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viernes, 23 de septiembre de 2016
martes, 13 de septiembre de 2016
El centro de gravedad permanente
(El centro de gravedad permanente)
Las novelas solo comienzan una vez,
de modo cuando has empezado a escribirlas no tienes más que continuarlas por
donde las dejaste, con unos personajes que ya existen y una historia que ni se
iniciará ni se agotará en una jornada.
Las novelas te sujetan durante mucho tiempo a una
obligación, en la que trabajas con una libertad casi absoluta, pues escribes sin
más límites que los que te marca tu propio dominio del medio. Por eso, si el
ejercicio de escribir una novela puede convertir en obsesivos a los que tienen
un carácter compulsivo, a los que tendemos a perdernos por el tiempo,
en cambio, nos centra y nos ayuda a gestionar mejor los ratos libres.
Escribir una novela partiendo de un hombre que amaba a
Franco Battiato me supuso lograr un centro de gravedad permanente durante
muchos meses. Poco importó entonces y poco importa ahora que enseguida me
desviara del fin originario y, en lugar de construir un mundo parecido al de
las canciones de ese cantante y compositor siciliano, construyera otro mucho
más parecido al nuestro, o, para ser más exactos, más parecido al mío.
Me encontraba cómodo y bien y mientras
escribía estuve utilizando elementos de mi propia realidad para construir la
ficción, a la manera que el subconsciente levanta el guión de los sueños. Así, utilicé el
problema que tuve con el envío de un paquete a Lille, donde por aquel entonces
estaba Luis, para crearle un problema a uno de los protagonistas; utilicé el
recuerdo de una reciente visita al museo Dalí de Figueras, donde me hablaron de
una perversión sexual que tenían el pintor y Gala, para adjudicar una perversión parecida a unos notables señores de Sevilla, y utilicé el título de una de mis novelas
inéditas para llamar así a un dominio web de internet que aparece mucho en la
historia.
Llevé a los personajes de la novela
a los lugares que yo mismo visitaba por aquel entonces, y les busqué aventuras en
el barrio turco de Berlín, en el Autostadt de Wolfsburgo, en la calle Solferino
de Lille, en el barrio de Salamanca de Madrid, en la plaza doña Elvira de
Sevilla y en la avenida Ámsterdam de Nueva York, además de en Pozoblanco y en
el pueblo ficticio de Aleda, al que ubiqué en Los Pedroches.
También utilicé lo que por aquel tiempo formaba parte del contexto
más cercano a mis hijos, que en cierto modo era el mío, como el ambiente de los
estudiantes Erasmus y el de los jóvenes titulados españoles en Europa. Es más, hice
una suerte de cameo con ellos y los utilicé como personajes secundarios, sin
darles nombre, en el mismo sitio y con un oficio similar al que estaban desempeñando
en la realidad.
Construí la historia intentando conseguir un lenguaje certero
y sencillo y pensando en la urgencia de la página siguiente. Cuando terminé, dediqué
mucho tiempo a quitar lo que sobraba y un poco más, a fin de que el lector se
deslizara por la trama casi sin darse cuenta. Al final de todo, me sentí
bastante satisfecho: había disfrutado escribiendo y me había salido una obra lo
suficientemente digna como para que pudiera hacerse pública.
De eso hace ya algún tiempo.
Carmen, que me conoce bien, me dijo
el otro día que tenía que ponerme a escribir, quizá porque últimamente me ve
un punto descentrado. Estoy así desde que terminé El hombre que amaba a Franco Battiato, una obra que pronto verá la luz.
sábado, 10 de septiembre de 2016
El alma dentro de las sombras
(El alma dentro de las
sombras)
Desde que las oí por
primera vez, me subyugaron las canciones de Franco Battiato. El
público busca en el artista la voz de su propio interior, lo que a
él le habría gustado expresar si hubiera tenido talento bastante
para hacerlo, y yo, que no tengo suficiente talento para expresarme,
encontré en Battiato la voz de mi propio interior. Cuando en 1996
salió su disco Battiato Collectión, con 29 canciones en
español, lo compré, y desde entonces lo he puesto muchos sábados y
muchos domingos poco después de levantarme, sin que aún me haya
cansado de oírlo.
Me gusta el desorden, la
anarquía incluso, con que en esas canciones se fijan las imágenes,
me gusta el surrealismo de sus letras, su mística del tiempo y del
cosmos, su apelación dadaísta a la banalidad (tan enjundiosa) y me
gusta su música, que tanto se aprovecha de las formas clásicas.
Con frecuencia he
utilizado la letras de esas canciones para asociarlas a lo que ocurre
a mi alrededor, y siempre me he acordado de ellas cuando he pisado
los escenarios que describen o mencionan. En San Petersburgo
canturreé Perpectiva Nevski; en Berlín, Alexander Platz; en Nueva
York, Chan-Son Egocentrique.
