miércoles, 22 de mayo de 2013

"La pisá del moro"


         

          Ahora, casi todos hemos ido a la escuela y, por poco que la hayamos aprovechado, sabemos que el mundo es un conglomerado de países y que la Historia es una sucesión de civilizaciones, pero antes a la mayoría le pasaba como a esos niños que al llegar a tres no saben continuar y dicen muchos (uno, dos, tres, muchos), con lo que concluyen definitivamente la serie en la más absoluta oscuridad. Antes, la Geografía conocida terminaba en las fronteras del país y al otro lado sólo había extranjeros que hablaban en una lengua extraña, en tanto que la Historia terminaba con los tatarabuelos de los tatarabuelos y más allá sólo estaban los moros, siempre los moros. Así, paseando junto a uno de los pocos yacimientos arqueológicos que hay en Los Pedroches, un lugareño me dijo que aquellos agujeros eran tumbas de los moros. Y otro me obsequió un día, junto a varias piedras “raras”, un mazacote de varias piedras unidas por un mortero que según él había formado algún tipo de mampostería en una época muy antigua, quizá hacía más de doscientos años, por lo menos en la época de los moros.

            Los moros están en el más allá del conocimiento empírico popular, que es al que lleva la memoria, y más allá de la memoria, que es el territorio de las leyendas. Detrás de las leyendas está lo absolutamente desconocido y lo absolutamente desconocido es del dominio de los moros. Quizá por eso se le denomina “La pisá del moro” a una piedra que hay en el camino de Pozoblanco a la Virgen de Luna que tiene una pequeña oquedad remotamente parecida a la que dejaría la huella de un pie humano, como si la hubiera impreso un moro de proporciones colosales o en un tiempo en el que mundo era tan reciente que las piedras aún estaban tiernas y se dejaban marcar, como le ocurre al cemento recién echado. “La pisá del moro”, que ahora forma parte de la pared de una cerca (aunque me suena haberla visto en el suelo cuando chico), es desde siempre una referencia geográfica para los habitantes de Pozoblanco, y hasta un bar del pueblo tiene ese nombre. Como la imagen de la Virgen de Luna transita dos veces al año junto a “La pisá del moro”, pasan también a su lado los romeros que la acompañan, que la muestran a los más pequeños y a los visitantes con el orgullo que se cuenta una leyenda popular, aunque sólo sea una piedra. 
          El pasado domingo se cumplió la estancia de la imagen de la Virgen de Luna en Pozoblanco y la cofradía de este pueblo fue la encargada de llevarla hasta su santuario, en el quinto Navarredonda de La Jara, donde al día siguiente, el lunes, la recogió la hermandad de Villanueva de Córdoba para llevarla hasta aquella población. Eso supone que la imagen de la Virgen de Luna es compartida por Pozoblanco, donde está desde febrero hasta mayo, y Villanueva de Córdoba, donde está desde que la deja Pozoblanco hasta el segundo domingo de octubre, aunque estos meses pueden variar algo, pues la llevada y la traída de Pozoblanco dependen del calendario litúrgico. El resto del año la imagen de la Virgen permanece en su santuario de la Jara, que es término de Pozoblanco, casi en el punto medio (está un poco más cerca de Villanueva) entre Pozoblanco y Villanueva, y de hecho ambos caminos tienen aproximadamente en su mitad un descansadero junto a un pozo que en ambos casos se llama “Pozo de la Legua”.
          El hecho de que la imagen sea compartida ha dado lugar históricamente a una serie de desencuentros entre los dos pueblos, de los que da buena cuenta la página web de la hermandad de Villanueva de Córdoba, que tiene un apartado específico, de tintes reivindicativos, para “obligaciones y pleitos”. Actualmente, sin embargo, los desencuentros ya no son de los pueblos, sino de las hermandades, y a cuenta de asuntos tan poco evangélicos como la posesión y la administración de bienes terrenales, pues al fin y al cabo eso son los muebles y los inmuebles que gestionan (en común o no) ambas hermandades.
          Como el día de la romería de mayo hemos ido otras veces a la ermita por el camino llamado de la Virgen de Luna, hemos decidido hacerlo en esta ocasión por otro paralelo y un poco más largo que discurre más al Sur, el llamado camino de Pozoblanco a Montoro o cordel de la Campiña, que arranca del camino tradicional como a cien metros de la vieja circunvalación de Pozoblanco, por lo que a quienes lo toman les es posible ver al alcalde quitarle a la imagen el bastón de alcaldesa perpetua frente al Ayuntamiento, oír junto a la cruz de los Lagartos cómo se entona la salve y ver cómo se quedan las camareras con las llaves de los sagrarios de santa Catalina y san Miguel (parroquias donde reside en Pozoblanco y Villanueva, respectivamente) y, en fin, les es posible asistir a la afueras de la población a la despedida de buena parte del pueblo devoto de Pozoblanco. 
