay que proteger a los más vulnerables, hay que defender la libertad sexual, hay que ir contra el racismo, hay que ser respetar todas las confesiones religiosas...

Hacer leña del árbol caído es una obligación natural que, puesta en el ámbito de la sociedad humana, tiene mucho de inhumano. Los árboles son grandes, se ven desde lejos y pueden ser una referencia en el paisaje, dan frutos y sombra. Un árbol es admirable de muchas formas, y cuanto más alto y más fuerte es, más dependencia y más admiración provoca, y también más envidia, que es una condición que crece escondida en los corazones ruines y explota cuando el envidiado se confía o ya no puede defenderse.

Tal vez los que más se arrimaron al buen árbol para proveerse de buena sombra sean los primeros que hagan leña de él cuando se encuentre desvalido. Bajo la humanidad de la civilización, sigue latiendo una selva en la que se encuentran cómodos los carroñeros, casi siempre disfrazados con abrazos y sonrisas.

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lunes, 30 de mayo de 2022

Los caminos de Adroches III: Belalcázar o Una estupidez medioambiental

 

               Es primera hora de la mañana y ya hace calor cuando salgo de Belalcázar para cubrir la ruta que Adroches propone para ese término municipal. La luz, excesiva, se come los colores como hace en las fotografías, de modo que me tengo que poner unas gafas oscuras para disfrutar el paisaje con todos sus matices, que son muchos e intensos, como corresponde al tiempo en que estamos, la primavera. En algún punto, me vuelvo y veo la parte más alta de la torre del homenaje del castillo de los Sotomayor y Zúñiga sobresaliendo sobre un campo de cereal, como si emergiera del mar.

               Como si emergiera del mar, pienso. Creo que ya he escrito algo parecido en alguna parte. A estas alturas de la afición por escribir que tengo, uno ya no sabe si es original o se repite, ni dónde escribió esto o lo otro, como no sabe si lo que escribe se quedará en mero soliloquio o tendrá alguien que lo lea.

               Me disperso, tengo muchas aficiones y tendencia a divagar. Procuro ejercerlas todas a la vez de una forma ordenada y clara (ando, observo y pienso mientras ando y escribo sobre lo que observo y pienso), pero me falta tiempo y, además, cada día me da más pereza dar explicaciones sobre lo que pienso, o, por decirlo de otra forma, cada día escribo más para un único lector, que soy yo mismo. Cada día me abro más hacia dentro y menos hacia fuera, en fin.

               Es primavera y me acuerdo de aquellas primeras redacciones sobre la primera a que nos obligaban en la escuela. «La primavera es muy bonita». «En la primavera hay muchas flores». «He ido al campo esta primavera», escribíamos, con ese estilo simple que ahora nos parecería cursi o, como mucho, naíf. Unir en un mismo recuerdo la primavera y la infancia me provoca algo de nostalgia, solo algo, que yo nunca asocio a lo que perdí, sino al tiempo que desperdicié.

            El tiempo desperdiciado también me hace pensar. Mi tiempo desperdiciado y el tiempo desperdiciado del mundo: el que los hombres dedicamos en el presente a lograr una hipotética felicidad en el futuro, o a acumular lo que nunca gastaremos, o a convencernos unos a otros, incluso a la fuerza, de cosas que no tienen explicación, o a buscar argumentos para justificar nuestros errores, los mismos que jamás justificaríamos en los otros.

               Es una idea cursi, del tipo redacción infantil de primavera, pero, mientras paseo, pienso en una gran estupidez medioambiental, el ecosistema en el que nos desarrollamos como personas, en el que nacemos, crecemos y morimos, o en lo arraigada que está la estupidez en la naturaleza humana.

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domingo, 29 de mayo de 2022

El afán por sobrevivir

Cuando Nadal iba perdiendo en el último abierto de Australia, le dije a Carmen que iba a dejar de verlo. «¿No conoces a Nadal? –me dijo– Acabará ganando». Le hice caso, lo vi y disfruté de su juego y su victoria. Nadal es un competidor nato, que une al afán por ganar la humildad del que sabe lo azaroso de su situación y la aceptación de la derrota. 

