miércoles, 20 de marzo de 2013

En la romería de San Benito, de Obejo



          Éxito es, según la primera acepción que recoge el diccionario de la Real Academia Española, el “resultado feliz de un negocio, actuación, etc.”. Si seguimos esta idea, el éxito dependería del fin que nos hemos propuesto antes de iniciar la actividad. Si uno se ha planteado de joven, por ejemplo, llegar a lo más alto en el terreno profesional, éxito sería alcanzar en ese campo las cotas más elevadas. Y si lo que ha querido es tener mucho dinero, lo sería llegar a ser millonario. Y si lo que ha pretendido es ser famoso, lo sería que fuera conocido por la mayoría de los miembros de la sociedad.
                 Generalmente, casi nadie tiene un fin tan claro y tan limitado, y el que lo tiene no suele reconocerlo, porque resulta estúpido a los ojos de los demás, dado que existe la convicción social aparente de que lo natural es gestionar adecuadamente un conjunto de fines menores para conseguir el fin último de la felicidad, de que es posible, por ejemplo, intentar llegar a lo máximo en el campo profesional y de esa manera tener dinero más que suficiente y ser conocido, e incluso reconocido, por sus conciudadanos, todo lo cual le supondrá el mayor grado de satisfacción, que es lo más parecido a la felicidad.
                 Pero la felicidad es un estado demasiado vago poco como para que pueda hacerse ostentación de él o para que de él se pueda obtener el reconocimiento social, de modo que lo que la sociedad reconoce en realidad son los indicios que muestran los fines menores, porque supone que quien los ha conseguido debe estar satisfecho por ello, es decir, que quien ha triunfado en el campo profesional debe haberlo hecho también en el vital, lo mismo que quien ha conseguido hacer mucho dinero, o quien ha obtenido la fama y/o la admiración de sus vecinos. Y ya no digo nada si ha conseguido todo eso a la vez. En circunstancias normales de salud, el éxito vital, en fin, acaba cuantificándose en títulos, en dinero y en premios, por no decir en las veces que has salido en la televisión, lo cual puede resultar demoledor para la personalidad del individuo, que puede acabar creyéndose que es lo que dicen de él o que son amigos toda la chusma de prosélitos interesados que lo rodean.
                 Y si eso les pasa a las personas, otro tanto les pasa a las agrupaciones de personas. Viene al caso esto porque el pasado domingo estuve otra vez en la romería de San Benito de Obejo, que es a la vez espectacular y entrañable, lo que me ha hecho reflexionar sobre la naturaleza del éxito y sobre lo corrosivo que el éxito puede llegar a ser, a lo que me ha ayudado también el que por estos días algunos dueños de patios de Córdoba (recientemente declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO) hayan pedido al Ayuntamiento de esa ciudad que les dupliquen las subvenciones para su mantenimiento y apertura al público. 
                 No sé cuánta gente estábamos en la romería de San Benito, pero me atrevo a decir que no mucha y, en todo caso, que la justa. Por eso no entiendo el afán de los periódicos del día siguiente en asociar el éxito de la convocatoria con el número de asistentes, como si la calidad dependiera de la cantidad. Esta obsesión por asociar el éxito del evento con la cantidad es algo que no he entendido nunca, salvo para las manifestaciones. En la romería de Obejo se podía aparcar el coche sin mayores problemas, se podía tomar una cerveza sin mayores problemas en la única tasca que había y se podía ver la procesión y la danza de las espadas sin mayores problemas. Pero si hubiera habido una poca gente más, ya habría habido problemas y nos habríamos sentido incómodos los asistentes. 
                 El éxito de la romería de San Benito es que siga casi igual que siempre (y ya van muchos siglos), ajena a la influencia corrosiva de lo dominante fuera y a casi todo lo que de artificial y empobrecedor tiene lo multitudinario. El lugar es una delicia, impresiona ver una danza tan ancestral como la del bachimachía al ritmo de una salmodia pegadiza cuya melodía se repite cada quince segundos, emociona ver la cara del maestro en el patatú y sobrecoge la entrada en la ermita de la comitiva y el baile que se desarrolla luego. No hay fiesta comparable a esta por estos territorios, porque es distinta a todas las demás y porque conserva lo más esencial de sus raíces. 
                          Nosotros, por si fuera poco, tuvimos el buen acuerdo de ir andando desde los pinos de El Comandante, que están en la carretera de La Canaleja (CP-165), un poco más allá del puerto que los planos ciclistas llaman El Castaño (como más que una carretera es un camino de cabras, no hay peligro alguno para el caminante). Mientras bajábamos, nos detuvimos varias veces a ver el paisaje y hacer recuento de los cortijos y montes que veíamos (a la izquierda de nuestra marcha, se divisaba claramente el del cerro de las Obejuelas; más lejos, la mole aún mayor de El Caballón, y, enfrente, la línea blanca y curva de Obejo). Un par de kilómetros antes de llegar al pueblo, tomamos un camino a la izquierda que atraviesa la famosa vega de Obejo, un territorio feraz en el que pastaban las ovejas o crecía la cebada, por el que anduvimos hasta que llegamos al lugar donde se asienta la ermita del santo y la explanada anexa, al borde de la A-2214 y a unos dos kilómetros de la población.


