viernes, 10 de mayo de 2013

Actas capitulares del Ayuntamiento de Torrecampo



                Seguidamente el Sr. Alcalde D. Cesáreo Romero Romero, manifestó que el día diez y ocho de julio y con el fin de dar cumplimiento al acuerdo de la sesión de diez y seis del citado mes, hubo de marchar a Córdoba, sorprendiéndole en Espiel el movimiento militar fascista, por lo que le fué imposible continuar a la capital a evacuar los asuntos que la corporación le había encomendado. Seguidamente se puso a disposición de las entidades obreras que defendían la República, pidiendo un carnet de miliciano y prestando las fuerzas necesarias en defensa del Gobierno Legítimo de la República, el cual defendió hasta el día diez y seis de Agosto corriente, en que, libre la carretera por la toma de Pozoblanco, pudo regresar a esta villa de Torrecampo. Dando fe de estas manifestaciones el Sr. Alcalde presentó certificados de la entidad sindical obrera U.G.T.  y de la alcaldía de Espiel. Durante este tiempo según cuenta que presentó el Sr. Alcalde gastó la cantidad de ciento cincuenta pesetas.


                Fragmento del acta de la sesión de la Comisión Gestora de Torrecampo de 20 de agosto de 1936, la primera celebrada después del levantamiento militar del 18 de julio.


                La mayoría de las actas capitulares del Ayuntamiento de Torrecampo desde el año 1591 han sido digitalizadas por el Ayuntamiento e instaladas por la Universidad de Córdoba en su plataforma UCOMuseo, a fin de que puedan ser descargadas, leías y estudiadas por cualquiera. 


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martes, 7 de mayo de 2013

La humildad



         Dicho sea con perdón, por lo feo que está autocitarse, apuntaré que entre los 25 recordatorios para seguir en la realidad que se recogen en esta página hay uno referido al ejercicio de las virtudes en el que se dice que las propias no se pregonan, sino que se niegan y se ejercen. Eso es especialmente aplicable a la virtud de la humildad. 




                Lo he recordado cuando estaba repasando las fotos del paseo que dimos el pasado uno de mayo. Viéndolas, he pensado en la silenciosa humildad de las encinas, que no dan frutos para los hombres, sino para los cerdos, y aguantan estoicamente las inclemencias más duras, en la de las flores silvestres, especialmente las de las plantas más comunes y aparentemente menos vistosas, como los cardos y los jaramagos, en la de los buitres, que limpian el campo de cadáveres, y en la humildad de la agreste tierra por la que anduvimos, en la que aún podían verse algunos vestigios del paso de los pastores de la trashumancia, esos seres que bien pueden considerarse el prototipo del sacrificio y de la modestia.



                Dejamos el coche junto a la carretera de El Guijo a Torrecampo, cerca del puente sobre el arroyo Santa María, y empezamos a andar por la ribera izquierda, según el sentido de la corriente, es decir, hacia el Norte. La vereda que discurre por aquí estaba borrada por completo con una hierba que nos llegaba hasta la cintura y que, como consecuencia de las lluvias recientes, estaba impregnada de agua. A la nada, teníamos los pantalones tan húmedos como si nos hubiéramos metido con ellos en el río, de manera que avanzar se nos hacía extremadamente difícil. Por algunos tramos, además, la senda estaba tomada por matas con pretensiones de árbol, con arbustos pinchosos, como varios bosquecillos de cardos mariano de más de tres metros, e incluso con zarzas, que a falta de machete debíamos apartar a palos.
Lo que hay a la derecha y a la izquierda de Rafael y José Luis son cardos mariano
 
