viernes, 12 de octubre de 2012

La Democracia retórica (III)





1.4. El populismo como alternativa

 

En el descrédito de la Democracia, cuando la Democracia no tiene alternativas, surge voraz la demagogia de la mano del populismo. El pueblo mal representado tiende a dejarse seducir por las voces de quienes le dan más a cambio de menos sacrificios. El populismo y la demagogia son siempre unas tentaciones para el político, por lo que tienen de réditos inmediatos, pero también lo son para el pueblo, que como todo en la Naturaleza pretende la máxima felicidad con el mínimo esfuerzo.

El pueblo, como cualquier elemento vivo, corre el riesgo de adaptarse al medio ambiente y creer que lo que ocurre es lo que debería ocurrir, de volverse tan incapaz y tan inicuo como quienes lo dirigen. Cuando el pueblo acepta que el deber ser es inútil, cuando se vuelve flemático, cuando concibe que el voto no sirve para nada porque todos los políticos son iguales, el círculo vicioso se completa, la sociedad enferma de gravedad y la solución de unos representantes dignos se vuelve prácticamente inalcanzable. Entre que el pueblo piense que los políticos sólo están ahí por la posición y el sueldo y que los ciudadanos únicamente entren en política por la posición y el sueldo apenas hay un paso. El mensaje de si no lo hacemos nosotros lo harán otros con menos legitimación es la impecable justificación para la inmoralidad en todas las situaciones y es de aplicación tanto a los representantes como a los representados.

El descrédito de los políticos es la situación propicia para los Berlusconi o los Gil de turno. Ante la repetida mayoría de italianos que votaban a un personaje tan siniestro para la ética y para la Democracia como Berlusconi, algunos comentaristas han juzgado que en el fondo del electorado afín estaba la admiración, o, lo que es lo mismo, que muchos italianos lo votaban porque para ellos era un ejemplo a seguir, porque, si pudieran, actuarían de idéntica manera que él. Pero no hace falta irse tan lejos ni buscar ejemplos tan relumbrantes. Otro tanto se produce cuando políticos de uno y otro signo y de una y otra institución viajan desde sus sedes y, considerando que están actuando como representantes de los ciudadanos, comen y beben por cuenta del ciudadano con el pretexto más falaz, sea una inauguración o una muestra, mientras los ciudadanos que pagan el dispendio sólo aspiran a formar parte del banquete.  


1.5. Clientelismo y caciquismo

 

El siguiente paso degenerativo es abrir al pueblo las puertas del banquete donde comen los políticos. El banquete público es el prototipo de la demagogia y de la miseria, ya sea moral o económica. El pueblo pugnando en la plaza por los platos de paella gratis que le ofrece el alcalde es la versión actual del populacho que, tras tirarse por el suelo para coger las monedas que le lanza el rey desde su carruaje, da las gracias a Dios por la generosidad del monarca, como si este no se hubiera limitado a arrojarle una brizna de lo que en principio era del pueblo.

Comidas, fiestas y fuegos de artificio son el “circo” a que se refería Juvenal. “Pan y circo”. Ese “pan” peyorativo son muchas subvenciones y no pocos subsidios. El “pan” es todo lo gratis que no debería serlo pero lo es porque da votos o porque quitarlo cuesta votos. “Pan” que es pan para hoy y hambre para mañana, que llena el estómago pero vacía la voluntad, que genera sumisión y pobreza. 

 El régimen de lo gratis total es caro, pero surte efectos. Quienes se benefician de él dirían que sólo es caro para los que más tienen, que son los que pagan más impuestos, y que es rentable para ellos, que son los que tienen menos. Pero quienes creen beneficiarse de él son, finalmente, los perjudicados, ya que son ellos los que no pueden pagar las escuelas privadas de sus hijos o los seguros privados de salud.

Pues donde hay más fiestas, más servicios y más prestaciones gratis de la cuenta, quizá no haya dinero para la educación. Y si lo hay para la educación, acaso no lo haya para la salud. Y si lo hay para la educación y para la salud, tal vez no lo haya para la innovación y la inversión productiva. O quizá lo haya hoy, pero no lo habrá mañana.

Y, sea como fuere, esa profusión ociosa hace dependiente a la sociedad de la mano que le da el pan, a la que no puede ver sino con agradecimiento, especialmente cuando la comunidad es pequeña. En tal situación, el vínculo clientelar entre el político rumboso y la sociedad agradecida llega al caciquismo. Cuando la única institución cercana es el Ayuntamiento, el alcalde es la impresionante autoridad reconocible y da y quita, unas veces según lo dispuesto por la Ley, pero otras muchas de acuerdo con su personal concepción del interés público, y sin que el incumplimiento de la Ley, salvo casos muy excepcionales, tenga consecuencia alguna.