                Los Pedroches es, geográficamente, una comarca que se extiende de Este a Oeste entre dos líneas de montes de Sierra Morena, pero políticamente incluye los montes del Sur, que formaban parte de la dehesa de la Concordía, que fue comunal de las Siete Villas de Los Pedroches. Esta dehesa llegaba hasta muy cerca de Obejo, lo que posibilitó el contacto entre los vecinos de Los Pedroches y el pueblo de Obejo a lo largo de la epopeya que se dio durante los siglos XVIII y XIX con la puesta en funcionamiento del olivar y, posteriormente, las sucesivas labores que necesitan estas explotaciones, especialmente durante las campañas de recogida de la aceituna, las cuales, como han puesto de manifiesto diversos estudiosos de la Historia de Los Pedroches (aquí un artículo de Manuel Moreno Valero), han sido decisivas para labrar la personalidad de las gentes de estas tierras. 
 Obejo siempre se ha visto en Los Pedroches como un pueblo hermano, que veíamos desde lejos cuando nos subíamos a los montes, al que conducían todas las veredas de herradura y del que oíamos hablar con admiración. Porque está lejos y las carreteras que conducen a él son una sucesión de curvas inverosímiles y porque sus vecinos así lo han querido, conserva una fiesta única con apenas unos añadidos que todavía no molestan. Sería una pena que quienes deben decidir sobre ella no considerasen que el éxito es tenerla como está y que buscaran el destructivo fin de hacerla más grande.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La estación de Belalcázar



Oteando la cola del enorme pantano de la Serena que se ve desde el puente de la carretera de Peñalsordo, próximo a la abandonada estación de Belalcázar, el observador tendrá frente a sí el territorio de tres comunidades autónomas: Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura. El contacto de las tres comunidades se hace sobre la misma lámina de agua, cerca del puente del Melonar, con el que la vía férrea que discurre entre Madrid y Badajoz, después de elevarse poco a poco sobre un terraplén, salva un extremo de la superficie líquida, a la que por allí vuelcan dos arroyos. Por debajo del puente pasaba antes una carretera, que ahora, con el pantano en sus límites más altos, es una línea curva de unos doscientos metros que discurre casi a ras del agua de ninguna parte a ninguna parte, y a cuya vera crecen los matojos y se levantan dos eucaliptos, uno de ellos seco.
 Según los mapas, en las proximidades de la estación de Belalcázar confluyen tres carreteras, que van de allí a Peñalsordo, a Santa Eufemia y a Belalcázar. Y, de hecho, si le preguntas al Google Maps por la ruta entre Peñalsordo (Badajoz/Extremadura) y cualquiera de las otras dos localidades (ambas de Los Pedroches/Córdoba/Andalucía), te reconoce como mejor ruta la que pasa por este lugar, aunque la realidad es que por allí no pasa ruta alguna para vehículos de tipo turismo, pues la carretera de Peñalsordo está cortada, según advierte un cartel situado antes del mencionado puente, y la de Santa Eufemia no es más que un larguísimo camino de cabras.

