sábado, 13 de febrero de 2016

La posición*

               Cuando se quiere dominar un área, lo importante es tener cogida la posición. Los que hemos jugado a baloncesto lo sabemos muy bien, especialmente los que lo hacíamos de pívot. Una vez tomada la mejor posición junto a la canasta, es más fácil coger los rebotes y tienes más posibilidades de no fallar en el tiro. Tomar la mejor posición es esencial en todos los deportes de contacto y lo es en los juegos en los que se van comiendo piezas, como en el ajedrez, en el que para ganar resulta fundamental dominar el centro del tablero.

                Ganar la posición es imprescindible en la guerra y también lo es en la política. Los partidos toman la posición en varias líneas ideológicas que van de un extremo a otro, por el que se mueven los electores. Se posicionan, por ejemplo, siendo de izquierdas o de derechas, y también siendo independentistas, autonomistas o centralistas. Cuando se posicionan, los partidos recogen los votos de los electores que se sitúan en su esfera ideológica. Un partido político bien posicionado tiende a coger muchos votos, incluso aunque lo haga mal, en tanto que un partido perdido en el terreno de juego ideológico tiende a recoger pocos votos, aunque lo haga bien.

                Los partidos pretenden ocupar la mayor posición posible, a fin de recoger votos de electores de una ideología menos afín. En ese afán por ensanchar el espacio, algunos partidos abandonan buena parte de su esencia, tanta que en ocasiones se muestran irreconocibles, con lo que se devalúan y pierden los votos de sus electores más fieles. En otras, los partidos se mueven considerablemente hacia un lado, abandonando el espacio que antes ocupaban, con lo que se llevan con ellos a buena parte de los electores, pero dejan sin opción política a muchos ciudadanos ubicados en esa parte del espectro.

                Convergencia Democrática de Cataluña, por ejemplo, que ocupaba un espacio enorme en el centro de la línea que separa a los partidos entre independentistas y centralistas, se dirigió hacia el independentismo, llevándose consigo a muchos electores, que acabaron no votándolo a él, sino a un partido ubicado allí desde siempre, como Ezquerra, en tanto que dejó sin representación a los electores que se mantuvieron en su sitio. El resultado fue la pérdida gradual de votos propios, el incremento de votos de Ezquerra y el desconcierto del electorado que se quedó en el centro.

                Ahora que se pretende formar el Gobierno de España, los partidos están tomando decisiones buscando más la mejor posición de cara a unas futuras elecciones que pretendiendo el interés público. Podemos sabe que ocupa mucho espacio a la izquierda, que ocupará más con la inevitable llegada de Izquierda Unida y que a poco que se modere podría ocupar por su derecha buena parte del espacio del PSOE. El PP sabe que ocupa toda la derecha, donde no compite con nadie, y que podría recoger muchos votos de electores de Ciudadanos temerosos de que gobierne Podemos. La mayor parte de los votantes están en las inmediaciones del centro, de donde recogen votos todos los partidos pero, esencialmente, PSOE y Ciudadanos. En una situación tan tensa como la actual, sin embargo, también los votantes tienden a tensionarse y buscan soluciones más polarizadas, tanto en la izquierda como en la derecha, donde tienen ocupada su posición Podemos y el PP.

                La tensión genera sufrimiento social y perjudica al interés general, pero favorece a los intereses electorales de quienes se encuentran tirando desde las posiciones más extremas de la cuerda. No es de extrañar, pues, que quienes ocupan normalmente ese lugar estén utilizando toda su capacidad de influencia sobre el electorado para añadir tensión a la tensión.

                También la tensión forma parte del juego de envite en el que desgraciadamente se ha convertido el panorama político español. Nuestros representantes no solo parecen incapaces de llegar a un pacto global sobre nuestros intereses comunes, sino que les cuesta ponerse de acuerdo sobre algo tan simple como el momento o el lugar donde reunirse. Mientras tanto, nosotros asistimos a sus movimientos como si nuestros votos solo fueran unas cartas que se pueden mostrar o guardar en la manga con el único afán de hacer errar al contrario y que volverían a repartirse en unas nuevas elecciones.


                Como no se trata tanto de encontrar mayorías para legislar como de elegir de entre ellos a uno que sea Presidente del Gobierno, todo este postureo inútil se evitaría si, como sucede en otros países, al líder del poder ejecutivo se lo eligiera directamente por el pueblo, preferiblemente a doble vuelta. Si ellos no son capaces de encontrar una solución deberían reconocer su incompetencia y dejar que decidiéramos nosotros. Tal vez entonces quedaría cada uno en la posición que se merece.

        * Publicado en el semanario La Comarca