lunes, 22 de junio de 2015

Añora

                Hace mucho tiempo, cuando éramos jóvenes, no hubo canastas de baloncesto en Pozoblanco durante bastantes meses y los pocos aficionados que había en el pueblo nos íbamos a jugar a Añora, a la pista que había junto a la ermita de la Virgen de la Peña, cerca de donde años antes habíamos jugado al fútbol tras desplazarnos en bicicleta y cerca de donde hoy se puede admirar la línea más larga de fachadas de tiras. Los noriegos siempre nos acogían bien. Los noriegos tenían fama de sencillos y nobles y respondían con realidades a esa aureola que se decía de ellos.

Añora no tiene grandes casas ni las ha tenido nunca, pero ha sabido conservar su casco urbano y es ahora un pueblo hermoso. No ha tenido grandes casas porque no ha habido en el pueblo vecinos muy ricos, y tal vez por eso los jóvenes noriegos eran en mis años de estudiante gente sacrificada y estudiosa. Alguien me dijo hace unos años que ese carácter había cambiado, y que los muchachos de ahora ya no tenían la misma proyección que los de antes, que convirtieron a su pueblo en el de más universitarios y más altura intelectual de la zona. No lo sé. Supongo que el nivel estaba muy alto, y supongo que los jóvenes han perdido buena parte de la capacidad de sacrificio de sus padres y ahora son como todos, ni más más ni más menos.

Entre Añora y Pozoblanco hay varios caminos posibles, casi todos feos, porque los ruedos de los pueblos están deforestados y los de Pozoblanco y Añora se superponen, de manera que entre una localidad y otra no hay más arboleda que algunos chaparros de repoblación cerca de La Losilla, en el camino de Dos Torres a La Jara. Y si cabe, son más feos ahora, que las vaquerías se han extendido, y en esta época del año, pues el verano las hace más visibles y más pestilentes.


                A pesar de que no es un paseo bonito, siempre me ha gustado ir andando a Añora, y siempre he llegado a ese pueblo con la sensación de que no entraba en un lugar extraño al mío. Eso pasa con la gente que quieres y que te quiere, y solo con esa. Está claro que yo por los noriegos siento algo especial, y noto que ellos lo sienten por mí, aunque la mayoría no me conocen y ni siquiera saben que existo, tal vez porque lo sienten por todo el mundo, tal vez porque siguen respondiendo con realidades a esa aureola que aún conservan de ser nobles y sencillos.

Entrada a Añora por el Norte, desde el cerro de los Chinatos, el 14 de junio pasado

miércoles, 17 de junio de 2015

El desengaño/el consuelo

            A la vista de lo que ha pasando con motivo de los pactos postelectorales celebrados aquí y allá y de lo decepcionado que he salido tras su celebración, iba a escribir que los seres humanos seguimos igual, no igual que la legislatura anterior, que también, sino igual que siempre, igual que hace cien, mil o dos mil años.


                Había pensado que las pasiones que nos mueven, como el poder, el amor, el sexo, el odio y la ambición, son ahora las mismas que las que movían a los antiguos griegos, pongo por caso, y es por eso por lo que las obras de los autores clásicos están siempre de moda.


                Había pensado más: había pensado que las pasiones que mueven a los seres humanos son las mismas que las que mueven a los otros seres, como a los animales, por pequeños y poco desarrollados que estén, y como los impulsos que mueven a las plantas. Había pensando, por ejemplo, que entre el afán de los perros por marcar el territorio con orines y el afán de los hombres por marcar las lindes de sus tierras había mucho en común. Que había mucho en común entre la avidez de los insectos por comerse unos a otros y la avidez de los hombres para acabar con el adversario político. Y que también lo había entre el afán de las flores por parecer hermosas y el afán de ostentación que tenemos nosotros por parecer más inteligentes o más guapos.


                Pero cuando estaba meditando sobre lo que iba a escribir, me he dado cuenta de que resultaría injusto comparar a las plantas y a los animales con las personas. No me entiendan mal, no quiero ser cínico, lo digo por las personas. Quiero decir que aunque para los animales y las plantas rige la misma Ley de la Selva que para los seres humanos, en las sociedades civilizadas los seres humanos hemos dotado de ciertas reglas a lucha por la supervivencia o la hemos convertido en simbólica, de manera que el desenlace es casi siempre incruento.