 Aunque hay otro cartel situado al comienzo de la carretera de Belacázar que advierte del mal estado de la vía, la única posibilidad de acercarse hasta este paraje con un turismo es por esta carretera (CO-9403), que se toma en la A-422 en dirección a Cabeza de Buey, como a cuatro kilómetros de Belalcázar. El firme es pésimo y la distancia (16 km) considerable, pero el esfuerzo del coche y del conductor merecen la pena, pues el sitio a que accederá es, sin duda, uno de los más escondidos, de los más desiertos y de los más bonitos de España.
  El mismo trayecto de la CO-9403, especialmente desde el otoño a la primavera, es una maravilla para la vista. En poco más de un mes he venido aquí dos veces, con distintos acompañantes, y en ambas hemos comentado la costumbre de poner eucaliptos a la puerta de los cortijos y de las antiguas casas de los peones camineros, hemos conversado sobre lo virgen y despoblado del territorio, que al principio del recorrido parece un páramo, y nos hemos bajado del coche para ver correr los arroyos de cerca, o para observar los grupos de aves zancudas que poblaban las riberas de los ríos, o para fotografiar el bien conservado castillo de Madroñiz, que aunque se levanta más allá del Zújar sigue estando en el término de El Viso, que curiosamente llega casi hasta las afueras de Cabeza del Buey (Badajoz/Extremadura).
 El paisaje es especialmente hermoso tras la desembocadura del Guadamilla en el Zujar, pues la carretera sigue pegada a la orilla derecha de este y a la izquierda, junto al mencionado castillo, se divisan valles y lomas y las sierras de Cabras y del Palanque. La estación de Belalcázar, que está poco después, es un pequeño edificio de dos plantas ubicado al otro lado del ferrocarril y muy pocos metros del cauce, que ahora se integra en el pantano de la Serena. Menos las vías, que están perfectamente conservadas, todo en el pequeño valle de la estación es la viva imagen del abandono. 
 Lo es la estación misma, que tiene sus dos puertas tapiadas, aunque en una de ellas hay un agujero que permite ver otro agujero mayor en la de enfrente, la que da al río, por la que puede introducirse una persona. Lo es el monumental puente sobre el Zújar, que es relativamente nuevo y no sirve para casi nada. Lo es la carretera, que a partir de ahí está siendo engullida por la floresta. Y lo son los nidos de algunas cigüeñas, que antes bullían de actividad junto a la estación y ahora sólo crían matas. 
 Lo que ha quedado apenas es una sombra de lo que debió de ser en tiempos este lugar, cuando la estación estaba abierta y el tren era el único medio de transporte con que contaban los lugareños para salir de esta esquina de todos los mapas y conectarse con Madrid, es decir, con la civilización y con el mundo. Y es una sombra, incluso, de lo que fue la estación cuando nosotros éramos chicos y los domingos de verano se organizaban excursiones en autobús para que los habitantes de una zona tan achicharrada como la nuestra pudieran bañarse en las aguas del Zújar.
 

Pero el abandono, aparte de las emociones que provoca por sí mismo, es la causa de que el lugar haya recobrado su pureza inicial, aunque de por medio estén obras tan artificiales como el tendido de las vías, por las que muy de vez en cuando pasa un tren llevando a unos cuantos viajeros alucinados por lo singular del paisaje, el puente sobre el Zújar y el lejano dique de La Serena. La pureza, en realidad, la dan el silencio y la quietud del despoblamiento humano, lo que permite a la Naturaleza recobrar el terreno perdido rompiendo los tendidos eléctricos y comiéndose las carreteras. 
 De la estación de Belalcázar salen multitud de sendas interesantes. Una de ellas, la que lleva a Santa Eufemia, está indicada en un cartel colocado junto a la vía que da acceso a la estación y es, en realidad, la antigua CO-9027. Otra va hasta Peñalsordo. Otra, hasta Cabeza del buey. Y otra, la que hemos seguido nosotros, lleva hasta la localidad de Guadalmez (Ciudad Real/Castilla-La Mancha).
Ida y vuelta, 25 km
 Este recorrido discurre prácticamente pegado a la vía del tren, con la excepción del primer tramo (unos dos kilómetros), pues el camino asciende hasta media altura el pico de los Tres Mojones, algo más allá del cual se juntan el Guadalmez y el Zújar, en tanto que el ferrocarril lo rodea por el Norte. Al llegar a un paso a nivel, el camino se bifurca en dos ramas iguales que discurren durante un buen trayecto en paralelo a ambos lados de la vía. Nosotros optamos por el ramal que, tras cruzar una reja canadiense medio hundida, atraviesa la vía y caminamos por el lado norte, que es el más bajo y, supuestamente, el más húmedo y más escurridizo, aunque también el más próximo a la cola del pantano de La Serena que ocupa el cauce del río Guadalmez y buena parte del valle.
 La localidad de Guadalmez se ve enseguida a lo lejos, al pie de la peña del Cuervo, detrás de una vega inundable surcada por distintas corrientes de agua en la que cuando nosotros pasamos pastaba un rebaño de ovejas guardado por un perro con malas pulgas. Un poco más adelante, el río ya no es pantano y vuelve a ser río, un río poderoso que siempre ha dado vida a las famosas huertas de esta vega, ahora modernizadas con la ayuda de invernaderos que se han instalado al oeste del pueblo.