Un domingo de no hace
tanto tiempo me levanté y puse el disco Battiato Collectión,
como había hecho tantas veces. Aquel día, sin embargo, pensé que
podía escribir una novela sobre un mundo como el que se intuía tras
aquellas canciones, del que sería protagonista un hombre que amaba a
Franco Battiato. No tenía nada entre manos entonces y me puse a
escribir enseguida. Lo hice como lo había hecho siempre, sin
argumento previo y con el único afán de disfrutar buscando las
palabras justas para lo que libremente iría imaginando.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Soldados
Todos los diputados españoles, todos, aplauden
a su líder y solo a su líder. Y votan lo que les dice su líder: no tienen
pensamiento, no tienen opinión propia, son como marionetas.
El otro día me preguntaba alguien
por los valores que transmite Juego de Tronos, esa serie que entusiasma a
tantos, a mí entre ellos. Yo no creo que las obras de ficción tengan que
transmitir valores, sino que ser un reflejo de la realidad. Y Juego de Tronos
lo es, a la manera que las tragedias griegas o las obras de Shakespeare. En
Juego de Tronos unos cuantos protagonistas luchan por las poltronas y muchos
miles de seres anónimos mueren en los campos de batalla, detrás de una bandera
que simboliza la fidelidad que han jurado a su señor. En nuestra realidad más
cercana, hay quienes supuestamente tienen un compromiso con la sociedad que los
ha elegido, pero su verdadero compromiso es con el partido que los ha presentado,
cuyas férreas directrices son fijadas por unos cuantos dirigentes que luchan por el poder.
La ética del soldado limita sus
principios a un juramento y a la fidelidad ciega a un líder. El soldado no se
hace preguntas, actúa, y lo hace de acuerdo con las directrices que le han dado.
Es así de simple. Ellos son por naturaleza así de simples. Igualmente, a los
diputados les dicen lo que tienen que votar y ellos se limitan a cumplir:
también son así de simples.
Lo dicen las encuestas, lo han dicho varios líderes
históricos del PSOE y los editoriales de los periódicos afines y me lo han
dicho personalmente algunos destacados líderes socialistas del entorno en el
que me muevo: la salida a la situación política actual pasa por la abstención negociada
del PSOE a un candidato del PP. Los 85 diputados del PSOE, sin embargo, siguen
votando que no y niegan la negociación y el debate interno. ¿A quién escuchan
cuando razonan? ¿En quién están pensando cuando votan?
Para el caso que nos ocupa, los líderes del PSOE han ordenado
a los diputados de ese partido que voten no y ellos han votado que no. Tal vez
algún día, sin que hayan cambiado sustancialmente las cosas, los dirigentes del
PSOE ordenen a unos pocos diputados que se abstengan o incluso que se ausenten y
ellos, sin hacerse preguntas, como buenos soldados, se queden en su casa o se
vayan a la cafetería más cercana. O tal vez no, no y no, y tengamos que ir a
votar otra vez: será entonces la tercera. ¿Será la última?
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| La imagen es de la serie Juego de Tronos |
lunes, 25 de julio de 2016
La mayor aventura
Hace unos días leí que la pareja Rathod había acreditado su ascensión al Everest con
unas fotografías tomadas por otros montañeros, que ellos manipularon
con una aplicación informática. Lo burdo del engaño no me ha sorprendido, ni que hayan echado mano de trampas de todo
tipo para certificar otros méritos deportivos que no tenían. Al fin
y al cabo siempre ha habido en el mundo artistas que plagian, deportistas que se dopan y políticos que mienten. De hecho, todos
mentimos, de una forma o de otra y antes o después. Lo que me ha
llamado la atención del caso es que cuando Dinesh y Tarakeshwari
Rathod presentaron su supuesta hazaña en una rueda de prensa
convocada por ellos en Katmandú, expresaron exultantes que se había
cumplido la condición que se habían formulado para tener un hijo,
escalar el Everest, por lo que ahora querían ser padres.
Dado lo falso de la
trama, la apelación a una promesa semejante solo podía tener como
propósito añadir a la historia un componente emocional, a fin de
engrandecerse un poco más como protagonistas de ella. Y si la pareja
Rathod pensó que tal promesa le valdría para adornar su “proeza”,
estaba pensando también que la sociedad la valoraría positivamente,
a pesar de lo estúpido de su esencia. (¿O no es estúpido hacer
depender de un episodio deportivo algo tan trascendente como la
llegada al mundo de un hijo?).