         El cordel de la Campiña, como el camino tradicional, tiene algo más de tres kilómetros áridos y feos, en los que se pasa junto a las enormes instalaciones de la COVAP y se sube la joroba que sirve para franquear la nueva circunvalación de la localidad. A los tres kilómetros se halla, a mano derecha, el camping municipal y, a mano izquierda, la sede del club hípico y el pequeño pantano del Santa María, a cuya vera se levanta la sede del club de Pesca. Aquí nos encontramos con las primeras masas de encinas, que ya no nos abandonarán en todo el trayecto. El campo que se abre ante nosotros tiene fama de feraz por lo tupido y generoso de la arboleda y lo extraordinariamente bueno de la tierra, y en los tiempos actuales está destinado en exclusiva a la ganadería, especialmente a la de bovino y de cerda.
        El estado del camino está marcado por las conexiones con la carretera del Cerro de las Obejuelas (CP-203) y por el número de los accesos a las fincas, lo que es tanto como decir por el uso que le dan los ganaderos. Como consecuencia de lo anterior, el firme es magnífico en algunos tramos en tanto que en otros no es apto para el tráfico de turismos. En todos ellos, sin embargo, resulta sumamente atractivo para los caminantes, máxime en una primavera como la que tenemos, de mucha agua y muy bien repartida, pues a la sobria belleza de las cercas de piedra y las encinas se unen la alegría de los arroyuelos, que aún corren, el esplendor de la hierba, todavía verde, y un verdadero estallido de flores. 
         Pasado el sitio de La Majadilla Alta, ha de abandonarse el cordel de la Campiña y girar a la izquierda, hacia el Norte. Desde ese cruce hasta la ermita hay un kilómetro y medio, en una parte del cual se divisa a la derecha, hacia el Oeste, una línea blanca sobre el plano verde oscuro que forma el bosque de encinas, es el pueblo de Villanueva de Córdoba.
        Cuando nosotros llegamos al santuario, la imagen de la Virgen estaba bajando la loma de la Coguchuela a hombros de dos filas de braceros, precedida por los miembros de la cofradía de Pozoblanco, con su capitán y su capellán al frente, y seguida por un numeroso grupo de romeros. Para no cansar con más explicaciones, doy por hecho que los amables lectores de Los Pedroches conocen la índole casi militar de la cofradía de Pozoblanco y que los no menos amables lectores de territorios más lejanos bucearán en las páginas de ambas hermandades (a las que he puesto sendos enlaces) si quieren saber más de ellas. Me limitaré, por tanto, a contar que delante del santuario se paró la comitiva y que los hermanos formaron una elipse para mirarse entre si y dar la cara a la imagen y que cada uno de ellos pegó un tiro de fogueo, a consecuencia de lo cual el aire se cargó de olor a pólvora y se pobló de papelillos. Luego, cuando volvió a ponerse en marcha la comitiva, los braceros sostuvieron las andas a pulso a lo largo de un buen trecho, hasta las mismas puertas de la valla que protege a la ermita.
         Cuando la imagen entró en el santuario, pudimos observar la verdadera dimensión de la romería. No había mucha gente y muy pocos de los presentes tenían previsto quedarse a comer. Los devotos de la Virgen o de la tradición de Pozoblanco tienen como días grandes el de la romería de febrero, cuando se llevan a la imagen a su pueblo, y el lunes posterior, que es fiesta local en Pozoblanco, en tanto que cuando la devuelven a la ermita se limitan a despedirla en los diversos actos religiosos que se celebran en el pueblo o a acompañarla hasta las afueras de este o hasta le ermita. El pasado febrero, por ejemplo, yo no pude entrar en el recinto con el coche, de tantos como había.
             Esta vez cambiamos los tragos a la bota de vino por una cerveza en uno de los chiringuitos de la explanada, donde descasamos un rato hablando con unos amigos. Al cabo, tomamos el camino de vuelta por donde habían venido la imagen y los romeros. El camino tradicional tiene tres cuestas arriba y tres cuestas abajo, según recuerdo de cuando lo hacía con la bicicleta, y ahora está asfaltado, con lo que ha perdido buena parte de su sabor. Es más, durante todo el recorrido nos encontramos con un montón de coches que iban a la ermita, lo que aparte de molestar nuestro caminar sobremanera no dejó de asombrarnos, pues existen otras dos vías de acceso a la ermita asfaltadas y mucho mejores desde la carretera de Pozoblanco a Villanueva de Córdoba (A-420). También nos encontramos con caballistas, con algún coche de caballos y con varios grupos de caminantes. En el sentido nuestro sólo vimos a una pareja de adolescentes. En febrero, en cambio, son muchos los romeros que acompañan a la imagen de la Virgen hasta Pozoblanco, donde es recibida por una multitud en el Arroyo Hondo.
             Hicimos el camino sin prisas. Nos paramos un momento en el “Pozo de la Legua”, cuyo perímetro había limpiado el Ayuntamiento de maleza, y pasamos sin detenernos junto a “La pisá del moro”, que no se habría visto si el Ayuntamiento no hubiera limpiado de matojos la cuneta. Cuando entramos en Pozoblanco eran más de las dos de la tarde. Estábamos cansados y sedientos. Dos buenos argumentos para reponer fuerzas tomando un refrigerio en la barra del primer bar que nos encontramos, que fue en El Cerro.
Descansadero del Pozo de la Legua del camino de Pozoblanco

