viernes, 9 de noviembre de 2012

La doble vida de un seductor imaginario


Sinopsis

                Un maestro de Pozoblanco que trabaja en el colegio de El Viso se cruza a diario en la carretera con una mujer desconocida. Con esa repetición trivial, la imaginación desbordada del protagonista construirá una obsesión que amenaza con devorarlo a él y a los personajes que lo rodean y que estallará de la forma menos prevista.
                La doble vida de un seductor imaginario se halla en esos difusos límites que separan al cuento de la novela corta.

Fragmento



                    Si todo cuanto se concibe puede suceder, por extravagante y remoto que parezca, mucho más podrían suceder aquellas imaginaciones suyas, tan asentadas sobre pilares de razón. Era cierto que había en ellas más deseos que realidades, como el de que con sus propias manos pudiera matar a un hombre más fuerte que él y armado de una navaja (¿no era la conciencia de esta limitación prueba suficiente de lucidez?), pero nadie había hablado de que los acontecimientos sucedieran exactamente de una forma determinada. Digamos que la secuencia normal sería: descubrimiento por el marido del amor de su mujer, intento del marido de alejar al amante, enfrentamiento entre el marido y el amante y, por último, y como consecuencia de lo anterior, muerte del marido o del amante. Estaba claro que si quería dejarse llevar por las imaginaciones e intentaba defenderse solamente con las manos, el otro lo mataría.

                   Por eso, para el caso de que se vieran cara a cara la vida del marido y la suya, o la muerte de ambos, según se mirase, compró una navaja de hoja estrecha y larga para llevarla siempre encima, y de vez en cuando se tentaba en el bolsillo e imaginaba el instante supremo en que el acero entraba en el pecho del marido y le partía el corazón. Entonces, sentía realmente el escalofrío de la muerte como un regustillo amargo al que le fue cogiendo afición poco a poco.

                   Por ser sus imaginaciones más fácilmente realizables en El Viso, era allí donde más atento estaba a cualquier acontecimiento, donde más veces se echaba mano al bolsillo y donde el escalofrío se volvía un estremecimiento casi permanente. Para darle más juego al destino, empezó a tomarse un café por la tarde y una cerveza por el mediodía en algunos bares alejados de la escuela, y fuera al sitio que fuera, dejaba el coche lejos para andar más por el pueblo y aumentar las posibilidades de toparse con su enemigo, sobre quien pronto no tuvo claro si necesitaba una provocación para matarlo en legítima defensa o si su mera existencia constituía una aberración infame que convenía corregir, como si al eliminarlo él sólo fuera la mano ejecutora de un divino plan de asepsia. Si eso era así, no hacía falta exponerse a una estocada: se le mataba directamente y en paz.

            Mientras rondaba la casa, con frecuencia creyó hallarse con fuerzas suficientes para, llegado el momento, sacar la navaja y dejarlo muerto sin darle opción ni a volver la cara. ¿Sería en ese caso un asesino?: no, desde luego, se decía, pues hay muchas doctrinas que admiten la muerte del tirano. ¿Sería una forma cobarde de matarlo?: tampoco, pues la cobardía es sojuzgar a una mujer, impedirle realizarse como persona y como hembra y tenerla amarrada a uno abusando para ello de la fuerza. Cobardía es, también, cerrar los ojos ante las situaciones injustas, dejar que otros solucionen los problemas por nosotros y vivir cerrados en nuestra comodidad como si nada pasara a nuestro alrededor. No matarlo, eso sí sería una cobardía.

 

(si quieres leer el cuento completo, pincha sobre la imagen)



 



miércoles, 7 de noviembre de 2012

5. Democracia y Estado de Derecho


        



5.1. La legitimación de la autoridad y la legitimación de la actuación

 Las personas que ejercen una autoridad tras ser elegidos en un proceso electoral democrático tienden a sentirse legitimadas por completo por el pueblo y, en consecuencia, tienden también a creer que detrás de cada una de sus acciones se halla el pueblo al que representan. No entienden que una cosa es la legitimación de su autoridad y otra, bien distinta, la legitimación de sus actos, y que ambas no están basadas en la elección por sufragio universal, libre, igual, directo y secreto, sino por la Ley, que en los países democráticos es la expresión de la voluntad popular y tras la que en todo caso se encuentran los pactos originarios a que se refieren los padres de la teoría política.