Antiguamente, lo que el alcalde podía dar y quitar no era excesivo, pues el Ayuntamiento se limitaba a la gestión de lo más esencial. Pero hoy los Ayuntamientos españoles, en particular los de las zonas más deprimidas, reciben enormes transferencias que se aplican a la prestación de los más variados servicios, al fomento de la actividad económica e incluso a la realización de actividades empresariales. En el pueblo, el Ayuntamiento licita las obras más importantes, otorga contratos de servicios y, en no pocas ocasiones, es el mayor de los empleadores. El Ayuntamiento concede innumerables subvenciones, mantiene a asociaciones y a clubes y organiza toda clase de eventos. El Ayuntamiento, por último, dispone de los únicos medios de comunicación del pueblo.

El voto del vecino es el que pone al alcalde y el que lo quita. Y el alcalde es el que le da al vecino y el que le quita. Ante tal tesitura, se puede comprender que el alcalde le dé mucho al vecino y le pida poco (que le dé más de lo que puede y le pida menos de lo que debe), y se puede comprender que el vecino, a cambio de tal actitud, le dé su voto. Es el clientelismo puro y duro. En el fondo, es la misma relación que existe a niveles más altos, e incluso en el Estado. Pero en los municipios pequeños de España se ve tan claro que el vínculo adquiere condiciones de arquetipo.

Además, mientras en el Estado los representantes y los gobernantes ejercen su labor sobre un grupo abstracto, en los municipios pequeños la ejercen sobre personas con nombres y apellidos, que son parientes, amigos o enemigos, vecinos y, en todo caso, conocidos. Los gobernantes locales conjeturan razonablemente tanto las inclinaciones políticas del electorado tomado de forma individual como sus necesidades concretas y pueden administrar ese poder formidable premiando y castigando. En los municipios pequeños, el lazo entre el poder político y el ciudadano es de interés y personal. En tal situación, el caciquismo está servido. Y si el miedo y los intereses bastardos, por separado, distorsionan el sentido del voto, juntos, son un escollo imponente para la Democracia, que en el caciquismo alcanza tintes de ficción.


(Puede leer el libro completo en pdf pinchando sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)


 

martes, 9 de octubre de 2012

Paraíso interior





Mis paseos del fin de semana son cortos y nada literarios, pero tienen algunas dosis de aventura. El pequeño contratiempo, el paisaje abrumador y la charla con los amigos son en pequeña escala como las grandes andanzas de esos individuos que salen de su casa con rumbo a lo desconocido para aplacar la necesidad de no saben muy bien qué, y que al final acaban comprendiendo que los paraísos buscados no están al alcance de los sentidos, sino dentro de las personas que han conocido y, en último término, dentro de sí mismos. No es infrecuente que entonces tengan por su hogar cualquier parte del mundo o que vuelvan a su casa cargados de la sabiduría que da el camino, conocedores de que en la dificultad está el aprecio de lo conseguido (para encontrar, hay molestarse en buscar. Para tener suerte, hay que arriesgar. Para saber, hay que aprender. Para llegar, hay que hacer un camino. Para que te den lo mejor de ellos, tienes que dar lo mejor de ti).

                 No es casualidad que escriba esto a la vuelta de un pequeño viaje a Jaén, esa provincia que los eslóganes anuncian como “paraíso interior”, porque traigo impresiones indelebles de las que entran por los sentidos y, sobre todo, de las que llegan directamente al alma y allí se quedan.  

                 Jaén es un paraíso interior, en efecto, y cualquiera que se adentre por alguna de sus muchas sierras puede dar buena fe de ello. La ruta que hemos hecho parcialmente, en concreto, discurre al principio por una garganta pedregosa que parte de la carretera de Jaén al Embalse del Quiebrajano, junto a la llamada Casa del Pintor, y termina en el alto de La Pandera, a 1870 metros de altitud. Como está perfectamente recogida en la web del Portal de Turismo de la Provincia de Jaén, no me extenderé en el recorrido, que por ser muy exigente para el poco tiempo que teníamos no hemos llegado a completar.  Hemos pasado por túneles abiertos en las zarzas, nos hemos sobrecogido al pasar junto a los farallones que amenazan a los caminantes, nos hemos asombrado ante unos estratos que parecían construcciones de sillería, nos ha dejado aturdidos la grandiosidad del paisaje, hemos bebido el agua fresca de la llamada Fuente del Obispo y algunos de nosotros han irrumpido en la cueva que se abre en la falda de La Pandera. Y hemos sudado lo suyo. Y nos hemos caído al escurrirnos sobre el pedregal que cubre el suelo de la empinada senda. Y nos hemos reído con las anécdotas que contaban unos y otros mientras comíamos jamón y queso y le dábamos algunos tragos a una bota de vino. 

