jueves, 6 de febrero de 2014

Junto al pantano de Puente Nuevo



               A un ciclista que vimos pie a tierra entre las vías le preguntamos si había una ruta alternativa a la del propio ferrocarril.

                – Nos os preocupéis –nos dijo–: por aquí pasa un tren cada mes, como mucho.

                Y cuando llegamos a un punto en que el camino se topa directamente con el agua, le preguntamos a alguien que andaba por allí cuál era la forma de superar aquella cola del pantano.

                – Por el viaducto –nos aseguró.


                Sólo por curiosidad, pues se nos estaba haciendo tarde, subimos el talud y vimos que el viaducto era apenas más ancho que las traviesas, por lo que por la ruta que nos estaba proponiendo aquel hombre o pasaba el tren o pasábamos nosotros, una alternativa que nos hizo sonreír, pues pocas cosas hay más estúpidas que morir arrollado por un tren que circula una vez cada mes.


                 Luego, en mi casa, he echado mano de lo que se dice por internet sobre el tren que abastece de carbón a la central térmica de Puente Nuevo y no he llegado a ninguna conclusión. En algunos sitios se dice que el ferrocarril sigue abastecimiento de carbón a la mencionada central y se usa para meter y sacar carros de combate de la base militar de Cerro Muriano, en otros que los trenes pasan muy de vez en cuando y nunca los fines de semana y en otros que ya no sirve para nada, pues la central se suministra de carbón con camiones. Tampoco he sacado en conclusión gran cosa sobre el origen del carbón que supuestamente pasa por el ferrocarril, aunque la idea que más ha cuajado en mi cabeza es la de que proviene de Puertollano a través de Almorchón.
                 Lo único seguro es que las vías no llegan más allá de la central, o al menos que no llegan los trenes, y que hace muchos años que el tramo de ferrocarril Córdoba-Almorchón más cercano a Córdoba fue desmantelado. Por allí, las vías se encuentran en perfecto estado. Cuando digo por allí quiero decir por la estación de Espiel, que es donde Rafael y yo hemos arrancado nuestro paseo. La estación, que está al final de la CO-150, es ahora un albergue al que el pasado domingo no se le veía mucho movimiento, ubicado al pie de la Sierra del Castillo, donde hay escuela de escalada, la única de la zona Norte de Córdoba, y no lejos de la ermita de la Virgen de la Estrella, patrona de la población.
                 De la estación sale un camino en dirección sureste que corre durante un buen trecho dejando a la derecha las vías y, más allá, la lámina de agua del pantano de Puente Nuevo, aunque luego el camino se pasa a la derecha de las vías y va otro trecho pegando a la orilla por un talud artificial, justo ante de que no quede más remedio que caminar por la cuneta que hay junta a las vías o incluso por ellas, como a la vuelta vimos que hacía una pareja de jóvenes enamorados, además del ciclista citado anteriormente. Durante todo ese tramo no hay oposición para la vista, que se explaya con la contemplación de los montes, de las pocas casas que salpican el paisaje, de los bosques de pinos y de su inquieto reflejo sobre las aguas.              


                Unos cuantos cientos de metros más adelante, la vía se separa de la orilla del pantano y es posible dejar el ferrocarril a la izquierda y caminar por un camino estrecho que hay abierto sobre el terreno. Luego, el camino vuelve a la izquierda del ferrocarril y gana empaque, al convertirse en una servidumbre de paso que llega desde la ermita de la Virgen de la Estrella para dar salida a varias fincas de olivos.
  Cuando esa servidumbre toma la desviación de la ermita, hay que volver a cruzar la vía y caminar durante aproximadamente un kilómetro por un sendero que se abre en el bosque de pinos, al final del cual se verá de nuevo el pantano en todo su esplendor, incluidas las lejanas chimeneas de la central de Puente Nuevo, que no afean el paisaje. Un poco más allá, deberemos torcer de nuevo a la izquierda, evitar las numerosas sendas que nos llevan hacia la orilla y ahí se quedan y caminar por alguno de los varios caminos que se abrirán ante nosotros o por el terraplén de la vía antigua (la que existía antes de la construcción de la presa), que resulta obligatorio para cruzar por dos pequeñas colas que forman otros tantos arroyos que son afluentes del Guadiato. 
                 Dos kilómetros más adelante, hay un viaducto enorme (el que se ve desde la carretera de Córdoba a Espiel) y enseguida otro que, como mencioné al principio, sólo se salvan por la vía nueva. Al pie del viaducto había un pescador que nos confesó haber atrapado allí mismo lucios grandes en otras ocasiones. Aquella, al parecer, el agua estaba muy fría y los peces no picaban. Nosotros lo vimos operar inútilmente con su caña mientras nos comíamos un trozo de morcilla, otro de queso y una mandarina. Luego, tomamos el camino de regreso. Aquel día anduvimos en total cerca de veinte kilómetros.   