Porque la competición es eso: unas voluntades encontradas que tratan de llegar al máximo de su potencia en una contienda definitiva, tras las que sola una será la ganadora. En la Naturaleza todo es competición: en muchas especies, los machos luchan denodadamente por las hembras; en otras, la lucha es por el territorio y lo que el territorio da; y en todas, es una pelea sin cuartel por la propia vida y la supervivencia. Se ha dicho que el deporte de competición es una alegoría de la guerra, en la que dos equipos, como dos ejércitos, se enfrentan entre sí para dirimir un litigio, y que de ahí viene la capacidad de seducción que tiene en los seres humanos, tan obsesionados desde siempre con el conflicto entre lo propio y lo ajeno, pero yo creo que es algo más, y que el deporte es una alegoría de la vida, en la que suelen ganar los que más se preparan, los que más aguantan, los que más arriesgan, los que más capacidad de sufrimiento tienen, aunque sean los más débiles o, aparentemente, aunque no lo merezcan. 

El Real Madrid ganó anoche su 14ª Copa de Europa. Reconozco que soy del Madrid y que para mí fue algo especial, como lo fue para millones de madridistas. Pero antes de escribir esta pequeña entrada he leído varios periódicos deportivos internacionales y todos destacan el camino seguido hasta el momento de levantar el trofeo. Este año ha sido especial, no le cabe la menor duda a nadie: los adversarios han sido más poderosos que nunca y han jugado mejor, de manera que el Real Madrid ha estado al mismo borde de la muerte en numerosas ocasiones, pero este es un juego en el que influye la suerte y, sobre todo, el afán por sobrevivir, el mismo que la Naturaleza imprime a sus seres para progresar ella misma.

martes, 24 de mayo de 2022

Los caminos de Adroches II: Añora o El precio de la comodidad

 

Cuando hubo que repartir el término común de las Siete Villas de Los Pedroches, Villanueva de Córdoba, Pozoblanco, Añora y Alcaracejos se quedaron con las del sur, que llegaban más lejos, por lo que ahora sus términos se extienden de norte a sur, sobrepasando las montañas y ocupando las cuencas del Cuzca y el Guadalbarbo. Buena parte de ese territorio correspondía a la dehesa de la Concordia, sobre la que se produjo un peculiar reparto en los siglos XVIII y XIX, por el que se concedió lo que era propiedad comunal a las personas que descuajaron los terrenos, los roturaron y los plantaron, que por la Ley de Roturaciones Arbitrarias de 1869 pudieron registrarlas definitivamente. Así que aquellas gentes, nuestros antepasados, trabajaron de sol a sol transformando el monte en plantaciones de olivos para un futuro que era de sus hijos y de sus nietos más que de ellos mismos.

Mientras ando por el camino que Adroches propone para Añora, vienen corriendo hacia mí las ovejas de un pequeño rebaño, que balan desesperadas, seguramente con hambre de bastantes horas, creyendo que yo puedo proveerlas de alimento. Hubo una época en la que los antepasados de estos animales vivían en libertad, salvajes, y eran capaces de defenderse de sus enemigos y alimentarse por sí mismos. Ahora, en cambio, se sienten seguros al amparo de la cerca de alambre que me separa de ellos, resguardados por un perro y gestionados por un amo que les trae agua y comida, corran o no corran los arroyos y haya o no haya hierba en el campo.



Si pudieran pensar, esos animales que me miran expectantes tal vez creyeran que han hecho un buen negocio: ahora no tenemos miedo, porque el hombre acabó con el lobo, porque tenemos perro y porque hay malla con púas que nos separa del camino, y ahora no nos falta la comida y el agua, porque tenemos dueño. No saben que todo bienestar tiene un precio. Ignoran que ahora están más seguros, pero son menos libres y más débiles. Ignoran que la comodidad del hoy encubre un futuro de matadero para sus hijos.