                Pienso en que las guerras tribales, emparentadas con la lucha animal, han sido sustituidas por partidos de fútbol, en que el desahogo viene ahora quemando banderas o pitando himnos en lugar de cortando cabezas y en que las puñaladas por las espalda suelen realizarse en sentido metafórico. Dicho de otra forma, siempre es mejor ser insultado que ser asesinado.

O para cerrar el asunto: siempre es mejor ser engañado por un político en la democracia que no ser engañado por un tirano


* Hice las fotos el pasado 7 de junio en el camino que va de Los Pedroches a Adamuz.

sábado, 13 de junio de 2015

La maleta*

              Hace algunos años, con ocasión de un viaje que hicimos por los Pirineos,  acompañamos a mi padre a ver el lugar conocido como Mascarell, cerca de La Pobla de Segur, donde cumplió parte de su servicio militar. Habían pasado cincuenta años y, para entonces, de las construcciones e instalaciones del campamento situado en las faldas de la sierra apenas quedaban unos pocos barracones que vimos desde lejos y entre los pinos, por lo que debimos echar mano de la imaginación para entender con él las anécdotas que nos contaba emocionado, cuyo decorado se había transformado radicalmente.

            Ahora, el azar me ha llevado a descubrir la maleta que mi padre se llevó al servicio militar. Es de madera y vacía pesa un montón de kilos. Me dice que llevó en ella una lata de aceite, chorizos, morcillas y otros productos del estilo, y que pesaba tanto que estuvo a punto de abandonar parte de su contenido en el trayecto que lo llevó de la estación del ferrocarril de Lérida al cuartel de esa ciudad, donde estuvo los primeros días de su mili, de lo que lo disuadieron algunos compañeros de Pozoblanco que, alarmados, se aprestaron enseguida a ayudarlo, y que luego dieron pronto y total provecho de lo que guardaba.

              Al ver la maleta y al oír a mi padre, me he parado a pensar en el buen uso que se le daba a la escasez de entonces y en lo mal que gestionamos la abundancia de hoy, especialmente la abundancia de los servicios que proporcionan las instituciones públicas. Muy poca gente repara, por ejemplo, en el beneficio enorme que supone tener gratis la sanidad universal, en lo que le cuesta a la sociedad mantenerla y en lo diversa y buena que es. Ocurre más bien al contrario. No parece sino que la Administración Sanitaria, cuya obligación no puede ir más allá de atendernos, tuviera la obligación de curarnos de todo y casi en el acto (como si fuera Dios), y nos enfadamos si los empleados públicos de la sanidad nos reciben con unos cuantos minutos de retraso o no nos quitan los dolores, por extenuados que estén nuestros huesos.

            Tampoco nos paramos a pensar en el beneficio gigantesco que supone contar con una educación gratuita hasta la universidad y bastante barata (o subvencionada con becas) a partir de entonces. No se paran a pensar en ella, especialmente, algunos de los jóvenes destinatarios de esa educación, que desaprovechan los recursos que con tanto sacrificio social se les ofrecen, con lo que tiran por la borda el mejor medio de que dispone el individuo para sus sustento vital y su desarrollo personal.


            Que nuestros mayores tengan pensiones, el milagro de que el agua potable caiga por el grifo sin agotarse, que haya bibliotecas y teatros públicos, y piscinas, y polideportivos, y conservatorios de música, que a todos los pueblos se pueda ir por carreteras asfaltadas y hasta que la entrada de las casetas de feria sea libre son ventajas iguales para todos los individuos que nos parecían imposibles solo hace unos cuantos años. Y a pesar de ello, no las valoramos lo suficiente, como si hubieran caído del cielo y fueran a estar ahí para siempre, cuando la realidad es que se pagan con nuestro dinero y que lo mismo que han llegado se pueden ir.