domingo, 2 de febrero de 2014

Un ciudadano ejemplar



        Sólo he encontrado dos referencias a Juan Calero Merchán en los buscadores de internet, que fue presidente del Club Deportivo Pozoblanco y que fue Concejal por el Grupo Municipal del PSOE en el Ayuntamiento de Pozoblanco en la primera legislatura democrática, la que arrancó en 1979. No hay más, lo que para quienes lo conocimos personalmente viene una vez a demostrar que el bien pasa casi siempre inadvertido y  que lo ejemplar pertenece más a la esfera de lo privado que de lo público.



Juan Calero Merchán era miembro de una familia de Pozoblanco que tuvo once hijos, de los que nueve murieron muy pronto. Cuando estalló la Guerra Civil, Juan Calero estaba destinado en el Cuartel de la Montaña de Madrid, aunque la sublevación del general Fanjul le pilló realizando tareas fuera del acuartelamiento. Estuvo durante los tres años de guerra en el lado republicano, casi siempre en el frente, donde realizó labores sanitarias (llegó a ser teniente médico), por lo que los horrores de los que fue testigo dejaron en su ánimo una profunda huella.
Junto a la puerta del laboratorio del Ejercito, adscrito al Cuartel de la Montaña, donde hizo el servicio militar

 Volvió a su pueblo al terminar la contienda y a su antiguo empleo de auxiliar en una farmacia, que simultaneó hasta su jubilación con el ejercicio libre de la enfermería, el cual realizó de practicante. Aunque debía estar traumatizado por lo que vivió, no lo demostró nunca. Ejerció siempre de hombre optimista, ecuánime y conciliador. Se integró pronto en la vida de su pueblo y llevó su aliento a quienes visitaba por razón de su oficio, fueran quienes fueran, especialmente si eran de los más desfavorecidos. Y todo ello sin renunciar a las ideas que encarnó la República, que llevó a la práctica con la máxima coherencia, como lo demuestra el que, aunque pudo, no quiso ser empleado público para no tener que pedir el informe de buena conducta o adhesión al Movimiento Nacional. 
 
Cuando llegó la Democracia, se presentó como independiente en las listas del PSOE y obtuvo un acta de concejal. Pero su espíritu libre y moderado y su afán por el interés público antes que por ningún otro casaban mal con el voto obligado y el interés del partido, por lo que dimitió cuando la legislatura iba por la mitad. A partir de entonces, ya jubilado, volvió a centrarse en sus paseos diarios por el pueblo que lo vio nacer y al que tanto quería, a asistir a toda clase de eventos deportivos y a ejercer sin quererlo su alto magisterio de tolerancia, especialmente entre los amigos de sus hijos y los vecinos de la calle Demetrio Bautista, que también era la mía. 
Conmemoración del 25º aniversario de los ayuntamientos democráticos
 En sus casi cien años de vida, Juan Calero Merchán ha hecho mucho bien sin hacer ruido. El ruido, que siempre ha sido más importante para los seres humanos que los hechos mismos, es casi lo único que importa ahora. Vivimos en una época de palabras vanas y de ruido, una época en la que se mira demasiado atrás y propugnamos unos valores sólo de boquilla. Una época en la que tanto necesitamos el ejemplo que nos dan personas como Juan Calero Merchán, cuyo recuerdo permanecerá para siempre en la memoria de quienes tuvimos la enorme suerte de conocerlo.