Juan ante estratos como sillares

                 Pero Jaén es un paraíso interior, sobre todo, por su gente. Lo es al menos por la gente que nos ha acompañado y con la que hemos compartido, además del viaje y varias horas más del domingo, una noche de sábado por las tabernas del centro. Ellos, principalmente, son los culpables de que, como les ocurre a los viajeros que vuelven a su casa después de toda una vida recorriendo los más ignotos parajes, yo haya vuelto a mi hogar en Pozoblanco más sabio, más tolerante y más feliz. 

Paraíso interior

 

sábado, 6 de octubre de 2012

El mecanismo de la suerte





El mecanismo de la suerte es una novela corta, ambientada en Pozoblanco,  que escribí sin más pretensiones que las de entretener al lector. En ella se narra el extraño caso de un hombre que encuentra entre los papeles perdidos por otro una de las disparatadas fórmulas matemáticas de que se sirve el azar para llevar a cabo sus designios.  La narración cuenta con fórmulas y tablas de las que el lector puede prescindir totalmente sin que por ello pierda en modo alguno el hilo del discurso narrativo.

Las referencias que se citan en ella son de 1.995, año en el que fue escrita.

 

Fragmento ilustrativo:

– Es verdad –dijo–. Pero esa relación cierta y exacta entre el movimiento de la Tierra y algo tan artificial como el meridiano 0 demuestra que en el cosmos también hay principios disparatados, que, aunque nada tienen que ver con la lógica actual, son igualmente cognoscibles. Por lo que se ve, existen leyes absurdas que no sólo marcan el destino de los cuerpos inertes, sino que gobiernan el devenir de los seres vivos, incluido el de los hombres. Quizá, incluso, nuestro libre albedrío sea pura ficción, y en un acto de soberbia creamos que gobernamos nuestros pasos cuando en realidad nos limitamos a dar aquellos que nos han sido marcados. Al final, y por increíble que le pareciera hace un rato, sus deseos pueden convertirse en realidad. ¿No decía que le gustaría repartir nuestros papeles en el mundo en función del ingenio y del trabajo de cada uno? Pues al parecer el futuro dependerá de nosotros mismos, de la forma, además, que usted imaginó: el Ser Superior ha dispuesto una serie de reglas absurdas cuyo descubrimiento acabará otorgando a los hombres el dominio completo sobre el azar. Que los resultados de una lotería como la quiniela, siendo la lotería lo más aleatorio conocido, puedan llegar a conocerse con seguridad, demuestra hasta qué punto es cierto cuanto estoy diciendo. Si este pequeño hallazgo nuestro llegara a hacerse público, los hombres se lanzarían desesperadamente al descubrimiento de esas reglas. Imagínese a millones de científicos, mentes privilegiadas, abandonando sus campos de investigación para ahondar en la nueva teoría.

 

(Si la quieres completa en pdf, pincha sobre la imagen de abajo)



miércoles, 3 de octubre de 2012

La Democracia retórica (II)




1.3. Cohesión y proceso degenerativo

 La cohesión tolera mal la Democracia. O, más bien, cohesión y Democracia son conceptos antitéticos. Si, como se ha dicho en el preámbulo, la Democracia supone la institucionalización del conflicto, la cohesión considera la superación del conflicto mediante la eliminación de la discrepancia, que se confunde enseguida con la disidencia. Por eso los líderes de los partidos, salvo contadas y, por ello, sonadas excepciones, prefieren las elecciones internas con una sola candidatura (que suele ser el resultado de arreglos personales), eliminan toda controversia fuera de los congresos y apartan de los cargos públicos a los que le han llevado la contraria con el argumento de que han perdido su confianza. Tras la cohesión, además, se oculta el miedo de los dirigentes a que otro mejor preparado pueda amenazar su liderazgo.

El ecosistema doméstico de los partidos provoca, en consecuencia, un proceso degenerativo, pues los líderes de los partidos eliminan a los mejores, que pueden hacerles sombra o dejarlos en evidencia, y se rodean de fieles acérrimos y mediocres, uno de los cuales acaba sustituyéndolo, el cual, a su vez, se rodea de fieles más mediocres que él, uno de los cuales terminaba sustituyéndolo, y así sucesivamente.

Es países como España, de escasa tradición democrática, la falta de democracia interna ha sido una de las dos causas del bajo nivel de la clase política, cuyo retroceso se hace patente desde los tiempos de la Transición. La otra ha sido la negativa de los ciudadanos comunes a entrar en política, una actividad loable que, sin embargo, sufre el descrédito a que la han sometido quienes vienen desempeñando en los últimos años la tarea de representar al pueblo, que son percibidos por este como un problema, más que como los encargados de solucionar sus problemas.