Es cierto que quienes nos gobiernan tienden a ofrecernos mucho y a exigirnos poco (especialmente cuando hay unas elecciones de por medio), como lo demuestra la diferente extensión entre los derechos y las obligaciones de los usuarios que aparecen en los carteles de los consultorios médicos, y es cierto que con ello hacen una pedagogía nefasta, pero no lo es menos que de nosotros depende en última instancia el ser conscientes de los recursos públicos que tenemos y de su coste. Conviene que lo recordemos para que sepamos valorarlos en lo que valen, los aprovechemos y no abusemos de ellos. 

* Publicado en el semanario La Comarca

domingo, 7 de junio de 2015

Las formas*

              Siempre me ha llamado la atención que los políticos se peleen en las sesiones de los plenos y luego se vayan juntos a tomar cervezas. ¿Por qué no lo hacen al revés? ¿Por qué no se pelean en privado y demuestran camaradería cuando están representándonos? La pregunta viene muy a pelo ahora, que se van a constituir las nuevas corporaciones y muchos de los que ocuparán el cargo de concejal son nuevos y aún no han adquirido las costumbres instauradas por sus antecesores. Si tienen tantas ganas de cambiar las cosas a mejor, un buen cambio a mejor sería el de expresarse con respeto y educación cuando están actuando en nuestro nombre.

            Yo es lo menos que espero de cualquier otro que actúe en mi nombre en cualquier otro sitio. Le pido que defienda mis derechos, pero que lo haga de forma cortés, sin ironías y sin trasladar mis razones con gracias y ocurrencias. Y le pido que lo haga escuchando, abierto a las propuestas del otro y sin cerrarse en banda, porque tal vez de esa forma oiga una buena oferta. Lo último que esperaría de alguien que me representa es que montara un espectáculo con mi nombre en su boca. De hecho, me abochornaría. Y es seguro que esa sería la última vez que me representara.

            Y como no lo espero de quien me representa como individuo, tampoco lo espero de quien me representa como ciudadano. Cuando alguien habla en nombre del pueblo, habla en mi nombre. Y no quiero que hable en mi nombre intentando denostar a otro que es lo mismo que él con gracias y ocurrencias. Máxime, cuando ese otro también me representa. Porque a mí, como a cualquier ciudadano, me representan todos, lo mismo los del PP que los del PSOE o los de cualquier otro grupo, aunque haya votado a unos de ellos y no a otros o aunque no haya ido a votar.


            Cuando uno está metido en un mundo en el que el mal de unos es el bien de otros, cuando se explica por los argumentarios que recibe desde Sevilla o desde Madrid para responder con coherencia grupal a lo que se le pregunta, cuando se siente igual a otras personas con las que forma un equipo y se siente distinto de los demás, es fácil que acabe llamando “los nuestros” a los que nos votan y “los otros” a todos los demás, y acabe olvidando que representa al pueblo, a todo el pueblo, aunque deba llevar a la institución en la que actúa las ideas por las que una determinada parte del pueblo lo eligió. Y cuando eso ocurre, es fácil que uno acabe creyéndose en posesión de la verdad. Y ya se sabe que los que se creen en posesión de la verdad son muy dados a predicar, poco dados a dar argumentos y muchos menos a escuchar a los demás.

            En todos los ámbitos de la vida es fácil que los debates se acaben yéndose de las manos de sus protagonistas y que lo que debería ser enriquecimiento mutuo acabe en mutua aniquilación. Los medios de comunicación de masas han hecho que en las instituciones públicas se hable más de vencer en los debates que de convencer en los debates, que al ser públicos se han convertido en un espectáculo competitivo, en el que sus protagonistas intentan vencer aplicando métodos propios de la contienda, a los que no son ajenos el escarnio, el deprecio y las marrullerías.

            Yo siento que los que nos representan nos están engañando cuando dedican el tiempo que tienen para solucionar nuestros problemas a intentar quedarse por encima de otro. Si además lo hacen perdiendo las buenas formas, lo que ya siento es vergüenza ajena.


* Publicado en el semanario La Comarca

jueves, 4 de junio de 2015

Los puentes

                El mundo no se divide entre hombres y mujeres, entre blancos y negros, entre creyentes e impíos, entre nosotros y todos los demás. El mundo es complejo y sus límites son solo aparentes. Entre unos seres y otros hay mucho más en común de lo que nos pensamos, por ajenos que nos parezcan sus valores y extraños a nosotros que sintamos sus opiniones. Sufre la madre de la víctima y sufre la madre honrada del asesino. Aunque tal vez sea de distinto color y forma, todos los seres humanos formamos un tejido único. 