   
          

jueves, 16 de mayo de 2013

Pedagogía de un antecedente del déficit a la carta


Como parte de un plan de saneamiento que luego fue aplicado a municipios más grandes, la Consejería de Economía y Hacienda de la Junta de Andalucía publicó en el año 2001 una convocatoria para Ayuntamientos de municipios menores de mil quinientos habitantes, a consecuencia de la cual se otorgó a los mismos una subvención igual al cien por cien de la deuda viva pendiente de amortizar a 30 de junio de 2001 por las operaciones a largo plazo que tuvieran formalizadas. Al Ayuntamiento que debiera, pongamos por caso, un millón de euros, se le concedieron un millón de euros; al que debiera cien mil euros, cien mil euros, y al que no debiera nada, nada.

En los trece renglones de la exposición de motivos de la Orden de la convocatoria (de 25 de octubre de 2001), se justificó lacónicamente la medida en el apoyo a la situación financiera de las entidades locales andaluzas, pero nada se dijo sobre las razones del trato igual que se les dispensaba, aunque el argumento que corrió por los Ayuntamientos afectados fue el destino de las deudas, esto es, todos los Ayuntamientos se merecen que se les subvencione todo lo que deben porque toda la deuda ha sido empleada en mejorar la calidad de vida de sus vecinos. 


Aplicada la deuda subvencionada a cada habitante de los municipios concernidos, hubo habitantes que recibieron, por ejemplo, dos mil euros, y habitantes de otros municipios que no recibieron ninguno, con el agravante de que los ciudadanos que recibieron dos mil euros eran los que gozaban de servicios equivalentes a esa cantidad. En lugar de ayudar, en consecuencia, a los municipios que no disponían de servicios, se favoreció a los Ayuntamientos que ya disfrutaban de ellos.

Aunque la subvención de la Junta estaba promovida por la precaria situación financiera a que habían llegado las entidades locales andaluzas, los dirigentes de municipios que salieron ganando entendieron la igualdad en la concesión de las ayudas como un premio a su valentía y enseguida endeudaron de nuevo a sus entidades. Los dirigentes de los municipios que habían salido perdiendo dedujeron, en la misma línea, que se les había castigado por su excesiva mesura y se aprestaron a endeudarse más que antes. La idea que acabó cuajando en todos ellos fue que la Junta de Andalucía saldría siempre a hacer frente a las deudas municipales, por lo que el buen alcalde debía gastar todo lo que pudiese, aunque con ello sobrepasara los límites de la prudencia. Como el dinero llegó a los Ayuntamientos desde la Junta de Andalucía, es decir, procedía de todos los andaluces, todos los andaluces pagaron por igual la deuda por los servicios que únicamente estaban utilizando algunos de ellos.
Por poco perspicaces que fueran, los autores de la Orden citada debían de ser conscientes de la pedagogía perversa que acarrearía dicha disposición, pero su propósito no era, en verdad, el interés público, que casi siempre es un empeño a largo plazo, sino terminar con el problema inmediato que suponía la deuda en algunos Ayuntamientos, que casualmente eran en su mayoría del mismo partido que gobernaba en la Junta de Andalucía y eran, por demérito de sus dirigentes, los peor gestionados.