La mayoría de los
seres humanos tiene hijos porque quiere, sin más condiciones previas
y sin más condiciones posteriores, porque la aventura de tener un
hijo tiene entidad propia y es suficiente por sí misma. Cuando una
pareja se aventura a tener un hijo sabe que debe dar lo mejor de sí
misma para alimentarlo, vestirlo, cubrirlo con un techo y educarlo, a
fin de que en el futuro sea un ciudadano honrado y trabajador y pueda
valerse por sí mismo. Y no es una aventura de menor importancia ni
lo es de menor riesgo que la de alcanzar una montaña, por alta que
esta sea.
Si la pareja Rathod
se hubiera planteado la promesa en otros términos, habría tenido
más credibilidad, al menos conmigo, y habría resultado más cercana
emocionalmente. Podían haber dicho, por ejemplo: “Tendremos un
hijo y, si logramos que sea un hombre o una mujer de provecho,
subiremos al Everest”.
No en vano, el
objetivo de criar a un hijo y hacer de él un ciudadano ejemplar
tiene más valor que el de subir al Everest. Las parejas normales lo
valoran así, pero no citan a los periodistas en un hotel de Katmandú
para hacerle saber al mundo que lo han logrado. Se limitan a sentir
una satisfacción moderada y, si pueden, se premian con unas
vacaciones, en las que hacen fotografías auténticas que luego
enseñan con legítimo orgullo, aunque sean de una montaña lejana
que nunca subirán o de un mar que solo verán desde la orilla.
* La foto es de Alfredo Cambeiro Rodríguez.
lunes, 11 de julio de 2016
La sombra
De todos los consejos que nos dieron
nuestras madres cuando éramos chicos, al menos uno se nos ha quedado grabado
para siempre: “Niño, vete por la sombrita”. Por obvio que nos parezca ahora, no
era un consejo baladí, ni están todas las madres preparadas para entenderlo y
proporcionarlo. Hace unos cuantos años, por ejemplo, vimos cerca de Capileira a
una familia de extranjeros con niños tomar la ruta del Mulhacén un día de un
calor sofocante y pensamos que se quedarían por el camino, como en el año 2010 se
quedó el hijo de la señora alemana que salió a pasear con él por las
inmediaciones de Espiel.
Las madres nuestras sabían lo
que en esta tierra sabe casi todo el mundo: que el sol del verano no es amable,
sino traicionero, y que hay que guardarse de él. Como no se puede estar a la
intemperie en las horas centrales del día ni es posible realizar un movimiento
sin poner en riesgo la salud, los andaluces dedicamos ese periodo a recuperar
el resuello que hemos perdido en el bochorno de la noche y a defendernos como
podemos del calor. Desde luego, a la sombra.
La sombra es de lo mejor que ha
inventado la Naturaleza y es de lo mejor que ha sabido aprovechar el ser humano.
Entre los muchos atributos amables de los árboles, uno de los más compasivos es
el de dar sombra. Las casas son precisas por muchas razones, pero en especial
porque cuando están cerradas y a oscuras nos proveen de sombra y nos protegen
del calor. Un individuo cualquiera puede pasar sin un paraguas cuando llueve
porque la piel escurre el agua, pero no puede pasar sin una camiseta cuando
aprieta el sol, porque la piel tiene memoria y guarda de por vida las
consecuencias de una exposición excesiva. Un sombrero, como su propio nombre
indica, es una herramienta que sirve más para proporcionarnos sombra en verano
que para guardarnos del frío en invierno.
La sombra define también el
carácter de las personas. Una persona “con sombra” –como se dice en Andalucía– es
ingeniosa y festiva, graciosa, y a su amparo se está a cubierto de buena parte
de las inclemencias de la vida. Una persona “sin sombra”, en cambio, es alguien
que carece de lo más fundamental. Así, cuando se dice de alguien que no tiene
ni sombra de vergüenza, se lo está llamando sinvergüenza, y si se dice que no
tiene ni sombra de duda, es que está demasiado seguro de sí mismo como para ser
una persona normal. Mucho peor es ser un “malasombra”, al que la RAE define
como “persona que tiene mala idea o intención” y nosotros definiríamos como un
“tío malafollá”.
Menos la sombra del malasombra,
todas las sombras son buenas, en fin, y no solo las del buen árbol. Basta un
parasol minúsculo o la minúscula línea de una tapia para ofrecer un refugio humanitario
al que sabe aprovecharlo. Lo asombroso (etimológicamente, procede de sombra) no es que
salga el Sol y se ponga, sino que entre ambas acciones majestuosas el Sol se
oculte a veces entre las sombras. Sé que muchos han considerado un dios al Sol,
pero no tengo noticia de que nadie haya considerado una diosa a la sombra, lo
cual es una injusticia viendo cómo de dulce y misericordiosa es la sombra en los
duros veranos de Andalucía.
*La foto original es de José Fdo. Montes.
sábado, 9 de julio de 2016
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