A los que nos gusta
escribir nos gustan las palabras. Hay algo más allá de lo comprensible en las
palabras. Si te paras a pensar un poco, resulta extraño y maravilloso que yo
diga Carmen y me acuerde de mi mujer. O dicho de otra forma, es extraño y maravilloso
que una palabra nos represente. Es extraño y maravillo que una simple palabra
nos traiga al pensamiento una idea. Que la palabra mesa nos lleve a pensar
inmediatamente en una imagen. Que la palabra amigo nos aporte un conjunto de
recuerdos. Que la palabra hijo nos ensanche inmediatamente el pecho.
Ligar palabras, eso que
hacemos continuamente sin darnos cuenta, es algo que nos identifica como seres
humanos, que nos distingue del resto de los seres de la creación y nos iguala a
los dioses.
Hay cosas que nos
parecen extrañas y lo son, en efecto, pero hay cosas que nos parecen normales y
son de lo más maravilloso. Nos parece extraño, por ejemplo, que los aviones
vuelen, con lo pesados que son, o que el hombre haya sido capaz de llegar a la
luna, y no nos parece extraño que yo os diga “anteayer estuve cogiendo setas en
Cardeña” y vosotros entendáis al instante que ha llovido y yo, hace justamente
dos días, fui por un terreno de monte próximo a una localidad que está a unos
50 kilómetros para coger unos vegetales que salen en otoño.
Asociar lo que vemos,
lo que olemos, lo que palpamos, con unos sonidos que se coordinan con otros
formando un sistema y que ese sistema sea entendido por otras personas es una
creación genial. Que lo diga y que otros me entiendan y, en consecuencia,
puedan sentir lo que yo y de esa forma me acompañen y nieguen mi soledad.
Que uno sea capaz de
expresar lo que ve o lo que ha visto y otro lo entienda, lo entienda, es
sorprendente y maravilloso, pero solo es una parte de lo maravilloso que es
expresarse y que otro lo entienda. Expresar más allá de lo que se ve, expresar
lo que se siente, lo que se piensa, lo que en nosotros hay de espiritual.
Expresar lo que nos
llega por los sentidos, lo que procesa el pensamiento y el sedimento que queda
en el alma sensible en forma de emociones y sentimientos, y que otros lo
entiendan y se sientan solidarios contigo.
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Recogerlo por escrito
es ir un paso más allá. La escritura, otro invento maravilloso que complementa
el lenguaje y cierra el círculo. Que uno pueda expresar lo que siente y
fijarlo, para sí mismo, para otros, para hoy, para mañana, para todos, para
siempre.
Expresarse por escrito
obliga y mucho, obliga a la precisión de las formas, porque lo escrito es
sentencia y ya no puede mudarse, es sentencia en el espacio y en el tiempo.
Los que escriben lo
saben bien, y muy especialmente los que escriben poemas. Ese hilo de palabras
que se sueltan sentado frente a un arroyo, frente a la noche estrellada, frente
a los otros, frente a sí mismo, en soledad y en silencio, para volver luego a
la introspección y al mutismo, han de ser después recogidas por escrito en
palabras formadas por sílabas que se someten al extremoso rigor de la belleza.
Al poeta no le salen
los poemas como el lector los lee, por mucho talento que tenga. El poeta
trabaja como un orfebre las emociones y las palabras.
…
Perez Zarco es, además
de un ser dado a la contemplación y la creación inmediata, un técnico de la
palabra, y es fácil imaginárselo en esa labor posterior de dar forma escrita a
lo que ha sentido sobre la marcha. Una labor de orfebre o, mejor, de relojero,
porque el orfebre trabaja con elementos materiales y ahí se queda. Al relojero,
en cambio, uno se lo imagina intentando captar algo tan sutil e inaprensible
como el tiempo con unos minúsculos engranajes que se coordinan en un sistema
perfecto. Al relojero nunca le sobran piezas, ni le faltan, porque en su obra
final están todas las que deben estar y solo esas.