Para llegar a la población hay que cruzar el puente, aunque la zona deportiva y la plaza de toros están a este lado del río, no lejos de donde, una noche de verano de hace una pila de años, unos amigos y yo dormimos al frágil amparo de una tienda de campaña.

jueves, 7 de marzo de 2013

El mar





El mar es fácilmente descriptible, pero son indescriptibles las emociones que produce. Si decimos que el agua ocupa desde la línea de playa hasta donde se extiende la vista, por ejemplo, no le hacemos justicia a la impresión que su inmensidad provoca en el observador. Por más que intentemos calificar su movimiento, nunca llegaremos a saber transmitir la serenidad que imprime a quienes se acercan a sus orillas. Y si explicamos que el sol tiñe de naranjas, de amarillos y de rojos el horizonte y que sobre la inquieta lámina marina se forma una estela brillante, no habremos dado verdadera cuenta del asombro que provoca ver salir al sol o verlo caer sobre las aguas.
             He oído que todo el mundo recuerda la primera vez que vio el mar, y no me extraña, porque su impacto es colosal sobre el alma humana. Los seres humanos tenemos que conocer el mar para percibir en todo su esplendor la belleza y la magnificencia del planeta en el que vivimos. Por eso, y para comprobar cómo de ciertas son las emociones de quienes intentan describirlo, es una aspiración normal de todos ellos ir a ver el mar al menos una vez en la vida. Ahora, que viajar está al alcance de cualquiera, este propósito parece baladí, pero hasta no hace mucho era una de las aspiraciones mayores de quienes, como yo, eran de tierra adentro y todavía hoy se mueren personas que no han visto cumplido ese deseo. 
             Unos cuantos amigos hemos estado unos días en El Algarve, en la costa sur de Portugal, donde a finales de la Edad Media se acababa el mundo cierto de la tierra firme y empezaba un mundo imaginario, poblado de leyendas y de sueños, que los animosos veían con respeto y al que los medrosos le tenían miedo. De entre los que por aquellos tiempos soñaban con descubrir lo que el mar guardaba para quienes tuvieran el valor de aventurarse por sus inmensidades, uno de los más dinámicos fue Enrique el Navegante, infante de Portugal, que a principios del siglo XV reunió junto a la punta de Sagres a los más afamados cartógrafos y navegantes de su tiempo para poner en práctica su afán explorador, con lo que dio comienzo a la época de los grandes descubrimientos geográficos.
             Asomados al mar desde los acantilados de Sagres, es fácil sentir el espíritu de los marinos y los científicos que animados por el anhelo de saber qué había más allá descubrieron continentes y civilizaciones. Portugal parece ahora un pequeño país sumido en el desánimo y bajo la ajena dirección de la troika comunitaria, contra la que hemos visto manifestarse a los portugueses, pero ha sido actor de una de las páginas más hermosas de la Historia de la humanidad y esa realidad debería curar la herida en el orgullo de los habitantes de esas tierras y animarlos a trabajar unidos por el futuro.

            Los amigos hemos caminado por las ciudades y los pueblos de esa zona de Portugal, hemos entrado en sus bares y tiendas, hemos admirado sus campos y sus playas, nos hemos asomado al mar desde las dunas, desde los acantilados y desde la cafetería del hotel y hemos visto, junto a otros muchos españoles que han aprovechado el puente del día de Andalucía, anochecer desde los farallones del cabo San Vicente. Y hemos comido juntos muchas veces, y hemos compartido charlas, y nos hemos reído con las ocurrencias de unos y los cantares de otros. 
 Algunos de nosotros, además, hemos recordado la otra vez que estuvimos aquí, cuando nuestros hijos eran pequeños y pasábamos todo el día bañándonos y tomando el sol en la escondida playa de Beliche, entre la punta de Sagres y el cabo San Vicente, y nuestra actividad era otra, y el mundo parecía más sencillo y más habitable. 
 Volveremos. A esta tierra o a otra. Volveremos a pisar territorios nuevos, a sentir emociones nuevas y a renovar cuanto de viejo hay en nosotros. Son muchos años ya de viajes compartidos, aunque todavía menos de los que quedan por venir. ¡Hay tantas tierras que ver todavía! ¡Hay tantas gentes que conocer y tantas emociones que sentir y compartir con los amigos! ¿O no debe ser ese el espíritu del que se asoma al mar desde los farallones del fin del mundo?




miércoles, 6 de marzo de 2013

El chófer

            El coche es un buen signo exterior de riqueza, porque es relativamente costoso, todo el mundo conoce grosso modo su categoría, se puede exhibir en cualquier parte y, llegado el caso, se puede compartir fácilmente. Por ello es muy útil en una sociedad como la nuestra, que suele determinar con la capacidad de consumo la relevancia social, de modo que a más consumo más estatus, es decir, a mejor coche más señales se dan de que se goza de mejor posición social.