Camino solo. Veo de cerca las jaras, que están florecidas, y a lo lejos, las sierras llenas de esos olivos que plantaron los abuelos de mis abuelos, y el pensamiento se me va a unas cosas y a otras, como si fuera independiente de mí. A veces, se me ocurren asociaciones como estas: la epopeya de nuestros antepasados, no muy distinta de la que se dio en el Oeste Americano, y ese rebaño de ovejas que sale a mi paso, balando descompuestas para que le den a su hora su ración de comida, en el que se me figura ver a buena parte de la sociedad actual.

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Para saber más sobre la dehesa de la Concordia, pincha AQUÍ.


jueves, 19 de mayo de 2022

Los caminos de Adroches I: Alcaracejos o El recuerdo de las minas

 

De chico, solía ir con mi abuelo Juan y mi abuela Amparo al cortijo que llamábamos de la Mina, porque estaba a no más de cien metros de la mina el Rosalejo. Entre el cortijo y el pozo no había cerca ni más barrera visual que tres eucaliptos pequeños, bajo los cuales, sobre los costales de grano y al raso, dormían mis primos muchas noches de primeros del verano, no lejos de la era donde se habían trillado las mieses. La mina todavía estaba activa y, desde la puerta del cortijo, veíamos a los mineros entrar silenciosos en el pozo y salir de él regrenidos, cabizbajos y todavía más silenciosos.

Mi infancia está asociada a esos recuerdos: el perfil del castillete de la mina, el movimiento de los cables y las poleas que hacían subir y bajar la jaula, el rugido de los motores que se guarecían en la nave próxima, los vagoneros que empujaban inclinados la vagoneta desde la boca del pozo hasta el contenedor donde la volcaban con el mineral extraído, el lavadero de mineral que había no muy lejos con el montón de escorias que tenía al lado y el chorro enorme de agua que se extraía del pozo a todas horas, caía sobre una alberca y, en lo que creíamos un derroche incomprensible (además, había secado el pozo de mi familia), se iba por un canal hacia la nada del sudeste bordeando un bosquecillo de eucaliptos, como un hilo de oro camino de la basura. Y mi infancia está a asociada a las gentes que trabajaban en esos lugares y en la finca próxima, donde residían los propietarios cuando se dignaban disfrutar de sus tierras.

La mina el Rosalejo estaba cerca de Alcaracejos y a Alcaracejos iban y venían a diario los trabajadores de la mima, como los miembros de mi familia cuando necesitaban algo.


Precisamente, para el camino de Alcaracejos ha propuesto Adroches un paisaje de arqueología minera, aunque la ruta se limite a bordear la mina de los Almadenes por el oeste, cuando ha cogido el camino de la Natera, y lo minero del paisaje se limite a un par de construcciones y a dos o tres hectáreas cubiertas por escorias pizarrosas.

El camino es un paseo corto y llano en el que lo esencial de su paisaje es la vegetación mediterránea y la cuerda de montañas romas que cierra Los Pedroches por el sur.

Mientras camino, pienso en lo pobre del terreno de eso que por aquí llamamos serrezuela y en lo sacrificado que ha sido siempre sacarle provecho, hago fotos a las flores de la jaras y a los insectos que las sobrevuelan y me preguntó en qué lugar exacto se encontraría el tesorillos de los Almadenes, compuesto por piezas ibéricas, que ahora está en el museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba, sobre cuya procedencia territorial (hoy término de Alcaracejos) ha habido alguna disputa que a mí me parece pueril, que si de Pozoblanco, que si de Alcaracejos, que si de Añora, como si las gentes prerromanas que lo crearon hubieran sido de un pueblo o de otro.

Camino solo y nadie ve mi sonrisa cuando me acuerdo de aquellos mensajes institucionales que asociaban personalidades históricas a Andalucía, seguramente para crearnos más identidad nacional (para hacernos más aldeanos, en fin). «Séneca, andaluz, como tú», decía uno de ellos, como si Séneca, que era romano, hubiera tenido conciencia de lo que era Andalucía.



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