Flor del cardo mariano

                Nuestra idea original era llegar hasta la ermita de la Virgen de las Cruces (patrona de El Guijo), que está a unos diez kilómetros río abajo del punto donde dejamos el coche, y volver por la  carretera CP-312, pero también teníamos la idea de ir, al terminar, a la romería de la Virgen de las Veredas (patrona de Torrecampo), que se celebraba ese día, y bien pronto quedó claro que al ritmo de nuestro avance debíamos optar por una de las dos alternativas. Como preferimos la segunda, buscamos el encuentro del cauce con la anchísima cañada Real de la Mesta, que se halla totalmente desdibujada y, tras varias dudas sobre la identidad de la ruta que llevábamos, nos afianzamos hacia el Oeste por un terreno expedito de alambradas y portones, como antiguamente iban los rebaños trashumantes que venían del Norte, aunque al principio no hay abierta en él ni una pequeña senda. Si hubiéramos tomado el Este, si hubiéramos cruzado el Santa María y seguido por la cañada en el sentido contrario al que finalmente adoptamos, habríamos llegado a la ermita de la Virgen de Veredas, que está a algo más de diez kilómetros del cauce, y nos habríamos presentado en la romería mojados, magullados y sudorosos. 
                 La ruta por la cañada a la ermita de Las Veredas (el nombre indica dónde está ubicada) no la pudimos hacer un día que salimos de El Guijo con ese fin porque el Santa María venía muy crecido. Esta vez el arroyo nos lo hubiera permitido, pero uno tiene una reputación que mantener y debe ir curioso, cuando menos, a los lugares a los que se le invita con saluda oficial, como era el caso. Lo procedente era, pues, volver a casa, asearse y cambiarse, antes de aparecer por la romería.

En las proximidades de estas sierras es fácil encontrarse con nubes de buitres
                 A un kilómetro del río, poco más o menos, la cañada contiene un camino que admite bien el paso de vehículos. Lo tomamos y anduvimos por él sin prisas pero a buen ritmo, deteniéndonos lo justo para catalogar alguna flor y buscando entre los elementos del paisaje alguno que nos hablara de las vivencias de los pastores. “Las cañadas reales”, precisamente, se llama la bonita casa rural de El Guijo, ubicada en la calle Juan Ramón Jiménez, por la que cruzamos El Guijo hacia el Sur antes de tomar un callejón que nos llevó hasta las afueras del pueblo, que también son las afueras del término municipal, pues el de Torrecampo llega hasta las últimas casas.
                 (Por cierto, que el domingo siguiente volvimos a andar con más amigos por las inmediaciones de El Guijo y tuvimos como premio una opípara comida casera en el restaurante de la casa rural mencionada, experiencia que recomiendo vivamente).
Matas de jaramagos
                 De El Guijo al arroyo Santa María hay menos de tres kilómetros por la carretera de Torrecampo, una vía poco transitada por la que puede andarse sin demasiado peligro observando las normas propias de los peatones. Junto a ella, y a la sombra de una encina, nos sentamos a tomar un bocado. Hacía una temperatura estupenda, y el sol a veces se ocultaba tras las nubes. Mis amigos de Torrecampo estaban de suerte: hacía el tiempo ideal para celebrar una romería. 
Flor del jaramago

Otra flor de jaramago

* Sobre la flora de Los Pedroches, recomiendo el libro "Flora vascular de Los Pedroches", de  Pedro López Nieves, Emilio Laguna Lumbreras, Antonio María Cabrera Calero, Pedro López Bravo, Claudio Rodríguez Rodríguez y Juan García Sánchez.
**Sobre trashumacia, recomiendo el libro “Dehesas y trashumancia en el sur”, de Francisco Javier Domínguez Márquez (aquí completo en pdf)


       

viernes, 3 de mayo de 2013

La verdad, ese producto que se manipula y se vende



La realidad se discute hasta cuando es objetiva y se ubica a la vista de todos. Es más, la realidad puede negarse en las mismas circunstancias y ser más creída la negación que su experiencia, porque dada la naturaleza limitada, medrosa y arbitraria de los seres humanos siempre hay muchos de ellos aprestados a creer más en lo increíble que en lo creíble. A la vista de la realidad, pues, lo importante es la disposición ante ella. Los políticos lo saben, y niegan sistemáticamente la evidencia o ponen como evidente lo que no hay por donde cogerlo, sin que ello suponga merma alguna de su credibilidad entre sus adeptos. Lo saben los publicistas, que repiten machaconamente los mensajes más inverosímiles hasta que son digeridos y asimilados por la masa. Y lo saben algunos periodistas, que toman partido (político) y hacen de voceros o incluso de publicistas de algunos sectores políticos, como sus compañeros de deportes toman partido con los clubes donde radican sus sedes.  
 Como lo importante no es la realidad, sino la disposición de los electores hacia ella, el mensaje publicista de los políticos y sus voceros no pretende tanto abrirse a la razón del sujeto pensante como modificar su voluntad. A partir de ahí, la realidad se olvida por completo y se monta una estrategia estable de información interesada cuyo objetivo es, simple y llanamente, convertir al ciudadano en un seguidor fiel o, en su defecto, en votante.