La situación de los Ayuntamientos andaluces era parecida a la reinante en algunos países europeos durante la llamada crisis de la deuda o crisis del euro, sólo que en esta no se quiso caer en el error de aplicar directamente las ayudas y los países que se encuentran en mejor estado han exigido a los que se hallan peor la adopción de medidas que solucionen el problema de fondo, a fin de que, por un lado, sean los beneficiarios de los recursos gastados quienes soporten la reducción de su calidad de vida y, por otro, no se produzca la pedagogía perversa de que la mala gestión sale gratis.



* Picando sobre las imágenes se pueden encontrar distintas informaciones sobre el déficit a la carta que piden algunas autonomías y que se niegan a aceptar otras. 
       Parece que la justicia y una buena pedagogía exigirían premiar más a las que más se han esforzado y no al revés.
**  Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.


martes, 14 de mayo de 2013

Donde el alma se va de cañas



                A veces, cuando las circunstancias me llevan a Córdoba, hago tiempo en la plaza de Jerónimo Páez tomando una caña y leyendo el periódico, sentado en la terraza del bar que ahora se llama La cávea, como los graderíos de los teatros y de los circos romanos, pues no en vano en aquel lugar se ubicó en tiempos el teatro romano de Córdoba, algunos de cuyos restos se exponen en la plaza, como unos elementos más del mobiliario urbano, o en el Museo Arqueológico y Etnológico, que abre sus puertas allí mismo.
                 La plaza de Jerónimo Páez está en pleno corazón del inmenso casco histórico de Córdoba,  casi en uno de los ejes de mayor circulación de los turistas, que los llevaría de las Tendillas a la Mezquita-Catedral, pero lo suficientemente apartada de él como para mantenerla ajena al bullicio, lo que permite disfrutarla con sosiego y de seguido por los sentidos del alma, que son más templados que los del cuerpo y requieren de más tiempo y más dedicación para asimilar los placeres que se le brindan. 
                 La noche del pasado sábado, cuando una nube de turistas llegados de todas las partes del mundo tomaban Córdoba en plena fiesta de Los patios y ocupaban cada uno de los miles de veladores que pueblan la ciudad, unos amigos, Carmen y yo pudimos sentarnos sin problemas en la terraza de La cávea y tomarnos por unos cuantos euros un plato de gambas, unos caracoles y unas cañas. La temperatura era espléndida y los únicos sonidos que nos llegaban eran los murmullos de quienes, como nosotros, gozaban de una sencilla conversación y del encanto del lugar.
                 Antes, hace muchos años, la plaza de Jerónimo Páez era un lugar oscuro, solitario y triste. Toda Córdoba, en realidad, lo era, especialmente los barrios antiguos, por los que daba grima pasear, sobre todo de noche. Córdoba vieja era como un inmenso caserón antiguo a medio abandonar por sus residentes, con las vigas combadas, las paredes descascarilladas, humedad por todos los rincones y el tejado poblado de hierbajos. De todo su potencial artístico y monumental, apenas se mostraba la mezquita y una parte de la judería, y en ambos casos sin la pretensión de agradar al visitante y casi con vergüenza. Cuando yo estudiaba allí, en fin, Córdoba sólo miraba a su pasado glorioso, en el que buscaba la estima por sí misma que no encontraba en sus palacios, en sus iglesias, en sus calles, en su río y en sus ruinas.
                 La Córdoba de hoy es otra. Córdoba ya no es una ciudad con unos cuantos monumentos que se visitan en un día si se sigue a un guía experto, sino una ciudad prodigiosa que necesita de muchos días para conocerla en su integridad. Córdoba entera es el monumento, lo es por contener un sinfín de ellos, consecuencia de su pasado dilatado y glorioso, que sorprenden al visitante detrás de cada esquina, lo es por el peculiar entramado de sus vías públicas y lo artístico del conjunto que forman sus casas, conservado milagrosamente durante un tiempo en el que en otros sitios se hicieron tanto destrozos, lo es por la elegancia y el buen gusto con que el Ayuntamiento ha hecho las innumerables reformas que necesita, lo es por haber expulsado de gran parte de la ciudad a los coches para cedérsela de nuevo a quienes son sus legítimos propietarios, los ciudadanos, y lo es por lo bonita que la tienen sus gentes.


