miércoles, 17 de febrero de 2016

Las cosas

                Con el tiempo vamos acumulando cosas que nos ha costado conseguir, que queremos conservar para cuando la vejez merme nuestras capacidades y que deseamos transmitir a nuestros hijos, ya que no podemos llevárnoslas al otro mundo con nosotros. Estudiamos para poder trabajar y trabajamos, primero, para sobrevivir y, luego, para tener excedentes de cosas.

                La mayor parte de la vida se nos pasa acaparando cosas, en un trajín monótono que nos lleva de un año a otro casi sin darnos cuenta. Y conforme vamos cumpliendo años nos creemos más a salvo del error, como si el mero paso del tiempo nos hiciera más prudentes y más sabios, cuando la realidad es que solo nos hace más viejos. Más sabios nos hace la experiencia, que no es lo mismo, y únicamente si estamos dispuestos a aprender de ella.


                Hace unas cuantas madrugadas vi a un hombre dormido en la playa, entre una nube de palomas y de loros, bajo una sombrilla y un manto de cartones. A su lado, había tumbada una bicicleta. No puedo decir si era un sintecho o un turista mochilero obligado por las circunstancias a dormir a la intemperie. Lo que sí sé es que al verlo sentí curiosidad por su vida y que me pregunté quién sería más rico de los dos, si él, con su sombrilla y su bicicleta, o yo, con mi casa y mis cosas.