            Como el coche es la señal, hay que tener un coche acorde con nuestra personalidad y a la medida de nuestras posibilidades o por encima de ellas, ya que los demás miembros de la sociedad nos enjuiciarán posiblemente en función de él. Coche, no obstante, tiene casi el todo el mundo. Y un coche medianamente ostentoso puede comprarse a plazos, lo que distorsiona su misión representativa. Lo que no puede comprarse a plazos y demuestra sin lugar a dudas el estatus  es un buen coche (o incluso un coche mediano) con chófer. El chófer, en fin, y no el coche, es la verdadera señal exterior de riqueza en estos tiempos, lo que define la pertenencia a una clase social específica muy superior a la del resto de los ciudadanos.

            El estatus se determina, también, por el grado de poder político, de forma que a más poder más estatus y, en consecuencia, más relevancia social. Así es directamente en las sociedades estables y seguras de sí mismas, en las que se asume sin problemas el estatus de los dirigentes políticos, a los que se estima ya vayan en coche o en metro y viajen en primera clase o en clase turista, lo que conlleva que ellos también se estimen a sí mismos por el mero desempeño de ese papel.

            En las sociedades poco seguras de sí mismas, en las sociedades fragmentadas, en aquellas en las que se estima o se desestima al dirigente político no tanto por lo que hace como por el partido al que pertenece, en aquellas en las que el Gobierno no es el Gobierno de la nación o del Estado, sino el Gobierno de tal o cual partido (el Gobierno del PP, el Gobierno del PSOE, se dice aquí), en las sociedades que tienen una clase política poco reconocida, mentirosa o que actúa al margen de las demandas ciudadanas, lo normal es que el dirigente público necesite de una ayuda suplementaria para sentirse querido y admirado y para quererse a sí mismo. Entonces, acude al método más fiable y más extendido de hacer pública la consideración social que se le debe, es decir, al consumo, cuyo indicio más representativo es, como hemos visto, el chófer.

            En España, un país con una sociedad como las expresadas anteriormente y con tantas Administraciones y tantos políticos ocupando puestos de relevancia pequeña o mediana en las Administraciones, hay mucha necesidad de relevancia social, es decir, hay mucha necesidad de chóferes. Así, chófer aquí no sólo tiene el cargo político más alto, sino el cargo político mediano y el cargo político más bajo. En realidad, suele ser el calificativo de “político” el que en la Administración concede derecho de chófer al cargo, de manera que no suelen tenerlo los empleos que no son detentados por políticos.

            El chófer no forma parte directa del séquito del dirigente político, como el secretario personal y el fotógrafo, porque se queda cerca del garaje o, donde no hay garaje, en la puerta de la  institución que se visita, cuidando el coche, que para el mejor ejercicio de su función debe estar siempre limpio y brillante. Es una ostentación fácil y hortera, pero que da mucha seguridad, especialmente a los que se sienten inseguros con lo que son y lo que hacen.

    Como en los tiempos que corren, aunque existan las videoconferencias y los smartphones, sigue habiendo cintas inaugurales que cortar, primeras piedras que poner, visitas institucionales que efectuar, convenios que firmar, ferias a las que asistir, conferencias que presentar, reuniones que presidir, obras que inspeccionar, etc., sigue siendo totalmente necesario viajar, lo que hace imprescindible la presencia del chófer, que ya que está puede traer y llevar al pequeño dirigente político a su casa o, en ocasiones, a la realización de otros menesteres.

            Con el chófer, en fin, se comparten muchas horas del día y muchos asuntos confidenciales, tantos, que la relación profesional bien puede terminar en estima mutua o incluso en amistad, y ya hemos visto cómo en situaciones extremas, como la protagonizada por Francisco Javier Guerrero y su chófer, en el establecimiento de favores recíprocos y en la compañía de fatigas y parrandas.