Una autoridad es legítima cuando ha sido nombrada de acuerdo con las leyes, que en los países democráticos amparan sistemas de participación directa o indirecta del pueblo en el acceso al poder. En cambio, una actuación es legítima cuando, primero, se ajusta a las leyes y, luego, pretende el interés general. En Democracia, sin el cumplimiento del principio de legalidad, no hay actuación legítima, aunque se pretenda el interés general, igual que no hay actuación legítima cuando, tras el cumplimiento de la Ley, no se propugna el interés general.

Dado que la legitimidad procede de las leyes, y no de la elección popular, las leyes pueden quitar la legitimidad a quien ha sido escogido por los procedimientos participativos fijados. Tal situación ocurre, por ejemplo, cuando el gobernante es inhabilitado para el ejercicio de su cargo por razones físicas o penales por el órgano establecido.

Dado que legitimidad procede de las leyes, y no de la elección popular, los representantes populares no pueden ampararse en su triunfo electoral para intentar soslayar su responsabilidad civil o penal ante los tribunales.

Dado que la legitimidad procede de las leyes, y no de la elección popular, tan legitimado está un alcalde como un juez, un interventor o cualquier funcionario público para el ejercicio de su labor, aunque el primero haya sido votado por el pueblo y los otros no.

Y, por último, dado que la legitimidad procede de las leyes, y no de la elección popular, los representantes legítimamente elegidos no pueden envolverse en la bandera del pueblo para vulnerar el cumplimiento del Derecho. 

 

5.2. El pueblo que está detrás de la Ley

 El pueblo que está detrás de la legitimidad que concede la Ley es el pueblo titular de la soberanía, no el del ámbito de la elección o el del ámbito de actuación. Así, el pueblo que está detrás de la legitimidad en el reino de España, en la comunidad autónoma de Andalucía, en la diputación provincial de Córdoba, en la mancomunidad de municipios de Los Pedroches y en el ayuntamiento de Pozoblanco es el pueblo español.

 Designados por las urnas, sin embargo, los gobernantes se sienten legitimados por los ciudadanos del ámbito geográfico de su elección y en función de ello actúan. Los alcaldes, por ejemplo, en especial los de los pueblos pequeños, tienden a ajustar su actuación a lo que libremente deciden como el interés público de sus vecinos. Por ello, no resulta particularmente extraño que sólo reparen los caminos públicos que sirven a fincas de propietarios o arrendatarios de su municipio con el argumento de que únicamente ellos pagan impuestos en su pueblo y se dejan el dinero en sus establecimientos comerciales. 

 


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domingo, 4 de noviembre de 2012

8.11. La responsabilidad de la crisis




Cuando todo en la vida pública de los ciudadanos está regulado con el máximo detalle, cuando nadie puede abrir un local, por pequeño que sea, sin el beneplácito de la Administración, cuando la educación es mayoritariamente pública o concertada, cuando no se puede contratar a un trabajador al margen de la Ley y los bancos están sometidos a controles de los organismos públicos, cuando tan importante, en fin, es la política para una sociedad y para su desarrollo y tanto recaudan y tanto gastan las instituciones, debe asegurarse que quienes ostentan el Gobierno y la representación de los ciudadanos son responsables de lo que le suceda a la sociedad, de manera que si esta va mal y sufre, son causantes de su sufrimiento.

Cuando las Administraciones se saltan las leyes presupuestarias y gastan más de lo que ingresan e incluso más de lo que se comprometieron a gastar, cuando hay tantos festejos camuflados tras las palabras cultura y deporte, cuando se ha acostumbrado a la sociedad a moverse a golpe de subvención, cuando se construyen tantas infraestructuras redundantes o inútiles o que no se pueden sustentar, cuando se valora de distinta forma la corrupción del otro a la del nuestro en lugar de atacar directamente al corrupto, cuando no se dice la verdad sino lo que interesa para ganar las elecciones, cuando se hace lo que conviene para llegar al poder o para mantenerse en él y no lo que interesa al pueblo, no se puede decir sino que los políticos son, primero, los principales generadores de la crisis y, luego, los principales culpables de que no se salga de ella.

Cuando los sindicatos son claves para la legislación laboral y la concertación social y hay más de cinco millones de parados, los sindicatos también son responsables del desempleo.