                Hay quienes ven que el mundo es diverso y se dedican a tender puentes entre unos seres y otros. Son aquellos que piensan en la razón del enemigo, que sienten el frío del que está en las trincheras del otro lado y que tienen más dudas que certezas. Hay quienes puestos en un lugar determinado generan armonía y bienestar, porque ceden cuando hay que ceder y cuando se muestran firmes lo hacen con una sonrisa.


                Hay quienes creen que el mundo es uniforme y lo tratan con la astucia de los tercos. Son los que creen que las cosas deberían ser como a ellos les parece, los que no le tienden puentes ni al enemigo que huye, los que insultan al adversario y solo tienen certezas. Hay quienes puestos en un lugar determinado generan conflictos y malestar, porque no ceden más que guiados por el interés.


                El castellano es rico en matices y distingue con claridad entre los que son sencillos y los que, a fuerza de retorcidos, son simples.


* Puente Romano sobre el Guadalquivir, en Córdoba, al atardecer del pasado 1 de junio.

lunes, 1 de junio de 2015

Sobre La civilización del espectáculo

                Cuando uno confronta lo que piensa con lo que lee (en este caso el libro La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa) tiene pensamientos como estos, que ha publicado la revista Sitiocero. Por cierto, en el artículo hay un enlace con Youtube en el que puede oírse la canción Tunnel of Lovede Dire Straits. No dejéis de escucharla, especialmente el último tramo. 


Para ver el artículo, pincha sobre la imagen

sábado, 30 de mayo de 2015

El sentido común*

             Basta con echarle un vistazo a los programas electorales de las distintas formaciones políticas que han participado en las pasadas elecciones locales en Pozoblanco para darse cuenta de que todos ellos tienen muchas propuestas en común. Si los tienen todos, también los tienen los programas de las tres fuerzas que aspiran a gobernar (PSOE, PP y Pe+). En consecuencia, no debería ser muy complicado que al menos dos de ellas se pusieran de acuerdo para sacar adelante un gobierno que contara con mayoría absoluta.

            La complicación para llegar al acuerdo, por tanto, no puede venir de los programas, sino de los sillones, es decir, de la cuota de poder que se repartan los grupos coaligados y de las retribuciones personales que acuerden para ellos mismos. Como el grupo político que da y quita es el Pe+, hacia él se dirigirán las ofertas de los otros dos, que serán de aspectos relacionados con lo que debe hacerse en el pueblo pero serán también de número de concejalías y de retribución de los concejales.

            Cuando alguien recibe varias ofertas por una cosa o por un servicio, tiende a subastar lo que quiere vender. El Pe+ recibirá al menos dos ofertas, y puede sentir la tentación de subastar su apoyo concediéndole más importancia a los sillones y a lo que suponen económicamente que al contenido de los programas. Como es mucho mejor estar un poco en el gobierno que todo el tiempo en la oposición, puede, incluso, que los partidos que buscan su apoyo prefieran perder dos años de alcaldía antes que perder los cuatro y le ofrezcan la alcaldía para media legislatura.

            La plataforma ciudadana Pe+ se ha presentado a las elecciones argumentando que hacía falta un cambio, y que ese cambio era fundamentalmente de sentido común y ético. Ahora puede probar lo que nos decía. Todos tendemos a justificar lo que no debemos hacer (a no pagar el IVA, por ejemplo) con mil y un argumentos, el principal de los cuales es “si lo hacen otros, porque no lo voy a hacer yo”. Todos esos argumentos sirven para justificarnos nosotros, pero no los ven los demás, salvo que les afecten a ellos. Si el grupo Pe+ nos prometía un cambio, no debería repetir los errores del pasado, no debería buscarse argumentos para hacer lo que no debe, porque los ciudadanos no lo íbamos a entender.

            Espero que ahora, que cuatro de sus componentes están en el Ayuntamiento, los dirigentes del Pe+ no se sientan tentados de aplicar el sentido común de los partidos tradicionales, que es un sentido común distinto del que ellos nos prometieron. 

          * Publicado en el semanario La Comarca