El aborregamiento a que conduce la cohesión interna y la carnicería de la batalla externa (de la que hablaremos más adelante) han situado a los políticos como una casta al margen de la sociedad, a pesar de su permanente presencia en ella, de manera que quienes deberían ser personas formadas y con criterios personales se limitan a propagar consignas y a apretar el botón que les ordenan, lo que, aparte de nefasto para el interés público, resulta sumamente peligroso para la Democracia, pues el descrédito de la función política podría acarrear el descrédito de la política misma, que en los regímenes democráticos es el descrédito de la Democracia.

 

(Puede leer el libro completo en pdf pinchando sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)

lunes, 1 de octubre de 2012

Al pantano de Valtravieso


                “Aprovechad ahora, que todos podéis aspirar al bien, porque afuera el mal de unos será el bien de otros”, recuerdo que decía uno de mis profesores de la facultad. La lluvia de estos días de feria en Pozoblanco me ha hecho recordar aquellas palabras. Al mal del feriante y de todos aquellos que han puesto en la feria de Pozoblanco buena parte de sus ilusiones, se contrapone el bien que ha hecho la lluvia en las encinas y en los prados y, en consecuencia, en los bolsillos de los agricultores y los ganaderos.

                Han caído más de cien litros de agua por estos lares, que para un territorio tan de secano como el nuestro es una cantidad enorme, y han caído bien, poco a poco, de manera que la tierra ha ido perdiendo su costra reseca y ha ido asumiendo la humedad como una piel que se hidratase con una pomada. Andar con las botas de invierno por los caminos de Los Pedroches tenía el día 30 de septiembre de 2012, último día de la feria de Pozoblanco, algo de felino por lo esponjoso y muelle de las pisadas, y tenía el interés del que estrena otro otoño,  que este año parece venir bueno.

13,899 kms

   Por eso de la lluvia, José Luis y yo hemos resuelto ir a ver correr los arroyos. El camino que hemos escogido empieza en la carretera de El Guijo a San Benito, y se toma a unos quinientos metros a mano izquierda más allá de la ermita de Las Cruces. Nosotros no hemos dejado el coche en la misma carretera, sino unos cuantos cientos de metros más allá, junto a una reja canadiense que atraviesa el camino, muy cerca del arroyo Santa María, al que se accede desde allí por lo que antes era la salida de camiones de una cantera de áridos.

                Hace mucho tiempo, durante la sequía de los años 90, yo recorrí en bicicleta el margen derecho del Santa María e hice cómodamente la ruta que se propone en esta página, pero las lluvias torrenciales que terminaron con aquella sequía se llevaron para siempre el camino, de manera que ahora resulta poco menos que imposible recorrer ese tramo en bicicleta y tiene alguna dificultad hacerlo a pie, pues la vereda que sigue el trazado del arroyo lo mismo se adentra entre los tamujos que abundan en la parte seca del cauce que gatea por el cerro contiguo, sin más seguridad que la que da un palmo de anchura sobre la frágil piedra de pizarra.

                Como a cuatro kilómetros de donde dejamos el coche, el Santa María hace un meandro y se encamina hacia el Oeste para fluir en paralelo al Guadalmez, en el que desemboca no muy lejos de allí. Nosotros, en cambio, tomamos el Noroeste por un camino que pasa entre una cortijada de dos casas y una enramada y subimos el cerro que nos separaba del Guadalmez, el río que sirve de frontera entre Andalucía y Castilla La Mancha.

                 El Santa María, al que traté con cierto desdén en una entrada anterior, corría, y corrían los arroyuelos que le son tributarios. El Guadalmez, en cambio, tenía charcas, unas charcas enormes, pero no corría. Tiene, eso sí, una rambla anchísima, de varios cientos de metros, en la que crecen todo tipo de plantas vinculadas al medio fluvial, algunas de ellas de especies invasoras.

                Aunque hay un camino que aparenta atravesar la rambla, hemos optado por caminar siguiendo el curso del río en busca del pantano que yo conocía como de La Perdiguera, y que en el plano se llama de Valtravieso. La ruta, que es siempre bonita, lo ha sido más allí, pero ha sido más complicada, y a veces hemos debido utilizar las vías que han abierto los jabalíes y los ciervos para salvar la floresta.  Finalmente, hemos llegado al otro lado del río y, ya en Castilla La Mancha, hemos andado por una pista de tierra que nos ha llevado hasta casi el dique de contención, con cuya vista y la del lago que forma hemos tomado la merienda.

Pantano de Valtravieso.Al fondo, Santa Eufemia

                 Para la vuelta hemos sido más previsores y, con la berrea de los ciervos como acompañamiento, hemos seguido la pista de tierra hasta que la vegetación de ribera ha sido más escasa. Sólo entonces hemos cruzado la rambla para iniciar el camino de vuelta.


 

               En total, mi GPS ha contabilizado que hemos hecho un kilómetro más de los casi catorce que he sacado en el plano.