jueves, 3 de marzo de 2016

Aislados

                En España, concluido el juicio oral, el jurado se aísla en un hotel hasta que haya emitido el veredicto, sin televisión, sin teléfono, sin periódicos y sin internet, con los pasillos custodiados por la policía y sin más contacto con el exterior que el que les ofrece el secretario del juzgado. Ningún miembro del jurado puede abstenerse.

                En el cónclave, los cardenales electores se recluyen en el Vaticano bajo llave, sin que les esté permitido contacto alguno con el exterior hasta que hayan elegido a un nuevo papa.

                Me he acordado de esos dos ejemplos durante el pasado fin de semana, que la nieve nos ha tenido aislados durante unas cuantas horas en un hotel cerca de Bogarra, en Albacete. Y me he acordado de un tercero, aunque bien es cierto que en este caso solo era una figuración:

                He imaginado que los diputados españoles, que deben elegir a un Presidente del Gobierno, se encerraban en el edificio del Congreso sin periodistas, sin móviles, sin internet, sin periódicos ni otro contacto con el exterior, y que no salían de allí hasta que hubieran elegido a un Presidente del Gobierno para los próximos cuatro años.

                Como también he imaginado que los políticos no serían capaces de prescindir de las ruedas de prensa, ni de los discursos públicos, ni de las radios, ni de las televisiones, ni de las redes sociales y que, en fin, serían incapaces de encerrarse para elegir sin público a alguien que nos gobernara, porque no va con su ADN, he imaginado que la nieve los dejaba encerrados en el edificio del Congreso, y que no se iba hasta que hubieran elegido a un Presidente del gobierno.


Lo mejor es que esa nieve fuera una ley. (¿No hay una ley parecida para los miembros del jurado popular, que son menos importantes, una ley que han aprobado ellos?). Pero si no hay ley, esa nieve debería ser el completo desprecio de la gente.