Para los actores del escenario político (los políticos, los medios de comunicación de masas, los cabecillas de los grupos de presión y demás cabecillas del sistema establecido) la desconsideración del individuo como ciudadano es, en consecuencia, mayor cuanta más consideración les merece como cautivo de una doctrina o hasta de unas siglas. En verdad, ese escenario no está construido para representar fielmente la realidad, sino una farsa, siempre la misma, en la que los actores se intercambian los papeles de una representación a otra sin que por ello se altere sustancialmente la obra, una farsa en la que los actores gritan más, hacen gestos más creíbles o introducen alguna morcilla para ganarse el aplauso de los pocos espectadores que aún no se han amodorrado.





 La salvación de la Democracia no vendrá de la mano de los actores de la farsa, que se hallan cómodamente asentados en el escenario, sino de los espectadores, quienes deberán despertar de su sopor, abandonar con orden la sala y, como deberían haber hecho los prisioneros de la caverna de Platón cuando tuvieron la oportunidad, salir a la calle para enfrentarse directamente con el agobio de la luz.

Tal vez afuera reparen en que no se necesitan unas normas muy distintas para regenerar su régimen político y social, de que es suficiente con limpiar el sistema de deshonestos, de pródigos, de incompetentes y de todos aquellos que, con el afán declarado de defender sus intereses, se han establecido en los más diversos ámbitos de dirección de la sociedad y viven a su costa mucho mejor que ellos o se pelean por ocupar una posición más favorable en las esferas de poder o de influencia. Los ciudadanos lo pueden hacer, ahora tienen los medios para percatarse de que son poderosos y libres y de que los mensajes que reciben de quienes los dirigen son arengas que pretenden movilizarlos para que acudan portando banderas a una manifestación o emitan el voto en un determinado sentido. 

Internet ha puesto toda la realidad al alcance de los ciudadanos, para disgusto de quienes pretenden manejar la voluntad del pueblo dándole caramelos y contándole cuentos, lo que ha resultado definitivo para derribar varias dictaduras y está siéndolo para fragmentar los cimientos de otras. Internet es un medio de comunicación directo, sin intermediarios y de opinión libre, al que le afecta poco el totalitarismo de la mentira, que sin embargo ocupa todos los ámbitos establecidos de influencia social. En internet, surgen libremente las ideas y se extienden, sometidas al contraste de otras; en internet alcanza su verdadera dimensión el insólito principio de igualdad, ese por el cual vale lo mismo el voto de un catedrático que el de un ignorante, pues el medio está a disposición de cualquiera; con internet se puede convocar al pueblo al margen de los intereses establecidos; en internet, incluso, se puede contar el número de asistentes a una manifestación, con lo que debería acabarse para siempre con esa práctica dictatorial de falsear las cifras con el fin de manipular a la masa. 

Si internet es un medio temido en las dictaduras, debería serlo también por quienes en la Democracia declarada tienen comportamientos demagógicos y dictatoriales, por más que se autoproclamen demócratas. Para que eso ocurra, como sucede con la curación de las patologías que afectan a la voluntad, el pueblo debe darse cuenta de que tiene un problema y de que la solución depende de él mismo.
 
* Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando aquí o sobre la imagen que hay en la columna de la derecha.

** Sobre la flora de Los Pedroches, recomiendo encarecidamente el libro "Flora vascular de Los Pedroches", de  Pedro López Nieves, Emilio Laguna Lumbreras, Antonio María Cabrera Calero, Pedro López Bravo, Claudio Rodríguez Rodríguez y Juan García Sánchez