Cuando el crédito de los bancos y las cajas ha dejado de llegar a los emprendedores porque los préstamos relacionados con la construcción corrompen sus activos, debe afirmarse que los rectores de unos y de otras son corresponsables de la crisis.

Cuando la sociedad no protesta contra los sueldos disparatados que las instituciones financieras en ruina pagan a sus directivos, cuando permite que la guíen unos dirigentes sindicales que no combaten por los derechos de los más débiles, que son los desempleados, cuando tolera la corrupción de los dirigentes políticos que son de su ideología, cuando calla por temor a perder una subvención, cuando aplaude los fastos y come y bebe a costa del erario sin percatarse de que le están robando la cartera, cuando cree que el empleo lo crean las instituciones y no la propia sociedad, cuando se deja embaucar por los cabecillas que se envuelven en la banderas para ocultar su ineptitud o su inmoralidad, cuando vota sin más criterio que el forofismo y el corto plazo, entonces, los ciudadanos también son responsables de su destino aciago.

En el fondo, detrás de la Democracia española posterior a la Transición había una de red de intereses mezquinos que sobrevaloraba la fachada e impedía el desarrollo de lo fundamental, a la que no era ajena la insensatez de las masas y la falta de experiencia democrática de los ciudadanos. 

 


(Puede leer el libro completo de La Democracia retórica en pdf pinchando sobre la imagen que hay en la columna de la derecha)


 

 

 

viernes, 2 de noviembre de 2012

El Horcajo, muchos años después


            El color del pelo y de los ojos se hereda, y se heredan los modos y hasta los andares. ¿Pero se heredan los afanes o se aprenden con la educación y la convivencia? Digo esto porque he visto a mi padre recoger en una libreta los lugares por donde pasaba, y los ríos y los montes, como en cierta manera hago yo cuando escribo estas letras, y porque lo veo disfrutar con el mero hecho de subirse en un coche, porque otea los horizontes más nimios con la misma emoción que si lo hiciera desde el Kilimanjaro y porque admira a los que son capaces de aventurarse en lo desconocido, hablan varias lenguas y están preparados para vivir aquí o allá, como los admiro yo.

             El Horcajo (o Minas de El Horcajo) está a un tiro de piedra de Pozoblanco, y si los caminos antiguos (que según la Ley deberían seguir operativos hoy y estarlo siempre) estuvieran abiertos, no sería difícil  ir a esa población desde Torrecampo (hay 20 kms. en línea recta) atravesando el río Guadalmez a la altura del molino de La Jurada y siguiendo el valle por el que discurre el arroyo de La Ribera, que es de aguas permanentes y corre de Este a Oeste. Pero El Horcajo es un enclave diminuto en uno de los mayores latifundios de Europa, la finca de La Garganta, y su propietario, con la aquiescencia de la autoridad, así, en general, y especialmente del Ayuntamiento de Almodóvar del Campo, ha hecho lo que muchos de los latifundistas de la zona, cortar prácticamente todos los caminos públicos, de manera que ahora sólo es posible ir a El Horcajo desde Conquista, por el Sur, por un camino de cabras y con la más que probable intimidatoria presencia de un guarda de la finca detrás de ti, o a través del bonito valle de El Escorial, por el Norte, atravesando el túnel del tren de vía estrecha que llevaba de Puertollano a Peñarroya.

El caso es que para ir ahora a El Horcajo hay que tomar la carretera de Cardeña, desviarse en esa población hacia el Norte por la N420, pasar Fuencaliente y coger un camino a la izquierda a la altura del arroyo Montoro, en una desviación que sólo está indicada para los vehículos que vienen en sentido contrario.

             Toda esa ruta la hicimos el domingo pasado mi padre, mi hermano Eusebio y yo, porque a pesar de lo cerca que está El Horcajo y de lo vinculado que estuvo con nuestros pueblos en el pasado, mi padre, como otros muchos habitantes de Los Pedroches, no lo había visitado nunca y había oído hablar de él en términos laudatorios.

            Nosotros, ya que casi nos cogía de paso, hemos dado una vuelta antes por la aldea de El Cerezo, que queda a unos seis kilómetros de Cardeña y está ubicada en uno de los más hermosos bosques de dehesa de Los Pedroches, donde nos hemos entristecido al verla totalmente desierta y en estado de abandono, después del gasto tan enorme que debió suponer la reconstrucción de las edificaciones para destinarlas a turismo rural y el arreglo del camino de acceso.