sábado, 25 de enero de 2014

La lucidez del aguafiestas

                Acabo de ver en la dos un documental sobre la relación entre Hitler y Mussolini que ha sacado numerosas veces a los dos dictadores paseando ante multitudes con los brazos levantados y totalmente entregadas a ellos. El manejo de ideas tan fácilmente identificables como propias y, sin embargo, tan fáciles de llenar de contenido por los embaucadores, como nación, libertad o pueblo, mezclado con signos exteriores identificadores, como himnos, como banderas o como uniformes, hicieron que las masas estuvieran formadas por personas fanáticas o, por lo menos, ciegas, y que siguieran comportamientos que ahora nos parecen increíbles, que iban desde el principio contra sus propios intereses y llevaban irremediablemente a su autodestrucción.

                Hace poco vi otro documental sobre la I Guerra Mundial, de cuyo inicio se cumplen ahora cien años. Lo que más me llamó la atención de aquel programa fue la alegría con que la población se tomaba el estallido de la contienda. Montones de jóvenes de todos los países involucrados se alistaron voluntarios inmediatamente, como si ir a la guerra fuera ir de paseo y, sobre todo, como si las ideas que le habían inculcado quienes los llevaban al matadero fueran las únicas posibles en sus sociedades.

                Los líderes son capaces de llevar a las masas ciegas por los caminos que quieran, sea en la democracia o fuera de ella. Los ciudadanos no se dan cuenta de que no piensan por sí mismos, ignoran casi siempre que su pensamiento es el fruto de la mala educación y de la propaganda pura y dura a que se ven sometidos por los dirigentes políticos y por quienes comparten con ellos intereses, que casi siempre son distintos de los suyos. Prefieren a los grandes oradores, a los que les hablan de un futuro de más felicidad y menos trabajo, que a los que se limitan a trabajar por el día a día y les piden que trabajen. Los ciudadanos quieren vivir con ilusión y, por eso, se dejan seducir por los aventureros de la política antes que por los que les muestran un camino lleno de sacrificios. Y los ciudadanos se encuentran más cómodos en el porvenir del colectivo (pueblo, nación, patria) que en el porvenir que sólo depende de ellos.

                La lucidez es un bien escaso siempre, y es un bien a proteger. Ante el paso del duce, alguien tuvo que darse cuenta de que aquel arrebato nacionalista era el manejo de un tirano. Ante las filas de muchachos que se apuntaban para ir a la guerra, alguien tuvo percatarse de que el verdadero enemigo de la sociedad eran sus propios dirigentes. Siempre hay alguien que aparta la cortina de los sentimientos inculcados y las ideas que se asumen como propias pero son producto de la propaganda y ve más allá de lo evidente. Los individuos constituidos en ciudadanos, especialmente cuando pierden su personalidad para sumarse a los movimientos de masas, deberían escuchar a quien les recuerda que antes de nada deben ser ellos mismos.

                Los lúcidos no son bien recibidos por los líderes, porque desmontan sus manejos, ni son bien recibidos por las masas, que al oírlos pierden la alegría con que van cantando hacia el abismo. Los lúcidos, en fin, son unos aguafiestas. Eso es lo que viene a expresarse una y otra vez en Todo lo que era sólido, el libro genial de Antonio Muñoz Molina, un hombre lúcido donde los haya.

                Debo decir que empecé a subrayar lo importante del libro y que pronto me di cuenta de que debía subrayarlo todo, porque todo en él es importante y porque cada una de las líneas tiene una enjundia digna de recordarse y de aplicarse. Todo el libro, en fin, es una claraboya que entra en el conocimiento propio e ilumina lo que está dentro de nosotros con una luz cegadora. Por eso no me he propuesto hacer un resumen de él ni un comentario porque no creo que lo consiguiera sin quitarle mérito. Explica lo que ha pasado en España y lo que está pasando todavía. Y como él proviene del campo de la izquierda, resulta especialmente clarificador para quienes se autoproclaman de izquierdas.