                Córdoba es ahora una ciudad alegre, limpia y, en apariencia, segura. La he visitado en las cruces y la he vuelto a visitar en los patios, y no tengo sino palabras de alabanza. Visitar Córdoba en mayo es una experiencia impresionante, aunque se sea como yo, poco amante de las colas, pues no hace falta hacer colas para entrar en algunos patios, ni hace falta ver los patios más demandados para sentir toda la belleza de la ciudad. Córdoba es grande y se puede caminar sin agobios, incluso en soledad, por un sinfín de calles hermosas, como se puede tomar sin problemas una cerveza por mucha gente que haya en las inmediaciones o tropezarse en un rincón encantador con una agrupación que canta serenatas, como nos pasó a nosotros en el Compás de la iglesia de San Francisco con los Amigos de Ramón Medina de la Peña El Limón. 
                 Las cosas se han hecho bien en el casco urbano Córdoba. Lo han hecho bien las autoridades y lo han hecho los ciudadanos, que se han concertado con las primeras para ofrecerse a sí mismos un lugar mejor donde vivir y para brindar a los visitantes un producto turístico de la máxima calidad. Y lo están haciendo bastante bien los empresarios turísticos, de manera que Córdoba es ahora una ciudad de primera magnitud, por lo que contiene y por lo que es. Y lo mejor de todo: Córdoba es un ejemplo de lo que podemos llegar a hacer los españoles si nos lo proponemos conjuntamente, convertir un edificio medio en ruinas pero con muchas potencias en una auténtica joya.

domingo, 12 de mayo de 2013

La tentación de convencer y de hacer



Los periodistas y los políticos actúan en la Democracia sobre la misma realidad, en la que también se encuentran los ciudadanos. La misión de los políticos es transformar la realidad en nombre y representación de los ciudadanos, con la pretensión de mejorar su calidad de vida. La misión de los periodistas no es operar sobre la realidad, sino dar cuenta de lo que en ella acontece, en especial de lo que hacen los políticos, para que los ciudadanos puedan formarse una opinión. El operar o no sobre la realidad determina que sea necesario o no el proceso electivo: por eso los dirigentes públicos son elegidos por el pueblo, en tanto que los periodistas no lo son.

Entre ser convincente opinando (sobre lo que ocurre, debe ocurrir y debe hacerse) e intentar convencer hay una diferencia sustancial. Según el diccionario de la Real Academia Española, opinar es simplemente discurrir con razones, que serán más convincentes cuanto más sólidas sean, mientras que convencer, según ese mismo diccionario, es mover con razones a alguien a hacer algo o a mudar de dictamen o comportamiento. En la opinión, consecuentemente, no hay una intención añadida y se deja al espíritu crítico del destinatario la asimilación del mensaje. En la intención de convencer, en cambio, se da el objetivo concreto de traspasar las líneas críticas del destinario para posicionarse en su juicio. 


El intento de convencer a los ciudadanos no es pueril, dado que ellos son los electores. De hecho, los partidos políticos intentan convencerlos continuamente y de todas las maneras legales para que les den el poder, con el fin declarado de transformar la realidad política (aunque ya hemos visto que el fin real es el poder por el poder). El convencimiento, por tanto, es siempre un paso previo al poder, es decir, al actuar.

Como todo convencimiento está relacionado con una idea trascendente para el juego de las fuerzas que articulan el escenario político, cuando un periodista va más allá de lo que haría un mero observador que describe y opina e intenta convencer a los destinatarios de su mensaje (que son también los electores) asume un papel que no le corresponde, el del político, si bien es cierto que, al contrario de lo que le sucede a este, ahí debe quedarse, pues no puede transformar directamente la realidad. 

La imposibilidad de operar sobre la realidad política, para alguien que por estar tan pendiente de ella cree conocerla tan cabalmente, puede ser frustrante. Y lo es más cuando se tiene un incalculable poder sobre la masa de ciudadanos, que constituye su juicio (y, por consiguiente, fija el sentido de su voto) con las informaciones que dan los medios de comunicación y las opiniones que emiten quienes en ellos trabajan. La tentación de meter las manos en la realidad política, consecuentemente, debe de ser muy fuerte. Y lo incuestionable es que muchos caen en ella, a tenor del modo en que tratan a los destinatarios de sus mensajes, a quienes consideran más como electores que como ciudadanos, y la forma en que asocian su criterio al de determinados proyectos políticos.

* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.