Aldea de El Cerezo

             El Cerezo y El Horcajo han llevado, en cierta manera, vidas paralelas. La aldea de El Cerezo fue definitivamente abandonada por sus habitantes, pequeños agricultores y pastores, en los años sesenta del pasado siglo. Los pobladores de El Horcajo eran mineros y, cuando las minas de galena argentífera dejaron de ser productivas, allá por los primeros años del mismo siglo, se fueron a buscarse la vida lejos de aquellos pozos. La aldea del El Cerezo se acabó hundiendo y de El Horcajo no quedaron más que unas cuantas casas en pie. Ambas, El Cerezo y El Horcajo, reciben visitantes ocasionales como nosotros, turistas, que pasean por sus alrededores admirando el paisaje e imaginando lo que debieron ser cuando estaban llenas de vida.

            Yendo hacia El Horcajo, al terminar el recto camino que discurre por el valle de El Escorial, uno se topa con el túnel del antiguo tren de vía estrecha. Como las dimensiones de la galería no permiten el cruce de dos vehículos, hay un semáforo a la entrada que se acciona pulsando un botón. Nosotros lo hemos hecho en coche, pero lo bonito es recorrerlo a pie, aunque en ese caso se debe ir provisto de linternas, pues las luces que se encienden con el semáforo en verde se apagan mucho antes de que se haya llegado al otro extremo.

             Al salir del viejo túnel de vía estrecha, uno se da de bruces con el pequeño valle donde se asienta El Horcajo. A primera vista, el paisaje no es nada del otro mundo, y puede hasta resultar feo. El visitante se encontrará, a la izquierda, la herida enorme de la vía del AVE, que recorre a la intemperie los menos de dos kilómetros que existen entre el túnel que se abre al Norte y el túnel que se abre al Sur, y, a la derecha, la falda de la montaña donde se encontraba la población, de la que ahora no quedan más que las ruinas de la iglesia. Las casas de los pocos habitantes que aún viven (aunque sea temporalmente) en El Horcajo se hallan a la izquierda de la vía que a manera de calle única sigue por la falda de la colina dejando a la derecha las ruinas y una higuera cuyo tronco salta en horizontal hacia el viandante con tal fuerza que para sostenerse en el aire precisa la ayuda de dos gruesas trancas.

            Aparte de lo que de evocador y hermoso puedan tener las ruinas y, especialmente, la ya mencionada de la iglesia y las de los castilletes de los pozos, lo suyo es seguir adelante y, tras dejar a la izquierda una pequeña explanada donde han colocado numerosos bancos de hierro, bajar por la cuesta que va hacia el Sur, dejar a la derecha el polvorín, una caseta de hormigón en ruinas (donde dos amigos y yo dormimos una noche) y un pino ciertamente colosal, andar junto al helipuerto, observar al frente el aire neomudéjar del llamado “castillito” y, tras pasar bajo la vía del AVE, tomar el camino de Conquista (probablemente ante la vigilancia de un guarda de La Garganta), transitar por él unos cuantos centenares de metros disfrutando de la espesura de la vegetación y desviarse luego a la derecha para ver el monumental viaducto del viejo tren, que hace una curva sobre el abismo verde.

 En el viaducto nos hemos hecho unas cuantas fotos y mi padre nos ha recordado los tiempos en que debió coger el tren y pasar por aquí para examinarse por libre en el instituto de Puertollano o para ir a la mili, cuyo campamento hizo cerca de la Seo de Urgel, en un lugar perdido del Pirineo que visité con él hace algunos años, donde descubrimos que, de todo lo que fue su cuartel, no quedaban más que dos barracones dedicados a granjas de pollos.

La aldea de El Cerezo, El Horcajo y el campamento donde sirvió mi padre han sido devorados por el tiempo y se hallan en trance de ser metabolizados. Aún nos quedan rastros de lo que fueron y su memoria, pero incluso la memoria acabará dejando paso al olvido, como ocurrirá con cada uno de nosotros.

Tal vez no sea casualidad que sea el día de los difuntos, especialmente de esos difuntos de los que nadie se acuerda, cuando termino de escribir esto.