                Deberían tenerlo como libro de cabecera los dirigentes políticos. Debería estudiarse en las escuelas. Y deberían leerlo y asimilarlo todos los ciudadanos, especialmente los que están dispuestos a salir corriendo, a voz en grito, detrás del primero que enarbole una bandera. 

martes, 14 de enero de 2014

El tajo

                No son muchos los que se asoman a estas páginas, pero son más de los amigos que tengo, e incluso más de las personas que podrían acercarse a ellas por compromiso hacia mí o por curiosidad. El suministrador del blog pone a disposición de quienes tenemos uno aquí ciertas estadísticas comunes, entre las cuales está la que hace referencia a los países de origen de quienes nos siguen. Por eso sé que entra gente de muy lejos, gente sobre la que a veces me hago preguntas tales cómo qué le llamará la atención de lo que escribo o de lo que fotografío y si, después de haber visto alguna de estas entradas, volverán a esta página o no.
                Yo siento mucho respeto por quienes leen lo que escribo, sean de aquí o de allí, de esta o de aquella manera de pensar. Siento tanto respeto por ellos que casi siempre me da vértigo apretar el último botón, que es el de “publicar”. No quiero escribir sobre cualquier materia ni de cualquier modo. Quiero que lo que se pone a disposición de quien tan amablemente se digna leer lo que escribo sea lógico y esté puesto de la forma más eficiente y agradable posible. Otra cosa es que lo consiga.
                Tal vez sea pecar de petulancia, pero pienso que algunos de los que siguen esta página esperan de ella que yo escriba sobre algo más que de las flores y de los pájaros. Mi opinión no se hace pública con el ánimo de convencer a nadie (muchas veces ni siquiera yo estoy muy seguro de ella), sino para que sea una más de las muchas que andan por ahí, por si puede servirle a alguien para formarse su propia opinión.
                Precisamente porque mi opinión puede servirle a alguien es por lo que a veces me siento obligado a emitirla. Entonces, digo lo que pienso, aunque de la forma menos dolorosa posible. Digo lo que pienso porque, de no hacerlo, no me encontraría bien, como tampoco me encontraría bien si lo hiciera provocando un dolor innecesario. Y digo lo que pienso después de pensarlo (y no es un pleonasmo inútil).
                Decir con educación y respeto lo que se piensa, después de pensarlo, me parece un ejercicio necesario para uno y para la comunidad en la que se vive, especialmente en momentos como el actual, en el que hay mucha gente diciendo a voz en grito, de la manera más grosera y sin pensar lo que piensa, que, por cierto, siempre es lo mismo, por lo que ya se sabe lo que van a decir cuando se enfrentan a un problema cualquiera mucho antes de que lo digan.
                Como es un ejercicio para la comunidad, el pensamiento libre, libremente expresado, debe incentivarse. El pensamiento libre no está comprometido con un partido, ni con un movimiento, ni con una teoría, ni con una idea o un grupo de ideas, ni siquiera con unos valores. El pensamiento libre sólo está comprometido con la libertad de pensamiento (y tampoco aquí el pleonasmo es inútil). Por eso mismo es crítico por definición. E imprevisible.
                El pensamiento libre libremente expresado es tan necesario como el ejercicio del poder. Sin él, no hay crítica. Puede haber bulla, griterío, pataleo y coros a favor y en contra, puede haber aduladores y criticones, pero no crítica. Y la crítica es consustancial con la democracia. Por eso no se puede intentar silenciar a quien ejerce responsablemente la crítica con el argumento de que hay que actuar más y criticar menos. Hay que actuar mejor y hay que criticar mejor.  Y para actuar mejor es imprescindible la crítica, empezando por la propia, la autocrítica. Lo mismo que para criticar mejor hay que pensar sin juicios previos, expresarse con el máximo respeto hacia las personas e ir al fondo del asunto.

Al que pone el dedo en la llaga, al que apunta dónde está el error, al que dice cuál es a su juicio el camino erróneo y cuál el atinado no se le puede decir “ahí está el tajo, ponte tú, a ver si lo haces mejor”, porque hay muchas clases de tajos y muchas formas de dar la cara. Porque hay que dar la cara no soy partidario de los anónimos. Entre criticar en los bares o embozado tras el seudónimo y hacerlo públicamente, con el nombre y la fotografía, asumiendo las consecuencias del error y que te puedan retirar el saludo hay una diferencia sustancial. Como tampoco soy partidario de las polémicas, creo que también hay una diferencia sustancial entre criticar por sistema y hacerlo con responsabilidad.
Entre las conversaciones que tuvimos el otro día, una que salió a colación fue esta. Y esta fue mi opinión, poco más o menos. Íbamos por el camino de la Marmota, que parte de la carretera del Cerro de las Obejuelas y acaba, ocho kilómetros más adelante y después de un recorrido espectacular, en el río Gato, que hasta poco antes de allí se llama Guadalcázar. La mañana estuvo nubosa, pero no llovió. Aunque la temperatura era buena, la vuelta se nos hizo un poco pesada. No en vano, entre el río y la carretera hay un desnivel de 350 metros y algunas cuestas dignas de una crónica específica. Será en otra oportunidad, que en esta se me ha ido la mano opinando sobre la opinión.

martes, 31 de diciembre de 2013

Nueva visita a la Venta de la Inés



                Para entendernos (pues no es así exactamente), libertad y seguridad son unos valores de suma cero, de manera que a más libertad menos seguridad y viceversa. Para entendernos, también (pues no es este el momento de ahondar en ese discurso), la situación de máxima libertad es también la situación de máxima inseguridad, en la que rige la ley del más fuerte. Por eso, para los débiles, que son la inmensa mayoría, siempre es mejor cualquier ley que ninguna, si la ley se cumple, aunque venga de un tirano, pues al menos así el súbdito sabrá a qué atenerse.


                En la democracia, el dilema libertad-seguridad se difumina, pero no se pierde. La seguridad sirve en ella para garantizar el ejercicio de la libertad, pero también la limita. Los individuos, que en origen son iguales por su condición de ciudadanos, han cedido parte de su libertad al Estado para que éste los proteja y les asegure el ejercicio de las libertades fundamentales, que son iguales para todos. Las leyes que se aprueban para cumplir esa especie de convenio fundacional son en la democracia realizadas por todos los ciudadanos a través de sus representantes, por lo que por definición se supone que esas leyes son justas.


                Pero volviendo al principio, para que se produzca el beneficio de la Ley (con mayúsculas) es necesario que se cumpla, ya sea por el tirado o por el poder legítimo que se constituye en las democracias. Si las leyes no se cumplen, se vuelve al estado de naturaleza, en el que rige la ley del más fuerte.


                Viene a cuento esto porque el domingo pasado estuve con unos amigos en la venta de la Inés y oí de nuevo el amargo discurso de su dueño, Felipe Ferreiro. Como no puedo asegurar cuánto hay de cierto y cuánto de imaginario (si es que hay algo) en el citado discurso, no me referiré a él y me limitaré a glosar lo que he visto con mis propios ojos a lo largo de los muchos años que llevo caminando por estas tierras. Y lo que he visto es que la ley que protege a lo público se incumple, especialmente por los poderosos. Que se incumple con la aquiescencia de la autoridad. E incluso que en ocasiones se incumple con el amparo de la autoridad.


Para cortar un camino público o un cauce público basta con poner una malla. El que se encuentra con un camino público o un cauce público cortado ha cedido al Estado el ejercicio de las medidas de fuerza y no puede actuar de igual forma pero en sentido contrario. Lo mismo que no puede robar el que ha sido robado ni matar el que ha sufrido el asesinato de su hijo. Eso está bien. Siempre que el Estado actúe. Especialmente cuando el Estado es democrático.


Si el Estado (a través de sus diversas entidades) no actúa para hacer cumplir las leyes, el individuo ha cedido parte de su libertad y a cambio no obtiene ningún beneficio, pues los poderosos pueden hacer lo que les dé la gana. Y eso, que siempre es negativo, es especialmente aberrante cuando quienes tienen la obligación de hacer respetar las leyes son los representantes de los ciudadanos, que a veces más parecen simples comisionados de los más fuertes.